Capítulo 3
Alexander pasó la noche a lado de Andrea; fue el primer en despertar. Salió de la habitación sin hacer el menor ruido posible. Con los típicos ruidos matutinos, la chica se levantó para bajar a desayunar; Dayra lo hizo unos minutos después que ella. Se extrañó al ver cómo engullía el plato de frutas que tenía enfrente. Era raro que la auror no se quejara por algo que le imponía Mary Green. En toda la mañana, la castaña no salió de su habitación; si alguien tocaba la puerta decía que estaba ocupada, no quería ninguna interrupción. Todo el día esperó con ansias volver a ver a su novio, aunque eso pasaría hasta que terminara el fin de semana, cuando volviera al ministerio. Cuando pensó en acostarse y leer un rato, escuchó unos ruidos en la ventana.
—Alexander. —Ahí estaba, haciendo gala de sus dotes en la escoba.
—¿Quieres dar un paseo? Nadie se dará cuenta. —Ella subió y se agarró de su torso. Se alejaron de la casa y aprovecharon la oscuridad de la noche.
—Creí que ya no querías estar en una escoba.
—Sólo dije que no quería dedicarme al quidditch.
Estuvieron platicando bajo las estrellas; después volaron de regreso a la casa. Alexander sacó la varita y aplicó un hechizo silenciador a la puerta de su habitación.
—Un hechizo muy práctico.
—¿Haremos algo?
—¿Tú quieres hacer algo?
—Sólo es una pregunta. Un hechizo silenciador implica varias cosas.
—No quiero que tus padres me encuentren aquí. —Se recostaron en la cama; Andrea apoyó su cabeza en su pecho—. Esperé mucho para estar contigo.
—¿A qué te refieres?
—Pues que… en algún momento empecé a pensar en ti de una forma distinta.
—¿De qué forma?
—Tú sabes… —Sus mejillas se tiñeron de rojo.
—¿En qué momento te diste cuenta?
—En sexto, cuando empezaste a salir con Blackwood. Comenzaste a atraerme; quise averiguar lo que sentía por ti. Pero te vi muy unida a él, así que me hice a un lado. Después de la graduación, me conformaba con que estaríamos juntos en la academia. Pero un día sólo me dijiste que te ibas.
»Aparecías en mis sueños, necesitaba con ansias tus labios y fue cuando me di cuenta que estaba completamente enamorado de ti. —Andrea sonrió ante este hecho—. Me dediqué a estudiar y tratar de olvidarte; no tenía certeza de que te volviera a ver, y cuando estaba a punto de lograrlo tan sólo apareciste.
—¿Saliste con alguien?
—Sí, pero nada relevante.
—¿Nada de nada?
—Si te refieres a sexo pues no. ¿Y tú?
—Nadie. ¿Sabes? Yo quise hacer lo mismo: olvidarte. Sabía que si entraba a la academia contigo sería difícil; por eso decidí irme lejos.
—Me alegra que hayas vuelto.
—Yo también. —La besó—. Y a todo esto, no me has contado por qué estás castigada.
—Porque le mentí a mi mamá. Aparecí en casa dos semanas después de las fiestas navideñas.
—Pero llegaste a Londres antes de eso.
—Exacto, estuve un tiempo con Keisi y después...
—Las cosas se pusieron feas.
De nuevo, ambos se quedaron dormidos; aunque era sábado y le hubiera gustado pasar el día con él, Alexander tenía que irse. Esperó a que se perdiera de vista en el horizonte y regresó a la cama un rato más. Andrea desayunó en silencio bajo la atenta mirada de Dayra. Estaba decidida averiguar qué le sucedía.
—¿Qué ocurre? —preguntó Dayra al entrar a la habitación de su hermana.
—¿A qué te refieres?
—Desde que llegué te la has pasado encerrada en tu habitación, ni siquiera hablas en las comidas, sin mencionar que haces todo lo que te dice mamá.
—¿Qué tiene de extraño eso?
—Me estás ocultando algo. A ti te importa un cuerno portarte bien.
—Mamá me castigó.
