Capítulo 10

En colaboración con Gustavo Torres. 




Las vacaciones terminaron, los carruajes esperaban en la estación de Hogsmeade para llevar a los estudiantes de vuelta al colegio. El frío que hacía era lo que quedaba del reciente invierno; las fiestas decembrinas dejaron aventuras que no eran posible contar en una carta, en especial aquella experiencia de visitar escuelas mágicas. Mena fue la primera en llegar, entró en la sala común, esperaba encontrarse con Keisi o Alexander, pero ninguno de los dos se encontraba ahí. Haber visitado a Vladímir le encantó, con ese pensamiento en mente tomó asiento en uno de los sillones y esperó a que cualquiera de sus amigos apareciera. Estaba entrando en calor cuando la puerta de la Dama Gorda se abrió, Andrea traía restos de nieve en su castaña melena, lucía más morena y tenía algunas pecas en la nariz.

            —Por fin llegas, Green. ¿Qué tal las vacaciones? 

            —Bien, considerando que me adentre en una selva. Fantásticas.

            —¿No querías aventuras?

            —¿Qué tal Durmstrang?

            —El director me odia.

            —¿Por qué lo dices? ¿No se supone que irías a visitar a un amigo tuyo?

            —Pues sí, pero al director no le agradó que una estudiante de Hogwarts estuviera ahí.

            —Ya sé, quería ocultar su secreto de la magia.

            Ambas chicas seguían platicando de sus vacaciones, de todo lo que vieron y lo que les gustó de sus respectivos viajes. Hasta la hora de la cena fue cuando se encontraron a Alexander y Keisi, quienes pasaron el día en la cabaña de Hagrid. Las clases dieron inicio al día siguiente, en el desayuno tuvieron la oportunidad de ver a Gustav, en ningún momento paró de hablar sobre lo que conoció.

            —Es increíble el nivel de magia, fue genial.

            —Y a todo esto ¿Por qué tanto secreto en tus cartas? —reprochó Andy, todavía no se olvidaba de la ventana y de lo de Noctowl.

            —Era más emocionante así, aunque mi abuelo me pidió que no pusiera nada comprometedor en mis cartas.

            —Es raro que sus abuelos hayan ido a otras escuelas mágicas.

            —¿Por qué piensas eso? —preguntó Mena algo interesada.

            —Fueron a Durmstrang y Beauxbatons —respondió la chica, pensativa—. Mi padre también estuvo muy raro en las vacaciones.

            —A lo mejor era una charla para estrechar lazos de amistad —explicó Gustav—. Recuerden que estuvieron algo rotos por la guerra.

            —Quizás, aunque podría ser para otra cosa.

            —¿Cómo…?

            —¿Una nueva edición del Torneo de los Tres Magos?

            —No lo había pensado de esa manera. —Los tres siguieron comentando esa posibilidad hasta que llegaron al aula de encantamientos.

            Con el inicio de nuevo de las clases también dieron inicio los entrenamientos de Quidditch. Cada casa practicaba arduamente, todos tenían las posibilidades de ganar la copa, por supuesto que el favorito en esta temporada eran los tejones, que venían jugando bien. Gavin pretendía mantener en buena forma a sus jugadores, entrenaban varias veces por semana para tratar de perfeccionar algunas jugadas nuevas. A pesar de aquella confrontación que tuvo con Cristián, tenía que admitir que podía serle útil; él estaba feliz por haber sido uno de los primeros en probar un prototipo de escoba, sin pensarlo dos veces ayudó al capitán a mejorar las estrategias y mantener la lucha por el campeonato. Andrea y Mena acababan cansadas, aun así, buscaron la forma de hacer los deberes. El siguiente juego fue Hufflepuff contra Gryffindor, que, con algo de esfuerzo, les ganaron a los tejones por una buena diferencia y todo se lo debían a la gran actuación del buscador, que atrapó la snitch justo a tiempo.

