Capítulo 6
En colaboración con Gustavo Torres.
Matt estuvo intranquilo desde que las hermanas Green desaparecieron. Quiso estar a lado de Dayra, para apoyarla cuando recibió la terrible noticia de la muerte de Andrea, pero no pudo salir del colegio; se conformó con mandarle cartas. Al estar de vacaciones, y después de saber que Andrea no estaba muerta, el chico le pidió permiso a su madre para visitar a los Green. Usó la chimenea; llegó a la sala de la familia y fue recibido por un gran abrazo.
—¡Mattie!
—Me da gusto verte.
—Igual que a mí. Vayamos arriba.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó mientras ambos se encontraban en la habitación.
—Estoy bien.
—Claro que no. Te conozco a la perfección.
—¿Qué quieres que te diga? —Dayra tomó asiento en su cama—. ¿Qué estoy preocupada por mi hermana? ¿Qué cada noche que pasa, tengo pesadillas? ¿Qué tengo miedo?
—No pasará nada —respondió Matt acercándose a ella para abrazarla.
—La conozco. Sé que está mal.
—¿Quieres que hablemos?
—Jamás en mi vida me imaginé vivir algo así.
—Pues deja de pensar en ello.
—Mejor cuéntame cómo fue el colegio —preguntó soltando un suspiro.
—Normal, supongo. Fue un mes complicado. —Ambos guardaron silencio.
—Te quiero mucho, Mattie.
—Y yo igual, por eso soy tu mejor amigo.
—Sabes que te quiero como mi hermano.
Los estragos de una guerra no son sólo físicos sino psicológicos y emocionales, y Andrea lo sabía de sobra. Después de pasar algún tiempo en el hospital, por fin la dejaron salir, aunque su pierna todavía tardaría más en sanar. Todo el mundo creía que Andrea Green estaba muerta; se había dado la noticia de eso. Su hermana le detalló el funeral: los asistentes y las palabras que algunos otros tantos dijeron. Por alguna extraña razón quiso verlo con sus propios ojos. Aunque no debía, se apareció en el cementerio de Margravine; no le fue muy difícil encontrar la tumba que resaltaba su nombre.
—Expecto Patronum —susurró, un humo blanquecino salió de la varita para tomar forma de un cuervo. Pensó en el mensaje y en voz baja mencionó el nombre del destinatario.
—Hola, Andy.
—Gus. Me alegra que hayas podido venir.
—No entiendo por qué me citaste aquí. Ni siquiera sabía que ya te habían dejado salir del hospital. —Observó el bastón que llevaba.
—Mi pierna sigue sin sanar del todo —respondió a la pregunta no formulada de su amigo—. Me batí a duelo con Connor; el fuego consumía la casa y quizás, de segundos, para que acabara con todo. Eso no le importó y cuando pensaba escapar, nos alcanzó la explosión. Logré protegerme, aunque no fue tan eficaz —dijo mientras se alzaba la manga de su túnica donde se notaban las cicatrices de quemaduras—. El fuego nos lanzó por los aires; él me agarró y desaparecimos. Me zafé y terminé en un bosque.
—No puedo imaginar exactamente lo que viviste.
—Tuve que ir a comprar una varita nueva. Estaba tu abuelo atendiendo la tienda —dijo Andrea como si nada—. La vieja varita desapareció justo en las narices del ministerio.
—No puedo explicar eso.
—Sé que sabes algo. —Lo miró, luego le sonrió para inspirarle confianza.
—Es verdad —respondió; no tenía caso mentir—, algo me decía que estabas viva. Y tuve que utilizar tu varita.
—No entiendo.
—Verás. El núcleo de tu varita era un pelo de unicornio; esto quiere decir que son muy apegados a sus dueños. Por lo general, cuando muere el mago o la bruja, el pelo literalmente también. Deja de servir.
—Tengo que admitir que me quedé impresionada. Gracias por lo que hiciste, Gustav.
—Eres nuestra amiga.
—¿Quién te ayudó?
—Kissy, Vladimir y Gerard.
—¿En verdad?
—Sí, Alexander no quiso saber nada. Él quedó muy afectado.
—Creo que lo entiendo. —Miró la lápida que brillaba con el sol—. Quizás yo estaría igual. Al final, alguien murió. —Con la varita borró su nombre, pero dejó el epitafio—. Connor ha hecho demasiado daño, debo encontrarlo antes de que cause más muerte.
Llegó al lugar en donde se quedaron de ver; ahí estaba ella diciéndole cosas incoherentes, como que nunca le envió nada. Pensó en replicar, pero no tuvo el tiempo suficiente para hacerlo; las atacaron. Sin dudarlo sacó su varita y se batió a duelo con varios de ellos; un segundo bastó para que todo eso cambiara. Andrea se lanzó a un lado, interponiéndose entre aquel haz de luz verde, ese que no había retorno.
—Fue una maldición asesina, lo siento mucho.
—¿Cómo pudiste? ¿Cómo pudiste ser tan tonta y caer en esa estúpida trampa?
—Yo no...
—¡Mi hija murió! ¡Mataste a tu hermana!
—Murió por tu culpa.