—¿Por Kirlly? —Ella asintió.
—Y por otra razón. Se enteró que estuve en Londres y no lo mencioné.
—¿Hay algo más que deba saber?
—Alexander y yo somos novios —respondió con una sonrisa—. Ha venido por las noches estos dos días.
—Lo sabía —exclamó triunfante—. Me alegra por ti. ¿Y cuál es el castigo?
—No lo sé. Pensé que bastaría con Kirlly. —Ese comentario ocasionó que Dayra se riera.
—Es el precio por hacerme feliz.
—¡No es justo!
—Al menos verás a tu novio en el ministerio.
—Es cierto. Me alegra regresar al trabajo.
El lunes por la mañana, Andrea se arregló con el uniforme de auror, tomó sus cosas y bajó a desayunar. Aunque eran vacaciones, su madre ya estaba levantada; cuando terminó de comer se fue a la puerta y vio a Kirlly; quería salir al jardín. Tenía varias cosas pendientes, como poner una puerta para que su no mascota saliera a su antojo. Dejó que la acompañara a los límites para desaparecerse. Luego de la sensación de compresión que duró unos instantes, ya se encontraba en al atrio del ministerio. Al subir al ascensor se encontró con Mariana.
—¿Cómo estás?
—Mejor, aunque no fue nada.
—Noté cierta tensión en tu hermana.
—Ya sé, se siente culpable por lo que me pasó.
—Es normal, Andrea —respondió Mariana mientras revisaba su portafolio—. Fue víctima de una trampa, y tú saliste herida.
—Gajes… por cierto hay algo que debo contarte.
—Pues dime. —La chica seguía rebuscando entre sus cosas.
—Alexander y yo somos novios.
—¿Qué? —Eso bastó para que le prestara atención—. ¿Cuándo pasó?
—Tengo que trabajar —respondió Andrea cuando las puertas del ascensor se abrieron.
—Espera, me debes contar.
—Nos vemos, Somender. —Sonrió cuando entró al área de los aurores.
La castaña tomó asiento detrás de su escritorio, en donde tenía papeles que debía revisar; eran los pendientes que dejó a causa del ataque en Hogsmeade. El departamento estaba ocupado en ese asunto; los que no estaban en misiones, tuvieron las órdenes de buscar información. En la casa de los Green, Dayra seguía dormida, pero despertó por un lengüetazo en su rostro; su adorado perro estaba arriba en su cama.
—Ahora no, Kirlly —respondió tapándose con las sábanas, pero el animal era persistente. Bajó de la cama y comenzó a destapar a su dueña—. Bien, ya voy. —Entró al baño a lavarse la cara y quitarse los restos de baba de su perro; sin cambiarse y aún en pijama, bajó a desayunar—. Buenos días.
—Buenos días, hija. Pensé que te levantarías hasta tarde.
—Kirlly —contestó observando al can; estaba sentado a un lado de ella, moviendo el rabo feliz.
—¿Quién lo diría? —exclamó su madre risueña.
—¿Dónde están papá y Andy?
—En el ministerio.
La joven terminó de desayunar, después subió a su habitación en donde encontró una hermosa lechuza color café; no la reconoció, pero aun así se acercó para poder quitarle el pergamino que tenía atado a su pata. Apenas vio los garabatos, sabía que la carta era de Matt.
Espero que te encuentres bien, me quedé algo preocupado por la salud de tu hermana. Apenas han pasado algunos días y ya echo de menos Hogwarts; al menos te podrías divertir (lo digo, porque te conozco y pensaras que soy un sabelotodo). Estoy tirado en mi cama, en completo aburrimiento; al menos me levanté para escribirte. En fin, cuéntame qué pasó con Andy.
Te quiere tu mejor amigo,
Matt.
Se acercó a su escritorio, y comenzó a escribir en un pergamino nuevo.
A veces eres arrogante, y no pienso, sino afirmó que eres un sabelotodo perfeccionista. Debo darte mérito por esa mentira, si quieres estar en Hogwarts es por otra razón. Te agradezco tu preocupación, Andy salió un par de días antes de que se terminara el curso, sólo que no fue a recibirme a la estación porque se estaba besuqueando con su novio. No hay mucho que decirte, más que eso.