            —¡Bien hecho, chicos! —Gavin estaba más que feliz por el resultado—. Podremos ganar la copa. Tendremos que esperar al resultado del siguiente partido, así que depende de las diferencias de puntos. 


        Gustav corría por el castillo con un baúl miniatura en la mano, bajó muchos escalones hasta toparse con el cuadro de una bella dama, quien le pidió la contraseña. Se la dio cortésmente y pudo acceder a través de ella. Estaba nervioso, estaba a punto de iniciar el partido y no debía llegar tarde, no tuvo la oportunidad de ver a sus compañeros de la sala común. Corría sin aliento por el pasadizo oscuro hasta que pudo salir de él, ya se escuchaba el bullicio del público en el campo, indicaba que el partido ya había dado comienzo. Ravenclaw contra Slytherin, un partido decisivo; la anterior derrota contra Hufflepuff los ponía en un marcador muy complicado ante la copa, debían dar el todo en este partido, tal vez por eso la ansiedad que sentía en ese momento. Llegó como bólido y entró al estadio, pero no fue a las gradas, sino que corría por el acceso a las carpas de los equipos. Entró a la carpa azul y blanco con un dolor de caballo espantoso.

           —¡Aquí estoy!, disculpen la tardanza. Aquí están las pelotas de repuesto y los polvos cromáticos que les prometí.

        —¡Ya era hora, Flitwick! Creímos que no vendrías. Madame Hooch nos riñó y casi no nos deja jugar por olvidar las pelotas de juego, además tendrás que esperar un tiempo fuera para colocar esos polvos que, espero no sean ilegales, porque no quiero tener un problema más para que nos anulen el partido.

            —No, Jason. No son ilegales, yo mismo investigué que estuvieran dentro de la norma.

            Gustav salió de la carpa y se posicionó en las gradas preferenciales del equipo para poder tener la mejor vista del campo y de los jugadores. El partido ya tenía varios minutos de haber iniciado y el marcador iba 40 a 10 a favor de las serpientes. A lo lejos, se distinguía pancartas luminosas y una bandada creada de aves miniatura de color azul volando sobre ellos en parvada. Gritaban en apoyo al equipo mientras que por parte de los Slytherin vitoreaban con unas enormes banderas color verde y una serpiente plateada, las demás casas se dividían en apoyo a ambas por igual. 

            —Ravenclaw en posesión de la quaffle, Belby se la pasa al capitán Stretton, que se la pasa a su vez a Davies, una excelente coordinación por parte de ellos, se acercan a los aros, Davies gira en espiral para esquivar al cazador de Slytherin pasa de nuevo a Belby… ¡Cuidado!... ¡Ah! Esa bludger golpea y tira al jugador de Ravenclaw y Forch de Slytherin recupera la bola, esquiva una poderosa bludger, pasa a Grajam sí que es veloz ese chico, dribla al guardián en un elegante movimiento y ¡marca! un tanto más para Slytherin y ya con 50.

        »Ravenclaw está teniendo problemas serios, tiene una excelente forma de juego, pero deben concretar marcando, cosa que Slytherin no les está permitiendo y es evidente que esa formación de golpeadores que ha contratado es imparable, no quisiera ser blanco de uno de esos dos.

            El público vitoreaba a Slytherin, los Ravenclaw en las gradas abucheaban los comentarios de Terry Jordan. El capitán de las águilas pidió tiempo fuera y bajaron al terreno con aire desanimado.

            —Te dije que me pasaras la quaffle.

          —¡Cállate, Stretton!, Belby estaba desmarcado y además vamos fatal, ¿qué más da?, es un hecho, esta copa de Quidditch no es para nosotros.

        —¡Calma! Tal vez si probamos la nueva forma de batalla y juego que veníamos planeando quizá poda…

        —¡Olvídalo, Gustav! No hemos perfeccionado eso, además de que ni siquiera hemos podido practicar como se debe, nada asegura que funcione.

