Capítulo 4
Era momento de regresar al colegio; Matt acudió a la casa de los Green para ir juntos a la estación. El viaje hasta King's Cross fue tranquilo; llegaron con media hora de antelación. Consiguieron un carrito para poder descargar los baúles, y con discreción, atravesaron la barrera. Se abrieron paso por el tren; la mayoría de los compartimentos estaban llenos, pero encontraron un vagón en medio que estaba vacío. Subieron los baúles, pusieron en la rejilla portaequipajes a Kirlly, y volvieron a salir para despedirse. La señora Green besó a su hija y luego a Matt.
—Pórtense bien.
—Sí, mamá, lo haré.
—Qué tengan un buen curso.
—Prométeme que no te meterás en problemas —susurró Andrea cuando abrazó a su hermana.
—¿Quieres que sea una buena niña?
—No, no espero eso, pero sabes a lo que me refiero.
—Lo sé.
—Cuídate. ¿Lo harás?
—Tú también, por favor.
Se oyó un potente silbido; Dayra y Matt subieron, los guardias pasaron para cerrar las puertas del tren. Éste había comenzado a moverse, se asomaron por la ventanilla y dijeron adiós con la mano hasta que el tren dobló una curva y se perdieron de vista.
—Los extrañé. —Fue lo primero que dijo Charlize al verlos.
—Nosotros igual.
—¿Qué tal las vacaciones? —Mientras hablaba, Dayra enredó la mano en la correa de la cesta de su perro.
—Bien. ¿Qué tal le fue a tu hermana con Kirlly?
—Lo que esperaba, estuvo castigada —contestó con una leve sonrisa. El perro saltó de la cesta; se desperezó y bostezo, luego subió de un brinco a las rodillas de la pelinegra.
El expreso siguió su curso hacia el norte mientras charlaban de cosas tan triviales; poco a poco el cielo se fue oscureciendo, Kirlly ya se había instalado en un asiento vacío. Todo estaba normal hasta que apareció Randal.
—¿Qué tenemos aquí? A los perdedores.
—Vete a fastidiar a otro lado —espetó Dayra levantándose de su asiento.
—Me das lástima.
—Dame un motivo. —Matt también estaba de pie, listo para lanzar el primer golpe.
—Dudo mucho que esta vez, tu hermana se libre.
Matt estaba dispuesto a partirle la cara a Randal, pero fue detenido por sus amigas. Forcejeó con ellas para librarse, y lo hubiera logrado si no hubiera sido porque Kirlly se lanzó al chico para morderlo y obligándolo a salir del vagón. Los chicos felicitaron al perro; apenas hablaron durante el resto del viaje hasta que, finalmente, el tren se detuvo en la estación de Hogsmeade. Se formó un barullo para salir; sólo se escuchaban las lechuzas ulular, el maullido de gatos y el ladrido del perro blanco de Dayra.
—¡Por aquí los de primer curso! —gritó una voz familiar. Hagrid se encontraba en el otro extremo del andén, indicando por señas a los nuevos estudiantes.
Ellos siguieron al resto de los alumnos; salieron por un camino embarrado y desigual, donde aguardaban a los demás. La selección de los alumnos inició y después del tradicional discurso de la directora, en donde anunció que estaban prohibidos los objetos de Sortilegios Weasley, por fin comenzó el banquete.
Los primeros meses pasaron tranquilamente; las clases comenzaron a tornarse difíciles y una semana antes del banquete de Halloween, Charlize y Dayra se encontraban repasando sus deberes de Transformaciones, hasta que las interrumpió tanto ruido.
—¿Qué pasa?
—Hay visita a Hogsmeade —respondió Matt sin levantar la vista de su libro.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque vi el anuncio en la mañana.
—No vendría nada mal salir —mencionó Dayra, cuando una hermosa lechuza marrón se posó encima de sus libros—. Hola, Hermes. —Acarició al animal ofreciéndole un pedazo de tostada.
Estaré los próximos días en el pueblo; mándame la fecha de cuándo tendrás visita. Envíame la respuesta inmediatamente con Hermes.
Andy.
—Es el próximo fin de semana, el treinta y uno, justo en Halloween.
—Gracias, Mattie.
—¿Estás segura de sí es tu hermana? —preguntó Charlize recelosa.
—Si.
