Capítulo 5
Los aurores regresararon al cuartel general; algunos llevaban a los detenidos. Ninguno dijo nada; era un intercambio de miradas tristes y sorpresa. Alguien llevó a la pequeña Green al hospital, a pesar de que las heridas físicas no eran graves, tuvo que ser sedada; una sanadora la obligó a beberse una poción para dormir sin soñar. Alexander tuvo que ser revisado, seguía con algunos efectos secundarios provenientes del fuego maldito; al salir vio a los padres de su novia en la recepción.
—Alexander, nos informaron que encontraron algo. ¿Dónde están mis hijas?
—Dayra está bien. En una habitación en la tercera planta, pero Andy...
—¿Qué hay con ella?
—Lo siento mucho, señor.
—¿Qué ocurrió?
—La mansión en donde las encontramos se estaba incendiando. —Tragó un poco de saliva antes de continuar—. Yo... la perdí de vista por unos instantes. Y… sé que pudo escapar a tiempo. La buscaré día y noche, si es necesario.
—Lo sé. —Robert se mantuvo entero ante la desaparición de su hija mayor—. Gracias por traer de vuelta a Dayra.
Había gente yendo y viniendo del ministerio; Mariana esperó a que llegara Alexander. Necesitaba respuestas y al verlo, supo interpretar su gesto. No hubo más noticias de Andrea, la policía muggle llegó para asegurar la escena.
—¿Te encuentras bien? ¿Qué pasó? No he visto a nadie, ni siquiera a Weasley.
—El cabrón de Connor la tenía, creó fuego maldito. Y…
—¿Y qué?
—La casa explotó.
—Pero ella, ¿dónde está?
—Mason, lo lamento. —A esas alturas, todo el departamento estaba enterado de lo ocurrido.
—No, está viva.
—Nadie sobrevive a una explosión así.
—¡No! —Lo golpeó, luego lo tomó por las solapas de la túnica y lo estampó contra la pared—. ¡No vuelvas a decir que está muerta!
—Alexander. —Mariana quiso detenerlo; sus ojos estaban llenos de agua por la noticia.
—Con esa actitud no ayudas en nada, Mason. —Kissy se notaba molesta, y ver a su compañero no le hacía sentir mejor.
—Sean razonables, nadie puede sobrevivir al fuego maldito.
—Turner, cállate.
—Ya, suéltalo.
—No me puede abandonar.
Se rastrearon los lugares cercanos sin encontrar nada. Los detenidos fueron interrogados, pero ninguno dio información relevante. Hasta que un informe proveniente de la oficina de la policía llegó al cuartel general. No eran buenas noticias y con ello, la esperanza se esfumó.
—¿Encontraron algo? —preguntó Alexander cuando Harry lo llamó a su oficina.
—Sí, así es.
—¿Y?
—La policía muggle encontró algunas cosas.
—¿Y?
—La señorita Green, Andrea no sobrevivió.
—No.
—Alexander...
—¡NO! —El chico salió corriendo; chocó con varias personas en su camino, pero no se detuvo a disculparse.
Apareció en su departamento, y con una furia que jamás había sentido, comenzó a romper todo lo que tenía a su alcance. Vasos, botellas, pergaminos hechos pedazos, las ventanas destruidas por hechizos que llenaron el lugar de luces multicolores.
—¡Alexander! —Alguien aporreaba con fuerza la puerta.
—¡Lárguense! —Pero quien estaba fuera no dejó de tocar—. ¡Que me dejen en paz!
—¡Alohomora!
—¡Váyanse! —Apuntó con la varita, sin embargo, alguien lo desarmó.
—Mason, ¿qué sucedió en el cuartel?
—¿Cómo... cómo supieron que estaba aquí? —Kissy le había quitado la varita; iba acompañada de Keisi y Gustav.
—Somender te vio.
—¿Qué pasó para que te pusieras de esta manera? —preguntó Gustav.
—Andrea.
—¿La encontraron? —Negó con la cabeza.
— Está muerta.
—No digas estupideces —espetó Kissy, pero el semblante del chico le confirmó la realidad—. Ella no puede morir. ¡NO!
—Es mentira, ¿verdad?
—Encontraron sus restos en las cenizas.
—¡Qué estúpida! ¿Cómo no logró escapar?
—No hables así de ella. —Explotó Alexander dispuesto a encarar a su amiga.
—La odio. La odio con todo mi ser.
—Andrea hizo lo posible por mantener a salvo a su hermana. —Gustav habló con una tranquilidad que no sentía—. Murió como hubiera querido: luchando. —Mantuvo los puños cerrados haciéndose daño. Una voz en su cabeza le gritaba que se vengara; la poca razón le decía que era incorrecto.
—Yo me largo. No me quedaré aquí; iré a matar algo. —Kissy pateó una silla y salió.
—Su muerte no será en vano.
Los demás no quisieron dejar solo al autor, pero su insistencia los convenció. Alexander tenía un compromiso con la familia Green.
—¿Encontraron algo? —preguntó Robert Green al verlo en su casa.
—¿Dónde está mi hermana?
—No sé cómo decir esto.
—Dinos, Alexander. ¿Dónde está Andrea?
