Capítulo 3

Respiró la desesperación, el miedo ardía en sus venas. Su único amigo en la línea de fuego. Corrió hasta donde le permitían sus cortas piernas. Ahí estaba él, plantándole cara a la bestia. Las maldiciones pasaron por todos lados, la oscuridad invadida por los haces de luces, el silencio corrompido por los gritos de desesperación y la paz quebrada por la muerte. —¡¡¡¡¡Dave!!!!—. Un grito atorado en la garganta, el cuerpo destrozado y lleno de sangre. Los ojos sin vida, sin brillo. Por su culpa él estaba muerto... Despertó temblando y empapada en sudor, tenía ganas de llorar. Andrea se dio la vuelta, quería volver a dormir. Era temprano para salir de la cama y cuando los primeros rayos del sol le dieron en el rostro, se levantó para darse un baño; al estar lista, se quedó un rato en la sala común mientras esperaba a sus amigas. En Hogwarts, todo tipo de murmullos corrían y, aunque trató de ignorarlos, le fastidió que la señalaran; algunos se atrevieron a preguntarle acerca de la batalla.

            —No les hagas caso. —Le dijo Mena cuando iban al Gran Comedor para el desayuno.

            —Como si fuera tan sencillo.

            —Tú decides si te amargas la vida o no. 

            —Hola, chicas —saludó Gustav cuando tomó asiento con ellas—. ¿Qué tienes, Andy? 

            —Nada, lo de siempre.

            —¿Y qué es lo de siempre?

            —Recordarme la muerte de mi mejor amigo cada dos segundos. —El hambre se le quitó, hizo a un lado su plato de avena y esperó a que les pasaran los horarios.

            En el castillo habían tantas escaleras, algunas llevaban a un lugar diferente, otras un escalón que desaparecía, pero lo que más destacaba de todo, eran los parches que se notaban en el techo; reflejaban los estragos de la batalla. Hasta donde sabían, se fue reconstruyendo poco a poco con magia. Hubiera sido difícil que Keisi y Andrea recordaran dónde se encontraba todo sino hubiera sido por Mena y Gustav, quienes conocían el castillo debido a sus respectivos abuelos. En el primer día se toparon a Peeves, al que no podían evitar era al celador Argus Filch y su gata, la Señora Norris. Ambos eran detestables, ni siquiera la guerra hizo olvidar su amargura. Las clases resultaron ser más que sólo agitar la varita; cada miércoles a media noche, estudiaban los cielos nocturnos, las clases de Herbología, que eran tres veces por semana en los invernaderos detrás del castillo con la profesora Sprout.

            —Te hará bien un poco de aire —mencionó la pelirroja.

            —Enfrentarme a plantas extrañas y hongos, mejorará mi día —respondió con sarcasmo, lo que no le pareció a su amiga. Entraron al invernadero, en donde les llegó el olor a tierra húmeda. La profesora Sprout estaba entre algunas macetas.

            —Hoy hablaremos sobre lo que consiste la Herbología. ¿Alguien me puede decir que estudia?

            —Es la ciencia que estudia la vida basada fundamentalmente en el conocimiento de las plantas, saber diferenciarlas, usarlas y cuidarlas —respondió Gustav, esa clase la compartían con algunos Ravenclaws.

            —Muy bien. En este curso nos enfocaremos en la herbolaria común, veremos lo que son las Mandrágoras, Lazo del Diablo y algunas otras más, nos enfocaremos en la teoría. —Añadió al ver las caras de sorpresa de sus alumnos. Una chica que se encontraba en la última fila, levantó la mano agitándola para llamar la atención de la profesora; Sprout le hizo un gesto con la cabeza.

            —¿Señorita Grayson?

            —Profesora ¿es verdad que usaron todo eso en contra de los mortífagos?

            —¿Qué les hace pensar eso?

            —He leído en Historia de Hogwarts que usaron plantas en la defensa…

            —Creo que eso no me corresponde a mí. Tendrán que hablarlo con el Profesor Binns.