Unos días antes de que fuera la visita al pueblo, la chica recibió la respuesta de su hermana: Nos vemos en la entrada del pueblo. NO TE MUEVAS DE AHÍ HASTA QUE YO LLEGUE. Aquel sábado, Dayra se despertó temprano, pero decidió quedarse un rato más en cama; en su sala común se sentía el frío invernal. Se puso a leer hasta que varias de sus compañeras comenzaron a levantarse. Disfrutó las llamas verdes y esperó a que sus dos mejores amigos bajaran para poder ir a desayunar juntos e ir al pueblo. Andrea ya los esperaba en la entrada del pueblo de Hogsmeade.
—Hola, chicos.
—Te dije que sí era ella.
—No está de más ser cautos.
—¿De qué hablan? —preguntó Andrea.
—Teníamos nuestras dudas —respondió Charlize—. Ya sabes, por lo de la última vez.
—Qué bueno que se mantengan en alerta.
Fueron a las tres escobas y se refugiaron del frío viento que comenzó a soplar. Encontraron una mesa hasta el fondo e inmediatamente pidieron unas cuantas cervezas de mantequilla.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Dayra—. ¿Estás de guardia?
—No, no necesariamente.
—¿Entonces?
—¿Qué tal la escuela?
—Lo normal —respondió Matt antes de darle un sorbo a su bebida.
Estuvieron un rato más hasta que quisieron salir a dar otra vuelta. Entraron en la tienda de golosinas de Honeydukes, llenándose los bolsillos de todo tipo de caramelos.
—Te pasa algo. —Acusó Dayra a su hermana mientras veía un nuevo sabor de dulce.
—¿Cómo qué?
—Tú dímelo.
—¿Por qué no se adelantan? —preguntó Andrea cuando tenían las intenciones de ir a Zonko, después de haber salido de la tienda de golosinas—. Los alcanzamos en unos minutos. —Tomó del brazo a su hermana y la llevó a otro sitio.
—¿Para qué venimos aquí?
—¿No puedo dar un paseo con mi hermana?
—No, al menos que me tengas que decir algo.
—Es verdad, hay un motivo.
—¿Y cuál es?
—Varios de mis compañeros y yo seguimos una pista. —Comenzó a explicar—. Me voy de misión. —Soltó de pronto. Eso tomó por desprevenida a Dayra.
—¿Cuánto tiempo?
—Lo más probable es que me pierda Navidad.
—¡No me puedes hacer esto!
—Lo lamento, pero es trabajo.
—A la mierda con eso. Pretendes encontrar al maldito que te está buscando.
—¿Cómo sabes eso?
—Te oí aquella vez en el hospital. ¿Cuándo planeabas decírmelo? ¿Cuándo te mataran?
—Así no funcionan las cosas.
—Entonces… ¿cómo?
Una estruendosa explosión interrumpió la conversación; Andrea sacó su varita al igual que Dayra. Regresaron al pueblo, pero se vieron acorraladas por varios hombres. Empezaron a pelar lanzando chorros de luz y acabando con algunos de ellos. Sin ninguna defensa de por medio, alguien las aturdió. La chica no tenía certeza de lo que sucedía; entre abrió sus ojos, seguía en Hogmeade. Sintió unas manos que registraron su túnica y quitándole la varita, pero de nuevo se vio envuelta en la oscuridad.
—¿Estás bien?
—¿Dónde estamos?
—No lo sé. —Andrea se concentró en el lugar, en buscar una salida. Distinguió sonidos por detrás de la puerta.
—Esa voz.
—¿Qué voz?
—La que se escucha. —Guardó silencio unos instantes—. Se parece a la de Connor.
—¿Quién?
—Un compañero de Hogwarts.
—¿Lo habrán capturado?
Dos hombres abrieron la puerta. Uno de ellos se abalanzó sobre Dayra, pero Andrea no lo permitió; lanzó un par de golpes antes de que otro hombre la sostuviera por la espalda. Las condujeron a una habitación, donde había muebles en un muy mal estado y una chimenea con rastros de cenizas.
—¿Te gusta mi casa? —preguntó una voz masculina.
—Connor.
—Sigues igual de hermosa. —Un hombre salió de la penumbra. El cabello rubio lo tenía largo y algunas cicatrices cruzaban su rostro. A pesar de todo eso, seguía siendo atractivo.
—No imaginé que fueras capaz de esto.
—Las cosas cambian, cariño. Además, esto no hubiera pasado si tú no me hubieras rechazado —mencionó mientras acariciaba su rostro.