No era posible, ella no podía estar muerta; la necesitaba, pero la realidad era otra y sus padres tenían razón, estaba muerta por su maldita culpa. Ahora era un lugar diferente, no era Hogsmeade, era una habitación; un hombre entró para llevársela. Él quería información, pero se negaba a dársela, querían hacerle daño. No supo cuánto tiempo estuvo llorando y sin saber cuál era el estado de Andrea; tenía la espalda repleta de cortes, de heridas hechas por latigazos. Un día tras otro, castigada de la misma forma, no sabía cómo, pero sentía el sufrimiento, el dolor que le estaban ocasionando. Los gritos desgarradores que daba al recibir el castigo.
—Dame lo que necesito.
—Olvídalo.
—Mataré a tu hermana.
—No la tocaras.
—Así lo quisiste. Te quedarás aquí, sin agua ni comida. —El aire fue roto por el zumbido del látigo, el goteo de la sangre y los gritos llenos de agonía. Se dejaron de oír, ni siquiera la leve respiración, todo dejó de existir.
—Tú hermana está muerta
—¡No!
—Es una pena. Era hermosa, pero decidió sacrificarse.
—No, ella no…
—Murió para salvarte. Murió por tu culpa.
—Nooo.
—Tus peores temores se reflejan en tu mente.
Andrea escuchó un grito proveniente de la habitación de su hermana; salió rápidamente sin importarle la cojera de su pierna. Entró en la habitación de Dayra con varita en alto.
—¿Qué pasa?
—Estás bien, estás viva.
—Sí, lo estoy. —Se acercó a ella con cautela; pudo observar como su hermana estaba empapada de sudor y temblorosa.
—Lo siento.
—¿Te encuentras bien?
—Sí —respondió más tranquila—. Lamento haberte despertado.
—No estaba dormida. —Hizo un gesto de dolor, después de todo había corrido a pesar de tener la pierna todavía herida—. Dime que sucede.
—Nada, tuve un mal sueño.
—¿Quieres hablarlo?
—No importa, en verdad.
—¿Tienes pesadillas por lo sucedido? —preguntó pacientemente.
—Soy débil.
—No pensaría algo así de ti. —Se acercó más a ella y la estrechó entre sus brazos—. Yo… sé que es tener ese tipo de pesadillas. Te comprendo a la perfección, la diferencia es que me tienes a mí en todo momento.
—Tengo miedo.
—Cuéntame. ¿Qué soñaste?
—Por mi culpa morías —dijo en voz baja y apenas audible.
—Lo más importante que tengo en la vida eres tú, así que daría mi vida por ti.
—Perdóname.
—No tengo nada que perdonarte. Ahora, duerme.
—¿Te puedes quedar conmigo?
—Claro, descansa.
A Dayra le costó quedarse dormida, las pesadillas le acechaban. Matt decía que dejara de preocuparse, que era normal sentirse vulnerable; sólo era darle tiempo al tiempo, pero ella no podía hacer eso, no cuando la vida de su hermana estaba en peligro constante. Aún así trató de relajarse, y pasar las festividades decembrinas con su familia. En víspera de Navidad, Keisi fue a visitar a su amiga, aunque tenía otro motivo para hacerlo.
—¿Qué tal van las cosas en el cuartel?
—Bien, pero… quizás no deba decírtelo.
—Decirme, ¿qué?
—Alexander está obsesionado con atrapar a Connor.
—Hablaré con él.
—Pero estas consciente que es nuestro trabajo, ¿verdad?
—Lo sé, pero lo que hace Alex me preocupa.
La familia Green estaba bastante alegre de festejar la Navidad, el frío glacial y los copos de nieve acompañaron aquel día. Kirlly jugaba con Dayra, y en algunas ocasiones se confundía con la manta blanca que dejaba el clima. Todavía era temprano, ya se podía respirar el aroma de la deliciosa comida; Andrea a veces podía ser bastante glotona y ya ansiaba que fuera la hora de la cena para degustar.
—Te ves hermosa. —La chica estaba enfrente del espejo; por lo general no usaba nada de vestidos, no le gustaban, pero hacía una excepción de vez en cuando.
—Y tú bastante guapo. —Alexander la visitó antes de que él se fuera con su familia.
—Feliz Navidad —susurró acercándose a ella.
—¿Qué tal el trabajo?
—Aburrido.
—Aburrido —repitió con un tono duro.
—¿Pasa algo?
—¿Qué tal el asunto con Connor? ¿Ya dejó de ser tu prioridad?
—Eh… sí.
—¿Sí?
—Bien… —suspiró—. No puedo dejar que ese imbécil esté afuera planeando algo.
—Eso no te corresponde a ti.
—¿Ah no? —preguntó incrédulo—. Según recuerdo, tengo una insignia que dice que soy auror
—¿Y olvidas que yo tengo una, también? Connor hará lo posible por acabar conmigo y ahora que sabe lo importante que es mi hermana, que tú formas parte de mi vida, buscará la forma para destruirlos.
—Lo siento, pero no dejaré que se acerque a ustedes. Si es necesario, lo mataré.
—No puedo enfrentarme a lo mismo otra vez. No soy tan fuerte.
—No pasará nada.
—Quiero que te vayas. Necesito estar sola.
—Andy…
—Por favor, vete. —No tuvo otra opción más que salir de ahí, pero antes de irse le dio un beso en la frente.