—Lo lamento, pero…
—¡No! —gritó Dayra con fuerza al imaginarse las palabras del chico—. ¡No!
—Cálmate, hija. —Pidió Robert, aunque tenía miedo de preguntar—. Cuéntanos, ¿qué ocurrió?
—Llegó un informe al cuartel, Harry y Ron fueron personalmente; ella… —Pero no pudo continuar, la voz se le quebró—. Su cuerpo quedó irreconocible, sólo son restos. —Mary se llevó una mano al pecho, Robert perdió el poco color que le quedaba.
—Debe de ser un error.
—Encontraron su varita y esto —dijo depositando en la mano de Dayra, un collar con un dije en forma de lobo. Había sido un regalo de navidad.
—Nunca se lo quitaba. —Lo tomó como demasiado cuidado, con temor a que se deshiciera en sus manos.
—Lo lamento.
Kissy necesitaba desaparecerse; quería escapar, expulsar esa furia que amenazaba con consumirla. Odiaba a Andy por no haberse salvado, odiaba a Connor, se odiaba a sí misma por no salvar a su amiga. Sacudió la varita y salió un gato cálido y plateado, pensó en el mensaje y con voz baja dijo: Gustav. El patronus desapareció casi al mismo tiempo que ella. Después apareció en un callejón de Londres; caminó decidida al edificio de enfrente. Alzó la mirada y contó mentalmente cuatro pisos; en la ventana seis, vio reflejada una silueta larguirucha. Sintió la tensión abandonar sus hombros. No podía esperar, se desapareció dejando tras de si el destello de su cabellera pelirroja. Un segundo después tocó la puerta. La puerta se abrió dejando ver una desordenada cabellera castaña y una barba descuidada. Kissy lo miró con muda admiración; él sonrió al tenerla ahí.
—Hola, mi hermosa serpiente.
—Andrea está muerta.
Las palabras salieron frías, inexpresivas. Los ojos de Kissy se humedecieron, desvío la mirada y entró al departamento. Gerard la miró en silencio cerrando la puerta y acercándose a ella; acarició su rostro, desvaneciendo la máscara de frialdad que ostentaba. Con suma delicadeza la envolvió en sus brazos y ella se derrumbó. La sostuvo mientras el llanto convulsionaba los hombros de su novia; sus manos acariciaron su espalda y los desordenados rizos tratando de transmitir todo lo que sentía. Después de un rato, los sollozos cesaron; él tomó su barbilla y miró sus enormes ojos, hinchados y enrojecidos, limpiándole el rostro con dulzura.
—¿Ya estás más tranquila, amor? —La besó en la frente y volvió a abrazarla—. ¿Qué pasó? —Kissy se apretó contra su pecho; no quería soltarlo, quería quedarse ahí para siempre.
—No sobrevivió. —La voz brotó trémula, casi indefensa—. La policía muggle halló sus restos y… ¡me niego a creerlo! ¡No puede estar muerta!
—Tranquila.
—¡Andrea no debió rendirse! ¡Debe estar por ahí, no sé! ¡La odio! ¡La odio, Gerard! ¡¿Por qué no luchó?! ¿Por qué? —El llanto volvió a inundar los ojos de Kissy; él la observó, sabía que no esperaba una respuesta.
—No tengo respuesta para eso, corazón —dijo con suavidad—. Nunca las hay en estos casos.
—Te he extrañado —exclamó después de que lo besó.
—Yo más a ti, mi bella Sly. Te Amo.
—Yo también te amo. Más de lo que crees, muchísimo más.
Gerard volvió a besarla; adoraba la forma en que ella se acoplaba en su pecho, como se estremecía al besarlo y su manera de amar, intensa como el fuego de su cabellera y dulce como la miel. Kissy lo miró, él era su alma gemela, su persona favorita y se odiaba por lo que iba a decirle, porque esta vez a donde ella iba, él no la podría acompañar.
—Amor, voy a matar a Connor.
[***]
Era el día más hermoso del mes; la calidez del sol acarició el rostro de Dayra. Ella y su familia estaban en el cementerio de Margravine, en el distrito londinense de Hammersmith y Fulham. Era el funeral de su hermana. Una delegación de oficiales del ministerio, incluyendo al Ministro de Magia en persona: Kingsley Shacklebolt llegó al lugar; miembros del escuadrón de aurores, Harry Potter con su revuelto cabello iba acompañado de su mujer, Ginny Weasley; Ronald y Hermione Granger. La muchedumbre continuaba llegando: Alexander no lloraba, pero se notó ausente; Mariana lloraba con discreción, estaba siendo consolada por Cristian. Galy sollozaba, su amigo Mauricio la abrazó; se habían quedado para despedir a su amiga antes de regresar a Francia. Kissy se mostraba impasible, aunque era abrazada por Gerard; Gustav se mostró serio y concentrado como si estuviera tratando de resolver un difícil acertijo y Vladimir, oculto entre las sombras. Las lágrimas rodaron rápidamente por las mejillas de Mena y Keisi al ver a un pequeño hombre en túnica negra; se había levantado de su lugar y se paró frente al ataúd de Andrea.