            —Binns no nos dirá nada —susurró Gustav—. En todo caso, podremos sacarle información a mi abuelo.

            —Mi abuela nunca me ha dicho algo —espetó Mena—. Siempre que saco el tema dice que soy muy pequeña.

            —A mí no me interesa saber. Ya bastante tengo con mis propias pesadillas.

            —¿Tienes pesadillas? 

            —¿Tú qué crees?

            —Enfrente de ustedes tienen algunas plantas —continuó la profesora—. Quiero que se reúnan en equipo y clasifiquen cuales creen que son mágicas y cuales las utilizan los muggles.

            La profesora Sprout pasó entre sus alumnos formando los equipos, Mena y Keisi se mantuvieron juntas con otros dos chicos de Ravenclaw, mientras que Gustav lo juntaron con unas niñas de su misma casa, Andrea se quedó sola esperando a que la profesora le asignara a sus compañeros.

            —Señorita Green... trabajará con el Señor Mason. 

            —Hola, soy Alexander. —saludó él. Lo vio en la selección, a decir verdad, le importó un rábano en donde mandaban a los demás chicos.

            —Hola.

            —¿Green?

            —¿La que dicen que venció a un licántropo? —preguntó una niña pelirroja con algunas pecas que salpicaban su rostro; la miró incrédula de pies a cabeza, sonriéndole falsamente—. ¡Guau! Si tú venciste a Greyback con esa facha, yo mato con la mirada como los basiliscos. —Estalló en carcajadas al unísono con su amiga.

            —Aunque lo dudes, yo luché en contra de él.

            —No me hagas reír —espetó observándola—. Mi primo fue quien lo acabó.

            —Me da igual lo que pienses.

            —Oí que perdiste a tu amigo, eso demuestra que no todos los leones son valientes —espetó la niña Rookwood.

            —No hablen de él como si lo conocieran —respondió siseando y con los puños cerrados. 

            —Sólo un idiota se enfrenta a un hombre lobo.

            —Déjalo Andy. —Intervino Alex antes de que respondiera—. Será mejor que nos pongamos a trabajar —dijo observando a las otras dos chicas.

            A pesar de ese intercambio de palabras, se pusieron a trabajar; por un lado sólo eran Alexander y Andrea, mientras que del otro extremo de la mesa se encontraban las niñas Slytherin, que en algunas ocasiones lanzaban miradas burlonas a los leones.

            —No les hagas caso. 

            —Me fastidia que me recuerden eso.

            —Si te enojas, les das la satisfacción.

            —No es agradable soñar noche tras noche y luego... —Apretó con fuerza una ramita, partiéndola en dos.

            —Mejor enfoquémonos en terminar esto. —Siguieron separando las hierbas que comúnmente usaban los muggles de las mágicas. Alexander conocía algunas plantas, esperaban a que sus compañeras terminaran su parte. La castaña contó los minutos para salir, fue a ver cómo le iba a sus amigas, pasando detrás de Weasley y Rookwood. No pudo evitar escuchar su conversación.

            —¿Puedes creer que maté a un hombre lobo? —mencionó la pelirroja.

            —¡No te creo! —respondió su amiga—. Te ves muy flacucha.

            —No estoy lo suficientemente nutrida. Debe ser mi cara de cobarde.

            —Sí, definitivamente. No creo que hayas matado a una bestia.

            —Es que no fui yo, fue un Weasley que me salvó la vida.

            —Me gusta colgarme de la fama de otros. —Al escuchar esto, Andrea cerró los puños con fuerza, sentía la cara caliente debido al enojo contenido.

            —Ni siquiera fue él —espetó con los dientes apretados.

            —No entiendo por qué creen que eres una heroína. —Sonrió burlonamente mientras que su amiga comenzaba a reír a carcajadas.

Trató de calmarse y alejarse de ella, pero el ver sus sonrisas burlonas hizo enfurecerla más; no le importó en absoluto nada, ni siquiera las palabras de sus amigos, ni las de Alexander, quería que la dejaran en paz. Tomó una pequeña macetita con un cactus y se los aventó.

