Capítulo 10
San Mungo, hospital de enfermedades y heridas mágicas que atiende a magos heridos o enfermos; oculto de la vista de los muggles. Dicho lugar estaba abarrotado de gente. La noticia de que un custodio quiso huir del ministerio, y dejó tras de sí destrozos, corrió como pólvora. Andrea estaba en la sala de espera; dejó pasar a un sin fin de personas peores que ella, sin embargo, cada momento que pasaba sentía que se iba a desmayar. El hombro le dolía y el brazo le punzaba. Le recordó su última vez como jugadora, cuando detuvo aquella bludger que terminó por lesionarla y la obligó a renunciar.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Mariana preocupada, después de un rato en silencio y al notar su palidez.
—¿Tú qué crees? —respondió apretando los dientes.
—Si dejarás de ser tan temeraria.
—No te aproveches de que en estos momentos no se me ocurre algo coherente que responder.
Antes de que pudiera decirle lo que pensaba, una sanadora se acercó a ellas para indicarles que ya podían atenderla. Entraron por las puertas; Mariana esperó afuera. A la sanadora no le hizo gracia que la joven auror hubiera esperado demasiado, en especial se sorprendió por haber soportado el dolor.
—¡Tendrías que haber entrado de inmediato! —dijo molesta al revisarle el brazo.
—Están demasiados ocupados —siseó de dolor al sentir los dedos de la mujer.
—Ustedes, los aurores, no toman en cuenta su vida.
—Los gajes del oficio.
—¿Qué hechizo te hizo esto?
—Contracturo. —Rogaba a Merlín no desvanecerse—. ¿Podrá sanarme? Hace mucho tiempo, una bludger me lesionó.
—Claro que podré, pero será doloroso —dijo la sanadora en tono grave—. Tendrás que pasar aquí la noche.
—No, por favor.
—Lo siento. —Salieron del cubículo para tomar el ascensor que las llevó a la cuarta planta: Daños provocados por hechizos.
Entraron en una habitación solitaria, donde había dos camas. Andrea seguía sintiéndose mal; la sanadora le entregó una pijama y luego la ayudó a vestirse. Se quitó la túnica llena de polvo y rasgada. Después fue por una botella grande; intuía que era Crecehuesos. A pesar de haberla probado un par de veces por las lesiones de quidditch, nunca se acostumbraba al horrible sabor.
—Vas a pasar una mala noche —dijo ella, vertiendo un líquido humeante en un vaso y entregándoselo.
Era bastante desagradable. Le abrasó la boca y la garganta y la hizo toser y resoplar. Aparecieron unas cuantas vendas que utilizó para inmovilizar el brazo; le dio un poco de poción para las náuseas que le producía el dolor.
—Le avisaré a tu amiga. Vuelvo enseguida. —La senadora se retiró, dejándola sola mientras se acomodaba en las almohadas. Se preguntó qué habría sido de ella si no hubiera intervenido Somender. Unos minutos después, entró Mariana a la habitación; se relajó al hablar con la sanadora y al ver a Andrea en perfectas condiciones, exceptuando por su brazo.
—¿Cómo te sientes?
—Las he tenido peores. —Quiso restarle importancia al asunto, pero el dolor que sentía se lo impedía.
—Tendré que avisar a tu familia qué estás aquí.
—Si no hay de otra… —respondió con un suspiro—. Por cierto, creo que te debo una disculpa por la manera en que te hablé el otro día. No es la primera vez que admito que eres muy buena bruja, es sólo que a veces…
—Está bien. Ya pasó, olvidémoslo.
—Vale, porque sigo sin tener un argumento coherente para debatir contigo.
Quizás fue la poción, o sólo haber tenido un día complicado. En su mente seguían esos pensamientos sobre lo que quería hacer el ministerio de Bélgica con la extradición de Shadow, y sobre sus intenciones de fuga. Lentamente el sueño la invadió por completo hasta quedarse dormida. Mariana la dejó descansar; cuando la sanadora le avisó que Andrea tenía que pasar la noche en el hospital, de inmediato mandó un par de patronus. Primero a la familia Green y luego al jefe del departamento de aurores. Apenas salió del ascensor cuando vio a la familia de su amiga y Charlie. También se percató de Alexander.
—¡Mariana! ¿Cómo está Andrea?
—Está bien. Fuera de peligro, pero tendrá que pasar la noche aquí.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Robert Green; la familia ya estaba acostumbrada a recibir ese tipo de noticias.
—Resultó herida en un duelo mientras trataba de detener a un fugitivo —respondió Mariana sin decir algo de más; tenía en mente para variar, todos los protocolos que debía seguir.
