Capítulo 7
Cada paso que daba en los oscuros pasillos era un golpe en el corazón; sentía una mezcla de felicidad y nostalgia al estar en un lugar con tantos recuerdos. Cada aventura y cada broma vivida a lo largo de los años como estudiante y ahora, lo único que quedaba eran atisbos de resentimientos y venganzas. Tantas culpas y errores cometidos le pesaban; no era fácil dar vuelta a la página, y menos cuando sabía de antemano que también le estaba afectando a los que más quería. Andrea llegó hasta su habitación; un sitio acogedor con algunos sillones enfrente de la chimenea que, apenas, tenía una leve llama. Alexander dormía de una manera incómoda que, al amanecer, tendría un tremendo dolor de espalda; era probable que también él necesitaba estar a solas y pensar.
Se acercó a él lo más sigilosamente posible; observó con detenimiento cada rasgo suyo. El cabello, las mejillas, los labios dulces para ella; lo amaba, esa era la realidad, pero no podía estar con él y mucho menos cuando dudaba de su amor. Esa discusión fue de las peores; jamás en su vida se hubiera imaginado tener. Lo que Alexander le dijo le dolió; odiaba que Connor estuviera fastidiando sin siquiera estar tan cerca. ¿Qué era lo que le había hecho? ¿Qué tantos errores estaba pagando? Quizás esas bromas hechas a Kissy y Lesma pasaban factura y el universo se lo estaba cobrando. A veces deseaba tener una pócima para curar el dolor, pero lo sabía: la magia no lo resolvía todo y de seguro tendría más problemas que soluciones. Nunca imaginó que sería su amigo y que la ayudaría en una de sus travesuras; se preguntó el cómo se lograron enamorar. A lo mejor fue tanto tiempo en el que pasaron juntos, pero, a decir verdad, Alexander siempre ha sido la persona más tierna y dulce, el único con quien se ha sentido segura estando en sus brazos. Ya no pudo seguir ahí parada y observándolo dormir.
No quería que su hermana sufriera, si era necesario ella aguantaría el castigo que quería causarle Connor, sin embargo, él sabía sus puntos débiles, siempre las supo y sabía exactamente en donde darle. Era increíble pensar que también él era un Gryffindor, por esa misma razón tenía la ventaja, aunque tarde o temprano cometería un error y ella buscaría la forma de aprovecharlo. Era momento de darle lo que quería, era el momento de dejar de fingir que era un héroe y que todo lo podía. Al verla, no pudo evitar sonreír, tal cual un niño que le dieron un caramelo; esos ojos que en antaño eran diferentes, ahora mostraron un brillo de triunfo y ambición. Connor Reed quería destruir su corazón, quería que sufriera para ser él mismo quien la terminara de consolar a su modo. Romper la fortaleza de cada una, hacer añicos la esperanza y destruir por completo su voluntad.
―Esto no hubiera sucedido si te hubieras entregado a mí.
―Me engañaste, ¿qué querías que hiciera?
―Amarme como yo lo hice.
Pudo sentir el cuerpo de él, apretujado contra el suyo mientras se rendía a su suerte. Su túnica quedó desgarrada; había sido así de un modo tan brusco y tosco. Sentía pena y tenía miedo. Esos labios desconocidos los besó, rozándolos tan asquerosamente; ansiaba que su hermana no la viera de esa forma, no quería que presenciara lo que parecía ser lo inevitable. Connor siguió besándola, pero no eran esos besos de antaño, de aquellos de su juventud; eran más fieros.
―Eres preciosa. ―Era repugnante oírlo mientras la besaba; le producía náuseas.
Se obligó a no pensar; la imagen de Alexander besándola de una manera diferente a él, de una forma dulce y tratándola con ternura inundó su alma. Deseaba que estuviera a su lado para protegerla. Lo sentía tan pegado al cuerpo, extasiado de un placer demente. Las manos recorrían su cuerpo tembloroso; rogaba a Merlín que se detuviera y que la dejara en paz, pero cada vez estaba más cerca. Despertó sobresaltada; su frente estaba perlada de gotas de sudor, trató de calmar su respiración. Andrea se encontraba agitada por aquel sueño; los ojos le escocían por las lágrimas contenidas y se preguntaba si era mejor dejarlas escapar. Apenas los rayos del sol se colaron por la ventana, se levantó para arreglarse y bajar a desayunar antes que todos. Se sentía cansada, y sus ojos estaban rojos e hinchados; fue difícil contener el llanto y esperaba que nadie lo notara.
