Prólogo

Una pequeña niña jugaba sentada en la alfombra, el chisporroteo de las llamas era su compañera en esos momentos. Estaba bastante entretenida que no notó la inquietud de sus padres. Los adultos evitaron hablar frente a ella, su padre caminaba de un lado a otro, como un león enjaulado que necesitaba desesperadamente salir; se acarició la barba de varios días que cubría su mentón y parte de sus mejillas. Su esposa, se encontraba más tranquila que él tratando de perderse en el libro que tenía abierto sobre sus piernas.

—Robert, deberías de relajarte —expresó la mujer sin siquiera levantar la vista.


—No puedo. 


—Estás exagerando, no pasará nada. 


—No exagero mujer. —Detuvo brevemente su andar—. Tengo un extraño presentimiento—. Volvió a retomar su caminata con más nerviosismo que antes.


—¡Papá! Detente, me mareas.


—Lo siento, hija. —Tomó entre sus brazos a la niña con cariño, alborotando su largo cabello castaño.


La besó y mimó, su sonrisa era lo único que lograba tranquilizarlo; su esposa no pudo evitar verlos con amor, enternecida por la escena, sin embargo, ella también sentía algo de incertidumbre. Debía guardar la compostura ante su marido, alejó sus malos pensamientos sin dejar de escuchar esa vocecita en su cabeza que le recordaba el miedo. Se acercó al hombre, fundiéndose en un abrazo de familia, pero aquel momento fue interrumpido por una bola de luz blanquecina. Tomó forma de lince, una voz pausada salió de él: Harry Potter está en Hogwarts. Daremos batalla.


—Robert… —Se llevó las manos a la boca por la impresión.


—Tengo que ir —Se separó de su familia, dejando nuevamente a su pequeña en el suelo.


—Voy contigo.


—No.


—Soy miembro de la Orden del Fénix. —La mujer puso los brazos en jarra, observó a su marido con cierto resentimiento en sus ojos. 


—Lo sé, pero no puedes ir.


—¿Por qué? Necesitarán varitas.


—No…


—No te estoy pidiendo permiso. 


—No está a discusión.


—Eso no me va a detener.


—¡No, Mary! Te quedas. —Alzó la voz—. Haré lo que esté en mis manos para proteger a mi familia, y eso incluye que te quedes en casa—. Sus ojos grises buscaron con desesperación los ojos chocolate de ella—. Son todo para mí, no quiero que nada les pase. 


—Yo tampoco quiero que te pase algo, Robert. Pero…


—Por favor, Mary.


—Te amo Robert. ¿Lo sabes? —Se acercó a él y lo abrazó.


—Lo sé —respondió con una sonrisa—. Ahora, acabar con esa mierda.


—¡Robert! Está tu hija presente —regañó, pero la pequeña no prestaba atención.


Buscó los labios de su esposa para besarla, quizás por una última vez. Robert Green estaba dispuesto a dar su vida por la de su familia. Decidido a que no les pasara nada, se puso su túnica, guardando entre los pliegues su varita, y antes de desaparecer por la puerta, besó en la frente a su hija.


—No olvides que te amo.


—Yo también, papi. —Dio un último vistazo a su esposa e hija antes de salir por la puerta, con el pensamiento latente de que, quizás se perdería el crecimiento de su pequeña. Estaba dispuesto a darle un futuro mejor, eso era lo que motivaba sus acciones. Lucharía por una causa, por defender sus ideales, pero sobre todo para que su familia viviera sin temor.


[***]

Las explosiones sacudieron el castillo, alaridos y sonidos de hechizos llenaron el pasillo. El miedo se podía sentir, y su corazón acelerado que le faltaba un aire; encontrar a sus padres, encontrar a su mejor amigo era su propósito. Había sido mala idea dejar su casa para ir directo a una batalla, en donde no tendría la suerte de salir con vida. Le aterrorizaba perder a sus padres y quedarse sola, ser enviada a un orfanatorio. Magos encapuchados aparecieron por una de las esquinas, Andrea tomó una roca y con agilidad la lanzó, su puntería fue certera que le dio de lleno en la cabeza a un hombre. Sin estar del todo convencida, se acercó al cuerpo inconsciente para tomar su varita; sabía algunos hechizos, los mismos que su padre le enseñó y otros que leyó. Apenas con seis años, se estaba enfrentando a una situación de vida o muerte. Con la firmeza heredada de sus padres, el valor propio y algo de suerte logró aturdir algunos cuantos mortifagos, ayudó a escapar a algunos estudiantes que estaban paralizados de miedo, pero a ella le importaba encontrar a Dave y de paso saber sobre sus padres. Los quería de vuelta y lucharía hasta el final, si era necesario.


