Capítulo 11
En colaboración con Gustavo Torres.
Hubo días en los que reinaba la tranquilidad en la casa de los Green, o sólo en apariencia; la hija mayor del matrimonio, a pesar de haber cerrado un caso importante, todavía tenía demasiadas ocupaciones en el ministerio de magia. La academia de aurores seguía estando en sus manos, y siempre buscaba poner nuevos retos a los estudiantes. Por otro lado, la hija menor estaba por comenzar su quinto curso en Hogwarts. Uno de esos días de vacaciones, Dayra se encontró afuera en el jardín cepillando el pelaje blanco de Kirlly, cuando una lechuza se posó a su lado. Se trataba de la carta del colegio e iba acompañado por el usual recordatorio de que el curso empezaba el primero de septiembre; el otro decía qué libros iba a necesitar para el año que daría inicio: El Libro Reglamentario de Hechizos, Nivel 5 de Miranda Goshawk y Teoría de la Magia Defensiva de Wilbert Slinkhard. No se dio cuenta del pergamino extra que traía el sobre hasta que algo color verde y plata cayó en su mano.
—¿Prefecta? ¿Yo? No lo creo.
—No crees, ¿qué? —preguntó su hermana, quien estaba revisando su portafolio antes de irse.
—Nada, sólo que me nombraron prefecta —respondió indiferente, aunque por dentro estaba emocionada.
—¿En serio? —dijo incrédula, fijando la vista en la carta—. Guau… felicidades.
—Tú no lo fuiste, ¿cierto? —En su voz había un deje de malicia.
—No. —Trató de responder con serenidad—. Nombraron a Mena y a Gus.
—Y a Mariana también.
—¿Por qué tanta pregunta? —expresó irritada; a veces podía ser un poco egocéntrica.
—Por nada en particular. ¿No ya te ibas?
—Sí, ya me voy. Felicidades por tu nombramiento —dijo con un tono agrio; caminó a los límites para desaparecerse.
La chica entró a la casa feliz con su perro siguiéndola. El orgullo de su hermana estaba herido al recordarle que nunca logró ser prefecta; para Andrea, todavía era doloroso haber perdido la oportunidad de tener autoridad en el equipo de quidditch, y más cuando sus amigos paseaban por los pasillos quitando puntos a los que rompían las reglas. Sin embargo, no podía quejarse, ahora estaba al frente de un montón de novatos; y ya dirigió a un grupo de aurores en una misión. Así que a Dayra no le remordía la conciencia de restregarle su insignia. La situación le satisfacía. Robert y Mary Green estaban orgullosos por los logros que estaban obteniendo sus hijas. Eran felices por la prefectura de la Slytherin.
El día de la partida, Matt acudió, con sus cosas, a la casa de su amiga para irse con ella. Una vez dentro de la estación, pasearon cerca de la barrera entre las plataformas nueve y diez hasta que todo estuvo despejado; entonces uno por uno se inclinó sobre ella y entraron en el andén nueve y tres cuartos, donde estaba el Expreso de Hogwarts emitiendo vapor negro.
—Bien, cuídense. —El señor Green besó en la frente a su hija y le estrechó la mano a Matt.
—Pórtense bien. —Sonó el pitido de alarma y los alumnos que quedaban en la plataforma corrieron al tren.
—¡Nos vemos! —gritó Dayra por la ventana abierta cuando el tren se movió.
—Iré a buscar un vagón. Supongo que tendrás que ir con los otros prefectos, ¿no?
—Sí, nos vemos al rato.
—Vale, ojalá no tardes.
Matt caminó jalando su baúl hasta que encontró un vagón al final del tren. No tardó en tener la compañía de Charlize. Ambos estuvieron platicando sobre los TIMOS y sobre lo que les gustaría dedicarse. El tren siguió adelante, corriendo a campo abierto. Era extraño cómo había cambiado el día; cuando salieron, hacía mucho sol y ahora estaban pasando bajo grandes nubes grises. Dayra no volvió hasta que pasó una hora, tiempo en que el carrito de la comida se hizo presente. Ambos estaban comiendo un par de pasteles de calabaza cuando la puerta se abrió entrando ella con la canastilla que encerraba a su perro.
—Estoy hambrienta —dijo cogiendo una rana de chocolate—. ¿A que no adivinan quien es mi compañero?
—¿Quién?
—Randal.
—¿En serio?
—¿Cómo es que alguien como él terminó siendo prefecto?
—No lo sé, tendré que patrullar los pasillos cada cierto tiempo —respondió con fastidio—. Pero no quiero hablar sobre eso por el momento.
—¿Cómo está tu hermana? —Cambió de tema Charlize—. ¿Sigues enojada con ella?
—Ni siquiera se despidió de mí.
—Supongo que tenía trabajo.
—Como siempre, pero da igual, tendrá que hacer muchos méritos para que la perdone. —Ninguno de sus amigos dijeron nada más, retomaron el tema sobre lo que querían estudiar una vez terminado sus estudios en Hogwarts hasta que Dayra tuvo que cumplir sus primeras obligaciones como prefecta.
[***]
La prisión de Azkaban tenía un nuevo inquilino. Bastian Shadow se encontraba ya tras las rejas, con una sonrisa que ni las amenazas de los aurores pudieron borrar; en su mente tenía el rostro de aquella señorita que lo engañó. Era una bruja atractiva, y el simple hecho de pensar en ella, producía que se le olvidara, por unos instantes, su venganza, aunque eso era precisamente lo que le hacía calmar sus instintos carnales. Al haber sido enjuiciado y condenado, el departamento de seguridad mágica estuvo un poco más tranquilo en comparación con los últimos meses. Retomaron de nuevo las alertas sobre Connor Reed, quien seguía siendo un fugitivo. Charlie Blackwood y Vince Wells ya no tenían mucho que hacer en Londres, sin embargo, estaban demasiado cómodos trabajando allí y ninguno de los dos desechó la idea de pedir un traslado y quedarse en donde se encontraban.
Desde la última conversación que Charlie tuvo con Andrea, no dejo de pensar sobre su propuesta para cambiar de aires, pero como mencionó, tenía que descubrir qué estaba pasando en Bélgica. No concebía la idea de un traidor; alguien que fuera cercano a él. Por lo que tomó la decisión de regresar, al menos hasta lograr descubrir la verdad.
—Entonces, decidiste irte. —Ambos salieron a tomar algo en el callejón Diagon; querían un poco de privacidad.
—Sí. Tengo que hacerlo.
—Pensé que sí te quedarías, o que al menos habías considerado la idea de permanecer más tiempo.
—Necesito hacer esto. No me puedo quedar tranquilo pensando que alguien nos está traicionando. —No sabía lo que le estaba pasando, pero el sentimiento de abandono comenzaba a invadirla.