El gran comedor estaba vacío cuando entró; eran pocos alumnos que se encontraban ahí. Tomó asiento en la mesa de profesores y se sirvió un plato de avena, aunque realmente no tenía demasiada hambre; se quedó observando su desayuno sin probar bocado. Después estuvo un rato cerca del lago negro, oculta entre algunos arbustos; no tenía intención de que la encontraran y necesitaba estar en soledad, al menos por un rato. Sus pensamientos fueron interrumpidos por un ciervo plateado: el patronus de Harry. Le informaba en donde sería la primera conferencia del día.
―Buenos días, Harry.
―Buenos días, Andy. ―Por unos instantes se quedó observándola―. ¿Todo en orden? Te ves cansada.
―Estoy bien.
Antes de que Harry pudiera decirle algo más, el resto de los compañeros entraron en el aula; tenían minutos antes de que la clase comenzara. De inmediato, su jefe comenzó a darles las instrucciones necesarias y a asignarles a cada uno las actividades correspondientes. Como el día anterior, empezarían con teoría, después pasarían a la práctica. Por unos instantes, las miradas de Andrea y Alexander se cruzaron. El barullo de los alumnos calló al ver a los aurores; se encontraban demasiado emocionados por tener una clase con el mismo Harry Potter.
―Buenos días. Como ya lo notaron, el jefe del departamento de Aurores les impartirá una conferencia; así que espero se comporten. ¿Escuchaste, Brooks? —Mena los observó como lo hacía su abuela.
―Sí, profesora.
―Señor Potter, son todo suyos.
―Gracias, profesora.
El azabache habló acerca de los hechizos de defensa; cada estudiante prestó atención en cada una de sus palabras. Hicieron demostraciones y luego cada alumno ansiaba poner en práctica lo que estaban aprendiendo. Alexander no dejó de mirar a Andrea, pero no tenía el valor para acercarse a ella y tratar de hablar, aclarar las cosas y resolver de una buena vez todo eso, porque realmente no quería tenerla lejos. Mena tampoco pudo despegar la vista de ambos chicos, pero en especial de la castaña y le intrigaba su estado; la conocía a la perfección y sabía que realmente algo malo estaba ocurriendo para que ella cediera ante sus emociones. La parte teórica concluyó; cada estudiante eligió a su pareja para practicar lo aprendido. Los aurores pasaron entre ellos para aconsejarlos y enseñarles algo nuevo, o en un caso extremo, ayudarlos. La pelirroja aprovechó el alboroto y el ruido de sus alumnos para poder hablar con su amiga de lo que le pasaba.
―¿Qué pasa entre ustedes? ―preguntó sin tantos preámbulos.
―Entre nosotros, ¿quiénes?
―Entre Alexander y tú.
―No mucho, ya sabes. Somos compañeros y debemos de trabajar juntos, lo normal.
―Dime qué pasa.
―Nada.
―¿Quieres que me crea eso?
―¿Por qué habría de pasar algo?
―Hay muchas razones para pensar eso como número uno: están en diferentes lados de la habitación tratando de no sorprenderse de que se observan mutuamente y número dos lloraste.
―¿Tomaste algo de mandrágora? ―Eso la haría enojar, pero mientras no le hiciera más preguntas se conformaba con eso.
―No, no he tomado nada.
―Pues parece que sí.
―Tú nunca lloras, eres demasiado dura en ello. ¿Qué pasa?
―¿Cómo sabes todo eso? ―preguntó con un suspiro y dándose por vencida.
―Porque te conozco pedazo de trol, y porque en serio tienes una mala pinta y espero equivocarme en esto, pero cuando te pones así no duermes ni comes. Quiero pensar que eso ya no sucede, ¿cierto?
―Sólo no pude dormir bien.
―Casi eso no se nota.
―Tuve pesadillas.
―¿De nuevo? Pensé que ya no las tenías.
―No fueron sobre Dave, son diferentes.