—No olvides que te amo
Sabía que se estaba comportando de una forma infantil, pero sus razones estaban infundadas por el miedo a Connor; no quería perder a nadie, no quería que se interpusiera de nuevo entre ellos. Después de que Alexander se fuera, ella subió al techo de su casa, justo encima de su propia habitación; era su lugar secreto en donde podía pensar con claridad, en dónde podía estar tranquila sin que nadie la molestara.
—Llevas mucho rato aquí.
—¿Cómo me encontraste?
—Eres mi hermana y te conozco.
—Pensé que nadie lo sabía.
—Quizás nada más yo. ¿Qué sucede?
—Discutí con Alexander.
—¿Y puedo saber por qué?
—Quiere atrapar a Connor, quiere hacerlo pagar por lo sucedido.
—Y no quieres.
—Lo menos que quiero es que él también salga herido. Lo conozco y no descansará hasta encontrarlo.
—Es un auror, al igual que tú.
—Lo sé, y eso precisamente me preocupa.
—Vela por ti.
—Se hace tarde, es mejor que bajemos para la cena.
—¿Cómo subiste? ¿Ya no te duele tu pierna? —Dayra no quiso seguir presionando a su hermana para que le contara.
—No, ya no uso el bastón.
—Me parece genial.
La cena estuvo deliciosa. Andrea trató de poner la mejor cara posible. Después de medianoche, toda la familia se fue a dormir. A la mañana siguiente, despertó un poco sobresaltada; encontró una media encima de su cama y casi no entraba luz por la ventana a causa de la nieve. Entre los regalos estaba una pulsera con diseños de lobo, regalo de su hermana; una caja alargada que tenía una hermosa varita (aunque ya tenía una) y que al tocarla sintió calor entre sus dedos, el regalo era cortesía de Gustav. También encontró una túnica, regalo de Mena; un CD de su grupo muggle favorito, regalo de Keisi. Cuando pensaba abrir su siguiente paquete, uno de ellos hizo un pequeño sonido; no se imaginaba que pudiera ser, por lo que con cierta cautela lo abrió y topándose con un pequeño animal junto con una tarjeta.
¡Por fin lo logré! Tienes en tus manos el primer híbrido de un panda con un unicornio, o sea un pandicornio. Espero que te guste. Feliz Navidad.
Te quiere, Amshel.
Con cierto cuidado, sacó la miniatura del pandicornio. Era un oso panda que apenas cabía en su mano con un cuerno plateado y unas alas. No pudo evitar sonreír ante ese regalo, aunque fuera ilegal. Dejó al pequeño pandicornio en su jaula, y siguió abriendo los restantes paquetes que le quedaban. Entre ellos encontró una caja de pastelillos de chocolates muggle, regalo de Kissy; y por parte de Mariana, le envió una figura de colección. No supo cómo se había enterado de que le gustaban ese tipo de cosas, y menos que fuera a comprarla al mundo no mágico. También vio una foto de Cris autografiada.
—Era de esperarse —suspiró mientras observaba al chico saludarla, pero se llevó una tremenda sorpresa. También le había mandado una túnica del Puddlemere United, autografiada por todo el equipo—. ¡Te luciste, Cris!
Le quedaba un paquete por abrir; con dedos temblorosos rasgó el papel, encontrándose con una hermosa rosa blanca que no dejó de brillar.
Esta es una flor mágica, mientras nuestro amor dure, nunca morirá.
Te amo, Alexander.
No pudo evitar sonreír ante ese hermoso regalo; sus amigos se lucieron con ella. Cuando bajó a desayunar, cada miembro de la familia mostró los regalos que recibieron. Al llegar enero, Dayra se sentía nerviosa; volver al colegio implicaba un reto. Andrea también estaba lista para regresar; los sanadores le dieron el alta definitiva. Se había recuperado bastante rápido y se encontraba ya en perfectas condiciones.
La vuelta a Hogwarts no fue tan mala para la pequeña Green, con su fuerza renovada de saber que su hermana estaba bien y que había prometido no meterse en más problemas, además que Matt y Charlize no les daban importancia a los chismes generados.
—Esto es raro.
—¿Qué cosa?
—Randal no me ha molestado el tiempo que llevo aquí.
—Supongo que debe tener otras cosas que tramar.
—No, algo es diferente en él.
—Yo creo que fueron las vacaciones —expresó su amiga nerviosa e intercambiando una mirada con Matt.
—¿Todo bien entre ustedes?
—Sí.
—Siento que están tramando algo.
—Nada.
—Como quieran. —Dayra salió del gran comedor para ir a su clase.
—Le tienes que decir —susurró Charlize.
—Es mejor que no sepa, además así está mejor Randal. —Su amiga hizo un gesto reprobatorio, no le agradaba la idea de mentir.
En los últimos días del mes, cuando pensaron que las cosas estarían más tranquilas, comenzaron a complicarse para el Departamento de Aurores. Un nuevo ataque se llevó a cabo, pero esta vez en el Callejón Diagon.
¿LA PAZ SE HA TERMINADO?