También te quiero.
Dayra.
Enrolló el pergamino y la ató a la pata a la lechuza; inmediatamente emprendió el vuelo. Minutos después salió de su habitación; no tenía ganas de hacer nada, por lo que se tumbaría en el sofá a ver televisión. El resto del día en el ministerio, Andrea se la pasó revisando algunos casos pendientes de menor riesgo, hasta que pasó Alexander por ella. El chico la dejó en los límites de su casa, se despidió con un beso y desapareció.
—Hola, Kirlly —saludó la chica cuando un perro la tumbó.
—¡Claro! Saludas al perro primero en lugar de tu hermana.
—Ya. Hola, hermanita. —Se acercó a ella y le dio un abrazo.
—No… me… dejas… respirar.
—Querías que te saludara, ¿no?
—Saludarme, más no sacarme el aire.
Las dos entraron a la casa; su padre llegaría tarde por lo que cenaron solas. Apenas Andrea se levantó de la mesa, su madre la llamó para hablar acerca de su respectivo castigo: tenía que hacerse cargo, no sólo de la mascota de su hermana, sino de la casa; limpiar y barrer, lavar los platos después de cada cena y sin magia.
—¿Lista? —Alexander y ella siempre se iban juntos.
—Ya casi, no quiero olvidarme de nada —respondió—. Son los informes de los ataques; pretendo buscar algún patrón o algo.
—No me agrada que te lleves trabajo extra.
—Estoy bien.
—No quiero que te arriesgues.
—Tranquilo, debemos estar preparados. —Cuando Andrea terminó de guardar los papeles necesarios, salió del ministerio junto con él.
—¿Crees que podamos salir? Ya sabes, hacer algo.
—Me encantaría, pero quiero aprovechar que mañana es sábado para darle un baño a Kirlly.
—¿Quieres que te ayude?
—¿Harías eso por mí?
—Lo que sea.
—Te espero para mañana. —Besó a su novio. Luego él se marchó.
Los primeros rayos de sol, que se lograron colar por la ventana, terminaron de despertar por completo a Andrea; ese día tenía demasiados pendientes. Desayunó con rapidez, y cuando pensaba en limpiar las habitaciones, su hermana bajó en pijama y con cara de sueño.
—Buenos días. ¿Qué te sirvo?
—Un plato de cereal, por favor. ¿Y mis padres?
—Salieron, nos toca preparar la cena.
—¿Nos?
—Sí, no puedo hacerlo yo sola. Además, que tu perro necesita un baño. Prometiste ayudarme.
—Vale, te ayudaré.
Mientras que Dayra desayunaba, Andrea subió a las habitaciones para acomodar un poco; aprovecharía que sus padres no estaban para limpiar mágicamente, aunque eso era tramposo. Cuando estuvo reluciente, entró en su habitación para cambiarse; se puso unos shorts con una playera y sandalias: era hora de bañar al perro. Llenó una tina con agua y con su varita la calentó, luego convocó el champú; lo único que faltaba era el animal.
—Creo que llego a tiempo. —Alex llegó. Iba vestido con unas bermudas; era raro verlo sin una túnica.
—Hola. —La menor de los Green los interrumpió. Llevaba a Kirlly en sus brazos; con mucho cuidado lo depositó en la tina. Entre los tres lo bañaron, pero salió corriendo.
—¡Kirlly!
—¡Alexander! —El chico trató de usar el encantamiento Aguamenti, pero calculó mal y terminó por empapar a su novia.
—Lo siento. —Se disculpó, pero ella hizo lo mismo.
—¡Ups!
—De ésta no te salvas. —Comenzaron a hechizarse mutuamente con globos con agua, uno de ellos cayó encima de la cabeza de Dayra.
