Capítulo 6

En colaboración con Arturo Santiago.





No podía creer que, en días pasados, terminó su primer año en Hogwarts; Andrea Green había ganado amigos y se sentía impaciente por comenzar el segundo curso, aunque no le agradaba mucho la idea de toparse de nuevo con esas chicas de la casa de Slytherin: Kissy y Lesma. Aun así, el aburrimiento en casa comenzó a hacer estragos en ella; apenas mandó un par de cartas desde que había llegado del colegio, pero eso cambió cuando los vecinos aparecieron. El número siete de la calle Narracott había estado deshabitado, lo que no explicaba la gente era el por qué siempre parecía que tuviera el aspecto de una casa fantasma, o que pareciera que estuviera habitada por vampiros. Lo que la niña no comprendía era la aparición de gente extraña de la noche a la mañana, porque desde que ella supiera, ese lugar no lo había ocupado nadie. Una noche, mientras se ponía su pijama, a través de la cortina pudo divisar a un pequeño que corría por el jardín delantero; eso lo tomó de forma indiferente y se fue a la cama. Infortunadamente las pesadillas seguían acechando la tranquilidad de sus sueños, después de tanto tiempo. Aquella noche, despertó sudorosa y gritando.

            —¡Dave! ¡No, Dave! —Las lágrimas corrían por su rostro y el cabello humedecido por el sudor, repentinamente la puerta de la habitación se abrió: era su papá.

            —¿Estás bien? —Robert Green la sujetó con fuerza mientras limpiaba las lágrimas del rostro de su pulga, como él la llamaba—. Tranquila pequeña, yo cuidaré de ti hasta que vuelvas a dormir. —Andrea se refugió en el pecho de su padre hasta que se quedó dormida.

            Santino era el apellido que escuchó al despertar, eran los nuevos vecinos que se acababan de mudar. Esa familia tenía un hijo de la edad de la pequeña Andrea, lo que despertó la curiosidad en ella, pues quería saber de quién se trataba. Conocerlo se había convertido prioridad; cuando jugaba en la sala de estar con su hermanita, no dejaba de mirar por la ventana a la espera de alguna señal. Presurosa terminaba sus alimentos para regresar a la vigilancia, de modo que pudiera descubrir aquel niño que le causaba intriga.

            —Amor, ¿has notado que Andrea no es la misma desde hace unos días? —preguntó la señora Green.

            —No mucho —respondió su marido distraído—. ¿Por qué? ¿Qué sucede? ¿Es algo malo? ¿Está todo bien?

            —Tranquilo, no es nada malo. Pero la siento un tanto... más alerta que de costumbre.

        Con el pasar del tiempo, Andrea no se dio por vencida, aunque estaba fastidiada por las cartas diarias de Gustav, y es que siempre había un recordatorio de que Ravenclaw fue la casa que se llevó la copa. Gryffindor debió ganar, ella y los demás lo sabían, pero por culpa de Weasley y Rookwood, no fue posible.

            —¿Qué tanto miras por la ventana? —Se sobresaltó al escuchar a su madre—. Las horas no se irán más rápido porque te entretengas por ahí.

            Era el sexto día de su vigilancia, no podía descubrir de quién se trataba las veloces sombras que vio a través de las cortinas del número siete. Esa misma tarde, mientras leía, divisó a un niño de piel blanca y cabello negro, asomado en la ventana del piso superior, se desilusionó cuando parpadeo y no estaba.

            —Pulga, ya está oscuro. No creo que puedas leer así. —Ambos estaban afuera—. Además, ya es la hora de ir a la cama. —Ya no ponía mucha atención, sino más bien estaba sumida en sus propios pensamientos. Miraba distraídamente al infinito; dio un pequeño respingo al regresar a la realidad—. ¿Pero en qué piensas niña? —Su padre se sentó al lado intentando descubrir hacia dónde miraba—. Últimamente te he visto algo distraída, no pones atención y no escuchas lo que decimos.

            —¿Por qué lo dices?

            —No has abierto las cartas de tus amigos, dime ¿todo bien? ¿Pasa algo?

    —Papá, las cartas son de Gustav, supongo —respondió alzando los hombros sin mucha importancia—. Bueno, en su mayoría deben de tener la misma leyenda: Querida Andy, aún no sé dónde nos iremos de vacaciones, pero lo que sí sé es que Ravenclaw ganó la copa de las casas. Así fueron las primeras dos —dijo de manera distraída. Su padre sacó un fajo de sobres y se los entregó.

            —Pequeña, Gustav no debe ser el único que has conocido o ¿me equivoco? Deberías por lo menos responderles…

            —¿Quiénes son los vecinos? —Lo interrumpió la niña quien seguía con la mirada perdida.

            —Eso no es... ¿Los del siete? ¿Por qué lo preguntas?

            —Es que hace días te escuché hablar con mamá, recuerdo el nombre de Santino.

            —Pues no sé mucho. Llegaron dos días después de que comenzaron las vacaciones.

            —Ajá…

            —Y tienen un pequeño de tu misma edad, pero no sale mucho. Creo que padece una enfermedad, fotofobia me parece.

            —¡Entonces no aluciné! —exclamó provocando que su padre se sobresaltara—. Hace un rato me pareció ver a un chico. Y hace días, bueno, más bien noches, mientras me ponía la pijama creí verlo —explicó—. Pero no parecía enfermo, jugaba en el jardín. .

            —¡Ay, pequeña! —Su padre había comenzado a reír—. ¿Por qué de pronto quieres saber de los vecinos?

            —¿No se te hace raro que de repente aparecieran? ¿Qué no se ha presentado o que un niño juegue en la oscuridad? Yo haré de todo para saber quienes son.