—Deja que alguien más lo haga.
—No puedo.
—Bien…
—Oye. —El chico se acercó a ella para abrazarla con fuerza—. ¿Qué pasa?
—Nada, es sólo que me acostumbré a estar contigo.
—¿No me dirás la verdad sobre Alexander?
—¿Qué verdad?
—Sé que te pasaron cosas que te están afectando. Y quiero que sepas que estoy aquí, contigo.
—Te irás.
—Sigo aquí.
Él se acercó a ella y con suavidad tomó su rostro entre sus manos. La lentitud fue acortando distancia entre ellos; el aliento de cada uno se mezcló y sin ninguna duda, Charlie hizo que sus labios se sincronizaran con los de Andrea. Fue un beso tierno, que ambos estaban deseando probar. Unos instantes después, el chico se separó avergonzado por lo ocurrido.
—Discúlpame, no debí. Lo siento.
—No te disculpes.
—Prometo escribirte cada que pueda.
—Te extrañaré —susurró la castaña dejándose abrazar de nuevo.
—Y yo a ti. —No era muy común que una auror como Andrea llorara, pero en esos momentos, le era imposible controlar sus emociones.
Charlie fue su amigo en tiempos de soledad, y ahora temía que el abandono la consumiera; un problema más que resolver. Quiso contarle, sobre todo, de cómo se sentía, del miedo a Connor, de la ausencia que dejó Alexander, de la soledad que estaba comenzando a sentir por él, pero no fue capaz de decirle sólo que lo extrañaría.
—Te llevo a tu casa. —Accedió sin tener una réplica de por medio. La tomó de la mano y se desaparecieron—. ¿Estás bien? —preguntó apenas la sensación de opresión desapareció.
—Sí, lo siento.
—¿Qué pasa? —Charlie estaba preocupado; nunca la había visto así.
—Nada, es sólo que me doy cuenta que te echaré mucho de menos.
—Yo también, pero si necesitas algo, lo que sea, basta un patronus y vendré.
—¿Lo harías?
—¿Dudas de mí?
—No tardes tanto en visitarme, ¿de acuerdo, Charlie Blackwood?
—Y tú, Andrea Green. No dudes en mandarme una lechuza si me necesitas.
—Vale, tendrás a Hermes muy seguido. —Se volvieron a abrazar y antes de que el chico caminara a los límites, besó la frente de la castaña.
Los aurores extranjeros regresaron a Bélgica y Andrea trataba de no pensar en la partida de su amigo. Luego estaba el asunto de Connor; seguían sin saber nada de él, ni siquiera una pista de su posible paradero. Todo eso comenzó a inquietarle. Tampoco ayudaban las diversas notas que aparecían en El Profeta; estaba a punto de perder la paciencia al respecto, pero en aquella ocasión tuvo una nota especial en la revista Corazón de Bruja; alguien tuvo la delicadeza de dejar un ejemplar en su escritorio. Contaba con una foto de ella y Charlie y haciendo hincapié en ese beso que se dieron. No sabía cómo es que lograron conseguirla; era evidente que ya no contaba con privacidad. Tuvo en mente que no debía leer la nota, pero necesitaba saber qué habían escrito sobre ella y su amigo.
Sin amigos nadie querría vivir, es lo que nos dice un filósofo muggle al que hemos tenido que recurrir para encontrar una respuesta. Podemos afirmar esto al ver la relación que se llega a entablar con algunos. La amistad de los jóvenes parece tener, por causa, el placer; y lo podemos observar en las polémicas fotos de la supuesta, disciplinada y recta, auror del departamento de seguridad mágica: Andrea Green. En una efusiva forma de cortejo, poco sutil, pero salvaje con su compañero invitado, Charlie Blackwood. Se sabe que, en Hogwarts, Andrea tuvo una relación con, el ahora fugitivo, Connor Reed; un joven de familia de renombre que, nunca se imaginó, pudiera tener ocultos sus poderes de magia negra. Poco sospechaba que no tardaría en sufrir otro golpe emocional en una vida cuajada de pérdidas.
Desde que el señor Potter puso la academia de aurores en sus manos de Alexander Mason, la señorita Green ha jugado con los afectos de ambos muchachos. Héroes, aurores de renombre y miembros cruciales para el departamento. Mason, que está abiertamente enamorado de ella, y por lo que hemos indagado, también el señor Blackwood, quien, recientemente, estuvo trabajando muy de cerca con la joven. ¿Será que regresó a Bélgica por qué se dio cuenta que no tendría oportunidad alguna? Lo que sí podemos constatar es la muy particular forma de despedirse que tiene Green. ¡Por Merlín! ¿No para eso al menos está el callejón nocturno? Qué gran falta de respeto a la comunidad mágica al hacernos participe de las cualidades que han conquistado el interés de estos pobres chicos. Esperemos que el jefe de aurores ahora diga algo coherente y tome medidas en el asunto, ya que, a mi parecer, cuando se jacta de decir que sus chicos tienen experiencia en movimientos de varitas, pensaba en el arte de la batalla, y no en esta forma tan pervertida de hacer uso de otro tipo de varita. Mientras tanto, las admiradoras de estos aurores tendrán que conformarse con esperar que la próxima vez le entregue su corazón a una candidata más digna que Andrea Green; es crucial que noten que no todo lo que brilla es realmente oro, y no les vaya salir con que sea oro leprechaun.
Ese tipo Mush Skeeter la estaba sacando de quicio, en otras circunstancias no le hubiera importado que escribiera mentiras sobre ella, pero le molestaba la forma en la que abordaba un tema tan delicado. Desde que Alexander y ella terminaron, no habían vuelto a hablar; sólo intercambiaban un par de palabras cuando tenían prácticas en la academia. Lo admitía, lo extrañaba. Alex era el chico del que estaba enamorada, pero no podía pasar por alto las insinuaciones que hizo con respecto al imbécil de Connor. No quiso darle importancia a lo que acababa de leer, aunque con cada palabra le hervía la sangre. Se dirigió al fuego de la chimenea con paso decidido; cogió un puñado de polvo brillante y lo arrojó a las llamas.
—¡Somender! —gritó Andrea dirigiéndose al fuego—. ¡Quiero hablar contigo! —Una gran forma apareció revolviéndose muy rápido. Unos segundos más tarde, Mariana salía de la chimenea sacudiéndose las cenizas de la toga.
—¿Llamabas?
—Sí —respondió la castaña, con el rostro crispado por la furia y regresando a su mesa con amplias zancadas—. Tienes que leer esto. —Le mostró la nota de la revista—. ¿Qué te parece?