La fama puede acompañar a muchas personas, pero sólo algunos son los afortunados de poder conservarla. No es la excepción cuando se trata de hablar de la Oficina de Aurores del Ministerio de Magia, adicional, mencionar que el Jefe de dicho departamento es nada más ni nada menos que el polémico, misterioso y ya irritante Harry Potter. Yo mismo he sido testigo de que su fama le ha traído más beneficios que unas bellas imágenes en los cromos de brujas y magos famosos. (Aunque ya deberían de actualizarlos, tienen tantas personalidades tan viejas como el legado de los Weasley). Ayer por la tarde se suscitó un ataque en el Callejón Diagon causado por un grupo de brujas y magos sospechosos; fuentes fidedignas, dicen que se tratan de mortífagos renegados y que aún buscan vengarse de la tan dolorosa pérdida del Que No Debe Ser Nombrado. El atentado fue dentro de la tienda de Ollivander´s; Gustav Flitwick y su hermano salieron con varita en mano, ¿qué esperaban? ¿Lanzar algún hechizo creado por su locura Ravenclaw? De estos chicos no se puede esperar nada bueno si vienes de una familia tan bondadosa y amable como los mismísimos duendes de Gringotts. No queda más que reiterar lo que muchas veces les dije: Harry Potter no nos traería la paz; eso era de esperarse cuando lo único mágico que parece tener dentro, es el mal de ojo. Pasar por tantas cosas tan funestas querrás regalar tu alma a cualquier dementor. Sin embargo, no deberíamos fijarnos por ese lado amable y triste del ya ni tan joven mago; deberíamos preguntarnos si la seguridad del mundo mágico está en buenas manos.
El ataque reciente causó una docena de aurores, gravemente heridos; una de ellas es la poco, o mejor dicho, nada conocida Andrea Green. Una joven que recibió varios maleficios a quemarropa, y que recientemente estuvo envuelta en un altercado, en donde corrieron rumores de su supuesta muerte. La verdad no sé si Potter recluta jóvenes proezas para este trabajo, o sólo quiere a peones que sirvan de escudo mientras él se llena la bolsa de galeones; es obvio que esta chica no tenía ni la más remota idea de la diferencia entre una varita de regaliz a una auténtica. Otra empleada del mismo departamento que está involucrada es Kissy Weasley. ¿Por qué en todo rastro de información mágica notoria debe aparecer alguien con cabellera rojiza?; no quiso brindar declaración, y a juzgar por su tono tajante y poco sutil de contestar. Si de mí dependiera su situación laboral, ella estaría junto al guardabosques del Colegio Hogwarts. Por cierto, hablando del famoso castillo, tiene de profesora a una de las nietas de la directora Minerva McGonagall. ¿El Colegio terminó de ser una afamada y honorable institución para caer en un lamentable negocio familiar? No lo dudo ni un poco. Resulta que casualmente otra persona de Gryffindor será la que heredé el legado magisterial y posterior el poder del colegio completo, ¿acaso esto será un plan para que la casa de los leones gane la copa por mil años consecutivos?, ¿será que Minerva ya se le zafó el tornillo como el querido y difunto Dumbledore? o tal vez quizá ¿sea Mena McGonagall una marioneta más dentro de los ideales enfermos de la antigua Orden del Fénix? Seguiremos muy de cerca los movimientos de esta jovencita.
¿Será verdad o mentira? Sin duda la credibilidad de los, ya conocidos, mortífagos hoy en día se reduce a compararlos a la inteligencia de un trol de la montaña o con el honorable y pulcro linaje de los Malfoy; creo que todo renombre debe culminar en su mejor momento, como un debut y despedida. Los mantendré informados al respecto de estos planes macabros del famoso y antes nombrado Elegido; me han comentado que no falta para que ese muchacho reclute a gente y empiece otra época de terror.
—¡Maldita sea! —exclamó la auror mientras terminaba de leer El Profeta. Esperaba que las cosas no se complicaran aún más de lo que ya estaban.
[***]
Poco a poco el frío de enero fue cediendo ante el calor que comenzaba a acercar la primavera, a pesar de que faltara un mes para ello. Cada estudiante de Hogwarts se mantenía atento en sus respectivos estudios; las pesadillas que sufría Dayra, como consecuencia de lo ocurrido en los meses pasados, iban desapareciendo. Por alguna extraña razón, sentía que sus amigos le ocultaban algo.
—Tengo la ligera sospecha de que saben algo y no me quieren contar.
—Creo que deliras.
—No tenemos idea de nada.
—¿Por qué no me dicen qué ocurre?
—Porque no hay nada de lo que tengas que saber. —La chica vio a su amigo con los ojos entrecerrados; los conocía como la palma de su mano.
—Como quieran. —Terminó por responder.
Debía terminar un trabajo para Herbología; su mente estaba puesta en lo que le estaban ocultando sus amigos, quería saber el porqué de esa actitud de un tipo que aborrecía. Estuvo sumida en sus pensamientos que no se percató de nada y terminó estrellándose con un chico pelirrojo.
—Lo siento, ¿te encuentras bien?
—Sí, estoy bien. La que iba distraída era yo. —Se apresuró a ayudarlo a recoger los libros que se le cayeron del brazo.
—Supongo que ibas a hacer tu trabajo de Herbología.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Será porque vamos al mismo curso y compartimos clase juntos? —Dayra sabía quién era ese chico; moría por él desde un cierto tiempo. Era Shane Harlow, un guapo pelirrojo con ojos azules muy claros, que pertenecía a la casa de los leones, por lo que no podía evitar pensar que eso le agradaría a su hermana. Era estudioso y divertido.
—Tienes razón, a eso iba.
—Podríamos hacer el trabajo juntos, si no te molesta.