            —¡Ay! —exclamó la pelirroja al sentir las espinas clavadas en sus manos.

            —¡¿Cómo te atreves?! 

            —¡Señorita Green! —De inmediato, la profesora Sprout se encontraba ahí, en medio de las niñas—. ¿Qué significa esto?

            —Lo siento profesora, se me cayó de las manos.

            —No le creo, diez puntos menos para Gryffindor.

            —Esto no se quedará así —espetó la pelirroja antes de ir con la profesora para que le quitara las espinas.

            —¿Qué sucedió? —preguntó Gustav al término de la clase.

            —Les dije que patearía a alguien.

            —Eso no fue correcto —respondió Mena escandalizada.

            —Me importa un rábano lo que sea correcto o no. No lo toleraré que esa... esa... cara de rana se meta conmigo.

            —¿Cara de rana?

            —Sí, es Wesley la rana René. Aunque no tiene nada de ternura.

            —¿Qué es la rana René? —Los tres veían a su amiga confundidos, sin entender nada.

            —Es… digamos que es un muñeco que les gusta a los muggles —explicó Andrea con paciencia, de alguna manera, la ignorancia de sus amigos le producía cierta tranquilidad.

            Después de ese mal rato en los invernaderos, tuvieron clase de Historia de la Magia, una asignatura aburrida; nadie se atrevió a preguntarle al profesor acerca de la batalla en el castillo. En todo caso, como decía Gustav, podía preguntarle a su abuelo, el profesor Flitwick. Un brujo diminuto, que usaba algunos libros para ver encima de su escritorio y daba la asignatura de Encantamientos.

            —¿Creen que nos cuente algo? —preguntó el niño a sus amigas.

            —Lo dudo.

            —Nos dirán cuando estemos listos.

            —A mí sigue sin interesarme.



        El profesor Higgs Terence llegó a la sala común de Slytherin después del accidente en la clase de herbología.

            —¿Te duelen las manos? 

            —Ya no, profesor. —La niña clavó sus ojos oscuros en los de él—. Madame Pomfrey me dio una poción para aliviar el dolor y posibles infecciones.

            —Sí, sí. Estoy enterado de lo que pasó, no creas que no me tomo en serio los problemas de mis alumnos. —Hizo una pausa—. Ahora, no me importa que problema tienen con los leones, no me importa si se odian a muerte, si les mataron familiares, si son hijos del Que-No-Debe-Ser-Nombrado y quieren venganza contra todos los Gryffindor, quiero que ese incidente empiece y acabe aquí. No tengo las mínimas ganas de empezar absurdos papeleos y sesiones fastidiosas con la jefa de Gryffindor por causa de ustedes, espero les quede claro. —Higgs salió sin decir más, dejó a la niña un poco confundida. Lesma se acercó a ella y murmuraron lo que parecía un plan.

            Las clases de Transformaciones eran más complicadas, transformar cosas en animales aunque para eso era necesario los conocimientos y tiempo. Pero lo que más esperaron era Defensa Contra las Artes Oscuras, albergaron la esperanza de que les contaran acerca de lo ocurrido en la guerra, conocer los detalles. Sin embargo, se vieron decepcionados, ya que el profesor, al igual que los otros no dijo nada. Llegó el viernes y podían afirmar que su primera semana en el colegio no fue tan mala del todo, al menos Andrea y Keisi ya recordaban los caminos para llegar a sus clases a tiempo.

            —¿Qué asignaturas nos toca hoy?

            —Pociones dobles con los de Slytherin.

            —Odio mi mala suerte —espetó la niña, recordando su reciente encontronazo con Kissy y Lesma, a quienes no toleraba ni un poquito. En aquellos momentos llegó el correo, Andrea vio a Hermes; dejó caer un sobre el que abrió de inmediato. Era una carta de sus padres preguntando por sus primeros días en la escuela y adjuntando una foto de su hermanita. 

