Capítulo 7
En colaboración con Gustavo Torres y Kissy Morales.
Desde que Amshel contó su secreto, Andrea y él se habían vuelto inseparables, todo el tiempo se la pasaban en el bosque; la ventaja de salir de día, era que podían disfrutar de las hermosas vistas que dejaba la naturaleza. El verano irradiaba un sol que apenas era soportable, algunas gotas de sudor resbalaron por el rostro de la pequeña mientras regresaban a casa.
—¿Entonces qué, Santino? ¿Me prestarás tus deberes?
—Pues…
—Será un vistazo, por favor. Pasado mañana llegan Mena y Gustav. Quiero tener esta semana libre de deberes.
—De acuerdo, voy por ellos. —Dicho esto desapareció, pero al cabo de unos segundos después regresó con varios pergaminos—. Aquí los tienes
—Te prometo que no copiaré.
—De acuerdo.
—Por cierto, ¿quieres ir con nosotros al callejón?
—No puedo. —El niño hizo una cara triste—. Saldré con mis padres, pero igual estaré por aquí antes de regresar al castillo.
—De acuerdo, será divertido ir por ahí…
—Green... recuerda que ellos no pueden saber lo que soy.
—Bien… Mejor entraré a terminar mis deberes.
—Nos vemos después.
Toda la tarde se apresuró a terminar el trabajo escolar que tenía pendiente, en algunas ocasiones, revisó los apuntes de Amshel. Era raro, desde que conoció a Santino, siempre se la pasaba afuera y estar encerrada, por un par de días, en su habitación estudiando no era tan propio en ella, incluso su padre estaba empezando a sentir que la vena ravenclaw, por fin estaba saliendo a flote.
—Me siento orgulloso.
—¿Por?
—Porque eres tan estudiosa.
—No te equivoques papá, sólo es para tener libre la próxima semana. —Y sin más terminó de cenar, dejando a su padre sorprendido y a su madre con una sonrisa burlona.
El domingo por la mañana, la señora Green despertó a su hija temprano, después de refunfuñar un poco, se apresuró a cambiarse. Aquel día, su padre era el encargado de darle de comer a su pequeña hermanita, que sólo sonreía y aplaudía cada vez que le daban un bocado de su papilla. Se sentó a lado de él y comenzó a comer su plato de avena.
—¿Verás hoy al niño Santino?
—No, le dije que quedé de verme con mis amigos.
—¿Y él no lo es?
—Claro que sí, papá, pero a él lo vi todo el verano —respondió con cierta tranquilidad—. Además, me dijo que no podía, que saldría con su familia.
—¿Terminaste los deberes?
—Por supuesto.
Se alegró saber que irían al Callejón en auto, utilizar la chimenea no le agradaba en lo absoluto, al viajar con polvos Flú terminaba demasiado mareada y llena de hollín. Aparcaron afuera del Caldero Chorreante y al entrar, vio varias brujas con bolsas de compras, magos que discutían sobre temas de interés, brujos de un aspecto bastante primitivo, y uno que otro enano. Pasaron de largo para salir al patio de atrás, su padre sacó su varita mágica para golpear el tercer ladrillo de la izquierda por encima del cubo de la basura, esperaron hasta que se abriera en la pared el arco que daba al Callejón. Primero llenaron un par de costalitos de galeones, sickles de plata y knuts de bronce de su cámara en Gringotts.
—¡Andy! ¡ANDY! ¡Aquí! —Vio a Mena McGonagall saliendo de la tienda de varitas Ollivanders, junto con ella, y como siempre, se encontraba Gustav—. Me alegra volver a verte.
—Igual que a mí.
—¿Cómo estás, Andy? —saludó el niño con una enorme sonrisa.
—Bien. Por cierto, gracias por todos tus recordatorios. —Regresó el saludo frunciendo el ceño—. Lo siento. —Se sonrojó un poco, había olvidado que no estaba sola—. Papá, mamá, ella es Mena McGonagall y Gustav Flitwick.
—Por fin los conocemos, Andy habla mucho de ustedes. —Mary Green les dio un beso en cada mejilla a ambos niños, mientras que Robert les tendió la mano.
—No es tanto, mamá.
—Claro que sí, hija. Todo el verano.
—Será mejor que vayamos a comprar las cosas que necesitan. —Interrumpió el señor Green salvando a su hija.
Iban caminando por la calle, deteniéndose entre las tiendas para comprar el material escolar, la castaña no pudo evitar detenerse en uno de sus lugares favoritos: la tienda de Artículos de Calidad para el Quidditch. Luego de detenerse ahí, pasaron a comprar los libros a Flourish y Botts, donde demoraron más de lo normal, ya que cada uno buscaba algo para leer en los tiempos libres. Cerca de la tarde regresaron a casa, cansados por las compras; mientras esperaban a que la cena estuviera lista, se sentaron en el sofá para ver algo de televisión, Mena y Gustav quedaron fascinados por ese aparato muggle. Antes de irse a dormir, Andy no pudo evitar asomarse por la ventana esperando ver a su amigo, pero sólo era la negrura de la noche. Cuando amaneció y bajó a desayunar, sus amigos ya se encontraban en la mesa, y totalmente arreglados, ella sólo estaba en pijama y con cara de sueño.
—Buenos días —saludó con un bostezo.
—Buenos días, Andy.
—¿Acaso habrá algo que no hagan juntos?
—Por supuesto. Dormir —dijo con tono burlón.
—Andy... no es correcto que trates así a tus amigos, son tus invitados.
—Exacto, Green. Somos tus invitados.
