Capítulo 1
La casa de los Green estaba en calma y sus habitantes dormían plácidamente. Andrea trató de no hacer ruido al aparecer por la chimenea; subió cada peldaño de la escalera en silencio. Estaba por amanecer y en cualquier momento su madre estaría levantada para preparar el desayuno. Cuando entró en su habitación, no fue capaz de cambiarse y ponerse el pijama, sólo se dejó caer en la cama. Alcanzó a escuchar el ulular de una lechuza antes de sucumbir ante la oscuridad del sueño. El repiquetear del ave hizo levantar a Dayra, llevaba un sobre amarillento que dejó caer en la almohada.
—¡Me voy a Hogwarts! —gritó emocionada—. ¡Mamá! ¡Papá! ¡Llegó, llegó! —Corrió a la habitación de sus padres, y sin ninguna delicadeza, saltó a la cama—. ¡¡Llegó, llegó, llegó!!
—¿Qué llegó? —preguntó su padre somnoliento.
—¡Mi carta de Hogwarts!
—¡Felicidades, cariño! Supongo que tendremos que ir al callejón Diagon pronto.
—¡¡¡Sííí!!!
Salió de la habitación de sus padres para dirigirse a la de su hermana, y de la misma manera, entró dando saltitos de alegría.
—¡¡¡Llegó mi carta!!! —Tanto ruido fue suficiente para que Andrea despertara de golpe.
—¡Dayra! ¿Qué rayos te sucede?
—¡Llegó mi carta!
—¿Y por eso me despiertas?
—Me voy a Hogwarts.
—Felicidades —respondió malhumorada—. Ahora, sal de mi habitación. —Sin hacer caso de las objeciones, sacó a su hermana.
—¿Qué te pasa cariño? —preguntó su madre, apenas bajó a desayunar.
—No le dio gusto la noticia.
—¿A quién?
—Andy.
—No te preocupes, a lo mejor malinterpretaste las cosas. —Dayra no tuvo tiempo de responderle a su padre, fue interrumpida por el sonido del timbre.
—¿Te llegó? —Era su amigo Matt, quien fue a visitarla.
—¡Si! Iremos a Hogwarts juntos.
Ambos comenzaron a brincar y cantar, después de que fueron reñidos por el alboroto, entablaron conversación. Era demasiado el entusiasmo que se sentía; se hablaba del castillo y lo que aprenderían en las clases. Cerca del mediodía, cuando Matt y su madre se fueron, Dayra se acomodó en el sofá para ver las caricaturas; su mano acariciaba a Ginger, el gato de la familia, y aunque le pertenecía a su madre. Era de color café como la canela, con ojos verdes y grandes; era muy listo y tierno, aun así, la niña rogaba para tener un perro, algo que le habían negado durante los últimos años.
—Hazme un lugar. —Su hermana trató de acomodarse con ella.
—Veo que despertaste.
—Quisiera seguir en mi cama —respondió con un bostezo—. Pero tengo algunos pendientes que debo resolver.
—Ah. Qué bien.
—¿Te pasa algo?
—Me llegó mi carta de Hogwarts. —Andrea estaba dormitando, pero abrió los ojos sorprendida. Algo había escuchado en la mañana.
—Felicidades. —Trató de abrazarla, sin embargo, ella rechazó sus brazos—. ¿Qué te pasa?
—Me corriste de tu habitación.
—Lo lamento, y no lo justifico, pero me despertaste. Apenas me había acostado.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Entraste como remolino a mi habitación y comenzaste a brincar en mi cama. —Dayra observó a su hermana con detenimiento, tenía ojeras y en esos momentos, se mostraba más dormida que despierta—. En verdad, lo siento.
—Está bien, te perdono.
Al poco rato, Andrea se quedó dormida abrazando a la pequeña; eso le ocasionó incomodidad, así que se zafó de sus brazos con demasiado cuidado. Cerca de una hora, y después de haber dormido un poco más, la castaña subió a su habitación para cambiarse; tenía cosas que resolver. Hizo una rápida presencia en la cocina antes de meterse por la chimenea y desaparecer entre las llamaradas verdes. La actitud de la chica le pareció extraña a su hermana; no pensó tanto en ello, quizás se debía a sus clases en la academia de aurores; a veces regresaba muy agotada por los entrenamientos. El sábado, la familia acordó ir al callejón Diagon, no sólo irían a comprar las cosas para el primer curso de Dayra, aprovecharían para salir y distraerse.