Esperaba el momento para hablar con Potter y Miranda; sin duda, la intención de Shadow de escapar, podía ser una ventaja para evitar la extradición. A ella tampoco le agradó la orden que venía desde Bélgica. El plan fue de Andrea y por ella lo capturaron; parte del mérito le pertenecía, por eso comprendía la frustración del equipo de aurores. Pensó en los posibles escenarios en los que, la Oficina de aurores y el Departamento de Cooperación Mágica Internacional resultaran beneficiados; por el ascensor aparecieron Harry y Miranda.
—¿Cómo está Andrea?
—Bien, se quedará esta noche.
—Eso es bueno. —Respiró tranquilo, sin duda había sido un día bastante agotador para todos.
—¿Cómo están las cosas en el ministerio?
—El intento fallido de escape hace que Shadow ya no tenga tantas posibilidades de salirse con la suya —respondió Miranda con cierto triunfo—. Por fin dejarán de fastidiarme con que el Ministerio de Londres no hace su trabajo.
—Ya viste que sí lo hacemos, Cavanaugh.
—Lo sé, pero no tienes idea con lo que tengo que enfrentarme.
—¿Hablas de la burocracia? porque yo también tengo que lidiar con ella.
—Ojalá vieras lo que hago, Potter. —En esos momentos los roces entre ambos departamentos estaban comenzando a salir a flote.
—Igual tú, Miranda.
—Creo que yo ya lo comprobé —interrumpió Mariana la pequeña discusión, aunque una parte de ella, quizás su lado Slytherin, quería seguir viendo cómo defendían cada uno su propio ego—. Es mejor que sigan tratando este tipo de temas en la privacidad del ministerio. —Había logrado detectar una vuela pluma.
Ambos captaron la indirecta, en especial Harry, quien buscó entre el gentío de la sala de espera. Lo menos que deseaba era otro escándalo escrito por Mush Skeeter.
—Tienes razón, será mejor que vayas a descansar. A menos que la señorita Cavanaugh quiera que realices algo más.
—No, está bien. Ve a casa a descansar Somender; has hecho un buen trabajo.
—Sin duda. No dudo en que llegues lejos.
—Gracias.
Antes de salir de ahí, se acercó a los padres de su amiga para despedirse de ellos. Al siguiente día pasaría a visitarla. Salió del hospital y se perdió entre la multitud de muggles; discretamente se metió en un lugar vacío y sin la vista de nadie, se desapareció para aparecer en su departamento. Entró al baño, abrió la llave del agua caliente y dejó que se llenara la tina; deseaba relajarse antes de meterse a la cama para sumergirse en un sueño profundo.
Cuando despertó Andrea, la sanadora ya se encontraba en su habitación para abrir las ventanas y permitir que los rayos del sol entraran. Se sentó enseguida; la sanadora se puso a flexionar y estirar el brazo y los dedos; los sentía rígidos y ya no dolía tanto como el día anterior.
—Todo va bien. Podrás irte esta mañana. Quizás sea mejor que esperes a que te recojan. No es conveniente que te aparezcas esta semana. —Ella asintió por lo que comenzó a vestirse con la ropa que, la noche anterior, su madre le llevó.
Sus padres no tardaron en ir por ella, y para su comodidad, decidieron llevar el auto. La sanadora, antes de salir decidió que Andrea llevara su brazo en cabestrillo, hasta que dejara de doler por completo. Al llegar a casa, su mamá ya estaba sirviendo el desayuno con un gesto de frustración; siempre era lo mismo cada que se enteraba que su hija salía herida.
—¿Y Dayra? No la he visto.
—Pasó unos días con Charlize.
—Ahora que lo pienso, hace mucho que ni siquiera la he saludado.
—La vida adulta no es fácil.
—Lo sé, créeme que lo sé. —Pero ya no pudo decir nada más, Hermes entró por la ventana para dejarle el Profeta; de inmediato lo abrió para leer sobre lo sucedido el día anterior.
El ministerio, ¿es seguro?
La fama no lo es todo en esta vida, en especial, cuando es utilizada como tapadera de una red de mentiras que pasan desapercibidas. Es inevitable mencionar a nuestro, gran y querido, jefe de la Oficina de Aurores del Ministerio de Magia: Harry Potter. Algunos afirman que está perdiendo el toque y ya no sabe cómo actuar y dejando el mundo en manos de los novatos aurores. Hace unos meses dejó a cargo de la academia a dos jóvenes: Alexander Mason y Andrea Green, de quién últimamente reconocemos más ese apellido que el del mismo Potter. Cerca de un mes, el Departamento de Seguridad Mágica decidió ayudar al ministro muggle belga con la intención de erradicar el narcotráfico; fueron enviados los mejores hombres que tenía Potter. Por alguna razón desconocida, él decidió no viajar y apoyar a su equipo, sin embargo, informamos que las cosas resultaron de maravilla atrapando al líder: Bastian Shadow. No sabemos lo que ocurrió en dicho pueblo, lo que sí podemos informar es que Bélgica quería llevarse el crédito, por lo que pidió la extradición del mortifago. Nuestras investigaciones nos condujeron a saber que la familia Shadow estaba a favor de Quien Ustedes Saben, y por alguna, turbulenta, razón no acabaron en Azkaban.