 Hola mamá, papá:

Gracias por su carta, yo también los extraño. No hay muchas novedades por aquí, sólo que cada vez que me ven me preguntan acerca de lo que pasó con Dave y no me gusta. En fin, quedé en Gryffindor y ya tengo amigos. Primero está Mena, es la nieta de la Profesora McGonagall y luego está Gustav, el nieto del Profesor Flitwick; él es de Ravenclaw. Por último está Keisi, la conocí en el tren y también está conmigo en Gryffindor. Creo que eso es todo lo que les tengo que contar, denle un beso muy fuerte a Dayra, díganle que la extraño mucho, prometo escribirles pronto.

Los quiero.
Besos, Andy.

            Cuando su lechuza retomó el vuelo, se encaminó hacia su clase de pociones en los calabozos, donde se sentía frío y era tétrico. Conforme avanzó la clase, el profesor los puso en parejas; Mena, Keisi y Andrea estuvieron juntas. Tenían que hacer una sencilla poción para curar forúnculos. Pesaron ortiga y aplastaron colmillos de serpiente; todo iba en orden cuando el caldero comenzó a emitir nubes de humo verde. En segundos explotó llenando de poción a Andrea, quien era la más cercana; un engrudo hirviente que se derramó por los suelos. Sentía sus brazos y piernas arder mientras le aparecían pústulas rojas.

            —¿No les dije que debían añadir las púas de erizo antes de quitar el caldero del fuego?

            —No sé qué pasó, profesor. —Gimió Andrea de dolor.

            —Vaya a la enfermería. —Cuando la castaña iba saliendo, alguien la detuvo.

            —Estamos a mano.

        —Weasley, tú... —Se miraron con resentimiento, antes de que el profesor interrumpiera el intercambio de odio.

            Una hora más tarde, Mena y Keisi se apresuraron a ir a la enfermería, pero su amiga no estaba allí, por lo que la buscaron en la sala común. Andrea estaba recostada en la cama con vendajes en las manos; gracias a Madame Promfrey no le dolían, pero tenía que esperar al menos un día para que le sanaran.

            —¿Cómo estás? —preguntó Mena.

            —Es seguro que hoy no podré hacer tarea.

            —No entiendo qué sucedió —mencionó Keisi pensativa.

            —Weasley y Rookwood.

            —¿Qué tienen?

            —Fueron ellas. 

            —¿Cómo sabes eso?

            —Me lo dijo y esto no se va a quedar así —replicó la niña. Era un hecho que Kissy Weasley y Lesma Rookwood pagarían caro su bromita del caldero, y estaba decidida a que se tragaran sus palabras.



        Caminaba presurosa por los pasillos, repitiendo mentalmente el movimiento de la varita del hechizo levitatorio. Sus pies la llevaron a su destino, miró a los lados; el invernadero tres estaba solitario y silencioso, necesitaba acercarse a la ventana del cinco. Escuchó unas voces, se detuvo. No tenía ningún tipo de escondite. Se mordió el labio nerviosa al ver salir de los invernaderos a dos niños de Hufflepuff; la niña tenía ojos verdes y dos coletas castañas, el niño era alto con gafas.

            —No, Beth. Eso no es así, lo haces todo mal. Por eso no te sale.

            —¡Claro que me sale, Gerard! Lo que pasa es que tú eres muy mandón. Y yo tengo mi manera de hacer las cosas —respondió la chica haciendo un mohín.

            Los Hufflepuff chocaron con ella, no pudo evitar sonrojarse; le sonrieron mientras seguían su camino enfrascados en su discusión. Respiró aliviada, se limpió las manos en la túnica por lo que haría; la adrenalina empezó a invadir su cuerpo. Sigilosamente se deslizó hasta la ventana más lejana del invernadero, cuidándose de Filch y de su tonta gata. Subió a unos cajones y dirigió su varita hacia la abertura, resopló y murmuró en voz baja.

