Capítulo 12

Dos semanas llevaba en la Academia de aurores; la experiencia resultó extenuante debido a los entrenamientos, pero su condición física complicaba las cosas. Después de aquella lesión sufrida en un partido de quidditch, le costó retomar el ritmo. En cada una de las vacaciones de verano, Andrea salió a correr y hacer ejercicio en lo que podía, sin embargo, no se comparaba con lo que hacía en esos últimos días. Le quedaba mucho por aprender, aunque haber pertenecido a Plumas de Fénix le servía de ayuda. Echaba de menos Hogwarts; añoraba los banquetes, los jardines y extrañaba bastante a sus amigos. Apenas logró mantener contacto con algunos, entre ellos Mariana. Recibió a Tarrant con la noticia de que regresaría a Inglaterra para terminar sus estudios ahí, sin duda siempre sería una Slytherin, aunque no dejaba de presumir la magia aprendida en África. 

            Tuvo que dejar de quejarse; decidió ser auror y eso implicaba esforzarse en cada una de sus clases, en aprender ocultamiento, en mejorar sus habilidades en pociones y mantener en forma su cuerpo. Al menos tenía la fortuna de no estar sola; contaba con la presencia de Alexander y Keisi, ellos también fueron aceptados en la Academia, por lo que se entrenaban juntos. Sin embargo, notaba cierto comportamiento extraño en él; era atento, la invitaba a salir, pasaban demasiado tiempo juntos. Recordó aquella vez que quería decirle algo, justo después de haber salido de la enfermería unos días antes de terminar el curso; ¿sería eso? ¿Confesarse un amor? ¿Ser más que mejores amigos? Suspiró, pensar en Alexander de una forma diferente a lo que eran, hacía saltar su corazón. Ella no deseaba arruinar lo que ya tenían, tampoco quería volver a pasar lo vivido con Connor; no tenía tiempo para ello. 

            Los próximos días fueron agotadores; apenas y dormía, llegaba demasiado tarde a casa apenas siendo consciente de lo que pasaba a su alrededor. El ulular de un ave la hizo mantenerse despierta; la reconoció como su propia lechuza gris que llevaba en el pico un pergamino, y al tomarla notó un sello. Su corazón se aceleró y con manos temblorosas sacó la carta del sobre. 

Señorita Green:

Hemos recibido su solicitud para pertenecer a nuestra honorable Academia de aurores, y conforme con los resultados de sus E.X.T.A.S.I.S queremos comunicarle que será un placer que pertenezca a nuestro equipo. Por favor, le pedimos que se presente lo más pronto posible al departamento de Seguridad Mágica para iniciar los entrenamientos. Es un gusto tenerla en nuestras filas.

Muy atentamente,
Louis Philippe, 
Jefe de aurores.

            Se adelantó a todo; encontró un departamento en donde quedarse en caso de ser aceptada, así que la noticia le hizo sentirse aliviada; contaba con la ayuda de sus abuelos, ellos estaban entusiasmados. Ya pensaría en cómo decirles a sus padres el reciente cambio, por lo pronto descansaría, así que se tumbó en su cama y se quedó dormida. El último día de las vacaciones de verano de su hermana, antes de que ella partiera a Hogwarts, tomó la decisión de hablar con ellos. 

            —Tengo que hablar con ustedes. —Se armó de valor cuando los vio en la sala. 

            —Claro, ¿sobre qué? —Su padre dejó de leer el periódico para observarla.

            —¿Podemos hablar en privado? 

            —¿Tan serio es? —preguntó su madre inquieta. 

            —Por favor. —Suplicó, el señor Green hizo un gesto para ir a la oficina que tenía en la casa. 

            —¿Todo bien, hija? 

            —He decidido… fui… —Respiró—, me voy a Francia. 

            —¿A Francia? ¿A qué?

            —Fui aceptada en la academia de aurores. 

            —No entiendo.

            —Decidí pedir un cambio en el ministerio. No quiero estar en Londres. 

            —Pero... ¿por qué? 

        —Me han dicho que allá tienen otro estilo de entrenamiento y quiero probarlo. —Quiso mostrarse entusiasmada para convencerlos. 

            —¿Estás segura?

            —Sí, mamá. Ya lo pensé bien.

            —Pero ¿qué tiene de malo en dónde estás? 

            —Nada, papá. Es sólo que quisiera estar más preparada —respondió Andrea con cansancio en su voz, no pretendía discutir. 

            —Pero hija…

            —Por favor, ya tomé mi decisión.

            —Entonces es un hecho —reafirmó su padre muy serio.

            —Sí, me iré pasado mañana.

            —Es muy pronto —dijo su madre con voz rota.

            —Lo siento, mamá. Estaré bien, prometo escribir.

            —Es que son tres años.

            —Vendré cada que pueda. 

            —Parece que estás muy decidida. Tienes nuestro apoyo. 

            —Gracias, papá. —Se dejó abrazar por ellos—. Ahora si me disculpan, iré a recoger unas cosas en el ministerio. 

            Salió de la oficina dejando a sus padres desconcertados por tan repentina decisión, sin embargo, apoyarían a su hija. Andrea respiró aliviada, se alegraba de que se hubieran tomado la noticia de una forma tranquila, ahora tenía que contarles a sus amigos. Al recibir la carta de aceptación, habló con Harry Potter, el jefe del departamento de Seguridad Mágica. Él también se sintió desconcertado, pero lo aceptó esperando que, al terminar su entrenamiento, regresara. 