—Siempre tan imbécil.
—Cuida tu vocabulario o tendré que castigarte.
—Quiero ver que lo hagas.
—No me tientes. —La sonrisa que tenía se borró. Hizo una seña a uno de sus hombres; ellos tomaron a Dayra por los brazos—. Ya saben qué hacer.
—¡No! ¡Ella, no! —Forcejeó con sus opresores—. Déjala ir.
—Tu hermana es hermosa.
—¡Aléjate de ella! —gritó Andrea tratando de zafarse.
—Llévensela. —Los hombres que tenían sujeto a Dayra salieron por una puerta.
Cada uno la llevaba sujeta por un brazo; quiso liberarse dando pisotones o golpes, pero nada funcionó. Tenía miedo. La dejaron en un cuarto pequeño, sin luz ni nada, sólo había un colchón mugriento. La aventaron al piso y sellaron la puerta con magia. Dayra abrazó sus piernas y comenzó a sollozar, respiraba agitadamente. Mientras tanto, un par de hombres tomaron a Green con brusquedad, le retiraron la túnica, la blusa quedó rasgada para dejar al descubierto su espalda. La acercaron a uno de los muros y un par de cadenas salieron mágicamente y tomaron sus muñecas.
—No me doblegaré.
—Eso crees —respondió Connor con una sonrisa—. ¿Sabes contar? —Escuchó que algo rasgaba el aire, luego sintió un dolor en la espalda. Ella apretó los dientes; ahogó los gritos en su garganta.
—No conseguirás nada.
—No fui capaz de olvidarte. —Acarició sus mejillas con lentitud, con cariño, como si las circunstancias fueran diferentes. Se acercó más a ella, tomó su cabello entre sus manos—. Hueles delicioso. Cítricos, ¿no es así?
—¿Qué quieres?
—A ti. —No le gustó la manera en cómo la veía; un deseo salvaje que se extendió. Las manos de él acariciaron su espalda desnuda, bajaron con suavidad hasta la cintura—. Debo admitir que el quidditch te ayudó mucho.
—Connor, por favor. —Tocó sus glúteos por encima de la ropa; no se detuvo al explorar el cuerpo de la bruja. Besó los cortes en su espalda, los hombros, su cuello.
Sintió un latigazo, no reprimió los gritos, tampoco los contó ni mucho menos sabía hasta cuando la dejarían. Las muñecas comenzaban a lastimarse por la fuerza que ejercía para tratar de mitigar el dolor. Minutos u horas, alguien la soltó y la llevó hasta una habitación.
—Andy, ¿qué te hicieron? —Dayra vio la mancha roja extendiéndose por la blusa.
—Hay… Tenemos… tenemos que salir. —Quiso ponerse de pie, pero su estado era muy malo.
—Te azotaron.
El sonido de la puerta abriéndose puso en alerta a Dayra; estaba dispuesta a hacer lo que fuera, sin embargo, sólo fue alguien que les dejó un balde de agua. Rompió un trozo de su túnica y lo remojo en él.
—Te limpiaré las heridas. —Apenas rozó la tela, Andrea siseo de dolor.
—Lo siento. —Al pronunciar eso, se desmayó.
Perdieron la noción del tiempo, no sabían cuántos días llevaban encerradas. Los cortes en la espalda de Andrea no dejaron de sangrar y el dolor era insoportable para la bruja.
—Estás ardiendo de fiebre.
—Estoy bien. Hay que buscar el modo de salir de aquí.
Un hombre entró en la habitación; llevaba algunas cosas en las manos, Dayra se interpuso en el camino del desconocido, buscó en su mente una forma de protegerla. Aunque llevara la desventaja, estaba dispuesta a todo.
—Vengo a sanarla.
—¿Quién es? —preguntó Andrea; su voz sonaba ronca y desgarrada.
—No hagas esfuerzos. —Unas manos se deslizaron debajo de su cabeza, levantándola ligeramente; sintió algo contra su boca—. Bébete esto.
—¿Qué es eso?
—Agua. —Era limpia y fresca con un sabor dulce. Tragó con desesperación—. Poco a poco o vomitaras. —Tomó otro trago; sintió los labios resecos y agrietados. La chica no lograba sentir nada del cuello para abajo—. Ahora, bebe esto. Es poción matadolores; te adormecerá.