            —Bueno, ¿qué tan mal puede salir de lo que ya está? —Opinó Max, el golpeador

            —¡Bien dicho! —dijo Gustav y todos voltearon a verlo de reojo.

            —¿Te crees capitán dando órdenes?

        —Disculpen, en verdad. Max tiene razón, puede ser que mejoren al practicar en ese mismo instante la nueva forma, así se acoplan, además Slytherin ya ha estudiado mucho su forma de juego y parece que leen todos sus movimientos antes de ejecutarlos.

         —Podría funcionar. —Pensó el capitán—. ¡Está bien!, ¡probémoslo!, pero no dejen de coordinarse como siempre y a cualquier falla improvisen, no dejemos que Slytherin nos termine humillando.

            —¡Esa es la actitud! —dijo Gustav mientras colocaba el polvo cromático a las ramas de todas las escobas. Madame Hooch pitó y las escobas se elevaron de nuevo, el partido continuó. Ravenclaw empezó a moverse con un estilo fuera de lo común y Terry Jordan lo notaba haciendo comentarios de asombro.

        —¡Guau! Ravenclaw se mueve raramente, pero efectivo. Parece como si hubieran adaptado movimientos de deportes muggles que la verdad no tengo ni la más remota idea de cómo se llaman, pero ocasionan que Slytherin se confunda y pierda concentración. Stretton pasaba a sus compañeros y estos rápidamente le devolvía la pelota, así varias veces y los jugadores de Slytherin casi chocaban entre sí en varias ocasiones, tanto era su confusión que un golpeador le llegó a dar a su propio compañero.

        —Stretton pasa a Belby con un pase elevado, Belby golpea la quaffle al cielo con un boleo y Davies remata con un fuerte remate de la escoba y ¡marca! —Y así Ravenclaw pudo anotar otros tres tantos. 

        Iban ochenta a cincuenta cuando Davies trató de entrar a la línea de gol, fue tacleado por el golpeador de Slytherin ocasionando que cayera de su escoba, por suerte uno de sus compañeros cazadores pudo ir en su ayuda y sujetarlo antes de que cayera por completo, pero eso ocasionó que Slytherin pudiera marcar otro tanto más sin ninguna dificultad. Ante la forma como se desenvolvía el partido, Ravenclaw marcó un tanto más con demasiado trabajo, por parte de las serpientes parecían más interesados en derribar a los jugadores que en marcar, no tenían posesión del juego, el golpeador Carcus lanzó una bludger en una zona prohibida y por un pelo le daba a la profesora Hooch, ella chillaba molesta.

            —Penalti a favor de las águilas, parece que esa falta, jugada de Carcus le ha salido perjudicial a su equipo, Belby toma la quaffle se prepara para lanzar y ¡marca otro gol!

          El marcador iba favor de Slytherin y los azules en posesión aún, todo fluía bien cuando de repente, en un acto de desesperación, Montage lanzó una bludger deliberada al golpeador de Ravenclaw golpeándolo en la cabeza y haciéndolo caer de la escoba, en esta ocasión no hubo quien lo auxiliara y cayó estrepitosamente al campo. Madame Hooch pitó para dar tiempo muerto y pudieran revisar su estado. En las gradas, Megara Korint y Aida Betzeinger gritaban unas palabrotas y hacían señas obscenas al acusado, por otro lado, Ryden Bognadov, hizo que las aves se lanzaran al ataque a Montague picoteándolo ferozmente. El profesor Flitwick los regañó a todos.

            Después de revisar al chico y resolver que aún no podía continuar, se decidió por seguir el partido mientras se recuperaba y pudiera entrar al juego de nuevo. Sin el golpeador, Slytherin tenía todo a su favor y marcaron sin tanto esfuerzo. A su paso continuaron golpeando a sus contrincantes, un solo golpeador no podía proteger a todos. 