―¿Sobre qué son? ¿Acaso es lo último que pasó con Connor? ―Iba a responder, pero la conferencia finalizó por lo que los alumnos comenzaron a salir―. Hablaremos de esto después, eh.
―De acuerdo. ―Albergaba la esperanza de que se fueran antes del castillo y que su amiga tuviera clases para no tener tiempo de charlar; no se creía capaz de contar sus pesadillas.
Antes de que siguiera dándole tantas vueltas al asunto, se reunió con sus compañeros para recibir más indicaciones; todavía les quedaban otras dos conferencias más antes de partir. La última sería después de la comida, y luego se irían del castillo. Los alumnos eran inteligentes, aunque todavía les faltaba desarrollar más sus habilidades; en las prácticas, la mayoría eran algo lentos y reaccionaban tarde ante su contrincante. Andrea paseaba entre ellos para observarlos; en un par de ocasiones coincidió con Alexander, pero ninguno dio muestra de interés de disculparse o algo, por lo que cada uno siguió con su camino.
—¡Andy!
―Hola, chicos —saludó, era su hermana junto con sus amigos Matt y Charlize—. ¿No deberían estar en clase?
―Venimos de allá.
―Ah, no tenía idea.
―Y tú, ¿no deberías estar dando conferencias?
―Necesitaba un respiro —respondió Andrea evitando la mirada de su hermana.
―Tengo que admitir que han sido interesantes —comenzó Matt fascinado.
―Han sido geniales.
Se sentaron debajo de un árbol para charlar animadamente sobre las conferencias; la castaña no pudo zafarse de ellos. Fingió prestarles atención hasta que decidieron regresar al castillo para comer. Matt y Charlize se adelantaron mientras que Dayra iba con su hermana.
―¿Cuándo se van? —preguntó rompiendo el silencio.
―Hay otra conferencia después de la hora de la comida, luego nos iremos.
―Oh, esperaba tenerte más tiempo aquí.
―Ya será en otra ocasión. —Andrea trató de sonreír, pero lo único que consiguió fue una mueca.
―¿Seguirás empeñada en no contarme que pasó aquel día?
―No pasó nada.
―Te ves cansada, ¿Alexander ya no te ha molestado?
―No, ya no hemos hablado.
―Estupendo, que se mantenga alejado de ti por su bien.
―Apuesto que por tu cabeza surgieron miles de ideas para torturarlo, exactamente tu esencia Slytherin.
―Puede ser —respondió Dayra con una sonrisa—. ¿Te sientas con nosotros a comer?
―Claro.
Era raro tomar asiento en la mesa de las serpientes, pero en aquella ocasión no le importó en lo absoluto; no tenía hambre de nuevo, pero decidió comer algo porque sentía que estaba siendo vigilada. De reojo notó como Mena, desde su lugar en la mesa de profesores, la observaba, así que no tuvo otra opción más que engullir guisantes y carne. Tragó con dificultad y sin muchos ánimos, sólo quería irse a casa. Por primera vez en su vida no sentía el castillo como su hogar, no cuando tantos recuerdos le traían tanta melancolía. Como sea, Andrea logró dejar el plato vacío y esperaba a que su jefe terminara para impartir la última conferencia. Harry se levantó de su asiento, al igual que el resto de sus compañeros; tenían unos minutos antes de que los alumnos hicieran acto de presencia en el aula. Dieron la conferencia y al finalizar, todos salieron con un buen ánimo y listos para partir.
―Gran trabajo de todos —expresó Harry con una sonrisa dirigiéndose a sus aurores.
―¿A qué horas partiremos?
―La profesora Mcgonagall me ha sugerido que nos vayamos mañana por la mañana, así podríamos disfrutar de un banquete en nuestro honor.
―¡Excelente!
—El entusiasmo de todos le confirmaron al azabache de que estaban de acuerdo con la idea.
―Entonces le confirmaré a la directora de que nos quedaremos una noche más.
Andrea se sintió frustrada; se fue a la biblioteca a tratar de matar el tiempo libre, si las cosas hubieran estado bien con Alexander, las cosas serían diferentes en ese momento.
―Aquí estas —suspiró, a veces seguía sorprendiéndole lo tanto que la llegaban a conocer.
―Sí, aquí estoy.