            —Pensé que te tomarías el día —dijo alguien al verla llegar al ministerio.

            —Eh… sí, lo haría. —Suspiró al ver a su amigo.

            —¿Qué haces aquí? 

            —Vine por unas cosas. 

            —¿Estás bien? —preguntó el chico al verla nerviosa. 

            —No, la verdad es que no. Alexander, debo decirte algo.

            —Tú dirás.

            —Me voy a Francia. —Soltó de pronto sin darle tantas vueltas al asunto. 

            —¿A qué? ¿De misión o algo así? —El desconcierto se reflejó en su rostro. 

            —Pedí mi traslado.

            —¿Cómo? ¡¿Te vas?! ¿Por qué?

            —Porque… porque quiero conocer su forma de entrenar. Es diferente a la de aquí, necesito probar otros lugares. 

            —Andy. —La tomó de sus manos—, no me puedes hacer esto. 

            —Lo siento, Alex. —Se soltaron. No le dio oportunidad de que le dijera algo más, sólo recogió sus cosas y se marchó. 

            —¡Espera! —La alcanzó; no permitió que diera un paso más—. No te vayas, por favor. 

            —Necesito hacerlo. 

            —¿Pero por qué? 

            —Ya te lo dije. Necesito hacerlo, sé que estarás bien. —Se miraron a los ojos por unos instantes, luego Alexander se hizo a un lado para dejarla pasar; ya no hizo otro intento de detenerla.

[***]

La presencia de los funcionarios alemanes y la de Miranda Cavanaugh, no eran coincidencia; la seguridad mágica era un tema que le preocupaba a los ministros. Tal era el caso de Francia, que para mantener la cordialidad organizaron un pequeño evento. Se requería la presencia del departamento de Aurores y los miembros del departamento de Cooperación Mágica Internacional. El salón era mucho más amplio que las salas de reuniones; en el techo colgaban adornos verdes esmeralda y desde un rincón apartado llegaban cánticos acompañados por instrumentos que recordaban las mandolinas. Una nube de humo de pipa flotaba suspendida sobre las cabezas de unos magos ancianos que conversaban animadamente, y dando chillidos, varios elfos domésticos intentaban abrirse paso entre un bosque de rodillas. Llegaban personas importantes, magos y brujas del Wizengamont y uno que otro ministro de magia; a Galilea no le agradó ir a esa fiesta llena de políticos, en especial porque sabía que los temas de conversación serían aburridos. Se puso un vestido rojo que combinaba con su piel blanca. El cabello lo llevaba más ondulado, de lo usual, y suelto. Hizo acto de presencia con su jefe y luego se alejó después de intercambiar los saludos cordiales correspondientes. Buscó con la mirada a sus compañeros, pero ninguno estaba presente. Tomó una copa de vino de una bandeja que llevaba un elfo y esperó a que alguno apareciera, pero no tardó mucho en dar con su amiga Andrea, quien estaba en una esquina. 

            —¿Por qué tan aburrida, Green?

            —Hay mucha gente. Si no fuera por Miranda, no estaría aquí. 

            —Ya sé. Y bueno, ¿qué me cuentas?

            —¿Números? 

            —Ya se me había olvidado tu sentido del humor. —Le dio un trago a su copa algo divertida por la situación—. ¿Qué tal la vida amorosa?

            —Pues… 

        —Hola, chicas. —Mauricio había salvado a la castaña de responder a aquella pregunta—. Están muy lindas. —Alagó a sus amigas.

        —Tú no te ves nada mal en traje de gala. —Él llevaba una túnica negra que le sentaba bastante bien. 

            —A lo mejor tengo suerte esta noche —dijo mientras tomaba una bebida de las bandejas que llevaban los elfos. 

            —¿No estabas saliendo con alguien? 

            —No. ¿Y tú?

            —Ya sabes que no.

            —Ajá… 

            —Según tú, ¿con quién?

            —Eddie. —El chico sonrió al ver como su amiga se sonrojaba ligeramente. 

            —Él...

            —Pues acaba de llegar, eh. —Y era verdad. Eddie Blake se acercó a donde se encontraban ellos. Al verlo, se quedó boquiabierta; llevaba una túnica azul oscura que hacía juego con sus ojos. Lo observó; estaba más guapo que en otras ocasiones. Su traje de gala lo hizo verse atractivo, y debía admitirlo, estaba teniendo pensamientos bastante comprometedores. Agradecía ser diestra en oclumancia.

            —Te ves espectacular esta noche. 

            —Lo mismo digo.

            —Creo que deberías dejar de babear —susurró Mau mientras le daba un sorbo a su copa. 

            —Cállate. 

            —¿Quieres que te traiga otra copa? —Eddie pareció no escuchar aquel comentario. 

            —Estoy bien. 

            —¿Segura? —preguntó con una mirada penetrante. Negó con la cabeza sosteniéndole la mirada.

            —Bueno, entonces concédeme esta pieza. —Galy pareció sorprendida, pero complacida; tomó su mano y desaparecieron juntos en la creciente multitud.

            —Y… cuéntame. ¿Cómo es allá en Londres? —Mauricio y Andrea se quedaron solos, cada uno con cierto aburrimiento.

            —¿Qué te digo? Es algo diferente, aunque en esencia igual.