        —Eres demasiado curiosa. Creo que el sombrero seleccionador se equivocó al enviarte a Gryffindor, porque bien pudiste haber sido una curiosa águila. —Bromeó Robert Green mientras se levantaba y ayudaba a su hija, quien no pudo evitar poner los ojos en blanco por la broma y juntos entraron en la casa.


            Corría desesperada por la linde del bosque, evadiendo por poco los haces de luz que chocaban contra los árboles. Lo notó a lo lejos, corrió hacia allí intentando llegar para ayudar en la batalla. El camino se dificultaba por las raíces de los árboles, tropezó en varias ocasiones; gritaba, pero nadie la escuchaba, quería ayudar a Dave. Siguió corriendo lo más rápido posible, el terreno se volvió blando y cayó de bruces; ellos yacían en el suelo, sus ojos sin expresión y los cuerpos formando ángulos extraños. Le resultaba imposible creer que eran Mena, Gustav y los demás.

            —¡¡¡GUSTAV!!! ¡¡¡MENA!!! ¡¡¡KEISI!!! ¡¡¡ALEX!!! ¡¡¡DAVE!!! ¡¡¡NO... NOOO, DAVEEE!!!

        Volvió a la realidad, la pequeña estaba sudando y envuelta en las sábanas con un ardor en la garganta. Esperó para saber si despertó a alguien, pero nada. Se levantó mientras se calzaba sus pantuflas con forma de pandicornio y bajó a la cocina por un vaso con agua. Vio que afuera hacía una noche despejada y decidió dar un pequeño paseo antes de volver a la cama. Trató de no hacer ruido al girar el pestillo de la puerta, salió de puntillas al frescor de la madrugada; el viento soplaba alegremente y sintió cómo pasaba junto a ella, despejando su mente y haciendo que olvidara un poco la pesadilla que acababa de tener. De pronto, algo se movió del otro lado de la calle, frotó los ojos pensando que aún seguía bajo los efectos del mal sueño, sin embargo, juntó todo el valor que su corazón de león le permitió y emprendió la búsqueda de aquello que le provocaba curiosidad. Cruzó la calle y cuando estaba por llegar algo, o más bien dicho alguien, bajó sorpresivamente del árbol. Un niño más alto que ella, de piel blanca y con el cabello negro, alborotado por el salto y con unas gafas torcidas, detrás de las cuales, escondían unos ojos azules intenso. Se quedaron en silencio unos minutos, mirándose el uno al otro. Nadie dijo nada, quizás fuera porque ella estuviera atemorizada de lo que pudiera suceder o porque había quedado fascinada por la intensidad de sus ojos y esa sonrisa que él mostraba ampliamente.

            —Hola, Andrea Green —dijo sin dejar de sonreír—. Espera, no vayas a gritar. —Continuó al ver la expresión de miedo en la niña.

            —¿Quién eres tú? ¿Cómo es que sabes mi nombre? —preguntó ella con una voz entrecortada, tratando de mantener la calma—. ¿Qué haces tan tarde, fuera de tu cama? ¿No tienes casa o familia?

            —Oye calma, son demasiadas preguntas. —El niño la miró desconcertado, pero decidió contestar lo que pedía—. Mi nombre es Amshel Santino. Sé de ti porque llevas días mirando hacia mi casa, estoy fuera porque me agrada mucho la oscuridad y calma de la noche. Mi casa, como ya te mencioné, es esa —dijo señalando el lugar y con cierta tranquilidad—. Vivo con mis padres ¿Algo más? Por cierto, también debería preguntar lo mismo, pero tengo curiosidad de otra cosa. ¿Puedo preguntar quien es Dave?

            —Eso es algo que no te import... —Comenzaba a decir, pero se desconcertó. Ella no había mencionado nada sobre su amigo—. ¿Y tú cómo rayos es que sabes ese nombre? Ni siquiera he dicho nada.

            —Para ser una Gryffindor, haces muchas preguntas —mencionó en tono burlón, Andrea se sorprendió por lo que dijo—. Tengo entendido que nosotros los Ravenclaws somos curiosos. —Lo decía con toda calma como si estuvieran hablando del clima.

            —Eres el chico que estaba detrás de Gustav Flitwick. —Recordó la selección. Ya no sentía tanto temor, por el contrario, le intrigaba que sin miramiento le haya confesado que también era un mago.

            —Así es, también conozco a Gustav y al resto de todos tus amigos.

            —¿Y cómo es que no te habíamos visto antes?

            —Espera. —Guardaron en silencio—. ¡Ash! Mi madre me llama, me dice que mi padre ha llegado con buenas noticias. ¿Nos vemos al anochecer? —dijo entre triste y divertido.

            —¡Oye!, pero aún no me has dicho nada. ¿Cómo es que sabes de nosotros y nadie te conocía a ti? ¿Por qué...? ¿Hasta la noche?.

            —Te cuento después, por ahora es momento de despedirnos. Me da mucho gusto hablar contigo, nos debemos otra plática. Te veo por la noche. ¿Vale? ¿Podrás?

            —Pero es que no entiendo, ¿por qué no más tarde?

            —Luego te explico, me llaman. —Le tendió la mano—. ¿Amigos?

            —Yo no oigo a nadie. —Lo miró extrañado, pensando que el niño le mentía—. ¿Cómo es que dices esas cosas? No te creo, no, no puedo ser amiga de alguien que me miente. —Le dio la espalda, o al menos eso pensó porque Amshel se hallaba frente a ella que se sobresaltó—. ¡Oye! ¿Cómo hiciste eso?

            —No te diré nada si no aceptas mi amistad —dijo sonriendo y volviendo a tenderle la mano.

        —A eso en mi casa se le conoce como chantaje ¿eh? —respondió devolviéndole la sonrisa y estrechando la mano del niño—. ¿Seguro regresaras?

            —Seguro. —Se acomodó las gafas. Andrea parpadeo y ya no lo vio, esperaba por lo menos verlo alejarse. Regresó a casa, pero fue una sorpresa ver a su padre esperando en su habitación, en total calma.