Por supuesto que Potter y sus compinches no deseaban que alguien más se llevara el reconocimiento; por fin estaban haciendo bien su trabajo. Entre sus filas estaba Mariana Somender, quien es la asistente de Miranda Cavanaugh, jefa del Departamento de Cooperación Mágica Internacional. Imagino que no es fácil limpiar el tiradero que deja la Oficina de Aurores; destrozos por aquí y destrozos por allá. Así como el día de ayer por la tarde; se suscitó un enfrentamiento en el atrio del Ministerio de Magia. Bastian Shadow resultó ser más listo, y trató de escapar de la sala de detenciones. Mis fuentes fidedignas aseguran que encontró la forma de inmovilizar al guardia y robarle la varita; imposibilitó al resto de los aurores y evitó que pudieran aparecer y atraparlo, pero al llegar a las chimeneas se topó con Andrea Green y Mariana Somender. Casualmente fueron las primeras en llegar. ¿Cómo es que pasó eso? El fugitivo no tardó en hacer de las suyas; hubo una gran explosión, en donde varios magos y brujas visitantes resultaron heridas, incluida la misma auror. Por lo que nos cuentan, no pudo ni siquiera levantar la varita. Su amiga fue quien le salvó el trasero; ahora mismo y probablemente, estarían leyendo la nota sobre su funeral, aunque recordemos que esto ya pasó cuando el mundo creyó que estaba muerta y por causa del desaparecido Connor Reeed.
Los pocos testigos afirman que no fue un gran duelo, pero sin duda la asistente de Miranda Cavanaugh tiene bien escondidas sus habilidades; mostró ser más capaz que el departamento de aurores juntos. Debemos mencionar que la peor parte se la llevó su amiga Green, quien recibió la maldición Contracturo. Su familia no está para nada contenta de que, cada dos por tres, asista al hospital; supongo que ya tienen reservada una habitación especial para ella. Si yo estuviera en su lugar, pediría un aumento de sueldo por tantos daños. Reitero que Harry Potter no nos ha traído paz; no olvidemos la incursión que tuvo hace más de un año, cuando algunos secuaces de Reed quisieron entrar en el ministerio, ni siquiera mencionemos la prisión en la que suponíamos, trataba de liberar a varios mortifagos que yacen ahí. Es un hecho que la seguridad del mundo mágico no está en buenas manos. ¿A qué juega el gran ministro de magia, Kingsley Shacklebolt? Dejar algo tan importante en manos de personas que han demostrado ser muy incompetentes. Merlín nos apiade con las jóvenes proezas que están siendo entrenadas para este trabajo, porque es obvio que los instructores apenas tienen idea de diferenciar lo que es una varita de regaliz a una auténtica. No nos vayan a dar la sorpresa de que Mariana Somender, por lo que hemos indagado, tiene como padrino a Han Moody (tío del gran y, paranoico, auror Alastor Moody) quién ha sido el encargado de instruirla. Ojalá no nos termine dando un golpe de estado y acabemos a los pies de una Slytherin. No nos vaya a tratar como mascotas a las serpientes. Quizás todo eso sea una trampa de dicha jovencita.
—¿Quién escribió esto? —preguntó Andrea mientras observaba el periódico—. ¡Claro! ese idiota de Mush Skeeter.
—¿Ahora qué escribió? —Su padre también estaba interesado en el tema.
—Léelo por ti mismo —respondió mientras le entregaba la nota y se acercaba su plato de cereal. Le costaba un poco tener que realizar las cosas básicas, como desayunar, con una sola mano.
—Es normal que se susciten este tipo de rumores.
—¿Rumores? Claro que no, ese tipo siempre anda metiendo sus narices donde no debe.
—Lo sé, hija.
—¿No leíste la última nota, en la que insinuaba, que Mariana era una infiltrada en el ministerio?
—Supongo que iba a ser mal visto eso —respondió su padre tranquilamente mientras hojeaba el resto del periódico.
—No tienes idea lo que me costó convencer a Miranda.
—Me sorprende mucho eso.
—¿Por qué? —Su madre había desaparecido momentáneamente para abrir la puerta.
—Porque siempre terminas cediendo en todo.
—¿Y eso a qué viene? —preguntó la castaña indignada.
—Qué quizás Miranda tenía que ganar algo para que me dejara ir de misión —respondió Mariana; decidió ir a visitar a su amiga, la cual, encontró casi en perfecto estado.
—¿Qué haces aquí? —Andrea no esperaba que fuera a visitarla.
—Si quieres me voy…
—No seas grosera. —La madre de la chica golpeó discretamente el brazo de su hija.
