Capítulo 4
Perderse los fines de semana por un castigo, era tedioso. La broma hacia Weasley fue su culpa, pero no entendía cómo es que nada más ella estaba castigada. Aquel día, Andrea se encontraba sentada en una pequeña mesita con varios pergaminos amontonados en un rincón. Algunos de ellos mostraban quemaduras, otros manchas de tierra o sangre. Aburrida se dispuso a escribir los registros; sólo se escuchaba el rasgueo de la pluma.
—¿Te diviertes? —dijo alguien a sus espaldas.
—Por supuesto que no. ¿Qué haces aquí?
—Venía a ver cómo la estabas pasando. —La pelirroja no pudo evitar reírse de su amiga al ver la cara de aburrimiento.
—Esto es horrible.
—Por eso es castigo.
—Habla con tu abuela, por favor.
—Ya lo hice.
—Ya hiciste, ¿qué?
—Hablar con mi abuela. Piensa que ya has tenido suficiente.
—¿En serio? ¡Gracias! —Aventó algunos pergaminos al aire mientras daba saltos de alegría.
—Sólo prométeme que te portaras bien. —Mena la miró por unos instantes con seriedad.
—No prometo mucho.
La navidad estaba por llegar y las maldades de las chicas serpientes dejaron de importarle a la castaña. Tenía otras preocupaciones en la cabeza, las vacaciones invernales estaban cerca y eso implicaba regresar a casa, quedarse sola sin sus amigos; temía que las pesadillas acudieran de nuevo a ella. Aunque Mena tuvo la idea de que ella pudiera pasar ese tiempo de descanso con su amiga, no fue posible, y la única solución que encontraron era que Andrea se quedara en el castillo con el resto de los alumnos. Pensó en aquella propuesta, mandó su lechuza a casa para pedir permiso. Los últimos días de clases, algunos profesores dejaban horas libres debido a las festividades próximas, algo que disfrutaban.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Andrea a la pelirroja, cuando regresaron a la sala común.
—Sí, ¿por? —respondió Mena con un bostezo.
—Te ves cansada. Igual y podemos adelantar los deberes y tener... ¿Mena? ¡Mena! —La mencionada se había quedado dormida.
—¡¿Qué?!
—Te quedaste dormida.
—Claro que no, te estaba escuchando.
—¿Qué dije? —Guardó silencio—. Te decía que podemos adelantar los deberes y así tener el resto de las vacaciones libres.
—Ah, sí. Me parece bien.
Cada estudiante iba a bordo en uno de los carruajes que los llevarían a la estación y tomar el expreso. Mena y Andrea tuvieron el dormitorio para ellas, la sala común estaba más vacía que de costumbre; podían quedarse en los mejores sillones frente al fuego, pero apenas habían pasado unos días cuando la soledad acompañó por completo a la castaña, en especial cuando su amiga se desaparecía por prolongados ratos.
—¿Qué tramas? —Se atrevió a preguntarle una de esas noches.
—Nada.
—Ya no hablamos.
—No me lo tomes a mal —respondió haciendo una pausa—. Te estoy dando un poco de tiempo para ti misma.
—Me da la sensación de que me ocultas algo. —La pelirroja negó con la cabeza—. ¿A dónde vas que siempre llegas tarde?
—A ningún lado. —Eso no fue suficiente.
Anocheció, las llamas de la chimenea eran cálidas, en especial en esos días de invierno. Mena atravesó la tranquila sala común y entró a los dormitorios de las chicas, vio a Hermes posada en la cama de su amiga. Al acercarse notó el gran pergamino atado a la pata. La ignoró hasta que la siguió a todas partes, fue cuando comprendió que el sobre era para ella. Tomó el papel dispuesta a leer, al ver la característica letra de su amiga, se extrañó demasiado.
