Capítulo 11

En colaboración con Mariana Sánchez. 




A pesar de tener tiempo suficiente para los próximos exámenes, los profesores hacían el recordatorio a cada uno de sus alumnos. Debían comenzar a estudiar; varios estudiantes se quejaban de tener que cambiar su tiempo libre para sumergirse en las páginas de libros. Las clases eran tediosas y aburridas; debían aprenderse hechizos y fechas importantes, memorizar ingredientes de pociones y demás, todo con tal de aprobar. El tiempo que Amshel y Andrea compartían juntos era casi siempre divertido, aunque igual compartían momentos en donde se iban a la biblioteca a realizar los deberes. A veces pasaba tiempo con Mena, Gus, Keisi y Alexander, otros los pasaba con Gavin. Como resultado de esto, corrieron rumores que no le daban importancia. Algo en que tenía que agradecerle a Weasley era la paciencia que logró desarrollar; quizás por esa razón, ignoraba las habladurías que se daban en torno a ella.

            —Echo de menos esos días en el bosque —dijo Andy una vez mientras estaban estudiando en un aula vacía. 

            —Ya falta poco para las vacaciones, Green. No desesperes. 

            —¿No podríamos ir a dar una vuelta o algo? 

            —Sabes que aquí no puedo. 

            —Sería divertido —respondió con un largo suspiro, a veces para la castaña le resultaba tedioso estudiar, solía ser algo perezosa.

            —Y dime ¿qué tal van las cosas con Weasley y Rookwood?

            —Pues tú dímelo, tú lees los pensamientos ¿traman algo contra mí? 

            —Hasta el momento nada.

            —Qué bueno que me advertiste de su última broma, sino ahorita estaría llena de pelo —dicho eso ambos comenzaron a reír.

            Mena tenía mala espina sobre Santino, le intrigaba su comportamiento; era eso o no le agradaba que hablara demasiado con sus dos mejores amigos. Ya casi no pasaba tiempo con Gustav o Andrea, los tres estaban en el patio charlando animadamente y preguntándose qué era eso que los hacía reír demasiado. La pelirroja los observó y vislumbró una pequeña botellita de ¿poción? Sus amigos la observaban maravillados. Ellos eran sus amigos, tenía derecho de antigüedad. Conocía a Gus desde pequeño. No iba a permitir que ese tal Santino les hiciera daño o algo peor… Los pensamientos de paranoia se detuvieron cuando se imaginó a su mejor amigo, el chico más inteligente, ser hechizado por alguien. Quizás eran celos irracionales, aunque tampoco sentía que estaba para darle una oportunidad al niño Ravenclaw. 

           El verano estaba por llegar a los campos del castillo. El cielo y el lago eran del mismo azul claro, y en los invernaderos brotaron flores como repollos. Por las ventanas se veía a Hagrid cruzar el campo a grandes zancadas con el viejo Fang detrás; en el interior del castillo, los profesores insistían con los exámenes. En Encantamientos, la primera clase del día, a los diez minutos de haber empezado, el profesor Flitwick les recordó que los exámenes comenzarían el 1 de junio; a dos semanas de ello. ¿Qué había aprendido durante aquel curso? Se preguntaba distraídamente Andrea mientras garabateaba en su cuaderno. Lo único que le llegaba a la mente eran las veces que estuvo castigada. No le venía a la cabeza ni una sola cosa que pudiera resultar útil en un examen. Dio un largo suspiro mientras arrancaba un pedazo de pergamino, escribió en él y se lo pasó a Amshel, que en ese día se sentó a su lado.

Estoy aburrida. 

Presta atención a la teoría sino reprobarás.

Podemos practicar después. 

No me distraigas.

En verdad me aburro. :(

            —Green…

            —Santino…

        Durante el resto de la clase, mientras todos practicaban, la castaña se la pasó molestando a su amigo; quien se mostró paciente con ella. Al término de la clase, Andrea no pudo evitar seguir molestando a Amshel, hasta que llegó un punto en que lo fastidió.

            —Basta. Me molestaste toda la clase, eres como un remolino.

            —Llévame a volar.

            —Sabes que no puedo.

            —Por favor, ¿sí?

            —No puedo, estamos en el castillo y además debemos estudiar para los exámenes.

          —Una noche, por favor.

            —No.

            —Anda. 

            —¿Qué gana el vampiro a cambio? —preguntó a punto de ceder.

            —Mi felicidad. —Andrea puso una cara tierna y una sonrisa.

            —¡Osh! Los humanos y sus caprichos.

            —Me dijiste humana. —Afirmó dramáticamente.

            —Green…

            —Eres cruel.

          —¡Bien! —dijo en un tono alto—, te llevaré a volar —susurró—. Siempre y cuando te comportes y estudies.

            —Define cómo comportarme.

            —Qué dejes de fastidiarme con lo mismo.

            —Oh, lo consideraré.

            —Eres increíble, Andy Green.

            —Lo sé, Santino. Lo sé.

            Ambos acordaron verse más tarde, el niño la vería fuera de la sala común de los leones, además le pidió cautela a la hora de salir. La mayoría de sus amigos se encontraban tratando de estudiar. Andrea estaba recargada en sus libros; su mirada se perdía a las afueras, en los terrenos. 

            —¿A qué horas piensas estudiar? —preguntó Mena. Hizo a un lado sus apuntes. 

            —Luego.

            —¿Luego? ¿A qué horas? 

            —Cuando tenga ganas —dijo observando su reloj—. Tengo que irme, nos vemos luego —dicho esto salió bajo la atenta mirada de su amiga. Algo tramaba, y la conocía bastante bien para no darse cuenta. 



            Green y Santino llegaron a la cabaña de Hagrid; escucharon los leves ladridos de Fang. A pesar de estar viejo, todavía mantenía su alegría al ver a los pocos estudiantes que le caían bien. Trataron de pasar inadvertidos, la mayoría de los estudiantes se encontraban dentro estudiando o en sus respectivas salas comunes. Caminaron un poco; penetrándose en el bosque. Ambos encendieron la luz de la varita mágica, pero no era necesario gracias a las habilidades de Amshel. Duraron unos quince minutos, sin hablar y con el oído atento a los ruidos de ramas o el susurro de las hojas. Más adelante, cuando el bosque se volvió tan espeso que ya no se veían las estrellas del cielo y la única luz provenía de la varita, Amshel creyó prudente que podían sobrevolar los árboles. Dejó que Andrea se trepara en su espalda y así despegaron. 

            Dejaron que el frío viento golpeara sus rostros, se quedó atrás el colegio y los próximos exámenes. Tuvieron la suerte de ver un par de unicornios, no se toparon con ninguna otra criatura mágica ni terrorífica, y eso les alegró a ambos. Siguieron volando hasta que vislumbraron un pequeño lugar, algo lúgubre y solitario. Consideraron que sería seguro, además si se avecinaba algún peligro, Santino lo sabría. Redujo la velocidad y por fin aterrizó.

            —Guau, esto es… 

            —¿Hermoso? 

            —Sí ¿Cómo es posible que esto esté en el bosque prohibido?

        —Técnicamente se llama así por los peligros de las criaturas que representa para nosotros —explicó Santino.

            —¿Y eso que tiene que ver?

            —Que eso no significa que todo deba ser feo, Green. 

            —Tienes razón… Vayamos a ver.