            —Señorita Green —dijo en un tono severo y divertido, él estaba al tanto de lo que hacía—. ¿Se puede saber dónde ha estado metida? Son casi las cinco de la mañana y usted está fuera de la cama.

            —Salí a tomar aire. —Mintió compartiendo una mirada cómplice a su padre.

            —Muy bien señorita, la siguiente ocasión, tenga la cortesía de avisar que va a salir o me veré en la necesidad de restringir sus permisos, ¿entendido? —dijo el señor Green guiñando un ojo.

            —Claro. papá; de todas formas, no quiero saber más por el resto del día y espero que no te moleste si me levanto tarde —mencionó mientras se metía en la cama.

[***]

En casa de los Santino todo era tranquilidad, quizás pareciera deshabitada porque todo se realizaba por la noche, podría tener la apariencia de una casa abandonada, pero no era así, ya que dentro vivían tres de las personas más extrañas del vecindario. El señor Santino trabajaba para el Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas. Él estaba casado con la señora Santino, quien era una amable ama de casa y tenían un hijo de doce años: Amshel.

            —¿Hola? ¿Papá? —habló cerrando la puerta tras de sí. Encontró a sus padres en la salita de estar—. ¿Qué sucede?

            —Tardaste un poco, deberías de dejar de andar fuera tan tarde. Tu padre nos trae agradables noticias de San Mungo —comentó su madre—. Algo que deseas con el corazón.

            —¿En serio? —Dio un salto de alegría—. Esto lo tiene que saber mi nueva amiga.

            —¿Nueva amiga? —dijeron sus padres al mismo tiempo.

            —¡Oh sí! Andrea Green, es la vecina de enfrente; ya les había platicado de esa chica de la casa de Gryffindor, me resulta un humano interesante y buena persona. —Sus padres lo miraron sorprendidos.

            —Bueno, si esa es tu consideración, confiamos en ti —dijo con un suspiro su madre—. Naciste con buenas habilidades, dales un buen uso. —Lo abrazó y le dio un beso en la frente.

            —Gracias, mamá. —Amshel sonrió de nuevo—. ¿Y bien? ¿Qué era eso tan importante?

            —¡Ah cierto! —dijo su padre rebuscando en su maleta—. Fui a San Mungo para saber si había algún avance en la investigación que propuse y miren. —Sacó una botella con una poción parecida a la sangre—. Esto los ayudará en mucho, la poción los dejara salir a la luz del día.

            —Eso es una buena noticia cariño.

            —La única complicación será que la deberán tomar cada hora durante el día.

            —No importa, con tal de conocer el mundo soleado. ¿Puedo probarla ya?

            —No, aún no. Debemos esperar hasta la luna llena para que esté madura. —El niño torció un poco el gesto y dijo triste—. Pero ¿podré seguir saliendo por la noche?

            —Por supuesto, siempre y cuando no te vean.

        —Descuida, los humanos a veces son interesantes. Bueno, iré a dormir, espero con ansias que llegue la noche. Quiero contarle todo a esa niña.

        —Anda con cuidado hijo, los humanos no somos tan confiables como tu piensas, esa niña podría…

            —Guardar bien un secreto, ella también tiene los suyos.

            Durante el desayuno, Andrea no paró de revisar el reloj, le impacientaba que estuviese pasando lentamente, distraída miraba por la ventana y casi no puso atención en lo que hacía.

            —Andy, créeme —dijo su madre cuando alcanzó a tomar un plato que casi se le caía de las manos al poner la mesa—. No porque te quedes mirando por la ventana signifique que el tiempo pasará de prisa. Tranquila, tu padre te ha dado permiso de salir.

            —Quiero saber quién es, cómo es que sabe cosas que ni siquiera mencioné.

        —Si quieres, puedo tratar de hacer algo y hablar con su madre, porque la noche puede ser peligrosa.

            —Descuida, mamá, estoy intrigada no asustada. Ese niño no se ve con intenciones de querer hacerme daño, si así fuera ¿no crees que lo hubiera hecho ya?

            —Tienes razón, pero por favor cuídate. ¿Vale?

            —Mamá, por favor, he pasado por cosas peores.

            —De acuerdo, entonces pon atención a lo que haces. Desde hace unos minutos estás poniendo el plato extendido encima del sopero. —Andrea miró y se dio cuenta que lo mismo había hecho con el resto, ambas prorrumpieron en una sonora carcajada.

            Al llegar el señor Green, comieron con calma, degustando el estofado de Mary Green que había cocinado mientras recordaban lo sucedido durante su ausencia; cuando llegaron a la parte de los platos, todos rieron con ganas.

            —¿Sabes, querida? Al parecer han logrado hacer una poción matavampiros, la cual permite llevar una vida un poco más normal.

            —¿De verdad? A mí me causa un poco de miedo, no me imagino a nuestra hija siendo amiga de uno de ellos.

        —Te recuerdo cariño, que tuviste un amigo licántropo. Además, que debemos ser tolerantes y aprender de los errores del pasado, la repulsión por las criaturas mágicas es lo que a veces produce guerras.

            —Tienes razón, sólo externaba mi opinión, cariño; no quise entrar en debate. Prometo que, si conozco a un vampiro, lo saludaré como a cualquier persona.

            —No es necesario que prometas, amor —respondió con amabilidad—. Sólo estamos haciendo observaciones sobre los avances de los sanadores. Hace unos años descubrieron una poción que ayudaban a los licántropos, ya era justo que fuera algo nuevo.

            —Papá ¿en serio fuiste Ravenclaw? Porque tu último comentario tiene de sabio, lo que el fantasma de Gryffindor de decapitación —dijo Andrea intentando no reír, pero falló.