—¡¡LLEGAS TARDE!! —gritó la chica a su hermana, ella se levantó sobresaltada de la cama, confundida y cogiendo la varita de la mesita de noche.
—¡Maldita sea, Dayra! Casi te ataco.
—No seas exagerada, eso de ser auror te hace daño.
—¿Qué quieres?
—Tienes que levantarte ya —respondió al ver como se volvía a recostar.
—Es sábado.
—Iremos al callejón Diagon. Mamá quiere ir temprano para evitar tanta gente.
—Bien. —Se tapó la cabeza con las sábanas—. Ahora sal.
Mientras Dayra comía su cereal, su hermana bajó arreglada; dejó el uniforme de auror y lo cambió por jeans y una blusa azul. Mary le puso un plato con huevos revueltos y tocino que engulló lentamente y con pesar. Al terminar, se marcharon a Londres en el auto; el trayecto se hizo muy corto a pesar de la distancia. Se detuvieron en un viejo bar. Entraron, vieron varias personas y luego salieron al patio trasero, donde Robert golpeó uno de los ladrillos; segundos más tarde estaban contemplando el gran paisaje abovedado. Dayra no podía creer lo que sus ojos vieron: el callejón era colorido y ya estaba demasiado lleno de estudiantes que acudieron a comprar su material escolar.
—¿A dónde vamos primero? —preguntó el señor Green.
—Madame Malkin, por el uniforme.
—Quiero ir a Flourish y Blotts —dijo Andrea sin tanto interés—. Quiero comprar unos libros, además necesito comprarle comida a Hermes.
—Yo quiero ir con Andy, mamá.
—Antes de que se separen, debemos ir a Gringotts.
Los cuatro se dirigieron al enorme edificio blanco que se encontraba cerca de una intersección, donde se leía Callejón Knockturn. Las torres estaban elevadas sobre los comercios vecinos. Atravesaron unas puertas de bronce y luego unas de plata antes de entrar al pasillo.
Entre, extraño, pero preste atención.
A los que tiene el pecado de la codicia
para aquellos que toman, pero no ganan,
deberán pagar en su vuelta.
Si busca bajo nuestros suelos
un tesoro que nunca fue suyo.
Ladrón, está advertido. Tenga cuidado con
encontrar algo más que un tesoro ahí.
—¿Es cierto?
—¿Qué?
—Eso —dijo señalando con la cabeza la inscripción que leyó.
—Ya han entrado furtivamente en este lugar y se han robado cosas. No pudieron hacer nada.
—¿Quién fue?
—Harry Potter.
Siguieron caminando por el pasillo principal de mármol y los varios mostradores que se extendían a lo largo. Uno de los duendes los atendió y los llevó a la cámara 152; el señor Green abrió la bóveda con la llave que sacó de entre los pliegues de su túnica. La cámara estaba repleta de montones de monedas de oro, de monedas de plata y bronce. Los adultos se acercaron para guardar galeones en un par de costales, al menos lo suficiente para no regresar tan pronto al banco. Al salir, se dirigieron con Madame Malkin, una bruja, sonriente y regordeta; puso a la joven en un banquito, le deslizó por la cabeza una larga túnica y comenzó a marcarle el largo apropiado. Cuando tuvieron listo el uniforme, las hermanas Green entraron al establecimiento de al lado, donde los estantes estaban llenos de libros hasta el techo. Había unos grandiosos forrados en piel con tapas de seda, otros llenos de símbolos raros. Andrea se fue directo a la sección de Defensa contra las Artes Oscuras, mientras que Dayra pedía sus libros que necesitaba para el colegio.
—Lo único que falta es la varita —dijo la pequeña al salir de la tienda con varios paquetes.
—Eso no me lo quiero perder.
—¿Les parece si las esperamos en el caldero?
—Claro, sin problema.
—No quiero nada de bombas fétidas ni artículos de Sortilegios Weasley. —Declaró su madre seriamente.