—Fuerte, amigable, humilde y valiente… —Dayra no pudo oír lo que estaban diciendo; eran las palabras sueltas que flotaban hacia ella—. Leal hija, hermana y amiga. —Era poco lo que sentía en esos momentos; su vida no sería lo mismo—. Su recuerdo estará presente en los corazones de todos. Que tu familia, que tus amigos, encuentren consuelo ante tu pérdida.
—¿Por qué me abandonaste? —Replicó con enojo, esperando una respuesta que nunca llegaría.
Cuando Andrea fue sepultada, Alexander no pudo contener más el llanto; se deshizo en lágrimas. Sus amigos se acercaron a él para consolarlo, pero nada bastó para que se sintiera mejor. En los siguientes días, se encerró en su departamento; Harry optado por darle un descanso, sin embargo, el aislamiento no funcionó para bien. Aquella noche abrió una botella de whiskey de fuego, bebió sin dejar de recordar cada roce y cada beso dado. Lo único que interrumpió su dolor fue el toquido de la puerta.
—¿Qué quieres? —preguntó al ver a Gustav.
—Necesitaba hablar contigo.
—Estoy ocupado. —Quiso cerrarle la puerta, pero él no lo permitió.
—Andy no está muerta.
—¿Qué?
—Alexander, piénsalo bien. —Habló con paciencia—. Honestamente yo no creo que esos restos sean de ella.
—Encontraron su varita.
—Tengo una teoría…
—Tú y tus teorías pueden metérselas por el culo. —Sin más cerró la puerta.
Gustav salió decepcionado; tenía que recurrir a otra persona que fuera capaz de ayudarlo, o quizás a dos. Convocó su patronus para mandarles un mensaje, luego desapareció. Estuvo esperando unos minutos, algo impaciente.
—¿Qué quieres, Flitwick?
—Qué antipática —respondió al ver a Kissy.
—No estoy de humor, así que ve al grano.
—Tengo una teoría y quiero comprobarla.
—¿Qué clase de teoría? —preguntó Vladimir, apenas hizo acto de presencia.
—Iré al grano. Necesito la varita de Andrea, con ella podemos comprobar si en verdad murió.
—Ahora sí te volviste loco.
—No entiendo ¿Qué quieres que hagamos?
—Ambos son aurores —explicó con obviedad—. Pueden entrar fácilmente al ministerio sin ser detectados.
—De acuerdo. —Aceptó Vladimir sin pensarlo. —Te traeré esa varita.
El plan consistía en crear una distracción; lo llevarían a cabo dentro el fin de semana, cuando hay menos afluencia de magos. Kissy apareció en el atrio junto con Vladimir, ambos llevaban varios pergaminos en los brazos. Subieron al ascensor, la voz de una mujer se escuchó cada vez que paraban en un nivel, pero en lugar de bajar en la oficina de Aurores, esperaron.
—¿No tenemos que bajar aquí?
—Espera. —Vladimir frunció el ceño ante la mención del nivel en el que estaban: Departamento de Misterios.
—¿Qué hacemos aquí?
—Esperamos a alguien —Kissy se recargó en la pared, jugaba con su varita bajo la mirada de reproche de su compañero.
—Tranquilo, Vlad.
—Pueden descubrirnos.
—Buen día, amor. —Gerard se paró en seco, no se imaginaba ver a su novia allí.
—¿Qué haces aquí?
—Necesito tu ayuda.
—¿Mi ayuda? ¿Para qué? —preguntó extrañado.
—Necesitamos robar una varita.
—Nosotros...
—No aquí, sino en el Departamento de Investigación.
—Pero yo soy un inefable.
—Puedes fingir que la necesitas para algo. —Gerard se quedó unos segundos, pensativo.
—De acuerdo. ¿Necesito saber para qué? —Ella negó; luego tomaron el ascensor de vuelta al nivel dos. Para no levantar sospechas, el chico se quitó su túnica tan característica del departamento. Pasaron por una serie de cubículos abiertos y llegaron a uno de los pasillos en donde la oficina se dividía en otra sección.
—Aquí es —dijo Kissy cuando estuvieron enfrente de una puerta enorme.
—Entraré. —Vladimir preparó su varita—. Quédense aquí, y no lo olviden. Discreción. —Luego de unos minutos, salió un poco agitado. —La tengo. —Mostró la varita a Kissy, la tomó y la guardó entre su túnica— Hay que movernos, creo que sospechan que hay un intruso.
—Y sabrán del robo.
—Dupliqué la varita. —Apenas pronunció eso cuando un mago salió.
—¿Quién les autorizó a entrar?
—Tranquilo, Burn. —Habló el inefable—. Vienen conmigo.
—¿Qué haces por estos lados, Gerard?
—Andaba de paso.
—Ellos no pueden estar aquí.
—¿A pesar de que somos aurores? —preguntó Kissy con un tono intimidante.
—Ya nos vamos. —Los miró ceñudo, luego volvió a perderse entre la puerta.
—¿Lo conoces? —preguntó la pelirroja observando atentamente a su novio.
—Sí, un poco. Vamos, apresurémonos.