            —¿Cómo sigues, Ferbuson?

            —¡Fatal!, todo me da vueltas, pero creo que puedo seguir. 

            —¡Eso, jamás!, no te expondré a otro golpe de ese bruto, terminarás hecho papilla en un dos por tres —exclamó el capitán.

            —¡Claro! Y después ¿quién nos pasará todas las tareas?

         —Sugiero que Chambers atrape ya la snitch y terminar con esto de una buena vez —objetó Belby.

        —¿Crees que no lo hubiera hecho ya? Pedazo de torpe. Esos golpeadores y su buscador se enfrascan en tirarme de la escoba, me han hecho perder tres veces la snitch. —Se defendió el buscador.

            —¡Demonios! Así perderemos. 

        —Si gustan puedo ayudarles. —Propuso Gustav—. No vuelo mal, además tengo una buena puntería por los… —Carraspeo un poco—. Quiero decir, tengo excelente puntería, aunque no tanta fuerza, pero las bludger harán lo suyo; además si también hacemos la última formación que les sugerí hace semanas, y que ideé, pudiéramos darle oportunidad a Chambers de hacer una distracción y que atrape la snitch. Max y yo trataremos de hacer lo nuestro con los golpeadores de Slytherin, nos la deben.

        —Aunque dijimos eso al principio, Flitwick, déjame decirte que hemos ensayado tu loco movimiento cómo último recurso y le hemos llamado aletazo de águila.

            —Hagámoslo, entonces.

            —Espero que funcione, sino yo mismo te degollaré.

        —Parece que Ravenclaw sustituyó a Ferbuson por Flitwick, esperemos que sepa lo que hace, aunque si maneja la escoba cómo lo hace con los libros, o ataca cómo arremete con los exámenes, cabe decir que Slytherin está perdido.

            El partido estaba a favor de las serpientes y no podían alargarlo más ya que estaban agotados, era todo o nada, dependían de la señal de Chambers al vislumbrar la snitch. Slytherin trataba de marcar mientras Terry Jordan seguía su narración.

            —Slytherin en posesión de la pelota, salió como bólido en vertical, ¡ouch! Patea la escoba de Belby, esquiva a Stretton por poco, va a tirar, pero ¡no!, una bludger lanzada por Max le da de lleno a la escoba de Fillip y éste suelta la quaffle. Davies recupera la pelota y pasa a sus compañeros una y otra vez, tratan de marcar, el guardián la atrapa. Forch en posesión, Carcus y Montague tratan de derribar a los jugadores, lanzan ambas bludgers, no dan en el blanco, Forch pasa a Grajam que se la pasa a Fillip, lanza y el guardián ataja, Ravenclaw en posesión.

            »Carcus lanza una bludger, misma que es repelida por Max, pero la lanza en dirección a Gustav, este arremete golpeándola de regreso y ¡ah! Le da a Carcus en la espalda, casi se cae de la escoba. Carcus queda rojo de ira por tal humillación de parte de los golpeadores de Ravenclaw.

            Las nuevas reformas al quidditch hacían a este más agresivo y varias de las faltas por contacto o agresión dejaron de serlo. Para Slytherin esto era dar rienda suelta para demostrar su repertorio de mañas posibles. Ravenclaw trataba de anotar un tanto más, los golpeadores impedían el paso con los asedios de sus bludger, en ese mismo momento se escuchó el grito de Chambers.

        —¡Ya! ¡Ahora! —Era la señal esperada y voló en dirección a la diminuta bola dorada, el otro jugador de Slytherin también se lanzó como cohete hacia la snitch y la lucha de buscadores dio comienzo.