            —Estás a cargo de la academia, debemos brindar por ello. 

            —Eso ya lo hicimos. 

            —No nos haría mal seguir brindando por ello. 

            —Supongo. —Se llevó la copa a sus labios, pero la bajó de inmediato al ver a un mago bastante familiar para ella. Su mano rebuscó en su vestido la varita.

            —¿Estás bien? De pronto te pusiste pálida. 

            —Yo… iré un momento al tocador.

            —Claro, pero ¿segura te encuentras bien?

            —Todo en orden. —Le dio la copa a su amigo y se perdió entre las personas, bastante alerta. Quizás estaba alucinando, porque no encontró a nadie más que puros funcionarios alemanes y franceses. Algunos los conocía y otros no. Estuvo unos minutos en el baño, se echó agua en la cara, y cuando creyó que estaba lista, salió. 

            —Tardaste un poco.

            —Lo siento. 

            —¿Te molesta si te dejo un rato sola? Es que acabo de ver…

            —Ve, no te preocupes. 

            —Te prometo que no tardo mucho. —De nuevo estuvo en soledad; veía a cada uno enfrascado en sus charlas sobre política. Necesitaba algo de tranquilidad, quería irse, pero debía esperar a que Miranda lo autorizara, quizás sería una noche larga.

            —¿Qué tal, si...? —Eddie y Galy siguieron bailando, balanceándose al compás de la música lenta.

            —¿Qué? 

            —¿Te gustaría… —Se aclaró un poco la garganta—. ¿Te gustaría irte a otro lugar?

            —Sería mejor que esto. —Por alguna extraña razón, sintió un vuelco en el corazón. Tomó la mano que le ofrecía el chico y salieron sin ser vistos.

            —Mi departamento —susurró acortando la poca distancia que había entre ellos—. ¿Te ofrezco algo? —Sonrió negando con la cabeza, él la atrajo hacia sí, para besarla de una forma muy apasionada. 

            —Eddie… —Un suspiro se escapó de sus labios. Lo besó con mayor intensidad, despeinando su cabello oscuro. Empezó a quitarle el traje de gala, pero tenía demasiados botones.

        —Maldita sea, Blake. ¿Te pusiste un traje de gala o uno para ir a hibernar? —refunfuñó mientras le desabrochaba al fin el último botón.

            —Lo siento, pero si hubiera sabido que esto pasaría, te juro que no me lo pongo.

            —¿En serio, por qué llevas tanta ropa? 

            —Así son los trajes de gala.

        —Los odio. —Continúo besándolo—, aunque admito que te veías guapo, pero creo que te prefiero de otra manera —susurró de forma seductora en su oído. 

[***]

El departamento que escogió para vivir los próximos meses no estaba mal; quedó en el corazón del barrio de Le Marais, a pocos pasos de la estación de metro St. Sébastien Froissart y a media hora del ministerio. El edificio estaba situado en una calle llena de galerías de arte y podía gozar de luz durante todo el día; la decoración era elegante con antigüedades. Con pisos de versalles, vigas de madera y con una chimenea; a pesar de ello, le resultaba complicado tener que adaptarse a esos cambios, en especial porque Andrea era muy introvertida. La reacción de Alexander seguía flotando en su mente, y tampoco sus amigos esperaban ese tipo de noticias tan repentinas. 

            El ministerio francés se encontraba en la plaza De Furstenberg, detrás de la iglesia de St. Germain des Prés; un lugar pequeño, escondido y poco transitado, el lugar ideal para que los muggles no supieran nada. Era su primer día en la academia; no le agradaba tener que ser la nueva, la novata de los novatos, no sabía cómo la iban a recibir. Aunque la academia francesa tenía ciertas particularidades, no difería tanto de la británica, por lo que eso relajó considerablemente. 

            —Imagino que usted debe ser la señorita Green. —Un mago con un semblante duro se acercó a ella 

            —Sí, soy yo. 

            —Soy Louis Philippe, el jefe de aurores. —Estrechó su mano con fuerza—. Es un placer que haya decidido integrarse a nuestras fuerzas. 

            —Eh… gracias.

            —No perdamos más el tiempo, entonces. 

            Entraron a la sala donde estaban reunidos los aspirantes. Cada segundo que pasaba, Andrea comenzó a sentir como los nervios la carcomían por dentro; trató de serenarse y respirar. No le gustaba que la observaran, era ese momento que se preguntaba si la decisión de mudarse fue lo correcto.

        —Antes de comenzar el entrenamiento, quiero presentarles a un nuevo integrante —dijo Philippe—. Una de las mejores de su generación. Me complace presentarles a Andrea Green —saludó con su mano a todos—. Se integrará a nuestro equipo, así que espero le den la bienvenida. 

        Cohibida se integró al grupo; les tocaba práctica física. Realizaron estiramientos y calentamiento para los músculos. Abdominales y flexiones, un poco más de exigencia en comparación como lo hacía con Potter. Eran pocas chicas en el grupo, pero entre ellas había alguien que se le hizo familiar, aunque no lograba recordar de dónde la conocía. Luego de tanto ejercicio, pasaron a la práctica de hechizos.

            —Colóquense en parejas. —Al parecer, el resto ya se conocían, por lo que no les costaba tener a alguien con quien practicar; sin embargo, no se podía decir lo mismo de Andrea. 