Trataron de caminar con normalidad; esperaron no encontrarse con nadie. Los pasos retumbaron y produjeron eco en el vacío pasillo, hasta que un funcionario apareció; Kissy instintivamente ocultó aún más ese objeto que llevaba y agarrando su varita. Vladimir se ocultó entre un hueco de uno de los muros; la pelirroja repasó mentalmente un hechizo aturdidor, estuvo a punto de usarlo cuando Gerard la tomó por la muñeca y sin previo aviso, la besó. Ella correspondió el beso sorprendida, él la pegó más a su cuerpo, acorralándola contra el frío muro.
—¿Ya se fue? —preguntó Gerard, sin despegar sus labios.
—¿Por qué fue eso?
—Pensabas atacar a ese hombre. Para que todo esto salga bien, se necesita discreción.
—Ah —sonó decepcionada—. Tienes razón.
—Y, además. —Volvió a besarla con fiereza—. Moría por probar tus labios.
—No quiero interrumpir, pero tenemos que salir de aquí.
—Será en otra ocasión —susurró en su oído—. ¿Qué te parecería esta noche?
Traspasaron las medidas de seguridad sin ninguna objeción u obstáculo; Gerard regresó a su oficina, no sin antes despedirse de su novia de una forma tan apasionada. Cuando Kissy y Vladimir salieron del ministerio, se aparecieron en una casa, al norte de Londres.
—¿La consiguieron? —Gustav llevaba varias horas esperando.
—Sí. —La pelirroja sacó de entre su túnica la varita—. ¿Ahora qué?
—Abrirla.
—¿Abrirla? —Sus compañeros observaron cómo hizo un corte en el pedazo de madera, dejando al descubierto el núcleo, un pelo de unicornio.
—¡No puede ser!
[***]
Sentía dolor. Tenía su varita aún, pero era incapaz de hacer magia; estaba demasiado débil y su poder estaba en niveles rojos. Se levantó con esfuerzo. Siguió dando algunos pasos más, casi arrastrando los pies y cojeando de una pierna; las pocas fuerzas se iban esfumando y aquella esperanza de regresar a casa se perdía. Las heridas le recriminaban el esfuerzo; cayó de bruces sobre el frío y húmedo suelo.
La sala común de Gryffindor estaba tranquila; ella entró sin intenciones de hablar con nadie. Caminó con rapidez a los dormitorios de las chicas, pero el tacto de Alexander le bastó para que se detuviera. Lo miró; sin decirse nada, él la abrazó con fuerza y fue cuando ella rompió en llanto, era una de las pocas veces que permitía que alguien la viera llorar. Se quedó oculta en su pecho, escuchando el latido de su corazón, eso le bastó para que ella se tranquilizara.
—¿Te sientes mejor? —Asintió con la cabeza—. ¿Quieres contarme?
—Se acabó —respondió con la voz ronca.
—Estoy confundido.
—No volveré a jugar quidditch.
—¿Qué?
—Mi lesión… —Hizo una pausa—, no mejoró ni mejorará.
—¿Ya fuiste con Madame Pomfrey?
—Sí, Alex. —Ella sacó un frasquito de su túnica—. Es poción para controlar el dolor.
—A lo mejor si haces eso que hacen los muggles, ¿terapia? Podrías…
—Quizás, pero esta temporada se terminó.
—Es que no, eres la mejor guardiana que hemos tenido.
—Y tú jugaste el interescolar. —Sonrió con amargura—. Tienes oportunidad.
—Andy…
—¿Me abrazas de nuevo? —Él la abrazó con cariño; seguía desconcertado por la conversación, sabía que su amiga no estaba bien—. No le digas a nadie que lloré, que sea otro secreto más entre nosotros.
—Bien, no lo diré a nadie.
Quería quedarse ahí, recostada en la tierra y dejar que las heridas acabaran con su vida. Esperaba que los aurores hubieran sacado a su hermana antes de la explosión; tampoco pudo dejar de pensar en Alexander. Había ido a buscarla y ahora esperaba que volviera a rescatarla. Cerró los ojos y esperó a que la muerte acudiera por ella.
Caminaba por los pasillos rumbo a la biblioteca; debía terminar el trabajo para Defensa Contra las Artes Oscuras antes de reunirse con los demás. Después de las prácticas de duelos, terminaba adolorida de algo y cansada. No quería pasar la noche en vela y estudiando. El hilo de sus pensamientos fue interrumpido por alguien; quien la tomó por el brazo.
—¿Qué te pasa, Connor?
—Necesito hablar contigo.
—¿De qué?
—De lo que ocurrió.
—No me interesa.
—Por favor, sólo déjame decirte...
—¿Qué me quieres decir? —Se cruzó de brazos esperando una respuesta.
—Lo siento, yo sé que acordamos ir poco a poco, es sólo que no me agrada que pases mucho tiempo con Mason.
—Alexander es mi mejor amigo. Además, yo soporté tus estupideces.
—Es diferente.
—¿En qué? —Se quedó callada—. Pensé que podíamos darnos una oportunidad, pero ya veo que no.
—¿Estás terminando conmigo?
—Sí, Connor. Ya no quiero saber nada de ti.
—¡Prefieres a ese idiota!
—¿Sabes qué? Sí, lo prefiero a él antes que a ti.