—Oigan. —Tomó la manguera y abrió la llave. Eran risas y carreras para evitar mojarse; después de un rato lograron capturar a Kirlly para terminar de bañarlo. Andrea observó a su novio, su playera mojada hacía remarcar su trabajado cuerpo; pensó en lo guapo y sexy que se veía.
—¿Qué? —preguntó Alex cuando captó la mirada de su novia.
—Nada, es sólo que te ves sexy.
—Bueno, tú tampoco te quedas atrás.
—Debo preparar la cena.
—¿Quieres ayuda?
—Claro, me encantaría. —El chico no se pudo resistir; se acercó a ella para besarla.
—¡Hey! Tortolos —Dayra, como buena hermana que era, se encontraba allí para interrumpir ese beso.
—¿Qué pasa? —preguntó Andrea al separarse.
—Kirlly ya no tiene alimento, y tampoco Ginger. Al parecer, nuestros padres no dejaron nada en el refrigerador.
—No te preocupes, iremos a comprar lo necesario.
Subió a su habitación para cambiarse, luego tomó las llaves que se encontraban colgadas. Cuando pudo, logró obtener su licencia muggle para conducir; además sus padres le regalaron su primer auto, pero no lo usaba mucho. Alexander iba relajado en el asiento del copiloto; Dayra iba en el asiento de atrás. Llegaron al supermercado y el chico entrelazo su mano con la de Andrea; iban juntos por los pasillos, tomando las cosas necesarias. En ocasiones, Dayra aparecía con los brazos cargados de diversos artículos. El carrito estaba repleto de vegetales y algunas chucherías, también la comida de Kirlly y de Ginger. Al llegar a casa, prepararon una pizza, aunque la cocina quedó hecha un desastre; tuvieron que limpiar con magia, pero sin dejar rastros o evidencias de que en ese lugar pasó una batalla.
A pesar de que todo el día estuvo ocupada con los quehaceres de la casa, Andrea se la pasó bien; la compañía de su novio fue genial, al igual de compartir tiempo con su hermana. Recuperó el tiempo en que se fue a Francia. Apenas Alexander se marchó, sus padres llegaron; se impresionaron de que la casa estuviera tan limpia y de que el refrigerador estuviera lleno de comida saludable.
—¿Hicieron las compras? —preguntó Mary sorprendida, mientras revisaba a su alrededor.
—Teníamos que.
—Esto sí es increíble.
—Siento que te burlas de nosotras —espetó Dayra frunciendo el ceño.
—Oh no, cariño. Me parece bien que empiecen a ser autosuficientes.
—Y sin magia. —Fue su padre el que habló con cierto orgullo en su voz—. Valerse como...
—Muggles —recitaron a coro.
Ambas hermanas subieron a sus habitaciones con Kirlly siguiéndoles el paso. Andrea se sentía cansada, pero necesitaba revisar los papeles que se llevó del ministerio. Se sentó en su cama y esparció los pergaminos a su alrededor; mientras leía no pudo evitar recordar la batalla de Hogwarts.
—¿Puedo pasar? —La voz de Dayra la sacó de sus recuerdos.
—Claro, pasa.
—¿Estás trabajando?
—Reviso unos informes.
—¿Sobre los ataques?
—Sí, el ministerio tiene prioridad en el asunto.
—¿Vendrá Alexander?
—No creo, además ya pasamos el día juntos. ¿Hay algún motivo?
—Es sólo que… bueno...
—¿Qué? —Andy volvió a enfrascarse en los papeles.
—Ya no estamos tanto tiempo juntas —respondió Dayra frunciendo el ceño al ver que su hermana no le prestaba mucha atención—. ¿Me estás escuchando?
—Sé que ando de misión en misión, pero prometo pasar más tiempo contigo.
—A mí tampoco me agrada tu profesión.
—A veces no tienes elección. —Con un movimiento de varita desaparecieron los pergaminos—. Debes de defender tus ideales, luchar por la justicia.
—Pero es a costa del sufrimiento de otros.
—Es el precio que se debe de pagar. Ya es tarde, ¿por qué no te vas a dormir?
—No quiero —respondió reprimiendo un bostezo.
