Capítulo 13
El departamento de aurores en Bélgica se parecía mucho al de Inglaterra: un área dividida en cubículos, las paredes cubiertas con todo tipo de cuadros, carteles de equipos de quidditch, y en especial, con algunas fotografías de los magos y brujas más buscados. Apenas regresó de Londres, Charlie se mantuvo trabajando hasta horas extras en el ministerio; no le cuadraba los sucesos ocurridos con Bastian Shadow. La sospecha de que alguien, de adentro, lo estaba ayudando le carcomía. La pila de pergaminos encima de su escritorio le sobrepasaba la cabeza; revisó cada reporte relacionado con el caso. Estaba sentado en su escritorio dictando un informe a su pluma.
—Oye, Blackwood; el jefe quiere que veamos el caso de los dragones.
—No tengo tiempo para eso —respondió Charlie sin siquiera levantar la vista de los papeles—. Además, eso no nos corresponde.
—Nos corresponde cuando hay ataques de por medio.
—Que se encargue alguien más.
—Son órdenes.
—Al carajo eso. —Con un manotazo tiró la pila de papeles; vio a su compañero quien ni se inmutó por la reacción.
—Charlie, debes entender que el caso de Shadow quedó cerrado.
—No, Vince. Todavía no está cerrado. —Dio un puñetazo en el escritorio, se puso su túnica y salió de la oficina.
Él estaba convencido que las cosas no terminaron, ni siquiera la condena de Bastian Shadow era suficiente. Días atrás, se llevó los expedientes necesarios a su departamento, fue ahí; quizás encontraría algo. Todas las hojas de papel quedaron regadas en el suelo, un vaso vacío de whisky encima de las páginas, y la frustración de no encontrar nada. Se quedó observando los trazos irregulares del informe que escribió Andy; la echaba de menos. No quiso distraerse con ella, por lo que se enfocó más en los detalles de los sucesos, en las palabras de los demás y en cada testigo. Seguía sin ver nada más de lo esencial, de los hechos que ocasionaron el arresto. A lo mejor era el efecto de los tragos bebidos, la desesperación de encontrar al verdadero culpable, o ese anhelo escondido en su interior, que le hizo tomar una decisión sobre su siguiente paso.
—Portus. —Convirtió un viejo libro en un traslador; la portada brillaba con intensidad, la tocó y luego desapareció.
El olor a salitre y el susurro de las olas le bastaron a Charlie para comprobar su destino; el aire fuerte le alborotó el cabello y la torrencial lluvia le comenzó a mojar la túnica. Se hallaba sobre un alto afloramiento de roca negra, y a sus pies, el agua se agitaba. Su vista se fijó hacia adelante; en un escarpado precipicio negro y liso estaba un gran edificio. Era un paisaje inhóspito y deprimente: no había ni un árbol ni la menor superficie de hierba o arena entre el mar y la roca. El clima no le favorecía en nada, tampoco le agradaba la idea de tener que volar con esas condiciones; debió haberse puesto ropa más abrigadora. De los pliegues de la túnica, sacó una escoba en miniatura que, con un hechizo, hizo que tomara su tamaño natural.
La prisión de Azkaban se veía tenebrosa desde los cielos; no había ningún avistamiento de dementores. Aterrizó en un espacio abierto, estaba empapado y el frío le calaba hasta los huesos. Nunca antes había estado en una prisión, ni mucho menos en una de alta seguridad como en esa; no vio aquellas criaturas despreciables. Supo que el ministro Kingsley los prohibió, aunque se rumoraba que muy pocos seguían cuidando por precaución. Tres magos se encontraron en la gran puerta de piedra; no imaginaba qué clase de castigo estaban pagando para estar en un lugar en medio de la nada.
—¡Identifíquese! —gritó uno de ellos mientras los otros dos lo apuntaban con la varita.
—Soy el auror Charles Blackwood —habló con calma alzando las manos—. Vengo del departamento de Seguridad Mágica de Bélgica.
—¿A qué viene?
—Vengo a ver al custodio, Bastian Shadow. Yo estuve implicado en su arresto —agregó al ver la desconfianza reflejada en los guardias. Dudó un poco sí le pedirían un permiso especial para acceder a verlo.
—Tendrá que dejar la varita.
—De acuerdo. —No le agradó la idea, sin embargo, entendía el motivo. La entregó y luego fue sometido a una revisión exhaustiva. Resguardaron la escoba, revisaron cada bolsa de su túnica y realizaron un hechizo para comprobar algún encantamiento oculto. Al no hallar nada, lo dejaron pasar.
Azkaban era un edificio que sobresalía de las aguas; lo condujeron a un ascensor, el cual traqueteo ante su vista y ellos entraron rápidamente. Lo llevaban a las celdas más profundas; desde la última vez que hubo una fuga masiva, asignaron a los prisioneros a lo más hondo, sin darle oportunidad alguna de escapar. Las puertas del ascensor se abrieron y ambos echaron a andar por un pasillo, donde las paredes estaban más negras y húmedas; no había ninguna ventana. Caminaron a la izquierda, Charlie distinguió una abertura que conducía a una escalinata. Llegaron al fondo y aún tuvieron que caminar por otro pasillo, tenía un gran parecido con el que llevaba a los calabozos en Hogwarts, con paredes de piedra ásperas y antorchas en anaqueles. Las puertas que pasaron eran de metal fuerte con cerrojos y cerraduras de hierro.
—La celda del prisionero seiscientos veintiséis es la última. Yo lo esperaré aquí. —El hombre le lanzó una mirada penetrante.
Las paredes estaban hechas de piedra oscura, débilmente iluminada por antorchas. Los pasos que dio Charlie produjeron eco en el lugar; siguió andando hasta el final del pasillo, al estar enfrente de una puerta con una pequeña rendija.
—Supuse que vendrías. —La voz de Bastian no era la misma a como la recordaba; ya no era altanera—. Es una pena que no hayas muerto.
—Quiero hablar.
—¿No vino tu novia? Esa chica, Green.
—Dame a tu informante, ¿quién te estaba ayudando?
—Ojalá hubiera probado a la señorita Wood. —El auror notó que se relamía los labios, un gesto que le produjo náuseas. Era su amiga de quien estaba hablando.
—No te lo repetiré.
—¿O qué? Ya no tengo nada que perder. —Sonrió, a pesar de la oscuridad, Charlie vio el miedo en sus ojos—. Quizás…
—Quizás, ¿qué?
—Saldré; entonces, tú y los demás, se arrepentirán. Primero le haré una visita a tu amiga, las brujas inglesas son hermosas. —Supo que lo provocaba; se mantuvo sereno para no caer en ellas.
—Desperdicia tu oportunidad. —Dio media vuelta para marcharse—. Se me olvidaba, el Wizengamot está pensando en apelar tu sentencia. Quizás el beso del dementor te caiga de maravilla. —Eso último era una mentira, pero era lo necesario para que le dijera lo que necesitaba.
—Espera. —susurró—. No puedo decirte quién.
—¿Por qué?