Luego del desayuno, Andy subió a su habitación a arreglarse para poder salir al pueblo cercano y quizás ir al lago a nadar un rato. Aunque le encantaría llevarlos al bosque donde iba con Santino, pero no estaba tan convencida de querer compartir ese lugar con ellos. Cuando iban de salida, se topó con su amigo y su típica sonrisa.
—Hola, Green.
—Hola, Santino. ¿Vienes por tus cosas? Espera, ahora vuelvo —habló la niña sin siquiera dejarlo responder.
—¿Y tus amigos? —preguntó al recibir sus deberes.
—Aquí. —Dejó al niño en la entrada mientras iba a buscar a los demás
—¿Qué pasa, Andy?
—Les quiero presentar a alguien.
—¿A quién? ¿Amshel? —Gustav se sorprendió al verlo—. Pero ¿qué haces aquí?
—Soy vecino de Green.
—¿Ya se conocen?
—Sí, todo en orden —respondió refiriéndose al secreto que guardaba—. Por cierto, ella es Mena. Y él es Amshel Santino. —La pelirroja lo saludó incómoda. No esperaba que Gustav conociera al vecino de su amiga y que ella olvidara mencionarlo. Todo eso le resultaba sumamente extraño.
—Fuiste de gran ayuda.
—Me alegra, porque sólo fue un vistazo, ¿verdad?
—¿Qué es eso? —preguntó Mena observando atentamente al niño.
—Los deberes.
—¡¿Cómo que lo deberes?!
—Mena, no copié. Si eso es lo que te importa —respondió con una sonrisa, a lo que la pelirroja le lanzó una mirada indignante—. Vamos al lago. Ven con nosotros, Amshel.
—¿Seguros?
—Sí, ¿por qué no?
Los cuatro salieron de la casa, esperaron a que Amshel regresara a la suya para dejar sus deberes, y luego caminaron hasta que llegaron a un lugar casi solitario, con unas pocas personas que se encontraban para pescar o pasar el rato como ellos. Estar allí les hacía recordar el lago negro del castillo y el calamar gigante.
—¿Quién es? —preguntó Mena aprovechando que estaba sola con su amiga.
—Pues es... —Se calló de inmediato al recordar su promesa—. Amshel. —Terminó por responder con simpleza y obviedad.
—Gracias por el dato.
—Es un niñito asocial, que se la pasaba encerrado en la torre de Ravenclaw.
—Pero Gustav nunca lo mencionó.
—Creo que cada uno tiene secretos.
—No empieces con eso, Andy.
—¿Con qué?
—Tú muy bien sabes.
—Vamos Mena, relájate al menos un rato.
El resto de la semana se la pasaron afuera de la casa, nadaron en el lago y siempre los acompañaba Amshel. La mayor parte del tiempo, Gustav y él se la pasaban charlando bajo la atenta mirada recelosa de la pelirroja, la castaña se mantuvo sumida en sus pensamientos, ya que recientemente se le había ocurrido una broma y planeaba cómo llevarla a cabo. El final del verano llegó demasiado rápido, por un lado, estaban deseosos de volver a Hogwarts, pero por el otro. La noche anterior, antes de regresar al colegio, la señora Green hizo una deliciosa cena; después de esto, mandó a los tres a dormir.
La mañana siguiente, cada uno se apresuró a preparar sus cosas, desayunaron tan pronto como pudieron, mientras que Robert Green subía los baúles al auto. Cuando estuvieron todos, echaron a andar hacía la estación. El viaje hasta King's Cross fue tranquilo, lograron conseguir carritos donde descargar sus pertenencias; fueron hacia la barrera que había entre los andenes nueve y diez, empujando respectivamente su equipaje y un instante después, cayendo de lado a través del metal sólido. Al levantar la mirada, vieron el expreso de Hogwarts, un tren de vapor de color rojo que echaba humo sobre un andén repleto de magos y brujas. Se abrieron paso hasta el final, pasando ante compartimientos repletos de gente, llegando a un vagón que estaba casi vacío. Mena y Gustav agradecieron la amabilidad de su estancia, Mary los besó y luego abrazó fuertemente a su hija.
—Cuídense. No se metan en problemas.
—¿Por qué lo dices, mamá?
—Porque te conozco, jovencita. —Ella frunció el ceño, no entendía por qué siempre tenían que reñirle por algo.
—No se preocupe señora, yo me encargó que se porte bien.
—Pero si nunca hago travesuras.
—Te lo agradecería mucho, Mena.
Se oyó un potente silbido, los chicos subieron mientras pasaban unos guardias cerrando todas las puertas del tren. Ya comenzaba a salir vapor, y poco a poco había comenzado a moverse; los tres se asomaron por la ventanilla y dijeron adiós con la mano a los señores Green. Comenzaron a charlar, el expreso de Hogwarts seguía hacia el norte, sin detenerse; el paisaje que se veía por la ventana se fue volviendo más agreste y oscuro. A la una en punto, llegó la bruja regordeta que llevaba el carrito de la comida. Compraron pastelillos de calabaza y otras golosinas; a media tarde, cuando empezó a llover, aparecieron en la puerta Alexander y Keisi.
—Llevamos un rato buscándolos.
—¿Qué tal las vacaciones?
—Excelente.
—Muy emocionantes —respondió Andy pensando en las noches con Amshel.
Andrea esperaba ver a su amigo, pero no sabía en dónde pudiera estar o con quién. La última vez, le había sugerido verse en el expreso, este se había negado. Finalmente, el tren se detuvo en la estación de Hogsmeade, se formó un barullo para salir. En el pequeño andén hacía un frío que congelaba.