―Mi abuela me informó que se quedan esta noche. Así podremos platicar, tú y yo tenemos una charla pendiente.
―¿Es necesaria?
―Vamos. —Mena la condujo por los pasillos, hasta que se detuvo en una puerta.
―Tu oficina —respondió con sorpresa.
―¿Nunca habías venido? ―Era una pequeña habitación que tenía una chimenea en la que ardía un fuego abundante y acogedor, había un gran estante con libros y las paredes estaban decoradas con algunas fotografías―. ¿Una taza de té?
―La costumbre de los profesores.
―¿A qué te refieres?
―Es que cuando te ofrecen té es porque, o te darán un sermón muy largo, o se sienten mal de regañarte. Así siento, que estoy en problemas. —La pelirroja no pudo evitar reír ante esto.
―¿Y estás en problemas, Green?
―No lo sé, dímelo tú. —Mena negó con la cabeza mientras le daba un golpecito con la varita a la tetera—. Sólo hablaremos. ―Andrea tomó asiento; su amiga destapó una caja de té de bolsitas y pasó una taza. Ella se quedó observando las fotografías.
―¿El día de nuestra graduación? —preguntó la castaña. En esa foto se encontraba Mena, Gustav y ella abrazados y sonrientes.
―Es una de mis favoritas.
―Qué buenos tiempos, las cosas eran más fáciles y los problemas no pesaban tanto.
―¿Qué fue lo que pasó entre Alex y tú? ¿Tan malas fueron las cosas?
―Alexander piensa que lo engaño.
―Pero, ¿por qué?
―Me dio a entender de que disfruto estar con Connor; que ansío demasiado en topármelo.
―¿Cómo puede pensar eso? —preguntó Mena exaltada.
―Porque Connor... nada. Alexander no se da cuenta que eso quedó en el pasado, y que yo lo elegí a él. Me restriega su insignia, como si yo no tuviera una.
―Si soy honesta, Connor nunca me agradó; lo toleraba y me alegró mucho que hubieras terminado con él.
―Nunca pensé en tomar muy en serio sus amenazas y ahora está jodiendo mi vida.
―Habla con Alex, arregla las cosas con él.
―Yo no hice nada.
―¡Ay, Andy! ¿Por qué siempre debes ser tan orgullosa?
―No lo sé, pero en esto yo no tuve culpa alguna.
―Falta mucho para el banquete, y tengo algunos pendientes que terminar.
―¿Me estás corriendo?
―No. —Su mirada mostraba desaprobación—. Tengo que calificar algunas redacciones.
―Tampoco te voy a ayudar en eso.
―No esperaba eso, pero a lo que iba…
―Me tumbaré mejor en tu sillón hasta que termines —interrumpió de nuevo, la pelirroja suspiró cansada.
―Sí, haz eso mejor.
Se escuchaba el repiqueteo de la pluma y en ocasiones. De vez en cuando, el silencio era roto con preguntas que le hacía Andrea. Pasadas ya unas horas, Mena terminó de revisar las redacciones y era hora de ir al banquete, así que salieron juntas. El gran comedor ya se encontraba repleto; las risas y el murmullo de todos a la espera de que diera inicio la cena.
―Antes de que el banquete los deje aturdidos quisiera agradecer al Jefe del departamento de Aurores, al señor Harry Potter y a sus hombres, por haber venido a compartir sus conocimientos sobre defensa. Esperamos tenerlos de vuelta muy pronto
Todos comenzaron a aplaudir con entusiasmo; los que tuvieron la oportunidad de presenciar las conferencias quedaron impresionados y opinaban que había sido muy buena idea ese tipo de clases. Los platos se llenaron de comida con guisantes, papas fritas y asadas, pollo y carne.
―¿Es todo lo que te servirás? —preguntó Mena al ver la poca comida que se servía Andrea.
―Eeehhh sí.
―Te quejabas de que querías venir al castillo para comer y ahora que tienes la oportunidad, la desperdicias.
―No empieces, no tengo mucha hambre. —Alexander se mantuvo observándola un rato; parecía que quería decir algo, pero se contuvo y al igual que ella se sirvió muy poco en su plato.
Al finalizar el banquete, los alumnos comenzaron a levantarse de sus asientos para ir a sus dormitorios; Andrea no pudo evitar observar la mesa de Slytherin, donde su hermana estaba todavía sentada.