—Si no eres mía no serás de nadie. —El chico la agarró el brazo con fuerza.
—¡Suéltame!
—No se quedará así.
La fiebre siguió haciendo estragos; le produjo pesadillas y un delirio que estaba por consumirla. Percibió movimientos a su alrededor; quería morir, que el dolor se terminara. Escuchó los pasos de la bestia, cada vez más cerca; su rostro se contrajo en un gesto rogando que el final fuera rápido. Cerró los ojos; sintió la respiración de aquel ser, sin embargo, su mejilla se llenó de saliva debido a un lengüetazo. Se atrevió a abrir los ojos para toparse a un hermoso perro blanco que movía el rabo feliz.
—Kirlly. —Pasó los dedos por el pelaje del animal; él se acercó más a ella—. Eres un buen perro. —No sabía si era una alucinación; le irradiaba calor y en segundos, la envolvió en una luz.
Los recuerdos ocuparon la mente de Dayra; sentía un vacío en su interior, estaba sumida en la tristeza. Su perro reclamó su atención en varias ocasiones, hasta que comenzó a morderle la manga de su suéter.
—Eres lo único que me queda de ella —dijo mientras distraídamente acariciaba a su mascota—. ¿Qué quieres? —preguntó ante tanta insistencia. —¡Por Salazar! ¡Andrea! —Quedó sorprendida al ver a su hermana hecha polvo, y luchando con mantenerse en pie. Sin embargo, se desmayó. —¡Mamá! ¡Papá!
—¿Qué pasa? —preguntó su padre—. Merlín. ¡Mary! ¿Cómo...?
—No lo sé.
—¡Mary!
—¿Qué suce… ¡Andy! —Se arrodilló al lado de su hija malherida—. Hay que llevarla a San Mungo.
—No creo que soporte una aparición —respondió Robert revisando a su hija—. Cariño, avisa al hospital. Mientras, la llevaré a su habitación.
Los medimagos no tardaron en aparecer; iban vestidos con túnicas blancas. Mary Green los condujo a la habitación de su hija. Pidieron que los dejaran solos para revisarla; el resto de la familia esperó afuera. La bruja no dejó de llorar, su esposo trató de consolarla, sin embargo, no fue suficiente.
—¿Cómo está mi hija?
—Tiene un grado de deshidratación y anemia —respondió uno de los medimagos—. Tiene múltiples cortes en la espalda, sufrió quemaduras y la herida en la pierna.
—Además su nivel de magia es bajo. Es necesario trasladarla a San Mungo.
—¿No será peligroso en su estado?
—Le hemos administrado poción revitalizante para que recupere algo de energía.
—¿Se la llevarán ahora?
—Es necesario.
Ante el consentimiento de los Green, los medimagos hicieron aparecer una camilla, donde con demasiado cuidado, pasaron a la castaña. La aseguraron bien, luego desaparecieron de la casa para llegar al hospital. De inmediato, Andrea fue trasladada al piso cuatro: daños provocados por hechizos.
—Le hemos administrado pociones regenerativas, también reabastecedora de sangre. —Informó una de las sanadoras, quien tenía una plaquita plateada: Beraka Black—. Tomará un tiempo, pero se pondrá bien.
—¿Podemos verla?
—Se le suministró poción de sueño, quizás es mejor que vengan después.
Mary Green lloraba; no podía creer que su hija estuviera con vida. Le dio las gracias a Merlín tantas veces. Ninguno se marchó, sin embargo, Dayra regresó a casa acompañada de su madre para poder descansar; debía admitir que fueron tantas emociones en un día. Iban y venían sin notar ningún cambio en ella; los sanadores les dijeron que, debido a sus heridas, tardaría en recuperar el conocimiento. Cuando la slytherin le tocó vigilar a su hermana, notó una quemadura en su mejilla y rasguños; poco a poco le regresaba el color al rostro. Vio parte del vendaje que cubría todo su pecho; las heridas en su espalda no serían sencillas de sanar. Su respiración era acompasada y tranquila. Andrea se removió en la cama; despertó y analizó el lugar en donde se encontraba, logró enfocar unos ojos que la observaban.
—¡Dayra! ¿Estás bien? —Trató de levantarse, pero su estado se lo impedía.
—Tranquila.
—¿Qué ocurrió?
—Estás en San mungo, ¿cómo te sientes?
—Me duele todo.
—Tienes mejor aspecto. —Dayra quería llorar, lanzarse a sus brazos, pero debía ser prudente ante su estado.
—¿Cuánto tiempo...?
—Has estado una semana inconsciente. Te han suministrado un montón de pociones.
—Mierda…
—Iré a buscar a mamá y papá, y avisarle a la sanadora que despertaste.
Andrea tenía muchas preguntas; sus recuerdos eran confusos. Recordaba la casa en llamas, haber sido detenida por Connor y haberse batido a duelo. Los gritos de su novio, Alexander… deseaba que estuviera bien. Una sanadora entró en la habitación seguida de su familia; se sorprendió al reconocer a Bera, una compañera Huff de la escuela.
—Todo está en orden, ¿cómo te sientes?
—Confundida.
—Es normal, tus heridas en la espalda necesitarán tiempo. Te hemos suministrado pociones regenerativas; con algo de suerte no te quedarán cicatrices.
