Capítulo 2

INTENTO DE FUGA EN AZKABAN

A pesar de las fuertes y estrictas medidas de seguridad impuestas por el Ministerio, anoche, un grupo de magos no identificados trataron de entrar en las celdas de máxima seguridad, donde se encuentran algunos de los más allegados al Señor Tenebroso. El jefe de Aurores, Harry Potter, estuvo presente en la prisión para dar comienzo a las averiguaciones correspondientes: “Estamos haciendo todo lo posible para encontrar a los culpables; no tenemos ningún registro de que algún mortifago haya escapado.” Existe la sospecha de que el exmortifago, Lucius Malfoy, y su hijo, Draco, están detrás del intento de fuga: “Ellos están expuestos; aquellos que lucharon en la guerra mágica también, y corren peligro. No dejaremos que lastimen a más familias; los mantendremos vigilados” continuó el Señor Weasley.

            —Es evidente que los Skeeter son iguales —refunfuñó Harry mientras aventaba el periódico a la basura.

            —¿Ahora qué haremos?

            —Nuestro trabajo, Ron. —Ambos aurores estaban en la sala de reuniones esperando al resto. Los demás hicieron alboroto al entrar—. Silencio. Como saben, hubo un intento de fuga en Azkaban.

            —¿No se supone que está muy vigilado el sitio?

        —Reforzaremos la seguridad —dijo sin hacer caso al comentario—. La mitad de ustedes se turnará para cuidar la prisión; el resto quiero que mantengan vigilados a los Malfoy. —Eso no le gustaba para nada, al final él había abogado por ellos. 

            —Yo asignaré sus misiones —declaró Ron.

            —Ya se pueden retirar.

            Cada uno salió con lentitud, Andrea tenía pocas semanas de haber regresado de Francia; fue de las últimas en dejar la sala y al llegar a su cubículo, en su escritorio ya la esperaba Hermes. Suspiro al imaginar de quién se trataba la carta; le dio una botana a su lechuza y luego le quitó el pergamino. 

            —¿Se puede? —Alexander estaba en su puerta.

            —Claro, pasa.

            —¿Todo bien? —preguntó de inmediato al ver su semblante.

            —Eh sí, sólo que mi hermana leyó el Profeta y me mandó una lechuza. 

            —Es un desastre.

            —Ya sé. —Volvió a suspirar.

            —Algo tarde, pero debe ser tu bienvenida.

Lamento responder hasta ahora, pero he tenido demasiado trabajo. En lo que respecta a lo ocurrido en Azkaban, no te voy a mentir, las cosas andan mal. Ha habido ataques a los magos que pelearon en la guerra. El ministerio sospecha que buscan venganza, o quizás sólo son tipos que buscan sonsacar información. No quiero que te preocupes por nada, pero estaría más tranquila si tú te cuidaras. Estaremos bien.

Te quiero.
Andy

            Dayra no sabía qué sentir al respecto, recibió una respuesta dos semanas después de que mandó la carta. Su hermana se estaba enfrentando a un montón de locos asesinos. Trató de mantener al límite los nervios y la preocupación, pero las noticias de los ataques comenzaron a ser frecuentes. El Profeta no mencionaba nada en primera plana, lo hacía en las columnas más pequeñas como si quisieran ocultar la verdad. Abril fue el mes en el que la Slytherin comenzó a tener más deberes debido a que le faltaba poco para los exámenes.

INTENTAN COLARSE EN EL MINISTERIO

Los mismos que intentaron la fuga en Azkaban, intentaron colarse en el ministerio que dio como resultado una fuerte batalla entre aurores. No lograron su cometido; sólo una serie de heridos. La vigilancia aumentó, según el gran Harry Potter, aunque cabe recordar que él y sus dos mejores amigos, lograron entrar en el ministerio cuando estaba bajo las órdenes del Señor Tenebroso. 