—¡Por aquí! ¡Los de primer curso! —gritaba una voz familiar. Hagrid se encontraba en el otro extremo del andén, indicando por señas a los nuevos estudiantes que se adelantaran para iniciar el tradicional recorrido por el lago.
Mena, Andy, Gustav, Alexander y Keisi siguieron a los demás y salieron a un camino embarrado y desigual, donde aguardaban al resto de los alumnos al menos cien diligencias, todas tiradas por thestrals. Esperaban llegar pronto, y calentarse con el fuego que dejaba las chimeneas. El carruaje se detuvo y se unieron a la multitud apiñada en la parte superior, entraron a través de las gigantescas puertas de roble y en el interior del vestíbulo, estaba iluminado con antorchas Y una magnífica escalera de mármol. A la derecha estaba la puerta que daba al Gran Comedor.
—Deberían empezar ya. Muero de hambre.
—¿No viste el clima?
—Pues sí, ¿por?
—Tardarán en llegar.
—Como sea, espero que tu abuela no tarde demasiado en dar su discurso, porque en serio muero de hambre.
Apenas Andy dijo eso, cuando el profesor Flitwick entró, seguido de varios niños con caras asustadas. Puso en silencio un taburete de cuatro patas frente a los de primer año, encima puso un sombrero puntiagudo, remendado y raído. Durante unos pocos segundos, se hizo un silencio completo, entonces el sombrero se movió. Una rasgadura cerca del borde se abrió, ancha como una boca, el sombrero comenzó a cantar:
Hubo en la historia,
cuatro magos
con excepcional poder y grandeza.
Un sueño compartían,
el colegio ancestral erigirían,
donde el poderoso don tuvieran.
Dignos de portar magia,
el osado Godric requería
valerosos magos de caballerosidad.
Helga la justa,
humildes y perseverantes.
La sabia Rowena,
inteligencia y erudición
sin límites ansiaba.
Mientras que Salazar,
ambiciosos y astutos
magos formaba.
Juntos formaron éste colegio,
afamado para los pequeños
magos su saber transmitir.
Salazar, un día enfadado,
dimitió.
En mí pusieron, la ardua tarea
de elegir cuál será
la casa a la cual debes acudir.
Podrás ser leal
y a Gryffindor pertenecer.
En conjunto como Huffepuff
sin fin trabajar.
En Ravenclaw sí inteligente
quieres tú ser.
Slytherin, astuto para el poder aspirar.
¡Muéstrame tu mente!
¡No tengas miedo!
Puesto que no por algo
te lo dice este sombrero.
Alumno novato
¡Bienvenido a casa!
Te estábamos esperando.
Todo el comedor estalló en aplausos cuando el sombrero terminó su canción. Éste se inclinó hacia las cuatro mesas y luego se quedó rígido otra vez. El profesor se adelantó con un gran rollo de pergamino.
—Cuando los llame, deberán ponerse el sombrero y sabrán que casa irán. ¡Cooper, Jane! —Una pequeña subió a la tarima bastante nerviosa—. ¡HUFFLEPUFF! —gritó el sombrero unos segundos después. Doreen, Kelly quedó en Slytherin; la mesa de las serpientes aplaudía con cierto entusiasmo.
González, Jessica, una niña con cabello castaño y destellos pelirrojos, salió de entre la fila para subirse a ponerse el sombrero, que la mandó a Gryffindor. La mesa más alejada estalló en festejos y aplausos. Heather, Adam fue mandado a Slytherin mientras que Kyle, Grace a Ravenclaw. Ahora era el turno de la mesa central para gritar y aplaudir a su reciente miembro de casa. Cuando llamaron a Lovegood, James, algunos murmullos se hicieron presentes al escuchar ese apellido, mientras un niño rubio de ojos verdes claro se ponía el sombrero para ser enviado a Gryffindor; Mitch, Lenin a Hufflepuff, Shawn, Graham a Ravenclaw, Smith, Noa a Gryffindor. Somender, Mariana, una niña con cabello castaño se adelantó para ponerse el sombrero, quedó en Slytherin. Stewart, Lucas en Hufflpuff, Wilson, Stacey en Ravenclaw y Wood, Cristian; varios murmullos se escucharon. Antes de que el sombrero le tapara los ojos, sonrió a varias chicas que estaban cerca. Él quedó en Gryffindor.
El profesor Flitwick enrolló el pergamino y se llevó el Sombrero Seleccionador, mientras que la directora, Minerva McGonagall se ponía de pie. Miraba seriamente a los alumnos, pero con cierto brillo alegre en sus ojos.
—¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos a un año nuevo en Hogwarts! Antes de que comience el banquete les daré unos cuantos anuncios. Los de primer año deben tener en cuenta que los bosques del área del castillo están prohibidos para todos los alumnos. El señor Filch, el celador, me ha pedido que les recuerde que no deben hacer magia en los recreos ni en los pasillos.
»Las pruebas de Quidditch tendrán lugar en la segunda semana de curso. Los que estén interesados en jugar para los equipos de sus casas, deben ponerse en contacto con la señora Hooch. Y, por último, les recuerdo que los artículos provenientes de Sortilegios Weasley están prohibidos.
Al término del discurso, los platos de inmediato se llenaron de comida: carne y pollo asado, chuletas de cerdo, salchichas, tocino y filetes, papas asadas y cocidas. Como era de esperarse, Andy se sirvió de todo. La hora de los postres, se sirvió una gran rebanada de pastel de chocolate, el que engulló con rapidez ante la atenta mirada de sus amigos.
—¿Qué?
—Come más despacio o te atragantaras.
—¿No querías que comiera?
—Por supuesto, pero no que pongas en riesgo tu vida.