Por todos lados hubo duelos, magos y brujas que movían con velocidad su varita, repeliendo hechizos o lanzando maldiciones, retener a la gente encapuchada lo suficiente para poder evacuar por completo a los estudiantes; algunos de ellos estaban rezagados en lugares donde corrían riesgo de salir heridos; los profesores daban batalla con temple y sin dejarse vencer, cada uno con su propia pelea. Había sido de gran ayuda la intervención de algunos miembros de la Orden del Fénix, algunos padres de familia no dudaron en acudir con varita en mano. Brujas y magos que recibieron el llamado de ayuda también acudieron. Sin quitarle el mérito a cada miembro del Ejército de Dumbledore, a esos estudiantes apenas mayores de edad que se quedaron a defender su escuela, defender sus ideales, sin importar los colores que llevaban sus túnicas. Mostrando un valor y firmeza, que nadie antes había visto. 


—¡¿Cómo se te ocurrió dejarla sola?! —Robert Green llevaba parte de su túnica rasgada, mostraba un corte en su mejilla, nada profundo y estaba exaltado por la noticia de que su hija se había escapado de casa. 


—Por la misma razón que nos dejaste —respondió Mary, desviando una maldición y aturdiendo a su atacante.


—Estaban más seguras en casa.


—Yo también quería pelear, Robert.


—Eso no justifica que vinieras, dejaste sola a Andy.


—Dejen de discutir. —Intervino una voz diferente.


—Remus tiene razón. —Aceptó de mal modo Robert—. Hay que encontrar a nuestra hija —decía mientras seguían corriendo por los pasillos del colegio, evitando maldiciones y explosiones.


—De acuerdo, es cierto. Es mal lugar para discutir.


—¿Listo para otra ronda? —Lupin mostró una sonrisa, la misma que ponía cuando estaba por hacer una travesura. La que decía que era marca merodeadora.


—No perdamos tiempo.


Los tres lanzaron chorros de luz a un grupo de encapuchados que salieron volando por los aires. Si querían regresar intactos con sus familias, debían seguir luchando hasta el final. Mary tenía una excelente puntería mientras que su marido les cubría las espaldas a ambos. Repelaba maldiciones, otras con suerte pasaron cerca de donde se encontraban.


—¡Cuidado! —El grito de Remus se escuchó demasiado tarde. Un montón de escombros cayó sobre ellos, varios gritos más quedaron ahogados por el sonido de lo que estaba ocurriendo. Una explosión logró alcanzarlos a los tres, saliendo despedidos por los aires.


—¡Robert!


—La mitad de un muro cayó sobre su marido. Con desesperación quitó con sus manos las enormes piedras, quería rescatarlo con vida. Lo único que los separaba de su amigo era el derrumbe.


—¿Están bien?


—Robert está atrapado, Remus.


—Esperen, trataré de ayudarlos.


—Nunca tendrán oportunidad. —Escuchó por la espalda. Lupin apretó con fuerza la varita. 


—Antonin Dolohov —musitó entre dientes y dándole la cara, esperando el momento propicio para atacar.


Mary escuchó ese intercambio de palabras, se le erizó el vello. Tenía que apresurarse y sacar a su marido de entre las piedras, ponerlo a salvo. Utilizó un hechizo planeador, rescatando por fin al hombre, tenía un hilillo de sangre que se escapaba de su cabeza, pero con la fortuna de que respiraba. Apenas tuvo oportunidad de dar un suspiro de alivio al sentir sus latidos, cuando sus ojos captaron el haz de luz verde que impactó en el pecho del licántropo.