—Gracias, Bera.
—Es mi deber. En un rato vendré a suministrarte más poción para el dolor.
—Gracias, sanadora.
—¿Y cómo llegaste a casa? —preguntó su hermana apenas estuvieron solos.
—Alguien me ayudó. Kirlly se apareció —respondió al ver el gesto confundido de su familia—, me dio calor y después me trajo a casa.
—Por eso llegaste a mi habitación.
—Te dije que era inteligente.
—Nos tuviste muy preocupados. —Su madre no dejó de besar sus mejillas— Yo creí… te perdimos.
—No entiendo, ¿a qué te refieres, mamá?
—El mundo mágico cree que moriste. —respondió su padre. Los ojos de Dayra se llenaron de agua.
—Vi como la casa explotó.
—Lo siento. —Andrea quiso abrazarla, pero su estado se lo impidió. Seguía sintiéndose confundida. —¿El ministerio sabe que… estoy bien?
—Quisimos esperar —respondió Robert, luego guardó silencio unos instantes—. Queríamos asegurarnos que…
—Estoy bien, papá.
—Puedo mandar un patronus.
—No, te pediré que vayas personalmente a hablar con Harry, si es posible de inmediato. Si yo sobreviví… también lo hizo Connor. Debe ir a Azkaban.
El señor Green hizo caso a lo que dijo su hija; se aseguró de que estuviera bien y luego partió al ministerio de magia. Harry quedó sorprendido por la noticia; no tardó en visitarla para cerciorarse de su estado. Cuando creyó que era prudente, el resto del departamento quedó reunido para recibir la noticia. El primero en salir al hospital fue Alexander, que quería comprobar por sus propios ojos que su novia estaba viva. No esperó a que alguien le respondiera cuando tocó la puerta; entró y vio a Dayra sentada en la esquina. Ella notó su presencia, hizo un gesto afirmativo y luego sonrió; eso le inspiró confianza. Ahí estaba la mujer de sus sueños, llena de vendas y rasguños, pero entera y con vida.
—¡Alex! —No recibió una respuesta, lo único que recibió fue un dulce beso.
—Estás viva —susurró.
—Sí, aquí estoy. Molida, pero bien.
—¿Con que es verdad? —Ambos fueron interrumpidos cuando iban a darse otro beso.
Kissy habló desde el umbral de la puerta; ella tampoco pidió permiso, entró y no estaba sola. Gustav, Keisi y Mena, esta última se lanzó directo para abrazarla.
—Mena…
—Te quiero. Te eché de menos —susurró en el oído; las lágrimas no las contuvo y dejándolas resbalar por las mejillas.
—Mena…
—No vuelvas a hacerme esto.
—Me… duele… —Andrea contuvo la respiración e hizo un gesto de dolor.
—Eh... ¿Profesora? Mi hermana está muy lastimada y…
—Lo siento —dijo de pronto, luego la soltó algo sonrojada—. Pero en serio, no vuelvas a hacerme esto.
—Nos alegra que estés bien, Andy. —En esa ocasión fue Gustav el que habló.
—No hables por todos.
—Kissy…
—Te odio, Green.
—¿Me odias? —preguntó confundida.
—Sí y no tienes idea de cuánto.
—¿Y puedo saber el por qué?
—¡Por ser tan débil y estúpida!
—¡¿Yo soy la estúpida?! —Eso hizo enfurecer a la chica—. ¿Quién mierda hizo enojar más al idiota de Connor, eh? —La pelirroja sacó la varita y en un rápido movimiento la colgó del tobillo
—¡Kissy!
—Es para que se le baje el berrinche.
—¡Carajo, Weasley! Bájame, me duele. —Con otro movimiento de varita, la dejó caer en la cama—, yo que culpa tengo que la maldita casa haya explotado.
—Te juro que, si me vuelves a hacer esto, te haré la maldición cruciatus, luego te sacaré todos los huesos y a ver si un maldito león puede andar.
—¿Por qué hay tantas personas en la habitación? —La sanadora Black observó a cada uno; se detuvo brevemente en los gestos de dolor que hacía su paciente—. Les voy a pedir que se retiren, la señorita Green necesita descansar.
Cada uno se despidió de Andrea, menos Alexander; esperó a que la sanadora terminara de revisarla. Después de ello, Dayra les dio tiempo a solas para que pudieran hablar.
—Está vivo, ¿verdad?
—Supongo.
—Lo atraparé —declaró con seguridad—. Kissy no me lo arrebatara. Lo mataré.
—No, no lo harás.
—¿Qué?
—Lo que oíste, no quiero que lo busques. Lo subestimamos, Alexander. Es más poderoso de lo que creímos.
—Pero te secuestró a ti y a tu hermana, casi pierdes la vida.
—Yo no dije que deba estar libre, sólo que no quiero que tú lo busques.
—Soy auror.
—Y yo también.
—Andrea… —Pero ella se mantuvo seria; él se acercó y tomó asiento a su lado. Estaba feliz de probar de nuevo sus labios—. Te he extrañado.