            Wingardium Leviosa —Nada. Las vainas de bubotubérculos no se movieron ni un milímetro, intentó el hechizo una vez más—. ¡Wingardium Leviosa! 

            —Si movieras la varita correctamente, te aseguro que ya habrías podido robar esas vainas.

            Giró violentamente la cabeza al oír esa voz con un deje de diversión. Perdió el equilibrio y cayó de espaldas en unos costales con estiércol de dragón; ahogó un gemido de dolor al ver la cara de Alexander Mason.

            —¿Qué haces aquí? ¿Cuánto tiempo llevas viendo?

        —Te seguí —respondió alzando los hombros—. Me dio curiosidad ver a dónde ibas tan concentrada ¿Qué intentas hacer?

            Lo evaluó. Apenas habían compartido unas cuantas palabras, después de aquella pelea con las niñas serpientes y al recordar su amabilidad, decidió que podía confiar. Se acercó a él, susurrando en su oído para revelar su plan, e incluso los motivos por los cuales estaba sola en esa misión. Alexander escuchó con demasiada atención, los ojos se le iluminaron conforme ella hablaba y, al término, se echó a reír.

            —¡Genial! ¡Yo te ayudaré! —dijo con emoción—. Pero primero... —Sacó su varita —Deja que yo lo haga, si espero que lo logres nos dará la noche. —Alexander se subió a las cajas y al primer intento logró atraer su objetivo—. ¡Listo, Andy! Ahora ¿qué sigue?

        No tuvieron tiempo de decidir, la Señora Norris apareció de la nada y ambos supieron que era momento de echar a correr. Atravesaron los invernaderos y salieron al vestíbulo, donde se detuvieron acalorados y sin aliento, aguantándose la risa.

        —Gracias, Alex. No sé qué hubiera hecho sin tí.

        —Lesma ¿te llega ese olor? —Crispó los puños al escuchar esa voz, pero no dijo nada.

        —Huele a estiércol. —Lesma arrugó la nariz y sacudió su cabello de un inverosímil color verde lima.

        —¡Ah sí! Hay dos apestosos leones en el camino. —Kissy sonrió con dulzura y miró a los niños que tenía enfrente—. ¿Qué? ¿Su Sala común está muy lejos de los baños o es su hedor natural? —La miró desafiante, odiaba todo de ella: su horrible cabello pelirrojo, sus enormes ojos cafés, incluso el escudo verde y plata.

        —Cállate, cara de papa.

            —¿Cómo me dijiste, enana? 

        —Oíste bien ¿No te has visto en un espejo? —Las dos niñas se miraron con odio, Andrea mantenía los puños cerrados, decidida a no dejarse amedrentar; pronto se vengaría y no tenía prisa por hacerlo.

        —¿Qué sucede aquí? —La voz del profesor de pociones y Jefe de Slytherin, Terence Higgs retumbó desde las escaleras.

            Era alto, de cabello rubio y los ojos tan azules que parecía no ver; había sido buscador del equipo de Quidditch y se había enfrentado a Harry Potter en aquel legendario juego, en el cual debutó dando la victoria a Gryffindor. Y aunque era un profesor justo, tenía esa tendencia de beneficiar a su casa cada que podía. 

            —Profesor Higgs, Andrea me ha insultado. ¡Me dijo cosas horribles! —expresó la pelirroja—. Yo no le hice nada, venía charlando con Lesma y de la nada me insultó.

            —Es cierto, profesor. —Lesma miró a Higgs siguiendo la mentira con facilidad—. No sabemos qué le pasa.

            —¡Eso no es verdad, profesor! —Alexander se acercó enojado—. ¡Ese par de lombrices son unas mentirosas!

            —¡Silencio! —El profesor Hiiggs entrecerró los ojos—. Cinco puntos menos para Gryffindor. Y le recuerdo que en Slytherin somos serpientes, no lombrices. Así que cuide ese lenguaje, señor Mason. Y lo mismo le digo, señorita Green. No querrá perder más puntos, ¿Verdad? —Miró sonriendo a Lesma y Kissy—. Ahora, todos a su sala común. —Las chicas obedecieron, no sin antes mirar burlonamente a los leones, mientras que Andrea temblaba de rabia; no podía aguantar más, lo haría esa misma noche.