            —El primer día puede resultar difícil, ¿no? —Un chico alto y pelinegro se acercó a ella; parecía bastante amable.

            —Bastante.

            —Si quieres, podemos practicar juntos. 

            —Oh sí, sería genial. 

            —Mi nombre es Mauricio Salvann. —Ofreció su mano para estrecharla. El saludo consistió en un apretón bastante fuerte. Su complexión era robusta y atlética. No sé imaginaba cómo serían esos entrenamientos de cuerpo a cuerpo—. ¿Tengo monos en la cara? 

            —¿Qué? 

            —Es que no dejas de mirarme.

        —Perdón, es sólo que no pude evitar observar tu complexión y me imaginé lo difícil que será derribarte en caso de pelear cuerpo a cuerpo. —A la chica se le escapó una pequeña risa por el comentario.

            —No lo había pensado. Todavía no llegamos a eso. 

            —Imaginé. 

            —Mis músculos se los debo al quidditch.

            —¿Juegas quidditch? —Al escuchar eso, se le iluminaron los ojos. 

            —Jugué. Ya sabes, en la escuela. ¿Y tú? 

            —Igual, sólo que me lesioné.

            —¿Cómo? —pensaba responderle, pero en esos momentos su atención fue captada por dos de sus compañeros, que se encontraban a una distancia considerable. La discusión era opacada por los ruidos que producían los hechizos y los propios gritos de los demás. 

            —Tenía muchas ganas de enfrentarme a ti, Malfoy.

            —¿Ah sí? 

            —Te refrescaré la memoria.

        —Creo que no estoy interesada. —Quiso darse media vuelta y buscar a alguien más con quien pudiera practicar, pero ya todos tenían pareja. 

        —Por tu culpa me botaron del equipo —siseó con furia mientras sostenía su varita. El mago apuntó al cuerpo de la bruja; ella apenas tuvo tiempo de reaccionar—. ¿Ya recordaste? —Lanzó otro conjuro, lo cual hizo que se tambaleara.

        —Jerome… —Siguió recibiendo ataques hasta que logró lanzar un chorro de luz plateada, por lo que su contrincante cayó de rodillas. No volvió a atacar; pensó que no era deportivo. Un chorro de luz roja la golpeó en el estómago. 

            —¡Hey! —Mauricio también notó la discusión. 

            —¿Estás bien? —Andrea se acercó a su compañera para ayudarla.

            —Sí, estoy bien. 

        —Métanse en sus propios asuntos. —Estaba a punto de volver a atacar cuando la castaña lo desarmó.

            —Creo que no eres tan listo, después de todo —exclamó Mau bajando la varita. 

        Al momento siguiente, sin saber cómo, su compañero tomó por sorpresa a Mauricio, atacándolo por la espalda y teniéndolo agarrado por el cuello. Las varitas de las dos estaban tiradas en el suelo. Andrea se acercó para tratar de ayudarlo, sin embargo, en el forcejeo, ella recibió un fuerte golpe en el labio. Salvann notó eso; con un movimiento rápido, se liberó, hizo el puño a atrás y lo golpeó en la nariz. 

            —¡Basta! —gritó Philippe al percatarse de lo sucedido—. ¿Qué creen que hacen? 

            —Ellos empezaron. 

            —Tú atacaste a Malfoy. 

            —Es verdad —afirmó Andrea sin temor a meterse en problemas. 

            —Silencio. No me importa quien empezó, los cuatro están suspendidos. 

            —Pero… 

            —He dicho, Dubaise. Tanto usted cómo Malfoy, Salvann y Green deben aprender a usar la magia correctamente. No son cualquier mago o bruja, son aurores y si no saben controlar su temperamento entonces es mejor que consideren otra carrera. ¿Entendido? 

            —Sí, señor. —El discurso no sólo había sido para ellos cuatro, sino para el resto del grupo.

            —El entrenamiento ha concluido, pueden salir. 

        —Tu labio sangra —expresó Mau al ver bien a Andrea; después del altercado y siendo los últimos en la sala. 

            —He tenido peores, créeme —respondió ella mientras se limpiaba con su túnica. 

            —Muchas gracias, Mau. Y a ti también. Por cierto, yo soy Galilea Malfoy. 

            —Supongo que ya se conocían… es raro ser la nueva.

            —Oh sí. Estudiamos juntos —respondió Galy mirando a su nueva compañera. 

            —¿Qué les parece si vamos por una cerveza? 

            —Quizás después, yo... debo arreglar algunas cosas. 

            —Vamos, Green. Es tu primer día, debemos darte la bienvenida. —Mauricio pasó su brazo por el hombro de la chica evitando así que ella se fuera. 

            —Sí, no es mala idea. 

            —No sé, en serio tengo algunos pendientes.

            —Velo como la oportunidad para conocernos mejor. 

            —De acuerdo, pero sólo una cerveza. 

        Antes de salir del ministerio se cambiaron; hasta ese momento Andrea no sabía de los lugares mágicos en Francia como el Caldero Chorreante o Las Tres escobas, por lo que se dejó guiar por sus dos compañeros. La llevaron a un bar muggle; un lugar escondido entre algunas calles, bastante discreto en donde podían platicar sin que nadie los interrumpiera. Se sentaron en una mesa al fondo. 

            —¿Por qué te atacó aquel tipo? —preguntó Andrea antes de darle un sorbo a su tarro. 