—¡Pero mamá!
—Pero nada, no quiero que se anden haciendo bromas entre ustedes.
—Si nosotras somos unos angelitos.
—Sí, claro. No quiero que tarden demasiado.
El local de varitas, era angosto y de mal aspecto, sobre la puerta tenía escritas en dorado: Ollivander, Fabricante de excelentes varitas desde 382 a.C. Cuando entraron, una campanilla resonó en el fondo de la tienda. Dayra miró los miles de estrechas cajas, amontonadas cuidadosamente hasta el techo.
—Buenas tardes —dijo una voz amable.
—¿Gustav? —saludó Andrea—. ¿Qué haces aquí?
—Hola, Andy. Más bien, ¿qué haces tú aquí? No me digas que necesitas una varita nueva.
—No, para nada. Yo...
—¿Se conocen?
—Lo siento. Sí, él es Gustav Flitwick; estudiamos juntos en Hogwarts. Es uno de mis mejores amigos.
—¿Tu hermana? —Ella asintió con una sonrisa—. Es un gusto. Supongo, entonces, que es tu primer curso.
—Sí.
—Andrea tiene una bonita varita; veintidós centímetros de largo, elástica de ébano con centro de pelo de unicornio.
—¿Cómo sabes eso?
—Siete años no pasan en vano —contestó él con tranquilidad—. Déjame ver. —Sacó de su bolsillo una cinta métrica con marcas plateadas—. ¿Con qué brazo coges la varita?
—La derecha.
—Extiende tu brazo. Eso es. —Midió a la niña del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza—. Esto ya está. —La cinta métrica se enrollo en el suelo—. Prueba ésta, madera de acebo, pelo de unicornio, veinte centímetros. Bonita y flexible.
Sin embargo, no fue la correcta, así que Gustav le dio a probar un par de varitas más, trataba de ser más selectivo que su abuelo. Le puso otra varita en la mano.
—Manzano, nervios de dragón, treinta y un centímetros, bonita y flexible. —Al tocar la varita, sintió un súbito calor en los dedos; unas corrientes de chispas verdes estallaron en la punta como fuegos artificiales—. Excelente. Ésta es la correcta.
—Gracias, Gus.
—Espero verte después —dijo al entregarle la caja a la pequeña Green.
—Dependerá de la academia. Bueno, tenemos que irnos.
Pagaron la varita y salieron del local. Pasaron por la tienda de Artículos para Quidditch rumbo a sortilegios Weasley. Vieron los productos y compraron algunos otros, aunque sabían que les iría mal si su madre se enteraba. Después de tener los bolsillos llenos de bromas, regresaron al caldero chorreante, donde sus padres las esperaban.
El último día de vacaciones de verano, Daya terminó de arreglar su baúl con todas sus cosas, metió sus libros y túnicas, recorrió su habitación con la vista por si estaba olvidando algo. Unas cuantas prendas faltaban por guardarlas, cuando recordó que su madre las había lavado; al bajar pasó por el despacho de su padre, en donde no pudo evitar detenerse a escuchar.
—He decidido... fui… Me voy a Francia.
—¿A Francia? ¿A qué?
—Fui aceptada en la academia de aurores.
—No entiendo.
—Decidí pedir un cambio en el ministerio. No quiero estar en Londres.
—Pero... ¿por qué?
—Me han dicho que allá tienen otro estilo de entrenamiento y quiero probarlo. —Quiso mostrarse entusiasmada, trataba de convencerlos.
—¿Estás segura?
—Sí, mamá. Ya lo pensé bien.
—Pero ¿qué tiene de malo en dónde estás?
—Nada, papá. Es sólo que quisiera estar más preparada —respondió Andrea con cansancio en su voz, no pretendía discutir.
—Pero hija…
—Por favor, ya tomé mi decisión.
—Entonces es un hecho —Reafirmó su padre muy serio.
—Sí, me iré pasado mañana.
—Es muy pronto —dijo su madre con voz rota.
—Lo siento, mamá. Estaré bien, prometo escribir.
—Es que son tres años.
—Vendré cada que pueda.
—Bien, parece que estás muy decidida. Tienes nuestro apoyo.