Cuando los postres desaparecieron, la profesora se levantó y los mandó a la cama. Mena, Andy, Keisi y Alexander subieron juntos hacia la torre, bastante adormecidos por el banquete. Dieron la contraseña a la Dama Gorda y al entrar, se dirigieron al otro extremo de la sala común; las chicas subieron hasta la puerta de su antiguo dormitorio, que ahora lucía un letrero que indicaba segundo curso. Tenía forma circular con sus cinco camas adoseladas con terciopelo rojo y ventanas elevadas. Se acostaron esperando que, al despertar, tuvieran un gran día.
—Es hora de levantarse. —dijo alguien, apenas escuchó. —Anda, que debemos ser puntuales.
—Es el primer día de clases —respondió Andrea aferrándose a la almohada.
—Precisamente por eso, el primer día.
—Pero Mena... —Su reproche se había quedado en el aire, ya que su amiga había entrado al baño para arreglarse.
Cuando entraron en el Gran Comedor para el desayuno, el cielo encantado estaba de color gris, las cuatro grandes mesas repletas de soperas con gachas de avenas, fuentes de arenques ahumados, montones de tostadas y platos con huevos y beicon. Gustav se dejó caer sobre un asiento en la mesa de Gryffindor junto a la castaña, quien no paró de mirar a la mesa de las serpientes.
—¿Sucede algo?
—No, todo en orden.
—Entonces... ¿Por qué esa cara?
—Espero que no estés tramando algo. —La pelirroja la miró entrecerrando los ojos—. Deberías olvidarte de ellas.
—Sí, supongo.
—Por cierto, los horarios.
La primera clase que tenía era de encantamientos con el profesor Flitwick; según su horario, después tenían pociones, y una vez más con las serpientes. Bastaron unas cuantas pequeñas bromas de Weasley y Rookwood para que Andy saliera tan precipitadamente al término de clase, no se molestó en esperar a sus amigos. Salió al patio para poder respirar aire fresco.
—Hola, Andy.
—Gavin —La niña observó bien al joven, notó una insignia en su pecho—. ¡Eres capitán!
—Ehh, sí. No esperaba que me la dieran.
—¡Felicidades!
—Gracias. ¿Ahora si este curso te animaras a entrar al equipo?
—¿Hay vacantes?
—La mayoría del equipo ya se graduó, haré pruebas para tener un equipo.
—¿Escuché bien? —dijo alguien que ninguno de los dos conocía—. ¿Habrá pruebas para el equipo de Quidditch?
—Sí, eso dije.
—¿Quién eres tú?
—Lo siento, soy Cristian Wood. —Estrechó la mano de ambos—. Mi padre…
—Tu padre fue un excelente guardián, y tengo entendido que jugó en Puddlemere United, ¿No?
—Sí, por eso quiero entrar al equipo.
—¿También eres guardián? —Eso le interesaba a la castaña.
—No, soy cazador como mi mamá.
—Buenos pues, cuando decida hacer las pruebas les avisaré.
Los tres siguieron hablando de Quidditch unos minutos más hasta que decidieron entrar para la hora de la comida. Iban rumbo a la mesa de los leones cuando una pelirroja se acercó a ellos.
—¿Otra vez?
—¿A qué te refieres?
—Hablábamos de Quidditch —mencionó Cris como si nada, sabiendo de inmediato quién era la chica que se había acercado a ellos.
—Wood, se nota que eres amigable y nada apretado. Deberías juntarte con gente como tú o intentar suavizar a la leona.
—Salí a tomar aire y me los encontré.
—Andy ya no me hace tanto caso. —Comenzó a molestar Gavin—. Podemos comenzar los trámites y todo tipo de papeles para tu adopción. ¿Qué te parece, McGonagall?
—Prefiero ser amargada y apretada a una persona conocida en el colegio, tan sólo por montar una escoba. —Cris como Gavin iban a responder cuando Gustav pasó a su lado.
—Mena ya es hora. Vamos.
—Después hablamos sobre tus nuevas amistades.
—Mena relájate, es la primera semana. Además, que no entiendas el quidditch no significa que tengas que limitar a los que sí —gritó al ver como su amiga se iba enojada con Gustav.
—No deberías ser tan obsesiva. —dijo su amigo después de clases.
—Lo sé, pero a veces no puedo controlarlo, estalló y ya.
—Eso es obvio, lo he notado, pero al final terminarán mal, sabes cómo es ella —dijo Gustav muy seriamente. Cuando Andy pensaba replicar, escuchó una voz alarmada sacó su varita en defensa.
—¿Qué demonios haces?
—Escuché la voz de alguien cerca de nosotros.
—Yo no veo nada.
—Estoy enloqueciendo.
—Lo dudo, pero por si acaso lo fuera, sabes que eres bienvenida en Ravenclaw. —Andy frunció el entrecejo. De nuevo ocurrió, un silbido pausado le hizo sentir temor.
—¿Hablas pársel?
—¿Estás demente o qué?, ¡jamás! Eso no se aprende.
—Algo me ocultas, aunque si lo vemos de ese lado no sería la primera vez.
—No te oculto nada, Andrea. Deberías de relajarte, tal vez no estés loca y esas voces si existan.
— Eso no es gracioso, Gus.
—¿Y decirme que hablo pársel lo es? No, bueno. Qué gran sentido del humor, señorita Green.
[***]
—Deberías estudiar más, no podemos rezagarnos —mencionó Gustav seriamente.
—¿Estudiar? ¿Más?, tengo demasiados deberes como para seguir estudiando, no me queda tiempo de nada y quieres que estudie y practique.