—¿Lo besaste? ¿Besaste a Charlie? ¿Cuándo pasó? —Comenzó su interrogatorio con emoción e incredulidad al terminar de leer el artículo del periódico.
—¿En serio? ¿Es lo único que notaste? ¿De verdad? —Tenía la quijada rígida a causa del enfado.
—Tranquilízate primero.
—¿Cómo quieres que me tranquilice?
—Quiero saber qué pasó para poderte ayudar.
—No. Yo no besé a Charlie, él me besó y fue antes de que se fuera.
—¿Y entonces?
—Entonces, ¿qué?
—¿Sigues sintiendo algo por Alexander? ¿Qué sientes por Charlie?
—Sí, sigo sintiendo algo por él —respondió algo ausente—. No sé, quiero a Charlie. Me acostumbre a tenerlo cerca. Me dio la protección que necesito en estos momentos.
—¿Lo dices por lo de Connor? —Plegó la nota de la revista y la guardó en su túnica—. ¿Quieres hablar sobre eso?
—Tengo que encontrarlo y meterlo en Azkaban antes que… —Guardó silencio unos instantes—, haga más daño.
—Pienso que te estás preocupando de más. No le des importancia a esto de la revista, sabemos que no eres así.
—Ese idiota de Mush Skeeter sólo me ha traído problemas.
—Tengo un par de horas disponibles. —Trató de tranquilizarla, conocía su impulsividad—. ¿Qué te parece si salimos a tomar un poco de aire? No sé, vayamos a comer algo en un sitio muggle, ¿qué te parece?
—Yo…
—Anda, vamos. Necesitas respirar.
—¿Y qué estoy haciendo?
—Ya sabes a lo que me refiero. —Puso los ojos en blanco, a veces tenía que ser muy paciente con ella.
—Está bien. Sólo porque dudo poder concentrarme en los pergaminos que debo revisar.
Salieron del trabajo con la intención de pasar un rato tranquilo, y quizás tener una conversación más privada. Encontraron un buen sitio; la comida fue amena, en especial para la auror, que parecía estar más en calma después de charlar de temas triviales. Al entrar al atrio del ministerio, Andrea vio una característica vuela pluma. Andrea cerró los puños al notar que Mush Skeeter salía de uno de los elevadores; ese día llevaba una túnica verde oscura e iba acompañado de su fotógrafo.
—¡Déjalo! —dijo de pronto Mariana al notar lo que estaba por suceder y tomando a su amiga por el brazo—. Déjalo, Andrea. Déjalo que escriba lo que quiera.
—¿Qué? ¿tratando de encontrar algo para arruinar la vida de alguien? —preguntó Andrea en voz muy alta. Algunos que iban pasando se volvieron a mirar. Al ver quién le hablaba, Skeeter abrió mucho los ojos.
—¡Green! —dijo sonriendo—. ¿Todo bien con el departamento?
—Bastante bien, y sería mejor que apartaras tus narices de la vida privada de los demás.
—Nuestros lectores tienen derecho a saber la verdad. Sólo cumplo con mi...
—No te importa nada con tal de conseguir una historia, ¿verdad? Cualquiera valdrá, ¿eh?
—¿Negarás lo sucedido con Blackwood?
Andrea no estaba consciente del todo; lo único que supo fue que, al segundo siguiente, tomó al mago por las solapas de la túnica acorralándolo contra la pared. Se olvidó en donde estaba, y que varios funcionarios los estaban viendo: quería causarle a Mush Skeeter todo el dolor posible. Sin tiempo de sacar su varita, hizo hacia atrás el puño y lo estrelló contra su nariz.
—¡ANDREA! ¡NO! —Mush Skeeter estaba hecho un ovillo en el suelo, quejándose y gimiendo con la nariz sangrando—. ¿Qué has hecho? —preguntó Mariana escandalizada—. Te meterás en problemas.
—Se lo merecía.
El atrio se sumió en el silencio. Algunos funcionarios que pasaron observaban. Andrea hizo caso a la sugerencia de irse de ahí; caminaron al ascensor. Miró atrás al llegar a la puerta: la vuelapluma de Mush Skeeter se deslizaba de un lado a otro por encima de un pedazo de pergamino.
—Ahora no te dejará en paz —dijo Mariana; puso los ojos en blanco. Reprobaba su acción.
—No me importa, se lo merecía.
—Andrea, no puedes resolver todo así.
—Así, ¿cómo?
—Pues así, lanzando a diestra y siniestra maldiciones y hechizos, y...
—En ningún momento lo hechice.
—Déjame terminar. —Aunque su voz sonaba muy normal, su mirada reflejaba una advertencia. La clásica mirada que sabía poner un Slytherin, la que todos catalogan como la mirada de basilisco.
—Bien, bien.
—Tampoco puedes estar golpeando a la gente.
—¿Y por qué no? Ya te dije que se lo merecía.
—No puedes ser impulsiva, debes pensar las cosas antes de actuar.
—¿No ya tuvimos esta discusión? —preguntó la castaña pensativa y aparentemente más tranquila.
—La tuvimos.
—¿Entonces?
—Deberías de controlarte. Eres una auror. Deja de comportarte como un vikingo furioso.
—No lo hago, les doy lo que le toca a cada uno.
—Gryffindor tenías que ser.
—¿Qué tiene que ver eso?
—Nada en particular.
—Dime, por favor. —Pero la conversación finalizó cuando ambas chicas salieron del ascensor.
Era inusual que la asistente de Miranda Cavanaugh, no tuviera trabajo o que tuviera horas disponibles para darse un respiro. Quizás el mundo mágico estaba en tranquilidad; lo que tenía que hacer Mariana era buscar algo para entretenerse y no caer en el aburrimiento. No era una bruja que se mantuviera en casa sin hacer nada. Así que se ofreció para ayudar a Andrea a revisar los pergaminos de la academia, darle algunas sugerencias a los novatos para que mejoraran. Se mantuvieron de esa manera por el resto del día, avanzaron mucho, pero todavía quedaban pergaminos que revisar. Volvió a la mañana siguiente; Andrea no se encontraba en su oficina. La buscó en la sala de entrenamiento con el resto de los aurores; practicaban hechizos de ataque y sigilo. Se quedó un momento observando la clase, y en la manera de cómo se desenvolvía Alexander y ella.
—¿De nuevo sin trabajo? —preguntó Andrea al verla recargada en la puerta.
—Sí, esto es muy raro.
—Supongo que ya habrá algo que tu departamento tenga que resolver. Suele pasarnos a nosotros.
—Ya sé, pero no me gusta quedarme en mi escritorio sin tener mucho que hacer o llevando café a Miranda.
—¿Recuérdame por qué decidiste entrar en ese departamento?
—Porque soy buena en ello.
—Y así controlar al mundo.
