Capítulo 2
Hermes era el nombre que Andrea le puso a su lechuza, le encantaba todo lo relacionado con la mitología griega, y consideró que ese nombre era adecuado, al final de cuentas era el dios mensajero. La mañana del primero de Septiembre, despertó con los llantos de su hermanita; emocionada y sin poder volver a dormir, revisó la lista de útiles para asegurarse que no olvidaba nada. Metió a su lechuza en su jaula y bajó a desayunar. Unas horas después, el baúl ya estaba cargado en el auto, mientras que ella iba en el asiento de atrás con la bebé. Llegaron con media hora de antelación a King Cross, empujó el carrito hacia el andén nueve y tres cuartos, tomó velocidad y echó a correr entre la barrera de ambos andenes. Al atravesar el muro, había una locomotora de vapor de un color escarlata y con un rótulo que decía: Expreso de Hogwarts.
—¿Quieres que te ayude a encontrar un vagón?
—No papá, yo lo hago.
—¿Segura? —Ella asintió convencida.
—Bueno, entonces que tengas un buen curso. —Su padre la abrazó con fuerza.
—Gracias. Mamá, no llores. —No pudo evitar ser besada por su progenitora—. Estaré bien.
—Quiero que te cuides, ¿de acuerdo?
—Sí, lo haré. Pequeña pulga. —La niña tomó en brazos a su hermanita—. Te voy a extrañar mucho. —Apenas dijo eso cuando oyó un silbido.
—Apresúrate —dijo su padre; subió al tren. Se asomó por la ventanilla y los observó hasta que desaparecieron cuando el tren giró; las casas pasaron a velocidad, no prestó atención debido a que iba arrastrando el pesado baúl por el largo pasillo. Encontró un vagón vacío, allí estaba una niña pelinegra que se mantenía ocupada observando el paisaje.
—¿Te importa si me siento? —preguntó señalando el asiento.
—No, claro que no. —Acomodó sus cosas y luego se sentó—. No muerdo —dijo de pronto la niña, rompiendo el silencio.
—Lo siento.
—¿Cómo te llamas?
—Andrea, Andrea Green.
—¿La chica que se enfrentó a Greyback? —Hizo una mueca ante esa mención.
— Sí, ella… digo sí, soy yo —respondió con fastidio—. ¿Y tú eres..?
—Keisi Anders.
—Es un placer —respondió con una mueca.
Esperó el momento en que le preguntara sobre lo que se siente estar en una pelea a una edad corta, no deseaba ser el centro de atención por eso. Además, el mérito se lo merecían otras personas, ella sólo hizo lo necesario para sobrevivir.
—¿Ya terminaste de leer el libro? —Algunas voces se escucharon por el pasillo.
—No, yo no leo tan rápido.
—Si mejoraras tus gustos…
—Es un libro de aventuras. —La conversación fue subiendo de volumen.
—Eso dices tú.
—¿Qué me quieres decir?
—Nada.
—Más te vale que no insinúes de nuevo eso de decirme trol.
—Yo jamás te he dicho de esa manera. —Poco a poco las voces se fueron escuchando más cerca del vagón. En primera instancia, Andreaa no logró reconocerlas hasta la última palabra. La puerta del compartimiento se abrió para dejar pasar a dos niños.
—Aquí hay lugar.
—¿Podemos sentarnos?
—¡Andy!
—Hola —saludó la chica con desgana, seguía manteniendo la vista fija en la ventana.
—¿Cómo estás?
—Bien —respondió por fin dejando de ver el paisaje—. Ella es Keisi Anders.
—Mucho gusto.
—Mena y Gustav —dijo señalandolos a los dos.
De inmediato entablaron conversación, la chica se mantuvo apartada mientras que el tren pasaba por campos llenos de vacas y ovejas. Cerca del mediodía, se produjo un alboroto en el pasillo, ya que una mujer de cara sonriente se asomó.
—¿Quieren algo del carrito?