—Si crees poder seguir con esto, debes hacerlo, no tienes opción. Además, ambos tenemos los mismos deberes y yo ya casi termino con todos. Si te quejaras menos y actuaras más cambiarían las cosas.
—No empieces con eso de los Ravenclaw ¡eh!, pero supongo tienes razón.
—Si te soy sincero, creo que esta situación con Andy te está volviendo dispersa, no te concentras y ayer casi sales lastimada. Recuerda que empiezo a aplicar el nivel intermedio contigo, no puedes darte el lujo de andar en otra parte a la vez. También he meditado que no podemos ocultarle todo a Andy, pero... no sé, no quiero que se descubra algo y todo se eche a perder.
En ese momento, Mena empezó a escuchar vocecillas en su cabeza, con cara aterrada volteó a ver a Gustav y éste le devolvió la mirada extrañado.
—¿Ahora qué te pasa?
—Nada. Creí escuchar voces, supongo es el cansancio.
—Lo dudo. Creo que tú y Andy están en las mismas condiciones: oyen voces. Eso quiere decir que están hechas un lío.
—Pareces oráculo. ¿Qué te hace estar tan seguro de lo que dices?
—Digamos que tengo mis formas de hacer mis hipótesis y confirmarlas. No creo que me vayas a contradecir, ¿o sí?
—Creo que no, no tengo argumento alguno para hacerlo. Pero es extraño ¿no crees?, escuchar voces en tu cabeza y no sólo yo, dices que Andrea también. Deberíamos cuidarnos de alguien o algo.
—No, no lo es, al menos no para mí. Estás más segura que una cámara de Gringotts custodiada por una bola de fuego chino. —Hizo una pausa—. Me voy, debo ir a la sala común a entregar unos horarios que me pidió mi abuelo, adicional tengo que darle un recorrido a una chica que no se acuerda dónde están las cosas, dice que se mueven y no está muy errada que digamos. Te pido de favor que hagas caso de lo que te digo y trates de echarle ganas, los resultados serán prósperos, ya lo verás.
—¡Esta bien!
—Zsssssss Meeeen
—¡Ahí está de nuevo! ¿Lo escuchaste? —Volteó a ver en todas direcciones tratando de hallar la fuente del sonido. Gustav la miró como si acabara de ver a una demente, puso los ojos en blanco y le puso el dedo en la frente.
—Ya deja esa paranoia. Trol —susurró. Le regaló una sonrisa y se echó a correr en dirección a las escalinatas. Mena sonrío con aire preocupado y caminó en dirección a su sala común, no sin antes pensar que en cualquier momento algo malo podría suceder.
[***]
Gustav subía tranquilamente la escalinata, llegando a la puerta tocó el águila plateada, abrió el pico y las alas generaron un humo que susurró un acertijo: Soy tu guía, pero no soy un faro, soy tu guardián, pero no soy soldado, tengo tu esencia, pero jamás tu forma.
—Ammm... Eres mi patronus. —El águila aleteó y seguido la puerta se abrió. Gustav caminó sobre el pasillo principal con las cortinas de seda azul y filos de bronce, entró a la iluminada y bella sala con los pergaminos en el brazo y llamó a todos para que pusieran atención—. Disculpen la tardanza. El Profesor Flitwick me dejó encargado que les diera estos horarios de clase. No los pierdan son muy importantes. Les deja dicho que ni se les ocurra saltarse clases, ya que estará al pendiente de sus deberes y sería muy malo que perdiéramos puntos por ello, también me pidió que les echara un vistazo a sus varitas ¿Les parece si por la tarde que tengan un rato libre me permitan ir analizándolas? Gracias.
—Disculpa Gustav, ¿recuerdas lo que te dije ayer?, ¿me podrás ayudar? —dijo una chica acercándose a él.
—¡Claro! A eso mismo iba, ¡vamos!... Hasta luego chicos. —Salieron juntos de la sala común atravesando la puerta.
—Veo a los nuevos muy contentos, les encantó el lugar y más el secreto de la sala común —mencionó Viry.
—A todos les encanta, yo sigo impresionándome de ella.
—¿Sabías desde antes del colegio como era? Me refiero a la sala y todo lo que contiene.
—La verdad es que no, nunca me lo dijeron y eso es debido a que tengo sangre Ravenclaw y Slytherin por mi madre. Sin embargo, todo apuntaba para que me quedara en Ravenclaw. Por si las dudas no me dijeron absolutamente nada.
—¡Guau! Así son los padres, nunca te cuentan nada más de lo necesario.
—Me dijiste que las cosas se mueven ¿verdad?, también hay que tomar en cuenta que eres muy despistada ¡eh!, deberías dejar muestras mágicas para que no te extravíes seguido.
—Lo sé, soy un desastre. Pero no creo que imagine cosas al decir que no están donde recuerdo que estaban el día anterior, si lo estuvieran no estaríamos en esta penosa necesidad.
—No te preocupes, la verdad es que sí, se mueven las cosas. El por qué nunca es cierto, pero, nada aquí es normal. Debes entender que las cosas con huellas mágicas terminan teniendo casi voluntad propia y más tratándose de retratos, eso me lo explicó el profesor Flitwick.
—Es tu abuelo, ¿por qué no le dices así?
—Sigue siendo un profesor, de ambas formas es correcto decirlo, y creo que por respeto a su cargo. Antes que mi abuelo, es profesor en este colegio, además no me gusta sentirme aventajado por ello, no sería justo para los demás.
—Supongo que es pesado cubrir sus expectativas.
—Un poco, pero puedo imitar a papá.