—Gracias, papá. —Se dejó abrazar por ellos—. Ahora si me disculpan, iré a recoger unas cosas en el ministerio.
Dayra no podía creer lo que escuchó; su hermana estaba por irse y sin avisarle de aquella decisión. Subió de nuevo a su recámara, preguntándose el por qué no supo de aquello hasta ahora. Una combinación de enojo, decepción y tristeza se apoderó de ella; no habló en la cena y nadie preguntó el motivo de su silencio. Al siguiente día, los nervios la despertaron, invadida por la nostalgia de la despedida. Llegaron a Kings Cross con veinte minutos de anticipación, y al atravesar la barrera 9 ¾, la neblina de vapor se disipó para dejar ver una gran locomotora roja. Padre e hija entraron a buscar un compartimiento solo; lo encontraron hasta el final. Buscó entre la multitud a su hermana, pero no había ningún rastro de ella.
—Pórtate bien.
—Sí, mamá.
—Que tengas un buen curso —dijo su padre, estrechándola en sus brazos. Subió al tren, no sin antes dar un último vistazo al gentío.
—¡Espera! —Andrea corría, empujando a personas en su camino—. ¿Pensabas irte sin despedirte de mí?
—La que se va eres tú —respondió dejando desconcertada a su familia.
—¿De qué hablas?
—¿Cuándo pensabas decirme que te ibas a ir a Francia?
—¿Cómo te enteraste?
—Te escuché.
—¿Me estabas espiando?
—Dime, ¿esas eran las cosas que debías resolver?
—Todo fue precipitado. Tengo que irme, es lo mejor para todos. —Hizo una pausa antes de seguir—. Vendré seguido y siempre me podrás escribir. —Añadió al ver los ojos llorosos de su hermana.
—¿Veré a Hermes? —Se escuchó un silbido que indicaba que los alumnos debían subir al tren.
—Sube ya.
—Te quiero.
—Yo igual. —Dayra subió al tren, se asomó por la ventana para despedirse de su familia.
—Nos vemos en Navidad —gritó su madre, justo cuando el expreso dio una vuelta, perdiendo todo rastro de la estación.
A pesar de la tristeza que sentía Dayra, no pudo dejar de sentir nervios; el viaje en el expreso resultó tranquilo. De inmediato se encontró a Matt, y fue muy placentero mirar el paisaje mientras iban en los botes hacia el castillo. Cuando estuvieron reunidos, un hombre alto, de cabello marrón oscuro, los esperaba. Tenía un rostro muy amable, cruzado por algunas cicatrices.
—Aquí los tiene, profesor Longbottom.
—Muchas gracias, Hagrid. Yo los llevaré. —Lo siguieron por el pasillo, pudieron escuchar el ruido de cientos de voces que salían de un portal situado a la derecha—. Bienvenidos a Hogwarts. El banquete dará comienzo dentro de poco, pero antes de que ocupen sus lugares en el gran comedor deberán ser seleccionados para sus casas. Ahora, síganme.
Pasaron por unas puertas dobles y entraron en el gran comedor; estaba iluminado por miles y miles de velas que flotaban en el aire sobre cuatro grandes mesas, donde los demás estudiantes ya estaban sentados. El profesor Longbottom puso en silencio un taburete de cuatro patas frente a los de primer año, encima puso un sombrero puntiagudo, remendado y raído.
—Cuando los llame, deberán ponerse el sombrero y sabrán que casa irán. —Sacó un pergamino—. ¡Aranza, Sophie!
Una niña pelirroja caminó muy nerviosa, se sentó en el taburete y se puso el sombrero. Ella en Gryffindor, la mesa más alejada de la izquierda estalló en aplausos. Blake, Argus quedó en Slytherin. Cuando llamaron a Green, Dayra, temblaba como una gelatina Tomó asiento, antes de que el sombrero tapara sus ojos; vio a su amigo Matt sonriéndole.
—Tienes talento, eres valiente y leal, darías tu vida por tus seres queridos. —Escuchó en su cabeza—. Podrías ir a Gryffindor, pero veo aún más en ti, tu determinación y lucha por demostrar quién eres, calculadora y firme, creo que te pondré en… ¡SLYTHERIN! —gritó el sombrero, mientras que la mesa aplaudía.