Gustav y Mena salieron para comprar algunas golosinas, al igual que Keisi, Andrea fue la única que se quedó en su asiento. Al cabo de unos segundos, regresaron con los brazos repletos de ranas de chocolate, empanadas de calabaza, pasteles de caldero, varitas de regaliz y no podían faltar las Pepas Bertie Bott de todos los sabores. Gustav le ofreció un pastelillo de caldero, no tenía hambre pero terminó por aceptarlo; cuando se lo llevó a la boca sintió una punzada en su hombro, hizo un gesto que no pasó desapercibido por Mena.
—¿Pasa algo? —preguntó mientras tomaba asiento a lado de ella.
—Nada. —Trató de disimular.
—Tienes mala pinta, además que no has hablado mucho desde que inició el viaje.
—Estoy bien. —Mintió, la realidad era que seguía molestándole el comentario de Keisi. Le fastidiaba ser recordada por algo que no había hecho.
—Come algo.
—No tengo ganas.
—Si no quiere, no la puedes obligar.
—Cállate, Gustav. —Lanzó una mirada de advertencia que entendió perfectamente—. Ven.
—¿A dónde? —La tomó de la mano y la sacó del vagón a regaña dientes. Era imposible encontrar un sitio vacío, pero al menos encontrarían un lugar privado para hablar. Caminaron por los pasillos hasta que llegaron al vagón donde se encontraba el maquinista.
—Ahora sí, ¿qué pasa?
—Nada.
—No me mientas. Estabas diferente cuando Gustav y yo entramos.
—En verdad…
—Puede que no te conozca mucho, pero sé que algo pasó.
—Son tonterías.
—Fue algo relacionado con lo de tu amigo, ¿verdad? —Dejó escapar un suspiro, sin mencionar que le dolía un poco la vieja cicatriz.
—Odio que me recuerden que murió Dave. Odio que me recuerden que no pude salvarlo.
—No tienes la culpa de nada. —Se acercó a ella y la abrazó con ternura.
—¿Qué hubiera pasado si ese día estuviera en casa conmigo?
—No sé.
—¡Estaría vivo! —gritó con fuerza.
—Debes de entender que no tuviste nada que ver. Lo fuiste a buscar. ¿Quién iba a pensar que estarías en medio de la línea de fuego?
—Yo debí...
—Basta ya. Hiciste lo que pudiste. Demostraste tu magia a tan poca edad, peleaste con valentía y no te rendiste nunca.
—Me hablas como si fuera tu amiga.
—Lo somos —respondió con una sonrisa. Cuando regresaron, Gustav y Keisi se retaban a comer las pepas de todos los sabores, produciendo en algunas veces, muecas graciosas.
—¿Todo bien? —preguntó cuando las vio.
—Sí, todo en orden.
—Lloraste. —Afirmó al ver los ojos rojos de la castaña.
—No fue nada, un golpe que me di.
—Bueno, si necesitas algo no dudes en acudir a mí.
—Gracias.
Le ofreció de nuevo un pastel de caldero, lo cual pudo disfrutar y se dio cuenta de que moría de hambre. Pasaron un rato comiendo las pepas, aunque Mena las escupía cuando no le gustaban.
—¡Ya te vi! —gritó de pronto el niño.
—¿Qué?
—No te las comes.
—Claro que sí, Gustav.
—Ajá. Eso dices. Quiero ver que te comas… ésta. —Le entregó una de un color blanco con puntitos naranjas. Se la llevó a la boca, pero en segundos la arrojó al suelo, haciendo unas muecas de asco—. Era comértela, más no escupirla.
—¡Puaj! ¡Qué asco!
—Eres una bebé.
—¿De qué era? —preguntó Andrea con una sonrisa burlona.
—Sabía a vómito —respondió ella sacando la lengua y tratando de quitarse el mal sabor.
El paisaje que se veía por la ventanilla se hizo más agreste. Habían desaparecido los campos cultivados y aparecían bosques y colinas de verde oscuro. Siguieron hablando por un rato, las pepas de todos los sabores quedaron atrás, al igual que el comentario de Keisi, aunque el hombro seguía doliéndole un poco. Cuando observó por la ventanilla, se dio cuenta que estaba oscureciendo; el paisaje se encontraba bajo un cielo profundo color púrpura y fue cuando decidieron cambiarse y ponerse las túnicas. Al estar listos, el tren comenzó aminorar la marcha y una voz retumbó en el tren.