—Me obligaron a hacer un juramento inquebrantable. Sólo puedo decirte que es la persona en quien más confías. Las apariencias engañan.
—Necesito más datos.
—No puedo. Estás perdiendo tu tiempo aquí. —Guardó silencio unos instantes—. Tuviste suerte de estar vivo, pero dudo que la tengan tus amigas. —Su amenaza bastó para que sintiera escalofríos; mientras el miedo nublaba su mente, él corría por el largo pasillo hasta llegar a la puerta.
—¿Todo bien?
—No dejen de vigilarlo. —Fue lo único que dijo antes de tomar el ascensor él solo. Apenas le regresaron sus pertenencias, voló a un sitio lejos en donde pudiera desaparecer, todavía le quedaba una cosa por verificar.
—Bienvenidos al Ministerio de Magia. Por favor indiquen su nombre y ocupación—. Estaba en la entrada, afuera de la cabina de teléfono. En la anterior ocasión que estuvo ahí, llegó por la chimenea, ahora eso no era posible.
—Charles Blackwood, auror del departamento de Seguridad Mágica de Bélgica. —Recitó por segunda ocasión en el día.
Una insignia salió por el tobogán en donde se devolvía las monedas; se puso la placa cuadrada con su nombre en la ropa. El suelo de la cabina de teléfono se estremeció, se hundió lentamente en la tierra. La puerta de la cabina de teléfono se abrió de golpe y él caminó fuera; cada segundo, una bruja o un mago emergían de una de las chimeneas de la izquierda; en el lado derecho, había formadas pequeñas colas delante de cada chimenea esperando para partir. Se unió a la muchedumbre, abriéndose paso entre los trabajadores del ministerio, algunos de los cuales llevaban tambaleantes pilas de pergaminos; incluso algunos leían el diario El Profeta mientras caminaban. Empujado levemente por la multitud, siguió a algunos a través de las puertas; penetró en un pasillo más pequeño, en el que había ascensores detrás de unas parrillas de oro labradas. Con un discordante traqueteo, el ascensor descendió enfrente de él; las verjas doradas se deslizaron y Charlie entró con el resto de la muchedumbre. Las verjas se deslizaron y el ascensor subió lentamente, con un repiquetear de cadenas.
—Nivel dos, Sección de Entrada en vigor de Leyes Mágicas, incluye la Oficina del Uso Incorrecto de la Magia, Cuartel General de los Aurores y Servicios de Administración de los Pergaminos. —Salió del ascensor hacia un pasillo con una hilera de puertas, directo a la oficina de Andrea.
No notó que su túnica estaba todavía empapada; se entretuvo pasando un vapor caliente por ella que no se dio cuenta por donde iba, hasta que llegó a la sala de entrenamiento de los aurores.
—¡¿Charlie?! —La voz de Logan lo tomó desprevenido.
—Hola, ¿hora de entrenamiento? —Esperó a que los demás salieran, alzando el cuello para ver entre varias cabezas.
—Sí, ¿y tú cómo estás? Pensé que no te veríamos en un buen rato.
—Amm… yo…
—¿Blackwood? ¿Qué haces aquí? —Una voz irritada lo llamó.
—Mason. —No supo el porqué de su tono, aun así respondió amablemente—. Vine a buscar a Andy. ¿Tardará mucho en salir?
—¿No te dijo? —Se notaba una cierta alegría en él, en cambio que Charlie negó la cabeza, confundido—. Está en Francia.
—En misión, supongo.
—Algo así, sé que fue con Miranda Cavanaugh.
—Entiendo.
—¿La buscabas para algo en particular? Igual y te puedo ayudar.
—No, yo sólo quería… —Hizo una pausa, no le iba a decir sus verdaderas intenciones—. Hablar algunos detalles del caso sobre Bastian.
—Puedes hablarlo con Harry.
—No, no te preocupes.
—Como quieras. Bueno, debo irme. Fue un gusto verte. —Estrechó su mano con fuerza, más de lo normal y luego se marchó. Charlie se quedó pensando en todo lo sucedido, incluso pensaba en ir a buscar a Mariana, pero preferiría dejarlo así. Lo mejor era regresar a Bélgica y seguir con sus averiguaciones.
[***]
Se sentía aturdida; los brazos estaban por encima de la cabeza, y las cadenas le producían escozor en la piel. Suspendida en el aire, sin saber cuánto tiempo y los pies sin alcanzar el suelo. Quiso gritar, que alguien la escuchara y fuera por ella, pero ningún sonido salió de su garganta. La oscuridad le impedía ver nada, hasta que una espesa neblina formó una figura; una persona con capucha caminaba entre ella, se la quitó lentamente dejando al descubierto de quien se trataba.
—Despertaste. —Esa voz le produjo un miedo, incapaz de controlar—. Luces hermosa, a pesar de las circunstancias. —La mano de Connor recorrió la mejilla de Andrea. Los espasmos sacudieron su cuerpo al contacto de sus dedos; le hizo recordar la última vez que ambos estuvieron de esa misma manera.
—Por favor, déjame en paz.
—Te tengo un regalo. —Sus blancos dientes brillaron al sonreír.
Era una habitación pequeña, sin ventanas ni alguna rendija donde se pudiera colar la luz, excepto la única puerta por donde salió Connor. La penumbra no le permitió ver nada, ni siquiera el alcance de su estado físico. Al cabo de unos minutos, los que le parecieron eternos, él regresó, pero no lo hizo solo, sino que iba arrastrando dos bultos. No tuvo la menor idea de qué cosas eran ni de lo que estaba tramando, hasta que les retiró la capucha que traían a cada uno.
—¡No! —La chica quiso hacer algo, se movía con todas las fuerzas posibles.
—Vamos a jugar.
—No les hagas nada.
—Una saldrá viva. Pero ¿quién? Tu querida hermanita. —Dayra estaba asustada—. O tu amiga. —Mariana negó con la cabeza. Por primera vez, vio el temor reflejado en ella. —Elige.
—Déjalas, ellas no tienen nada que ver. Por favor.
—Me gusta que supliques.
—Haré lo que quieras.
—La pequeña Green o Somender. ¿Quién vive? —El hombre pasó de un lado a otro la varita, esperando una respuesta.
—Por favor.
—Bien, tú ganas. —Connor hizo una pausa, caminó alrededor de ella—. Elijo yo. —Sonrió antes de alzar de nuevo la varita. Un haz de luz iluminó la habitación; el cuerpo de su hermana cayó con un sonido sordo.
—¡¡¡NOOO!!! ¡¡¡DAYRA!!!
—Quedas tú, Mariana. Es claro que no te elegiría a ti. Es una pena.
—Ella no, por favor. Déjala.
—Muy tarde. —Apuntó la varita hacia Mariana; una mancha oscura comenzó a crecer en su pecho, los gritos de dolor inundaron la habitación—. No llores, cariño. —La mano de Connor recorrió su cuerpo.
—Déjame ir, por favor.
—Te daré otra sorpresa.