Hoch, Tayler fue puesto en Gryffindor, Landers, Evan en Hufflepuff, Layna, Emma en Ravenclaw y finalmente llamaron a Rice, Matt, quien quedó en Slytherin. Dayra aplaudió con fuerza junto con los demás, olvidando, por un momento, su angustia. Mientras que Rogers, Mark también era seleccionado para Sytherin. El profesor Longbottom enrolló el pergamino y se llevó el sombrero. La directora, Minerva McGonagall, se puso de pie y dio su discurso de bienvenida dando inicio del banquete.
—¿Qué pasa? —preguntó Matt sirviéndose un poco de puré de papas.
—Nada, es sólo que no tengo la menor idea de qué decirle a mi hermana.
—¿Respecto a qué?
—Que quede en Slytherin.
—¿Y qué tiene de malo? Han sido varios los que han roto la tradición. Tu padre fue rav, ¿No?
—No quiero que se enoje.
—No lo hará. Come, está delicioso —dijo de nuevo acercándose su plato.
Al término del banquete, el prefecto los condujo hacia su sala común, debajo de las mazmorras. Era una sala de color verde con sillones de cuero negro, sillas y mesas de madera tallada cubiertas de elaborados manteles. Inmediatamente Dayra entró a las habitaciones de las chicas, se cambió y se acostó, esperando que el sueño acudiera pronto a ella. No pudo dormir nada, aun así se puso el uniforme y salió directo al gran comedor para ir a sus primeras clases. Poco a poco el salón se llenó de los estudiantes; mientras se acercaba un plato de avena, las lechuzas comenzaron aparecer para dejar la correspondencia a sus respectivos dueños. Una lechuza parda se posó cerca de ella con una carta en el pico.
Hola, hermanita:
Espero que hayas pasado un excelente banquete de bienvenida, la comida siempre es espectacular, y que tengas un buen inicio de clases. Quiero que me cuentes que tal fue la selección, mantengo la esperanza de que seas Gryffindor y no Ravenclaw como papá. Por cierto, te mandan saludos, andan algo insoportables con la idea de que mañana me iré a Francia, aunque no te aturdiré con detalles. Cuéntame.
Te quiero.
Andy
Dayra dio un respingo al leer la carta, esperaba que fuera una Gryffindor, y ahora ¿qué le iba a decir? Sacó una pluma de su mochila y escribió al reverso.
Hola, Andy:
Me fue estupendo, Hogwarts es glorioso y el banquete estuvo de maravilla, aunque no comí tanto. Créeme que no me molestaría saber los detalles de tu viaje, ni siquiera sé a dónde te vas a mudar, si tienes compañeros o vivirás sola. Si es grande tu departamento, siendo muy sincera, no te creo que te vayas sólo porque allá es mejor. Hasta donde te conozco, siempre hablaste de la Academia de aurores de Londres, es más ni siquiera te gusta ir a Francia a visitar a los abuelos. En fin, Matt y yo estamos en la misma casa, es una suerte estar con él. Yo… quedé en Slytherin, rompí la tradición familiar.
Te quiero.
Dayra.
Enrolló la carta y se la entregó a Hermes, quien emprendió de nuevo el vuelo. Le daba miedo pensar cómo reaccionaría su hermana, pero no pudo mentirle. Terminó su desayuno y esperó a que el profesor Slughorn les pasara su horario.
Dos días después, en la hora de la comida, antes de entrar al gran comedor, alguien evitó que entrara.
—¿Cómo que Slytherin? —preguntó Andrea—. ¿Tienes algo qué decir?
—¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en Francia?
—Eso es irrelevante. Siempre juré que eras una Gryffindor. Creo que me equivoqué.
—El sombrero me puso, no lo pedí.
—No me sorprende, al final son unos narcisistas. Sólo importan ellos mismos.
—Lamento decepcionarte. Defenderé a mi casa como lo haría con mi familia, como tú me has enseñado, con valentía y fidelidad.
—Bien.
—Me importa un bledo lo que pienses tú y los demás.
—De acuerdo, comprendo —dijo Andrea con una sonrisa—. Tengo que irme.
—¿Qué?
