Capítulo 12

En colaboración con Mariana Sánchez.



Durante las vacaciones de Pascua, los de segundo tuvieron algo nuevo en qué pensar. Había llegado el momento de elegir optativas para el curso siguiente, por lo que cada uno revisó, muy detenidamente, las opciones. 

            —Deben pensar bien, ya que podría afectar su futuro —dijo Gustav a sus amigos, mientras revisaban la lista de las nuevas materias.

            —Lo único que me encantaría es una asignatura sin los Slytherins, eso me haría muy feliz —expresó Andrea al observar la lista.

            —Sabemos que eso es imposible. 

        —Soñar no cuesta nada —Se sentía confundida y preocupada; leyó la lista de las materias. Descartó Aritmancia; le iba a ser complicado.

            —¿En serio estás considerando tomar Estudios? 

            —Así no tendría que esforzarme mucho.

            —Pero tendrías que asistir a clases, escuchar sobre lo que ya sabes. ¿No crees que sería aburrido y luego tedioso?

            —No… 
    
            —Puedes tomar Runas Antiguas.

            —Me resulta interesante, no lo voy a negar. 

        —Sin embargo, Mena también la tomará y sabes como es. No te dejará tranquila en ningún momento.

            —No me ayudes, Gus.

            —Te estoy enseñando tus posibilidades.

            —Esto, sin duda, es un dilema.

            —Pues depende de adónde quieras llegar, Andy. Escoge aquello para lo que valgas, para lo que eres buena.

            Lo único que se le daba bien era el quidditch y meterse en problemas con los Slytherin. No creía que eso fuera algo digno de enorgullecerse. 

            —¿Y tú cuales tomarás?

            —Todas, menos Estudios Muggles.

            —¿En serio? 

            —Esa asignatura se me hace innecesaria. Mientras que Adivinación podrías ser útil.

            Andrea terminó eligiendo las que consideró útiles; desde la guerra, y aunque el mundo mágico estuviera en paz, le llamaba la atención la carrera de auror. Quizás podría ser uno. Los exámenes finales concluyeron y crecía la expectativa sobre la final de quidditch. A Gryffindor le tocaba jugar el siguiente partido contra Ravenclaw. Gavin los machacaba con entrenamientos cada noche después de cenar, de forma que Mena y ella llegaban exhaustas a la sala común. El sábado, la castaña se despertó temprano; comenzaba a sentirse nerviosa, sería la primera vez que se enfrentaba a su amigo Gustav. Después de estar tumbada media hora con las tripas revueltas, se levantó, se vistió y bajó a desayunar. Hacía un día espléndido con un sol intenso y una brisa ligera y refrescante, el resto del equipo todavía no bajaba, sólo se encontraba Sasha, Taylor y su capitán.

        —¡Perfectas condiciones para jugar quidditch! —dijo Gavin a los de la mesa de Gryffindor— ¡Andy! ¡levanta el ánimo, necesitas un buen desayuno!

        No tenía hambre, pero debía serenarse y estar tranquila para poder jugar. Mientras engullía el desayuno, Mena tomó asiento; tampoco se notaba para bien. Sin embargo, al igual que ella, trató de serenarse y concentrarse en el partido. Alexander y Keisi se sentaron enfrente de ellas, llevaban bufandas y escarapelas de color rojo y dorado.

            —¿Cómo se encuentran?

            —Nerviosas.

            —Ya no sé si quiero hacer esto —dijo Andrea. Respiró lentamente para tranquilizarse.

        —No digas tonterías, Andy —respondió Alex regalándole una sonrisa—, eres una excelente guardiana.

            —Y Mena una excelente cazadora —Coincidió Keisi, también con una sonrisa para ambas. 

            —Sí, pero…

            —Cuando terminen de desayunar —Interrumpió Gavin—. Pueden ir directamente al terreno de juego. Comprobaremos las condiciones del campo y nos cambiaremos.

            —Iremos enseguida.

            —Buena suerte, chicas. —Alexander se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla, y luego le regaló de nuevo una sonrisa. 

            Andrea quedó aturdida por ese gesto, pero lo agradeció internamente. Quizás podría ser un augurio de buena suerte para ese día. Cuando las chicas llegaron, Gavin ya se había cambiado y estaba hablando con el resto del equipo; se pusieron sus túnicas y luego tomaron asiento para escuchar la charla previa al partido.