—Considero que me chantajeas mucho —mencionó Andrea al arropar a su hermana.
—Eso no es cierto.
—Conseguiste quedarte en mi habitación.
—Pero no fue chantaje —replicó Dayra con otro bostezo.
—Mejor duérmete. —Depositó un beso en la frente—. Buenas noches. —La castaña se quedó un rato pensando hasta que el sueño acudió a ella.
Apenas el sol salió, Kirlly entró en la habitación para poder despertar a ambas; lo que logró en unos minutos.
—Mamá, ¿me das permiso de salir? —preguntó la chica cuando bajó a desayunar.
—¿Con quién? —Su padre tenía la ligera sospecha de que algo pasaba entre Alexander y su hija.
—Conmigo —respondió Dayra—. Tengo que aprovechar que está en casa y no en el trabajo.
—Me parece bien, pero quiero que se comporten.
—Pero si nosotros nos portamos bien.
—Nos ofendes, mamá.
—Las conozco, jovencitas. —Ambas intercambiaron una mirada cómplice.
—No haremos nada.
—Eso espero.
Al ser amantes del cine muggle, Andrea y Dayra decidieron ir para distraerse. Subieron al auto y se dirigieron al centro de Londres para disfrutar de una película. Mientras una compró palomitas y golosinas, la otra, las entradas. Entraron a la sala, buscaron unos asientos vacíos y esperaron que la función diera inicio.
—¿De qué se trata la película? —susurró Andy mientras pasaban los comerciales.
—Una que está de moda.
Comieron palomitas y caramelos, hasta que por fin las luces se apagaron y dio inicio a la película. Andrea trató de controlarse, no pudo más y salió corriendo de la sala. Dayra la siguió unos minutos después riendo a carcajadas. Su hermana se encontraba en los baños, así que decidió esperarla afuera todavía con una sonrisa.
—¡¡Arañas!!
—No tenía idea.
—Sí la tenías —exclamó, estaba pálida—. ¡¿Cómo se te ocurre?!
—Sonaba interesante. —Tuvo cierta dificultad en borrar su sonrisa.
—Arañas y terror no son una buena combinación.
—Ya, relájate.
—Yo no pienso regresar —dijo señalando a la sala y de mal humor—, así que entras y terminas de ver la película o me devuelves mi dinero.
—No pienso pagarte nada. —Tomó en sus manos el vaso de sus palomitas y regresó.
Andrea resopló ante lo sucedido; no le agradó en absoluto la bromita que le hizo su hermana, y ya sabía cómo vengarse. Se sentó en una banca cercana; todavía tenía algunas náuseas, seguía temblando un poco. Cerca de una hora, salió Dayra con cara de aburrimiento.
—¿Podemos irnos?
—¿Qué tal la película?
—Fue un fiasco.
—¿Te parece que vayamos al callejón Diagon?
—Suena estupendo.
El cine se encontraba cerca del caldero Chorreante, por lo que caminaron unas cuantas calles; al entrar al bar se toparon con todo tipo de brujas y magos que estaban descansando de un día de compras. Salieron al patio trasero, en donde Andrea sacó su varita para tocar el ladrillo correspondiente y entrar al bullicio del callejón. No se sentía bien, así que primero fueron a la heladería Florean Fortescue; pidieron un helado de chocolate y lo comieron en la terraza.
—¿Estas molesta?
—Fue una mierda lo que me hiciste. Sabes que me asustan esos bichos.
—Te enfrentas con mortifagos, pero ¿le temes a unas simples arañitas?
—No son simples arañitas.
—Dicen que en Hogwarts hay acromántulas. Hagrid… —Pero Andrea ya no la escuchaba—...supe que estaban en el bosque prohibido.
—Sí.
—No me estás escuchando.
—¿Qué?
—Te decía que… olvídalo. ¿Por qué les temes tanto?
—Logré colarme en la batalla. Hubo muchos caídos, destrozos por todos lados, gigantes que aplastaban. Apenas logré salir de las garras de una acromántula.
—¿Cómo?