           Gustav le hizo señas a Max y ambos volaron en dirección a Carcus y Montague cruzándose entre ellos para distraerlos y posteriormente se unieron al vuelo detrás de los cazadores de su equipo. Los cinco jugadores comenzaron un ascenso en espiral, uno detrás de otro, les escobas empezaron a despedir un humo color azul eléctrico, efecto del polvo cromático, volaron en giros, subieron lo más alto posible haciendo que los jugadores de Slytherin perdieran visibilidad gracias a los intensos rayos del sol. Los chicos de Ravenclaw se pusieron en formación en uve con Stretton en el centro y en posesión de la quaffle, bajaron en picada y en dirección de los cazadores de Slytherin simulando a un águila atacando a su presa. Llegaron a su objetivo, gritaron todos y Belby y Davies, que estaban en los costados, soltaron un fuerte puñetazo a Forch y una potente patada a Grajam, lo que ocasionó que perdieran el equilibrio de sus escobas.

            Stretton se dirigió a Fillip con los golpeadores a los costados como defensa, saltó encima de él, lo dejó atrás sin nada por hacer y cayó encima de su escoba; Carcus y Montague iban directo a derribarlo con los bates, pero no contaron con que Gustav y Max les lanzaran ambas bludgers, Carcus esquivó el golpe, arremetió con ella y la alejó a un lado, pero su compañero no fue veloz y la pelota le dio directo a la cara. El golpe sonó seco y ambos descendieron al suelo cayeron inertes; Belby y Davies se unieron a Stretton y burlaron al guardián para anotar uno, dos y terminaron con un espectacular remate de escobazo, un tercer tanto más en el mismo instante. Chambers tenía el campo libre y bajó en picada al piso, siguió la veloz snitch, se lanzó de la escoba y arremetió aferrándose a la pelota dorada y cayendo al piso del campo; alzó la mano y Madame Hooch dio un pitido final indicando que el partido había terminado. El capitán de Slytherin alegaba que tal movimiento no debía contar, además de los golpes recibidos por el mismo.

        —Ya conoces las reglas Hammer, todo fue legal. Así que deja de lloriquear y vaya a los vestidores, esta victoria es limpiamente de Ravenclaw.

            Hammer se marchó, rojo de la ira y gritando palabrotas. Un vitoreo estridente se escuchó en todo el estadio, ese tipo de exhibiciones no se habían dado en Hogwarts, el movimiento dejó en silencio y estupefacto al público, pero ahora parecía lo contrario, ovacionaban ese tipo de espectáculo. El partido terminó en un sorpresivo marcador de 250 a 140 en favor de Ravenclaw. Stretton gritaba de alegría y abrazaba a Gustav estrujándolo.

            —Eres odiosamente un genio loco… ¡Estás contratado!

            —¿Qué? No, yo no…

         —¡Ya dije! Y no aceptaré una negativa por respuesta, sino persuadiré a tu abuelo y dudo te niegues a su petición.

            —¡Demonios, Jeremy! Aunque dudo que a Ferbuson le haga gracia la noticia.

        Caminó en dirección a los vestidores detrás de todos sus compañeros, ya no sabía si sentirse contento o preocupado, entre las tareas, prácticas, entrenamientos de quidditch y su secreto era evidente que el chico no dormiría del todo tranquilo a partir de ahora, bueno al final de todo era un Ravenclaw y eso lo hacía capaz casi de hasta arrancarle la nariz de ser necesario.

            La mayoría del público estaba todavía impresionado por semejante espectáculo, había sido un gran partido. Tanto Mena como Andy estuvieron siempre en todo momento apoyando a las águilas y en especial les alegraba que les dieran una lección de cómo se juega el Quidditch con ingenio sin tener que recurrir a sus jugadas sucias. Sin embargo, jamás y en ningún momento se hubieran imaginado que el chico fuera parte del equipo.

            Las chicas quedaron sorprendidas por haber visto a su amigo jugar, pero la más sorprendida era Mena. En ningún momento su mejor amigo le había dicho o mostrado algún interés por el deporte mágico. Se dirigieron rumbo a los vestidores de las águilas, Gustav estaba terminando de quitarse la capa cuando ellas entraron

            —Excelente juego, felicidades. —exclamó Andy emocionada.