—No lo soy, sólo pregunto. Usualmente a estas horas estaría camino al Ministerio.
—No hagas caso, pasa Mariana. ¿Te sirvo algo?
—Sólo una taza de café, gracias.
—Vuelvo aparecer en primera plana —mencionó dándole el periódico mientras terminaba de desayunar.
—Me gusta lo que dice sobre salvarte el trasero —respondió con una sonrisa al leer la nota.
—¿Y también piensas en lograr un golpe de estado?
—Si fuera cierto… —dijo dando un sorbo al café que le sirvió la señora Green—, es obvio que no te diría. Tu impulsividad puede arruinar mis planes. —Andrea no sabía qué era lo que le causaba demasiada gracia al señor Green.
Andrea pensó en replicar, pero no tuvo palabras para defenderse. Mariana tenía razón, si supiera su plan para conquistar al mundo, encontraría la forma de arruinar las cosas. Los tres encontraron un tema de conversación que no tenía nada que ver con política, lo que fue muy placentero para ella. Se merecía un día de descanso después de lo ocurrido en el ministerio. No quiso imaginarse la cantidad de trabajo e informes que le esperaban a su regreso, sin mencionar las notas que salían en el Profeta. Mientras seguían charlando, en la sala de estar se escuchó un pequeño ¡Pluff! y de entre las llamas verdes salió una persona.
—Ya vine, mamá. —Dayra entró por la puerta de la cocina. Tardó unos minutos en darse cuenta de quienes se encontraban ahí—. ¡Por los calzones de Salazar!
—¿Qué? —preguntó Andrea curiosa por su reacción.
—¿Hace cuánto no te veo? —Cruzó los brazos muy indignada.
—Desde enero, creo. Cuando fui a las conferencias.
—Veo que sabes contar —respondió fríamente—. Hola, Mariana. Hace mucho que no te vemos por acá —saludó al notar su presencia.
—Hola, Dayra. Ya sabes, bastante trabajo. ¿Cómo estás?
—Veo que todavía existe mi hermana.
—¡Oye!
—Es la verdad.
—He estado ocupada.
—Lo de siempre. ¿Ahora qué hiciste? —preguntó al obsérvala mejor y notando su brazo en cabestrillo.
—Patee el trasero de un fugitivo.
—Creí, haber leído que te salvé.
—¡Bien! Me batí a duelo con alguien y Mariana me salvó.
—Clásico de ti —respondió Dayra conteniendo la risa.
—Me lo dices como si todo lo que me ocurre fuera mi culpa.
—¿Y no? —respondió Mariana enarcando una ceja, lo que produjo una risa de Dayra.
—¿De qué lado estás?
—¿Tu impulsividad, hermanita?
—Sin duda, entre Slytherins se entienden.
—Es que nosotros siempre tendremos la razón.
—Mamá…
—Ya, basta. Dayra deja en paz a tu hermana. —Mary salió en defensa de su hija, aunque ella en el fondo sabía que las chicas tenían razón. A veces su hija mayor podía ser demasiado impulsiva.
[***]
Los problemas en el ministerio de magia no se acabaron como esperaban, sin embargo, con ayuda de Miranda y su asistente, se logró que Bélgica cediera sobre el asunto de Shadow. Dejaron de insistir sobre la extradición y permitiría que fuera juzgado por el Winzegamot; dejarían que fuera a Azkaban a purgar sus penas. Tampoco les agradó que el gobierno inglés insinuara de tener un traidor entre sus filas. Mariana era una de las brujas que llegaba temprano a su oficina y la última que abandonaba el lugar, al igual que algunos miembros del departamento de aurores. No paraba de asistir a junta tras junta para discutir el estado en que se encontraba la relación de ambos países, y la forma de seguir manteniendo la cordialidad. Sin duda, los aurores no estaban tranquilos y querían llegar hasta el final y averiguar quién era ese mago o bruja que protegía a Bastian.
—Entonces, ¿te irás? —Andrea y Charlie no pudieron hablar desde que Shadow trató de escapar. Cada uno estuvo ocupado; la castaña debía dividir su tiempo entre fingir que era buena con la política y entrenar a los chicos en la academia.
—No lo sé, la verdad es que estoy muy a gusto aquí
—Quédate, Mariana no es tan fastidiosa como parece.
—Lo sé, recuerda que fui su compañero, y debo agregar que también pasó un largo año en África con ella y su muy particular personalidad.
—No te vayas.
—Creo que haría mejor si me voy, así puedo investigar quién protegía a Bastian.
—¿Y si es temporal? —Se sorprendió por lo que acaba de decir; le costaba hacerse de la idea que tuviera que irse.
—¿A qué te refieres? —Él sentía curiosidad por lo que escuchó.
—Haz un traslado. Estoy casi segura que a Harry le gustaría tenerte en nuestro equipo.