—Ni yo lo sé. No tienes idea de lo que viví. Vi cómo cada estudiante peleaba, vi morir a mucha gente, aplastados o devorados.
—Hace poco dijiste que perdiste a alguien.
—No quiero hablar de eso.
—Lo siento. ¿Iremos a Sortilegios Weasley?
Se detuvieron un rato en la Tienda de Artículos de Calidad de Quidditch; aprovecharon el viaje para comprarle comida a Hermes, y luego entraron a Sortilegios, que como siempre estaba abarrotado de varios chicos. Cada una compró algunas bromas; bastantes alegres, salieron del callejón Diagon para regresar a casa. Pasaron un gran día entre hermanas, pero a Andrea no se le olvidaba la bromita del cine, por lo que ya planeaba su venganza. Apenas estacionó su auto, se le formó una sonrisa en el rostro, iba detrás de Dayra que apenas entró por la puerta de la casa.
—¡¡ANDREA!!
—Te queda muy bien el morado —dijo revolcándose de risa.
—No es gracioso —replicó mientras se quitaba los restos de pintura.
—Estamos a mano.
—¡Claro que no!
—Es cierto, todavía no. —Alzó la varita e hizo aparecer varios globos que reventó en la cabeza de su hermana—. Ahora sí.
Dayra sacó una bomba fétida y se la aventó, pero con los reflejos que había adquirido con el quidditch pudo evitarla, pero pasó algo inesperado.
—¡¡¿QUÉ SIGNIFICA ESTO?!! —Ese grito hizo palidecer a ambas.
Trataron de pasar inadvertidas, pero su madre las cachó en el intento. Enfureció más al ver su alfombra y parte de la entrada llena de pintura, hecha un arco iris
—¡ANDREA Y DAYRA GREEN!
—Hola, mamá.
—Te ves hermosa.
—Quiero una explicación, ahora.
—Bueno, es que... Dayra empezó.
—Pero sí yo soy la víctima. —Todavía se encontraba empapada de pintura—. Me reventó globos en la cabeza.
—Vi una estúpida película de terror. Sabes que odio las arañas.
—¿Globos? ¿Arañas? —preguntó confundida Mary.
—Te dije que ella empezó.
—No es cierto, sólo fue una bromita.
—Con que es eso. —Un grave error de la chica—. ¿No les pedí que se comportaran?
—Pues…
—Están castigadas. Y quiero mi alfombra limpia. —Decretó Mary antes de regresar a la cocina.
—Oh qué bien, de nuevo castigada.
—Yo también lo estoy.
El fin de semana terminó, pero no las vacaciones para Dayra; su hermana, como cada mañana, salió rumbo al ministerio con sus pensamientos puestos en los ataques. Aquel día, Andrea llegó a la hora de la comida, algo inusual debido a que no tenía mucho trabajo. Observó atentamente a Matt, quien estaba de visita, y su hermana; su intuición le decía que estaban tramando algo.
—¿Qué es eso?
—Ataque en el callejón Diagon. —Era la voz de Harry, apenas lo dijo se esfumó.
—Tengo que irme. —Tomó su capa y se metió a la chimenea.
Todos se encontraban en la sala, era cerca de media noche y Andrea no aparecía ni había mandado un mensaje; sus padres estaban preocupados, por más que intentaron mandar a dormir a Dayra y Matt, no pudieron evitar que también estuvieran ahí. El señor Green iba de un lado a otro; sus ojos reflejaron el mismo miedo que su esposa, los nervios estaban a flor de piel y no pudieron reprimir un grito cuando apareció su hija con Alexander, quien trataba de mantener el equilibrio.
—¿Qué pasó?
—Hirieron a Alexander. —Él tomó asiento en el sofá, la chica rompió la túnica para ver la herida en su costado.
—¿Tú estás bien? —preguntó Dayra acercándose a su hermana.
—Sí, estoy bien. —Ella se encontraba ilesa, aunque su túnica no. Tenía rasgaduras y manchas de sangre.
—La herida no es profunda —dijo Mary limpiando con magia—. Pero tardará en sanar. ¿Cómo fue?