        —Gracias.

            —No sabía que jugabas.

            —Si juego, pero no estaba en mis planes entrar al equipo.

        —Y tú, ¿no dirás nada? — preguntó Andy a la pelirroja, quién estaba en silencio desde que entraron a los vestidores.

            —¿Eh?

            —Sí, con la novedad de que Gus entró al equipo.

            —Ah sí, felicidades.

            Los tres regresaron al castillo, por un momento la castaña se adelantó un poco, dejó atrás a sus amigos. Mena aprovechó el momento para charlar con su amigo, lo tomó del brazo obligándolo a detenerse.

            —¿Qué pasa?

            —¿Qué pasará con nuestro proyecto?

            —Seguirá como siempre.

            —Con los dos en el equipo, estaremos hasta el tope con los deberes y entrenamientos.

            —Sí podremos. —Gustav estaba confiado.

            —Será imposible mantener esto, seguir ocultándonos.

            —Lo hemos hecho.

            —¿De qué hablan? —interrumpió Andy al percatarse de que no iban a su lado.

            —De nada —respondieron los dos al mismo tiempo. 

            —¿Otra vez su secreto? —preguntó, pero ninguno de los respondió—. Algo me dice que sí se trata de eso.

            —No, Andy. Estábamos haciendo conjeturas sobre ese posible torneo de los tres magos.

            —Sí, de eso. Digo, fui con mi abuela a Durmstrang.

            —Que, por cierto, no me has dicho a quién visitaste.

            —A un amigo —respondió Mena, de cierta manera le agradaba que dejaran de hablar sobre lo que hacía con Gus, pero ya no le gustaba que empezará a meterse en su vida personal.

            —¿Qué amigo?

            —Green, deja meter tus narices en mis asuntos —dicho esto siguió su camino sola.

            —No sé, pero eso me da a entender que quiere que averigüe.

            —Algún día la harás enfurecer —dijo Gustav con una sonrisa.

            —Siempre se enoja, ¿qué más da? 

            Como predijo Mena, la carga de trabajo fue demasiado grande. Ambos se tenían que alternar con los deberes extras que les mandaron los profesores; los exámenes finales estaban por comenzar, todavía faltaba un encuentro para definir la final, por lo tanto, sus respectivos capitanes los hacían entrenar. Había la posibilidad de que los leones y las águilas se enfrentarán por la copa, era por eso que entrenaban arduamente. Cada vez que podían, y en escasos tiempos libres, se escapaban para seguir con su proyecto. Apenas dormían, sus amigos notaron ese cansancio, Andrea sabía que necesitaría mucha suerte para saber qué era lo que tramaban pero seguía interesando el asunto de la amistad de Durmstrang y estaba empeñada en averiguarlo.


            Al inicio del mes, en el entrenamiento de quidditch, Gavin lanzó la quaffle para realizar una triangulación entre Brooks, McGonagall y él. Mena no recibió bien el pase y dejó caer la pelota, en su afán de recuperar la pelota; no divisó bien y chocó contra Sasha, uno de los golpeadores. Por la fuerza y velocidad, terminó estrellándose contra uno de los postes de gol. Por fortuna Andrea logró reaccionar a tiempo para evitar que se cayera de la escoba. La pelirroja se llevó un golpe y el capitán, preocupado, la acompañó a la enfermería. Madame Pomfrey recomendó que se quedara, al menos una noche o hasta que dejara de ver estrellas. Unos días después, de regreso a la torre de Gryffindor y después de haber estado en la biblioteca, algunos golpeadores de Slytherin la interceptaron en su camino. Ellos sabían sobre la amistad con Gustav; y sabían que él inventó aquella jugada con la que Ravenclaw les ganó el partido. Seguían enfurecidos por ello.

            —Mira Garcus, ¿a quién tenemos aquí?