—Shhh… no divulgues mis planes. —Mariana puso el dedo índice sobre la boca; Andrea sonrió.
Iban de regreso a la oficina; Andrea tenía pendientes que terminar, informes que revisar, por ejemplo. Una vez más, Mariana le ayudó con algunos pergaminos; de vez en cuando se rompía el silencio, otras se escuchaba el rasgueo de la pluma que fue interrumpido por la presencia de una mujer, que reconocieron de inmediato como la asistente de Harry.
—¿Señorita Andrea?
—¿Sí?
—El señor Potter quiere verla en su oficina.
—En un momento voy. —Le extraño el llamado, intercambió una mirada con su amiga. Salió con pasos lentos a la oficina de su jefe preguntándose el motivo por el cual la había llamado—. ¿Me llamó?
—Toma asiento.
—¿Todo bien?
—Quiero saber sobre el incidente con Skeeter.
—¿Cómo...? —El pelinegro sacó el Profeta, donde se alcanzaba a ver una foto suya en el momento justo del golpe—. No sé qué decir —dijo mientras tomaba el periódico. Todo en primera plana.
—Quiero una explicación.
—Ha estado diciendo demasiadas mentiras sobre mí y…
—¿Te diste cuenta de tus acciones? —Se mostraba enojado. Nunca había visto tan semejante forma de actuar por parte de alguno de sus hombres.
—Él se ha estado metiendo en mi vida.
—No me importa lo que haya hecho o escrito. ¡Eres un auror, Green! Y por lo tanto debes de comportarte como tal, dar el ejemplo.
—Harry…
—¡Te vieron varios funcionarios! —expresó alzando levemente la voz—. ¡Saliste en primera plana! y todo por un chisme, todo porque lo golpeaste. Te comportaste como un muggle.
—Lo siento, yo…
—Tengo que tomar medidas.
—¿Estoy despedida?
—No, Green. Pero estás suspendida una semana de tus obligaciones.
—Harry, no puedes hacerme esto.
—El señor Mason se hará cargo de la academia, mientras tanto no podrás hacer nada.
—Por favor.
—Lo siento. Puedes retirarte.
La chica no sabía qué sentir o qué decir para defenderse; una parte de ella estaba enfurecida con Skeeter por lo ocurrido, y otras con ella misma por no haberse controlado por lo ocurrido. Salió de la oficina mientras trataba de respirar para tranquilizarse y no ir a buscar al culpable de lo ocurrido. Caminó con pasos lentos y apretando con fuerza el papel.
—¿Qué pasó? —preguntó de inmediato Mariana al ver su semblante—. ¿Todo bien?
—Estoy suspendida —respondió en un susurro, apretando los dientes.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Skeeter. —Le dio el muy arrugado periódico—. Y no me vayas a decir que me lo merezco, que me lo dijiste.
—Qué bueno que ya lo sabes. —La castaña le lanzó una mirada para nada amigable—. ¿Cuánto tiempo te suspendieron?
—Una maldita semana, pero te juro que me las va a pagar.
—Andrea, ¿en serio vale la pena que pongas en riesgo tu carrera por alguien así.
—¡No soporto que se metan en mi vida!
—Lo sé, pero tendrás que ignorarlo.
—¡Maldita sea! —Dio un golpe en su escritorio. Al final, su amiga tenía razón… como siempre.
[***]
El trabajo de los inefables era desconocido por completo, los empleados del Departamento de Misterios tenían prohibido hablar sobre lo que hacían o revelar alguna información. A Gerard apenas se le veía fuera de su oficina, o en los pasillos del ministerio; en ocasiones lo atribuía a su esencia de Hufflepuff. No le molestaba estar encerrado en lo absoluto. El mago, con su característico cabello castaño y despeinado, caminaba al ascensor; necesitaba un poco de aire fresco y algo de comida. Quizás aprovecharía para ir al segundo piso, al departamento de seguridad mágica a visitar a cierta aurora pelirroja; necesitaba abrazar a su novia. Green iba revisando unos papeles mientras caminaba, tenía que arreglar algunos pendientes antes de irse por una semana a su casa para cumplir la suspensión impuesta. Odiaba a ese Mush Skeeter, aunque valió la pena meterle ese puñetazo en la nariz, y esperaba que se la hubiera roto. Los ruidos de sus pasos retumbaron en el pasillo vacío; escuchó una voz reconocible para ella, lo que la hizo detenerse en seco. Alzó su cabeza para ver mejor, para encontrarse a unos magos que hablaban, entre ellos estaba Gerard Eagle, el novio de Kissy. Tenía mucho tiempo que no lo veía, y actuaba de una forma muy misteriosa junto con ese otro funcionario, que no supo reconocer. Su instinto se disparó; cerró de golpe el expediente y se acercó aún más evitando ser descubierta, ojalá tuviera una capa invisible para poder pasar desapercibida.
—…no puedes cometer errores.
—Sabes que yo no tuve nada que ver.
—Espero que estés diciéndome la verdad, porque fue algo torpe y descabellado. Ya sospechan.
—¿Quién sospecha de mí? —preguntó Gerard con enojo—. No quiero que te entrometas.
—Por eso me has estado evitando, ¿no? ¿Temías que me entrometiera?
—Mejor mantente alejado de mis asuntos y listo.
—Yo sólo intento ayudarte, pero al parecer quieres que tu plan se venga abajo. Así no podrás obtener lo que quieres.
—Tengo un plan y saldrá bien, sólo que me está llevando más tiempo del que creía.
—¿En qué consiste tu plan?
—¡No es asunto tuyo! —La castaña nunca había visto enojado a Gerard, ni siquiera cuando Kissy se ponía pesada. Algo tramaba y no le gustaba para nada la situación.
—Si me lo cuentas, yo podría ayudarte. Anoche estabas solo deambulando por los pasillos sin centinelas y sin refuerzos, lo cual fue una tremenda insensatez, y más en este mismo departamento. Estás cometiendo errores elementales.
—Sé lo que hago.
—¡Baja la voz! —Le espetó su compañero misterioso—. La farsa es crucial para el éxito, Eagle.
Apenas tuvo tiempo para reaccionar; Gerard caminaba hacia dónde se encontraba ella. Fingió estar interesada en la carpeta; el mago al verla, la saludó alegremente, luego se perdió entre los cubículos para ir al de Kissy. No podía dejar las cosas como así, tenía que advertirle a su amiga de que su novio estaba tramando algo, después de lo de Connor, y lo que recién había pasado con Blackwood. No podía permitirse sufrir un golpe contra sus compañeros y contra ella. No, regresó sus pasos para seguirlo. Sin anunciarse, entró en la oficina de su amiga interrumpiendo abruptamente el beso tan apasionado que se estaba dando.