Necesito respuestas. Ya no puedo evitar preocuparme por ti y mis padres. Me asusta el hecho que hayan querido entrar en el ministerio y conociéndote sé que peleaste... Temo saber que tú eres uno de los heridos. Por favor, necesito que me expliques qué sucede. Espero que te encuentres bien. Te quiero.

            Se quedó un rato observando como la lechuza emprendía el vuelo; tomó sus cosas y bajó a la sala común, tenía deberes que terminar. Los días siguieron pasando, la respuesta a su carta todavía no llegaba y esperaba que no tardara demasiado. 

            —Deja de preocuparte —dijo Matt, mientras hacían sus deberes de pociones.

            —No puedo.

            —Tu hermana es hábil, al igual que tus padres —respondió—. Pronto esto quedará en el olvido.

            —Ojalá terminen con la sangre sucia.

            —Vete a fastidiar a otro lado, Randal. 

            —Se me olvidaba que tú eres una asquerosa traidora a la sangre.

            —Mejor lárgate. —Charlize le dirigió una mirada reprobatoria a su compañero.

            —Tranquilos chicos, no pasa nada. —Trató de calmar Dayra.

            —Sí, no pasa nada. Al menos que terminen con tu hermana. —Una sonrisa burlona cruzó por el rostro del chico. 

            —¡Suéltenme! —decía mientras forcejeaba. Matt y Charlize tenían detenida a su amiga. 

            —Cálmate. No vale la pena.

            —Le borraré su estúpida sonrisa. —Espetó, todavía tratando de zafarse de ellos.

            —¿Tú a mí? —Se burló Randal, pero Matt le dio un puñetazo en la nariz. Antes de que se pudiera armar una pelea; Dayra y su amiga lo sacaron de la sala común.

            —No debieron pelear con él.

            —Tú viste quien empezó.

        Dayra no prestaba atención a la conversación de sus amigos, tan rápido como llegó su enojo, se esfumó. Salieron un rato a los jardines para olvidar la pelea. Después de lo que parecieron horas, los tres regresaron a su sala común. A la mañana siguiente, mientras desayunaban, las habituales lechuzas se hicieron presentes; antes de que Dayra comenzara a buscar a Hermes, ya se encontraba posada frente suyo. 

No hay mucho que explicar; papá ya tomó medidas y la casa está protegida. No pasará nada; y sí, tienes razón, estuve presente en la pelea que hubo en el ministerio. En lo que respecta a mi persona, ¿en verdad crees que saldría herida? Qué poca fe tienes en mí; estoy totalmente capacitada para este tipo de situaciones. Hay cosas que no puedo decirte porque son confidenciales. Mantente en alerta, no sabemos con exactitud quienes son estos magos y qué buscan. No creas en nada de lo que te digan, trata de no confiar en nadie, cuida lo que escribes porque es posible que puedan interceptar las cartas, en especial de aquellos de familias que pelearon en la guerra mágica. NO TE METAS EN PROBLEMAS.

            Los exámenes dieron comienzo, cada vez, los chicos se ponían a estudiar arduamente; sin la ayuda de Matt, Charlize y Dayra no serían nada. La última prueba que tenían era el de Defensa contra las artes oscuras, la pequeña Green era hábil, quizás el buen talento corría por sus venas. Sin embargo, ansiaba que fuera sábado para poder salir a distraerse un rato. Su hermana le envió una nota, diciéndole que estaría en el pueblo. La mañana del fin de semana, se dirigieron a las puertas del castillo; pasaron por Filch y luego con los demás. En Hogsmeade fueron a Honeydukes, compraron un montón de golosinas. 

            —Me tengo que ir —dijo Dayra, consultando su reloj.

            —¿Dónde se verán?

            —Casi al límite del pueblo.

            —¿Segura?

            —Sí, después nos vemos. —Caminó por Cabeza de Puerco, rumbo a la colina.

            Matt y Charlize entraron a Las Tres Escobas a tomar una cerveza de mantequilla. 

            —¿Andy?

            —Hola, chicos. 

            —¿Qué haces aquí? —preguntó desconcertado.