—Ayer vi que tenía aún problemas con tu…
—Ah sí, disculpen el estallido. No era mi intención espantarlos y mucho menos despertarlos. Debo ver la manera de resolverlo, aunque ya tengo una idea, creo.
—No hay problema, pero podrías hacer un cambio. Por cierto, ¿ya notaste que Santino ya sale por los pasillos?
—En efecto, me alegro mucho por ello. Ahora podrá acompañarnos a las clases como debe ser, él estará muy contento.
—Pero no crees que…
—No, no lo creo. No depende de cómo lo tomen los demás, sino de cómo lo tratemos nosotros mismos, sigue siendo uno como nosotros, ni más ni menos.
—Te hemos visto mucho con la nieta de McGonagall. Se llevan muy bien ¿verdad?
—Sí, somos buenos y viejos amigos. Estamos haciendo un proyecto escolar juntos, pero debo afinar muchas cosas aún.
—Bueno, muchas gracias Gus, te veo más tarde... te debo una.
—Suerte con Sir patas piojosas. —Sonrió imaginando decírselo en su cara. Gustav corrió en dirección al retrato de una bruja hermosa que salía del bosque, dio la contraseña y se perdió en la oscuridad de adentro.
Era mitad de semana y ya anhelaba el sábado, cumplir con las tareas de todas las asignaturas daba pereza. Andrea estaba cansada de los comentarios que le hacían Kissy Weasley y Lesma Rookwood. Aquella mañana, bajó a desayunar sola con una idea tan brillante en su mente; tomó asiento a lado de Alexander y en ningún momento dejó de observar a la mesa de Slytherin. Apenas le dio un sorbo a su jugo de calabaza cuando se escuchó un fuerte ¡Pum! Todos voltearon, en la mesa de las serpientes salía humo, al aclararse un poco, Kissy y Lesma tenían la piel con los colores de Gryffindor. Un color escarlata que constantemente cambiaba con destellos dorados, el cabello también era diferente como si fuera un arco iris. Todo el Gran Comedor estalló en carcajadas.
—Te quedan muy bien esos colores, Weasley.
—¡Fuiste tú! —gritó enfurecida con la varita en alto.
—¡Señorita Weasley! —reprendió la profesora McGonagall—. Baje la varita, por favor.
—¿Por qué?
—Primero, controle ese tono de voz conmigo si no quiere salir castigada. Y la segunda, está haciendo acusaciones serias.
—Pero…
—Pero nada. Tendrá que esperar a que aparezca el culpable.
Poco a poco, el ambiente en el Gran Comedor cambió drásticamente, se sentía la tensión. Weasley y Rookwood miraban a la castaña con odio. Algunos alumnos que habían salido, tuvieron que regresar de nuevo, entre ellos Cristian.
—¿Qué pasó? Apenas pude tocar la escoba cuando nos hicieron regresar.
—Green, ¿No se supone que los arco iris dan alegría con su luz? Esas dos tienen más cara de ira que una banshee. —Alexander miró a su pelirroja amiga, aquel comentario había sido audible para ellos. La profesora McGonagall pidió silencio.
—Este tipo de acciones no serán toleradas. Espero que el o la responsable acepte lo que hizo.
—¡Fue Green!
—No deben acusar a nadie sin pruebas —mencionó el profesor MacMillan.
—Se cancelan las próximas visitas a Hogsmeade. Si para el fin de semana, el responsable no se entrega, las medidas serán más drásticas. —Hubo abucheos y silbidos por parte de los estudiantes—. Y para los demás, las reglas en el Quidditch cambiarán. Ahora, a sus clases.
—Tú y yo tenemos una plática pendiente. —Fue lo único que le dijo Mena a su amiga.
—Parece que la amargura ronda a las McGonagall, ¿Verdad?
—Espero que se entregue, porque todo esto es injusto.
Mena estaba muy molesta, algo le decía que ese chico Santino escondía algo, y sobretodo que Andy estaba rara, no era la misma desde que lo conoció en el verano pasado.
—Me permites un momento a solas, Gustav. Necesito hablar con él, por favor. —La miró de manera rara, estaba por retirarse cuando se escuchó un grito en el vestíbulo del Gran Comedor.
—¡Suéltenme! —Corrieron a ver qué pasaba, no era de esperarse que las chicas Slytherin hubieran pensado en hacer algo. Andrea estaba sujeta por los brazos.
—Mira, Green, a mí no me engañas. Tú fuiste la que nos hizo esto.
—Deberías alegrarte, al menos te ves mejor con algo de color en tu fea cara.
—Eres tan patética, que no pensaba seguir haciéndote nada, pero con esto es como si declaras otra guerra mágica, matalobos.
Cuando Mena reaccionó, Santino ya estaba al lado de Andy para ayudarla. Ella lo siguió, detrás iban Viry y Gustav que esperaban a su compañero para ir a su sala común.
—¡Vaya, Weasley! dos contra una. Hasta para un Slytherin eso es bajo.
—Siempre bajo las faldas de McGonagall.
—Ya han sido muchos problemas por hoy —dijo Gustav deteniendo a Viry, que pensaba intervenir—. La cordura debe estar presente en estos casos.
—¡Flitwick! —exclamó Lesma con una carcajada—. ¿Tú, hablando de cordura? Interesante. —Gustav le regresó una amplia sonrisa.
—Bien McGonagall —dijo Kissy con desprecio en su voz. Tomó un mechón de su cabello—. Ya que estás aquí para defender a tu amiga, batámonos a duelo. Somos dos contra dos, claro siempre y cuando esos pajarracos no se metan. Pongamos a prueba la osadía de la que tanto presumen, gatitos.
—Créeme que me encantaría darte una lección, pero hoy no.