—Claro que no. —En su interior bailaba de alegría ante esa propuesta. Buscaron una mesa disponible y comenzaron a buscar la información necesaria entre los libros.
—Me enteré de lo que ocurrió hace un par de meses.
—¿Y quién no?
—Es verdad. —Sonrió—. Qué bueno que estás bien, en verdad me preocupé por ti.
Estuvieron sumergidos entre tanta información de hongos y hierbas, pero en momentos charlaban de cosas tan normales. Estuvieron así por unas cuantas horas más, hasta que terminaron. Después de eso, cada uno fue a su respectiva sala común.
—¿Dónde estabas? —preguntó Matt apenas ella entró en las mazmorras.
—En la biblioteca.
—¿Y esa sonrisa?
—Nada en particular.
—¿Ese nada en particular tiene un nombre? —Charlize tenía una sonrisa pícara.
—Puede que sí, pero ya que me ocultan ciertas cosas…
—Dea, no te ocultamos nada.
—Matt, eres mi mejor amigo.
—Sólo te diré que hice lo que tenía que hacer —respondió antes de salir.
—¿Ahora qué le pasa?
—Yo no quiero seguir ocultándote las cosas.
—Cuéntame.
—Matt sospechaba que Randal sabía algo sobre tu secuestro. No paraba de hacer comentarios que terminaron con su paciencia —explicó Charlize ante el gesto de su amiga.
—¿Y lo sabía? —preguntó Dayra apretando los puños.
—Él no, pero sí su padre.
—¿Qué hizo Mattie?
—Lo amenazó; terminó por hechizarlo y torturarlo un poco.
»Claro que todos los recuerdos que le puso en su cabeza son más reales, aunque Randal no sabe quién fue. Puede que sospeche un poco, pero no se atrevería a levantar falsos testimonios.
—¿Y por qué no me querían contar?
—No lo sé
—Agradezco esto, hablaré con Matt al respecto.
—Y ahora, ¿Con quién estuviste todo el día?
—Con Shane Harlow. —suspiró con una sonrisa.
Apenas Dayra vio a su amigo Matt, lo abrazó con cariño sin evitar susurrarle un gracias; después de eso, las cosas volvieron a ser normal entre ellos. Porque la normalidad tal cual no existía en Hogwarts.
[***]
La prioridad del Departamento de Aurores era encontrar y atrapar a Connor Reed; por supuesto que lo preferían vivo, pero sólo uno quería ser el responsable de atraparlo y hacerlo pagar por cada cosa que hizo. Alexander ardía en deseos de hacerlo sufrir, quería asegurarse de que nunca volviera a hacerle daño a nadie, en especial a su novia. Una lechuza entró en la oficina del Ministro, no traía buenas noticias.
—Potter, te quiero en mi oficina. Necesito hablar contigo. —Kingsley lo mandó a llamar.
—¿Qué sucede, señor?
—El ministro español requiere de ayuda.
—¿Mortifagos?
—Es posible, por eso quiero que mandes a un grupo para allá.
—Yo me encargo.
—Prefiero que te quedes, si las cosas están tan mal, tendrás que ir.
—De acuerdo.
—Muy bien, avísame quienes se irán. —Harry salió de la oficina del ministro, pensó en quienes se irían y quiénes no. Él preferiría mandar a sus mejores hombres, pero no podía dejar Londres desprotegido.
—¿Qué quería? —preguntó Ron al verlo.
—Reúne a todos, por favor.
—¿Qué pasa?
—Diles que los veo en la sala de juntas.
Cada uno dejó lo que estaba haciendo para acudir al llamado. La sala de reuniones era un lugar amplio, con una mesa larga y sillas para cada uno, y un enorme pizarrón. Tomaron asiento y esperaron a que iniciara esa junta; Harry se puso enfrente callando los murmullos de todos.
—Un grupo de aurores tendrá que ir a España. Hay algunos problemas; si algo malo sucede de inmediato tomaré un traslador. Por lo pronto, el encargado de la misión será Ron. —Explicó observando a su amigo, él asintió —. En unos minutos asignaré sus lugares.
—Por fin algo de acción —exclamó Kissy con una sonrisa—. Empezaba a volverme loca en este lugar encerrado.
—Turner, Williams, Thamer, Douglas, Anders y Mason. —Los mencionados se pusieron de pie—. Ustedes irán con Ron; alístense que saldrán mañana apenas salga el sol. —Dicho esto, cada uno fue saliendo de la sala; los últimos en salir fueron Kissy, Alexander, Andrea y Keisi. Ninguno estaba de acuerdo con la asignación.
—Los odio, esperaba poder salir de aquí.
—Yo esperaba quedarme.
—Son órdenes directas, más vale que obedezcamos.
—Supongo. Pero no me agrada la idea.
—¿Por qué tengo que ir? —mencionó Alexander cuando estuvo solo con su novia.
—Porque eres de los mejores, y Harry te necesita.
—Hay otros mejores que yo.
—Supo equilibrar bien los grupos. La mitad de sus mejores hombres estarán en España y la otra mitad aquí, en Londres.
—No quiero dejarte.
—Ni yo. —Ninguno de los dos pudo evitar enfrascarse en un beso—. Prométeme que te cuidaras.
—Lo mismo te digo. Mantente al margen.
—Siempre tan sobre protector.
—Y tú siempre tan temeraria.
—Te voy a extrañar.