La poción hizo efecto de inmediato; ella se quedó dormida. Dayra no pudo evitar ayudar al desconocido, apartó la mugrienta cobija y se sentó al lado del colchón. El hombre tomó un cuenco, embarró de un mejunje espeso y verde las heridas abiertas, la curación provocó escozor ardiente y doloroso. Agitó su varita para aparecer unas vendas que se plegaron con una suave presión alrededor del torso hasta los hombros.
—Es todo lo que puedo hacer.
—Sigue teniendo fiebre —repuso la chica con una mueca. Él sacó un pañuelo limpio y lo remojó en el agua para ponérselo en la frente. Luego salió, no sin antes dejarles un balde de agua limpia.
Dayra cuidó a su hermana con esmero; a pesar de las curaciones, todavía se encontraba en un mal estado. La fiebre comenzó a causar estragos, produjo cierto delirio. Rogaba a Merlín de que alguien acudiera a salvarlas, tenía la esperanza de salir con vida de ese lugar. No supieron cuánto tiempo pasó, apenas veían un insignificante rayo de luz que se colaba por la ventana, pero la persistencia de Connor por obtener lo que quería se agotaba.
—¿Me darás lo que quiero?
—Puedes olvidarte de eso
—Creo que no comprendes. Parece que necesitas más persuasión.
Los secuaces de Connor la tomaron por los brazos; a pesar de sentirse débil, puso resistencia, pero no la suficiente como para impedir que se la llevaran. De nuevo, las gruesas cadenas de hierro surgieron como serpientes desde la pared detrás de él, disparándose en su dirección para aferrarse a las muñecas y tobillos. Andrea pensó en maldecir a su agresor, pero antes de que las palabras salieran de sus labios, una mordaza se le enroscó en la boca. Dio un grito ahogado cuando sintió una aguda y ardiente sensación, como la hoja de una daga; notó que su ropa y las vendas cayeron al suelo. Giró con dificultad, su mejilla se estaba raspando contra la rugosa piedra. Hubo un silbido y un crujido... el primer latigazo. Cerró los ojos y apretó los dientes; abrió las manos para aferrarse a la pared. Una vez, dos, tres, una docena, dos más, una y otra vez.
—¿Mencioné que estarás aquí sin agua y comida?
Andrea soportó los dos días impuestos por Connor; de haber estado uno extra hubiera muerto. El castigo se estaba convirtiendo en una rutina; ella se negaba a cooperar, era azotada. Cada vez era peor; iban agregando horas de duros latigazos, de días sin beber ni comer y desangrándose. La última vez, Reed se encargó personalmente de azotarla; perdió la noción del tiempo cuando ordenó que la llevaran. Disfrutó el momento, de aquel charco de sangre que estaba debajo de ella.
—¡Mierda, Andrea! —exclamó Dayra al ver su estado—. Esto está mal.
—Da… rrra.
—Hay más sangre.
—Esss… toy… bi… en.
—¿No puede darle más poción?
—No, es peligroso.
—¿Entonces?
—Sólo puedo limpiarle los cortes —respondió el mago encargado de mantenerlas vivas—. Dolerá menos que los mismos latigazos.
La castaña apretó los dientes; estaba muy mal, por lo que terminó desmayándose mientras le curaban sus heridas. Cuando despertó de nuevo, fue para ser consciente de más cosas, pero también para sentir más dolor. Sentía arder su espalda, intentó darse la vuelta y estar más cómoda; los músculos y articulaciones soltaron un aullido de agonía.
—Tienes que comer.
—No tengo hambre —respondió Andrea en los pocos lapsos de conciencia.
—Lo necesitas.
—No quiero.
—Tardarás en recuperar tus fuerzas.
El tiempo transcurrió sin tener la menor idea de lo que pasaba afuera. Andrea apenas comía algo y sus cortes todavía estaban abiertos. Buscaron una salida, un escape de aquel encierro. Fue cuando Connor hizo acto de presencia uno de esos días.
—¿Qué quieres?
—Ya te dije.
—No entiendo.
—Pensé que eras inteligente —repuso con una sonrisa burlona—. Tener el mundo entero a mis pies.
—¿Y qué tengo que ver yo en esto?
—El ataque en Azkaban fue un fracaso, pero sabía que estarías ahí. Los ineptos de mis hombres no pudieron con una sencilla misión. Es cierto que también quería colarme en el Ministerio; necesitaba verte.