            —Me asignaron para hacer guardia.

            —¿Te asignaron? 

            —Pensamos que verías a Dayra —explicó Charlize, también confusa. 

            —No sabía que tenían visita al pueblo.

            —Nos dijo que tú le enviaste una nota para verse hoy —interrumpió Matt preocupado.

            —¿Una nota? Jamás le envié nada. 

            —Andy…

            —¡Mierda! ¿Les dijo en dónde?

            —En el límite del pueblo.

        Vieron a través de la ventana una explosión en las calles; la gente corría, la mayoría eran alumnos del colegio. Los aurores salieron de los locales, otros ya peleaban con los magos encapuchados.

            —Quédense aquí.

        Salió del pub y corrió a la colina, al límite del pueblo. Al llegar, encontró a su hermana batiéndose a duelo. Lanzó un par de maldiciones para deshacerse de sus contrincantes. 

            —¿Estás bien?

            —Te esperaba y…

            —Te engañaron, yo no te envié nada. Vamos, tengo que sacarte de aquí.

    Los aurores trataron de sacar a los alumnos de la línea del fuego; de las Tres escobas, dos encapuchados salieron. Uno más apareció delante de Dayra; ella mantuvo agarrada su varita con fuerza. 

            —Le servirás de mucho a mi jefe. —Le lanzó un hechizo, pero lo desvió. 

        Desde que tenía memoria, sus padres y su hermana le enseñaron a defenderse. Tenía una habilidad inigualable; con suerte venció a su enemigo cuando pasó. Vio un haz de luz verde golpeando el pecho de Andrea, en un intento de salvarla. Salió volando por los aires y terminó en un local. El grito de Dayra alertó a otro auror; lanzó una maldición al encapuchado, pero desapareció. Poco a poco, el alboroto se calmó, regresando la tranquilidad; un rayo verde podía significar sólo una cosa: muerte. 

        —Tranquila, no fue una maldición asesina. La llevaré a San Mungo. —Con cuidado, tomó a su compañera en brazos—. Agárrate. —A los segundos, desaparecieron. Estaban en la sala de espera, una sanadora se acercó a ellos con rapidez—. Recibió una maldición desconocida, apenas tiene pulso. 

            Esas palabras bastaron para que Dayra alzara la cabeza; se llevaron a su hermana mientras los sanadores hacían su trabajo. Fue una tonta por haber caído en una trampa, qué ilusa. Su acompañante le resultaba vagamente familiar, pero no le dio tiempo a pensar en otra cosa, porque la sala comenzó a llenarse de gente.

            —Alexander ¿qué pasó?

            —Andy, recibió una maldición. 

            —¿Está bien?

            —Sí, aunque apenas y respiraba. 

      El tiempo pasó y ningún medimago decía nada; logró recordar quienes eran los que la acompañaban, amigos de su hermana. Después de un largo rato, llegaron sus padres; no supo cómo se enteraron, pero estaban ahí, la abrazaron con fuerza. Dayra sollozaba, jamás se perdonaría el error que cometió. 

            —Familiares de la señorita Green.

            —¿Cómo se encuentra Andrea?

        —Está fuera de peligro. Recibió una maldición desconocida; apenas le llegó y aunque fue muy potente, no causará daño considerable. Tuvo suerte, pero tendrá que quedarse.

            La familia Green entró; los otros esperaron afuera de la habitación. Dayra tomó asiento en el sillón cerca de la cama; Andrea se encontraba inconsciente. Pasaron horas, sus padres no fueron capaces de apartarla de su lado. Después de un rato, se acurrucó y trató de que el sueño no la venciera. Alexander se acercó a ella e hizo aparecer una manta para taparla.

            —¿Por qué no te vas a descansar?

            —No quiero dejarla sola. —Tenía los ojos hinchados de tanto llorar.

            —Te vi batiéndote a duelo con un hombre mayor que tú; eres muy pequeña para soportar esto.

            —Si yo no… —Dayra se enjugó una lágrima.