—Gracias por haber ido a buscar. —Los pulgares de la chica trazaron formas en las manos de Alexander—. Esperaba que aparecieras para salvarme. Que me besaras y me dijeras que todo iba a estar bien.
—Nunca te dejaré ir. Te amo, nunca lo olvides.
—No permitas que ocurra.
[***]
Era su día libre, la liga de quidditch iba de maravilla; su pasión por el deporte era grande, pero nada se comparaba con el amor que le tenía a su novia. Cristian caminaba por los pasillos del departamento de Cooperación Mágica; pasó desapercibido en el atrio del ministerio, aunque quizás cuando saliera se encontraría con varios fans.
—¡Hey, Mariana! —gritó cuando la vio salir—. ¿Estás bien? —preguntó al verla algo agitada.
—Tengo que ir a San Mungo.
—¿Por qué?
—Andrea está viva.
—¿Cómo...?
—No sé, vamos. —Tomó su mano y echaron a andar hacia las chimeneas.
Al llegar al hospital, tocó con suavidad la puerta; escuchar su voz dándole permiso de entrar le causó una sensación de alivio. Ver a su amiga llena de vendas, moretones y rasguños no fue agradable, pero le bastaba con verla viva.
—Hola —saludó Andrea muy efusivamente al verlos; dejó a un lado el libro que estaba leyendo.
—Estás…
—¿Viva? Sí, y bastante. —Aunque Mariana quiso reservarse las ganas de abrazarla, no pudo evitar que algunas lágrimas se le escaparan de sus ojos—. ¿Estás llorando? Sin duda es un acontecimiento irrepetible.
—No me sorprende que, siendo una Gryffindor, estés en estas condiciones. —Se compuso un poco.
—Vamos, Somender. Te preocupo. —La castaña sonrió burlonamente; su amiga puso los ojos en blanco, pero aun así se acercó y la abrazó con cierto cuidado.
—Te dije que nunca te desharás de mí.
—Lo sé. Cris, es bueno verte. ¿Cómo va la temporada?
—Muy bien, quizás puedas ir a un partido cuando te den el alta.
—Eso me encantaría.
Estuvieron hablando por un rato hasta que una sanadora entró; era la hora de cambiar los vendajes de Andrea y beber una cantidad exagerada de pociones. Mariana prometió regresar a verla al siguiente día.
—Ya no me dijiste qué hacías en el ministerio —preguntó la chica cuando salieron del hospital—, ¿todo bien?
—Quería verte. ¿No puedo?
—Claro que sí. —Cristian la besó, ella se abrazó al cuello.
—Salgamos de aquí, traje mi escoba. Podemos dar un paseo, si quieres.
—¿Acaso nunca dejas de pensar en el quidditch?
—No. —Una sonrisa arrogante se formó en su rostro—. ¿Qué dices?
—Bien, pero volemos donde no nos vean los muggles. —Él sonrió; sacó su escoba miniatura y con un hechizo, la agrandó. Luego tomó su mano, listos para remontar el vuelo.
Se internaron en los cielos; el viento los golpeó con suavidad. Dejaron atrás Londres, los edificios y los autos. El viaje no duró mucho tiempo; llegaron a un pequeño prado con árboles altos que tapaban la vista de un pueblo muggle. Un lugar perfecto para pasar un momento romántico.
—Esto es hermoso.
—Podría ser nuestro lugar —sugirió Cris emocionado—. Podríamos venir aquí siempre; quizás después de que salgas del trabajo. Pasar un momento entre tú y yo.
—Me encantaría
—¿Quieres jugar un rato? —preguntó mientras sacaba una snitch dorada.
—No tengo escoba, además tú eres un jugador profesional.
—Lo de la escoba se puede arreglar. —Sacó la varita e hizo aparecer otra.
—Siempre prevés todo.
Mariana no era muy fanática del deporte mágico, sin embargo, se subió a la escoba que le dio su novio, mientras que él soltaba la snitch. Cristian se adelantó, pero ella lo alcanzó; hombro con hombro peleaban por atrapar la pequeña pelotita, y en último momento, el chico frenó.
—¡Gané! —gritó la joven.
—Lo hiciste.
—Espera… —Captó algo en la pelota alada—. ¿Qué es esto? —Al preguntar eso, se abrió. Cayó un anillo con una piedra verde.
—Nuestra historia es un juego de quidditch. —Comenzó mientras tomaba la sortija—. Lucho día a día para enamorarte más, y la mayor recompensa sería la snitch, pero para mí, es tenerte cerca.
—Amor…
—Tú eres todo para mí, y con este anillo quiero que quede sellado nuestro amor.
—Cris…
—Eres mi vida.
—¡Cristian!
—¿Qué?
—Te amo. —Se lanzó a sus brazos y lo besó—. Te amo como no tienes idea.
—Lo sé. Tú eres mi vida, eres la guardiana que cuida mi corazón.
—¡Deja de hablar de quidditch!
—Lo siento. —Ambos rieron; antes de regresar a la ciudad, disfrutaron la compañía del uno con el otro.