            Terminaron la comida y se fueron a mirar algo de televisión, mientras la niña hacía un poco de deberes de Transformaciones y su hermanita jugaba tranquilamente; no podía soportar el paso del tiempo, subió a su habitación e intentó distraerse jugando con su varita, pero de igual modo se desesperó. Faltaban poco menos de veinte minutos para el anochecer y salió, quiso tranquilizarse. Lejos de preocuparse, empezó a sentirse molesta porque pensaba que aquel muchacho no llegaría; se sintió ofendida. Se estaba dando por vencida, se levantó de la acera donde estaba sentada y sin darse cuenta de nada, se sacudió los pantalones, dio medio vuelta, aunque casi se va de espaldas cuando levantó la vista y vio a Amshel sonriente bajando del árbol.

            —¡Eres un idiota! ¿Por qué no me dijiste que ya estabas aquí? Una como tonta esperando y tú divirtiéndote de lo lindo. De seguro te reíste al verme como mensa. ¡Deja de reírte!

            —Tranquila, Green —dijo Amshel, le divertía la manera de actuar de la niña—. Llegué antes que tú, sólo que me puse a observarte; es interesante ver los cambios de humor, aunque me sigo preguntando, ¿quién es Dave?

            —¿Y eso a ti qué te importa? —expresó de mal humor—. No tengo por qué decírtelo, me has generado tal repugnancia, ¡Vete! Aléjate de mí, me importa un cacahuate quien seas o qué quieras. ¡Todos ya me hartaron! ¡Dejen de meterse en mi vida! ¡Me largo de aquí! ¡Fue mala idea confiar en alguien que ni siquiera conozco! —estalló en lágrimas.

            —Lo siento, Green, no pensé que tuvieras todo ese revoltijo sentimental en tu interior, es sólo que los humanos me resultan interesantes y complejos... los pude analizar un poco el curso pasado, pero no todos son interesantes.

        —¡No me llames Green! Me llamo Andrea y gracias... supongo. —Detuvo de pronto tanta palabrería—. ¿Humanos? ¿De qué rayos estás hablando? ¡Oye! ya basta, en serio no estoy de humor y menos contigo.

            —Perfecto, vamos a hacer un trato. Tú me cuentas, yo te cuento y así sirve que nos conocemos mejor ¿vale? Tú me dices un secreto y yo te revelo algunos míos. ¿Qué te parece?
    
        —¡Pero eso no es posible! ¿Cómo pretendes que te diga mis cosas a un tipo que ni siquiera conozco? No, definitivamente se me hace injusto. A parte, creo, tú llevas ventaja porque sabes más de mí que yo de ti. —Él sonrió burlonamente—. ¡Y deja de sonreír! Me desconcierta que hagas eso, siento que te burlas de mí.

            —Lo siento. No puedo evitarlo, es algo natural en mí. Dime, ¿te apetece dar un paseo? La noche empieza y tenemos mucho que conversar. —Andrea dejó de ponerse a la defensiva y se tranquilizó cediendo para dar un paseo, algo que no pensaba que fuera tan interesante y emocionante.

            —Éste es uno de mis secretos, cierra los ojos. —Se sorprendió por tal sugerencia y en lugar de cerrarlos, los abrió aún más—. Vamos, dijimos que confiarías ¿recuerdas? —La chica no le quedó opción—. Ahora toma mis manos, no mejor, sube a mi espalda —dijo mientras apoyaba una rodilla en el suelo y le daba la espalda a la castaña, la cual contrariada subió y se sujetó con fuerza.

            —¿A dónde piensas llevarme?

            —Calma, ya lo sabrás. Dije que daríamos un paseo, pero no quiero miradas indiscretas —explicó con obviedad—. Vamos a uno de mis lugares favoritos. ¿Aún tienes los ojos cerrados? —preguntó tratando de asegurarse—. Perfecto. Por otro lado, tengo el permiso de mis padres, ¿y tú?

            —Sí, pero ¿por qué hacemos esto? —preguntó, pero tuvo que callarse al ver la reacción del niño—. Está bien, confió en ti. —Cerró los ojos con fuerza y se aferró al cuello del chico.

            —Mi secreto. —Abrió los ojos y disfruto de la hermosa vista, gritó aferrándose todavía más al cuello del muchacho. No podía creer lo que pasaba. ¡Estaba volando!

            Sin previo aviso, sintió cómo se precipitaba hacia el vacío. ¡Qué tonta! Se sentía que iba camino a una muerte segura. Gritando sin que nadie pudiera escucharla, odiaba aquel chico de gafas que se le había llevado con engaños. No quería morir, no aún, era muy pronto, todavía le faltaban muchas cosas por saber. ¿Por qué fui tan tonta? ¿Por qué confié en este imbécil? Empezó a soltar lágrimas amargas que se perdieron en su vertiginosa caída.

            —¿Creías que dejaría que murieras, Andrea Green? —preguntó Amshel con su sonrisa de siempre, la que por cierto empezaba a causar molestia a la pequeña castaña—. Esto lo hice para que supieras que cuentas conmigo, confía en mí. Volemos juntos, que mientras pueda yo no te dejaré caer, te lo digo de forma metafórica y real, quiero sellar de esta forma nuestra amistad, a pesar de ser diferentes casas. ¡Ah! ya casi llegamos. —Empezó un descenso más tranquilo.

            —¡Eres un idiota! ¿Lo sabías? Por un momento te odie, pensé que dejarías que llegara a estrellarme en el suelo. Ahora veo que Mena tiene razón, tirarme de la torre de astronomía no es tan bueno después de esto.

            —Ahí. —Amshel señaló un bosque que se notaba un tanto lúgubre—. Confía, no dejaré que pase nada. —Por esta vez esa sonrisa odiosa la tranquilizó—. Siempre que puedo, vengo aquí, gracias a mis habilidades; paso algunas horas lejos del mundo muggle, supongo ha de ser hermoso durante el día.