—Por favor. —Suplicó mientras él se desaparecía; después de unos instantes, regresó con otros dos bultos que dejó en el suelo para dejarlos al descubierto—. Me he estado preguntando, quién es digno de ti. ¿Quién se quedará contigo? —Alexander y Charlie la observaron; ninguno tenía la intención de dejarla sola. Ambos se retorcían tratando de liberarse, pero Connor le propinó una patada a cada uno—. Quiero que miren. —Estuvo cerca de ella para lamer sus mejillas.
Las manos de Connor se deslizaron por el cuello de la joven, se detuvieron en sus senos; los acarició mientras los aurores trataban de escapar. Andrea temblaba, las súplicas quedaron ocultas en las lágrimas. Selló su boca y abrió con brusquedad la blusa, la piel quedó al descubierto; una navaja fue suficiente para rajar el resto de la ropa y dejarla semidesnuda mientras que él se desabrochaba el pantalón. Pudo sentirlo; la sonrisa de placer se dibujó en el rostro del mortifago cuando él estuvo dentro de ella.
Un estremecimiento recorrió su cuerpo, sentía que alguien estaba apretando su pecho; le costó entender que se encontraba en una cama de un hotel en Francia. Andrea quiso levantarse, pero los temblores del cuerpo se lo impidieron. Su respiración era agitada, apenas el oxígeno entraba por sus pulmones; al estar más tranquila, fue al baño para echarse algo de agua en la cara, sin embargo, no se atrevió a ver en el espejo. No podía quitarse de la mente la sonrisa de Connor, tampoco la mirada de Charlie ni la de Alex. Dejar de escuchar las súplicas de Dayra o los gritos de Mariana no sería fácil; sin importar la hora, tomó una botellita del mini refrigerador y se lo bebió. La garganta le ardió con el vodka, aunque eso le ayudó para calmarse. Cerrar los ojos sólo le iba a servir para revivir la pesadilla, para sentir las caricias de Connor; sacó todas las botellas de alcohol disponible y una a una se las bebió.
—Te ves terrible.
—Mau, tiene razón. ¿Estás bien?
—No pude dormir.
—Hueles a alcohol, Andy. Si Philippe te ve en este estado…
—No me fui de fiesta, si es lo que piensan —respondió ella mientras iban hacia la sala de reuniones—. Tuve una mala noche, y tomé un par de tragos. Nada más.
—Igual puedes irte a descansar un poco. Creo que hoy no haremos mucho.
—Pero está con Cavanaugh, básicamente recibe órdenes de ella.
—Como sea, no puedo hacer lo que quiera.
El jefe de aurores entró en la sala para hablar sobre las rondas de vigilancia. Philippe asignó los lugares y los equipos, no dio demasiada información al respecto; Andrea estaría, en esa ocasión, con Galy, quien se notaba recelosa por el modo en que su amiga llegó al cuartel aquella mañana. Anduvieron por las calles de Francia observando a las personas que transitaban; a la hora de la comida recibieron la notificación de regresar y entregar el informe correspondiente. Sin nada que reportar, volvieron y cuando Andrea cumplió el tiempo con los aurores, regresó a buscar a Miranda. Aquella noche, fue igual que la anterior, con una pesadilla tan vívida y real, que le seguía produciendo escalofríos.
Los siguientes días se sumieron en la monotonía; el temor de que, en cualquier momento, Connor apareciera para causarle daño a ella y a los demás le evitó dormir. Temía cerrar los ojos y verlo ahí. No bastaban las botellas de alcohol para calmar la ansiedad, eran más en cada noche con tal de sentir alivio. Por el día, le resultaba fácil ocultar su estado, aunque sus amigos insistían en preguntarle qué le pasaba. Vagar por las calles del centro de París era igual hasta que cada persona le veía un parecido con el motifago.
—Dentro de dos días. —Comenzó Miranda una de esas tardes después de que Andrea y ella regresaran al hotel—. Habrá una reunión con diversos miembros importantes de otros ministerios.
—¿Requiere escolta?
—No, no precisamente.
—¿Entonces?
—No te traje para que pasearas y te divirtieras con los demás aurores —expresó con un tono indiferente—. El ministro francés también tiene problemas con cárteles de drogas. —Miranda sacó algunos pergaminos de su portafolio y se los mostró—. Creemos que tiene relación con el caso de Bélgica.
—Sigo sin entender el porqué de mi presencia. —La bruja hizo un gesto impaciente.
—Usted estuvo a cargo de la misión en donde, le recuerdo, se llevó a mi asistente. Arrestó a Bastian Shadow.
—Sí, pero…
—Necesito que presente un informe detallado de los hechos. Vamos a ayudar, pero de una forma más discreta.
—De acuerdo, aunque no le encuentro sentido.
—¿Es que acaso tengo que repetirlo? —preguntó lasciva—. El sentido es que pueda ser de utilidad y así resolver el problema, Green.
—Bien… yo, sí. Estaré lista.
—Excelente. La veré mañana a la misma hora. —Luego de eso, entró a su habitación. Lo dicho por Miranda le causó un impacto y una incertidumbre que no sabía cuándo se acabaría.
Vio los ojos llorosos de su hermana, masculló una disculpa mientras su mundo se derrumbaba con lentitud. La rendición a una suerte inexistente, la túnica desgarrada de una forma brusca y tosca, dejando al descubierto sus senos. Los labios de él en ellos, besándolos con lujuria; saboreando su cuello, mordisqueando la piel.
—Eres preciosa. —Oír aquellos gemidos le daba náuseas. Se obligó a no pensar; pudo sentir el miembro de él pegado a su cuerpo, extasiado de un placer demente.
No supo en qué momento ni cómo se quedó dormida, lo único que sentía era el palpitar de un acelerado corazón. El recuerdo de las caricias de Connor le producían asco; en la penumbra de la habitación, caminó hacia el baño para tomar una ducha. Talló la piel como si eso fuera suficiente para borrar el tacto de unos dedos ajenos. Al salir de la regadera, volvió a ponerse la pijama y regresó a la cama. Le sería imposible volver a dormir, por lo que, de la mesita de noche, sacó un sobre: era una carta que Charlie le envió unos días atrás; alguien le dijo en donde se encontraba, supuso que fue Maiana.
Querida Andy,
Espero que te encuentres bien y lo de Bastian no te esté causando algún tipo de preocupación. Yo tengo mucho trabajo; necesito averiguar quién lo ayudaba. Vince piensa que estoy obsesionado; yo digo que no. Me la paso todo el tiempo encerrado en mi oficina, mientras los demás andan por ahí, bebiendo y haciendo estupideces. Deseo verte, me gustaba que, cada mañana, te podía llevar café con la excusa de hablar contigo, de perderme en ti. Te extraño como no tienes una idea, y aunque nunca acordamos olvidar aquel beso, debo admitir que fue lo mejor. Sé que quieres olvidar a Alexander, porque sí, sé que tuvieron algo y que todavía lo quieres, pero ojalá algún día me permitas demostrarte lo tanto que significas para mí.