Seguía latiendo la sed de venganza, la sed de lucha. A pesar de contener el odio, tenía que agradecer a su novio por haberle hecho ver las cosas. Él siempre se encargaba de mantener a raya a esa serpiente interna. Su mundo se reducía a ese tejón, a ese chico que le robó el corazón; aquel Hufflepuff que un día conoció por una travesura. El apartamento de Kissy era común, y a veces, solitario en los límites del Londres muggle. Siempre estaba en soledad debido a su carrera de auror; a veces de misión en misión, y otras veces en el departamento de su novio. Ansiaba que llegara la hora para verlo; moría por abrazarlo y besarlo, por perderse en esos ojos marrones detrás de esas gafas. Quería compartir con él la felicidad de saber que su amiga estaba viva. Con un movimiento de varita, acomodó el pequeño desorden. La ropa se guardó en sus respectivos cajones, mientras que los platos sucios se lavaban y acomodaban. Ella no era una persona que se dejara llevar por cursilerías; no se le ocurrió preparar algo más. Encendió algunas velas para dar un ambiente más cálido al lugar.
Quería celebrar, era una noche que deseaba gozar; destapó una botella de vino, sirviéndose una copa mientras que esperaba. Apenas le dio un pequeño sorbo al líquido, cuando el timbre se escuchó. Kissy era una persona que no le intimidaba nada, pero cada vez que se trataba de su chico, perdía el control. Se levantó con rapidez, casi a punto de derramar el vino encima de su túnica. Se observó en el espejo del lado de la puerta. Se arregló el cabello; era lo mejor que podía hacer en esos momentos, y en segundo abrió.
—Hola.
—Hola. —Se quedó estática al verlo; siempre era así. Mentalmente se preguntaba por qué demonios le pasaba eso.
—¿Me invitaras a pasar?
—Lo siento. Claro, pasa.
—Tu departamento se ve… acogedor.
—¿Quieres una copa de vino? —preguntó nerviosa.
—Si quieres.
Se controló un poco; sirvió el líquido rojizo en otra copa y se la entregó. En lugar de que el chico bebiera, hizo a un lado la copa acercándose lentamente a ella. Kissy lo miró mientras que sus manos se entrelazaron. Gerard besó sus mejillas, y ella, para provocarlo, depositó un beso en la comisura de los labios.
—¿Te dije que Andy está bien? —dijo con la respiración agitada.
—Sin ofender, no importa ella en estos momentos.
—¿Ah no?
—No.
Volvió a besarla de una forma tierna; sus dedos jugueteaban con los rizos pelirrojos que caían sobre su espalda. Kissy quería seguirle el juego; enredó las manos en el cabello alborotándolo más.
—Hoy no quiero charlar.
—¿Qué quieres hacer?
—Tenerte toda la noche pegada a mí.
—¿En verdad?
—Sí. —Gerard lamió con dulzura el lóbulo; bajó los labios por el cuello, mordisqueando la piel blanca y arrancando algunos suspiros.
—¿No harás nada?
—Amarte.
—Ya lo haces. —Tomó su mano y la puso sobre su pecho.
La mano de Kissy se desplazó sobre su camisa para desabrochar los botones; Gerard se limitaba a observarla con adoración y amor. Volvió a atrapar sus labios en un beso salvaje. La camisa cayó al suelo; él se encargó de arrancarle la blusa y besar sus hombros desnudos. Ella dejó caer la falda que traía puesta, luego saltó encima de él y enredando las piernas en su abdomen. Gerard fue dando pasos, pero sin despegar sus labios de su novia, hasta que chocó con el marco de la puerta de la habitación; al entrar, terminaron en la cama.
Las manos de la pelirroja acariciaban el pecho desnudo marcando la línea que se formaba hasta llegar a la hebilla del pantalón. Desabrochó el botón y el cierre; la paciencia no era una de las virtudes de Kissy, por lo que, con desesperación, arrancó dicha prenda mientras que seguía saboreando sus labios. Gerard no perdía ningún instante; acariciaba y besaba cada parte de su cuerpo descubierto. El corazón latía con violencia; se acomodaron mejor entre las almohadas, gozando el sabor de sus respectivos labios. Se enredaron con las sábanas de la cama. Las pocas prendas restantes desaparecieron y entregándose a esa llama encendida, entregándose en cuerpo y alma al amor. Una suave música se logró colar por la ventana entreabierta, quizás un músico que buscaba ganarse la vida.
—¿Oyes eso?
—Una bonita canción —respondió el chico trazando figuras en su piel desnuda.
—Jamás la había escuchado
—Justo para lo que estamos viviendo ahora. And I can´t believe, that I´m your man, and I get to kiss you baby, just because I can. —Gerard comenzó a besarla en los labios; bajó de nuevo por su ombligo. Besó los muslos, besó las piernas y cada parte del cuerpo con infinita dulzura—. Eres perfecta.
Se entregaron a la pasión una vez más haciendo el amor. Eran besos y caricias; disfrutaron del placer, hasta que bastante exhaustos, se acomodaron mejor en la cama. Kissy se acurrucó en el pecho desnudo de Gerard, mientras que él la abrazaba. Quería quedarse así por el resto de su vida, tenerla tan cerca y no compartirla con nadie. Eso era su felicidad, el escuchar un te amo era lo mejor que le podría pasar. Saber de propia mano, que el amor era la magia más poderosa del mundo.
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