            —Ve a descansar. Keisi y yo la cuidaremos. —De pronto, Andrea se removió en su cama de hospital. Abrió los ojos despacio, somnolienta y herida; se notaba débil.

            —¡Andy! —Dayra se lanzó a su regazo, aunque el peso le producía un profundo dolor. 

        —Hola. —Su sonrisa se contrajo en un gesto, demasiado como para querer gritar; sentía una enorme punzada en su hombro derecho. 

            —Tranquila —susurró—. Te han sedado con pociones.

        No pudo decir mucho; un medimago irrumpió en la estancia, al igual que los padres de la chica. Pidió que los dejaran unos minutos a solas para revisarla. Pasó un rato en el que el joven medimago le aplicó más pociones para calmar el dolor, luego permitió que entraran a verla. Dayra se acurrucó en la cama de su hermana, mientras que ella la abrazó con su brazo izquierdo.

            —Tienes que ir a descansar.

            —No quiero alejarme de ti.

            —Has estado aquí por mucho tiempo.

            —Tu hermana tiene razón —Corroboró su padre—. Necesitas dormir un poco.

            —Pero no quiero.

            —Estoy bien.

            —Pero…

            —Pero nada, quiero que te vayas a descansar. No me iré a ningún lado

        Sin otra opción, Dayra hizo caso; la profesora McGonagall estaba enterada de todo. Iría a casa en lugar del colegio, así evitaría chismes y preguntas. Cuando sus padres se fueron, también lo hizo Keisi, Alexander se encontraba recargado en el alféizar de la ventana; observó atentamente a la chica, había pasado momentos muy angustiosos.

            —Me tenías demasiado preocupado.

            —No tenías por qué.

            —Ya no soporto esto. 

            —No sé a qué te refieres. 

            —Me cansé de estar tan cerca y tan lejos de ti. —Alex se acercó a ella, y sin ninguna objeción la besó—. No quiero ser sólo tu amigo.

            —Parece que no puedo seguir engañándote. 

            Alexander se sentó en su cama; ella se recostó en su regazo. Él le rodeó sus hombros con su brazo, abrazándola tierna y protectoramente.

            —Pensé que te perdía.

            —Eso no pasará. Estoy bien. 

            —A medias.

            —Deberías de preocuparte menos.

            —Y tú, deberías de ser menos temeraria. Supongo que eso enseñan en la Academia de Francia.

            —Son algo aburridos. —Se hizo un silencio entre ambos. 

            —¿Por qué te fuiste?

            —Porque tenía que hacerlo.

            —Eso no aclara nada. 

            Iba a replicar, pero no pudo hacerlo. Harry entró en la habitación, como jefe de aurores, tenía la obligación de corroborar el estado de sus hombres. 

            —¿Cómo te encuentras, Green?

            —Molida, pero bien.

            —¿Ocurrió algo más? —preguntó Alexander. 

            —No, todo quedó controlado. Sin embargo, te quiero ver lo más pronto posible en mi oficina. 

            —Sí, señor, iré en cuanto pueda.

        Alexander se quedó un rato más con Andrea, al menos el tiempo suficiente para que ella se quedara dormida; él también quería echar una siesta, pero el deber lo llamaba. Al llegar a casa, Dayra evitó a sus padres encerrándose en su habitación. Lloró para dejar escapar el miedo y la culpa; las lágrimas salían de sus ojos y sólo se detuvo cuando ella se quedó dormida. No confíes en nadie, aquellas palabras quedaron ahogadas en el haz de luz verde que impactó a su hermana. Despertó sobresaltada; gruesas gotas de sudor resbalaron. Trató de tranquilizarse un poco, despertó a mitad de la noche. De alguna manera, trató de quedarse dormida por las pocas horas que le quedaba a la noche, se sentía cansada. Los habituales pasos de su madre se escucharon, bajaron a la cocina a preparar el desayuno. 