—Una maldición.
—Ya está, lo mejor es que no uses la aparición, al menos hasta que sanes.
—¿Podrían darnos una explicación? —Ambos intercambiaron una mirada, no sabían si era correcto hablar de lo ocurrido, en especial porque eran asuntos del ministerio.
—Dayra y Matt tienen que estar en la cama.
—Obedezcan. —No tuvieron otra opción más que subir, pero Mary se aseguró de que estuvieran dormidos antes de volver a bajar.
—¿Qué sucedió?
—Hubo otro ataque, esta vez en el Callejón Diagon.
—Tuvimos la fortuna de que no había gente, por eso vimos la oportunidad de capturar, pero algunos de ellos...
—Tiraban a matar.
—¿Qué dice Harry de esto?
—Está preocupado. No son mortifagos, hay algo diferente en ellos.
—Creemos que es algo personal. Lo que voy a decir es confidencial. —Intercambió una mirada con su novio; él asintió—. Es posible que me busquen a mí.
—¿Qué te hace pensar eso?
—En todos los ataques, Andy estuvo presente. Ya usaron a su hermana como señuelo y ahora fui yo.
—¿Por qué?
—Es mi novio, mamá.
—No voy a permitir que nada le pase —declaró Alex entrelazando su mano con la de ella.
—Y ni yo a ustedes, en especial a Dayra.
—Ya platicaremos de esto después. Vayamos a descansar.
—Sería mejor que te quedaras por esta noche, Alexander.
—No creo que sea correcto. —Hizo una mueca de dolor.
—Papá, ¿puedes prestarle algo de ropa? —Mary convocó con su varita algunas prendas y se las dio al chico.
Los padres de Andrea estuvieron unos minutos más en la sala hasta que decidieron subir a descansar un poco, sin percatarse de que los habían escuchado. El ataque reciente en el callejón Diagon impidieron que la chica durmiera, a pesar de sentirse cansada. Se rindió después de dar vueltas en la cama; con cuidado salió de su habitación para ir a la de a lado, donde se encontraba su novio. Sin hacer mucho ruido, se recostó tratando de no despertarlo.
—¿Qué haces aquí? —susurró adormilado.
—Lo siento, no pretendía despertarte.
—Descuida, ¿Pasa algo? —preguntó incorporándose y encendiendo la luz de la mesita de noche.
—No puedo dormir, además quería saber cómo estás.
—Estoy bien. Tú mamá es muy buena sanadora.
—Pudo haberlo sido, si no se hubiera dedicado a diseñar.
—Estás preocupada ¿verdad?
—Demasiado.
—Lo resolveremos. —La castaña no pudo evitarlo, se acercó a él mientras que la estrechaba en sus brazos, para darle la protección que necesitaba. Mientras tanto, en la habitación de enfrente, Matt trataba de tranquilizar a su amiga.
—Despertaras a todos.
—Matt, mi hermana está en peligro.
—Lo oí, pero lo menos que podemos hacer es evitar meternos en problemas.
—¿Y rogar a Merlín? —preguntó no muy convencida.
—Confiar en los aurores.
Aunque no le agradaba mucho la idea, Matt tenía razón; pero si tuviera la oportunidad de ayudar a su hermana, lo haría. No estaba dispuesta a perderla, no después de la última vez que estuvo en el hospital por culpa de magos oscuros. Alexander se pudo recuperar pronto; pasó una noche en la casa de los Green antes de regresar a la suya, y estar más activo en el cuartel de Aurores para buscar con los demás una solución. Debían atrapar a los responsables de los ataques y descartar un posible resurgimiento del Señor Oscuro. Las últimas semanas, a pesar de esa extraña tranquilidad, la casa de los Green se encontró más reforzada con hechizos de protección; los miembros de la Orden del Fénix estuvieron alerta por si se necesitaba intervenir. Dayra y Matt acordaron no meter sus narices en asuntos del ministerio, aunque cierta información les seguía inquietando, lo único que restaba era confiar que todo saldría bien.
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