—¡Green! ¿Quieres hacer el favor de tocar la puerta? —Hizo caso omiso de su queja, y actuando de la misma manera que lo hizo con Skeeter, tomó por las solapas de la túnica a Gerard para estrellarlo contra una de las paredes del cubículo.
—¿Para quién trabajas?
—¡Green! ¿Qué crees que haces?
—¿Para quién trabajas?
—Tú sabes muy bien para quien —respondió confundido Gerard; buscó con las miradas a su novia, confundido.
—Te ví hace unos minutos… ¿Qué ocultas? ¿Quién te envió? —Sin esperar una respuesta, sacó su varita y lo apuntó con ella—. No lo volveré a repetir, ¿para quién trabajas?
—¡Andrea! ¡Basta! —Kissy también sacó su varita.
—Él te está engañando, planea algo.
—Estás demente, déjalo en paz.
—No, lo arrestaré por sospechoso.
—¿Sospechoso? ¿De qué?
—Ya te dije, lo vi hace unos minutos hablando con alguien. ¿De qué farsa estaban hablando? —Lo miró esperando una respuesta y sin dejar de apuntarlo con la varita.
—No sé de qué estás hablando.
—¿Ah no? Bien, te llevaré arrestado. —Hizo aparecer unas cadenas sobre sus muñecas; cuando lo obligó a dar unos pasos y salir por la puerta, Kissy los detuvo.
—No te lo llevas a ningún lado, Green. —Con un movimiento rápido de varita, desvaneció las cadenas.
—¿Qué haces? Interfieres…
—¿Qué mierda te sucede? Sobre mi cadáver si piensas llevarte a mi novio arrestado tan sólo porque estás loca.
—No estoy loca. Lo vi y escuché. Trama algo.
—La falta de sexo te afecta.
—Quítate, Weasley. Déjame hacer mi trabajo —respondió ignorando el anterior comentario.
—Que no.
—Bien. —Tomó con más fuerza su varita. Apuntó a Gerard, pero Kissy fue más rápida que ella, lanzándole un hechizo aturdidor; Andrea reaccionó y respondió el ataque con un haz de luz roja, la pelirroja esquivó el hechizo. El escritorio salió por los aires produciendo un fuerte sonido que alertó a los que se encontraban cerca—. No hagas esto más grande, Weasley.
—Atacaste a mi novio. —Alzó la varita para lanzar otro hechizo, pero alguien más desarmó a ambas chicas.
—¿Qué diantres sucede aquí? —Harry tenía en sus manos las varitas; esperó una respuesta. Detrás de él se encontraban otros aurores en alerta por si tenían que intervenir.
—Señor, Gerard Eagle es sospechoso.
—¿De qué? —explotó Kissy enfurecida—. Se te zafó un tornillo, Green.
—Silencio. Señor, Eagle, ¿me puede hacer el favor de dar una explicación? —Gerard se sonrojó levemente.
—Eh… sí. —Dejó escapar un suspiro—. Es verdad que me viste con alguien. —Comenzó dirigiéndose a la castaña—. Es un compañero del departamento, y…
—¿Y?
—Me ha estado ayudando en un asunto personal… en una sorpresa para mi novia. —Se sonrojó de nuevo.
—Oh… ¿en serio, amor?
—Sí, lamento la confusión.
—¿Ves? —Volvió a explotar Kissy contra Andrea.
—¡Mientes!
—¡Basta! A mi oficina, ¡ahora!
El resto de la siguiente media hora, Harry y Andrea se la pasaron encerrados; esta última tuvo que soportar el sermón que le dio su jefe. Del cual, apenas captó algunas frases sueltas como: ¿Qué te está pasando?, no puedo aceptar este tipo de comportamiento. Es verdad que no era, para nada normal, ese tipo de actitudes, pero ella confiaba plenamente en sus instintos, y casi nunca se equivocaba. Era impulsiva, sí, pero no siempre actuaba de esa manera. El sentimiento de incomprensión y abandono comenzó a sentirlo; si las cosas estuvieran bien con Alexander, él estaría con ella en esos momentos. Su mente le hizo recordar el último abrazo y ese beso que tuvo con Charlie, el mismo que la metió en problemas por la estúpida nota de Skeeter. Estuvo ausente durante el resto del discurso que le estaba dando el ojiverde; asintió las veces necesarias. El mal entendido y el pequeño encontronazo que tuvo con Kissy Weasley, ya lo sabía todo el departamento; esperaba que ningún periodista se enterara.
—¿Es verdad lo que dicen por ahí? —Apenas Andrea llegó a su oficina, Mariana apareció para saber cómo estaba.
—Depende, ¿qué se escucha?
—¿Te peleaste con Weasley?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no me dejó hacer mi trabajo.
—¿Qué hiciste, Andrea? —La miró con cierto reproche.
—Vi a Gerard actuar muy sospechoso, era evidente que tenía derecho a arrestarlo.
—No, más bien tienes la obligación de averiguar antes de meter a todos los que te resulten “sospechosos.” —Hizo un ademán con sus manos—, a Azkaban.
—Puedo y debo si resultan culpables.
—Tú lo has dicho, si son criminales.
—No estoy de humor para escuchar tus sermones, Somender —replicó mientras guardaba algunas cosas—. Bastante tengo con la estúpida suspensión.
—Dime, ¿qué te sucede? —preguntó después de unos segundos que guardaron silencio.
—Nada.
—Primero lo de Skeeter, ¿y luego esto?
—Ese idiota es el causante de mis problemas. —Mariana no paró de observar a su amiga con detenimiento—, por andarse metiendo en mi vida privada.
—Has estado muy rara.
—Estoy bien.
—Te conozco, ¿qué tienes?
—Somender, en verdad. No tengo nada.
—Bien, si no me quieres contar, entiendo. —Ninguna de las dos dijo nada más.
La castaña siguió guardando algunos papeles en su portafolio con la intención de hacer algo en casa mientras estaba suspendida. Su jefe le agregó unos días extras por el asunto de Weasley. Comenzaba a creer que realmente algo malo le estaba pasando.