        Gustav leía tranquilamente en el Gran Comedor, levantó la mirada al oír el estrépito de pasos. Andrea se sentó a su lado, sus mejillas estaban rojas y el cabello revuelto, se sirvió un vaso con jugo de calabaza y bebió furiosa. 

        —¡Esa maldita serpiente! —Azotó el vaso en la mesa.

        —Déjame adivinar. La chica Weasley.

        —Ya no la soporto ¡me quitaron cinco puntos por sus mentiras!

        —Y podrían ser más si sigues con eso. —El niño devolvió la mirada al libro—. No hagas boberías, Andy.

        —¿Cómo qué? —preguntó desafiante.

        —Sólo digo que no te dejes llevar por la ira. No vale la pena.

        Tardó cuarenta minutos en quitarse el olor a estiércol de dragón y estar lista para bajar a cenar. Se sentía nerviosa, había planeado esto con gran detalle y hoy vería el fruto de sus esfuerzos. Alexander la esperaba en las butacas, la vio bajar y ambos salieron con buen ánimo hacia el Gran Comedor.

        —¿Nerviosa?

        —Un poco. No te mentiré, pero ya muero por ver lo que pasará. —Entraron al Gran salón, la castaña dirigió su vista hacía la mesa de Gryffindor, donde localizó a Mena y Keisi; se acercó y llevó a Alexander con ellas.

        —¿Dónde te has metido, Andy? —Mena se hizo a un lado—. No te veo desde la mañana, es sábado y no te vi haciendo deberes ni en la Sala común. ¡vaya! —exclamó pensativa—. Hoy sí te perdiste.

        —Anduve por ahí... ¿Conocen a Alex? Me estuvo enseñando algo Herbología —Alexander rió bajito.

        —¿Tú estudias Herbología? —Mena torció los labios, no parecía tragarse ese cuento.

        —Necesitaba un poco de ayuda.

            —Pero si vas muy bien en todas las clases.

        La cena transcurrió sin incidentes, los alumnos de las cuatro casas empezaron a salir, los maestros seguían degustando la cena. Era inevitable observar como Kissy reía a carcajadas mientras Lesma contaba cómo habían logrado quitar puntos a Gryffindor. Era un grupito repugnante, su padre le había enseñado que no debía juzgar a las personas por su casa, pero hasta ahora, lo poco que conocía de Slytherin le parecían odiosos y detestables. Bebió lo que quedaba de jugo de calabaza, Alexander sonrió para darle valor, había llegado el momento. Mena y Gustav platicaban en las escaleras, Keisi los oía distraída, y Andrea esperaba, mientras el corazón amenazó con salirse de su pecho. Kissy Weasley salió sola y se encaminó hacia la entrada lateral que se dirigía a las mazmorras; la castaña estornudó, la pelirroja resbaló con algo que sin previo aviso, explotó. Los gritos de dolor salieron de su boca, la cara y manos empezaron a hincharse por el pus de bubotubérculo sin diluir que había caído en ella. Algunos gritaron, la pelirroja lloraba y eso atrajo a Peeves: armó el pandemonium. El profesor Higgs apareció seguido de la Profesora McGonagall, los demás alumnos fueron mandados a sus respectivas salas comunes. Kissy fue llevada a la enfermería y Andrea reía de buena gana al igual que Alexander.

            —¿Cómo pudiste? —Mena la encaró apenas estuvieron en la sala común.

            —¿De qué hablas?

            —Tú sabes. 

            —No lo sé. 

            —¿Dónde estuviste metida todo el día?

        —Estudiando Herbología con Alexander, eso te lo dije. —Esperó que eso bastara para que la pelirroja la dejara en paz. 

            —Si eso dices… Es tarde. Iré a dormir. —Mena subió las escaleras del dormitorio de las chicas, segundos después la siguió Keisi.