[***]


Completar hechizos difíciles que llevan años de práctica en tan sólo unas horas. Estaba sorprendida, aunque todo se lo debía a las circunstancias, estaba en juego su propia vida y la de varios más. Le calculaba que llevaba un par de horas buscando con desesperación a su familia, su amigo lo vio al otro lado del pasillo de donde estaba ella. Corrió lo más rápido que pudo, lo que le permitían sus cortas piernas, pero de pronto, se detuvo en seco; se quedó estática al ver como un hombre lobo lo emboscaba. El grito de advertencia quedó atorado en su garganta, su cuerpo quedó paralizado al ver como el licántropo hincaba los dientes en la yugular, la sangre salpicó por todos lados. La furia invadió su sistema, lanzó un hechizo que produjo que fuera expulsada hacia atrás por la fuerza; el hombre lobo cayó rendido. Se acercó a su amigo con sus ojos empañados de lágrimas. El pequeño cuerpo estaba destrozado y lleno de aquella sustancia rojiza. Sus ojos azules perdidos y sin vida miraban hacia el techo. Se atrevió a tomarlo entre sus brazos mientras que aquellas gotas saladas mojaban la ropa de su único mejor amigo.

La voz del señor tenebroso resonó desde las paredes y el piso. Estaba hablando para todo Hogwarts y todo lo que rodeaba, en especial para los que seguían peleando en el castillo: Han peleado con valentía y Lord Voldemort sabe valorar el coraje. Han sufrido pérdidas, y si continúan resistiéndose a mí, todos ustedes morirán, uno por uno. Cada gota de sangre mágica que se derrama es una pérdida y un desperdicio. Lord Voldemort es piadoso, es por ellos que ordeno a mis tropas retirarse. Tienen una hora. Entierren a sus muertos dignamente, curen a sus heridos. Ahora me dirijo a ti, Harry Potter. Has permitido que tus amigos mueran por ti en vez de enfrentarte conmigo. Esperaré durante una hora en el Bosque Prohibido. Si cuando acabe ese plazo no has venido a verme, si no te has rendido, entonces la lucha se reiniciará. Pero esta vez yo mismo entraré en la batalla, Harry Potter; te encontraré y castigaré a cada hombre, mujer o niño que trate de protegerte. Una hora.


Se estremeció al escuchar esa voz, aunque el dolor que sentía por haber visto cómo mataban a Dave impedía otro sentimiento en ella. Era muy pequeña para tratar de moverlo, pero no quería dejarlo ahí, solo. Estaba de rodillas a lado de su diminuto cuerpo ensangrentado, lleno de restos de piel, de trozos de órganos que la bestia ya no le dio tiempo de devorar.


—¿Te encuentras bien? —preguntó alguien, un chico mayor que mostraba signos de haber peleado.


—Sí. —Se enjuagó la nariz con la manga de su suéter.


—Ven, vayamos al gran comedor.


—No quiero, no lo dejaré. 


—No se quedará solo. Yo lo llevaré.


El joven tomó en sus brazos el cuerpo destrozado de Dave, para llevarlo a la improvisada enfermería que montaron en el Gran Salón. Había gente que trataba de ayudar, otros llorando por la pérdida de algún ser querido. Depositaron el cuerpo en el suelo, a lado de más magos y brujas sin vida. Andrea no quería seguir llorando, pero no podía evitar sentir como su corazón estaba desecho, aprisionada por el miedo a no volver a ver a sus padres.


—¡Remus! —Esa voz hizo que sintiera un alivio. Alzó su rostro y vio a unos metros a su madre, arrodillada a lado de varios cuerpos.


—¡Mamá!


—¿Andrea? —Ahí estaba su padre, un poco pálido, pero con vida. Ambos se lanzaron para abrazar a su pequeña—. Gracias a Merlín estás bien.


—¿Por qué te fuiste de casa? —Riñó su madre—. ¿Estás bien? —preguntó al ver la sangre de su ropa.


—Quería salvar a Dave. —Aquellos sollozos se escaparon de su garganta.


—¿Dónde está?


—Ahí —respondió apuntando hacia su cuerpo.