—Vine a hablar con la profesora McGonagall; necesito una referencia para la academia. Me pareció más prudente pedirla personalmente que mandar una lechuza —explicó con calma—. Y te vi pasar.
—¿No estás molesta?
—No tengo por qué. Me voy, saluda a Matt. —La abrazó y se fue hacia la oficina de la directora.
Desconcertada fue a comer algo antes de su siguiente clase; se sentía mejor después de las palabras de su hermana. Las asignaturas resultaron ser complicadas, su tiempo libre era dedicado a estudiar y realizar los deberes que le dejaban los profesores. Aparte de su mejor amigo, hizo otra amiga: Charlize, una bruja de sangre limpia y Ana, una mestiza que era bastante agradable. De vez en cuando, en la mazmorra, se topaba con Mariana Somender; era uno de los premios anuales, y prefecta de su casa. Además, la conocía porque era una de las mejores amigas de Andrea.
Su primer curso no resultó ser tan malo; en las vacaciones navideñas, regresó a casa con la esperanza de ver a su hermana, sin embargo, no fue así. Ni siquiera al inicio del verano, tampoco cuando regresó a Hogwarts para su segundo curso. Las festividades importantes y las vacaciones eran iguales.
Lamento no poder ir a casa para navidad, los entrenamientos en la academia son arduos y tengo que aprender un montón de estrategias que me dejan muerta cada día. En serio, perdón por no ir a Londres, pero te prometo que apenas tenga un tiempo disponible te veré. Te deseo que pases una feliz navidad y te guste mi regalo.
Es posible que me odies, pero no podré ir a recogerte al expreso. Tengo algunas pruebas y exámenes, y debo prepararme muy bien para pasarlos. Ya estoy en el siguiente nivel de mi preparación, y también estoy empezando con las prácticas, pero espero poder ir a verte en las vacaciones. Te quiero.
A veces pasaban meses antes de que Dayra recibiera una lechuza de su hermana; se tuvo que conformar con la poca información que le daba en sus escasas cartas. Aun así trató de no prestarle tanta importancia. Cuando menos se dio cuenta, ya estaba por iniciar su tercer curso en Hogwarts, y mientras los copos de nieve rozaban las ventanas del gran comedor, los alumnos dormían. No se escuchaba más que el murmullo de los pequeños pies de los elfos domésticos que hacían volver a las hadas al árbol del gran comedor. Poco a poco el sol empezó a asomarse por el horizonte, no era un día cualquiera en el castillo de Hogwarts; era navidad.
En la sala común de Slytherin se escuchó un pequeño crujido, el gato que dormía sobre una de las cómodas butacas cerca de la chimenea, se desperezó ronroneando. Uno a uno, los alumnos fueron apareciendo frente al árbol que decoraba la sala común. Era día de alegrías, de regalos y de fiesta. Algunos rayos de la luz verdosa se escaparon por la ventana del dormitorio de las chicas, colándose por las cortinas de las camas de dosel. Pequeños murmullos empezaron a escucharse desde la sala, despertando por fin a todas las chicas menos a una, que seguía durmiendo. Tanto barullo que se escuchaba despertó a Dayra, se sentía cansada, no había podido pegar ojo en toda la noche debido a la tristeza que le embargaba; ya era bastante estar lejos de casa en ese día tan especial, pero lo que más le dolía era que, una vez más, no iba a ver a su hermana.
Eran casi dos años desde que no la veía, creyó que la distancia no sería un problema, pero eso fue una de las dificultades. Dayra siempre recordaba las veces que escuchó sobre las navidades en Hogwarts, siempre decía que eran únicas con los doce árboles que adornaban el gran comedor, miles de hadas revoloteando, grandes burbujas mágicas que el profesor Flitwick hacía aparecer adornando los bellos árboles, con un gran banquete que te dejaba en las nubes de lo delicioso que estaba, escuchando los villancicos y miles de sorpresas. A la chica le hacía mucha ilusión estar en el castillo, pero todo eso se esfumó al leer la carta de Andrea.