            —Es nuestra oportunidad de ganar la copa —dijo paseándose con paso firme delante de ellos—. Contamos con… el… mejor… equipo… de este… colegio —añadió golpeándose la palma de una mano con el puño de la otra.

            —Lo vamos a conseguir —dijo Sasha contagiado de seguridad. 

            —Por supuesto.

            —Esa copa tendrá nuestro nombre —corroboró Andrea. 

            —El león rugirá.

            —¡Ha llegado el momento! ¡Ánimo, chicos! Buena suerte. 

          Los miembros del equipo se levantaron, se cargaron las escobas al hombro y salieron del vestidor entre el rugido de la multitud. Tres cuartas partes de los espectadores llevaban escarapelas rojas, agitaban banderas rojas con el león de Gryffindor o enarbolaban pancartas con consignas como: ¡Ánimo Gryffindor! y ¡La copa para los leones!, pero los Ravenclaws no se quedaron atrás. El águila de bronce brillaba en sus banderas.

            —Y aquí llegan los de Gryffindor —comentó Terry Jordan—. Green, Werner, Darrell, Douglas, Brooks, McGonagall y capitaneados por Harrison. —Los comentarios fueron bien recibidos por la muchedumbre roja—, y ahora entra en el terreno de juego, el equipo de Ravenclaw: Jason, Flitwick, Max, Chamber, Daves, Belby, capitaneados por Stretton.

            Andrea despegó para hacer un vuelo de calentamiento alrededor de los postes; la señora Hooch sacó las pelotas. Ravenclaw, que jugaba de color azul, se reunió para repasar la táctica en el último minuto.

            —¡Capitanes, dense la mano! —Harrison y Stretton se aproximaron y estrecharon la mano—. ¡Monten en sus escobas! —Se puso el silbato en la boca y pitó al mismo tiempo que se levantaban en el aire catorce escobas. La castaña salió como un rayo hacia los aros de gol.

        —Y Ravenclaw tiene la quaffle, Belby se dirige a la meta de Gryffindor. Belby va bien encaminado. Harrison intercepta la quaffle. ¡ZAS! Buen trabajo con la bludger por parte de Flitwick. Harrison deja caer la quaffle, la coge Davies y Ravenclaw vuelve a tenerla. Un bonito quiebre a Brooks... ¡Y…! PARADÓN DE GREEN.

            »Y Brooks con la quaffle… esquiva a Stretton, lo ha superado, ¡ay! La bludger de Max ha golpeado a Kelly por detrás… Belby atrapa la quaffle, se la pasa a su compañero Davies, quien sube de nuevo por el campo; y una buena bludger de Werner le ha dado de lleno en la cabeza a Belby. Suelta la pelota, la atrapa McGonagall de Gryffindor, le hace un pase hacia atrás a su capitán Harrison y sale disparado. Regatea el capitán Stretton, esquiva una bludger, te has salvado por un pelito Brooks y el público está entusiasmado.

            »Y Gryffindor vuelve a tener la quaffle, porque McGonagall la ha recogido y Davies va a su lado. ¡Oh no! ¡Davies lleva la quaffle, va volando a la meta de Gryffindor! ¡Ahora, Green! ¡Parala!

            Pero por más que Andrea se estiró, no logró llegar y Davies marcó; hubo una ovación por parte del público de Ravenclaw, que gritaba con euforia.

            —…¡Y Harrison vuelve a pasársela a su compañera McGonagall! Hace un bonito quiebre —gritó Terry Jordan—. ¡Vamos, Mena! Ya sólo tiene que superar al guardián…LANZA Y ¡¡¡AAAYYY!!!

            Jason, el guardián de Ravenclaw, había parado la pelota; luego lanzó la quaffle a Belby. Quien salió como un rayo con ella, zigzagueando entre Gavin y Kelly. Andrea estaba suspendida ante los tres aros de gol, el corpulento Belby iba como un bólido a ella.