—Oh cariño —Su madre la abrazó con fuerza, depositando besos en su carita, manchada de tierra—. Ven, hay que curarte esas heridas.


Cada estudiante trataba de reponerse de sus heridas, otros tantos ayudaban a Madame Pomfrey dando pociones revitalizantes o componiendo huesos. Algunos no tuvieron la fortuna de sobrevivir, varios lloraban la muerte de sus amigos, compañeros o familiares; la poca tranquilidad recibida fue rota por la voz de Voldemort y por aquellas palabras que estremecieron a todos: Harry Potter ha muerto.


—¡Es un truco! ¡Es un estúpido truco! —El anuncio ni siquiera había dejado de resonar en las piedras antes de que el grito de Ron retumbase por todo el Gran Comedor. Su cara pecosa estaba encendida y tenía las manos cerradas con fuerza, mientras se daba la vuelta para mirarlos uno a uno—. ¡No le crean! —gritó para que todos lo escucharan.


La batalla está ganada. Han perdido a la mitad de sus luchadores y mis mortífagos los superan en número; el niño que vivió está acabado. La guerra no debe continuar. Cualquiera que siga resistiéndose, hombre, mujer o niño, será masacrado junto con todos los miembros de su familia. Ahora, salgan del castillo, arrodíllense ante mí y serán perdonados. Sus padres e hijos, hermanos y hermanas vivirán y se les concederá el perdón, se unirán a mí en el nuevo mundo que construiremos juntos.


—Ron… si de verdad tienen un cuerpo... —La voz de Hermione era calmada, pero le interrumpió con facilidad, y sacudió la cabeza lentamente.


Estaban reunidos Ron y Hermione, a su lado todos los Weasley que momentos antes, habían estado llorando por la muerte de Fred, Remus, Tonks y otros tantos más. Los miembros de la Orden del Fénix que acudieron al llamado se reagrupó con la intención de crear un plan, pensaban hablarlo con los profesores que todavía se mantenían en pie. Al igual que algunos miembros del Ejército de Dumbledore, quienes sufrieron muchísimas bajas.


—Nunca huiría. —Ginny se unió a la defensa de su hermano—. Intentar entregarse para salvar al resto de nosotros, eso sí me los puedo creer, pero no que haya huido para intentar salvarse... no creo siquiera que se haya entregado, porque estaba haciendo algo para detener a Quién-Ustedes-Saben.


—Ese era el plan.


—Voldemort sobrevivió porque ha dividido su alma y la ha escondido en un puñado de lugares diferentes. Harry tenía que encontrarlos y destruirlos antes de que pudiésemos matarlo para siempre, y lo único que queda es la serpiente. Si lo consiguió, eso significa que es mortal. Cualquiera puede matarle ahora. —Su mirada había estado fija en Ron al final, y el chico dio un paso atrás, levantando las manos a la defensiva.


—Olvídalo, yo no lo haré. —Varios intercambiaron una mirada de asombro por la información que acababan de recibir.


—Soy yo. —dijo de pronto Neville que durante esos minutos se había quedado en silencio.


Los adultos cercanos miraban atentamente el intercambio de información, preguntándose cómo es que apenas unos jóvenes, estaban ideando una forma de terminar con todo el mal. Preguntándose en qué momento habían dejado de ser unos niños, unos estudiantes para convertirse en soldados.


        —La profecía podía referirse a cualquiera de los dos. Quién-Ustedes... —Se detuvo Neville. Si iba a intentar batirse en duelo con él, al menos tendría que tener también las agallas de llamarlo por su nombre—. Voldemort eligió a Harry, pero el mismo Dumbledore dijo que yo era el plan B. —Se encogió de hombros, intentando formar una sonrisa irónica que no le salió—. Bastante inteligente, la verdad. El mundo entero ha estado centrado en Harry, a pesar de que cualquiera al que Voldemort hubiera escogido tendría que morir al final. Y mientras tanto, yo podía mantener la cabeza gacha y no meterme en problemas, no importa si soy un gran héroe o no, porque gracias a Harry, él ahora es mortal y es mi turno.

—¿Estás seguro? —preguntó el Señor Weasley.