Debí haberte dicho esto desde que nos vimos en el torneo de duelos, debí haber hecho algo. Estoy convencido que ese beso no fue un error; quiero estar a tu lado. Me equivoqué en marcharme, te va a gustar saber que tenías razón y que debí haber realizado mi traspaso. En fin, espero que todo se resuelva y entonces pueda luchar por una oportunidad. Te quiero, y no dudes en enviarme una lechuza si me necesitas.
Charlie.
Sus palabras le dieron consuelo en esos momentos, debía admitir que su declaración de amor no le sorprendió, no cuando ella también comenzó a sentir algo por él. Echaba de menos su compañía; le resultaba menos tedioso lidiar con sus propios problemas. Lo necesitaba, ese era un hecho. Con una vaga presencia de Charlie, le bastó para que, aquella noche pudiera descansar sin tener, de nuevo, una pesadilla que despertara por completo sus miedos.
Debido al informe detallado que debía presentar, Andrea se preparó para ello. Por el día, regresaba al cuartel a seguir haciendo rondas de vigilancia. Sus amigos, Galy y Mau no la dejaron sola en ningún momento; yendo de aquí para allá, haciendo entrevistas a uno que otro mago o bruja que se encontraban. Por las noches, y para evitar dormir y tener pesadillas, le dedicaba tiempo a la presentación. Desde que entró a la academia, supo encontrarle ventaja a la tecnología muggle, por lo que cada pergamino de sus casos los guardó en su computadora portátil. Para su fortuna, la llevaba consigo en ese viaje; revisó toda la información que tenía sobre Bastian Shadow, lo que fue confiscado el día de su arresto, las cuentas en el extranjero, pero en especial, el cómo obtenía las drogas. Leyó la confesión, las declaraciones de testigos, los detalles de la misión; sus ojos estaban cansados, para aguantar las extenuantes horas de trabajo, bebió algunas tazas de café acompañadas con algo de alcohol.
—¿Cuándo es la reunión con Cavanaugh? —preguntó Galy, mientras revisaban un mapa para marcar los lugares que ya habían sido investigados.
—Mañana —respondió Andrea con un bostezo. Llevaba casi cuatro días sin dormir—. ¿Por qué?
—Curiosidad. ¿Has dormido algo?
—No he tenido tiempo, he estado revisando cosas para la reunión.
—Deberías descansar.
Una noche más en la que Andrea la pasó en vela, aunque su informe lo terminó horas atrás, no pudo evitar revisarlo, no quería fallarle a Miranda; creía que si estaba demasiado cansada podría dormir y evitar las pesadillas. No fue así, el mismo sueño una y otra vez; cada que cerraba los ojos aparecía el rostro de Connor. Por fortuna, se le ocurrió comprar algunas pastillas muggles para dormir, se tomó un par y bebió unos cuantos tragos de licor.
Alguien golpeaba la puerta de su habitación con bastante brusquedad y desesperación; apenas Andrea fue capaz de escuchar y tener la fuerza suficiente para levantarse de la cama. Se sentía desorientada; vio el reloj que estaba en la mesita de noche y se sorprendió al ver la hora. Me quedé dormida. Miranda va a matarme, ¿por qué hoy me tenían que hacer efecto las malditas pastillas? Tantos días soñando con el idiota de Connor. Maldita sea, maldito ministerio, maldita vida. Pensó mientras se levantaba con rapidez para atender la puerta, no se imaginaba quién podría ser.
—Mierda, mierda, mierda, mierda. ¡Voy! —Seguía escuchando con más desesperación los golpes en la puerta.
—¡Andy! —Era su amigo Mauricio, se notaba preocupado—. ¿No estás lista? Cavanaugh me mandó a buscarte, dice que debías estar con ella hace media hora. ¡Y está bastante irritada!
—¡Lo sé! Me quedé dormida.
—Tienes que apresurarte. Creo que está enfurecida.
—Mierda. —No le dio tiempo de ducharse, pasó su varita por el cuerpo para cambiar su ropa por una túnica. Tomó la carpeta donde estaba su informe—. Vámonos.
—Pero…
—Mauricio, no hay tiempo. Hay que desaparecernos.
—No, mejor ve tú. La recepcionista me vio.
—Bien, te veo luego. —Sin más se desapareció; apenas estuvo dentro del ministerio de magia, corrió por los pasillos.
—¡Green! —La chica frenó al ver a Miranda afuera; tenía un semblante serio.
—Lo siento.
—Llega tarde, y creo que no es necesario evidenciar su aspecto… deplorable. —La observó de arriba abajo; notó que su túnica estaba arrugada. Se detuvo en el cabello despeinado—. No es asunto de nadie si festeja en lugar de trabajar, aunque hágame un favor, y no lo evidencie, Green.
—No, yo…
—Espere aquí. Y tal vez, pueda utilizar unos escasos minutos para tratar de solucionar esto. Y le advierto que la reunión es estrictamente profesional. —Volvió a verla—. Y no como trabajan ustedes, los aurores, pero mi imagen es la imagen del ministerio y hoy es parte de ella. —Luego entró a la sala dando un portazo. Al cabo de unos minutos, le informó que podía entrar.
En la sala, había, por lo menos, veinte personas: entre ellos estaban los representantes del ministerio de Alemania: Wanda Sonneshein, Volker Schmetterling y Ancel Roth; de otros países como Marcus Sax, René Maddox y Adolphe Rubens y los anfitriones: Bertrand, Philippe y Christine, los miembros del ministerio francés. El resto, no tenía idea e imaginó que Miranda y ella eran representantes de Londres.
—Como ya les mencioné, me acompaña la aurora Andrea Green. Ella estuvo a cargo del arresto de Bastian Shadow. Preparó un informe que puede ser de utilidad.
—Yo… —Carraspeó—. Sí, muchas gracias. —Sacó los pergaminos de la carpeta que tomó y rebuscó entre ellos el indicado donde se mostraba el perfil del mortifago—. De acuerdo a los informes que nos proporcionó… eh… —Siguió buscando sin tener éxito alguno. Quizás lo que requería estaba en su habitación del hotel—. El ministerio de Bélgica, una pandilla de personas controlaba las calles y los muggles con drogas.
—¿No era un grupo más grande? —preguntó alguien, no supo reconocer su acento.
—Sí, era un cartel de narcotráfico. La policía… quiero decir, la seguridad mágica no fue capaz de contenerlos, por lo que decidimos ayudar.
—Ya nos puso al corriente la señorita Cavanaugh, pero queremos entender el cómo llegaron a Shadow.
—Ah eso. Sí. —Hizo una pausa; el resto de los pergaminos que traía en la carpeta se le cayeron al suelo. Nerviosa, los recogió, sabía que estaba siendo observada—. Supimos que haría una fiesta, así que mi equipo se infiltró.
—¿Supieron que era de él?
—No, no realmente. De hecho, una de mis compañeras, Mariana Somender, se lo encontró por casualidad.
—Y lo que entiendo es que no sabían que era un mago. —Ella negó con la cabeza, se sentía algo mareada.
—Empezó a… fanfarronear, perdón a presumir.
—¿Se encuentra bien? —Philippe la miró con preocupación.