            —Belby tiene la quaffle, va hacia la portería, está fuera del alcance de las bludgers y sólo tiene al guardián delante… —Pero un grito colectivo de alegría surgió de la zona de las águilas. Andrea se lanzó a la desesperada, con los brazos en alto, y la quaffle pasó volando entre ellos y había entrado limpiamente por el aro central de la portería de la castaña—. ¡Ravenclaw ha marcado! —Sonó la voz del comentarista entre los vítores y los silbidos del público—, veinte a cero para las águilas.

            McGonagall consiguió que la puntuación quedara en veinte a diez a favor de Ravenclaw, pero Davies marcó un tercer tanto, lo que ocasionó que el equipo de los leones se volviera de un modo más ofensivo con tal de empatar el encuentro.

            —Belby ha vuelto a regatear a Brooks y se dirige a los postes de gol… ¡Parala, Green!

            Hubo un terrible gemido de decepción en el extremo del campo de Ravenclaw, acompañado de gritos y aplausos de los Gryffindor. Después de muchas idas y venidas, y algunas buenas jugadas por parte de ambos equipos, Stretton marcó. Momentos después, Werner lanzaba a Belby una bludger, quitándole la quaffle de las manos, Brooks la cogió y volvió a marcar quedando cuarenta a veinte. 

            —Daves se la lanza a Stretton, quien a su vez se la lanza a Belby, pero de inmediato se la devuelve a su capitán, parece que están haciendo una jugada ¿Será que no sorprenderán con otra jugada como el aletazo de águila?, pero Harrison no se queda a esperarla, interviene y atrapa la quaffle, se la pasa a Brooks, buena pasada, no, mala: recibe el impacto de una bludger de Flitwick de Ravenclaw y Stretton vuelve a estar en posesión… ¡HA MARCADO! ¡HA MARCADO! ¡Ravenclaw en cabeza por cincuenta a veinte! 

            En todo el partido casi no se había visto la snitch, pero Douglas, el buscador de Gryffindor, bajó a toda velocidad con una expresión de triunfo en su rostro, entre menos ventaja tuviera Ravenclaw más posibilidades de ganar tenían. Ahí, a unos metros del suelo, había un resplandor dorado. Bajó en picada; sin embargo, en segundos, Chamber descendió como un rayo a la izquierda de Douglas. Soltó la mano derecha de la escoba y la estiró hacia la snitch. A su derecha, el otro buscador también extendió el brazo, estirando al máximo, intentando alcanzar la bola. El estadio se vino abajo, el grupo de hinchas del equipo azul saltaban ya las barreras y entraban en el terreno de juego, mientras que ambos equipos descendían del aire, unos eufóricos mientras otros con la tristeza reflejada en su rostro. Andrea descendió de su escoba, se sentía culpable por haber permitido anotarse tantos goles, aún así se acercó a su amigo.

            —Muchas felicidades, Gus. Buen juego —dijo estrechándole la mano.

            —Gracias, también ustedes jugaron muy bien.

            —Felicidades. —Mena también había descendido para poder felicitarlo.

            —¡Ánimo, chicas! —Alexander y Keisi bajaron al campo.

            La profesora McGonagall estaba en las gradas esperando a que el equipo de Ravenclaw subiera; el capitán Stretton tomó la copa alzándola; el resto de los estudiantes aplaudían y vitoreaban energéticamente. Los gritos de júbilo no cesaron y los aplausos se intensificaban cuando la copa pasaba en manos de cada jugador, sonrientes por la victoria. 

           A pesar de que Ravenclaw ganó la copa de Quidditch, Gryffindor mantenía la ventaja de llevarse la copa de las casas y no pretendía que, por una estupidez la perdieran. El lado malvado y travieso de Andrea comenzaba a salir de su descanso, y la idea de ser ella en hacerles una nueva broma estaba bastante latente. Antes de tomar una decisión, decidió tener una voz de la razón.

            —¿Qué opinas? —preguntó la castaña una vez que le contó la idea.

            —No sé, suena genial. 

            —¿Hay un pero?

            —No le veo el propósito. Creí que no te querías meter en más problemas.

            —Y eso pretendo, pero ellas quisieron llenarme de pelo primero, con eso debería bastar para tomar represalias.

            —¿Para qué arriesgarte?

            —Tienes razón, mejor lo dejaré en el olvido. 

          Después de haber estado en la biblioteca, y luego en los jardines con Gavin, quien seguía molesto por la derrota, Andrea se encontraba exhausta. Prefería mantenerse en un perfil bajo y discreto, ser una niña bien portada.