            —Es Jerome Dubaise —respondió Galy.

            —¿En serio era él? —El chico se notaba bastante sorprendido por semejante revelación. 

            —¿Quién es?

            —Un imbécil que amañó las pruebas para pertenecer a la selección de quidditch —respondió Mau con una sonrisa.

            —Con razón se me hacían familiares. —dijo de pronto la castaña emocionada—. Estuvieron en Hogwarts, en el torneo de quidditch. 

        —Así es. Después de que sacaron a Jerome, me llamaron para formar parte del equipo —explicó Galy. 

            —Entonces está resentido. 

            —Es un idiota, realmente llevo dos semanas aquí y no lo reconocí. —Mau estaba demasiado relajado a pesar de que tuvo una pelea. 

            —¿Y por qué dejaste Londres? 

            —Es algo complicado. 

            —Nos puedes contar. 

            Pidieron otra ronda de cerveza; Andrea les contó el motivo por el cual pidió su traslado. Cuando consideraron que ya habían ingerido bastante alcohol se fueron de ahí, después de todo, el siguiente día era de entrenamiento en la academia. No resultó tan mala la bienvenida para la castaña, ya no era novata entre los novatos; ya contaba con sus primeros amigos, y alguien ya la odiaba. Nada fuera de lo común. 

[***]

“Ya sé que no fuimos amigos tan cercanos como para que me atreva a pedirte ayuda, y que muy probablemente no lo merezca…” Tachó esas primeras líneas, no creía que fuera tan directo. Se detuvo a pensar unos segundos para encontrar las palabras adecuadas; remojó la pluma en el tintero, pero nada acudía a su mente. Una gota de tinta cayó sobre el pergamino que fue absorbida con lentitud. Lo intentó de nuevo: “Espero que te encuentres bien, al igual que tus clases vayan de maravilla. No sé si es muy precipitado que te pida ayuda, quizás tampoco quieras hacerlo, al final no éramos los mejores amigos, pero compartimos clases y…” Arrugó la hoja haciéndola una bola que terminó juntándose con otras tantas más. Lo mejor era olvidarse de escribir esa carta, además que la otra persona que tenía en mente no era muy buena opción; el intento de comunicarse con Dayra Green culminó en una nota: “VETE A LA MIERDA. DÉJANOS EN PAZ”. Lo mejor era recurrir a la única persona sensata que quizás no tendría inconveniente en darle la ayuda que necesitaba.

            Caminó por los largos pasillos del quinto piso. Ya no estaba tan convencido. Alexander estaba a punto de caer en la desesperación; trató de convencerse que su idea era buena, pero la poca confianza adquirida se iba perdiendo con cada eco de sus pasos. El departamento de Cooperación Mágica Internacional estaba en silencio, a comparación del suyo propio, y de la misma academia de aurores. Suspiró, sus motivaciones para pedir ayuda se debían a aquel sueño que le recordó su soledad y de lo estúpido que fue por no perseguir lo que más amaba. 

        —Eres un idiota, Mason —se repitió a sí mismo varias veces—. Un completo idiota. —Se detuvo en la puerta negra; su mano se quedó alzada en el aire sin atreverse a tocar. Una voz en su cabeza retumbaba: Ella fue mía. La hice mujer y lo disfrutamos, nunca harás que se sienta única. Sacudió la cabeza tratando de alejar lo que escuchaba; tenía miedo de que fuera tarde para él, para ambos. Mejor regresaría en otro momento, cuando supiera qué clase de ayuda necesitaba, pero ¿por qué postergar más las cosas? Ya no soportaba más estar lejos de alguien a quien quería tener en su vida. 

            Mariana no tenía conocimiento del por qué Miranda se encontraba en Francia, ella, al ser su asistente, recibió las instrucciones necesarias para mantener en orden el departamento hasta su regreso. Era una muy buena oportunidad para seguir demostrando sus capacidades, y no estaba dispuesta a desaprovecharla; una parte de ella sentía curiosidad por saber el motivo por el cual pidió exclusivamente que la acompañara su amiga, pero supuso que tenía algo que ver con seguridad mágica. A pesar de no tener cosas tan importantes de las que hacerse cargo, la pila de pergaminos crecía considerablemente en su escritorio, sin embargo, estar metida el día en su oficina le comenzaba a fastidiar, necesitaba un poco de aire.

            —¿Alexander? —Apenas dio un paso fuera de la oficina cuando notó su presencia. Era inusual verlo por ahí; se suponía que estaba a cargo de la academia—. ¿Qué haces? ¿No deberías estar entrenando?

            —Debería, pero me urge hablar contigo. 

            —¿Necesitas algo? ¿Andrea está bien 

            —De hecho, de ella quiero hablarte. ¿Podemos?

            —Por supuesto. —Invitó al auror a entrar a la oficina—. ¿Una taza de té? —Le preguntó Mariana buscando la tetera. 

            —Bueno. —Le dio a la tetera un golpecito con la varita y por el pitorro salió un chorro de vapor. 

            —Siéntate —dijo ella destapando una caja y poniendo dos bolsitas—. ¿En qué te puedo servir? 

            —Tú eres mi mejor opción, confío en que puedes ayudarme. 

            —¡Vaya! me tomas por sorpresa, pero adelante. Te escucho.