        Cuando estuvieron listos fueron al hospital. Sin llamar la atención de los muggles, entraron al lugar; subieron al ascensor rumbo al piso de Daños por Encantamientos. Antes de que entraran en la habitación, vieron al sanador. Andrea seguía mejorando, aunque todavía estaba débil. Dayra se quedó sola en el pasillo, congelada y rozando la puerta; no se sentía capaz de ver a su hermana. Necesitaba tranquilizarse; tomó de nuevo el ascensor y bajó a la cafetería.

            —¿Qué noticias tienes que darme? —preguntó Andrea, cuando Alexander la visitó. 

            —El ataque fue planeado.

            —¿Con qué fin?

            —¿Cómo te topaste con tu hermana?

            —Vi a sus amigos en Las Tres Escobas, ellos me dijeron… Me querían a mí, ¿verdad?

            —¿Qué te hace pensar eso?

            —Engañaron a mi hermana, le enviaron una nota.

            —Pudo haber sido cualquiera.

            —Sé razonable, Alexander. Han sido tres ataques y en todos he estado. 

            —De acuerdo, podemos considerar eso. 

            —¿Y si es personal?

            —Eso es absurdo.

            —No, no lo es. Me gané varios enemigos. 

        Al otro lado de la puerta, Dayra se quedó estática al escuchar la conversación de ambos aurores. Entró como si nada; los dos guardaron silencio.

            —Hola —saludó Andrea recobrando una sonrisa.

        —Les daré su espacio. —Besó la frente de la castaña y luego salió. Sin embargo, los padres de las chicas entraron. 

            —¿Cómo te encuentras? —Su madre la arropó y se preocupó de que su hija estuviera cómoda. 

            —Me siento mejor, ayudan las pociones.

            —¿Y tus amigos?

            —Keisi está en el Ministerio y Alex salió. 

            —Ese chico pasa demasiado tiempo aquí.

            —Es mi amigo, papá.

            —Pues más le vale. —Su padre miró a su hija.

            —¡Robert! Ella puede salir con quien quiera.

            —Pero Mary…—comenzaba a protestar, no le gustaba la idea de que sus hijas tuvieran novio.

            —Mamá —interrumpió Andrea—. ¿Puedes traerme unos libros?

            —Claro que sí. Vamos Robert. —Mary tomó del brazo a su esposo y lo sacó casi a rastras, sin hacer caso de las objeciones. 

            —¿Qué sucede? —preguntó apenas estuvieron solas.

            —Nada.

            —No me mientas, te conozco.

            —Debí haber hecho caso a tus advertencias.

            —¿De qué me estás hablando?

            —Si me hubiera dado cuenta de la trampa, tú no estarías aquí.

            —De cualquier manera, hubiera sucedido.

            —¿Es que acaso no entiendes?

            —La que no entiendes eres tú, es mi trabajo.

            —Qué injusta eres. No te importa lo que sientan papá y mamá; lo que yo sienta si te matan por alguien que no vale la pena.

            —Mamá y papá saben a qué atenerse. ¿Crees que es justo que se destruyan familias por poder?

            —Si el poder te mantiene con vida, pues lo prefiero.

            —Eso suena muy cobarde y egoísta. 

            —La egoísta eres tú. —Dayra estaba molesta; su hermana hizo el esfuerzo de levantarse de la cama.

            —No pongas en duda mis capacidades, ni mucho menos, insinúes que no me importa mi familia.

            —Tu estúpido complejo de héroe te va a matar. —Andrea golpeó la pared con fuerza.

        —No lo hago porque quiera demostrar mi valor. Lo que he hecho es proteger a mi familia, protegerte a ti. No pienso perder a nadie más.

            —¿Alguien más? —Ese comentario le bastó para que el enojo desapareciera de ella. 

            —Olvídalo. 

            —¿Quién...? —Su frase quedó suspendida por una interrupción; alguien tocaba la puerta de su habitación. 

            —Hola. Supe lo que te pasó y vine a verte. 