            —Amshel, ¿cuánto tiempo más voy a esperar? ¿Ya me puedo bajar? —dijo Andrea con la voz quebrada, quizá si corría lejos, no la alcanzaría.

        —Ni lo sueñes —respondió ante esos pensamientos no formulados—. Estamos a veintitrés kilómetros de casa. Tardarás horas en salir de aquí y medio día más para llegar a casa, claro si es que logras salir de aquí. Ahora es momento de hablar —mencionó con voz pausada, la cual a Andrea le recordó Gustav—. Vamos a la par ahora, quiero que me digas quién es Dave. —Sacó un pañuelo y se puso a limpiar sus gafas cuadradas y se las volvió a colocar.

            —¡Dave, Dave, Dave! Todos quieren saber quién era, pero te diré que nadie lo conocía como yo. —Empezó a gritar mientras que sus ojos comenzaron a inundarse en un llanto amargo.

            Sin más, le comenzó a contarle sobre su amistad y su muerte, no sabía por qué, pero se sentía más tranquila, por fin alguien la escuchaba sin juzgar, sin interrumpir y sin dar una opinión que ella no había pedido.

            —Sigo sin saber de ti, ¿por qué hiciste eso? A nadie le había contado nada y tú de pronto llegas y te cuento mis problemas. ¿Por qué? ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? Le abrí mi corazón a un completo desconocido, eso es injusto.

            —Injusto es que yo te dejara aquí, sola como estabas hasta hace unas horas —respondió con calma—. Pues bien, pequeña pulga, tienes muy buena intuición, tus sospechas son ciertas a medias.

            —Es decir ¿que si lo eres? —preguntó Andrea con los ojos muy abiertos, mientras retrocedía, tropezando con las raíces de un árbol—. Llévame a casa, no quiero saber más. —No sabía qué pensar, no quería seguir junto a alguien que en algún momento le pudiera hacer daño.

            —Eres una tonta. Jamás se me ocurriría causar daño alguno y menos tratándose de un amigo. Además, que yo no te interrumpí y deje que hablaras, ¿me equivoco? En fin, ¿puedo continuar? ¿O seguirás con esas ideas tontas? —Enarcó una ceja esperando una respuesta—. Deja te explico, por favor y si no quieres continuar con nuestra amistad lo entenderé, pero te recuerdo lo que dije antes de llegar aquí que…

            —Nunca me dejarías caer, mientras puedas. Habla, porque mi paciencia es poca —dijo la castaña exasperada por esa tonta promesa—. ¡Vamos! ¿Me vas a decir que ya no quieres hablar?

            —No es eso, sólo que estoy meditando por dónde empezar.

            —Pues es obvio, por el principio, no seas tonto.

            —Empezamos bien. Por fin veo que Green puede sonreír, así que te contaré quien soy porque también confío en ti, amiga. —Seguía sonriendo a pesar de la cara de pocos amigos que había puesto la niña.
            —Antes de que empieces, te recuerdo y espero no lo olvides, si es que quieres ser mi amigo, deja de decirme Green, me llamo Andrea, ¿de acuerdo?

            —Me parece perfecto Gr… Andy —Corrigió de inmediato al ver el semblante de la castaña—. Pues bien, como te dije. Tus sospechas son ciertas a medias, mi padre es un mago y mi querida madre es una vampiro. Si, así es. No preguntes cómo fue posible que naciera yo, porque tampoco lo sé, no han querido explicarme nada. Como te habrás dado cuenta, nosotros no somos de aquí. Venimos del norte de Transilvania, la parte más fría del mundo; según mi padre conoció a mi madre en una expedición que realizó por parte de su trabajo.

            —¿Cómo fue posible que...? Disculpa, puedes continuar.

            —¿Qué se conocieran? ¿O que salieran y se casaron? Eso es algo que tampoco sé. Hay ocasiones en las que creo que papá es el esclavo vampírico de mi madre, aunque me queda claro que ella también lo ama. Como te decía, en la región donde venimos, el apellido más importante es el materno, y pues llevo el de mi madre, sino sería Kennington como mi padre.

            »Después de que él terminó su investigación, pidió su transferencia a nuestra ciudad para poder casarse con mi madre, ellos querían vivir allá, pero cuando yo cumplí dos años, papá recibió una notificación que había sido nombrado Jefe de su departamento, sigue siéndolo en la actualidad. Le agradaba la idea; desde entonces vivíamos en las afueras de un pueblo al norte, a papá no le gusta la idea de habitar por esas zonas, hasta el año pasado que mi padre dio con la casa con el número siete. No es la casa a la que mi madre estaba acostumbrada, pero le gustó, dice que es cómoda y así es como te conocí.

            —Pero ¿por qué quieres ser amigo mío? Digo, no somos de la misma casa, además que soy un caso perdido.

            —Puede ser, en sí también he estado solo, porque casi no conozco a mis compañeros de casa, salvo Gustav, que luego se quedaba conmigo platicando y haciendo los deberes, pero a los demás no, debido a mi condición. —Explicó con una mueca—. Ya es hora de volver, ya casi amanece —dijo en tono serio.

            —¡Oye! No es justo. Yo te dije mis cosas y sólo sé el principio de las tuyas.

            —Tranquila, pequeña pulga. Aún nos quedan muchas noches, si es que puedes y quieres. Sería divertido, ya lo verás.

            Andrea aceptó a regañadientes porque apenas sabía nada de ese niño, pero tenía razón, estaban a mitad de julio, todavía quedaba mucho para el comienzo del siguiente curso. Subió a su espalda y esta vez ya no sintió miedo, se sintió libre, feliz de tener un nuevo amigo.

            —Hemos llegado —dijo Amshel mientras que ayudaba a la niña a ponerse de pie—. Nos vemos al anochecer, ¿de acuerdo?