—Cobardes.
—¿Acaso no te has visto en un espejo? Por el día de hoy ya estás suficientemente ridiculizada, brillitos.
Tomó a Andy de la mano y se la llevó a la salida. Ambas escucharon un grito de terror que las hizo voltear. Weasley y Rookwood se estaban tiradas en el piso, mientras que Santino las miraba de una manera rara.
—Amshel, basta ya. Vámonos. —Pidió Viry.
—Vámonos, no lo vale. —Gustav se percató que las chicas iban atacar por la espalda.
—¡Debes de confesar tu falta! —Mena y Andy salieron al patio para tener algo de privacidad—. ¡No puedes hacer lo que te pegue la gana!
—No, Mena, ellas lo merecen.
—Te delatare.
—Lo haces y termina aquí todo.
—¡Por Merlín, Andrea!
—Así están las cosas, McGonagall. Tú no eres la directora, eres otra alumna más. Deja de compórtate como si lo fueras.
Gustav, Viry y Santino y las vieron discutir, el chico hizo señas para que se fueran sus compañeros, pero él se quedó. Un sonido estridente sonó dentro de su túnica, parecía sonar un chivatoscopio, pero entre los gritos de las chicas no se distinguía. Entre tantos reclamos, sacó su carita que le salían chispas rojas y silbidos extraños.
—¡Ya me tienen harto! —Hizo un movimiento tan rápido con la varita, que ellas no tuvieron tiempo para reaccionar. Dos encantamientos golpearon a las chicas de frente y ambas salieron despedidas producto que cayeron de bruces en el húmedo pasto.
»Son la peor clase de cabezas huecas que he tratado. Discuten por todo, ya me tienen cansado. Las voces que escuchan no son más que la resonancia de mi varita; cuando la gente está mal, ella lo indica y trata de advertirlo, tiene esa habilidad especial. Es sorprendentemente susurrante y esto ya llegó a su límite y yo también.
»Si no pueden resolver este asunto como la gente decente ni intenten buscarme. Andrea, causas muchos problemas a todos con tu estúpido orgullo, pagan por pecadores y no permitiré que metas a un Ravenclaw en esto. Y con respecto a ti Mena, deja de pretender ser tu abuela. No lo eres, así que despierta de tu nube. No dejaré que sus inestabilidades afecten a mi varita y persona; reacciona porque el vínculo que las une a mí ya es más que sólo amistad, es una hermandad. ¡Entiéndanlo! Si no resuelven esto, no cuenten conmigo para nada. Me voy de aquí.
Por primera vez, vio a Gustav molesto; se fue dando grandes pasos y se perdió en el espesor del bosque prohibido. Ambas estaban adoloridas y petrificadas de la impresión, sin embargo, cada una se marchó en direcciones diferentes.
[***]
—Cabeza de tomate.
—No, tú eres cabeza de tomate.
—No, tú tienes cabeza de tomate, la mía es cabeza de zanahoria.
—Cállate, Weasley.
—No, cállate tú, Rookwood.
—¡Cállense las dos! —dijo con fastidio Richie Perks, quien iba detrás de ellas rumbo al Lago Negro.
—¡Cállate tú, Richie! —exclamaron las dos niñas al unísono y soltaron una carcajada. Kissy se detuvo de pronto al ver una silueta familiar acercarse a ella.
—¡Cállense, cállense, es Alfred a las doce menos cuarto!
Alfred Weasley se acercó con pasos rápidos hacia el trío de Slytherins que correteaban por la hierba, lucía desgarbado los colores de Ravenclaw. Él cursaba el quinto grado, era el hermano mayor de Kissy y se sentía con la responsabilidad de cuidar al engendro pecoso.
—Kissy. —Su voz grave paralizó a la pelirroja—. Ven acá, SOLA —recalcó.
La pelirroja miró a sus amigos, les susurró que la esperaran; caminó renuente hacia su hermano, él la miraba impaciente. Alfred no era pelirrojo, tenía el cabello castaño y ondulado como su madre, era alto y como buen águila, creía tener la razón absoluta de todo, aún así, la niña lo adoraba, aunque la mayor parte del tiempo él fuera como una patada en el culo.
—Papá está enterado de lo de ayer en el gran comedor. —La detuvo con un gesto de la mano al ver que ella empezaría a responder—. No me interesan tus excusas, sólo te pido que detengas toda esta monserga de las bromas pesadas. No quiero volver a cubrirte las espaldas con nuestros padres, ni quiero que vuelvas avergonzarme frente al colegio entero.
—¡Pero yo no hice nada! —La pelirroja lo miró furiosa, con los ojos anegados en lágrimas porque esta vez sí decía la verdad—. No fui yo, Alfred. Y es tu problema si me crees o no. Y tampoco necesito tu ayuda.
Kissy dio media vuelta, dejó a su hermano plantado. Tragó el nudo en su garganta y corrió hacia Lesma y Richie, que ya estaban bajo el árbol frente al lago, tirados en el pasto.
—Eso fue rápido, Weasley. —Lesma se cubrió los ojos y la miró desde su posición en el suelo, cómodamente recostada bajo la sombra del viejo árbol. Al verla a los ojos, supo que no había sido un encuentro agradable—. ¿Qué quería Weasley dos?
—Molestar, ¿qué otra cosa hacen los Weasley en este colegio? —La niña sonrió y se botó al suelo a ver pasar las nubes. Lesma guardó silencio. Ella no tenía hermanos y no sabía cuál era el protocolo en caso de peleas fraternales
—Tenemos trabajo Kissy, no te hagas.
—¿De qué?
—Lo haremos mañana.