            —La consentida de Minnie.

            —¡Vaya! No pensé que conocieran a mi abuela —respondió ella sin dejarse intimidar. 

            —¿Qué te parece si practicamos contigo?

            —¿Qué les parece si mejor se largan y me dejan en paz?

            —Yo creo que no.

        Ambos chicos pensaron que molestar a Mena era buena idea; trató de controlarse, pero su paciencia no era tanta, por lo que sacó su varita. A Garcus y Montague los petrificó, desafortunadamente el profesor de pociones la vio; aparte de restarle puntos a Gryffindor quedó castigada. Parecía que Higgs era igual como el profesor Snape, con cierta preferencia por su casa. Las bromas con Weasley y Rookwood pararon, pero ellas no habían olvidado la broma peluda; hicieron estallar el caldero, sólo que en esta ocasión quisieron vengarse primero de la pelirroja.

            —¿Acaso no sabe leer, McGonagall?

            —Sí sé leer, profesor.

        —Parece que no. Acaba de fundir el caldero de su compañero. Quince puntos menos para Gryffindor. Y está castigada, de nuevo. —Pensaba replicar, pero Andrea la detuvo.

        —Déjalo así —susurró mientras observaba a Weasley reírse—. No le des más motivos para castigarte.

            —Mi poción iba bien.

            —Adivina quién fue.

            —Esas malditas serpientes.


            Era un día nublado y aburrido, era el momento en el que Andrea debía terminar sus deberes, pero ya los haría más tarde. Tenía la idea de escabullirse a las cocinas y conseguir algunos pastelillos. O se le ocurría también ir a fastidiar a Santino; llevaba tiempo sin hacerlo. Repasó sus opciones con cautela, cuando Mena entró en la sala común.

            —¿Y esa cara?

           —Porque estaba en la biblioteca terminando mi redacción para el profesor Flitwick, cuando unos niños, sin querer, rompieron mi tintero. Todo mi pergamino se manchó de tinta.

            —¿Y por qué no lo arreglaste con magia? —preguntó con tono de obviedad.

           —Eso iba a hacer, pero Madame Pince la tomó junto con todo lo que estaba en la mesa y lo desvaneció. Ni siquiera me dejó explicarle, y para colmo me corrió de la biblioteca.

           —No ha sido, para nada, un buen mes para ti. El accidente en la práctica de quidditch, el castigo, lo que sucedió en pociones y ahora esto. —Enumeró con los dedos tranquilamente—. ¡Vaya! Sí que tienes muy mala suerte.

            —¡Ay cállate, Green! —espetó más enojada y se ponía cada vez más roja al ver los intentos fallidos para no reírse—. Más te vale que dejes de reírte si no te hechizare. 

            —Ya, no diré nada. 

            —Iré con Gus para que me ayude en mi redacción. Nos vemos después.

        Apenas salió de la sala común, no pudo evitar carcajearse por tantas fatalidades juntas que le estuvieron pasando. Era obvio que Mena McGonagall estaba más salada que el calamar gigante.

            —¿Por qué tan sonriente? —preguntó Alexander, quien acababa de entrar a la sala.

            —Me río de la mala suerte de Mena.

            —¿Ahora qué le pasó?

            —Su redacción de Encantamientos la tendrá que volver a hacer.

            —¿Por?

            —Se manchó de tinta y Madame Pince la hizo desaparecer.

            —Qué mal.

            —Esto me da una idea.

            —¿Una travesura? —preguntó el chico con una sonrisa cómplice.

            —Sí, una travesura.

            —¿Qué harás?

           —Ya verás —respondió antes de subir al dormitorio de chicas. Tardó unos minutos en bajar, traía un par de ranas de chocolate y un frasquito de poción.

            —Me perdí. ¿Qué planeas? 

            —Esto es agua, pero le haré creer que es veritaserum.

            —¿Y cómo lograras eso?

            —Con esto —respondió mostrándole una rana de chocolate.