            —No podemos… —No le agradaba esa idea, tenía habilidades increíbles, pero no estaba seguro estando en un lugar desconocido.

            —Ya estamos aquí. 

            Comenzaron a andar, no podían avanzar muy rápido porque había tocones y raíces de árboles en su ruta; apenas eran visibles en la oscuridad. Caminaron durante una media hora por lo menos. Las túnicas se les engancharon en las ramas y en las zarzas. Al cabo de un rato, el bosque se hizo más denso; los árboles eran más nuevos y frondosos, y a medida que el camino descendía, un pliegue de las lomas y de unos setos profundos de avellanas. Encontraron un arroyo de agua cristalina, con varias flores de color, que imaginaban se verían más hermosas con la luz del día; también con algunas otras extrañas plantas que no se atrevieron a tocar. 

        Vadearon el arroyo y salieron a un amplio espacio abierto, cubierto de juncos y sin árboles. Poco más allá, había otro cinturón de robles, olmos y fresnos. El suelo era llano y con poca melaza, pero los árboles estaban demasiado juntos y no permitían ver muy lejos. Unas ráfagas súbitas hicieron volar las hojas; era agradable sentir el soplo del viento. Quedaron fascinados por el paisaje, era su segundo lugar favorito, un lugar donde pudieran escapar. Salieron de aquel sitio y volaron de vuelta, localizaron la salida del bosque y trataron de rodear la cabaña de Hagrid. Pasado por los invernaderos y cerca del lago negro; entraron como si nada al castillo, sin haberse percatado que alguien los vio. 

            —Hola —saludó la castaña al entrar por el retrato. Mena estaba sentada frente a la chimenea.

            —¿Dónde estabas? —preguntó sin levantar la vista de las llamas.

            —Por ahí…

            —Haciendo ¿qué?

            —Estudiando —respondió con simpleza mientras tomaba asiento a su lado. 

            —¿Y puedo preguntar con quién? 

        —Con Amshel. —Tomó el Profeta que alguien dejó en el sillón—. Estuvo fastidiando con lo mismo, así que le hice caso —comentó mientras se perdía detrás del periódico.

            —Ya veo. 

            —¿Y tú? ¿Dónde te metiste toda la tarde?

            —Anduve repasando los temas con Gus.

            —¿Sabes dónde están los demás? 

            —Supongo que, en el Gran Comedor, estarán cenando o quizás dormidos, no lo sé.

            —Cierto, perdí la noción del tiempo. —Se levantó del sillón y luego se estiró dejando a un lado el Profeta—. Bueno, entonces iré a buscarlos y aprovecharé para comer algo; muero de hambre. ¿Vienes? 

            —No, estoy cansada. Me voy a dormir.

            —De acuerdo, que descanses. 

            Cuando iban a los invernaderos para la clase de Herbología, Mena no prestaba atención a de lo que hablaban Alexander y Keisi; mantuvo la vista en la botellita que sobresalía de su túnica. Aceleró el paso y a unos palmos de él, logró tomarla sin que nadie se diera cuenta. ¿Qué haría con ella? ¿La llevaría a su abuela? Amshel no se percató de nada, estaba tranquilamente con sus amigos a la espera que la profesora Sprout apareciera. No era un día tan caluroso, sin embargo, con el paso de la clase, comenzó a sentir la quemazón en su piel.

            ―¿Todo bien? ―preguntó Andrea al ver el semblante de su amigo.

            ―Sí, es sólo que estoy empezando a sentir mucho calor.

            ―Quizás es mejor que bebas la poción.

            ―Tienes razón. La beberé ya. ―El joven buscó entre las solapas de su túnica la botellita de la pócima―. ¡No está!

            ―¡¿Cómo que no está?!

            ―No la encuentro. 

            —Búscala bien, Santino. ―El chico rebuscó de nuevo en su túnica; al no encontrarla ahí, buscó en su mochila. Sacó los libros y pergaminos, pero no encontró nada.

            ―No hay nada.

            ―Quizás la dejaste en la torre. ―Apenas mencionó eso, el timbre dio por terminada la clase.

            Salieron apresurados; Amshel comenzaba a ponerse rojo. Gustav, desesperado, salió corriendo a la torre de Ravenclaw para hacer una búsqueda, Andrea no quiso quedarse a esperar, ella fue a la enfermería con la intención de preguntarle a Madame Pomfrey qué podía hacer. Debido a la exposición al sol dentro de los invernaderos, Amshel comenzó a llenarse de ampollas; por las manos, los brazos y la cara. Corrió a ocultarse entre las sombras para que nadie lo viera, pero debido al calor quedó desmayado a mitad de camino. 

        ―¡Santino! ―gritó Andrea al llegar a su lado. Ya había tomado un color bronceado, con un enorme esfuerzo lo arrastró a las sombras para tratar de reanimarlo. 

            ―Andy... 

            ―Eres un idiota, Santino. ¿Cómo se te ocurre no traer una botellita extra?

            ―Lo siento.

       ―¡Green! ―Para su asombro, la profesora McGonagall llegó a su lado. Con un rápido movimiento de varita hizo aparecer una camilla para llevárselo a la enfermería―. Vaya a su sala común.

            ―Pero profesora…

            ―Obedezca. 

            Gus no se detuvo para charlar con sus compañeros, entró a la sala común y subió rápidamente a los dormitorios. Buscó entre las cosas de Santino, en todos lados. Sin obtener resultado, de nuevo bajó a la sala esperanzado a que ahí la encontraría, pero nada. No sabía qué hacer, regresó de nuevo a los invernaderos. Al salir de clase, Mena corrió a la torre para averiguar de qué se trataba el contenido de la botella; era de un líquido plateado y brillante, e hipnotizante. No sabía cómo averiguaría el contenido de la pócima, y no podía pedirle ayuda a nadie, quizás a Alexander, que era bueno en pociones. Buscó entre la sala común, esperó que mágicamente alguien le dijera lo que necesitaba hacer, hasta que se detuvo en una revista de pociones junto con el Profeta. Llamó su atención el gran encabezado ¡VAMPIROS AL SOL! e iba acompañado por una foto, que casualmente, se parecía a la botellita que tenía en las manos. 

            Recientemente, y gracias a la investigación realizada por un grupo de medimagos calificados, se llevó un gran descubrimiento. Se realizó el vivificador, que ayudará a todos los vampiros y semivampiros a resistir la exposición del sol sin sufrir alteraciones en la piel. “Con este descubrimiento queremos ayudar a toda la comunidad vampírica a que puedan tener una vida normal” mencionó un mago implicado en la investigación. “No tendrán que ocultarse; los prejuicios quedaron en el pasado; siempre buscaremos mantener la cooperación y el respeto entre las criaturas y seres”. No se conocen los datos y efectos del suero, sin embargo, sabemos que actúa como protector solar, remitirá al mínimo los daños. El que la beba tendrá que hacerlo cada hora para que haga efecto y pueda resistir, de lo contrario los efectos serán dañinos e irreversibles. “Se tomó ese nombre porque significa revivir; a diferencia de los licántropos, la poción matalobos, no se puede matar a lo que ya está muerto”. El suero tiene una característica muy peculiar; si el líquido se expone a los rayos solares o al calor, se tornará de un color plateado mientras que en la oscuridad se tornará de un tono rojo carmesí. 