—Siempre fui tu objetivo.
—Los aurores no son tan estúpidos, así que me vi obligado a usar otro método. Tengo que admitir que ya sabía de tu adorada hermanita, fue por eso que la use de cebo.
—Vete a la mierda.
—No has aprendido la lección. —Tronó los dedos; sus hombres aparecieron y tomaron a Dayra—. Veamos si con el daño a ella, cooperas.
—¡¡No!!¡Ella, no! —Antes de que lograra reaccionar, ya se habían ido mientras que daba gritos y golpes a la puerta—. ¡Dayra! ¡Dayra!
—No deseaba hacerte daño. —Ambos estuvieron solos en una habitación—, pero tu hermana no me da opción.
—Eres un cobarde.
—¡Crucio! —Se dobló de dolor, sentía como si miles de navajas atravesaran su cuerpo. Deseo gritar, pero su orgullo se lo impedía; no le iba a dar la satisfacción a su captor—. Ustedes sí que son duras.
—No tendrás lo que quieres.
—Ya veremos. —Llamó a uno de sus hombres—. Puedes divertirte. —Sonrió con malicia; se acercó a la débil chica. Se arrodilló ante su cuerpo tembloroso y acarició cada parte de su rostro; poco a poco sus manos bajaron con lentitud a su cuerpo.
—¡Suéltame! —gritó Dayra con repugnancia.
—Eres hermosa —dijo con una voz melosa—, pero… sé divertirme de otra manera.
Se relamió los labios, sacó su varita y la acarició suavemente. Tenía un brillo en los ojos; un triunfo reflejándose en ellos. Hizo aparecer una luz que, al tocarla, comenzó a sentir un dolor incapaz de controlar; era diferente al de la maldición torturadora. Dayra se retorcía en el piso; llena de pesadillas y convirtiendo el miedo en la mayor fortaleza de la maldición. El primer recuerdo apareció: Andrea recibiendo un hechizo en su lugar y sin vida.
—¡¡Nooo!!
—Tus peores miedos se reflejan en la mente.
La misma pesadilla una y otra vez; su hermana, sus padres, todos y cada uno de ellos, sufriendo el peor de los castigos. Heridas aparecieron mientras más avanzaba la maldición; se encontraba más débil y su mente estaba a punto de estallar. Volvió a gritar; el hombre reía a carcajadas. Tenía la cara llena de heridas, al igual que las manos y brazos. Su agresor sonreía de oreja a oreja; esperó el momento en que comenzara a suplicar.
—¡Por favor! —lloraba—. ¡Por favor! ¡Deténgase!
—No eres tan valiente ahora, ¿verdad? —Otro grito estremecedor.
—¡¡Dayra!!
Siguió aullando de dolor; el sonido de los gritos recorría a Andrea como un dolor físico. Con torpeza, dio vueltas por la celda buscando una salida. Los lamentos de su hermana resonaban con más volumen.
—¡¡Por favor!!
—Suficiente. —Detuvo Connor con aburrimiento—. Llévensela de aquí.
Andrea dejó de escuchar; distinguió su propia respiración agitada, junto con los latidos de su corazón que latía con violencia. El miedo se apoderó de ella; no quería pensar en lo peor. No soportaba la incertidumbre.
[***]
Matt estaba inquieto; no paró de dar vueltas por la sala común. Sus pensamientos se mantenían en la desaparición de su mejor amiga. No pudo olvidar el momento del ataque, de cómo Charlize y él salieron a buscarla entre todo el caos, sólo para ver cómo dos hombres se las llevaban. Se dejó caer en el sillón negro enfrente de las llamas verdes que emitía la chimenea.
—¡Maldición!
—¿Qué te pasa?
—Odio estar aquí sin poder hacer nada.
—Lo sé. —Charlize tomó asiento a un lado de él —. Tengo miedo.
—Ellas están bien —dijo con seguridad.
—No me digan que siguen pensando en su amiguita.
—Lárgate de aquí. —Ninguno de los dos tenían ganas de soportar a su compañero.
—Es cierto, no tengo que hablar con ustedes. —Randal fue directo a la salida —. Dudo mucho que sobrevivan a la tortura. —Ambos se miraron; ataron los cabos sueltos en su cabeza y llegaron a la conclusión de que él sabía algo.
Randal no demoró en la comida; salió del Gran comedor sin el grupo de sus amigotes rumbo a la sala común. Sus pasos retumbaron en el frío pasillo hasta que sintió un empujón que lo hizo estrellarse contra la pared.