            —¡Genial!

            —No se negará.

            —No me quiero perder esto.

            Fueron a la torre de Ravenclaw; en el camino se encontraron a varias águilas. Mencionaron que Gus estaba en el aula de encantamientos. Su amigo estaba practicando hechizos, Mena estaba revisando libros para su redacción.

            —Hola.

            —Hola, Andy, ¿también tú perdiste tu redacción? Hola, Alex.

            —No, ni siquiera la he empezado. Ya la haré más tarde.

            —A veces me sorprende cómo es que logras entregar tus deberes a tiempo y sacar buenas notas —expresó pensativo.

        —Eficiencia, Gus, eficiencia. —Andy sacó una rana de chocolate, y se la metió a la boca—. ¿Quieren una? —Gustav la aceptó, al igual que Alexander. Mena la observó atentamente. Era la primera vez que levantaba su vista de su redacción—. ¿Qué?

            —¿Le pusiste algo?

            —Nada.

            —Te conozco, Green.

            —Ya, McGonagall. Deja de ser tan paranoica. Sólo es chocolate, además te subirá el ánimo por lo de tu redacción.

            —Más te vale que no tenga nada.

            —No, te lo juro.

            Desconfiada observó la rana de chocolate. Andrea trató de quitar su sonrisa y poner una cara de inocencia. Estaba abusando de su buena suerte. Sin más, Mena le dio un mordisco mientras regresaba a su redacción.

            —Terminé. Pensé que tardaría más tiempo, pero no. Por fin entendí a la perfección el tema.

            —¿Cómo te sientes? —preguntó Andy.

            —¿Por qué lo preguntas?

            —Nada más —dijo mientras sacaba la botellita de poción. 

            —¿Qué hiciste? —Mena sonaba alarmada. 

        —Le puse veritaserum a tu rana. —Fue divertido ver el semblante de preocupación. Por fin revelarían su secreto—. ¿Qué hacen cuando se desaparecen? —Gustav la observó horrorizado, Alexander trataba de contener la risa.

            —A ti qué te importa —respondió. Andrea y Alexander se soltaron a reír por la cara de alivio que traía su amigo, Mena le lanzó un libro, el cual no pudo esquivarlo. 

            —¡Auch! —Se quejó Andy cuando le dio en la nariz.

            —Andy… ¿sin lograr esquivar algo? 

            —Gracias por preocuparse por mí.

            —¿Qué tenía la rana de chocolate? Y dime la verdad.

            —Nada, sólo es agua —dijo con voz amortiguada. El golpe con el libro le sacó sangre, y trataba de detener la hemorragia—. Pueden corroborarlo. —Les mostró el frasquito.

            —¿En serio?

            —Sí, yo soy testigo.

            —¿Podrían ayudarme con mi nariz?

            —No te muevas. —Gustav se acercó a la castaña, la apuntó con la varita y susurró Episkey. De inmediato comenzó a sentir calor en su nariz; la hemorragia comenzó a ceder hasta que paró por completo.

            —¿Lo ves? Nada malo pasó.

            —De acuerdo, porque no sabrás nada de nada.

            —Algún día soltarás la sopa, McGonagall.

            —No, Green. Son cosas personales. —Y sin más, salió dejándolos con curiosidad.

            —Eso me sonó a reto.

            —Sabes que nunca te diremos nada.

        —Me queda claro que para su secreto no soy digna, pero quiero saber a quién visitó en las navidades.

            —No es que no tengamos confianza, es sólo que todavía no es tiempo…

            —No me importa, Gustav. Ustedes sabrán —respondió—. Bueno, creo que mejor iré a hacer mis deberes y tratar de sonsacarle la información —dijo con un gesto travieso.

            —Esto algún día se descontrolará —suspiró Gustav.

            —Ambas son leonas.

            —Lo sé. Bueno, yo igual me retiro. Tengo deberes.






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