        Este descubrimiento se suma a la poción matalobos, que ayuda a las transformaciones de los hombres lobos y a reducir los efectos. Algunos ingredientes son realmente básicos y otros raros, pero la combinación ha dado buenos resultados.

        Mena dejó de leer; sacó de entre su túnica la botellita. El color del líquido cambió como mencionaba el artículo de la revista. Unió los puntos, las habilidades que tenía Santino eran naturales y no causadas por magia. La guardó de nuevo y salió corriendo a los terrenos, pero cambió de rumbo para dirigirse al gran comedor. Al saber lo que realmente era el contenido de la pócima, comenzó a sentir miedo.

            ―¡Gus! Qué bueno que te encuentro. ―En el camino se encontró con su amigo, él podría ayudarla.

            ―Tengo prisa, luego hablamos.

            ―Espera.

            ―¿Qué pasa?

            ―Yo… toma ―dijo, sin preámbulos sacando la botellita de su bolsillo.

            ―¿Es…?

            ―Lo siento. ―Gustav, furioso, se la arrebató de la mano―. No era mi intención, yo…

        ―Eres una paranoica. ―Sin esperar una respuesta, salió rumbo a los invernaderos seguido de ella―. ¡Andy! ¿Dónde está Amshel? 

            ―La profesora McGonagall se lo llevó a la enfermería.

            ―Tengo la pócima.

            ―¿Dónde estaba?

            ―Digamos que alguien la tenía.

            ―¿Qué rayos te sucede, McGonagall?

            ―Lo siento, en verdad no sabía…

            ―Vayamos a entregarle esto. ―Corrieron a la enfermería, Mena iba disculpándose.

        Apenas vieron a Madame Pomfrey, le entregaron la poción: de inmediato se la suministró a Amshel. Esperaron que tomara y él se recuperara. Guardaron silencio, cada uno sumido en su mente. Poco a poco los ojos de Santino se abrieron; lo primero que vio fue la cara de preocupación de sus amigos. 

            ―¿Cómo te sientes? 

            ―Me siento mucho mejor.

            ―¿Seguro? —Gustav no estaba convencido.

            ―Sí, con un delicioso aroma a pollo frito.

            ―Creo que delira.

            ―¿No entienden? Soy águila y casi me quemo por completo… o sea pollo frito. —Soltó una leve sonrisa por su chiste, pero a ninguno le pareció gracioso.

            ―Lo siento tanto, Amshel —susurró Mena, avergonzada por lo ocurrido.

            ―¿Por qué? —Fingió no saber nada, a pesar de que le leyó la mente. 

            ―Por… yo fui quien te quitó la poción… no sabía que era y… lo siento mucho. 

            Antes que alguien más dijera algo, la profesora McGonagall entró en la estancia; pasó su severa mirada por cada uno de los alumnos. 

            ―¿Qué pasó? —Gus volteo a ver a Mena para instar a contar lo sucedido.

        ―Yo… tenía la poción de Amshel, pero… —Antes de que dijera nada más, el niño la interrumpió.

            ―Ella la encontró. Se me habrá caído mientras iba a los invernaderos para la clase. —Andrea y Gustav se quedaron boquiabiertos—. Mena la encontró y amablemente me la entregó en este preciso momento. Si no fuera por ella, yo no estaría aquí.

    ―¿Es cierto, eso? —preguntó la profesora mirándola incrédulamente. La niña asintió silenciosamente—. De acuerdo, será mejor que no demoren tanto, el joven Santino debe descansar. 

            ―¿De verdad piensas solapar su tontería de la paranoica? —preguntó molesto Gustav cuando la directora salió.

            ―Tampoco es para que la metan en problemas.

            ―Casi mueres.

            ―Yo haría lo mismo si alguien llegara a intentar quitarme a mis amigos.

            ―Es suficiente. No soporto las boberías de uno, ni la idiotez del otro por perdonarla. —El chico, indignado, salió de ahí.

            ―¿Cómo se te ocurrió? ¿Acaso no te diste cuenta de lo que estabas ocasionando? —Poco a poco su voz fue elevándose.

            ―Basta ya, Green. Déjala en paz.

            ―¿Es en serio?

            ―Ya tuvo suficiente, ya escarmentó por este día.

            ―No puedo entenderlo. —También ella se fue molesta, los dejó en un silencio.

            ―¿Por qué lo hiciste? 

            ―Ya no importa, si tú quieres puedes hacer de cuenta que, lo que le dije a tu abuela, es lo que en verdad pasó.

            ―No, debería decirle la verdad y atenerme a las consecuencias. 

            ―Si de verdad quieres ser expulsada… porque, aunque haya sido un accidente o lo que pueda interpretarse, ése es el castigo y tú más que nadie sabe las reglas.

            ―Soy una tonta.

            ―Todos cometemos errores…

            ―Pensé que tenías hechizados a mis amigos. Los vi a Andy y a ti la otra noche, estaban volando. 

            ―Le dije que alguien nos vería —susurró entre dientes—. Bueno, ya la conoces, además que no dejaba de fastidiarme con lo mismo. 

            ―Te juzgue muy mal y por eso, Gus y ella están molestos conmigo. 

            ―Ya se les pasara. 

            ―En verdad, lo siento mucho. Tienen razón, soy una paranoica. 

            ―Sólo un poquito —dijo el niño con un gesto—, debes aprender a relajarte un poco, pero igual no pasó nada. —Amshel trató de calmarla, no tenía rencores y era inevitable que leyera sus pensamientos—. Deberías tratar de hablar con tus amigos, créeme que si te digo que no estaban tan enfadados como parecían.

            ―Quizás tengas razón. 

            ―Un poco… la poción me está dando somnolencia, deseo dormir un poco. 

            ―Te dejaré para que descanses. Y disculpa de nuevo.

            ―Con tanta disculpa me dará alergia. 

         Mena sabía qué hizo mal en juzgar a Santino, haber desconfiado de sus amigos no ayudaba mucho la situación. Debía disculparse con ellos, y primero lo haría con Andrea. Se dirigió al gran comedor, pero al final de la escalinata dobló a la izquierda; llegó a un amplio corredor de piedra, estaba iluminado con antorchas y decorado con alegres pinturas, la mayoría bodegones. Se detuvo enfrente de una gran pintura que representaba un gigantesco frutero de plata; alargó el índice y le hizo cosquillas a una enorme pera verde. Comenzó a retorcerse entre risitas y de repente se convirtió en un gran pomo verde. Mena lo accionó, abrió la puerta y echó un rápido vistazo a la sala enorme. El techo alto y grande, estaba lleno de montones de relucientes ollas de metal y sartenes colgadas a lo largo de los muros de piedra. En la cocina había, al menos, cien pequeños elfos que se inclinaban sonrientes; todos llevaban el mismo uniforme: un paño de cocina estampado con el blasón de Hogwarts y atado a modo de toga. 

            ―¿Le apetecería una taza de té a la señorita? 

            ―Sí, gracias. —Los elfos domésticos les dispensaron una cálida acogida, hicieron reverencias y se apresuraron a prepararle un té. Algunos otros elfos le llevaron una bandeja grande de plata, cargada con una tetera, un par de tazas y una lecherita junto con un plato de pastas. 

―¿Me podrían hacer un favor? —preguntó antes de que se retiraran. 

            ―El que guste, señorita.

            ―¿Me podrían proporcionar unos cuantos pastelitos?

            ―¿De chocolate, de fresa o nata?