—Llegaremos a Hogwarts dentro de cinco minutos. Por favor, dejen su equipaje en el tren, se lo llevarán por separado al colegio.
Se comenzaba a sentir los nervios, guardaron las golosinas restantes y se reunieron con el resto del grupo que llenaba los pasillos. El tren aminoró la marcha hasta que finalmente se detuvo. Todos se empujaban para salir al oscuro andén.
—¡Primer año! ¡Los de primer año por aquí! —Esa era una voz bastante familiar para los tres chicos; Mena y Gustav conocían muy bien a Hagrid. El sendero estrecho se abría súbitamente al borde de un gran lago negro, en la punta de una alta montaña, al otro lado, con sus ventanillas brillando bajo el cielo estrellado, había un impresionante castillo con muchas torres y torrecillas—. ¡No más de cuatro por bote! —gritó Hagrid señalando a una flota de botecitos alineados en el agua, al lado de la orilla.
Pasaron por un túnel oscuro que parecía conducirlos justo por debajo del castillo, hasta que llegaron a una especie de muelle subterráneo, donde treparon por entre las rocas y los guijarros. Luego subieron por un pasadizo en la roca, detrás de la lámpara de Hagrid, saliendo finalmente a un césped suave y húmedo, a la sombra del castillo. Subieron por unos escalones de piedra y se reunieron ante la puerta de roble. Cuando estuvieron todos ahí, un pequeño hombre, los esperaba.
—Aquí los tiene, profesor Flitwick.
—Muchas gracias, Hagrid. Yo los llevaré desde aquí. —Siguieron al profesor. Se podía oír el ruido de cientos de voces que salían de un portal situado a la derecha—. Bienvenidos a Hogwarts, el banquete dará comienzo dentro de poco, pero antes de que ocupen sus lugares en el Gran Comedor deberán ser seleccionados para sus casas: Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin. Sus casas serán como sus familias, ganarán puntos pero si se portan mal los perderán. La Ceremonia de Selección tendrá lugar dentro de pocos minutos..
Formaron una hilera y luego siguieron al profesor. Pasaron por unas puertas dobles y entraron en el Gran Comedor. Estaba iluminado por miles y miles de velas que flotaban en el aire sobre cuatro grandes mesas, donde los demás estudiantes ya estaban sentados. El profesor Flitwick puso en silencio un taburete de cuatro patas frente a los de primer año, encima puso un sombrero puntiagudo, remendado y raído; el profesor se adelantó con un gran rollo de pergamino. Durante unos pocos segundos, se hizo un silencio completo, entonces el sombrero se movió. Una rasgadura cerca del borde se abrió, ancha como una boca y el sombrero comenzó a cantar:
Temples majestuosos,
cuatro magos poderosos,
éste colegio fundaron.
El castillo erigido,
conforme a semejanza,
los alumnos elegidos
albergaban la esperanza.
Godric el valiente,
la leal Helga,
Rowena la sabia
y el astuto Salazar.
Los siglos pasaron,
las casas a convivir aprendieron
y en armonía entendieron.
Un mago tenebroso
con fiereza hundió
a tiempos oscuros.
Su nombre se aprendió a temer,
el peor error que pudimos cometer.
Terror y odio por doquier,
en Gryffindor el orgullo reinó,
Ravenclaw el lugar de los arrogantes,
la inseguridad en Hufflepuff
y en Slytherin los avaros andantes.
La luz pudo hacer y,
la guerra a su fin llegó.
Tengamos valentía
para la causa justa.
Que no caiga en el olvido
la sangre derramada.
No importa en qué casa os ponga,
o que los distinga unos de otros,
todos tenemos similitudes comunes,
un brillo que nos une.
¡Os tengan cuidado!
de los peligros que puedan avecinarse,
se los dice el sombrero que todo lo sabe,
no echen mis palabras en saco roto,
porque caeremos en el hoyo.
Sin más que decir,
¡Que empiece la selección!