            A la mañana siguiente, cuando bajaron a desayunar, Andrea vio como Kissy tenía problemas para ingerir sus alimentos, debido a que no podía tomar la cuchara o el vaso de jugo. Eso hizo que se le revolviera el estómago.

            —Buenos días —saludó Gustav—. ¿Todo bien?

            No se encontraba bien, le removía la consciencia al ver a su compañera así. Se había pasado de la raya con esa broma, y quizás sus amigos tenían razón: debió evitarla e ignorarla. Durante todo el día estuvo bastante ausente, ya no estaba segura de su venganza.

            —Gustav… —Se decidió por contar lo que hizo. 

            —¿Qué pasa?

            —Necesito hablarte de algo. 

            —Claro, dime.

            —¿Prometes que no le dirás a nadie? Sobretodo a Mena.

            —¿Qué hiciste? —Su petición le pareció extraño. 

            —Yo... —Comenzó a sentirse nerviosa, pasó su mano por su largo cabello castaño—. Fuí yo quien hizo la broma a Weasley.

            —Jamás pensé que fueras así.

            —¡Mena! —La chica los anduvo buscando y al encontrarlos, escuchó la confesión—. Por favor, detente. Déjame explicarte.

            —¿Explicarme? Confié en ti.

            —No podía quedarme tranquila por lo de la clase de pociones.

            —Andrea, te pasaste con esto.

            —Lo siento.

            —Tengo deberes que terminar. Ten buen día. —La dejó ahí, sintiéndose la peor persona, Gustav se acercó a ella para tratar de consolarla un poco.

            —Ella tiene razón, mentiste. Se que es difícil, pero debiste ignorarlas.

            —¿Ahora qué hago?

            —Mena tiene su carácter y estará enfadada un cierto tiempo. Te recomiendo que hagas lo correcto.

            En todo el día la castaña no vio a Mena y su fin de semana concluyó en que una de sus mejores amigas no le hablara. Las clases dieron comienzo con la rutina de siempre, asignaturas y deberes que debían estudiar y entregar. Como les habían dicho, la magia no bastaba en agitar la varita y ya, debían tener ciertos conocimientos. Alex comenzó a formar parte del grupo, se llevó de maravilla con Keisi y Gustav, aunque Mena era recelosa con él.

            —Mena…

            —¿Necesitas algo?

            —No me gusta que me ignores, no me hablas desde ayer y…

            —En serio, ¿necesitas algo?

            —Sólo que... hablé con la profesora McGonagall y confesé lo que hice. No quería que le restaran puntos a la casa, estaré castigada un mes. Quería que lo supieras. —Como no recibió una respuesta, subió al dormitorio.

            Sus pensamientos viajaron hacía Dave, pero en esta ocasión no fueron recuerdos sobre la batalla, sino aquellos felices momentos, bromas que solían gastar a los niños muggles que los consideraban raros.

            —¿Andy? —Escuchó como alguien abría la puerta—. Es hora de la cena.

            —No tengo hambre.

            —Tienes que comer. —Ahí estaba Mena tomando asiento en su cama, enfrente de ella—. Te he visto y casi no has comido nada en todo el día.

            —No tengo ganas.

            —No debí ser tan dura. Supongo que es la sangre mágica de mi abuela.

            —No importa, me lo merezco.

            —Es que no estoy de acuerdo de como hiciste las cosas.

            —Me fastidia que se metan conmigo, quería que pagara la broma del caldero.

            —Pues ya lo hizo.

            —¿Sigues enojada conmigo?

            —Un poco.

            —En verdad, lo lamento. No quería mentirte a ti ni a tu abuela, ni mucho menos meter a Alex en problemas.

            —Dejemos esto por la paz, creo que ya tienes bastante con el castigo que te puso mi abuela.

            —Tengo que pasar los registros de los castigos y algunos otros archivos que están en muy mal estado por la guerra. —Después de su conversación, las cosas siguieron igual entre ellas.

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