—¿Qué...?
—¿Dónde están?
—¿Qué te pasa, Rice? —Espetó molesto, pero Matt tenía uno de sus brazos sobre el cuello del chico.
—No lo repetiré.
—¡Suéltame!
—¡Matt! —Charlize iba corriendo a donde se encontraban—. Te meterás en problemas. —Trató de separarlo.
—Será tu fin. —Espetó Randal sin aliento; su compañero sonrió con malicia mientras sacaba su varita.
—He aprendido varios trucos. —Lo paralizó, después realizó a su alrededor, una especie de campo silencioso.
—¿Qué vas a hacer? —susurró su amiga asustada. Él la ignoró; se quitó su túnica, seguido del chaleco que tenía puesto, sólo quedando en camisa. Luego la desabrochó para mostrar su torso desnudo.
—¿Ves esto? —preguntó enseñando sus brazos musculosos—. Es el resultado de horas y horas de entrenamiento. De trabajar arduamente, algo que no conoces. ¿Quieres conocer en verdad el dolor?
Tomó uno de los dedos de la mano de Randal y lo apretó cerca de la uña con fuerza; lentamente comenzó a tornarse morado e inflamarse. Sonrió con satisfacción al ver cómo sus ojos se llenaban de agua. No fue suficiente; tomó otro dedo y lo dobló por completo. Se escuchó un chasquido; estaba roto. Agitó la varita para que pudiera hablar.
—¿Dónde están? —Apuntó a la cara mientras grababa en ella: cobarde—. ¿Dónde están?
—Matt...
—¿Quieres que siga?
—No sé. —Chilló—. Sé que están al oeste del centro de Londres.
—¿Quién está detrás de esto? —preguntó Charlize entre asustada y sorprendida, pero ella también necesitaba saber dónde estaba su amiga.
—No… no… no sé, mi padre mencionó a un tal Connor.
—No olvidarás esto. —Matt agitó la varita una vez más y lo dejó inconsciente.
—¿Qué vamos a hacer?
—Mandar un patronus.
—¿Sabes cómo? —preguntó la chica—. Oh Matt, te meterás en problemas.
—No te preocupes. —Se quedó un rato en silencio, hasta que de la punta de su varita surgió una neblina; adoptó la forma de un águila. Se acercó a ella y le susurró unas palabras. Luego voló.
Un mes pasó desde la desaparición de las hermanas Green. Alexander se dejó caer en la silla detrás de su escritorio; el departamento de aurores estaba en su búsqueda. Revisó los informes sin encontrar nada; no tenía la certeza de quien pudiera estar detrás o en donde se encontraba su novia, se sentía culpable y frustrado. Se frotó los ojos, dejándose llevar por los recuerdos.
—¿Sigues sin negarte a salir?
—Necesito estar aquí.
—Has revisado incansablemente esos papeles.
—Debo encontrarla.
—Y lo vamos a hacer. —Ron esbozó una pequeña sonrisa—. Sé lo que se siente, pero debemos ser objetivos. Pensar con la cabeza fría.
—¿Cómo lo lograron? —preguntó Alexander—. Digo, fue una gran hazaña lo de la segunda guerra y...
—Ni siquiera yo mismo sé, sólo luché para mantener a salvo a mi familia.
—No quiero perderla —susurró, el pelirrojo se acercó a él, puso una mano en su hombro y habló con confianza.
—Las encontraremos.
—¡Ron! —Escucharon un grito que provenía de la oficina del Jefe de aurores.
—¿Qué pasa, Harry? —Se quedó sorprendido al ver cómo apareció un águila; abrió el pico para hablar—. Están al oeste del centro de Londres. Posible autor: Connor.
—Ese bastardo. —Alexander cerró los puños.
—¿Mason?
—Connor… estudió conmigo.
—¿Estás seguro que es el mismo?
—Es el único que conozco, además amenazó con vengarse de Andrea.
—Entonces es personal.
—Sí, o eso creo.
—Debemos averiguar en qué parte del norte está. Planear cómo actuar.
—Voy ahora mismo. —El chico estuvo a punto de salir del despacho, pero fue detenido por su jefe.
—Detente, Alexander.
—¡Es mi novia! —gritó con furia—. No voy a permitir que nada malo le pase.
—¡Mason!