—No sé.
—¿A qué le temes, Charlie?
—A nada, es sólo que no es fácil dejar todo.
—¿Tus misiones las haces desde un escritorio?
—Pensaré la idea, ¿te parece?
—No, no del todo.
—¿Me vas a contar lo que sucede entre Alexander y tú? —preguntó de pronto cambiando de tema.
—No pasa nada, ¿por qué preguntas?
—Me debes esa charla.
—Si prometes quedarte te cuento.
—Eres una tramposa.
—A eso se le llama ser astuta.
Andrea tenía pendientes que terminar, por lo que el resto de la jornada laboral, Charlie le estuvo haciendo compañía. En ocasiones rompía el silencio con preguntas casuales; otras, recordando momentos divertidos que vivieron, específicamente cuando se enfrentaron en el torneo de duelos. El tiempo pasó rápido, ella logró terminar los informes que debía entregar. Su amigo fue paciente; un par de veces le dio algunas ideas para los novatos. Al terminar, recogió algunos papeles y se encaminaron al atrio del ministerio, donde la mayoría de los trabajadores, comenzaban a irse. Ella tomó su mano e hicieron una aparición conjunta.
—¿Quién es él? —preguntó Dayra, después de que Charlie la dejara en su casa.
—Charlie —respondió sonrojándose un poco; ni siquiera sabía por qué estaba reaccionando así ante la pregunta de su hermana.
—¡Oh, vaya! Sin duda, tiene cara de un Charlie.
—A todo esto, ¿me estabas espiando?
—No, sólo ví cuando llegaron. Saqué a Kirlly al jardín. ¿Quién es Charlie?
—Es…
—¿Tu nuevo novio?
—¡¿Qué?! ¡No! Claro que no. —Negó rotundamente con la cabeza.
—¿Por qué te pones así? —Cada vez le intrigaba más la situación—. A ver, hermanita, ¿qué pasa entre ustedes dos? —Cruzó los brazos esperando una respuesta.
—Nada, somos amigos.
—Ay ajá…
—Lo somos… es un ex compañero de Mariana.
—Con que te andas tirando al ex de tu amiga, eh. Interesante.
—Ya pareces a los Skeeter. —Puso los ojos en blanco fastidiada por su comentario—. Cuando estaba en mi quinto curso hice una fiesta que se salió de control. —Dayra, sin poder evitarlo, comenzó a reír a carcajadas—. ¿Qué?
—No creo que tú hayas organizado eso.
—¿Por qué?
—Porque no te gustan las fiestas.
—Puedes preguntarle a cualquiera. Es una leyenda.
—Créeme que lo haré. Continua con tu historia.
—Medio castillo terminó castigado por ello. Pero a todos, la directora envío lechuzas a sus familias. Al padre de Mariana no le agradó la idea de que tuviera amistades que no fueran... mmm…
—¿Sangre pura?
—Algo así. Quería que fueran Slytherin y de familias de renombre. El asunto es que no le agradó la lechuza que recibió, y los comentarios que había escuchado de las amistades de su hija, menos. Por lo que decidió cambiarla de escuela. La mandó a Uagadou.
—Guau, ¿en serio?
—Ahí conoció a Charlie, aunque técnicamente lo conocimos unos cursos antes. En el torneo interescolar de Quidditch —respondió ante el gesto interrogativo de su hermana—. Ese curso que dejó de estudiar en Hogwarts se conocieron, y cuando fue el torneo de Duelos nos hicimos amigos. Hace unos meses lo asignaron a la misión con nosotros, así que básicamente…
—Ya te lo cogiste.
—¡Qué no!
—No está mal, yo lo haría.
—¿Qué te pasa? —La castaña se sentía indignada por los pensamientos de su hermana—. Acabo de terminar mi relación con Alexander.
—¿Y qué? Él te estaba poniendo los cuernos con su alumna, ¿no? Además, tú lo has dicho, ya no son nada.
—Somos amigos, ¿sí? No pasará nada.
—Si tú lo dices…
—Me puedes creer o no.
Se preguntaba a sí misma de por qué se sonrojó por la simple mención de Charlie. Son amigos, nada más; se lo repetía para convencerse a sí misma. Además, como le mencionó a su hermana, tenía apenas unos cuantos meses de que terminó con Alexander y si no tuvo ese famosísimo tiempo de duelo era porque no tuvo la oportunidad de llevarlo a cabo debido a la misión que le asignaron. Pensó en todas las posibilidades que tenía con su amigo y llegó a la conclusión de que eran pocas, aunque también recordó que Alexander fue su mejor amigo hasta que decidieron dar el siguiente paso. No. No sentía nada por Charlie; sólo amistad, ese bonito sentimiento fraternal y nada romántico. Todavía seguía pendiente el tema de Connor, que tanto silencio de su parte le inquietaba, aun así sus sentimientos estaban claros. Repulsión por un tipo loco que la secuestró y le causó demasiado daño; amistad por un chico dulce y comprensivo, y todavía amor mezclado con decepción por una persona con la que le dejó buenos recuerdos. Estaba lejos de tener una relación con alguien cuando culminó otra; no era el momento. Charlie Blackwood y Andrea Green nunca serían nada.