            —Admito que pensé en ir con Mena, aunque no puedo dejar la academia. Traté de escribirle una carta, pero no sé. Tampoco tengo ganas de escuchar un largo sermón. 

            —Ajá… 

        —También es probable que me tope a Dayra, ella tampoco está para nada contenta de verme. Aparte sé que estuvo a punto de mandarme un vociferador… —Con cada palabra que decía el chico, Mariana se sentía más desconcertada. 

            —Lamento interrumpir tu monólogo. ¿Esto nos lleva a algún punto? 

            —Seré directo, quiero recuperarla. 

            —¿A quién? 

            —Andrea —respondió con cierta obviedad—. La amo como no tienes una idea. 

            —¿Y…? ¿Qué quieres que haga? —Sirvió el té en dos tazas; le dio un pequeño sorbo al suyo antes de hablar—. Tomó una decisión, yo no puedo interferir en eso. 

            —Por favor, eres su amiga. La conoces muy bien. 

            —Exactamente, sé cómo es. 

            —Mariana… —Dejó a un lado su taza de té—. La necesito en mi vida y haría lo que fuera por ella. 

            —A mí no me tienes que demostrar nada, Alexander. Pero debes saber que no está bien, y más peleas con quien sea no servirá de nada. 

            —¿Es por lo que ocurrió con Kissy? —La chica negó con la cabeza—, sigue todavía resentida por lo sucedido, aunque no entiendo qué ocurrió. 

            —Siguió su instinto, aunque considero que fue más un impulso en su forma de actuar.

            —¿Entonces qué le pasa? 

            —Tendrás que preguntárselo.

            —Sé que fue mi culpa, que no debí insinuar nada sobre el asunto de Connor, ni lo de… —Guardó silencio por unos instantes.

            —He intentado que se abra conmigo, pero por alguna razón no quiere contarme nada. No ha sido la misma desde su secuestro. Y claramente no es mi intención extralimitarme y ella no me lo permitirá. 

                —Y yo no la apoyé. 

            —Es una Gryffindor, es muy orgullosa y quiere salir de esto sola. —Mariana no quería aceptarlo, pero estaba preocupada por su amiga. 

            —Lo sé, es muy aguerrida.

            —No te puedo decir qué hacer, pero si te puedo sugerir que trates de hablar con ella. Escucharla. Que sepa que todavía sientes algo.

            —¿Todavía me ama? —preguntó esperanzado. La chica sonrió a modo de respuesta.

            —Tengo que seguir trabajando. 

            —De acuerdo —dijo Alexander, dejando su taza de té—. Gracias por escucharme. 

            —Espero que todo salga bien. 

        —Tienes que hacer muchos méritos, Mason. —Se dijo mientras caminaba de vuelta hacia su oficina—. No te voy a perder, Andy. 

[***] 

Él no podía ser, era imposible que estuviera en el país en medio de tantos aurores. No. Debía estar escondido, temiendo ser hallado. Además, he tenido demasiado cuidado de no soltar información… mierda. Skeeter, ese maldito infeliz que se ha estado metiendo en mi vida. ¿Y si ya sabe de Charlie? Técnicamente no hay nada de qué saber; entre nosotros no hay nada y quizás no exista nada. No, realmente no tendría por qué saberlo, él sabe cuidarse además que se encuentra lejos y más seguro. Es mejor que se haya ido, que no esté a mi lado. Debe ser sólo cansancio, estar en medio de tantas personas.

            Se dejó de observar en el espejo para terminar de cepillar los dientes. Necesitaba descansar, fue un día agotador en especial porque a Andrea no le agradaban aquellos eventos sociales en donde, la mayoría de sus asistentes, se la pasaban fanfarroneando con sus riquezas y poder. Seguía sin saber el motivo por el cual estaba en Francia, pero órdenes son órdenes; prefería eso antes que estar en casa encerrada y cumpliendo una suspensión que sentía no merecer. Su habitación era acogedora y la cama le llamaba a gritos; trató de no hacer caso a sus pensamientos y dejar la mente en blanco antes de dormir. Momentáneamente lo logró hasta que los golpes en la puerta bastaron para romper el sueño en el que estaba sumida; miró el reloj de la mesita de noche para ver la hora.

            —Miranda. —Le sorprendía que la bruja estuviera tan temprano en su habitación. 

            —Buenos días, Green. 

            —Buenos días. —Se hizo a un lado para dejarla pasar; esperaba que no hubiera ocurrido algo de qué preocuparse—. ¿Sucede algo 

            —Hoy te reunirás con el resto de los aurores mientras yo resuelvo algunos pendientes. 

            —¿No estaré a cargo de su seguridad? 

            —El jefe del departamento ya está enterado, espero que actúes con responsabilidad. —Miranda la observó muy atentamente; la castaña no entendía el porqué de su comentario, pero prefería algo de acción a estar haciendo nada. 

            —Por supuesto. 

            —Nos veremos en otro momento. —Dicho eso, Miranda dió media vuelta y se marchó. Andrea regresó a su cama a dormir un poco más antes de ir al ministerio a reunirse con los demás. 