Mena:
Desde que los conocí, mi vida ha sido diferente. Ustedes me han ayudado a olvidar lo que pasó en la guerra y agradezco eso. Le debo mucho a Merlín por haberme mandado a personas geniales, por permitirme conocerlos y apreciar esos momentos, pero ahora que todos se marcharon del castillo, no he podido evitar darme cuenta de ciertas cosas. Sé que se conocen de toda la vida, pero no es necesario que se escondan. Creí haberles demostrado mi confianza, me doy cuenta que no soy lo suficiente. Gustav y tú pueden estar tranquilos, para cuando leas esto yo estaré en camino a casa; prefiero soportar las pesadillas. Los veo al regreso de vacaciones si todavía quieren tener amigos.
Andy.
La pelirroja tomó la carta y salió hacia la torre de Ravenclaw para avisarle a Gustav lo que estaba pasando. La rabia la invadía por completo preguntándose cómo es que Andrea podía pensar así; iba tan sumida en su mente que no se percató por donde iba hasta que chocó con una persona. Por un momento creyó haberse topado con un profesor, a sabiendas que era muy tarde para estar fuera de la cama.
—¡Mena! Lo siento. ¿Te encuentras bien? —Notó que era la persona que quería ver.
—Andy se fue. —Soltó de pronto.
—Eso parece. Creo que le pasó algo a su familia.
—No seas ingenuo, Gustav. Se fue porque cree cosas que no son.
—No sé a qué te refieres… a mí me escribió esto. —Gustav le mostró el pergamino a su amiga, quien no dudó en leerla.
Gustav:
Tuve que irme del castillo, me necesitan en casa. Una disculpa por dejarlos así, traten de no meterse en tantos problemas y gracias, en verdad, por su amistad.
Andy.
—¡Ella no se fue por eso! —explotó Mena indignada.
—¿A qué te refieres?
—Piensa que le ocultamos algo.
—Pues técnicamente es cierto.
—Gustav, piensa que no le tenemos confianza.
—Ella entenderá… después —respondió pensativo—. Por lo pronto será mejor que vayamos a descansar. Ya es tarde y además alguien nos puede descubrir.
A primera hora de la mañana, Mena escribió una carta para tratar de arreglar las cosas con su amiga, en cambio no recibió ninguna respuesta. Cada día insistía hasta que por fin, Andrea se dignó a responderle, aunque sólo regresaba el pergamino en blanco. La navidad pasó, los elfos se lucieron y los regalos recibidos eran únicos; para año nuevo ya se esperaban a los alumnos.
—Déjame explicarte. —Comenzó Mena apenas vio a su amiga.
—¿Me vas a decir a dónde te vas que llegas tarde a los dormitorios?
—Lo siento, pero eso no puedo decírtelo.
—Todo el tiempo te las pasas con Gustav. ¿Qué hacen?
—Eso es un secreto entre él y yo.
—No tenemos nada de que seguir hablando. —Andrea dio media vuelta y se fue. Keisi y Alexander notaron la tensión entre ellos, pero preferían no meterse en esos asuntos, tampoco se podían quedar de brazos cruzados. Al saber el motivo, trataron de hacer entender de que Mena, a pesar de ser tan buenas amigas, ya tenía un vínculo formado con Gustav.
—Deja que Mena te de una explicación. —Alexander también trataba de meterle algo de razón a su amiga.
—No. Y déjenme en paz, el asunto no es con ustedes.
Ambas tenían orgullo y disculparse no era una opción. Andrea pensaba que Gustav podía darle las respuestas necesarias, por lo que decidió buscarlo a su clase de pociones. Estaba llegando a las mazmorras cuando se topó con alguien.
—Hola.
—Hola —saludó él con una sonrisa—. Tú eres Andrea, ¿verdad?
—Sí —respondió con cierto deje de amargura—. ¿Y tú?
—Mortz. Hemos compartido algunas clases juntos —mencionó como si supiera los pensamientos de la niña.
—Claro. ¿Has visto a Gustav?
—No, no lo he visto en clase.
—Supongo que lo tendré que buscar.
—Pero lo vi hace rato.
—¿En dónde?
—Cerca de la cabaña de Hagrid. Lo vi con su amiga, la nieta de McGonagall.