―¿Vienes? —preguntó Mena sosteniendo del brazo a Alexander, para que no se fuera solo.
―Voy a hablar con mi hermana.
―De acuerdo, no tarden mucho. No creo verte mañana así que, espero que todo salga bien.
―¿Dónde estuviste toda la tarde? —Le recriminó Dayra una vez que Andrea se acercó a ella—. Pensé que te habías ido sin despedirte.
―Claro que no, estuve con Mena toda la tarde.
―De acuerdo ya pensaba hechizarte. ¿A qué hora se van mañana?
―Apenas salga el sol.
―¿Ni siquiera desayunaran?
―No, y es mejor. Ya me quiero ir.
―¿Por qué? Pensé que te gustaba tanto Hogwarts.
―Así es, pero prefiero mantenerme alejada de un lugar donde me trae demasiados recuerdos.
―¿Sabes qué pienso? —preguntó su hermana llegando a la sala común.
―No, no es ético usar la legeremancia.
―Creo que sufres síndrome de estrés postraumático.
―¿Y eso a que viene? —preguntó extrañada por su respuesta—. ¿Has estado leyendo esos libros de medicina? porque ya sabes lo que opino sobre los médicos.
―Piénsalo bien, tantas misiones… algo pasó con Connor que estás negando y no me quieres contar. Sufres pesadillas... —Andrea abrió la boca para decir algo, pero de nuevo la cerró cuando su hermana respondió a su duda—, una vez me lo comentaste; te ves cansada, más de lo normal por lo que intuyo eso.
―No sé qué decir.
―Debes hablarlo con alguien, superarlo.
―¿Un psicólogo? porque imagina al pobre si le cuento que soy una bruja y todo lo que hago.
―No te va a llevar a ningún lado si te sigues encerrando en tu dolor.
―¿Desde cuándo tú me sermoneas?
―Madurez, hermanita —dijo palmeando el brazo—. Piénsalo, aunque Alexander sea un idiota, él te ama y tú a él; no veo el por qué deben estar separados, así que considera las cosas, ¿de acuerdo?
―Pensaré lo que me acabas de decir.
―Te quiero. —Dayra la abrazó con fuerza por unos instantes—. No dejes de escribirme.
―Te escribiré seguido, pórtate bien.
―Más bien tú ya no te metas en tantos problemas.
―No prometo mucho, los problemas siempre me encuentran.
―Buenas noches —respondió con una sonrisa entrando a su sala común.
La profesora Mcgonagall facilitó el traslado de los aurores, ya que conectaron su chimenea con el ministerio, así uno a uno tomó polvos flú. El último en irse fue Harry, no sin antes agradecer la oportunidad de haber dado las conferencias. Andrea estaba más tranquila al regresar, o eso esperaba, quería dejar de preocuparse de tantas cosas.
―¡Hey, Green!
―Hola, Kissy.
―Me alegra que hayas regresado, me estaba comenzando a aburrir.
―¿Acaso no tenías trabajo?
―No, porque mi trabajo consiste en joderte un rato la vida.
―Créeme que mi vida está muy jodida —respondió con un largo suspiro cuando vio pasar de largo a Alexander.
―¿Qué me perdí?
―Connor.
―¿Ahora que hizo ese imbécil? —preguntó cruzándose de brazos.
Con el paso de los días, Keisi y Kissy no veían la posibilidad de que sus amigos se arreglaran; decidieron que su relación sería única y exclusivamente profesional. Estaban en la etapa de llamarse por su apellido, y era eso lo que preocupaba a los demás. Las pesadillas de Andrea comenzaron a acecharla de nuevo; noche tras noche revivía angustiosos momentos, en los cuales, le costaba conciliar el sueño. El aspecto de Alexander y el de ella eran diferentes, lucían cansados y con ojeras; la sonrisa que les caracterizaba desapareció, en ocasiones los dos estaban irritables. Eran pocas veces en las que, Andrea lograba pegar ojo por las noches, esperaba cada mañana no tener demasiado trabajo en el ministerio, e incluso consideró preparar poción para dormir sin soñar, quizás eso le ayudaría bastante.
―¿Se puede? —preguntó; Harry quería verla en su oficina.