        Louis Philippe convocó a una reunión para poder encontrar soluciones a ciertos ataques sospechosos en el mundo muggle. Por supuesto que la petición de Miranda Cavanaugh, de incluir a Green en el equipo, le convenía y le agradaba. Andrea llegó a tiempo a la sala de juntas; tomó asiento cerca de la puerta, Mauricio se sentó a su lado derecho y Galy al izquierdo de este. Eddie y ella se lanzaban miradas provocadoras, ambos se encontraban en cada extremo de la mesa aparentando escuchar sobre las rondas y sus respectivos compañeros de guardia. Al parecer ninguno notó que la reunión concluyó hasta que el resto de los aurores se fueron levantando uno a uno.

            —Como en los viejos tiempos —expresó Mau después de saber que su compañera en la ronda de vigilancia sería con Andrea—. Será divertido.

            —¿Meternos en problemas? —A pesar de haber dormido un poco más de la cuenta, se sentía cansada. 

            —Es todo un clásico.

            —Supongo que prefiero esto a estar cuidando a Cavanaugh. 

            —Por lo general siempre me toca con Galy. 

            —Y creo que ella irá con otra persona —respondió Andrea al ver como se alejaba por el pasillo con alguien más. 

            —Veré hasta donde llegan —respondió Mau con una sonrisa traviesa—. Sin duda, las cosas se ponen mejor. 

            Uno de los primeros en salir de la sala de juntas fue Eddie Blake; esperó el momento oportuno a que saliera Galy y al ver que consiguió su atención le hizo un gesto para que lo siguiera. Ella salió detrás suyo sin dirigirse la palabra y con un semblante bastante serio; pasaron por diversos escritorios y luego por la zona de cubículos hasta que el chico entró en uno de ellos. Cuando ambos estuvieron dentro, sacó la varita para trabar la puerta; sin preámbulos, tomó entre sus brazos a una sorprendida Galy. La besó vehementemente y la acorraló contra la misma puerta.

            —Blake... —Trató de separarse de él—, estamos en el cuartel. —Apenas fue capaz de resistirse.

            —No importa —contestó entre besos a la par que sus manos tantearon sus piernas por debajo de la falda. 

            —¿Quién eres y dónde está el auror que nunca infringe las reglas? 

            —Tú tienes la culpa…—La besó—, esta falda… —Otro beso. —Tus piernas… 

            —¿Yo te corrompí? —Eddie asintió sentándola en el escritorio, aún con la falda levantada hasta la cintura, y quitándole lentamente las bragas con sus dedos.

            —Es posible. 

            —A mí siempre me ha gustado romper las reglas —dijo la chica seductoramente desabrochando y bajándole el pantalón.

            —Lo sé, y por eso estás aquí. 

            —Deberías llamarme más seguido a tu oficina —respondió entre jadeos. 

            —¿Blake? 

            —Mierda. —Ambos se paralizaron en el acto—. Es Mauricio. 

            —¿Puedo pasar? —Estaba tocando la puerta e interrumpiendo su momento.

            —Demonios. 

            —¿Le tienes miedo? —Esa simple pregunta le causó gracia a la chica. 

            —No me gustaría que tu mejor amigo me viera… así. —Las mejillas del auror se tiñeron de rojo—. Mejor...

            —No, termina —dijo Galy rodeando sus piernas en su cintura.

            —Vamos Blake, sé que estás ahí. —Los golpes subieron de intensidad.

            —¡Un momento! —gritó Eddie mientras la chica soltaba una risita coqueta. Él aumentó sus embestidas mientras ella despeinaba su cabello y mordisqueaba su oído. Al parecer eso lo excitaba aún más, así que no tardó en terminar. De inmediato, se subió el pantalón, le entregó a Galy sus bragas para que se las pusiera; al cerciorarse que todo estuviera en orden, dejó pasar a su compañero. 

            —¡Galy! ¿Qué haces aquí? —preguntó al verla y fingiendo sorpresa.

            —Vine a hablar con él sobre las rondas. 

            —Supongo que la acción es muy buena, ¿no?

            —¿En qué te puedo ayudar? 

        —Quería ponerme de acuerdo contigo sobre la zona que vamos a vigilar. Traje un mapa. —Mauricio no paraba de observarlos a ambos con una sonrisa. 

            —Gracias —respondió nerviosamente y con la frente perlada de sudor.

            —Revísalo bien. —Caminó a la puerta de la oficina y justo antes de salir, volteó a verlo—. Y…

            —¿Sí?

        —Abróchate la bragueta del pantalón. —Blake se abrochó la bragueta inmediatamente, y justo cuando el auror cerró la puerta al salir, Galy soltó una carcajada. 

            —Esto fue divertido.

            —Ahora no sé con qué cara mirar a Mauricio.

            —Con la misma de siempre —respondió la chica sin quitar la sonrisa de su rostro—. Quizás es mejor que veamos ese mapa.



            La mayor parte de los aurores estarían haciendo guardias; las parejas asignadas se pusieron de acuerdo en las zonas a vigilar para tener mayor alcance. Estarían en el mundo muggle y no todos tenían conocimientos al respecto, sin embargo, estaban entrenados para ser sigilosos y no llamar la atención. Andrea se tomó del brazo de Mauricio y sintió girar sobre sí mismo; la visión y el sonido se extinguieron y la oscuridad cayó sobre ella. Aparecieron en la calle Rue Curvier, una zona bastante transitada; en esos momentos pasaron inadvertidos por la muchedumbre que iba pasando por ahí. 

        —Nos tocó patrullar por aquí —dijo el chico mientras buscaba su mapa para asegurarse de que estuvieran en el sitio correcto.