Sin darle las gracias, salió corriendo para enfrentarlos. Era más que evidente que sus supuestos amigos no confiaban en ella, nada era suficiente para evitar que le ocultaran cosas. No supo en qué momento Alexander y Keisi se unieron a ella; apenas se acercaron al lugar, Andrea los observó salir del bosque prohibido, riendo ruidosamente y abrazados por el hombro.
—Sin duda, no soy digna de confianza para los nietos de McGonagall y Flitwick.
—¿De qué hablas? —preguntó Gustav.
—Merezco una explicación.
—No eres nadie para pedirla —mencionó Mena con frialdad.
—Tienes razón. No soy nadie.
—Andy, en verdad. No es el momento.
—Para amistades falsas, ustedes.
—¿De qué, exactamente estamos hablando?
—Tú sabes.
—Hablamos cuando dejes de imaginar cosas. —La pelirroja dio media vuelta.
—¡Levicorpus! —gritó Andrea sin pensarlo. Mena quedó colgada del tobillo y con dificultad sacó su varita y realizó el contra hechizo; cayó abruptamente en el suelo.
—¿En serio? ¡Relashio! —La castaña salió disparada hacia atrás por la fuerza del hechizo.
—¡Colortus! —El cabello de su contrincante dejó de ser rojo, ahora era de un color verde.
—Esta me la pagas. ¡Everte statum!
—¡Protego!
—¡Expulso! —Keisi y Alex trataron de intervenir, pero Gustav se los impidió.
—Dejenlas, es necesario.
—¡Rictum…
—¡Palalingua! —Mena fue más rápida que Andrea, no dejó que dijera algo más—. ¡Petrificus Totalus! —La niña cayó petrificada, con el cabello verde se acercó a ella, mientras que la castaña le lanzaba miradas de enojo—. Piensa bien lo que haces y no supongas cosas. No eres NADA buena en adivinación. ¡Adiós! —Se retiró seguida de Gustav. Los otros dos se quedaron estáticos en su lugar sin saber cómo actuar. Alexander sacó su varita y realizó el contra hechizo liberándola y regresando a la movilidad. Keisi le ofreció su mano para ayudarla a levantarse pero la rechazó.
—Déjenme en paz.
—Pero Andy....
—Quiero estar sola. —Ella salió corriendo, no sabía hacia dónde ir. Terminó en el campo de Quidditch, lejos de todo. Sentía la cara arder, lo que el frío viento que quedaba del invierno le ayudaba a aliviar un poco esa ira.
—¿Andy Green?
—¡Sí! ¡Fui yo quién mató a Greyback!
—Tranquila, soy Gavin.
—Ah… lo siento.
—¿Mal día?
—Sí, un pésimo día.
—Es lo que veo —Guardó silencio—. Pude observar que juegas bien al Quidditch.
—Mi papá me enseñó a jugar.
—Podrías pertenecer al equipo.
—Los de primer año no entran al equipo, al menos que seas Harry Potter. —Ese comentario hizo reír al chico.
—Pues nuestra querida directora acaba de informarnos que esa regla ya no existe.
—¿Es en serio? —Tenía deseos de salir corriendo e ir a buscar a su amiga Mena, luego recordó que había tenido un duelo con ella, lo que hizo entristecerse más.
—Sí, podrías intentarlo.
—Quizás el próximo año. El equipo está completo.
—De hecho no. Nuestro guardián renunció y quedó el puesto vacante.
—Entonces harán pruebas. —La niña se mostró entusiasmada.
—Así es. —El silencio los invadió por unos instantes hasta que Gavin lo rompió—. Se hace tarde, tengo que irme.
Decidió tomar prestada una de las escobas de la escuela, se montó en ella despegando del suelo e internándose un poco en los cielos. Por primera vez, después de la pelea, se sentía libre. Le encantaba el soplo del viento sobre su rostro, como se le alborotaba su cabello castaño. No supo cuánto tiempo estuvo afuera, ni siquiera le importó que comenzara a sentir demasiado frío, que podría enfermarse o que podría meterse en problemas por no estar ya en la torre de Gryffindor. Al regresar, se quedó sentada en frente de las llamas, calentándose un poco mientras que su mente volaba hacia lo sucedido en ese día.