En los últimos días, el departamento de aurores se encontró tranquilo, pero no la academia, ya que los novatos debían estar en forma para algún llamado al campo. Por esa misma razón es que Alexander estaba aprovechando su único día libre. Caminaba por las tiendas del callejón Diagon sin tener un destino fijo; veía tienda tras tienda sin que ninguna le llamara la atención. Podía sentarse en la marquesa de la heladería Florean Fortescue y refrescarse un poco, pero al final, no estaba convencido de dicha actividad. Siguió su camino con las manos metidas en los bolsillos; era agradable no tener puesta la túnica. Aburrido, giró sobre sí mismo y desapareció. Caminó sobre las calles del Londres muggle; su mente le susurraba que se fuera a casa. Su ser estaba impregnado de melancolía y nostalgia. Extrañaba. Sabía que necesitaba a la persona amada; no podía seguir fingiendo una fortaleza que no sentía. Rendido, regresó a su departamento; sacó de entre su alacena una botella de whisky de fuego para servirse un vaso; lo vació de un trago. Sintió como el líquido le quemaba la garganta. Se sirvió más, vaciándolo de nuevo. Se dejó caer en el sofá y cerró los ojos esperando el momento en que las lágrimas cayeran por las mejillas, pero unos suaves golpes en la puerta interrumpieron el inminente llanto. No sabía quién podía estarlo buscando; con pesadez la abrió llevándose una sorpresa mezclada con alivio.
—Andrea, ¿qué haces aquí? —No dejó de observarla; estaba algo diferente.
—¿Me invitas a pasar?
—Claro, adelante. —Se hizo a un lado para que ella entrara; se sentía curioso por el motivo de que estuviera ahí. Su orgullo le impidió buscarla en innumerables veces, en especial por el estúpido artículo del Profeta.
—Nunca me invitaste a pasar una noche aquí.
—Siempre estuve en tu casa, pero ¿qué haces aquí?
—Te extraño —susurró mientras hizo una pausa para mirarlo a los ojos—, demasiado. Estos días han sido muy duros.
—Creí que no querías que me acercara a ti.
—Es obvio que no. Te necesito. —De sus ojos cafés escaparon unas lágrimas. Alexander estaba vulnerable, era su debilidad y sin oponerse, se acercó a ella para secar con sus pulgares aquellos rocíos de sal. La abrazó.
—Lo siento.
—¿Por? —preguntó alzando su rostro para mirarlo.
—Por todo, por el daño que te hice. Por haber dudado de ti.
—¿Me extrañaste?
—Eso es una pregunta obvia. —Acercó sus labios a los suyos—. Con cada fibra de mi ser. —Pasó su lengua por ellos—, pero sé que estás interesada en otro.
—No —dijo ella mordiéndose—. Nadie es como tú.
Tenía que admitir que la amaba; su deseo por tenerla despertó y comenzó a ser mayor en esos momentos. Finalmente, sus labios se juntaron en un beso dulce; sin duda se habían extrañado bastante. Alexander fue tomado por sorpresa al sentir los dientes de la chica mordiendo sus labios, ella nunca había sido así, aunque tampoco es que hubieran llegado a tanto.
—Necesitaba esto —dijo sin dejar de sonreír mientras tomaban asiento en el sofá. Veía en ella una mirada traviesa, quizás la misma que él tenía—. Oí lo de Kissy, ¿cómo lo llevas?
—No tengo de otras más que esperar.
—Supongo que sí.
—Pero no hablemos de eso ahora.
—Entonces, ¿de qué?
—No sé, hagamos algo.
—¿Ah sí? ¿Cómo qué?
—Tú dime.
—Yo sólo quiero probarte. —La besó; ella le correspondió.
Enredó las manos en el cabello de la castaña; ella en el suyo alborotando; saboreó aquel beso de una forma muy apasionada. Se separaron unos leves instantes conectando sus ojos; sus corazones latían con violencia, con nerviosismo. Los labios de Alexander comenzaron a llegar hasta la base del cuello, las manos de la chica buscaron en su pecho la calidez de su piel; bajaban con lentitud por las solapas de su camisa, desabrochando los botones, uno por uno. Sacó el resto de la tela del pantalón para que los dedos recorrieran las líneas perfectas que se formaban.
—¿Estás segura? ―preguntó deteniéndose—. Hace tiempo que tú y yo no estamos juntos.
—Quiero estar contigo.
Alexander se quitó la camisa dejando al descubierto el torso. Extendió los brazos para poder quitarle la blusa, que cayó al suelo para que las manos tuvieran mayor facilidad en quitarle el sostén; lo hizo con habilidad. Sus labios saboreaban la piel desnuda, mordisqueando su cuello y depositando besos en los hombros mientras que le acariciaba los pechos. El calor los recorría, Andrea tomó la iniciativa, sus dedos fueron remarcando la línea formada por el vello y llegando hasta el botón del pantalón. Dejó que él mismo se los quitara; las manos llegaron hasta el abdomen y bajaron más hasta los muslos donde los acarició despacio; siguió explorando por debajo de la falda. Llegó a su intimidad por encima de las bragas; estaba mojada y caliente. Sonrió con satisfacción; seguro de sí mismo, le bajó las pantis para dejarla desnuda. Levantó sus piernas para tener una mejor vista, se acercó para besarla y disfrutar de su sabor.
—Oh Merlín. —Soltó la chica produciendo una sonrisa arrogante en él. Sentía su cuerpo sacudirse por lo que le hacía.
—¿Me detengo?
—No, sigue. —Pidió al sentir la presión que ejercía con los dedos—. Yo también quiero.
—Quieres, ¿qué?
—Hacerte... sentir... bien...
La castaña tomó el control; comenzó a masajearlo mientras lo besaba. Fue aumentando el ritmo paulatinamente produciendo un estremecimiento en el cuerpo de él; subía y bajaba sin dejarlo llegar al orgasmo, aprisionando a Alexander.
—¡Demonios!
Lo besó pasionalmente una y otra vez y mordió su labio con fuerza; se sentó sobre él haciendo movimientos circulares con su cadera; sintió como llegaba al clímax retorciéndose de placer... Abrió los ojos. Tuvo que acostumbrarse a la penumbra; la playera estaba empapada en sudor, no sólo sabía de su soledad, sino que también la sentía. Se levantó al baño. Lo notó, aquel pequeño accidente que le recordaba su realidad; la erección de su miembro le resultaba vergonzosa y deprimente. Nunca había aceptado lo mucho que la deseaba, que tanto la necesitaba como amiga, como mujer. Tenía que hacer algo para recuperarla; pensar en ella no le estaba ayudando en esos momentos. Se quitó la sudorosa playera y sus pantalones para meterse a la regadera; agua helada cayó sobre él.
[***]
El jefe de aurores se encontraba en su oficina con una pila de reportes encima de su escritorio por revisar. Ya tenía demasiados problemas como para tener que agregar otros tantos. No estaba siendo bien visto el comportamiento de su auror, tampoco le agradaba el tener que suspenderla, pero tenía que hacerlo. Tampoco le ayudaba para nada esas notas amarillistas que salían en el Profeta, o en el Corazón de Bruja. Todo el asunto de Bastian Shadow lo tenía agotado, sin mencionar que seguían sin encontrar a Connor Reed. Necesitaba un descanso, pasar tiempo en casa, despejar la mente para poder encontrar soluciones a esos problemas que salían de más problemas.