—¡Despídeme, entonces! —Harry lo observó; admiraba su coraje y estaba seguro que en su lugar haría lo mismo si Ginny estuviera en peligro, si sus hijos corrieran riesgo.
—Entiendo lo que sientes, pero no podemos ser impulsivos y actuar sin saber a qué y con quién nos enfrentamos. —Hizo una pausa—. Quiero a todos en la sala de reuniones.
—Estamos perdiendo tiempo…
—Si no quieres que te quite tu varita… sí, puedo hacer eso —dijo Harry al ver el gesto de su auror—, entonces obedecerás.
Sus miradas tenían un duelo silencioso, sin embargo, Alexander a regañadientes hizo caso. Debían pensar en un plan y actuar. Hizo aparecer su patronus; la forma de un san bernardo se materializó, susurró un mensaje y luego, se dividió en tres perros, cada uno tomando diferente dirección. En la sala de reuniones estaba todo el personal disponible; recibieron el llamado urgente de la junta. El rumor de que Green fue hallada se esparció rápidamente.
—Los reuní para preparar el rescate de la señorita Green. —El azabache extendió un mapa de Londres—. Según la información que nos llegó, está al oeste. Nuestras fuentes nos indican que el responsable es Connor Reed. —Hubo varios murmullos.
—Al oeste hay muchos sitios. Será mucho terreno que abarcar.
—No necesariamente —habló Mariana; ella recibió el patronus de Alexander. Quiso ayudar lo más posible—. Pueden revisar los registros de las propiedades de la familia Reed, quizás una coincida.
—Es buena idea. —Ron convocó con su varita lo que necesitaba, no tenían tiempo que perder. Comenzó a revisar—. Hay algo. Una casa en Windsor, cerca del río Támesis. —Miró al resto, el mapa marcó el sitio en donde estaba.
—Bien. Mason, te dejaré a cargo. Quiero que lleves a un escuadrón.
—Gracias —susurró, luego miró a cada uno de los presentes.
—Avísame quienes irán, mientras mantendré al tanto al ministro. —Harry y Ron salieron, los susurros fueron aumentando.
—Voy contigo —dijo alguien; Kissy estaba recargada en el marco de la puerta, jugueteaba con su varita y con un aire despreocupado.
—Weasley, Anders, Turner, Williams, Thamer, Douglas, Heather, Thompson, Salvain y Malfoy. El resto manténganse aquí en caso de que tengamos que necesitar refuerzos.
Mauricio Salvain y Galilea Malfoy también recibieron el patronus de Alexander; se enteraron de la desaparición de Andrea, por lo que quisieron ayudar en la búsqueda de su amiga. Los elegidos para la misión comenzaron a idear estrategias, al igual que esperaban la orden para salir. Cuando estuvieron listos, cada uno salió de la sala.
—Lamento que no vayas —dijo Alexander.
—No te preocupes, lo entiendo —respondió Mariana—. Sé que no es posible, no soy auror, pero mantenme informada, por favor.
—Lo haré.
—Sí es necesario, iré como refuerzo.
—La traeremos de vuelta.
[***]
Rendirse no era una opción; quiso esperar a que alguien acudiera en su ayuda, pero el hecho de pensar que le harían daño a su hermana, no lo soportaba. Andrea dejó de escuchar los gritos, por lo que existían dos posibilidades: la primera era que estaba en una celda diferente, y la segunda, estaba muerta. Su mente se aferró a la primera opción. Deseaba dormir; la espalda la sentía arder en llamas y los músculos agarrotados. Parte de su dolor físico estaba siendo sustituido por el miedo; era probable que en cualquier momento se dejara atrapar por las sombras de la inconsciencia. Los cortes volvieron a sangrar y la fiebre regresó.
—¿Dónde está ella? —preguntó cuándo el hombre entró a su celda—. ¿Qué le hicieron?
—Está viva, si te preocupa.
—Dile que quiero hablar.
—Me ordenaron…
—Por favor.
Esperó un largo rato hasta que dos hombres aparecieron por la puerta de la celda, para llevarla enfrente de Connor; él esbozó una sonrisa triunfante. La amarró con cadenas; la hacían elevarse un par de centímetros del suelo. Sus manos sangraban, la sustancia rojiza se derramó en los brazos hasta los hombros, y la cabeza la tenía agachada.
—Andy —susurró con miedo, cuando llevaron a Dayra.
—Se rindió.