—Tengo que ser yo. Pero eso sigue dejando a su gente, y no creo que estén emocionados por ver a su adorado señor Tenebroso caer. Estoy bastante seguro de que no duraré mucho más que él.


—Los detendremos —habló Seamus alzando su varita.


—La Orden los mantendrá a raya.


—Y el Ejército de Dumbledore.


Durante un momento, pensó en intentar protestar, insistir en que no estaba asustado en absoluto de enfrentarse al mago que poblaba sus pesadillas, pero sería una mediocre y estúpida mentira, y tragó saliva con fuerza.


—¡Están aquí! —gritó alguien. 


Cada uno tomó con fuerza sus respectivas varitas, dispuestos a morir por un bien mayor. Mary Green ocultó detrás suyo a su hija, no iba a permitir que le pasara algo, tomó la mano de su marido, seguirían luchando hasta el final. Eran muy pocos los que se mantenían en pie, aunque se mostraban con tanta determinación que era la motivación suficiente para seguir luchando, sin importar las heridas o el cansancio. Los que todavía tenían fuerza, corrieron hacia las ventanas donde se podía vislumbrar el bosque, el sitio ideal para posicionarse en las aberturas. Era cierto, el innombrable no mentía; más de cien mortifagos, sin aparentes daños, con una docena de licántropos comandada por Greyback, con sed de carne fresca que quemaba la garganta. Todos formados en una larga línea, con máscaras plateadas que brillaban de una manera tan inhumana, otros con la cara descubierta y sonrisas crueles de triunfo, regodeándose del sufrimiento de los demás. 


Los gigantes tenían miradas de ira, preparados para seguir destruyendo todo lo que se encontraran a su alrededor, lanzando rocas y restos del castillo. Nadie prestó atención, aquellos ojos fijos en las dos figuras que había en el centro del ejército con intenciones de desvanecer el último intento de resistencia. Hagrid se veía de menor estatura comparada con la de los gigantes de raza pura; su cabeza estaba inclinada, sus hombros temblaban debido a los sollozos. Cargaba lo que a distancia parecía el cuerpo de alguien, y conforme se fue acercando más se distinguía con claridad. Era indudable e insoportable el cuerpo inmóvil de Harry Potter. El niño que vivió... muerto.


—¡NO! —gritó McGonagall con dolor y un cortante lamento.


Nadie se imaginó tal sonido proveniente de la imperturbable y reservada profesora. La pérdida marcaba el final, una noche en la que varios de sus alumnos habían caído; incapaz de proteger vidas y un año entero durante el que tuvo que soportar el sufrimiento. Ninguna orden se dio, se apresuraron hacia los escalones para encontrarse con la realidad. Mientras salían, Neville se percató de los claros rayos del sol que recién comenzaban a aparecer. Era real. Se podía ver la boca de Harry, abierta sin fuerzas con sus gafas torcidas en su cara y sus manos inertes. Gritos, llantos provenían de todos lados, en especial de Ron, Hermione y Ginny eran los peores, los que percibían mayor dolor. El resto era de sorpresa, de insultos y determinación a seguir luchando, gritos de lealtad y valentía.


—¡SILENCIO! —Voldemort agitó la varita, hubo una explosión y un destello de luz, sus bocas se movieron sin emitir sonido alguno. El encantamiento silenciador hacía su efusión inútil—. ¡Ha acabado! —Sonrió con satisfacción—. Bájalo, Hagrid. A mis pies, ¡donde pertenece! ¿Ven? —Empezó a pasearse mientras el semigigante colocaba con cuidado el cuerpo sobre el césped manchado de sangre—. ¡Harry Potter está muerto! 


—¡Él te venció! —Ron se lanzó hacia delante. Su lealtad, amistad y odio atravesó el hechizo mordaza como si nunca se hubiese realizado. Los gritos se alzaron de nuevo, esta vez eran recordatorios burlones de todas las veces que Harry se había enfrentado a Voldemort en el pasado, todos los fallos del supuestamente invencible mago. Continuaron hablando más alto hasta que otro fuerte estallido y destello luminoso los calló.