—¿Señor? —Su secretaria, una bruja mayor interrumpió en su oficina—. La señorita Cavanaugh quiere verlo.
—Dígale que pase. —Unos instantes después, la mujer entró apresurada—. Miranda, que gusto verte. ¿En qué puedo servirte?
—Potter —saludó mientras tomaba asiento—. Me temo que tendré que viajar a Francia. Surgió una importante reunión con varios funcionarios.
—¿Necesitas una escolta para tu seguridad?
—No necesariamente.
—¿Entonces? —preguntó Harry confundido.
—Iré al grano. Quiero que tu auror, Andrea Green, me acompañe.
—¿Con qué propósito?
—Es un asunto confidencial.
—El problema, Miranda, es que está suspendida de sus obligaciones por un par de semanas.
—Deberá cumplir esa suspensión después, la necesito.
—¿Por qué no te llevas a alguien más? Alguien de tu departamento, quizás.
—No, ninguno cumple con los requisitos; sin ofender a tu equipo o al mío.
—No se puede, lo siento.
—Creo que no entiendes la gravedad de la situación.
—Pues explícame.
—Es un asunto de suma importancia. Necesito a alguien como Green, para esto. Por favor.
—No la puedo premiar, Cavanaugh. Tiene que hacerse cargo de las consecuencias de sus actos. ¿No hace unos meses te quejabas de que los aurores hacían un desastre, y tu equipo como tú tenían que limpiarlo?
—Y lo mantengo.
—Bueno, ahí tienes.
—No es un premio, Potter. Pero ella se llevó a mi asistente por meses.
—La señorita Somender le pidió…
—Sé que en el fondo le gusta estar en el campo, pero por el momento necesito que me acompañe alguien de tu departamento. A alguien en específico.
—Te llevarías a uno de mis mejores aurores.
—Y te lo vuelvo a repetir. Ella se llevó a mi asistente.
—Me estás pidiendo que rompa mis propias reglas.
—Estás exagerando. La necesito.
—Entiéndelo, Cavanaugh. Está suspendida por sus recientes acciones, no la puedo mandar de misión.
—No sería una misión propiamente. Vamos, Potter. Entiende. —Un silencio inundó el ambiente.
—¿Cuánto tiempo?
—El tiempo que me lleve resolver esta situación.
—De acuerdo.
—Excelente. Dile a tu auror que salimos de inmediato —dicho esto, Miranda salió de la oficina del jefe de aurores bastante complacida con el resultado.
Harry no tuvo más remedio que mandar a llamar a Andrea para notificarle que se iría un tiempo con Miranda, algo que le pareció extraño, ni siquiera Mariana le mencionó algo. No podía entender por qué ella, o el para qué. Al final, estaba un poco feliz por no tener que cumplir su suspensión, no era alguien que se pudiera quedar quieta sin hacer nada. Fue a casa, metió en una mochila algo de ropa y algunos objetos que quizás pudiera servirle; aunque fuera una posible reunión diplomática, tenía que estar atenta. Regresó al ministerio, justo en el atrio a esperar a Miranda, y cuando llegó no dijo mucho. Salieron del recinto, y luego tomaron un traslador que las llevó a Francia.
La torre Eiffel brillaba con el sol. Andrea Green y Miranda Cavanaugh aparecieron en Francia para esa reunión importante que surgió. Caminaron por las calles tranquilas hacia el Place Furstemberg; era bastante temprano y apenas los franceses salían rumbo a sus trabajos. Llegaron a la fuente Wallace, con un movimiento suave de varita, los fierros metálicos se materializaron poco a poco para entrelazarse y formar un elevador. Ambas mujeres entraron; era algo muy similar a las cabinas telefónicas que tenían en Londres. Descendieron hasta que vieron el atrio del Ministère des Affaires Magiques de la France, conocido como el Ministerio de magia francés. La última vez que la auror estuvo en ese lugar había sido cuando entró a la Academia a estudiar, alejándose de sus amigos, y de… Alexander. Se acercaron a una bruja que se encontraba en un mostrador; Miranda mostró su identificación y hablando con cierta fluidez, sin demora pronunció un Gracie, para ir al pasillo de la derecha.
—¿Puedo preguntar a qué venimos? —mencionó la chica rompiendo el silencio y tratando de seguir el ritmo que marcaba los tacones de la bruja—. Señorita, Cavanaugh. —Agregó al final tratando de sonar lo más respetuosa posible. Miranda la observó por unos instantes; era una mirada penetrante, un gesto que produjo rubor en su acompañante. No creía que en verdad le estuviera haciendo ese tipo de preguntas justo en ese momento.
—Aunque no pudieras ya lo hiciste —respondió con un tono severo—. Asuntos confidenciales que requieren ser atendidos. —Terminó de decir mientras revisaba unos papeles que sacó de su portafolio.
—¿Qué clase de asuntos? ¿No puedo saber ahora?
—¿Por qué los aurores siempre hacen tantas preguntas? —Su tono de voz estaba siendo de fastidio—. Enfóquese en hacer su trabajo, Green.
—Lo haría si supiera cual es. —Parecía que la castaña estaba siendo rebelde, sin embargo, sólo era curiosa, algo que en verdad estaba fastidiando a Miranda. Le lanzó una mirada más de advertencia y severa.
—Miranda, es un placer que hayas venido —saludó un hombre que, al parecer, ya las estaba esperando.
—Dimitri, el gusto es mío.
—Pensé que vendrías sola.
—Te presento a la aurora, Andrea Green.
—¿La misma que terminó con Fenrir Greyback? —Hizo una mueca al escuchar eso, seguía sin gustarle que la reconocieran por ello—. Dimitri Bertrand.
—Es Jefe del departamento de Cooperación Mágica.
—Es un gusto, señor.
—Bueno, pasemos a mi oficina.
—Louis Philippe. —Presentó al mago que llevaba una túnica verde—. Jefe del departamento de seguridad mágica.
—Sí, ya nos conocíamos —respondió Andrea con una ligera sonrisa.
—¿En verdad?
—La señorita Green formó parte de nuestro escuadrón, hasta que decidió regresar a Londres. Si está preocupada por su seguridad, señorita Cavanaugh, le aseguró que tiene un buen auror a su lado.
—Y no lo dudo.
—Y finalmente te presento a Malorie Christine, subsecretaria del ministro. Ya realizadas las presentaciones, hablemos.