            —¿Es una broma? Ahora que tengo con quien entretenerme en estas vacaciones, ¿crees que no volveré? —exclamó emocionada—. Además, aún quedan cosas por saber, aunque de cierto modo llevas ventaja, Santino. —No sabía por qué, pero el azul de sus ojos detrás de esas gafas le gustaba, la tranquilizaba.

            —Espero que llegue pronto luna llena. Podría darte otra sorpresa. —De pronto Andrea se sorprendió, porque la sonrisa de él ya no le molestaba tanto.

            —¿Todavía le agregas algo más? Son demasiadas cosas. En fin, tenemos bastante tiempo según tú.

            —El tiempo es relativo... —Dejó la frase inconclusa porque señaló algo que se acercaba en la oscuridad.

            —¿Qué sucede? —preguntó dirigiendo su vista hacía donde señalaba—. ¡Ah! Es Noctowl, la lechuza de Gustav. Apuesto lo que quieras a que la nota traerá un recordatorio de que la casa de Ravenclaw ganó la copa. —Andrea estaba un poco fastidiada con tantos recordatorios, no paraba desde el primer día.

Querida Andy:

El abuelo nos ha traído de vacaciones a Grecia, no sabes lo sorprendente que es la magia de este lugar. Sus ruinas, el Partenón guarda secretos sobre la magia. ¡Es genial! Por cierto, también te escribo para avisarte que el abuelo Phil me ha dado permiso para visitarte la semana previa al comienzo de clases, así que nos vemos, espero la noticia no te tome por sorpresa.

Un abrazo, Gustav.

P.D: Se me olvidó comentarte que ¡Ravenclaw ganó la copa de las casas!

            —Sólo falta que llegue una nota de Mena.

            —No te preocupes, te he seguido la pista y lo he notado. ¿Algo bueno en la carta?

            —Pues dejando a un lado sus recordatorios, Gustav vendrá de visita la última semana de agosto. Bueno, tengo que responderle, así que luego nos vemos. —Dicho esto, le tendió la mano al niño.

            —Por supuesto, hasta el anochecer, entonces —dijo Amshel tomándole la mano.

            Luego se separaron, Andrea parpadeo, pero esta vez ya no le causó ninguna sorpresa. Entró en su casa para ir a dormir. Cuando despertó, ya era cerca de medio día; le impresionó ya que no solía levantarse tan tarde. Se dio un baño y ya arreglada bajó a la sala de estar donde su madre estaba leyendo mientras su hermanita jugaba.

            —Hola, mamá —saludó—. ¿Por qué no me despertaste para desayunar con papá? —preguntó frotándose los ojos.

            —Tu padre no me lo permitió. Dijo que hacía días que no te veía dormir de esa manera. Por cierto, llegó una nota de Mena. La dejé en la mesita de tu habitación.

            —Sí, mamá, ya la leí. Mena y Gustav vendrán a pasar la última semana de vacaciones, aquí en la casa. Espero que no te moleste.

            —Por supuesto que no, me alegra saber que los amigos de mi hija estarán por aquí —respondió la señora Green con una amplia sonrisa—. Hablando de amigos, ¿cómo te fue con ese niño, el hijo de los Santino? —La niña se atragantó con la tostada que había tomado.

            —Bien, de hecho, mejor de lo que esperaba. Es curioso y se ha hecho mi amigo, pertenece a la casa de Ravenclaw. Por lo visto, mis amigos serán en mayoría de esa casa, claro, que sin contar los que tengo en la mía —suspiró—. ¿Puedo volver a salir esta noche?

            —No lo sé, hija, ese niño, más bien esa familia, no me da buena espina. ¿Por qué quiere que lo veas de noche? Mejor espera a que llegue tu padre para ver qué piensa al respecto. —Andrea asintió desanimada, pero sabía que su padre lo aprobaría.

            Robert Green llegó, como siempre, cansado y hambriento para la hora de la cena. Amaba la forma de cocinar de su mujer. Abrió la puerta de la casa y entró para dirigirse al comedor, donde las mujeres de su vida lo esperaban para comer y conversar. Ya estaba por el postre, una tarta de limón, cuando recordó que su hija no había dicho nada de su aventura de la noche anterior.

            —Bien, papá. Fue extraordinario. —Andrea comenzó a contarle lo sucedido con el vecino. Cuando sin previo aviso, quizá por el entusiasmo, no se dio cuenta, pero se le salió el decirles que Amshel Santino era mitad mago y mitad vampiro. Quedaron en silencio, sólo se escuchó el sonido de los cubiertos contra los platos.

            —¿No es peligroso que ande por ahí alguien como él?

            —Cariño, ya habíamos hablado al respecto sobre las criaturas mágicas y la tolerancia que debemos tener hacia ellos. —Robert Green estaba serio al decir eso.

            —Pero es peligroso, en cualquier momento…

            —Mamá, ya te había dicho que he pasado por cosas peores. Ahora bien, si fuera peligroso, ¿no crees que algo me había pasado anoche? —Su madre no supo qué responder ante eso—. De verdad mamá, no espero que lo entiendas, pero yo lo quiero seguir viendo, después de todo, también lo veré en el colegio.

            —De acuerdo. Dicen por ahí que si no puedes con el enemigo... sólo por favor, cuídate.

            —Lo haré. Siempre lo hago, aunque no lo parezca. —Bromeó la castaña y con esas palabras rompió la tensión del momento, le agradaba que por lo menos sus padres comprendieran que quería ser amiga de aquel niño mestizo.

        Andrea ya no se desesperó aquella segunda noche, pues ya sabía que ese niño aparecería en cualquier momento y la llevaría a donde ella quisiera. Y así fue, Amshel saltó del árbol donde estaba la noche anterior, la observó un poco serio.