—Lo mataron mientras intentaba escabullirse. Muerto mientras intentaba salvarse—. Pero no continuó. La aguda y cruel voz fue interrumpida en mitad de la frase, porque Neville había hecho su movimiento. La larga varita apenas se movió, hubo otro estallido, otro destello. Voló por los aires para aterrizar con dureza y quedarse sin respiración. No le importó estar desarmado, tenía que hacerlo, estaba destinado. Con varita o sin varita, tenía que haber una manera—. ¿Quién se ha ofrecido como voluntario para demostrar lo que ocurrirá a aquellos que continúan luchando cuando la batalla está perdida?


—Es Neville Longbottom, mi Señor ¡El niño que ha estado causándoles tantos problemas a los Carrow! El hijo de los aurores, ¿recuerda?


—Ah, sí, me acuerdo. Pero tú eres sangre pura. 


—¿Y qué si lo soy? —En su rostro había un gesto de repulsión.


—Muestras carácter y valentía, provienes de un noble linaje. Serías un mortífago muy valioso. Necesitamos gente como tú, Neville Longbottom.


—¡Me uniré a ti cuando el infierno se congele! —Alzó la voz—. ¡Ejército de Dumbledore!


El encantamiento silenciador no funcionó. El poder de Voldemort se había debilitado. El sacrificio de Harry y las cosas que había destruido dejaron un enemigo que no era ni de lejos tan terrible como habían creído.


           —Muy bien. Si esa es tu decisión, Longbottom, retomamos el plan original. Pesará sobre tu conciencia. —Una sonrisa cruzó por su cara. 


El joven pudo ver que era el viejo, remendado y andrajoso Sombrero Seleccionador del despacho del director. Un objeto extraño al que convocar. Si Voldemort pensaba avergonzarlo, revelando que había considerado mandarlo a Hufflepuff, entonces había cometido un grave error. Era ejemplo de heroísmo por parte de Cedric y todos sus compañeros de Casa.


—Ya no habrá selección en Hogwarts —dijo Voldemort calmadamente—. Ya no habrá casas. El emblema, el escudo y los colores de mi noble antepasado, Salazar Slytherin, serán suficientes para todos. ¿Verdad, Longbottom? Neville, aquí presente, va a demostrar ahora lo que les pasa a los que son lo bastante estúpidos para continuar oponiéndose a mí.


Una pausa de fracción de segundo, y estaba ardiendo. Quiso gritar, revolcarse, arrancar el sombrero en llamas de su cabeza, un encantamiento escudo, un encantamiento congelador ¡o cualquier cosa! Pero estaba sin varita e inmovilizado, todo lo que podía hacer era permanecer allí mientras su pelo era alcanzado, mientras le salían ampollas en su cara quemada, mientras el terrible calor abrasador lo recorría. Nadie sabía cómo reaccionar, todos en estado de shock al ver a un joven entregando su vida. Los miembros del Ejército de Dumbledore veían como su líder se consumía, la esperanza esfumándose con lentitud al ver la crueldad y la opresión. En segundos, una hoja centelló con las primeras luces del alba. La cabeza de Nagini dio vueltas en el aire y el grito de Voldemort retumbó mientras el pesado cuerpo caía al suelo con un sonido sordo. Las voces se alzaron triunfantes, los defensores de Hogwarts gritaban, animándose y vitoreando. Las gargantas de soldados se unieron en un grito de guerra, los chasquidos luminosos de hechizos ya estaban siendo disparados hacia la línea de mortífagos.


—Llévate a Andy. Váyanse a casa —recalcó Robert mientras hacía hechizos protectores.


—No —respondió Mary protegiendo a su hija. 


—Por favor.


—Seguiré luchando.


Las flechas volaban por el aire. Por el linde del bosque estaban apareciendo los centauros para unirse a la batalla. Sus cascos arremetieron contra las máscaras para convertirlas en restos plateados. La voz de Hagrid rugió por encima de todo:


—HARRY ¡¿DÓNDE ESTÁ HARRY?!