[***]
Aunque todavía le quedaba casi un mes de vacaciones, Dayra comenzó a pensar sobre su futuro. Estaba por dar inicio su quinto curso, por lo que sentía demasiada presión y eso que sus padres o su hermana no le habían dicho algo para que se sintiera de esa forma. Repasaba una y mil veces sus opciones; lo que le gustaba o para lo que era buena. Tomaba en consideración el hecho de que, su padre tenía una editorial; que su madre era diseñadora, pero de lo que sí estaba segura era de que no quería ser auror. Bastaba con ver a su hermana. Amaba el teatro, amaba las películas muggles, le encantaba ir al cine, era algo que sin duda disfrutaba. A lo mejor era eso a lo que se podía dedicar; ir a una escuela de actuación mágica o podría formar una banda. La música era parte de su vida. Envidiaba a su amigo Matt, él desde que tenía uso de razón, quería entrar al ministerio; aunque ya no estaba convencido a qué departamento en específico quería pertenecer. Le gustaba hacer investigaciones, podría decidirse por ser un inefable, trabajar en el departamento de misterios. Por otro lado, su amiga Charlize le encantaba demasiado las criaturas, aunque no lo pareciera y sólo los más cercanos a ella, sabrían que tanto le gusta todo eso. La zoomagia es algo que le llama la atención; dedicaba demasiado tiempo a saber sobre cada criatura existente.
En su mente tenía esa pequeña inquietud de que Andrea no superó lo ocurrido con Reed, o eso que le estaba ocultando y que hasta la fecha no le pudo contar. Sin mencionar su última misión en Bélgica; le intrigaba algo que le dijo Mariana: en todo ese tiempo nunca fue a la acción; la misión la llevó a cabo desde un escritorio, nada propio de Andrea Green. Estaba convencida de que sufría ese trastorno de estrés postraumático, pero era obvio que su hermana no lo aceptaría. A veces podía ser orgullosa; era capaz de fingir que estaba bien, aunque su mundo se estuviera derrumbando. Buscaría la forma de hablar con ella para evitar que se autoengañe, porque tenía muy presente que amaba a Alexander; no le agradó lo que le dijo en aquella pelea. Recordaba la última carta cuando le contó lo ocurrido en aquel bar. Mientras él se estaba besando con su alumna, su hermana estaba sufriendo y tratando de superar todo. Minimizaba las cosas con tal de no sufrir; afirmaba mil veces que eso no era sano. Analizó la situación; Dayra entró a navegar un poco en la red con su computadora. Tenía ganas de salir a dar una vuelta, a veces se aburría demasiado; antes no era así ya que su hermana, por lo general estaba en casa. Últimamente tenía mucho trabajo y tenía suerte si la veía a la hora de la cena. Quizás podrían ir al teatro o al cine, aunque era probable que rechazaría la idea de ver una película, estaba casi segura que todavía no olvidaba la broma que le hizo sobre las arañas. Buscó en la cartelera teatral y encontró una que, probablemente, le gustaría, así ambas pasarían un rato agradable. Durante la cena, su fortuna estuvo de su lado ya que Andrea llegó. Se veía menos tensa que en otras ocasiones, sin embargo, se veía preocupada y es que por lo que les contó, estaba cerca el juicio de Bastian Shadow.
—Acabo de comprar unos boletos —dijo interrumpiendo en su habitación justo después de cenar.
—¿Para qué? —La castaña estaba tumbada en su cama tratando de leer un libro.
—Para el teatro.
—¿Y luego?
—Es la forma que encontré para que me compenses que no te he visto en todas mis vacaciones.
—Sabes que no es a propósito.
—Ahora imagina que así sea.
—¿Cuándo es?
—Dentro de una semana. Ya gasté parte de mi mesada muggle, más vale que vayas.
—Trataré, sabes que ahora tengo bastante trabajo.
—Pues me la debes.
—Está bien; prometo que iremos.
—Voy a confiar en ti. —Dicho esto salió de su habitación confiada.
Durante el resto de la semana, Dayra estuvo mandando demasiadas cartas a sus amigos Charlize y sus padres decidieron irse de viaje antes del regreso a clases. Matt se la pasó, el mayor parte de su tiempo, encerrado en su habitación estudiando los misterios del mundo mágico. Y ella pasaba las manecillas del reloj leyendo o jugando con Kirlly, que cada día que pasaba era más grande y hermoso. Sin duda, era su adoración y trataba de enseñarle algunos trucos. Andrea iba y venía de su casa al ministerio, de prácticas en prácticas en la academia, de junta tras junta ultimando detalles en el caso de Shadow. Estaba segura que en algún punto explotaría, aunque no era la única que estaba de esa manera. Su amiga Mariana quizás estaba peor; no sabía cuál era la intención que tenía Miranda, pero ella aseguraba que estaba explotando su talento.