            ―¿Podrían ser de los tres? 

        ―Claro, en un momentito se los traemos. —El elfo se inclinó y se apresuró para llevarle los pastelitos.

        Luego de un rato, cuando se dispuso a irse, los elfos se acercaron a fin de ofrecerle cosas para picar; decidió que sería buena idea llevar empanadillas. El otro elfo le llevó una enorme bandeja de plata con pastelitos; les dio las gracias mientras que hacían una reverencia. Después buscó a Andrea por todos lados y pensó que quizás la encontraría en la sala común. Y así fue, estaba tratando de estudiar. 

            ―Hola —saludó la pelirroja. Tomó asiento y observó a la castaña que no se inmutó al verla.

            ―Hola, Mena. —A pesar del ambiente aburrido que se respiraba, Alexander respondió muy alegre—. No te hemos visto en todo el día.

            ―Estuve algo ocupada.

            ―¿Qué traes en esa caja? 

            ―Pastelitos.

            ―¿Te los comerás todos? —exclamó Alexander sorprendido—, pensé que la única glotona era Andy.

            ―No, no son para mí.

        ―Pues ya nos dirás después, por ahora se nos está haciendo tarde para Defensa. —Los chicos tomaron sus respectivas mochilas, Alex y Keisi se adelantaron. Cuando Andy estaba por salir, Mena la detuvo.

            ―Lamento lo ocurrido, el haber desconfiado de ustedes. No tenía idea… yo… te traje algo —dijo, luego le entregó la caja.

            ―¿Piensas comprarme con comida? 

            ―¿Funcionó?

            ―Ay McGonagall… —suspiró rendida—, tengo que admitir que me conoces.

            ―Siento mucho lo de Amshel.

            ―Olvídalo, aunque no entiendo como no se dio cuenta.

            ―Los vi en el bosque prohibido

            ―En mi defensa, me encontraba aburrida…

            ―Con esto estamos a mano.

            ―Me parece bien, nadie supo ni vio nada —respondió Andrea, después tomó un pastelito y se lo metía a la boca—. Gus está algo más enfadado —continuó mientras se comía otro pastelito.

            ―Lo sé.

            ―Tendrás que hacer muchos méritos para que te perdone.

            Andrea tuvo razón; Gustav se encontraba enojado por lo ocurrido. Dejó de verse con Mena, y si alguno de sus amigos mencionaba el tema, los evadía. 

            ―Al parecer tendrás que comprarlo con algo.

            ―¿Cómo qué? 

            ―Yo sé qué. —Desde el pequeño percance de la poción, Amshel comenzó a pasar más tiempo con las niñas—. Quiere algo sobre varitas —le susurró al oído. 

            ―¡Me costará demasiados galeones! 

            ―Pues es eso, o en definitiva siga sin hablarte.

            ―¿Qué es lo que quiere? ¿Qué le vas a regalar, Mena? ¡Díganme!

            ―Tranquila, Green. Ya lo verás.

            Mena se resignó a tener que gastar sus galeones, porque Amshel tenía razón, o le daba ese regalo que tanto quería o se olvidaba de volver hablar con él. Su encargo llegó una semana después de haber hecho el pedido, lo envolvió en un papel de color azul y buscó a su amigo para darselo. Lo encontró en la biblioteca, estaba estudiando y preparándose para los próximos exámenes. 

            ―Hola. 

            ―¿Se te ofrece algo?

            ―Gus… no me gusta que estemos peleados. Sé que fui una paranoica y que no tenía derecho a dudar de ustedes ni de Santino y… te traje algo. 

            ―¿Qué cosa?

            ―Algo que querías.

           El chico tomó el paquete, pesaba demasiado. Se imaginó que era un libro; rasgó la envoltura azul con curiosidad. No estaba preparado para lo que recibiría. El corazón le dio un vuelco cuando quitó el papel.

            ―¿Esto es lo que creo que es? —preguntó anonadado. Mena obsequió un set de confección de varitas para principiantes, exclusivamente de la tienda especial de Egipto—. ¡No puedo creerlo!

            ―Pues créelo, además contiene una “Guía de últimos y novedosos núcleos mágicos para encantar tu varita”.

            ―No sé qué decir.

            ―Me basta con que me digas que me perdonaste. 

        ―Sí, sí, sí. Quedas absuelta de toda culpa —dijo distraídamente mientras comenzaba a inspeccionar el set.

            ―Creo que mejor te dejo con tu set de varitas —comentó aliviada, Gus tenía una enorme sonrisa en su rostro. 

            ―¿Cómo lo supiste…? Aaahhh sí, le leíste la mente.

            ―Lo vio en el Profeta y desde entonces no ha parado de pensar en el modo de cómo obtenerlo.

            ―Y yo que me conformé con comida.

        ―Bueno, Green; cualquiera que te conozca sabe que eres una glotona y que la comida es tu debilidad.

            ―¡Eso no es cierto! Al menos que sean pastelillos de chocolate.

            ―Eres un caso perdido.
    
            
            Las cosas volvieron a la normalidad; el regalo de Mena no sólo hizo feliz a Gustav, sino fastidioso; todo el tiempo se la pasó hablando de lo increíble que era, de los detalles que puede tener una varita. Hablaba de lo genial que sería poder confeccionar con otras maderas poco convencionales. Amshel cumplió parte del trato; llevó a volar a Andy por el bosque prohibido, y ahora ella debía cumplir y ponerse a estudiar para los exámenes que cada vez estaban más cerca. Aquel día, en la mesa de Gryffindor y durante el desayuno, repasaron sus apuntes. 

            ―Prefiero los exámenes. 

            ―¿Y de cuándo acá prefieres estudiar?

            ―Desde que escuché esa puntada de los Slytherin; de que ahora vamos a trabajar con ellos. —Se quejó Connor en voz alta. Fue inevitable que el grupito de los chicos hiciera a un lado sus apuntes para oír mejor—. Ya me imagino las clases de Defensa. Vamos a terminar todos en la enfermería.

            ―¿Quién te dijo eso?

            ―Lo oí. El profesor McMillan está dejando trabajos finales y en equipo con otras casas.

            ―¿Pero aplicará a nosotros?

        ―No lo sé, espero que no. Qué flojera trabajar con las serpientes. ―La voz del chico se fue perdiendo al pasar de largo. 

            ―¿Escuché bien? —preguntó Keisi sorprendida.

            ―Connor es un fanfarrón.

            ―Pues no sé, pero sonaba muy convencido.

           ―Yo no me veo trabajando en equipo con Slytherin —dijo Andrea. Vio la mesa de las serpientes—. Ni mucho menos con Weasley. 

            ―Gus tiene razón —respondió Mena—. Igual es puro cuento de Connor, le gusta ser el centro de atención.

            ―Pues me conformo con que nosotros no estemos en ese plan.

[***]

El silencio que debía reinar en el aula estalló en quejas; Mariana suspiró al escuchar los murmullos de sus amigos cuando el profesor McMillan sugirió un trabajo. Tendría el valor más alto sobre la calificación final.

            ―¡Silencio!

            ―Pero…

        ―He dicho que guarde silencio, señor Smith. ―El chico calló de inmediato―. Como iba diciendo, tendrán que realizar un bien elaborado trabajo de investigación. Contará con diez pergaminos, en donde incluirán imágenes hechas por ustedes. Y será sin magia. 