―Claro, pasa Andrea.
―¿Querías verme?
―De hecho. —Pero el azabache fue interrumpido por unos golpes a su puerta—. Adelante. —Alexander entró a la oficina.
―¿Pasa algo?
―Bien, ya que están los dos aquí. —Comenzó Harry tomando algunos papeles; Alexander por fin reparó en la presencia de Andrea—. Como sabrán, estamos en tiempos de reclutar gente nueva y resulta que hay demasiados aspirantes para la Academia.
―¿Y eso que tiene que ver con nosotros?
―Ambos me han demostrado tener la capacidad necesaria para la enseñanza, por lo que he decidió ponerlos a cargo de los entrenamiento.
―¿Nosotros? ¿A cargo de novatos?
―Sí, Mason. Green y tú son unos de mis mejores hombres; confío en su paciencia para enseñar.
―Me halaga señor, pero no sé si pueda estar a la altura —respondió Andrea impresionada por la gran responsabilidad que le estaban poniendo en sus manos.
―Lo están y ya he tomado mi decisión, por lo que mañana mismo empiezan el entrenamiento con los nuevos.
―De acuerdo, señor.
―Les recomiendo que se organicen para trabajar.
Los dos salieron de la oficina conmocionados por la decisión de su jefe; por la cabeza de Andrea pasaron demasiadas cosas, como que Harry sabía lo que pasaba con Alexander y su inminente rompimiento. Quizás quería hacer la buena obra del día y tratar de que de nuevo regresara al romance.
―¿Qué quería Harry?
―Entrenaremos a los nuevos.
―Qué divertido sería patear traseros de novatos. —Se mofó Kissy con una sonrisa, mientras como siempre jugaba con su varita.
El señor Potter tenía razón; eran bastantes aspirantes. Varios novatos formados en fila que se mostraban ansiosos y nerviosos esperando a que les dieran instrucciones.
―Son veinte; los quiero en grupo de cinco. —Pidió Alex mientras ordenaba las listas.
―Tómale una foto, te durará más de lo que imaginas. Soy Logan.
―Lauren.
―No creo que tengas oportunidad.
―Y menos tú. —Contraatacó Lauren al ver como el chico observaba de reojo a Andrea, quién se encontraba atrás de Alexander.
―Quién sabe, no me rindo ante nada.
Aunque preferían no estar en la misma habitación, ambos aurores debían trabajar juntos. Fue bastante difícil sentarse en la sala de reuniones y hablar del programa que enseñarían a los aspirantes. En el grupo había tres chicas: Lauren, era pelinegra y hermosa; Anne, una castaña con un semblante inteligente y tierno; y Violetta. Alguien a quien no dejaban de mirar sus atributos, pelinegra y ojiazul con una expresión arrogante y astuta.
―El spa está a unas cuantas calles de aquí, por si querías saberlo. —Se burló un chico; algunos sofocaron risitas, pero Anne, quien alzó la mano para hacer una pregunta, endureció la expresión.
―Una mujer puede ser una gran auror. —La voz de otro chico cortó el ambiente.
―No pelea igual que un hombre —desestimó Jhon, un tipo que estaba a lado de Logan y que ya comenzaba a resultar molesto.
―¿Qué les parece si se enfrentan conmigo? —Habló por primera vez, Andrea—. ¿O podríamos hablarle a la misma Hermione Granger? Bastaría con ella para ponerte en tu sitio, pero créeme que me conformo con ser yo quien patee tu trasero antes de que pudieras agarrar tu varita.
―No tengo por qué presentarles a la señorita, pero por si tienen duda es Andrea Green. Una excelente auror. —Ese halago hizo que se sonrojara. Jhon quedó mudo y humillado por lo que acababa de pasar―. Esos minutos que desperdiciaron siendo machistas podrían ser fatales si subestiman al enemigo. Puede que una mujer no tenga tanta fuerza física, pero son astutas. Así que es la última vez que paso este tipo de comentarios y que hablan sin permiso.
―Sí, señor Mason.
―La señorita Green se encargará de entrenarlos en la defensa contra las artes oscuras. ¿Hay alguna duda?