—¿Se puede? —A la castaña casi no le gustaba encerrarse en su oficina, sólo cuando necesitaba cierta soledad. Su puerta siempre estaba abierta y en esos momentos se encontraba Mariana esperando su respuesta; llevaba cargando varios pergaminos.
—Adelante. —Hizo un gesto con su mano para que tomara asiento—. Es un milagro que te veo.
—Créeme que igual pienso lo mismo, pero ya sabes.
—El trabajo, lo sé. Dime, ¿a qué se debe la fortuna de que pases por mi oficina?
—Necesitaba un respiro.
—¿Y mi oficina es para que te relajes? —preguntó algo contrariada.
—Venía a darte un aviso, pero vi la pequeña oportunidad de tomarme, al menos cinco minutos, antes de que Miranda me mande a hacer otra cosa.
—¿Quieres algo de beber?
—Sería tan genial un trago de tequila.
—Podría dártelo, pero como eres una controladora y maniática con las reglas, dudo que lo aceptes.
—No soy así.
—¿Apostamos? —Andrea estaba convencida de cada palabra que decía, así que sacó su varita e hizo aparecer un caballito de dicha bebida—. Todo tuyo —dijo poniéndoselo enfrente de Mariana.
—Sabes que no puedo. Estoy trabajando. —Por el rostro de la castaña se asomaba una sonrisa de triunfo, algo que no le gustó a su amiga.
—Te lo dije.
—Borra esa sonrisa. —Sin más se bebió el tequila. Pudo sentir como le abrasaba la garganta y su cuerpo le agradecía ese trago.
—Impresionante. —Andrea tuvo admitir que estaba sorprendida—. ¿Mejor?
—Creo que lo necesitaba. Pero igual deseo salir, una noche como la que tuvimos.
—Oh sí, cómo olvidar.
—Lo siento, no pretendía…
—Quizás cuando acabe todo esto de Bastian podremos tomarnos un tiempo y salir.
—De hecho, de eso venía hablar. Mañana será su juicio.
—¿Ante todo el Wizengamot? —Asintió—. Bien, ahí estaré. No me quiero perder la oportunidad de ver la cara que pone al saber su condena.
Para ultimar detalles sobre el juicio que se llevaría a cabo; tuvo que entregar algunos informes pendientes, por lo que trabajó tarde en el ministerio. Cuando llegó a su casa, lo único que deseaba era tumbarse en la cama y dormir lo suficiente para estar en perfectas condiciones en el juicio.
—¿Lista para mañana? —Su hermana la interceptó cuando iba a entrar a su habitación.
—Lista, ¿para qué?
—¿Cómo para qué? Para ir al teatro. Lo olvidaste, ¿cierto? —Cruzó sus brazos, eso significaba que comenzaba a enfadarse.
—¿Es mañana? —Quería desaparecer en esos momentos. Claro que lo había olvidado.
—Sí, es mañana. Prometiste que saldrías conmigo.
—Lo sé, pero tengo… —Comenzó a revolverse el cabello, su gesto de nerviosismo—. Mañana es el juicio de Shadow y quiero estar presente.
—Siempre tus excusas.
—Perdón, sólo mañana. Te prometo que después paso el día contigo.
—Haz lo que quieras.
—Dayra… —Sin esperar una respuesta se encerró en su habitación dando un portazo.
Andrea se levantó temprano para ir al ministerio; por fin se cerraría el caso que tanto les generó problemas. Al salir de su habitación, pasó discretamente por la de su hermana. Tenía que realizar demasiados méritos para que la perdonara; se sentía culpable. Lo pensó mejor y antes de bajar a tomar una taza de café, regresó a su habitación para tomar un pedazo de pergamino en el que escribió una pequeña disculpa. La guardó en un sobre y adentro metió algo de dinero muggle y mágico para pasarlo por debajo de la puerta de la habitación de su hermana. Al llegar al ministerio, era imposible no enterarse de lo que estaba por suceder. Subió al elevador para pasar primero por su oficina y trabajar un poco antes del juicio.