            ―¿No cree que son demasiados pergaminos?

        ―No lo harán solos, señorita Doreen. Contarán con un compañero. El trabajo se realizará en parejas y yo mismo las asignaré. ―El silencio que ya había reinado volvió a ser roto por los murmullos de los alumnos, inconformes por la idea―. La lista la pondré afuera de mi oficina hoy por la tarde; les sugiero que pasen a consultarla para iniciar su trabajo de inmediato. Ahora pueden salir.

            Cada uno fue saliendo del aula, sin entusiasmo por el gran trabajo que debían realizar. El grupo de los Slytherin iban a las mazmorras, indignados por no tener la oportunidad de escoger a sus compañeros. Ninguno tenía ganas de compartir tiempo de calidad con nadie que no fuera de su casa, y menos con los alumnos de la casa de Gryffindor.

            —Qué fastidioso es el profesor —habló, con cierta pesadez, Mariana.

            —Lo sé, en definitiva, es estúpido que nos mezclen con esos Gryffindors. Y para colmo tener que trabajar más de cerca con ellos. ¡Qué asco! —expresó Mark haciendo bolita el pergamino que les dio el profesor McMillan.

            —No sé por qué debemos compartir tantas clases con esos perdedores —masculló Holly.

            —Pretenden que nos llevemos bien —dijo Theo desde atrás, sólo Adam y Mariana se giraron para verlo.

        —Podría ser interesante —dijo Adam quitándole la bolita de papel de las manos a Mark, lo desdobló para poder leerlo.

         —No le veo nada interesante a esto. Además, es imposible. —La voz chillona de April se escuchó.

            —Sería difícil; no imposible —dijo Mariana pensando en alguna buena amistad con alguien de Gryffindor ¿Sería eso posible?—. Además —continuó—, sea con quien sea que te toque trabajar, deberás hacerlo.

            —No necesariamente —sugirió el chico. Pasó sus brazos por los hombros de Holly y Mariana. 

            —¿A qué te refieres? 

            —Bueno… —Comenzó sin dejar de sonreír burlonamente—, digamos que no pretendo mover, al menos un dedo, para esto, queridas.

            —Mark… no sé. —Mariana no estaba convencida. Retiró el brazo que él había puesto sobre sus hombros. 

            —¿Qué? —respondió como si nada. Puso de nuevo su brazo donde estaba un momento, la niña rodó los ojos, pero aún así él continuó—. Ya sabemos que para eso están.

            —Claro que lo sabemos, pero… ¡Por Morgana! Eres tú, Mark. Es obvio que no te saldrá bien eso que estás pensando hacer.

            —Te vas a meter en problemas —espetó Adam después de mantenerse un rato en silencio. A veces le molestaba esa actitud en sus compañeros de casa. 

            Los Slytherin llegaron a las mazmorras, de a poco fueron entrando luego de dar la contraseña. Al ver que April y Theo ya habían entrado, Mark se puso en la puerta impidiendoles el paso a sus tres amigos. 

            ―¿Ahora qué? —preguntó Holly de mala gana.

            ―Sólo les quiero decir cuál es la solución a todo esto.

            ―¿A qué te refieres? 

            ―No hay nada que no se pueda resolver con magia. 

        Quisieron preguntarle a Mark, pero Adam prefirió no hacerlo. Empujó a sus desconcertadas amigas para que entraran en la sala común, era obvio que la conversación sobre el tema de los compañeros de clases se daba por terminada. Pasaron el rato, cómodos en los sillones y les hubiera gustado mandar a uno de ellos para revisar las listas; el elegido sería Craig, pero solía ser bromista así que decidieron ir todos. La mayoría de sus compañeros se arremolinaron fuera de la oficina, esperaban la oportunidad para buscar su nombre. 

Lista de parejas para el trabajo de DCAO 

Kelly Doreen – Cristian Wood 

James Lovegood – Mark Wallock

Mariana Somender – Jessica Gonzalez 

Noa Smith – Adam Heather 

Craig Jayson – Alan Jerome

Amber Williams – Gina Fox

April Donovan – Eve Stevens 

Jenna Rubens – Vincent Pierce 

Theo Matthews – Troy Werner 

Pam Parker – Holly Rayner 

            ―¡No puedo creerlo! —exclamó Mark indignado—. Me tocó con el lunático de James Lovegood. —No estaba feliz por esa idea.

            ―Al menos a mí me tocó con Wood.

            ―¿En serio Kelly? 

            ―Se me hace guapo. 

            ―¿Y a ti, Mariana? —preguntó Adam; a él no le preocupaba en lo más mínimo quién fuera su pareja. 

            ―¿Quién es Jessica? ―Se adelantó Mark en preguntar. 

            ―No lo sé, pero tendré que trabajar con ella. 

        En ocasiones, Mariana no prestaba atención a sus compañeros; apenas sabía con quienes compartía clases. Nadie estuvo conforme con la decisión del profesor, sin embargo si querían aprobar, y no perder puntos por irresponsables e incumplidos, debían poner manos a la obra y realizar el trabajo. El profesor McMillan recibió bastantes quejas de los alumnos; no cedió ante el barullo y le bastó con restar puntos para que aprendieran a controlar su genio y tratarán de trabajar unidos.

            La niña Somender era de las pocas brujas que no tenía prejuicios sobre la sangre mágica, aunque no podía decir lo mismo de sus amigos. Creía que la intención del profesor era buena: crear convivencia sana. Lo único que sabía de su compañera era que pertenecía a Gryffindor; algunos decían que era hija de muggles. No tenía idea sobre ella, después notó que compartía más clases que sólo Defensa. Jessica era una niña tímida, en ocasiones, los profesores solían llamarle la atención; suponía que era por no saber demasiado sobre la magia. No podía dejar pasar más tiempo, así que al término de la clase de pociones hablaría con ella para ponerse de acuerdo y comenzar a realizar dicho trabajo. Casi siempre era una de las últimas en salir del aula.

            —Hola.

            —Hola —respondió tímidamente.

            —Eres Jessica ¿verdad?

            —Eeehhh… sí.

            —Bueno, no sé si ya viste, pero el profesor McMillan nos puso en parejas para hacer el trabajo.

            —Sí, ya lo había visto. —Jessica se ruborizó un poco—. Trataré de hacerlo yo, así no tendrás que hacer nada.

            ―¿Por qué te dejaría que lo hiciera sola?

            —Porque eres Slytherin —susurró. Un ligero rubor apareció en sus mejillas.

           —Porque soy… ¿qué? —La chica mantuvo, por unos instantes, la vista en su escudo de su túnica—. Si, pertenezco a Slytherin ¿eso qué tiene que ver? —dijo rodando los ojos. Imaginó el flujo de sus pensamientos. 

            —Ustedes están acostumbrados a que les hagan todo. 

        —Ustedes los leones y sus tontos complejos —exclamó exasperada—, siempre son tan espléndidos en todo. ―Jessica se mantuvo en silencio sin saber qué decir.

            —Quizás tienes cosas más importantes que hacer. 

            ―Yo quería hablar contigo sobre el trabajo, pero tienes razón. Tengo cosas más importantes que hacer —espetó furiosa. Guardó el pergamino que les dio el profesor, no quería ser grosera, pero le molestaba que, por ser parte de su casa, asumiera que era mala. Dio media vuelta y comenzó a caminar—. Cuando termines el trabajo me lo muestras —dijo antes de dejar a su compañera parada en medio del pasillo.