—Sí... Respondiendo a la pregunta, no. No supimos que era mago hasta que comenzó a hablar sobre ciertas cosas como lechuzas. Lo que nos confirmó nuestras sospechas fue la mención del callejón Diagon.
—Sigo sin entender cómo no se dieron cuenta que era mago. Son elementos experimentados, aurores de excelencia, según su expediente.
—Seguimos los rastros, pistas.
—Esto me suena a incompetencia, señorita Green.
—¿Incompetencia, dice? —La bruja comenzó a sudar, el comentario de aquel hombre no le agradó—. ¡Casi pierdo a Charlie! —Comenzó a alzar la voz—. Bastian Shadow casi mata a uno de los nuestros, ¿y nos llama incompetentes? —Su mente viajó a los expedientes que leyó dos noches antes, en la carta de su amigo. Aquel hombre que estaba demeritando su trabajo se trataba de Marcus Sax, el jefe del departamento del Uso Incorrecto de la Magia de Bélgica—. ¿Acaso no debería ser usted, el que averigüe el por qué estaba haciendo magia y no fue detectado?
—¿Qué insinúa, señorita?
—Alguien estaba ayudando a Shadow.
—¿Tiene pruebas?
—No, pero él lo confesó.
—No puede basarse en la palabra de un criminal —respondió el mago, se notaba indignado.
—Y tampoco me puedo basar en la palabra de un idiota que me llama incompetente.
—¡Es suficiente! —El mago se levantó de su asiento molesto—. ¿Es así cómo quieres que cooperemos, Miranda?
—Marcus, estoy segura que la señorita Green sabe lo que hace, al igual que el resto del departamento.
El hombre ignoró aquel comentario, tomó sus cosas y salió de la sala molesto; el resto intercambiaron miradas por lo sucedido, sin embargo, confiaban en el buen criterio del departamento de Seguridad Mágica. El jefe de aurores supo que tenía que irse, a pesar de que le preocupaba el estado de la castaña. Miranda terminó por guardar sus papeles en su portafolio.
—Yo… no sé qué decir. Lamento…
—Repórtese al departamento de aurores.
—No pretendía hacer un escándalo. —La chica se sentía como una niña pequeña, esperando a que la riñeran por algo que hizo.
—Los aurores están acostumbrados a la teatralidad.
—Es que no pensé...
—Exacto, ustedes no piensan. Sólo actúan sin medir las consecuencias. —Su mirada era distante, el tono de voz con el que le hablaba era frío—. Realice el trabajo que le corresponde. —Sin más, se marchó dejándola sola en la sala.
[***]
LOCURA EN CAMINO
Los aurores son demasiado valientes o estúpidos; se dejan llevar por aquel impulso de héroe. Salvar al mundo de la oscuridad nunca deja nada bueno; las secuelas físicas y emocionales son un alto precio que muchos de ellos están dispuestos a pagar. Pero nadie nota el terrible peligro al que estamos sometidos por un par de hazañas. Un claro ejemplo es Alastor Moody, en el bajo mundo conocido como “Ojoloco”, un cazador de mortifagos que encerró a medio círculo cercano del Que-No-Debe-Ser-Nombrado, pero con el paso del tiempo, sus grandes proezas quedaron manchadas con cicatrices y paranoia. Imagino que no era fácil confiar en alguien después de atrapar a los peces gordos del mago oscuro; se decía que atacaba a diestra y siniestra a aquel que aparecía por su espalda. (Así fuera para hacerle una pequeña broma) Sin embargo, después de la caída del innombrable a manos del Elegido, siendo el actual jefe de la oficina de aurores, afirmo que no estamos para nada seguros. Después de su genial idea de nombrar a la joven promesa de la magia, Andrea Green como directora de la Academia de aurores, hemos llegado a la conclusión de que perdió la chaveta.
Perder a un amigo, a tan poca edad, deja secuelas que, muy probablemente, nunca te recuperas, y menos si eliges una carrera de peligro constante. El secuestro sufrido a manos del prófugo y desaparecido Connor Reed, le ha hecho creer a Andrea Green que todos son sus enemigos. Recordemos que también, por órdenes del gran Harry Potter, quedó a cargo de la misión de arrestar a Bastian Shadow donde salió herido el auror belga, Charles Blackwood. Al parecer el intento fallido de escape que tuvo lugar en el mismo atrio del ministerio de magia, y bajo las narices de un centenar de aurores, provocó una reacción en cadena. Hace unas semanas, la chica tuvo un encontronazo con su compañera Kissy Weasley por un mal entendido con su novio. Y no, queridos lectores, no se trata de un mal de amores, sino un acto de tremenda impulsividad al querer arrestar a un funcionario del departamento de Misterios, al cual no pudimos acceder a su nombre, pero sí nos enteramos que Green mal interpretó lo que vio; si no hubiera sido por la intervención de su jefe, ahora mismo estaría un inocente en Azkaban. Pero eso no es lo relevante, sabemos de buena fuente que dicha aurora ha perdido por completo la cabeza; por alguna extraña razón que aún se desconoce, Miranda Cavanaugh, la jefa del departamento de Cooperación Mágica Internacional tuvo que ir a Francia a resolver asuntos confidenciales. No sólo echó a perder una reunión importante con varios miembros del gabinete de otros ministerios mágicos, sino que hizo alarde de su estupidez.
Por si no lo sabían, Andrea Green realizó sus estudios en la academia de Francia; lugar en el que hizo buenos amigos, tal es el caso de Galilea Malfoy, (no me sorprende la clase de compañía que prefiere) y el auror Mauricio Salvain. Dicho grupo de supuestos héroes, estuvieron asignados a una redada en donde, la locura le hizo tomar decisiones, que ahora todos estaremos pagando. Supimos que un hechizo contundente golpeó algunos cuernos de erumpent y provocando una explosión colosal; escombros volaron en todas direcciones, junto con una nube impenetrable de espeso polvo blanco. La mitad del techo caído… Se reporta que, al menos, tres aurores tuvieron que ser hospitalizados mientras que dos muggles perdieron la vida. Algunos afirman que el ataque que realizó Green no estuvo bien fundamentado; desobedeció órdenes y atacó a diestras y siniestra. Los acuerdos de cooperación entre el ministerio francés y el inglés peligran, y todo por culpa de las alucinaciones de una bruja que, al parecer, lo ha perdido todo… incluso la cabeza.
Miles de ejemplares se imprimieron para la publicación vespertina del Profeta; poco a poco fueron enviados a todos los suscriptores. Mush Skeeter se sentía orgulloso de su trabajo, y de lo que bueno que estaba por venir para él, aunque le intrigaba mucho los detalles que fueron omitidos en las notas de los periódicos muggles que pudo conseguir sobre el incidente en Francia. A pesar de lo ocurrido con Andrea, no le deseaba el mal, pero noticias son noticias, y todos deben saber lo que pasa en el mundo.