Cerca de la hora en que debía bajar, Mariana pasó por ella. Llevaba algunos pergaminos en los brazos y una pequeña libreta donde pensaba tomar algunas notas, eso le intrigaba; no entendía para qué, pero supuso que era parte de su trabajo. Sin duda ella no tendría idea alguna sobre la política. Bajaron a lo más profundo del ministerio y caminaron por enormes y solitarios pasillos; llegaron a la enorme sala que apenas estaba iluminada. No tenía ventanas, sólo antorchas sujetas en argollas como las que iluminaban los muros de Hogwarts. Delante de cada pared había varias filas de bancos, más elevados y cercanos a la pared, en los que se encontraban sentados muchos magos y brujas. En el centro exacto de la sala había una silla vacía. En los brazos de la silla tenía unas cadenas para evitar que el prisionero escapase. La atmósfera del lugar era sórdida e intimidatoria y aquellas apretadas filas de bancos que se elevaban escalonadamente hacia las paredes; estaban colocados para que hubiera una clara visión de la silla de las cadenas. Tomaron asiento al lado de Charlie, quien había decidido quedarse para el juicio, luego regresaría a Bélgica. La puerta del rincón se abrió y entraron tres personas; dos aurores flanqueados por otros tres más, se dirigieron lentamente hacia el centro de la sala, donde estaba la silla y cada uno agarrando al prisionero. Colocaron al hombre en la silla con las cadenas para luego salir de la sala. La puerta se cerró tras ellos y las cadenas emitieron un destello dorado; solas se enroscaron como serpientes en torno a los brazos y sujetándolo a la silla.
—Bastian Shadow. Se le ha traído ante la Junta de la Ley Mágica —dijo Babajide Akimgbade—. Para que podamos juzgarlos por crímenes que atentan contra la salud de los muggles y por actividades relacionadas con los mortifagos.
—Así es, señor.
—¿Qué tiene que decir en su favor?
—Nada.
—Bien. Entonces…
—Tengo algo que agregar. —Interrumpió con una sonrisa triunfal—. Se arrepentirán. Cada uno caerá. Mientras ustedes pierden tiempo aquí, alguien más está afuera esperando su momento.
Harry y el resto de los aurores se pusieron en alerta; Andrea se tensó en su asiento. Por primera vez en mucho tiempo, el recuerdo de Connor apareció en su mente. Sin previo aviso, bajó de su asiento y salió precipitadamente de la sala mientras el juicio seguía en curso. Mariana y Charlie cruzaron miradas confusas, este último salió tras de ella.
—¿Qué pasa, Andy? ¿Estás bien?
—Necesito algo de aire.
—¿Segura? —No estaba muy convencido, pero no creía que fuera el mejor momento para tratar de hablar con ella—. ¿Quieres regresar?
—Sí, entremos.
—Tranquila. Todo va a estar bien. —Consoló Charlie abrazándola. Juntos entraron de nuevo a la sala. No se perdieron de tanto, apenas estaban por definir una sentencia.
—Bastian Shadow, usted fue sorprendido realizando magia frente a muggles y cometiendo crímenes en contra de su salud. Por este motivo pido para usted un período de prisión en Azkaban de no menos de quince años. Ahora llévenselo.
—¡¡Se arrepentirán!! —Comenzó a reírse mientras los aurores se lo llevaban; pasó por un lado de donde se encontraba Andrea, Mariana y Charlie—. Cuida a tu bella amiga, no vaya a ser que ahora sí no se pueda salvar. —Su mano buscó su varita, pero sus amigos se lo impidieron.
La sala comenzó a vaciarse, necesitaba salir de allí. Quería la soledad de su oficina para pensar en todo. No le gustó la advertencia que le hizo Shadow; no sabía si era un presentimiento o algo, pero estaba preocupada. Se deshizo de sus amigos, pero Mariana le siguió; la conocía y sabía que algo pasó para que estuviera nerviosa. Estuvo demasiado ausente en el elevador; parecía que estaba en un estado automático.
—¿Por qué no me dices qué te pasa? —preguntó de pronto al estar en su oficina.
—¿Y si Connor tiene algo que ver en esto?
—¿En qué?
—En este asunto de Bastian Shadow.
—¿Cómo?
—No sé.
—No creo que tenga algo que ver. Quiere intimidar con sus amenazas; todavía no sabemos cómo es que hacía sus negocios sin que el ministerio de Bélgica supiera.
—Me preocupa.
—Dime qué es lo que te angustia. —Andrea tomó asiento detrás de su escritorio.
—Tanto silencio de su parte.
—Creo que te estás mortificando de más.
—¿Y si no?
—Connor debe estar por ahí; pronto tu departamento lo atrapará y no pasará nada.
—No lo entiendes.
—¿Tiene que ver con lo que pasó con él? ¿Por qué no me cuentas?
—Necesito… necesito estar sola, por favor.
Mariana sabía que no le iba a decir nada hasta que estuviera lista. Tenía en mente que algo ocurrió; algo verdaderamente malo que le afectó lo suficiente para que tuviera que estar pensando en que algo malo puede pasar. Sin duda, Connor Reed se apoderaba de su mente y eso no era para nada bueno. Lo único que tenía que hacer era esperar, estar atentos y actuar en el momento adecuado.
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