—¡Eso no es cierto!
—Lo es.
—No. —Estaba al borde de derrumbarse.
—Déjala ir, y… —Tragó saliva—. Y haré lo que me pidas.
—Así te quería ver, suplicando. Tenerte a mis pies.
—Por favor, Connor. Déjala ir.
—Tienes mi palabra, la dejaré ir… —Hizo una pausa—. Después de ver algunas cosas. —El mago se acercó a ella, acarició su rostro con el dorso de la mano; su cuerpo comenzó a temblar de miedo—. Quiero que seas mía. —Connor sonrió con demencia, lamió su mejilla con la lengua—. Tranquila, disfruta.
Andrea no paró de temblar al saber las intenciones que tenía él; vio con ojos llorosos a su hermana y masculló una disculpa. Sentía que su mundo comenzaba a derrumbarse; quiso sucumbir a un desmayo para no contemplar aquello. Connor se apretujó todo lo que pudo contra su cuerpo. La castaña se rindió a su suerte, cerró los ojos para no tener que contemplar eso; el mago desgarró la túnica de una manera brusca y tosca, y dejó al descubierto sus senos. Acercó sus labios a ellos y los besó, rozándolos de una forma asquerosa. Dayra giró el rostro para no presenciar lo irreparable; dejó escapar los sollozos y permitió resbalar las lágrimas por aquel sufrimiento que recorrió sus entrañas. Siguió besándola, sus labios saboreaban el cuello, mordisqueando la piel, sentía como sus propios labios eran inspeccionados por otros y que nunca desearía.
—Eres preciosa. —Oír aquellos gemidos mientras Connor la besaba, le daba náuseas.
Se obligó a no pensar; la imagen de Alexander besándola dulcemente, tratándola con ternura inundó su alma, deseaba que él estuviera con ella. Pudo sentir el miembro de Connor pegado a su cuerpo, extasiado de un placer demente. Era el final para ella, pero una explosión resonó en la casa; para cuando el mago quiso levantar la cabeza, ya era demasiado tarde: alguien le propinó un puñetazo en la nariz.
—¡Aléjate de ella!
—Alex.
—Tranquila, aquí estoy.
—Mi hermana…
—Mauricio ya la sacó de aquí. —La tomó del brazo, pero Connor les bloqueó la salida. Alexander se posicionó frente de la chica para protegerla. Un hechizo logró penetrar el escudo que realizó; ambos cayeron al suelo.
—Si no te tengo, tampoco él —susurró Connor cuando tomó por la espalda a la chica. —¿Tienen frío?
Un sonido crepitante y humeante le advirtió; llamas de un tamaño anormal los estaban persiguiendo, lamiendo los laterales de la casa que se estaban desmenuzando y convertidos en hollín ante su contacto. Los aurores salieron mientras que el fuego los perseguía, mutando, formando una manada gigante de bestias ardientes: serpientes llameantes, quimeras y dragones se elevaban y caían, y se elevaban de nuevo. Los ardientes monstruos estaban rodeando a los hombres de Alexander, moviendo garras, cuernos y colas; el calor a su alrededor era tan sólido como una pared.
—¡Salgan, salgan! —bramó Alex, aunque a través del humo negro era imposible ver dónde estaba la puerta. Rastreó la tormenta de fuego que había debajo; buscó un signo de vida, una extremidad o una cara que todavía no estuviese carbonizada como la madera—. ¡Andrea! —gritó—. ¡Andrea! ¡Salgan!
A su alrededor, los últimos objetos sin quemar por las llamas devoradoras fueron lanzados al aire. Logró ver a través del humo una mancha rectangular en la pared y se dirigió hacia ella. Momentos después el aire limpio le llenó los pulmones, jadeando, tosiendo y con arcadas.
—¿Y Andrea? —preguntó Kissy, su rostro estaba manchado de hollín.
—No lo sé. —En ambos rostros se reflejó el miedo. Regresó a buscarla, apenas logró llegar a la puerta cuando un gran número de enormes explosiones sacudió la casa. La onda expansiva lo lanzó por los aires; quedó aturdido y el sonido se apagó.
—¡¡Andrea!! —gritó Dayra corriendo a la casa. Los brazos de alguien la detuvieron a tiempo.
—No, espera.
—Ella estaba ahí.
—Es tarde. —Mauricio fue quien la detuvo; observaron como la casa quedó hecha ceniza.
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