—Igual yo, pero por favor. Aléjate de los problemas.
—Alex...
—Lo sé, pero quiero regresar y encontrarte sana y salva.
—Te amo.
—Yo igual. —Volvieron a juntar sus labios en un dulce beso de despedida. Antes de partir, la besó en la frente y se marchó, desapareciendo para preparar sus cosas e irse de misión.
Apenas salió el sol, los aurores tomaron un traslador que los llevó a España, en donde, el jefe correspondiente al Departamento de Seguridad Mágica los recibió, poniéndolos a todos al orden con lo que sabían acerca de los supuestos mortifagos. Mientras tanto, en Londres, la mitad de los aurores que se quedaron estaban en sus respectivos escritorios haciendo informes atrasados.
—¡Ya me harté! —explotó Kissy después de jugar con la varita.
—¿No tienes trabajo?
—No debo ni quiero estar detrás de un escritorio.
—Haz algo para entretenerte.
—¿Cómo?
—No lo sé, Kissy.
—Quisiera hechizar algo.
—Ataque en el Callejón Diagon. —Apareció Harry—. Apresúrense.
—Excelente, a patear traseros. —Tomaron sus varitas y salieron detrás de sus compañeros.
Había poca gente en el Callejón Diagon; los colores de las tiendas siempre se dejaban ver con los rayos del sol. Gustav aprovechó un pequeño descanso para estar en la tienda de su abuelo; el local de las varitas estaba siendo atendida por su hermano Georgus. Atendieron a unos cuantos clientes, y estaban con otros pares de magos que requerían una varita.
—¿Puedo ayudarles en algo?
—¿Eres Gustav Flitwick? —preguntó uno de ellos.
—¿Se te ofrece algo? —respondió ante esa sospecha y apretando fuertemente su varita por debajo del mostrador.
—Esto será sencillo.
Gus lo presentía; desvió la maldición que iba directo a él. El rayo de luz chocó contra los estantes de varitas que explotaron. Debido a tanto ruido, su hermano salió para ayudarlo a defenderse, lo que no se esperaban es que aparecieran más magos al lugar. Varias varitas salieron despedidas de sus cajas; el duelo se llevó a la calle. Varios locales más fueron atacados que produjeron un caos. Las personas corrían atemorizadas, algunos encapuchados con túnicas negras lanzaban hechizos a diestra y siniestra hasta que los aurores llegaron.
—¿Otra vez metiéndote en problemas, Gus? —bromeó Andrea al aturdir a uno de los magos.
—Los problemas vienen contigo.
—Qué gracioso.
Ambos se enfrascaron en un duelo con dos a la vez; evitaron las maldiciones y los hechizos como podían. La habilidad adquirida en el club de duelos les sirvió. Andrea se deshizo de sus contrincantes y pensó en ayudar a su amigo cuando un mortífago la atacó por la espalda; la sostuvo con fuerza entre sus brazos. Hacía todo lo que estaba para zafarse del agarre al que estaba sometida.
—Con que no estás muerta. —Esa voz hizo que le diera escalofríos. Sintió su cuerpo ser inspeccionado por una mano.
—¿Qué quieres, Reed?
—Ya sabes.
—Conoces mi respuesta.
—Quizás sea en otro momento. —Antes de que Connor desapareciera, apuntó la varita a la chica —. ¡Sectumsempra!
—¡Andrea! —Gustav se percató de que su amiga estaba en problemas; lanzó un hechizo, pero Connor ya no estaba—. ¿Estás bien?
—Sí —respondió apretando los dientes y sosteniendo el brazo—. Esto no está bien —dijo mientras escurría sangre.
—Hay que llevarte a San Mungo, no puedo detener la hemorragia.
—No puede pasar. Es la escena del crimen. —Alcanzaron a escuchar a Harry.
—Esto es noticia.
—Ustedes los Skeeter tienen una particular forma de hacer noticia.
—El mundo mágico quiere saber lo que ocurre.
—¿Por qué no te vas antes de que termine metiendo mi varita en tu trasero? —expresó tajantemente Kissy.
—No hagas caso, Weasley. Ayuda a tus compañeros heridos.
—¿Se encuentran bien?
—¿Con quién discutían?
—Con ese tipo, Rush Skeeter. Anda metiendo sus narices. ¿Qué fue lo que te pasó, Green?
—Un hechizo a quemarropa —explicó Gustav preocupado—. Necesita ir al hospital.
Entre ambos, llevaron a la castaña con los sanadores; poco a poco el sitio comenzó a llenarse de heridos.
—Lo siento, señor Potter. Pero al parecer me buscaban a mí.
—¿Cómo es eso?
—Un par de mortífagos entraron en la tienda de mi abuelo; preguntaron por mí y de inmediato me atacaron.
—Fue Connor. —Andrea salió de uno de los cubículos, se notaba algo pálida, pero por lo demás ilesa—. Él me hirió.
—Parece que es más listo de lo que esperaba. Quiero un informe sobre esto.
—Sí, señor.
—Y buen trabajo, Flitwick.
Esa tarde, el grupo que viajó a España estuvo de vuelta. El ministerio estaba lleno, más de lo normal, en especial en la Oficina de Aurores; ninguno preguntó exactamente qué ocurría. Alexander quería y necesitaba ver a su novia, pero era tarde. A la mañana siguiente una lechuza le llevó el periódico mágico, la primera página hizo que tirara su taza de café.