Apenas los primeros rayos del sol se colaron por la ventana, hicieron que Andrea se despertara de golpe. Todavía no escuchaba el barullo de sus compañeros, eso quería decir que era temprano, por lo que entró rápidamente a los dormitorios. Sus compañeras seguían durmiendo, tomó algo de ropa limpia y entró al baño para arreglarse; no tenía ganas de desayunar por lo que se saltó la comida y fue directo a su clase. Sus amigos llegaron juntos, apenas cruzaron la mirada y algo indecisos se sentaron en asientos distantes a donde estaba ella, algo que ya se imaginaba que pasaría. Andrea evitó la sala común, entraba sólo para dormir. Iba al Gran comedor cuando este estaba casi vacío; todo el tiempo se la pasaba en la biblioteca o en el campo de Quidditch. Mena y Gustav seguían con su secreto, Alex y Keisi no sabían cómo sentirse, después de todo, ambas chicas eran sus amigas y no les gustaba en lo absoluto que no se dirigieran la palabra.
—¿Me puedo sentar? —preguntó Alex mientras que ella se encontraba trabajando en un rincón de la sala.
—Supongo —respondió retirando un montón de pergaminos que había sobre la silla.
—¿Qué tal van las cosas?
—No lo sé, tú dime.
—Estamos preocupados por ti.
—Estoy bien —contestó sin levantar la vista de su libro.
—Habla con ella, sólo tienes que disculparte.
—Yo no me voy a disculpar por algo que no hice. —Su voz sonaba amenazante—. Lo único que te pido, Alex, es que me dejes en paz. Tengo cosas que hacer. —Keisi hizo lo propio con Mena, trataba de hacerla entrar en razón.
—¿Podrían arreglar las cosas? —sugirió poniendo una cara inocente.
—Si las quiere resolver, sabe dónde encontrarme.
—Por favor, Mena.
—No tiene derecho meterse en mis cosas.
—Comprendela un poquito.
—Y lo entiendo, pero se está imaginando algo que no es.
—Por favor. Discúlpate.
—¡No me voy a disculpar!
Con el paso de los días, Andrea se fue aislando de todos, incluso Alexander seguía buscando la manera de ayudarla. El partido contra Hufflepuff se aproximaba y el equipo de los leones seguía sin tener un guardián, así que había decidido luchar por ese puesto en el equipo, por lo que la niña era una de las últimas en aparecer a clases y la primera en salir de las aulas. La depresión que tanto temía volvió y con intensidad, las pesadillas que siempre aparecían cada aniversario de la batalla, ahora eran más recurrentes. La castaña no dormía, y en especial porque no quería toparse con sus compañeras Mena y Keisi; su tiempo estaba destinado en el campo de Quidditch, siempre llegaba a altas horas de la noche a la sala común; era un milagro que no la descubrieran ya. Sus calificaciones bajaron drásticamente, pasando de ser la primera en clase a ser una de las peores. Varios de sus profesores ya le habían comenzado a llamar la atención, amenazando con enviar una lechuza a sus padres, si no mejoraba. El aspecto de una niña risueña y alegre, ahora se notaba ojerosa y demacrada, su cabello castaño no tenía brillo como antes.
—¿Ya la viste? —preguntó Mena a Gustav sin despegar la vista de su amiga—. Me preocupa.
—Dale tiempo —respondió con un suspiro. Tampoco a él le agradaba la situación.
—¿Tiempo? ¿Tiempo a qué?
—A que recapacite.
—Y mientras que se destruya, ¿no? —mencionó lanzándole una mirada reprobatoria.
—¿De qué hablan? —Alex y Keisi tomaron asiento a lado de ellos, acercándose respectivamente un vaso de jugo de calabaza.
—De Andy.