Luego de unos largos minutos, los cinco salieron de la oficina de Dimitri. Los funcionarios franceses trataron a sus visitantes como se debía, mostrándoles el ministerio; anduvieron por los pasillos hasta que llegaron a una sala en donde había una mesa larga repleta de comida. No fue una conversación formal, de hecho, Andrea aprovechó la oportunidad para ponerse al día con el que fue su anterior jefe, quien se mostró orgulloso de que tan pronto estuviera al frente de la academia. Después de un par de horas encerrados, salieron más animados, aunque todavía tenían pendiente algunos asuntos. Mientras Miranda iba a la oficina de Bertrand a recoger unos papeles que debía revisar, Andrea aprovechó la oportunidad para ir al cuartel de los aurores, quizás tendría la oportunidad de ver algunos de sus antiguos compañeros.
—¿Green? —gritó alguien a sus espaldas, apenas entrando al cuartel.
—¡Galy! —Aunque era un poco reservada, la abrazó con cierto entusiasmo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó sorprendida por la tan repentina aparición de la auror.
—Vine con Miranda Cavanaugh, la jefa del departamento de Cooperación.
—¿Vienes a cuidarla?
—¿La verdad? —Hizo un gesto confuso—. No tengo idea, es más no debería estar aquí.
—¿Por qué? ¿No te gusta visitar a los viejos amigos? —La chica cruzó los brazos indignada.
—Estoy suspendida de mis labores.
—Ya se me hacía raro que no te metieras en problemas. —Soltó una risita, algo que no le causó gracia a la castaña.
—No es gracioso, Malfoy.
—Cualquiera que te conozca sabrá de tu habilidad para meterte en problemas. ¿Qué hiciste?
—Nada. ¿Y cómo te ha ido?
—No me quejo.
—Eso suena excelente.
—¡Hey, Galy! —Un chico interrumpió su pequeña conversación—. ¿Nos vamos?
—¡Mau! ¿Ya viste quién nos vino a ver? —No se había percatado de la presencia de la castaña. Al notar que estaba ahí, sus ojos se abrieron más de la sorpresa.
—¡Andrea Green! —Ella se dejó abrazar por él, quedándose sin aliento—. ¿Cómo has estado? ¿Qué haces aquí? —Bombardeó con tantas preguntas—. Nos abandonaste.
—No, claro que no.
—¿Entonces por qué regresaste a Londres?
—Porque echaba de menos a mi familia.
—Y porque querías ver a alguien. —Soltó de pronto Galy con una expresión pícara.
—No… yo… —La castaña comenzó a ponerse nerviosa, no sabía qué decir.
—Pretextos. —Sonrió también apoyando la insinuación de su amiga—. Íbamos a tomar una copa, ¿vienes?
—Me encantaría, pero estoy en labores.
—No pensé que fueras tan responsable.
—Si quieren vayan, yo les aviso.
—Y si no, ¿qué?
—Les prometo que les envío un patronus.
—De acuerdo. —Aceptó Mau—. Vámonos, Galy. —Salieron hacia uno de los ascensores mientras que Andrea regresaba a la oficina de Dimitri esperando a que saliera Cavanaugh.
Esperó por casi una media hora, supuso que hablaron de algunos temas, que imaginaba, no le concernían. Miranda salió mientras guardaba cosas en su portafolio, sin decirle nada, echó a andar al atrio. Salieron por la fuente y caminaron de vuelta por donde llegaron, pero en lugar de desaparecer, siguieron caminando hasta a un edificio con sus enormes letras rojas brillantes que se leía: Mercure París. Andrea no esperaba que se fueran a hospedar en un hotel muggle, ni esperaba que Miranda supiera cómo tratar con ellos, sin embargo, no tuvieron ningún problema.
—Esta es tu habitación —dijo Cavanaugh mientras entraban. El sitio mostraba una vista espectacular de la torre Eiffel—. Tienes la tarde libre. —El rostro de Andrea mostró sorpresa—. Te espero mañana temprano en la recepción. —La chica asintió todavía sin dar crédito—. Emplea bien tu tiempo. —Finalizó antes de darle una tarjeta, que era el acceso para la habitación.
Pensó que sería prudente entrar; les mandó un patronus a sus amigos. Una figura brillante apareció a los pocos minutos, donde Mau le explicaba en donde se verían. Se cambió para ponerse algo apropiado y luego, con discreción, salió de su habitación.
—Tardaste tanto —refunfuñó Mau cuando la vio; tenía los brazos cruzados y un semblante aburrido.
—Lo siento. Miranda estaba ocupada.
—¿Nos vamos?
—Claro.
Caminaron por las calles muggles, apenas el sol se ocultaba y eran las pocas personas que estaban afuera. Tenía tiempo que Andrea no recorría aquellos lugares, ni siquiera se tomó la molestia de ir a visitar a sus abuelos. Quizás podría darse una vuelta antes de regresar a Londres. Caminaron hasta que se detuvieron en un edificio con forma de serpiente gigante fluorescente, eso le recordó a Mariana. Desde que su jefe le informó que viajaría, se estuvo preguntando por qué, siendo la asistente de Miranda, no la acompañó y ella sí. El sitio se llamaba Cité de la Mode et du Design, una especie de museo, restaurante y en lo más alto contaba con un bar-terraza-club: Nuba el bar y el Wanderlust, justo donde ellos iban. La música estaba alta, algo electro que hacía el ambiente bastante bueno; los tres buscaron un sitio en donde sentarse, de inmediato Mau fue a pedir las bebidas.
—Y platícanos, ¿qué ha sido de ti desde que nos dejaste?
—Estoy a cargo de la Academia de aurores junto con Alexander.
—Eso es increíble.
—¿Y a ustedes? ¿cómo les ha ido?
—Bastante bien.
—¿Misiones?
—Hace unos meses tuvimos que viajar a Australia —respondió Galy antes de darle un sorbo a su cerveza.
—Y unas buenas australianas.
—Contrólate, Mau. ¿Sales con alguien?
—No, por el momento nadie.
—Creí que estarías con tu amigo Alexander.
—Lo hice, terminamos.
—Lo siento.
—No importa.
—No hablemos de amor, mejor bebamos —sugirió Mau con entusiasmo alzando su tarro de cerveza—. ¡Salud!
—¡Salud!
Luego de unas cuantas rondas más cada uno se fue a descansar. No se sentía bien, y no era por la ingesta de alcohol, sino por el hecho de haber recordado a Alexander. Sus amigos tenían razón, apenas salió de Hogwarts, huyó a Francia. Sus pensamientos tomaron el rumbo de otro chico, Charlie. Lo echaba de menos, y le hubiera gustado que estuviera con ella en esos momentos de soledad. Ya no sabía qué pesaba más en esos momentos; le gustaría poder hablar con alguien. Suspiró, tendría en mente que apenas esté de vuelta en Londres, le enseñaría a Mariana como usar la tecnología muggle, así al menos tendría alguien con quien platicar.
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