           Cuando llegó a la sala común, todavía se encontraba bastante molesta. No entendía cómo Jessica la había juzgado. ¿Cómo se atrevía? ¿Quién era ella para pensar de ese modo? Mariana pretendía ayudarla, pero quería hacer sola el trabajo; pues bien, dejaría que se ahogara sola. Después de cruzar la puerta y dirigirse al dormitorio, ella entró echando chispas; se tumbó en la cama e ignoró a quien estuviera ahí. 

            ―¿Todo bien? —preguntó Holly al verla entrar así.

            ―¿Por qué la pregunta? 

            ―Estas molesta ¿qué ocurrió? 

            ―Nada.

           ―Tienes una mirada de basilisco. —Ese comentario no le hizo gracia—. ¿Qué te pasa? —Volvió a preguntar Holly.

            ―¡Mi querida compañera! ¡eso pasa! 

            ―¿La Gryffindor? ¿Cómo se llamaba? ¿Pam? —dijo en un tono asqueado.

            ―Jessica… la tuya es la que se llama Pam.

            ―Oh, cierto. ¿Y qué hizo?

            ―Fui a hablar con ella sobre el trabajo. Ya sabes, para ponernos de acuerdo y esas cosas y lo único que hizo fue decirme, más asustada que un ratón, que haría el trabajo porque no quería morir mientras trabajábamos juntas —explotó de pronto Mariana—. Ni siquiera me dio el beneficio de la duda, digo… ¿quién se cree que es? Yo tampoco la conozco y aún así estaba dispuesta a ayudarla. Yo no la quite del camino por ser una Gryffindor y, además, una hija de muggles. 

        ―Una hija de asquerosos muggles. —La corrigió Holly—. No sé por qué te sorprende, si ya sabemos que nada bueno, o agradable, puede salir de esos leones —dijo mientras se sentaba en la cama de Mariana y ponía una mano en su espalda. 

            ―Supongo que tienes razón. Pero ¿en verdad cree que por qué pertenezco a Slytherin la mataría o torturaría?

            ―La verdadera pregunta aquí es ¿tú que harás? —preguntó Holly, conteniendo la risa. 

            ―Ella quería hacer el trabajo sola, pues lo hará.

            ―Supongo que la matarías si no apruebas.

            ―Obviamente. 

            ―No esperaba menos de ti.

            Todavía le quedaban exámenes y debía estudiar, casi no salía de la biblioteca; cuando pasó por uno de los pasillos, se encontró con Jessica. Se acercó para observar cómo trabajaba, tal cual un elfo doméstico, en lo que debía ser el trabajo para el profesor McMillan. La chica no lucía para nada bien, al contrario, se mostraba cansada y unas ojeras se asomaban debajo de sus ojos. Mariana tenía una batalla interna entre ayudar o no; por un lado, seguía molesta por aquel comentario respecto a su casa, pero por el otro… no podía ser mala, no al menos por ello. Se acercó más a la mesa y alcanzó a ver el pergamino que les dejó el profesor. Eran los requisitos de dicho trabajo. Se podía leer lo siguiente: 

Introducción a la Defensa Contra las Artes Oscuras

•Defina con sus propias palabras lo que es la Defensa Contra las Artes Oscuras.

-Especifique cómo están formadas tanto las artes oscuras y su defensa.

-En qué se dividen dichas artes.

•Defina la palabra hechizo y conjuro.

-Mencione al menos tres hechizos, cuáles son sus características (movimiento, descripción y efecto).

-Realice un dibujo de dicho hechizo.

            A lado del pergamino pudo ver otro con la descripción del primer tema; al parecer estaba bien detallado, sin embargo, tendría que revisarlo para poder saber si estaba bien. Con un suspiro se acercó a la mesa y tomó esos pergaminos y comenzó a leer para saber si no le faltaba información. 

Entenderemos la Defensa Contra las Artes Oscuras como el conjunto de actuaciones en las que podremos utilizar hechizos, objetos o estrategias para defendernos de lo que llamaremos, Artes Oscuras. Estas están formadas por aquellas criaturas, maleficios, maldiciones, objetos, etc. Resumiendo, todo aquello que pretenda perjudicarnos o tenga algún efecto negativo para nosotros y para nuestra salud.

Actos mágicos:

Son todos los hechizos, y son clasificados según su naturaleza.

Clases: Hechizos, encantamientos, transformaciones, maleficios, maldiciones e invocaciones.

-Encantamientos: Aplicar la magia en un objeto o persona con el fin de añadir propiedades, tienen que ser usados siempre sobre algún objeto.

-Transformación: Es un hechizo que tiene la finalidad de cambiar el aspecto y la composición química temporal de un objeto o persona.

            Detuvo la lectura; hasta ese momento todo iba bien y le sorprendió ver lo casi completa que estaba la información, pero todavía le faltaban algunas cosas. Sacó su pluma y un tintero, y un libro que sacó días antes de la biblioteca para obtener mayor información y comenzó a escribir. 

-Maleficios: Son encantamientos ya que deben aplicarse siempre a algo, pero tienen una connotación negativa en esas propiedades que añade.

-Maldiciones: Son igual que los maleficios, pero los efectos que provocan son más fuertes y peligrosos, pueden ir desde parálisis hasta la muerte.

-Invocación: Es un hechizo capaz de llevar a la realidad algún tipo de dibujo mental.

-Hechizo: Son llamados así vulgarmente a toda acción mágica con la varita, pero hechizo tiene también otra definición que es la de Aplicar la magia a nada para conseguir algo.

Los Hechizos tienen dos partes:

*Movimiento: Es la acción que permite que el flujo mágico se mueva desde tu núcleo interno, hasta el núcleo de la varita, esperando al conjuro para ser materializado.

*Conjuro: Es la palabra que usamos para que el acto mágico se materialice. Dentro de unos años, descubriremos que esta parte no siempre es necesaria.

            La magia es una energía que fluye entre lo que se denominan núcleos esenciales. Los núcleos esenciales son donde residen los entes alquímicos, y la combinación de estos, da lugar a las esencias. Se trata de un flujo que va entre esos núcleos y se canaliza a través de nuestra varita, que es un artefacto que nos ayuda a controlar la magia. Sin usar la varita, la magia saldría de nosotros cada vez que nos sintiéramos alterados emocionalmente o cada vez que quisiéramos que saliera, pero no podríamos controlarla. Toda clase de actos mágicos son pedacitos de este flujo de magia, que lo que hacen es adherirse a la esencia de esa cosa y obligan a esta a que cambie.

            Mariana terminó de escribir lo necesario, no se percató que tenía puesta la mirada de Jessica sobre ella. En sus ojos se reflejaba la interrogante de qué hacía ella ahí; al verla dejó de escribir sin atreverse a decir algo por miedo a recibir una respuesta nada buena.

            —¿Qué? —preguntó al darse cuenta que la estaba viendo—. Creo que te hicieron falta algunos detalles, pero termino esto. Tú continúa con lo que estabas escribiendo y… —Se detuvo un momento para observar los demás pergaminos—, haz la letra más bonita.

            —Ahora lo hago. 

            —No quiero ser grosera, sólo es una observación. 