Fue un día largo, los pergaminos se acumularon en el escritorio, a pesar de que su jefa llevara días fuera del departamento. Lo único que Mariana quería en esos momentos, era llegar a casa y descansar, servirse una copa de vino y olvidarse de la oficina. El elevador fue ascendiendo con su traqueteo característico; cuando las puertas se abrieron, un grupo de reporteros se agazaparon a su salida. La luz de los flashes la aturdieron, trató de hacerse camino entre todos sin tener la menor idea de lo que pasaba.
—¿Es verdad lo que ocurrió en Francia?
—Por favor, permítanme pasar. Me tengo que ir —respondió Mariana y recibiendo los empujones de los reporteros.
—¿La relación con los franceses se rompió?
—¿Miranda Cavanaugh no supo hacer su trabajo?
—¿Andrea Green enloqueció?
—Esperen… ¿qué? —Fueron los dos últimos comentarios que llamaron su atención—. No entiendo de lo que hablan. —Se detuvo un momento.
—Tenemos informes de que Andrea Green mató a dos muggles en un arranque de impulsividad —expresó uno sin dejar de tomar nota—. Supongo que esto tendrá consecuencias, ¿podría ir a Azkaban?
—Estoy segura de que todo es un mal entendido —respondió Mariana sin decir algo que afectara a nadie.
—Se dice que ya enloqueció, ¿terminará en San Mungo?
—¿Por esa misma razón, Cavanaugh tuvo que ir con ella? ¿Para evitar este tipo de desastres?
—Me atrevo a decir que al ministerio siempre le ha preocupado la salud e integridad física de todos sus elementos. —Escogió muy bien cada palabra—. La señorita Green no sería la excepción.
—Pero los rumores…
—Siempre los hay.
—¿Le han afectado tantas misiones?
—Todas y cada una de las misiones tienen su riesgo —respondió con calma, preguntándose internamente qué había ocurrido para que le hicieran ese tipo de preguntas—. Creo que no deberíamos adelantarnos a sus declaraciones. Considero que ella se encuentra en perfecto estado.
—Pero…
—Cuando sea el momento pertinente, ustedes sabrán que procedió y qué fue lo que ella experimentó. Por el momento, no podemos afirmar que, una persona que ha servido para salvaguardar el mundo mágico y muggle, sea un peligro para los demás, incluyendo el ministerio.
—¿Entonces no le preocupa su locura?
—No más preguntas. Con permiso. —Regaló una sonrisa a los reporteros y continuó con su camino. Le inquietaba de cierta manera no saber lo sucedido.
—¡Mariana! ¡Mariana! —Antes de llegar a las chimeneas escuchó su nombre. Se detuvo unos instantes; Alexander corría hacia ella—. Qué bueno que te alcancé.
—¿Sucede algo?
—Hay que ir a hablar a otro lado —respondió al ver cómo los reporteros, al darse cuenta de su presencia, iban a donde estaban.
—Claro. —Cada uno entró a la chimenea. Al salir del ministerio, se ocultaron en una cafetería muggle, por sí alguien los había seguido—. ¿Qué pasa, Alexander?
—¿Viste esto?
—¿Qué es?
—Es el número vespertino del Profeta.
—¿Y?
—Lee la nota, página dos. —Hizo caso, hojeo el periódico y leyó la noticia. Un sentimiento de preocupación la invadió—. ¿Sabías algo?
—Si te refieres al motivo del viaje de Miranda, no.
—Dime que al menos te has comunicado con Andy.
—No, Alexander. No sé nada de ella, ni el motivo del viaje a Francia. Supuse que lo único que quería Miranda era escolta. ¿Es real lo que pasó?
—Si sucedió algo, Harry no ha sido informado. Quizás son rumores…
—El asunto, Alexander es que… —Mariana guardó silencio unos instantes, no quería precipitarse en lo que iba a decirle—. Mush Skeeter tiene razones válidas para escribir sobre Andrea. Y si es verdad, las consecuencias pueden ser desastrosas. No sólo la imagen de ella está manchada. —Continuo al ver el gesto confuso de su acompañante—. La del ministerio, mi departamento y el tuyo. Lo que menos queremos es un conflicto entre dos países.
—Andy no actuaría así.
—Lo sé, pero algo le pasa. Y temo que, en parte lo que dice Skeeter, tenga razón.
—¿A qué te refieres?
—Lo de Shadow le afectó bastante, piensa que Connor puede estar detrás de todo esto. Si es cierto, habrá una investigación; no sólo perdería su trabajo sino podría acabar en Azkaban.
El resto de la tarde no fue como lo esperaba; Mariana no dejo de pensar en el artículo de Mush Skeeter, ni de sus propias palabras. Lo único que podía hacer en esos momentos era esperar al regreso de Miranda y de Andrea; quizás con algo de suerte, era un mal entendido y un puñado de mentiras por parte de un pseudoperiodista. Al siguiente día, siendo muy temprano se instaló en su escritorio, dispuesta a revisar los últimos pergaminos que llegaron.
—¿Tengo algo pendiente, Somender?
—Miranda… —La repentina aparición de su jefa la tomó por sorpresa.
—Somender, despierta. Deja de atrapar moscas.
—Lo siento. —Se levantó de inmediato y tomó las carpetas que Miranda iba cargando—. No, no hay nada pendiente. —Revisó su agenda.
—¿Pasó algo relevante en mi ausencia?
—No, nada.
—Bien —dijo revisando algunos papeles—. En unos minutos, tengo una reunión con el ministro Shacklebolt. Requiero el informe que me entregaste sobre el caso de Bastian Shadow.
—En un momento te lo traigo. —Salió de la oficina para buscar lo que necesitaba Miranda, lo encontró casi de inmediato.
—Vamos, Somender. —Le hizo una indicación para que la acompañara. Tomó el informe, una libreta y pluma.
—Necesito que organices una reunión con el ministro muggle belga y francés. —Comenzó a dictarle los deberes que debía hacer, ella anotó con rapidez para que no se le escapara nada—. También que le mandes una lechuza a Macus Sax, el jefe del departamento del Uso Indebido de la Magia, de igual modo que te contactes con el jefe de Aurores de Bélgica. Si es posible, también con el señor Blackwood.
—De acuerdo.
—También requiero que mandes un memo al jefe del Wizengamot, por favor. —Cuando menos se dio cuenta, estaban afuera de la oficina del ministro. Estiró la mano, Mariana le entregó su informe y la carpeta que había llevado consigo.
—¿Se te ofrece algo más?
—Quiero que ordenes los informes de mi visita a Francia.
—Muy bien.
—Puedes retirarte.
Si Miranda estaba en el ministerio, eso quería decir que Andrea también había regresado. Quería ir a buscarla a su oficina, aunque sea para verla, pero no tuvo que hacerlo, ya que ella y Harry iban hacia donde estaba. Supuso que también estarían presentes en la reunión con el ministro. No tuvo oportunidad de intercambiar palabras, ni siquiera un saludo; pasaron de largo. Todo se le hizo extraño, en especial por la cantidad de lechuzas que debía mandar, no pintaba para nada bueno. Estuvo tan sumida en lo ocurrido, que no notó la presencia de un ave, que se le hizo muy familiar.