Neville no supo qué hacer, intentó reconocer a las figuras en medio del reinicio de combate, pero al que encontró era el mismo Greyback. La pequeña Andy también se percató de la bestia, una furia la invadió y con lentitud se fue alejando de su madre; ese maldito le debía la vida de su mejor amigo. Apretó con fuerza el palo de madera, no le importaba ser pequeña, ni estar preparada en conocimientos mágicos, importaba que creía en sí misma y en sus poderes. Se posicionó enfrente de la bestia. El hombre lobo sonrió ante el posible banquete que se daría: carne fresca entregada voluntariamente. Un agudo aullido salió de su garganta, el licántropo alzó el rostro para dejar escapar el grito de sed y hambre. La jauría se echó a correr, pero no para unirse a la batalla; pasaron a toda velocidad dirigiéndose al castillo, iban por los heridos.


La niña lanzó un haz de luz roja, obligándolo a dar pasos hacia atrás. Uno tras otro, cada vez comenzaba a enfurecerse más. Neville, quien había adivinado el plan, empuñó con fuerza la espada mientras los perseguía. Paró en seco al ver  como alguien lograba mantenerlo a raya, ya no tenía esa sonrisa burlona de unas horas atrás, sus ojos sólo reflejaban furia, enojo. Lo vio acercarse más a la niña, sabía que nunca podría llegar a tiempo. Lanzó la hoja como una jabalina para hacerle un profundo surco en su costado, desplomándose y aferrándose a las costillas que sangraban. Aulló de dolor, pero se recuperó de inmediato. Sus garras, estaban a unos centímetros cuando un pedazo de vidrio le atravesó, proporcionándole más tiempo. La lucha llegó hasta el Gran Comedor, el estrépito de las pisadas y los gritos de la batalla se escucharon. 


—Deberías irte —dijo él al llegar al lado de la niña. 


—No.


—Ponte a salvo.


—Ya les dije que no. Lo mataré. Haré lo mismo que a Dave.


Ambos mantenían la vista fija en el licántropo. Las respiraciones eran entrecortadas. Greyback embistió. El chico estaba preparado, echó la espada hacía atrás para una estocada, pero resultó ser una simple falsa alarma. Ahora, la bestia aferraba en sus manos un retorcido trozo de acero con cristales, con su velocidad atacó primero a la pequeña, apuñalándola en el corazón. Cayó de rodillas mientras su suéter comenzaba a empaparse de sangre. Neville había visto demasiadas muertes, crueles e injustas y no estaba dispuesto a permitir que otra vida inocente fuera arrancada. Nunca fue entrenado para usar una espada, era un arma pesada y larga. Atacó con fuerza, bloqueando los golpes como podía, ignoró las esquirlas de cristal; su cuerpo estaba llegando a su límite. Sus brazos temblaban, agarró la espada con menos fuerza, jadeaba en busca de un aire que sabía a cobre, y Greyback no flaqueaba en absoluto. Presionaba con más fuerza y oliendo el triunfo, lanzó un horrible y áspero ladrido de risa cuando la barra de acero atravesó la guardia de Neville. Sus dientes amarillos resplandecieron, los hombros se tensaron mientras se preparó para saltar hasta que un rayo morado le dio de lleno en su rostro.


—¿Les importa si me uno? —Era Ron. La varita del pelirrojo mantuvo al licántropo a raya mientras se acercaba a la pequeña para ver su estado.


—¿Te encuentras bien?


—Sí —respondió entrecortadamente—. Creo que fue mi hombro.


—Vamos, esto todavía no acaba. —Ofreció su mano a ella y a Neville—. Este maldito me debe una por lo de Bill.


—Conozco a tu hermana. —Rio entre dientes. Con un gruñido salvaje, arremetió contra él, pero Ron giró y con un movimiento fiero y fulminante disparó otro rayo de luz.


El licántropo tambaleó hacia atrás, Andy lanzó un pedazo de vidrio, con la puntería con la que contaba, le dio en el cuello mientras que Neville aprovechó la oportunidad para asestar el golpe final. Enterró la hoja en el pecho, la sangre salpicó para unirse con la de sus víctimas. Dio un último gruñido antes de caer muerto.


—Le has soltado un buen golpe. —Neville palmeó el hombro de su amigo. 


—Último año, debía acabar a lo grande.


—¿Cómo estás, pequeña?


—Bien —susurró sin despegar la mirada del licántropo, después todo oscureció.


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