Todo el comedor estalló en aplausos cuando el sombrero terminó su canción. Éste se inclinó hacia las cuatro mesas y luego se quedó rígido otra vez. El profesor se adelantó con un gran rollo de pergamino.
—Cuando los llame, deberán ponerse el sombrero y sabrán que casa irán. ¡Anders, Keisi! —Salió de la fila y se puso el sombrero que le tapó hasta los ojos y se sentó.
—¡GRYFFINDOR! —gritó el sombrero. La mesa más alejada de la izquierda estalló en aplausos.
El profesor Flitwick llamó a Eagle, Gerard; un niño alto salió de entre los demás. Era algo desgarbado, su cabello castaño estaba despeinado y alborotado, mientras que sus ojos marrón mostraban cierto nerviosismo. El sombrero gritó medio minuto después de habérselo puesto. Luego pasó Fleur, Beth; una niña de cabello rubio con ojos verdes. Ambos fueron puestos en Hufflepuff. Llamaron a Flitwick, Gustav y a Grace, Viry, una niña de cabello negro; los dos fueron envíados a Ravenclaw. La segunda mesa a la izquierda aplaudió. Grayson, Alexandra, una niña algo bronceada fue puesta en Gryffindor.
—¡Green, Andrea! —Algunos murmullos se escucharon a su alrededor. Eso la hizo sentirse como una gelatina; caminó lentamente y bastante nerviosa. Tomó asiento antes de que el sombrero tapara sus ojos.
—Tienes un pasado que no te gusta recordar. La culpa te come por dentro, pero a pesar de eso puedo ver la inteligencia en tu ser. Serías una gran Ravenclaw, pero eres humilde y modesta, serias parte de Hufflepuff, aunque… la valentía reina en tu corazón. Leal hasta la muerte. —Escuchó en su cabeza—. ¡GRYFFINDOR!
Todos aplaudieron, ella respiró de alivio. Mason, Alexander, un niño de cabello castaño claro se puso el sombrero y antes de que cayera sobre su rostro ya estaba siendo parte de Gryffindor. Al escuchar McGonagall, Mena, hubo más murmullos. Todos pasaban la vista de la niña a la directora, quien sólo la observaba y se unió a los aplausos cuando fue puesta en la casa de los leones. Moreau, Mortz fue elegido para Ravenclaw y Reed, Connor en Gryffindor. Y finalmente, tanto Rookwood, Lesma como Weasley, Kissy terminaron en Slytherin.
El profesor Flitwick enrolló el pergamino y se llevó el Sombrero Seleccionador. La directora, Minerva McGonagall se puso de pie. Miraba seriamente a los alumnos, pero con cierto brillo alegre en sus ojos.
—¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos a un año nuevo en Hogwarts! Antes de que comience el banquete les daré unos cuantos anuncios. Los de primer año deben tener en cuenta que los bosques del área del castillo están prohibidos para todos los alumnos. El señor Filch, el celador, me ha pedido que les recuerde que no deben hacer magia en los recreos ni en los pasillos. Las pruebas de Quidditch tendrán lugar en la segunda semana de curso. Los que estén interesados en jugar para los equipos de su casa, deben ponerse en contacto con la señora Hooch.
»Y por último, les recuerdo que los artículos provenientes de Sortilegios Weasley están prohibidos. Y ahora que comience el banquete.
Los platos que había enfrente de cada estudiante estaban llenos de comida. Carne asada, pollo asado, chuletas de cerdo, salchichas, tocino y filetes, papas asadas y cocidas. Andrea se sirvió un poco de todo. Por último, los postres desaparecieron, la profesora se levantó y los mandó a la cama.
—¿Pueden esperarme? —preguntó de pronto Mena, antes de seguir al prefecto.
—Claro. ¿A dónde vas?
—Con mi abuela.
Andrea y Keisi se hicieron a un lado para no obstruir el paso mientras esperaban a su amiga. Pudieron ver cómo la abrazaba por un rato, suponían que la estaba felicitando por entrar en Gryffindor. No demoró mucho por lo que lograron alcanzar al grupo para entrar a la sala común. Ya se sentían bastante somnolientas, les hubiera gustado seguir platicando, pero al día siguiente empezaban las clases.
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