—Esto no puede ser —mencionó mientras terminaba de leer la nota. Tomó su chaqueta y salió.
—¿Alexander? ¿Qué haces aquí? ¿Cuándo llegaste? —Andrea se abalanzó a él para besarlo al verlo en su casa.
—Llegué anoche —respondió un poco distante—. ¿Crees que podríamos hablar en privado?
—Claro. —Fueron al estudio de su padre—. Bueno, ¿de qué quieres hablar?
—¿Qué es esto? —preguntó sacando de entre su túnica el periódico.
—Es el Profeta. —Trató de decirlo con serenidad y fingiendo inocencia.
—No juegues conmigo. —Alex se mostraba molesto—. Me prometiste que te mantendrías al margen.
—Yo recuerdo una promesa similar.
—No es lo mismo.
—¡Ah, claro! ¿Acaso no me dejaste en claro que tenías una insignia?
—No es justo lo que haces —suspiró tratando de calmarse y acercándose a ella—. Acabo de volver y lo menos que quiero es pelear.
—Entonces no lo hagas. Olvida a Connor.
—El Profeta dice que te hirieron, ¿es verdad?
—Fue un rasguño, nada más. No te preocupes, estoy bien.
—Te veré en la noche. ¿De acuerdo?
Como lo prometió, Alexander apareció en la noche, pero con su escoba. Trató de disfrutar del momento, recuperar aquellos días en los que estuvo ausente.
—¿Sigues enojado?
—No.
—Claro que sí. —Ella acortó la distancia que había entre ellos; él no pudo contenerse más, por lo que la besó.
Fue un beso lleno de desesperación con ternura y amor. Las manos de Alexander se aferraron a la cintura de ella; se separaron por la falta de aire. La pasión ardía entre ambos, de la ternura pasó al deseo. Andrea extrañaba cada roce de su novio y comenzaba a sentir calidez entre todo eso, cuando su mente fue invadida por el recuerdo de él. De aquel chico que estaba obsesionado por ella, aquel que la torturó y le hizo daño. No podía olvidar sus labios puestos en los suyos, sus manos recorriendo cada pedazo de piel expuesta; no podía olvidar esa lujuria demente. De inmediato se separó de Alexander.
—¿Qué pasa? ¿Hice algo? —Ella negó con la cabeza.
—Quiero estas sola
—¿Estás bien?
—No.
—¿Te puedo ayudar?
—Necesito que te vayas, por favor.
—Déjame ayudarte. Quiero entender qué pasó. —Ella negó con la cabeza—. De acuerdo. —Cedió desconcertado y confundido—. Te veré mañana. —Pensaba despedirse de ella con un beso en los labios, pero lo rechazó.
Andrea no pudo evitar sentirse mal por lo ocurrido con su novio; era estúpido compararlo con alguien que le causó un daño a su hermana y a ella, pero cada vez que recibía un beso o una caricia, le era imposible no acordarse de lo sucedido aquel día. Las cosas entre ambos no mejoraron, estaban tensos; cada vez que él la acariciaba o sus besos dejaban de ser tiernos, ella lo rechazaba. Discusiones tras discusiones los envolvían a ambos, incluso sus amigos lo notaron.
Harry iría a Hogwarts para dar una conferencia acerca de las Artes Oscuras y como defenderse de ellas, después de todo él había enseñado a varios de sus compañeros a defenderse. Necesitaría un poco de ayuda, por lo que Andrea y Alexander lo acompañarían junto con otros cuanto más de sus hombres. Tenían la intención de llegar después del almuerzo, pero Harry prefirió llegar muy temprano con tal de que todos los alumnos fueran parte de la conferencia. Aparecieron en el pueblo de Hogsmeade, y una diligencia fue enviada para llevarlos al castillo. Al atravesar la seguridad mágica, caminaron tranquilamente hasta las grandes puertas de roble donde ya los esperaban.
—Bienvenidos. —La profesora Minerva los recibió.
—Gracias, profesora. Es un placer estar de nuevo en el castillo.
—Los alumnos no tardarán en bajar a desayunar. No los esperábamos tan temprano. ¿Qué les parece si pasan al gran comedor?
—Eso suena genial.
Pusieron sillas extras en la mesa de profesores; los alumnos llegaron y algunos se sorprendieron por las recientes visitas. Cuando la mayoría del colegio estuvo en su respectivo lugar, la directora tomó la palabra para informar de las actividades que tendrían.
—Como pueden ver, tenemos visitas. El jefe de Aurores, Harry Potter estará impartiendo algunas conferencias junto con algunos de sus hombres. —Se escucharon murmullos de emoción entre los alumnos—. Les pido a todos que se comporten. Esto les puede servir de gran ayuda, así que ahora todos a sus clases.
—¡Qué gusto verlos!
—Lo mismo digo, después de que no me dejas venir. —Andrea trató de bromear, tenía una sonrisa forzada.
—¿Sucede algo? —preguntó Mena observando a ambos.
—No, nada —respondió Alexander.
—Me tengo que ir, tengo clase. Los veo después. —Mena volvió abrazarlos y después salió del gran comedor para ir a su despacho.
La profesora McGonagall los condujo a un aula vacía, donde empezaron a preparar el material necesario para la conferencia que daría Harry. Después del almuerzo, llegó el primer grupo de alumnos; eran de cuarto curso. Entre esos alumnos se encontraba Dayra, quien antes de que empezara la conferencia la saludó.