—Hemos tratado de hablar con ella, pero nos evade.
—¿Qué hace, que llega a altas horas de la noche?
—Ni idea.
No importaba que el clima fuera malo, Andrea seguía entrenando arduamente con ayuda de Gavin, él era uno de los cazadores del equipo. Siempre se la pasaba lanzándole tiros, algunos con efectos y con fuerza.
—Vas muy bien.
—Esto es agotador. —Pasó su mano por la frente para secarse el sudor.
—Tu técnica ha mejorado, pero todavía te falta más si quieres el puesto.
—¿En serio tengo oportunidad?
—Claro que sí, sino no estaría aquí perdiendo el tiempo.
—De acuerdo, continuemos.
Las horas de sueño se fueron reduciendo poco a poco, cada vez se exigía el máximo rendimiento, su deseo era demostrar que no sólo Harry Potter pudo entrar al equipo a tan poca edad, ni que ella se colgaba de la fama de alguien más. En la sala común de Gryffindor se hizo un revuelo al ver el anuncio de que la regla sobre los de primer año no podían entrar al equipo, había sido eliminada, y más cuando se anunció que se harían pruebas para encontrar un guardián.
—No sabía que mi abuela había tomado esa decisión.
—Eso es genial.
—Lástima que sólo sea para una posición.
—¿Juegas, Mena? —preguntó Alexander interesado.
—Sí, y bastante bien.
—¿Qué posición?
—Soy cazadora.
—El equipo de ahora juega bien, espero que el nuevo sepa defender los aros.
Las pruebas se realizarían el sábado por la mañana, después del desayuno. Nadie sabía que una alumna de primero se presentaría, por lo que la castaña se aventuró sola, sin que nadie le deseara suerte. La noche anterior no pudo dormir, las pesadillas sobre la muerte de Dave acudieron a ella, eso le produjo cansancio. Empezó a sentirse mareada, con náuseas, todo por la falta de descanso y alimento, y se intensificó por causa de los nervios; antes de ser vista, se dirigió al campo, dejó que el aire entrara por sus pulmones, al llegar a los vestuarios se topó a Gavin.
—¿Cómo te sientes?
—Nerviosa.
—Hazlo como lo practicamos. —Asintió—. Estaré con el resto del equipo. Suerte.
Se cambió y se puso la túnica que le dejó, antes de salir respiró varias veces luego tomó su escoba, sentía un nudo en su estómago. No se sentía para nada bien. El equipo completo estaba compuesto, la mayor parte por hombres, a excepción de una chica que jugaba bastante bien. El capitán era un chico de quinto, corpulento y fuerte, lo suficiente para no dejar pasar ni una bludger.
—Soy Casey, les voy a pedir que todos los aspirantes esperen allí. —Señaló el borde del campo cerca de las gradas—. Los llamaremos uno por uno.
Las gradas comenzaban a llenarse de espectadores, la mayoría eran Gryffindors, y algunos de otras casas. Andrea pudo vislumbrar a sus amigos, eso bastó para ponerse más nerviosa de lo que ya estaba.
—¿Esa es Andy? —preguntó de pronto Alex, sorprendido.
—¿En dónde?
—Allí. —Señaló el punto en donde se encontraba.
—¿Qué hace?
Casey decidió empezar con una prueba elemental, pidió a los aspirantes repartirse en grupos de cinco y dieran una vuelta al campo montados en sus escobas. Después, cada uno fue pasando a la prueba; cada vez que un guardián volaba delante de los aros de gol, una parte de los espectadores les aplaudía y la otra lo abucheaban. La niña estaba a dos de pasar, en esos momentos, su rostro estaba perlado de gotas de sudor. Ninguno paró más de dos lanzamientos, el que pasó antes de la castaña, detuvo cuatro de los cinco penaltis. Sin embargo, en el último se lanzó en la dirección equivocada. Andrea se posicionó enfrente de los aros, esperaba que Gavin fuera el que tirara los penales, pero le tocó uno de sus compañeros. Observó cómo el chico tomaba velocidad, la quaffle iba dirigida hacia el aro de su lado derecho. El siguiente tiro llevaba bastante fuerza, al parecer al chico no le importó que fuera una niña; el efecto que tomó parecía que vencería por completo a Andrea pero estaba equivocado, se lanzó correctamente, logrando atrapar la quaffle.