—¿Qué planearemos esta vez? Lo de ayer fue ingenioso, sí, pero superobvio, o sea, nos pintaron de rojo y dorado.
—La verdad si. —Richie no hablaba mucho, era taciturno y moderado, pero inteligente y certero—. No fue precisamente una obra de inteligencia y astucia.
—¿Y cuando los leones se caracterizan por ser listos?
—¿No se aburren de vernos siempre como los malos? —La voz de Kissy salió firme, pero sin mirar a nadie en particular.
Aquella mañana del viernes, que pintaba como los demás del año, Gerard Eagle se calzó los zapatos deportivos amarillos. Amaba los colores de su casa, si había alguien orgulloso de ser un tejón en todo Hogwarts, ese era él. Creció sabiendo del mundo mágico y al mismo tiempo del mundo muggle. Estaba solo en la habitación, la compartía con cuatro chicos más, ellos ya habían salido. Los miembros de la casa de Hufflepuff llamaban cariñosamente la Tejonera a su sala común y era realmente, a su parecer, el mejor lugar del mundo. Gerard subió los escalones, el sitio era más ruidoso de lo habitual, casi chocaba con Dii Embers, una niña, con una larga melena negra, que iba en su curso.
—Que la Fuerza te acompañe, Gerard.
—Que la fuerza te acompañe, Dii.
Los niños sonrieron y caminaron juntos el poco trecho que quedaba. Ella era hija de muggles, al igual que muchos de su casa y eso le encantaba, podía hablar de cosas que le fascinaban como el cine. Dii y él compartían una fascinación por la saga “Star Wars”, pasaban horas hablando sobre ello.
—¿Por qué hay tanto alboroto? —La voz ronca de Dii sonaba curiosa—. No es que seamos unas tumbas, pero ahora es más de lo normal. —El niño se encogió de hombros y le abrió la puerta, justo para ver un estallido negro y amarillo frente a sus ojos.
—¡Gerard! ¡Dii! —Una niña, con coletas rubias, se acercó a ellos—. Despertamos y había esto.
Los llevó al tablón de anuncios, ambos niños sonreían sin saber por qué, pero se respiraba un ambiente de felicidad en la tejonera, era imposible no contagiarse. Beth les mostró el pergamino de la Profesora Sprout felicitándolos por el excelente desempeño de todos, eso los puso en primer lugar de la copa de las casas, incluso por arriba de Ravenclaw, luego seguía Slytherin y Gryffindor.
—¿Pueden creerlo? —Sam arrastraba su mochila—. Nuestro trabajo ha rendido frutos ¡Hufflepuff! La casa de los trabajadores, por fin, se pone a tono con los valores de su casa.
—Eres un bocazas, Sam. — Beth lo riñó divertida—. Deberías ponerte a ganar puntos, no a estar de aguafiestas. —La niña fue por su mochila y los cuatro se dirigieron a la salida, para ir al Gran Comedor.
Entraron al gran comedor y se dirigieron a su mesa, estaba repleta de panecillos dulces, avena, leche, chocolate, pancakes y jaleas y mermeladas de los sabores más deliciosos que existían. Gerard miró a su alrededor antes de servirse un enorme vaso de leche, sus ojos se posaron un segundo en la mesa de Slytherin. Sonrió al recordar el escándalo del día anterior, clavó la mirada en la chica pelirroja, que ya lucía su aspecto normal, platicaba tranquilamente con Rookwood que ahora portaba el cabello color rojo tomate, volvió la atención a sus amigos, que discutían en voz baja.
—Planeaba ganar puntos en el quidditch, pero con lo que pasó ayer, no sé si volvamos a jugar.
—¿La broma a las serpientes? —Gerard volvió a reír mientras se servía mermelada de durazno en sus pancakes—. Me hubiera gustado verla, llegué cuando estaban ya pintadas y brillantes.
Dii escupió el jugo de calabaza en un ataque de risa y no pudo evitar mirar a la mesa de Slytherin, Beth le dio palmadas en la espalda y le pasó una servilleta.
—Límpiate, sucia. Sí, estuvo muy divertida y todo, pero no entiendo por qué castigar a todos si es obvio quien es la culpable.
—¿Y quién es la culpable según tú, Beth? —Sam clavó su mirada café en los ojos verdes de la rubia y dio un mordisco a un panecillo.
—Andy Green ¿Quién más? Desde el año pasado traen pleito, las hemos visto ir y venir en bromas tontas desde primero. En lo personal, Weasley no me cae bien, digo, su familia ha estado en Gryffindor por siglos y ella va a dar a Slytherin, no es de fiar, además, sus ojos enormes dan miedo. —Finalizó Beth mirando de reojo la mesa de las Serpientes.
Sam la miró boquiabierto, sacudió la cabeza y se concentró en su plato de avena. Los cuatro tejones siguieron comiendo en silencio hasta que oyeron a las niñas Slytherin cantar un párrafo de una canción muggle adaptándola contra los leones, lo que provocó que una vez más, Dii escupiera el contenido de su boca sobre su plato. Gerard le dio palmadas a su compañera, miró la mesa de ellas, por un breve segundo, sus ojos chocaron con los enormes ojos de Weasley, le pareció ver una leve sonrisa en sus labios antes de que ella desviara la mirada, no le pareció que hubiera nada malo en sus ojos.
—Esas serpientes sí que saben usar las palabras —dijo Dii al recuperar el aliento.
—Esperemos que las cosas se aclaren.
—Pero ya les dije.
—Beth, son suposiciones tuyas. No puedes afirmar que Green fue la culpable.
—Yo sigo pensando que fue muy divertido —respondió Gerard con una sonrisa.
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