            —Hola, Mariana. —Andrea regresó el saludo; respiró hondo antes de responder. La discusión le había debilitado más de la cuenta, aun así se mantuvo de pie. 

            —¿Estás bien?

            —Sí, sólo un hechizo desconocido. No era necesario que vinieras hasta acá. 

            —Eres mi amiga, quería conocer tu estado. 

            —Las he tenido peores. —Trató de sonreír; por unos instantes sintió que el piso se movía, así que regresó a su cama—. ¿Cómo va el ministerio? Casi no te veo. —Andy vio de reojo a su hermana, ella se quedó callada desde que Mariana llegó. 

        —Mucho trabajo. ¿Y tú, Dayra? ¿Cómo estás? —Supo interpretar el silencio de la joven, intercambió una mirada con su amiga. Sin embargo, ya no pudieron hablar de nada más; los señores Green entraron. 

[***]

El regreso al castillo era inminente; quizás era un desperdicio regresar, en especial cuando el curso estaba por terminar. Lo que menos le apetecía a Dayra era ser interrogada por todos. Esos sentimientos negativos la siguieron durante el trayecto de vuelta del hospital. Las últimas palabras que le dijo su hermana seguían resonando en su cabeza. Cuando terminó de desayunar, se despidió de sus padres y se metió a la chimenea.

            —¡Hogwarts! —dijo lanzando un puñado de polvos flu. Las llamas verdes la consumieron; giraba y giraba hasta que cayó de rodillas. Salió de la oficina del jefe de Slytherin. Iba caminando a las mazmorras, al instante sintió como unos brazos la rodeaban; pudo ver como su amigo se encontraba enfrente de ella.

            —Déjala respirar. —Charlize se separó de su amiga—. No debimos dejarte sola.

            —No importa, al parecer, era planeado. 

            —¿Y tu hermana? 

            —Bien.

            Los tres regresaron a su sala común para platicarles lo ocurrido en el pueblo; sus amigos también le contaron lo angustiados que estuvieron en esos días, y sobre aquellos aurores que llegaron a defender a los estudiantes. Siguieron charlando por un rato, hasta que fueron al gran comedor a cenar. Fue un día agradable hasta que varios de sus compañeros se acercaron a ella para saber lo ocurrido en el pueblo. El rumor de que peleó con mortifagos, y que estuvo cerca de la acción, se esparció como pólvora. 

        Terminó los días que le quedaron en el colegio, aunque tenía latente la preocupación de que algo malo pasara mientras ella estaba fuera. El viaje en el expreso resultó tranquilo; los chicos iban en un compartimiento y Kirlly recostado en un asiento vacío. Cuando el tren llegó al andén nueve y tres cuartos de la estación, tardaron en salir y pasaron de dos en dos o de tres en tres para no llamar la atención. Dayra vio a sus padres; ambos estaban muy sonrientes. Sin embargo, cuando estuvo cerca, los ojos de su madre se clavaron en el perro blanco.

            —¿Iremos al hospital? —preguntó apenas subieron al auto. 

        —No. —Sus pensamientos pensaron en que algo malo había sucedido; trató de relajarse y no pensar mucho.


        Andrea salió del hospital, Alexander y ella se encontraban en la casa de los Green, recostados en el sofá. Estuvieron abrazados mientras veían televisión; en ocasiones, el joven le daba un beso en la mejilla o la frente, pero sin poder resistirse más, le dio un beso en los labios.

            —¡No puedo creerlo! —gritó Dayra al verla.

            —¿Qué pasa? —preguntó Andrea separándose abruptamente de Alexander.

        —No fuiste a la estación a recibirme por estar besuqueándote —respondió indignada y lanzándole una mirada fea al chico.

            —Eso no es verdad.

            Subió directo a su habitación seguida de Kirlly, y cuando Andrea pensaba en seguirla para hablar con ella, sus padres entraron en la casa; observó a su madre e inmediatamente, por el semblante que tenía, sabía que estaba en problemas.