            —¿Qué has hecho? Creí que teníamos en común acuerdo que esto era secreto. —Andrea no sabía exactamente a lo que se refería, hasta que recordó la conversación con sus padres, se sentía bastante avergonzada, pero no esperaba que él lo supiera.

            —¿Cómo te enteraste? No gritamos, ni mucho menos estabas cerca. —Lo miró suplicante—. Por favor, disculpa. Me entusiasmé, siempre he podido contar con mi papá y le he contado todo, sé que sabrá callar.

            —Ajá, ¿y tu madre? Por lo que oí, no le agradó mucho la idea de que seamos amigos, supongo debe tener razón. —Era la primera vez que lo veía serio—. Bueno, Andrea Green, quizás nos volvamos a ver, quizá no, no lo sé. Me agradabas, ¿sabes? En fin, nos vemos. —Se despidió poniendo el dedo índice y medio en la sien, girando la muñeca hacia la frente. La niña parpadeó, pues sus ojos empezaban a llenarse de lágrimas mientras que Amshel desaparecía. Se quedó sola, bajo el árbol, llorando amargamente, odiándose por su entusiasmo, por no poder contenerse.
        
            —¡Amshel! Perdón. ¡Regresa! —gritó, pero sin recibir una respuesta, regresó a casa. No prestó atención a los llamados de sus padres. Subió a su habitación y cerró con fuerza, puso la llave y se tiró en la cama, lloró hasta que se quedó dormida.

            Despertó gritando de nuevo el nombre de Dave, no soportaba la idea de quedarse sola otra vez, odió aquel niño de ojos azules y sonrisa tranquila. Lo detestaba porque le había abierto su corazón; se levantó y corrió a la ventana, quizá Amshel estuviera afuera, velando sus sueños como le había contado, pero se equivocó. Al abrir la cortina, no distinguió movimiento alguno, no había nadie. Miró el cielo, eran casi las seis de la mañana, de cualquier manera, él ya no estaba. Los días pasaron, la vieja pesadilla la seguía acechando, ella sabía que Amshel seguía sin aparecer. Se encontraba triste, creía que serían las mejores vacaciones, pero la estaba pasando realmente mal; no hablaba con sus padres, se limitaba a salir de su habitación para ingerir algo de comida. Y de nuevo regresaba a encerrarse, mientras intentaba terminar los deberes, pero le era imposible concentrarse. Cansada de la situación, tomó un trozo de pergamino y escribió una nota dirigida a él.

Amshel:

Por favor, tenemos que hablar. No lo hice con intenciones de ningún tipo. Por favor, no soporto esta situación, si quiera deja que te explique las cosas.

Andy.

            Salió a escondidas, sus padres veían algo de televisión; cerró con cuidado y se dirigió al número siete. Contuvo la respiración y se acercó a la puerta, arrojó el pergamino por la rendija y regresó a casa. Al cerrar se sobresaltó porque frente a ella, se encontraban sus padres.

            —Señorita, ¿se puede saber dónde ha estado? —preguntó su madre, que parecía alegre al verla fuera de su encierro.

            —Pequeña, tu madre tiene razón. ¿Por qué sales sin avisar?

            —Quería algo de aire. En serio, pero ahora vuelvo a mis deberes. —Dentro, se acercó a la ventana y vio la luna, extrañamente la vio azul, recordó los ojos de aquel niño y volvió a odiarlo, creía que respondería pronto, se enfadó y cerró las cortinas; decidió dejar los deberes por esa noche y se fue a dormir.

            Al día siguiente, se arregló para bajar a desayunar, no sabía por qué sentía que sería un gran día, después de recibir, por enésima vez la nota de Gustav, se acercó al comedor donde su padre ya había comenzado.

            —Buenos días, papá y mamá —saludó de buen humor—. Tal parece que hoy es un día maravilloso. ¿Puedo salir?

            —¡Vaya! Parece que alguien se levantó muy de buenas. —Externó su madre, mientras le pasaba una taza de chocolate.

            —¿Te sientes mejor? —Su padre estaba algo sorprendido por el repentino cambio de humor en su hija.

            Se sentaron a la mesa y tomaron tranquilamente el desayuno, entonces el señor Green se levantó para irse a su trabajo, llegó a la puerta mientras se despedía de su familia, tocaron el timbre.

        —¿Esperas a alguien cariño? —preguntó, Mary negó—. ¿Y tú, Andy? —También negó con un gesto. Fuera esperaba un niño que no había visto, le pareció más o menos de la edad de su hija, lo miró unos segundos—. Hola, pequeño, ¿qué se te ofrece?

            —Buen día, señor. ¿Se encuentra Andy? Me gustaría hablar con ella. —Esa voz se le hizo bastante familiar, la castaña se sintió alegre y molesta a la vez.

            —Es mi hija, espera —respondió el señor Green, la niña comenzó a hacer señas que su padre no vio a tiempo—. Enseguida le hablo.

            —Creo que su hija está molesta. Regresaré más tarde.

        —¿Santino? —Robert tardó unos minutos en entender—. ¡Eres el niño del que habla mi hija! Espera, por favor. —Amshel se quedó en la puerta extrañado por el comportamiento del señor, pero esperó. Dentro de la casa, el señor Green intentaba que su hija saliera a recibir al niño.

            »Anda, pequeña pulga. Ese niño ha salido, ¿a la luz del sol? —preguntó extrañado—. Creo que te equivocaste al decir que es vampiro, porque tengo entendido que ellos no pueden salir sin sufrir fatales consecuencias.

            —Papá… —Cortó la niña—. A veces dudo de tu capacidad para haber sido de la casa de las águilas. Si no mal recuerdo, hace unos días comunicabas algo sobre una poción, ¿no es así? Entonces, quizás sí funcionó... ayer fue luna llena, y ahora que lo recuerdo, dijo que me iba a sorprender después, quizás sea eso.