Durante el día, les explicaron que serían educados en diversas áreas complejas y algunas opcionales, de las cuales, deberían elegir. Defensa, Ocultación y disfraces, Sigilo y rastreo, Pociones, Transfiguración, Hechizos prácticos y avanzados, Organización en equipo, Leyes mágicas y muggles al igual que Defensa muggle; después de la pequeña introducción, les dieron un tiempo.
―¿Almuerzan conmigo? —Sugirió Anne a sus demás compañeras y a Logan, que él también la había defendido.
―Claro, ¿por qué no?
―De hecho, quería agradecerte por defenderme —susurró tímida.
―No tiene nada de malo, yo he tenido la experiencia de luchar con varias chicas y vaya que son rudas.
―La cama no cuenta —respondió Violetta con una sonrisa.
―No veo la hora de empezar los duelos para patearle el trasero. —Anne observaba de lejos a Jhon que sonreía burlón.
―Si me toca primero, te haré el favor —replicó Logan con fastidio, con sus comentarios terminó por caerle fatal.
Cada aspirante entregaba lo mejor de si mismo esforzándose en cada una de las clases. Alexander y Andrea no querían dejar fuera a sus amigos; con el permiso correspondiente, de vez en cuando le permitían ayudarlos a entrenar a los novatos. Antes de las prácticas mágicas, deberían ponerse en condición. Optaron por llevarlos al estadio donde practicaban los Guerreros, el equipo al que se había unido Cris un tiempo atrás.
―Para evitar daños colaterales —explicó Alexander cuando puso hechizos protectores, y ante la mirada de todos—. ¡A correr!
No querían ser los típicos profesores que nada más ordenaban; querían guiarlos y ser el ejemplo para los novatos. Cambiaron sus túnicas por ropa cómoda para hacer ejercicio. Les advirtieron que sería una prueba de resistencia física, pero la vuelta al campo de quidditch se hizo interminable, ni hablar de las cuatro vueltas que les ordenaron.
―¡Parece que pasean en el parque! —gritó Alexander con sus amigas corriendo a su lado.
―Nosotras somos unas chicas. —Logan no pudo evitar reír ante la molestia de Anne que era la única que lograba mantener un ritmo constante.
―Entonces demuéstrales tus capacidades a estos cerdos machistas. —Alentó Andrea haciendo que Anne los sobrepasara sin problemas.
Para cuando terminaron las cuatro vueltas, estaban sudados y cansados; el ambiente dentro del campo era sofocante y algunos no estaban a medio morir como otros. Alexander decidió quitarse la camiseta mojada, al igual que muchos de los que estaban ahí; después de todo eran hombres y aunque había chicas de por medio, no parecían notar en ello.
―¿No lo extrañas?
―¿A quién?
―¡Vamos, Green! —respondió exasperada—, tienes a Alex semidesnudo enfrente de ti.
―¿Y?
―No finjas; digo esta bueno, pero sé que en casa tengo a alguien a quien gozar.
―No quiero saber lo que haces con Gerard.
―Sólo digo que si no quieres perderlo definitivamente, dejaría claro las cosas.
―¿Por qué lo dices?
―Tienes tres chicas novatas, con eso te digo todo.
La castaña quedó pensativa ante lo que le dijo la pelirroja, pero ya no tuvo demasiado tiempo para admirar y darse plena cuenta de lo que estaba perdiendo porque en ese instante Alexander ya les estaba ordenando hacer abdominales. Sin embargo, él no perdía cada oportunidad de verla; no había dejado de amarla y lo sabía, era un idiota por no resolver las cosas, por permitir que, incluso los novatos, la observaran con otros ojos que no fueran como su instructora. Con deseo dirigió una mirada a su torso desnudo y sudado, pensó en lo sexy que se veía. Andrea destacó bastante en el vuelo dándoles a todos una demostración y arrasando con los pocos voluntarios sin hacer gran esfuerzo.
―Tienen media hora para ducharse antes de volver a la academia.
Ya duchados y vestidos regresaron al ministerio; tendrían un par de clases teóricas sobre leyes y después cada uno se iría a su casa. Había sido un día productivo y a su vez la oportunidad de recuperar o perder algo a alguien, porque la pequeña exhibición del auror Alexander no sólo cautivó a su compañera sino a una novata, quién lo veía como un propósito a cumplir.
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