            —A mi estudio —dijo su madre al verla. A un lado del despacho de Robert estaba una habitación; era grande, lo suficiente en donde, algunas veces, Mary entraba a diseñar. Era bien sabido que ella era una de las mejores diseñadoras del país. Al entrar, Andrea tomó asiento enfrente del escritorio de su madre; se sentía como una niña pequeña a punto de ser regañada. 

            —Quiero una explicación.

            —¿Sobre? —preguntó, pero mejor decidió hablar antes de que se enojara más su madre—. Decidí regalarle una mascota a Dayra.

            —¿Acaso no quedó claro que no quería uno?

            —Sí, pero…

            —¿Cuándo?

            —En navidad. Regresé a Londres y me quedé unos días con ella. —De pronto calló al darse cuenta de su error. Había hablado de más.

            —¿Estuviste en Londres? —exclamó su madre enojada. 

            —Supongo que no lo mencioné, ¿verdad?

            —Me desobedeciste y aparte me mentiste.

            —No te mentí, sólo no te dije la verdad. 

            —No sigas, Andrea. 

            —Acepto las consecuencias, haré todo lo que me pidas, pero no le quites a Kirlly.

            —Te haces responsable.

            —Pero no es mío.

            —Tú se lo regalaste.

            —Pero mamá…

            —Nada. —Su semblante era serio—. Lo bañaras y limpiaras cada desastre que haga. Y estás castigada.

            —¿Por Kirlly? Yo no le puse el nombre —respondió ante el gesto de su madre.

            —Por haberme mentido.

            Cuando salió a la sala, vio a su padre sentado enfrente de Alexander; se notaba incómodo por la situación. Al verla se levantó aliviado. 

            —Será mejor que me vaya. Vendré a verte mañana, si no hay ningún inconveniente. 

            —Espero que mi madre no se oponga. Estoy castigada.

            Se despidió con un beso en los labios; Andrea no entró hasta que Alexander desapareció. Debía arreglar la situación con su hermana, algo le pasaba y tenía una idea al respecto. 

            —Ah, eres tú—dijo Dayra cuando dejó pasarla a su habitación. 

            —No te cambie por él.

            —Da igual.

            —Salí del hospital hace un par de días. Mamá no me dejo ir por ti. 

            —No importa. 

            —Me vas a decir qué te pasa.

            —Nada…—Hizo una pausa—. ¿Ya tienes novio?

            —No lo sé. 

            —¿Cómo que no lo sabes?

            —No hemos tenido oportunidad de hablar sobre nosotros. 

            —Se ve que es un buen chico. 

            —Lo es.

           Dayra no dijo nada más, su hermana tampoco, así que salió de la habitación; cuando ella pensaba seguirla, Kirlly reclamó su atención. Al término de la cena, Andrea subió a su habitación, se sentía cansada; se recostó en la cama dispuesta a leer un rato, mientras que en la casa ya comenzaba a reinar el silencio. Se asustó al escuchar unos golpes provenientes de la ventana; tomó su varita esperando un ataque, pero vio a Alexander suspendido en el aire en una escoba.

            —¿Qué haces aquí? 

            —No soportaba esperar hasta mañana. 

            —Alex…

            —Ya sé, primero ¿me dejas pasar? —Andrea se hizo a un lado. Él desmontó suavemente en la habitación.

            —Estás loco. 

            —Entonces… ¿qué hay que aclarar entre nosotros?

            —No lo sé, tú dime. 

            —¿Te gusto?

            —Sí, pero... sabía que tú y yo no podíamos ser nada, sólo amigos. 

            —Pero ahora no quiero serlo. Te necesité cuando te fuiste, te necesito ahora. —Él se acercó a ella y la besó. 

            —¿Por qué rayos besas tan bien?

            —Se mi novia.

            —¿Nunca te rindes?

            —No. ¿Entonces?

            —Sí.

            Los dos siguieron besándose tiernamente; después Alexander la llevó a su cama, se recostó con ella; sus manos estaban entrelazadas, era el comienzo de su historia de amor.





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