Todo el mundo aplaudía, el sonido de algunos vítores y abucheos dejaron de oírse, vio borroso al chico que se preparaba para lanzar el siguiente tiro. La mente de Andrea se le había enturbiado con una especie de niebla blanca, una voz estridente estalló en carcajadas, seguida de un rugido lleno de ansias de hambre. Andrea caía y caía entre la niebla helada, de nuevo aquella risa, ese rugido... no se enteró de nada más, entregándose por completo a la negrura de la inconsciencia.
—Ha tenido suerte.
—Creí que se había matado.
Oía las voces, pero no encontraba sentido a lo que decían. No tenía idea de dónde se hallaba, ni de por qué se encontraba en ese lugar, ni de qué hacía antes de aquel momento. Lo único que supo era que le dolía cada centímetro del cuerpo como si le hubieran dado una paliza. Mareos... gritos... Dave… Abrió los ojos de repente. Estaba en la enfermería y sus amigos estaban ahí, todos y cada uno de ellos.
—¡Andy! —exclamó Alex aliviado—. ¿Cómo te encuentras? —La memoria de la chica fue recuperándose, los acontecimientos por orden: el duelo, los entrenamientos, el penalti.
—¿Qué sucedió? —dijo incorporándose en la cama, tan de repente y haciendo un gesto de dolor.
—Te caíste —explicó Alex—. Debieron ser como unos veinte metros.
—Creímos que te habías matado. —En esta ocasión fue Keisi la que habló.
—¿Y las pruebas?
—Alguien más se quedó con el puesto. —Gustav le explicó pacientemente y un tanto preocupado—. Lo siento, ibas muy bien.
—No entiendo, ¿qué me pasó?
—Caíste de la escoba, uno de los chicos logró reaccionar a tiempo y trató de reducir la velocidad de tu caída. Te quebraste tres costillas.
—Será mejor que te dejemos descansar. —Todos dijeron algo, la que se mantuvo en silencio era la pelirroja—. Vendremos a verte después. —Intercambiaron una mirada con ella, después salieron de la enfermería.
—No es necesario que te quedes.
—¿Cómo se te ocurrió semejante estupidez? —respondió Mena con enojo.
—Quería formar parte del equipo.
—Sabes a lo que me refiero. —Andrea guardó silencio antes de responder.
—Quise distraerme —respondió avergonzada—. No quería pensar en nada más.
—No estás aquí por las costillas rotas, Madame Pomfrey te tuvo que administrar pociones para que recuperes energía. Dejaste de comer, te excediste entrenando, ni siquiera dormías.
—No quería ver más a Dave. —El llanto que tanto contuvo por fin se escapó, todo lo guardado necesitaba ser liberado. Mena conmovida dejó pasar su frustración, tomó asiento en la orilla de la cama y la abrazó con delicadeza.
—Te hubieras quedado petrificada.
—Lo siento, no quería dudar de ustedes, es sólo que...
—Fue mi culpa, debí contarte en donde me metía. Lo lamento.
—Tienes razón. No soy nadie para pedir una explicación.
—Sí, eres mi mejor amiga. —Se abrazaron hasta que Andrea hizo un gesto de dolor—. Quiero que obedezcas a Madame Pomfrey. Deja de aislarte de los demás, somos tus amigos y estamos para ayudarte.
—Lo sé. Gracias
—Por cierto, hiciste muy bien las pruebas. Tienes talento, podrás entrar el próximo año.
Andy hizo caso, se acomodó en la cama, sintiéndose bien después de tanto tiempo que no lo hacía. Era lindo saber y comprobar que los amigos reales todavía existen, porque al final: “Los amigos se hieren con la verdad para no destruirse con la mentira.”
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