—¿Por qué no me dijiste que vendrías? —preguntó con el ceño fruncido y los brazos cruzados.
—Porque no sabía que vendría, apenas me lo informaron.
—¿Hay mucho trabajo?
—No, de hecho no.
—¿Entonces, por qué casi tus cartas son muy cortas?
—No hay mucho que decir.
—¿Siguen mal las cosas con Alexander?
—¿Cómo sabes eso?
—Fácil, él está al otro lado del aula. Y la última vez que hablamos, pelearon. Sigues empeñada en no decirme exactamente qué ocurrió con ese tal Connor.
—Ya te dije que no pasó nada.
—¿Él se sobrepasó contigo? —El profesor Flitwick hizo callar a sus alumnos, por lo que Dayra tuvo que ir a tomar asiento.
Luego de la teoría y los datos que dio Harry, se dispuso a hacer una pequeña práctica entre los alumnos, donde los demás aurores los ayudarían en caso de que surgiera un problema o alguna duda. Andrea trabajaría cerca con uno de sus compañeros; en todo momento estuvieron muy juntos, lo que enojó a Alexander. No soportó mucho y terminando la conferencia, la tomó de la mano y la llevó a un aula vacía.
—¿Qué te pasa?
—No sé de qué me hablas.
—¿No sabes? Cada vez que te quiero besar me rechazas.
—Lo siento, Alexander. Pero ni yo sé...
—¿Acaso me engañas? ¿Hay otro? —preguntó molesto y dolido.
—¿Es en serio? ¿Cómo podría estar con alguien más si estoy contigo?
—Pues demuestras lo contrario. Digo, si estuviste con Connor —dijo fuera de sí—, igual esperas acostarte con él y por eso te lo topas siempre. —¡PLAF! Andrea le propinó una bofetada.
—¡Eres un imbécil! —Pensó en salir del lugar, pero Alexander la tomó del brazo—. ¡Suéltame!
—No quise decir eso, yo...
—Pero lo dijiste —respondió también ella bastante dolida—. Ahora, déjame en paz.
—Mi hermana te dijo que la sueltes.
—Créeme, Dayra. No le estoy haciendo nada, sólo quiero hablar.
—Ya te dijo lo que te tenía que decir.
—Deberías dejarnos solos, por favor.
—No.
—Andy, hablemos.
—Soy como una de tus amiguitas zorras ¿no?
—Jamás diría algo así. Por favor hablemos.
—No, Alexander. Creo que no confías en mí. —Los ojos de Andrea se llenaron de agua, sin embargo, no dejó caer las lágrimas.
—¡¿Le dijiste qué, a mi hermana?! —Dayra sacó su varita apuntándolo—. Déjala en paz; no tienes idea de lo ha pasado. Han sido tiempos bastantes difíciles, así que ten un poco de respeto.
—Hermanita, baja la varita.
—No voy a permitir que...
—No quiero que te metas en problemas. Por favor, bájala. No lo vale.
—Espero que te alejes de mi hermana. —Dicho esto salió del aula.
—Lo siento.
Ambas caminaban en silencio, una enfadada y la otra dolida como para querer entablar conversación. Ninguna dijo nada, hasta que llegaron a las mazmorras.
—¿Quieres pasar? —preguntó Dayra más tranquila.
—No, tengo que volver.
—Perdóname, no debí...
—No te preocupes, mi pequeña serpiente. Es lindo cuando me defiendes.
—Tú siempre lo haces.
—Es mi trabajo. —Ante eso, la abrazó con cariño.
—¿Se irán hoy?
—No; hasta donde sé, Harry dará otra conferencia mañana.
—¡Genial! ¿Entonces te quedaras?
—Sí.
—Tengo deberes que hacer, te veré en la cena, supongo.
—De acuerdo, pórtate bien.
El resto del día, trató de evitar a Alexander, pero no podía. Pasó el tiempo en la biblioteca y le fue imposible concentrarse; releía una y otra vez la misma línea sin lograr comprender nada. A la hora de cenar, apenas probó bocado; en ocasiones cruzaba miradas con él, aun así le seguían doliendo sus palabras. No soportó seguir sentada en la mesa de los profesores; se levantó y salió al patio para tratar de tranquilizarse. Antes de que todos se fueran a dormir, regresó al gran salón. Acompañó a su hermana a las mazmorras; lograron hablar de cosas tan normales, que realmente por unos instantes, lo ocurrido quedó en el olvido.
—Trata de descansar.
—No te preocupes, estoy bien.
—Te conozco y no lo estas.
—Mejor entra ya, antes de que un prefecto te castigue.
—Eres una mandona.
—A veces. Ahora sí, entra ya. No quiero que te castiguen por mi culpa.
—De acuerdo, que descanses. Buenas noches.
—Buenas noches. —Esperó hasta que entrará a la sala común, después dio media vuelta.
No quería regresar a las habitaciones asignadas; siguió caminando hasta que llegó a la torre de Astronomía. Era una espléndida noche, las estrellas estaban bastante brillantes y el soplo del viento le ayudaba un poco. Andrea podía ser muy orgullosa y esa vez no sería la excepción, las lágrimas prefería seguir manteniéndolas por un rato más.
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