            Mariana siguió revisando y haciendo algunas correcciones; al final pudo notar que le faltaban los dibujos, aunque ella no era buena en eso, lo intentaría. Leyó la información y se dispuso a recrear el movimiento de varita que pedía el hechizo y un ejemplo de ello. El primero era sobre el hechizo petrificus totalus; escribió los detalles de este: 

Hechizo: Petrificus Totalus.

Movimiento: Mantener rígida la varita.

Tipo: Maldición de inmovilización total.

Descripción: Extiende un flujo de magia por toda la superficie del cuerpo haciendo que se paralice toda la superficie del cuerpo, el interior seguiría funcionando.

Efecto: Paraliza dos turnos totalmente al oponente.

            Hizo una pasable imitación del efecto del hechizo, no podía presumir que era buena dibujando, pero era lo que estaba pidiendo en las instrucciones. Todavía le faltaban cuatro hechizos más: Locomotor mortis, Rictusempra, Tarantella y Flippendo. Describió el movimiento de cada uno y los efectos que conllevaba; de igual modo el contra hechizo. Ambas trabajaban en silencio, sólo se escuchaba el rasgueo de la pluma; pasaron casi toda la tarde terminando el trabajo hasta que era hora de que la Señora Pince cerrara la biblioteca.

            ―¿Sabes qué? Terminaré esto en la sala común —dijo Mariana señalando con la cabeza los pergaminos que tenía en los brazos.

            ―De acuerdo, haré lo mismo. 

            ―Necesitamos terminar esto para hoy, no mañana ¿entendido?

            ―Entendido. 

            ―Nos vemos después, Gryffindor. —Decirle de esa forma estaba de más, pero no podía olvidar los prejuicios de Jessica sobre su casa. Si tanto le importaba a su compañera la distinción de las casas, Mariana se encargaría de que así fuera.

            Jessica llegó a la torre de Gryffindor cargando un montón de libros y pergaminos, que no la hacían ver por dónde iba; sabía que ya estaba cerca del retrato de la Dama Gorda, y cuando estaba a punto de darle la contraseña, alguien que iba saliendo chocó con ella haciéndole perder el equilibrio y cayendo con todas las cosas.

            ―Uy, lo siento. —Se disculpó la chica, que terminó siendo Andrea. 

            ―No te preocupes —respondió irritada. Comenzó a recoger sus cosas.

            ―Supongo que ibas a entrar en la sala, ¿no? ―Jessica asintió―. Lo siento, es que iba al Gran Comedor a cenar… al parecer iba algo rápido y sin fijarme. Te ayudo a meter todo.

            ―Gracias.

            Ambas entraron a la sala común, una cargaba los libros y la otra los pergaminos; entre uno de ellos, la castaña alcanzó a leer el título que llevaba.

            ―¿Es cierto que el profesor MacMillan les dejó un trabajo en parejas con alguien que no fuera de su casa?

            ―Sí, así es

            ―¿Puedo preguntar con qué casa te tocó?

            ―Con una chica de Slytherin. —Al mencionarlo, un ligero rubor subió a sus mejillas. No pensó que su compañera la fuera a ayudar con el trabajo. Se sentía mal por juzgarla de inmediato.

            ―Perdona mi curiosidad, sé que es raro y siendo honesta, no me imagino trabajando con ellos —comentó mientras depositaba los libros en una mesa junto al fuego—. Y menos Weasley —dijo pensativa—. ¿Qué se siente?

            ―Pues…

            ―Depende con quien te haya tocado —respondió alguien más que no era Jessica.

            ―¿A qué te refieres, Cris?

            ―Te diré que mi compañera no es tan mala después de todo.

            ―¿Quién es?

            ―Kelly Doreen.

            ―Ni idea quien sea —respondió Andrea alzando los hombros, en ningún momento dejaron que Jessica hablara, ella los observaba con atención.

            ―Al menos está haciendo su parte del trabajo. —Esto último lo dijo el chico con una sonrisa tonta.

            ―Bueno, espero que les vaya bien a ambos en su trabajo. —La castaña se despidió de ambos, dejándolos solos.

            ―A ti ¿quién te tocó? —preguntó Cristian a su compañera.

            ―Mariana Somender.

            ―¿Aquella chica que siempre está con el idiota de Wallock? —Ella no conocía mucho a sus compañeros de clase―. Se me hace mucha belleza para que se junte con un tipo así —mencionó como si nada—, pero así son las serpientes, aunque creí que era más inteligente.

            —¿Qué es todo eso? —preguntó Adam al ver a su amiga entrar por la sala común y con un montón de pergaminos.

            —El trabajo de defensa; debo terminarlo —dijo Mariana mientras dejaba el material en la mesa de centro.

            —¿Qué? —reclamó Holly—. Creí que dejarías que tu compañera terminara sola.

            —¿Por qué siento que no sé de qué hablamos? —Adam no estaba enterado de la situación. Miró a sus dos amigas y al ver que ninguna tenía la intención de hablar, volvió a insistir—. ¿Y bien? —expresó. Hizo énfasis en lo último.

            —Es una larga historia —dijo Mariana. Ella le hubiera contado todo si no estuviera tan ocupada, así que se dispuso a terminar el trabajo.

            —¿Holly? 

            —¡Bien! ¡Agh! Te lo contaré yo, sólo por esta ocasión y porque Somender está más atareada que un elfo doméstico. —La niña al oírla, la miró mal, pero en ningún momento dejó de dibujar—. La Gryffindor, la compañera de Mariana, no quería trabajar en pareja con ella porque tenía miedo de recibir la maldición cruciatus; por si se equivocaba con la información. Al parecer los Slytherins no somos los únicos con prejuicios. 

            —¿Y?

            —¡¿Y?! —respondió irritada—, creo que te imaginarás lo que pasó, aunque no entiendo por qué lo está terminando ella.

            —No… no la dejaste en la enfermería ¿o sí, Mariana? —Adam estaba incrédulo por la situación—. O peor… ¿está destrozada en su sala común?

       ―¡¿Qué?! ¡No! Claro que no ¿cómo puedes pensar eso? —No paró de reír ante semejante comentario.

            ―Entonces, ¿por qué estás haciéndolo tú, si ella no está en coma o lloriqueando por ahí?

            ―Digamos que a las dos nos interesa que esto salga bien —respondió concentrada—. Un momento… ¿qué tipo de persona crees que soy para dañar a mi compañera? 

            ―No es un secreto que tengas un carácter, ya sabes… —Trató de componer la situación sin salir afectado; algo nervioso continuo—, pero aún así te amamos y estamos muy orgullosos de nuestra pequeña, tan madura, tan generosa, tan inteligente, tan… ―Miró a Holly. 

            ―Adam, querido. ¿No tendrías que estar terminando tu trabajo en lugar de estar diciendo estupideces? —Mariana lo miró fastidiada, quería mucho a su amigo, pero no soportaba cuando se ponía la soga en el cuello él solo.

            ―Cierto. Es mejor que lo termine cuanto antes. —Sonrió—, me alegra que hayas hecho lo correcto a pesar de ese humor de perros. —Ella enarcó una ceja y lo miró—, me retiro. —Acomodó su túnica y antes de irse, revolvió el cabello de Holly, quien se molestó; después le dio un beso en la frente a Mariana, y finalmente se fue a su dormitorio. 