—¿Hermes? —No entendía cómo era que estaba allí, si su dueña se encontraba en una junta. Tomó la carta y acarició sus alas; antes de dejarla partir, le dio un trozo de galleta que había reservado para su almuerzo.
Era una carta de Dayra. Pudo sentir la desesperación de la joven, y debía admitir que también estaba preocupada por el estado de Andrea, pero también tenía en mente que no podía obligarla a que le dijera algo. Por lo pronto su paciencia era esencial, así que decidió apresurarse a realizar su trabajo; quizás más tarde tendría oportunidad de hablar con su amiga. El regreso de Green y Cavanaugh fue sorpresivo para todos, en especial después de la nota que salió en el Profeta; al enterarse, Alexander no dudó en irla a buscar, sin embargo, ella ya estaba dentro de la sala de reuniones. Se quedó afuera a esperar; caminó de un lado a otro, como un león enjaulado. Iba y venía, no supo cuánto tiempo estuvo así hasta que la puerta se abrió. Salieron varios funcionarios seguidos del ministro de magia, quien iba hablando con su asistente que no notó su presencia.
—Alex, ¿qué haces aquí?
—Yo… lo siento, es que supe que regresó Andy.
—Está dentro. —Harry hizo un gesto—. No quiero que tarden. La señorita Green y yo debemos hablar. —Luego se marchó.
El joven asintió, luego entró a la sala con lentitud. Andrea estaba sentada todavía con los informes encima de la mesa, ni siquiera notó la presencia de su compañero. Se notaba ausente, al igual que sus recientes heridas de su último viaje.
—Hola. Vi que volviste y… ¿Andy?
—Alexander.
—¿Te encuentras bien?
—Eh… sí. Debo irme —dijo mientras comenzaba a recoger los papeles.
—Te acompaño.
—No es necesario. —Se levantó de la silla y tomó sus cosas.
—Me alegra que estés bien.
—Ni tanto. —Sin nada más que decir, Andrea salió.
La reunión con Harry no se prolongó; ella se mantuvo en silencio escuchando lo que le tenía que decir su jefe. Apenas era consciente de lo que hacía, de sus compañeros que la miraban de una manera extraña; no hizo tanto caso, estaba acostumbrada a los rumores. Además, en su mente había cosas más importantes en qué pensar; no se volvió a topar con Alexander ni con nadie, después de salir del despacho del jefe de aurores, fue a su oficina.
Mariana hizo todo lo que Miranda le mandó a realizar; redactó las cartas y las envió a sus respectivos destinatarios. Habló con los ministros muggles a través de la chimenea y acordó las reuniones necesarias. De igual modo, mandó a Tarrant con Charlie explicándole que su jefa quería hablar con él. Cuando creyó que era prudente, salió hacia la oficina de su amiga; la puerta siempre estaba abierta, así que se sentó en una silla y esperó.
—¿Qué te pasó? —preguntó cuándo Andrea se quedó en el marco sin entrar. La vio diferente a como se había ido; estaba muy demacrada y ojerosa. Incluso su cabello castaño carecía de brillo, y su brazo derecho iba en cabestrillo, no pudo evitar notar los diversos cortes de su cara.
—Medio edificio cayó encima de nosotros. —En ningún momento mantuvo contacto visual con ella—. No creímos que hubiera muggles en el sitio. Yo… —Guardó silencio unos instantes—. Fue mi culpa. —Por fin, la miró a los ojos.
—Estoy segura que no es así.
—Dos muggles murieron. —Contuvo las lágrimas, aunque después hizo un gesto de dolor.
De la bolsa de su túnica sacó un frasquito anaranjado; le costó abrirlo debido a que le temblaba la mano. Miró a su amiga, pero Mariana fingió no darse cuenta de nada; tragó un par de píldoras en seco.
—¿Y tú estás bien?
—No lo sé. —respondió tomando asiento; se recargó en el respaldo y cerró los ojos. Se sentía cansada, además que el dolor del hombro la estaba matando—. Pensé que lo había visto, Mar. Pensé que estaba él allí, en ese edificio abandonado. Y sólo… sólo quise acabar con todo.
—¿Cómo ocurrió?
—Lancé un hechizo; ni siquiera noté lo que había alrededor. No sé cuántos cuernos de erumpent había, todos y cada uno fueron explotando. Quise evitarlo, pero no pude.
—¿Así te lastimaste?
—Me cayó medio techo encima, sin contar la piel quemada.
—Tu hermana está preocupada por ti.
—No debería, sólo son gajes del oficio.
—Andy…
—Harán una investigación —dijo con un tono distante—. Harry, e increíblemente, Cavanaugh, abogaron por mí.
—¿Te despidieron?
—Todavía no. Me mandaron a casa en lo que todo esto se resuelve.
—Quizás sea lo mejor.
—No puedo seguir viviendo de este modo.
—Dime qué sientes, te puedo ayudar en algo.
—Lo dudo. —Se levantó y comenzó a recoger algunos papeles—. Tengo que irme, sólo vine para llevarme algunas cosas. —Antes de salir, le dio un beso en la cabeza a su amiga, que seguía desconcertada y preocupada.
—Espera, te acompaño a casa.
—No es necesario. Y por cierto, el idiota de Skeeter se salió con la suya.
No le importó lo que dijo su amiga, le preocupaba bastante su estado que la acompañó directo hasta su casa. Usaron la chimenea, y al quitarse los restos de ceniza, no pudo evitar notar otro gesto de dolor que hizo la castaña. La vio sacar un frasco transparente del que bebió. No sabía si era una poción, no se imaginaba el dolor físico que sentía
—Si necesitas algo, no dudes en avisarme.
—Estoy bien, Mar. En serio, ahora vete sino Miranda te regañara.
—No creo que note mi presencia.
—En verdad. Estaré bien.
No muy convencida, Mariana se marchó de la casa de los Green. Andrea no estaba para nada bien, y le preocupaba. Quizás sólo debía esperar a que las cosas se calmaran, que ella se recuperara de sus heridas y de ese golpe anímico. La auror tuvo que dar varias explicaciones al entrar a la casa; su madre se notó inquieta por las heridas que tenía, aunque el dolor era insoportable por lo que dejó que Mary le hiciera una poción para aliviar. El resto del día, Andrea se mantuvo encerrada en su habitación lidiando con la quemazón de su hombro, y con los recientes recuerdos que le acechaban en su mente. Al anochecer, bebió una poción de sueño, pero sin soñar; estaba esperando a que le hiciera efecto cuando el golpeteo en la ventana la alertó
—¿Qué quieres, Alexander? —preguntó cuándo lo vio arriba en su escoba.
—Saber cómo estás. No pudimos hablar en la mañana.
—Es lo único que me preguntan.
—¿Puedo pasar? —Ella hizo un gesto; estaba adormecida, aun así se hizo a un lado para dejarlo pasar—. Mariana me contó lo que pasó.
—Parece que ella y tú son mejores amigos.
—Estamos preocupados por ti.