Hola, hermanita:
Antes que nada, quiero que sepas que estoy bien, perdón por no haber escrito en estos últimos meses, pero he estado demasiado ocupada; quizás los tiempos de guerra terminaron, aunque todavía andan sueltos algunos mortifagos, y uno que otro loco que busca tener poder. Por supuesto, debe haber alguien que los detenga. Hay algo más que tengo que contarte, sé que no nos hemos visto en mucho tiempo, pero no podré pasar las navidades en casa y no pretendo darte excusas… las prácticas siguen y ha llegado el momento de… saldré de misión. Lo lamento y espero que te la pases muy bien. No olvides que te quiero mucho, en verdad espero que me puedas perdonar por esto, pero te prometo que donde pases la navidad será inolvidable.
Te quiero.
Andy.
No sabía qué pensar al respecto, por un lado, le atemorizaba el hecho de que su hermana se fuera de misión cuando todavía no tenía el título oficial de auror. Lo único que le quedaba era confiar y ser positiva. Cuando creyó que nada podría ser peor, pasó: sus padres irían justo a Francia a visitar a los abuelos; una ironía cuando Andrea no estaba allí. Hizo caso omiso de la felicidad de los demás, incluso ignoró los regalos que tenía en su cama. Salió de las mazmorras y siguió caminando sin un rumbo fijo; pasó toda la mañana viendo por la ventana como varios de sus compañeros salían a jugar en la nieve.
—Nunca pensé que rechazarías una pelea de bolas de nieve.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Dayra. No podía creer que su hermana estuviese ahí.
—Ya era hora de verte.
—Pero me dijiste que estarías de misión. —Notó que tenía un corte en la mejilla—. ¿Qué te pasó?
—Nada, gajes del oficio.
—Me alegra que hayas venido a verme.
Las chicas se encaminaron al gran comedor, un centenar de pavos asados, montañas de papas cocidas y asadas, soperas llenas de guisantes se encontraban en cada mesa de cada casa. A los pavos les siguieron los pudines de navidad flameantes. Después de comer salieron a los jardines, donde Andrea comenzó una batalla de bolas de nieve con varios amigos de Dayra; más tarde, helados, húmedos y jadeantes regresaron a la sala común para sentarse al lado del fuego.
—Por cierto, todavía falta algo.
—¿Qué?
—Esto —dijo Andrea mostrando una caja grande con un moño de color púrpura—. Feliz Navidad.
Dayra tomó su regalo, imaginándose que podría ser. Quitó con cuidado el moño y abrió la caja, sin poder evitarlo soltó un grito de alegría al sacar un pequeño cachorrito. El perro era de un color blanco y esponjoso.
—Es un perro mágico. Son fieles e inteligentes. Poseen una fuerza que los ordinarios no tienen, a veces pueden desaparecer; además de que detectan cuando su dueño está en peligro.
—Gracias —exclamó su hermana con el perro en sus brazos—. Es el mejor regalo.
La navidad pasó, la nieve comenzaba a ser menos y el sol irradiaba más calor que al comienzo del invierno. Andrea tenía que regresar a la academia, eso tenía demasiado triste a su hermana.
—No quisiera que te fueras —dijo Dayra la mañana anterior al comienzo de las clases.
—Tengo que irme. Además, no me iré demasiado lejos.
—¿Qué quieres decir?
—Regresaré a Londres.
—Pero pensé que te quedarías en Francia.
—Es momento de volver.
—¡Qué bien!
—Será en unos meses.
—Al final dejé de verte por dos años.
—Tengo que irme.
—Gracias por Kirwill.
—¿Kirwill? —preguntó confusa.
—Así se llama mi perro —explicó Dayra—. Kirllwill.
—De tantos nombres existentes en el mundo, ¿fue el único que se te ocurrió?
—¿No te gusta?
—No tendrás problema alguno con la profesora McGonagall, tienes su permiso para tener un perro. —Evadió la pregunta—. Te escribiré —Se enfrascaron en un abrazo.
—Espero que en verdad me escribas.
—Lo haré. —Andy dio media vuelta, caminó hacia los límites del castillo para poder desaparecerse—. ¿Sabes que tendré problemas cuando mamá se entere de Kirlly?
—Si te enfrentas a magos oscuros, mamá no será problema. —Andrea hizo un gesto, luego siguió su andar hasta que desapareció.
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