            Mark escuchó atentamente la conversación de sus amigos; se preguntó cómo le estaba yendo al lunático de Lovegood. No le costó convencerlo de que hiciera el trabajo solo y sin necesidad de utilizar magia. Todavía era temprano y la mayoría de los estudiantes se encontraba cenando en el gran comedor, así que sería el momento idóneo para que le aclarara ciertos puntos a su compañero. Salió de las mazmorras sin que nadie se diera cuenta, iba repasando lo que planeaba decirle, debía ser más convincente al hablar con él.

            ―¡Ey, Vincent! —gritó al ver a amigo, quien era robusto y podía servirle de mucho.

            ―¿Qué pasa, Mark? Voy a cenar —dijo señalando las puertas de roble.

            ―Eso puede esperar. Necesito que me acompañes a hacer algo.

            ―¿A dónde? —preguntó toscamente y de mal humor.

            ―Digamos que es una visita a un compañero de estudio.

            ―¿No lo puedes hacer tú?

            ―Vamos, Vincent. Aprenderás de esto.

            ―¡Maldición, Wallock! Espero que valga la pena.

            ―Lo valdrá —El chico dio un vistazo al gran comedor. 

        No pudo pasar desapercibida la melena rubia de los Lovegood, pero era claro que James no se encontraba cenando. Se recargo en la pared, a lado de las puertas, esperó mientras, Vincent comenzaba a impacientarse, pero su espera no duró tanto.

            ―Qué bueno que te encuentro, Lovegood —habló tranquilamente, Mark—. Verás, he estado algo preocupado por el trabajo de McMillan.

            ―¿Por qué?

            ―No sé, quizás porque lo estás haciendo tú.

            ―No entiendo.

            ―Necesito revisarlo. Me preocupa que tu locura manche mi buen renombre.

          ―El profesor está de acuerdo en que seamos creativos. —En este punto, Vincent entró en acción. Lo tomó por las solapas de la túnica y lo alzó unos centímetros del suelo

            ―Óyeme bien, Lunático. —Tomó su varita y tocó su rostro con ella—, más te vale que hagas bien las cosas. No quiero que el trabajo esté lleno de tonterías y locuras como las que acostumbra tu familia, ¿me entendiste?

            ―Pero…

            ―¿Entendiste? —La voz de Vincent se escuchaba amenazante.

            ―Sí. 

        ―Bien —dijo arreglándose la túnica luego de que Vincent lo bajara—, siéntete afortunado. Confiaré en ti por esta vez, pero si cometes un paso en falso, te las verás conmigo.

        Todos los estudiantes de la clase del profesor McMillan tuvieron que hacer a un lado las diferencias e ignorar los colores de sus casas, no se podían permitir tener una mala nota. Los de primero se encontraban en la biblioteca, les gustara o no, debieron tomar en consideración la opinión del otro y ese lugar era idóneo para poder trabajar. Para que el profesor tuviera la oportunidad de evaluarlos correctamente, les pidió a los alumnos que entregaran el trabajo unos días antes de la clase, para que él tuviera las notas a tiempo y pudieran resolver cualquier duda o queja. Antes de entregar el suyo, Mariana lo revisó por última vez; al estar ambas de acuerdo, lo entregó. Ella y Adam fueron juntos a entregarlo a la oficina del profesor; eran varios los que estaban ahí. Vieron pasar a Lovegood y no se extrañaron que el rubio estuviera solo. El día de la clase, todos se encontraban nerviosos; el único que se mostraba relajado y sereno era Mark, en su rostro reflejaba un exceso de confianza.

            ―Buenos días —saludó el profesor McMillan—, ya tengo sus notas —dijo al mostrar el montón de pergaminos—. Les voy a pedir que se sienten con su respectivo compañero. 
    
            Se hizo un revuelo mientras cada uno se levantaba de su asiento. Mariana se levantó y fue hacia donde se encontraba Jessica; delante suyo estaba Kelly junto con el chico Wood. A dos asientos más estaba Holly, y Adam se encontraba a su lado. Mark, él no se movió, estaba al fondo del aula.

            ―¡Perfecto! —exclamó feliz el profesor—, antes de comenzar quiero saber que tal les pareció trabajar con alguien que no fuera de su casa. ¿Alguien quiere compartir su experiencia? —Esperaba que cada uno hablara ordenadamente, pero el descontento todavía estaba latente; todos comenzaron a hablar a la vez.

            ―A mí me encantó trabajar con una estrella de quidditch. —Escuchó Mariana. Lo decía Kelly y observó cómo le tomaba la mano; él sonreía arrogante. La chica rodó los ojos, su amiga Holly fingió vomitar. 

            ―¡Silencio! —Ordenó el profesor—, pasaré a sus lugares a entregarles sus notas.

            Poco a poco los alumnos recibieron sus trabajos con la nota dada por el profesor, y con algunas anotaciones en ellas. Primero empezó con la pareja de Cristian y Kelly; al parecer lograron un aceptable. Luego fue el turno de Mariana y Jessica, a pesar de las cosas, ella estaba segura que les iría bien.

            ―Quiero felicitarlas a ambas. Hicieron un excelente trabajo de investigación y por lo que noté, son un buen equipo. Felicitaciones. —Les entregó los pergaminos, donde se veía mostrando un extraordinario.

            Ninguna dijo nada, no esperaron esa nota tan alta. Adam y su compañero, y al igual que Holly, lograron un supera las expectativas, pero la sorpresa se la llevó Mark.

            ―¡¿Insatisfactorio?! —gritó enfurecido al ver la nota—. ¿Cómo puede ser posible?

            ―Señor Wallock, su trabajo carece de información. Es evidente que no investigaron, aunque sus ilustraciones fueron rescatables.

            ―No puede hacerme esto.

            ―Agradezca que no fue una de o en todo caso, una te. 

            ―¡Maldita sea, Lovegood! —Rechinó entre dientes mientras lo veía y repasaba los pergaminos.

            ―En general, la mayoría hizo un buen trabajo —comenzó el profesor MacMillan—, claro que hubo excepciones. —Por unos instantes su mirada se detuvo en la pareja de Mark y James—. Quiero felicitarlos por su buen compañerismo. No olviden estudiar para el examen. Ahora pueden retirarse 

            Cada uno salió, pero algunos que no estaban de acuerdo con la nota obtenida, se acercaron al escritorio del profesor. Mark estaba que echaba chispas; no sirvió de nada si quiera acercarse a replicar. 

            ―Me las va a pagar ese lunático.

        ―No quiero decir te lo dije, pero te lo dije. —Holly no desaprovecharía la oportunidad de burlarse de que el gran Mark Wallock se equivocó. 

            ―¡Cállate! No estoy de humor para oírte.

            ―Por cierto... felicidades. —Adam pasó un brazo por los hombros de Mariana—, no pensé que te fuera a ir tan bien.

            ―Y tú que pensabas asesinar a la chica leona.

            ―Sólo fue un buen trabajo en equipo.

            ―Yo que tú, tendría cuidado.

            ―¿Por qué? 

            ―No se te vaya a pegar eso de tomar leche y sacar las garritas. —Holly estalló en carcajadas con su propio chiste, pero Mariana pensaba que quizás sí podrían llevarse bien; no le veía nada de malo ser amiga de un Gryffindor. 

            Quizás era posible, al final todo podía pasar, aunque no se imaginaba ser amiga de alguien que perteneciera a esa casa. Pero tampoco se negaba a esa posibilidad, sólo el tiempo lo diría. 






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