            —¿Exactamente por qué las rondas? —preguntó ella mirando a las personas. Algunos los veían raro debido a que llevaban el uniforme de auror. 

            —Ha habido algunas quejas, creo. 

            —Estamos llamando la atención.

            —¡Mira! Estamos cerca del zoo. Vayamos allá. —Los automóviles rugían al pasar; caminaron por una calle lateral hasta que estuvieron en la entrada del zoológico donde estaba repleto de familias. 

            —Aquí parece muy normal —espetó la castaña observando a algunos animales y las personas que también miraban—. Sé que sabes algo. ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué la vigilancia?

            —Es asunto confidencial. —Ante esta respuesta, la chica puso los ojos en blanco—. Considera que ya estás en el ministerio de Londres.

            —¿Y eso qué? Fui parte de ustedes, Mauricio.

            —Pero te fuiste. 

            —Ha habido ataques, ¿no? Y déjame adivinar, son lugares selectos que carecen de sentido, ¿no es así?

            —¿Y si vamos a ver a los reptiles?

            —No somos enemigos, Mau. 

            —Lo sé, pero por lo que nos contaste pienso que ya tienes demasiados problemas. Lo vamos a resolver.

            —Me tratan como una niña. ¡Soy una auror! —Lo único que hizo él fue regalarle una sonrisa, ella suspiró. 

            El camino hacia los reptiles era largo y un poco estrecho, estaba rodeado de árboles y arbustos. Estaba cubierto con una cúpula de hierro y sin algún cristal de por medio. Sus pasos eran lentos; las pocas personas que cruzaban por ahí iban charlando. Algunos niños discutían sobre lo que acababan de ver. Los pensamientos de Andrea ocupaban su atención que, sin darse cuenta, chocó con un hombre

            —Perdón.

            —No se preocupe bella dama. —La sonrisa de aquel hombre le hizo sentir escalofríos, no sabía por qué, pero le inquietaba. 

            Lo observó cómo seguía su camino. Buscó entre sus bolsillos la varita, quizás podría tratar de averiguar algo, sin embargo, lo que encontró la dejó desconcertada; un trozo de pergamino que no estuvo antes. Desdobló el papel con incertidumbre. Un intenso frío le recorrió la nuca al leer el contenido: Pronto nos veremos. Cuida tus pasos; esta vez nadie se interpondrá entre nosotros. Se quedó petrificada. El temor la invadió al leer de nuevo el mensaje que estaba formado por letras recortadas, de lo que parecía ser del Profeta. 

            Buscó al hombre con desesperación, un grupo de estudiantes se atravesó en su periferia, hasta que pasaron fue cuando creyó verlo. Ahí estaba, a unos metros; sus ojos grises parecía que penetraban todo de ella y aquella típica sonrisa arrogante.

            —¿Andy? —Su amigo se adelantó unos pasos más, pero se detuvo al notar que no lo seguía—. ¿Estás bien? —Se acercó a ella algo preocupado. 

            —Él…

            —¿Quién? —preguntó aún más desconcertado—. ¿Qué sucede?

            —La… nota. —Andrea trató de tranquilizarse.

            —¿Qué nota? —La castaña le mostró un pedazo de pergamino, pero estaba en blanco; sin nada, Mauricio hizo un hechizo para revelar lo oculto—. No hay nada. 

            —Te juro que era…

            —Quizás te confundiste. Mejor regresemos al cuartel.

            Sabe dónde estoy, sabe de mis movimientos. Lo que hago y lo que no. A estas alturas debe saber también que ya no tengo a nadie de por medio como Alexander. Vendrá por mí en cualquier momento; debo estar preparada y evitar que se acerque a los demás. ¡Tranquilízate, Andrea! a lo mejor Mauricio tiene razón y sólo confundiste a ese hombre. Quizás no sea nadie, pero lo vi ahí, parado. Y observándome con esa mirada que llega hasta las entrañas, y esa sonrisa. Nunca podré olvidar su sonrisa, ni sus manos, ni esa forma de acariciarme… Detente, no sigas. Él arruinó todo lo que tienes, arruinó lo de Alex y... es bueno que Charlie no esté cerca. No olvides que estuvo a punto de morir… por mi culpa. ¡Maldita sea! primero Dayra, luego Alexander, Charlie y… Shadow me amenazó, él debe saber más. A lo mejor fue una maldita trampa. Mariana está en riesgo, debo protegerla como de lugar, debo… Ni se te ocurra, Green. Ella sabe en lo que se metió, sabe defenderse y tampoco pienses en alejarte. No vas a ganar nada aislándote… ¿Pero acaso no ves lo que significa esto? ¡Podría morir! Es Somender, no va a permitir que te vayas de su vida... Es justo eso lo que quiero proteger, su vida. 

            Todos esos pensamientos le acompañaron el resto del día; las rondas de vigilancia de los demás aurores estuvieron tranquilas a comparación de la suya. Mauricio prefirió no decir nada más, pero se encontraba preocupado por su amiga. Galy y él la invitaron a salir, pero los rechazó, necesitaba un tiempo a solas. Algo que no era del todo muy buena idea, pero al estar en su habitación rebuscó entre sus cosas un pequeño frasquito transparente que contenía un líquido rosado. Bebió un gran trago; quiso aferrarse a la idea de que las cosas estarían bien y que nada malo ocurriría. 






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