—No tienen por qué. Estoy bien.
—No, no lo estás. —Se acercó a ella, aunque se contuvo de abrazarla—. Eres importante para ella, para mí. Y quiero ayudarte.
—Eso es mentira.
—Te sigo queriendo. —Andrea comenzó a reírse, pero era una risa amarga.
—Lo dudo. ¿No fuiste tú quien creyó que me gustaba estar con Connor? ¿Acaso no fuiste tú quien se metió con una estudiante?
—Vamos, Andrea. No seas injusta.
—Yo no cagué esto.
Él se acercó lentamente a ella y la tomó de la mano con delicadeza. Había pasado mucho tiempo desde que ambos estuvieron así de cerca. Alexander tuvo la oportunidad de ver los cortes de sus mejillas, las rozó con los dedos.
—¿Sientes eso? —Puso su mano sobre él—. Mi corazón late por ti. Dame la oportunidad de reivindicar mis errores. Demostrarte que mi amor es verdadero. —La besó. Sus manos acariciaron la espalda de Andrea, luego se deslizaron hasta la cintura. Ella lo alejó unos instantes después.
—No.
—Lo lamento. Yo...
—Quiero que te vayas, por favor.
—Andrea…
—Por favor, vete.
Alexander tomó su escoba; quiso decir algo más, pero las palabras no salieron de su boca. Salió por la ventana para perderse en la oscuridad de la noche. Andrea no quiso sucumbir ante los recuerdos; mantuvo la esperanza de poder dormir, sin embargo, la poción no hizo ningún efecto. Las pesadillas acecharon como en los últimos días, el dolor en el hombro seguía siendo insoportable, así que se bebió dos frasquitos diferentes. El sol no fue suficiente para despertarla, aunque sí lo fue los golpeteos en su puerta; Mary le llevó el desayuno, se notaba preocupada por ella. Después se quedó sola de nuevo.
—Hola, señora Green.
—Hola, Mariana. Pasa, ¿te ofrezco un vaso de limonada?
—Sí, gracias. ¿Y Andrea?
—No ha salido de su habitación. Y me preocupa mucho.
—¿Puedo verla?
—Estás en tu casa.
La casa de los Green era grande y amplia, contaba con varias habitaciones, entre ellas estaba el despacho de Robert, el estudio de Mary y la biblioteca. A lo largo de las escaleras, había fotografías, algunas tenían movimiento y otras no.
—Tu mamá me dejó entrar —respondió Mariana ante el gesto de sorpresa que tenía su amiga al verla en la puerta de su habitación.
Nunca había estado en la recámara de ella; vio varios estantes con libros mágicos y muggles. Varios pergaminos sobre la mesa, y en las paredes pegó fotografías. Eran momentos de su vida, como la graduación, el club de duelo o sobre el tiempo que estuvo en la academia de Francia. En un estante, notó varios juguetes y figuras de colección; eran cosas que le gustaban tanto a su amiga.
—Te traje algo. —Hizo aparecer una caja de cartón; el aroma a chocolate impregnó el lugar.
—Panecillos. Gracias.
—¿Estás bien?
—Sí, ¿por qué lo preguntas?
—Porque de inmediato te hubieras acabado la mitad.
—No se me antoja mucho por ahora. —Sintió una punzada en el hombro, sacó un par de pastillas de un frasco y las tragó.
—¿Analgésicos? —preguntó, Andrea asintió; esperaba el efecto aliviador. Mariana notó las botellitas vacías en la mesita de noche.
—Me duele bastante.
—Son muchas pociones. Ni siquiera cuando te lesionaste en el quidditch.
—Lo sé, son heridas que nunca sanan.
—Deseo poder hacer algo para ayudarte a que mejores.
—Gracias, pero no pierdas el tiempo en mí.
—No lo hago, Andrea. Tu familia está preocupada; no sé qué decirle a tu hermana, porque estoy casi segura que no le has escrito.
—No hay nada qué decir.
—Algo pasó con Connor que no me quieres decir. —Pensó muy bien sus siguientes palabras—. Puedes negarlo todo lo que quieras, pero eso te está afectando. Estás perdiendo la cordura.
—No estoy loca.
—Nunca dije eso, sólo que… —Suspiró—. Pensaste en haberlo visto, por eso atacaste. En la misión con Shadow no entraste en acción hasta después. ¿Acaso no creíste que lo iba a notar? Esa no eres tú.
—¿Entonces quién soy? —Estaba comenzando a alzar la voz; respiró varias veces para no caer en una discusión—. No lo entiendes.
—Explícame, quiero entenderte.
—Te agradezco que hayas venido, pero necesito estar sola.
—Bien, te dejaré tranquila. Vendré mañana. —Mariana la abrazó—. Cuídate —susurró antes de marcharse.
La cena no fue diferente, Andrea se vio obligada a estar en la mesa junto con sus padres; ambos apenas y probaron bocado debido a que no dejaban de observar a su hija. No encontraron el modo de hacerle las preguntas adecuadas, aun así, le permitieron que se encerrara de nuevo en su habitación. Se recostó en la cama y cerró los ojos tratando de vaciar su mente, sin pensar en nada, pero la explosión y medio edificio cayendo sobre ella y sus compañeros hicieron que se levantara. Trató de tranquilizarse, respiró varias veces; su concentración fue interrumpida por la silueta de la ventana.
—Viniste anoche —dijo cuando dejó pasar a Alexander.
—Te traje algo.
—Mariana se te adelantó —respondió ella mostrando la caja casi llena que le dejó su amiga en la mañana.
—Son tus favoritos.
—¿Qué quieres?
—Lo de ayer… —El chico rozó su mejilla con los dedos, ella se alejó—. ¿Hice algo malo?
—Mi vida es un desastre ahora, la cagué en Francia. Estoy a punto de ser despedida, con suerte no iré a Azkaban.
—No lo permitiría.
—Quizás me degraden, Alexander. Todo terminó.
—Verás que las cosas mejorarán. —La abrazó, ella lo permitió—. Te amo. No soy capaz de olvidarte. ¿Tú dejaste de amarme?
—No sé qué siento ahora.
—¿Acaso tiene que ver Blackwood? —No había pensado en Charlie en aquellos días de oscuridad. Ella guardó silencio—. ¿Sientes algo por él?
—Sí, quizás. El problema soy yo, Alex —respondió al ver el gesto de dolor que hizo él—. Lo mejor es que... debes irte.
—No quiero darme por vencido.
—Necesito estar sola. Por favor.
—Sé que nuestro amor tiene esperanza, y si debo luchar por él, por ti, lo haré.
Antes de salir por la ventana, el chico besó su frente, después tomó su escoba y partió. En la soledad y silencio de la habitación, Andrea buscó en su armario y encontró una caja transparente; en ella estaba la flor que le regaló Alexander. Siempre se encargó de cuidarla, pero ahora, apenas se mantenía con vida. La mayoría de los pétalos cayeron; ninguno merecía nada de lo que estaba pasando, ni el dolor ni las heridas del corazón. Eso le bastó para tomar una decisión.
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