            —Entonces, ¿vas a salir y hablar con él?

            —No, no quiero.

            —Tienes que. Anda. Y tú y yo hablamos.

        Andrea dudó unos segundos, pero decidió hacer frente a aquel niño que la había dejado sola en medio de la oscuridad de la noche. Salió a la mañana que tenía un hermoso sol dorado, y se plantó cara a cara con Amshel.

            —¿Y bien? ¿A qué debo tu presencia matutina en la entrada de mi casa? —No dejó de mirarlo con enojo—. Al fin, según tú, ya no querías verme, porque no sé guardar secretos. Pues como verás, nos hemos hecho ricos a costa suya, también ¿ya notaste que los sanadores de San Mungo están haciendo experimentos con ustedes? Porque después de que te fuiste, envié una lechuza al Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas —dijo sacando toda esa frustración que tenía guardada.

            —Espera. Tranquila, respira y relájate. —Él se encontraba consternado—. Ya sé que también metí la pata, pero es que creí que lo habías hecho a propósito, después medite y analicé. Me di cuenta que me había equivocado y que puedo confiar plenamente en ustedes. No me odies, por favor, no.

            —Bien, pues si me oías como dices tú. ¿por qué no lo notaste? ¿Por qué esperaste hasta hoy?

            —Me sentía impotente, pero aquí estoy; sé que rompí una promesa, pero si me lo permites, estoy dispuesto a no equivocarme más, al menos no contigo. Te lo prometo, de verdad. —Volvió a mostrar esa sonrisa que por una extraña razón la tranquilizó.

            —De acuerdo, pero te lo advierto Santino, que tengo limites en mi paciencia —dijo Andrea apuntando con el dedo.

            —Me parece perfecto. —Le tendió la mano—. Ahora bien, ¿te parece si vamos dónde siempre? —Ella sonrió y subió a la espalda de aquel muchacho, y juntos se elevaron rumbo al infinito azul del cielo, rumbo al bosque que Amshel ya conocía.

            Al llegar, Andrea no reconoció el lugar, pues sólo había visto una vez, al caminar un rato en silencio y sentir la brisa del aire se tranquilizó.

            —¿Qué es lo que me tienes que decir?

            —Mira. —Sacó una botellita de su chaqueta—. Esta poción me ayuda a soportar la intensidad del sol, aunque la sangre de mi padre también me ayuda, en fin, al menos ya podré tomar clases durante el día. —La niña se empezó a reír—. ¿Qué te causa tanta gracia? Es en serio, sino no estaría aquí.

            —Es que yo pensé que comenzarías a brillar cuán bella hada. De esas que sueñan casarse y tener bebés. —No pudo más y soltó una carcajada.

            —No tiene gracia, Green —respondió en tono serio, pero al cabo de unos segundos ambos comenzaron a reír—. Es bello el lugar por el día, me gusta mucho.

            —Aún no me cuentas más de ti, Santino. Dime eso de oír. ¿Es legeremancia?

            —Sí y no, aunque hay mentes que no puedo escuchar, no necesito esos encantamientos..

            —He estado investigando un poco y pues leí eso de los crucifijos, también lo de la luz solar y esas cosas, ni se diga de tu velocidad.

            —¡Vaya, vaya, Green! Has estado haciendo deberes extra, pues deja te resuelvo tus dudas. No, no, depende y gracias. Listo. Me agrada más esto, caminar como dos personas normales, disfrutando del sol, la belleza de los colores, no me los imaginaba así.

            —A ver, si tienes una vista excepcional ¿por qué usas gafas? ¿Eso está en las falsedades?

            —Apuesto a que me dan un toque personal y resaltan mis ojos, ¿a que sí?

            —Bueno, de cierto modo tienes razón, pero yo creo que no deberías usarlas, no sé, de verdad envidio tu perfección.

            —Bromeas ¿cierto? Tú por lo menos puedes salir al sol sin sufrir grandes consecuencias, como sea, me alegra por fin, estar aquí.

            —A mí también me da gusto, no me hacía gracia hacer todo de noche. —Siguieron divirtiéndose un rato más, cuando decidieron regresar a casa.

            —Bien, tengo que terminar mis deberes. ¿Puedes creer que aún no acabo?

            —¿Ah no? Es que... yo los terminé el día que te conocí.

            —¿Me dejas echar un vistazo? Tal vez pueda tomar algunas ideas.

            —No creo que a Mena McGonagall le haga gracia que te deje hacerlo, parece que le gusta que hagas las cosas como son.

            —¡Vamos! —Insistió—. Sólo será un vistazo, prometo no copiar, tampoco es que sea deshonesta, Mena y Gustav llegarán antes de iniciar el curso. ¡Anda! No se van a enterar

            —De acuerdo, te los presto luego, pero nada más será un vistazo.

            —Vale, ahora iré a comer algo que muero de hambre. —Ya se había acostumbrado a la pronta desaparición de aquel muchacho.

            Afortunadamente para ambos chicos, los días pasaron tranquilos sin ninguna novedad, salvo las notas diarias de Gustav, lo que divertía a Amshel, mientras que Andrea se fastidiaba; volaban veloces hasta aquel bosque y caminaban cerca de un pequeño lago que habían descubierto, se contaban cosas y situaciones graciosas, también sobre Lesma y Kissy, sus enemigas, de cómo se conocieron y las bromas que se gastaron. Amshel por su parte, se mostró más abierto y también confesó que había bebido sangre humana en algunas ocasiones, lo que hizo que ella soltara un grito. Sin darse cuenta, sólo faltaban un par de días para que Mena y Gustav llegaran, ya habían recibido las cartas con las listas del material y los libros, sólo que se estaba postergando la visita al Callejón Diagon para ese día en especial; habían acordado verse allí, y claro que después regresar a casa de los Green para poder disfrutar de los días que quedaban antes de volver al colegio.


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