            —¡Vaya, vaya! Mira a quién tenemos aquí.

            —Weasley… no tengo ganas de pelear. Por favor, dame permiso. —Pidió pacientemente al ver que le impedía el paso. 

            —Te dije que todo lo que me harías lo pagarías.

            —Yo no te he hecho nada.

            —No olvido ese momento humillante.

            —No es mi problema, no me vengas a echar culpa.

            —Te pasé que me pintaste de colores, pero que me llenaras de pelo.

            —Eso fue tu culpa.

            —Lo vas a pagar muy caro, al igual que tus amiguitos.

            — No sé si seas capaz de contar los galeones, Weasley.

            —¿Te burlas de mí, Green? —La pelirroja la tomó con fuerza del brazo.

            —No tengo tiempo para tus amenazas, toma todo lo que te digo como quieras —Se deshizo de su agarre, pensaba irse de ahí, pero todo oscureció.

            —Espero que aprendas la lección, Green.

            Sus instintos estaban en alerta; conocía el efecto del polvo peruano de oscuridad instantánea de Sortilegios Weasley. Los ojos trataron de acostumbrarse a la negrura; dio un par de pasos, necesitaba salir de ahí, cuando sin previo aviso, se escuchó un splash. Lentamente el efecto del polvo comenzó a esparcirse hasta que todo era visible de nuevo. Descubrió al profesor MacMillan cubierto de una gelatina verde junto con una capa de harina. Las cubetas colgaban de la puerta del despacho. Andrea trató de no reírse de la situación; el profesor se limpió la masa gelatinosa de los ojos. 

            —Señorita Green, señorita Somender. ¿Me pueden explicar esto? 

        —Profesor… yo no tuve nada que ver. Weasley… —Disculparse no serviría de mucho; en el pasillo sólo estaban ellos tres.

            —Yo sólo pasaba.

        —Qué conveniente para ambas —dijo el hombre observándolas atentamente— ¿Creyeron que sería divertido gastarle una broma a un profesor?

            —No señor, por supuesto que no. —Se apresuró a decir Andrea—. En verdad que yo no tuve nada que ver, es más, puedo comprobarlo.

            —¿Cómo?

            —Quizás tendría que haber utilizado un encantamiento levitatorio para poner los contenedores. Puede observar mi varita —dijo con total seguridad, agradeció internamente a Gustav en esos momentos, por aquella charla sobre las varitas. 

           El profesor MacMillan la observó con detenimiento, aunque su argumento era meramente válido, pidió su varita y comprobó que su último hechizo realizado había sido un reparo. 

            —¿Lo ve? No fui yo.

            —Quizás, Green. Pero lamento decirle que no está libre de las consecuencias.

            —Señor…

            —Somender y tú están castigadas.

            —Pero yo sólo iba pasando…

            —Profesor, ella no estaba aquí, al menos castígueme sólo a mí. 

            —He dicho que ambas, Green. Castigadas hasta que se vayan a casa y eso es toda la semana. Y aparte le restaré quince puntos a Gryffindor y Slytherin.

            —¿Por qué? Nosotras no fuimos.

            —Por estar en el momento y lugar incorrecto.

            —Pero señor… 

            —¿Quiere que sean más puntos, Green?

            —No, profesor.

            —Ahora vayan a sus salas comunes. Les enviaré una lechuza para decirles sobre su castigo.

            No le dio tiempo de disculparse con la niña Slytherin, cada una se fue a su respectiva sala común. Cuando Andrea llegó, vio a Alexander leyendo un libro. 

            —¿Todo bien?

            —Si, ¿por qué la pregunta?

            —Te ves molesta.

            —No es nada, ya sabes… Weasley. Por su culpa estoy castigada la última semana de clases.

        —¿Ahora qué hiciste, Green? —Sin duda, tener que escuchar esa voz a veces le aterrorizaba; suspiro resignada, de todas formas, sus amigos se iban a enterar.

            —Yo no hice nada, fue Weasley.

            —¿Qué hiciste? 

            —No sé cómo lo hizo, pero llenó al profesor MacMillan de harina y gelatina, tengo que admitir que fue buena la broma. —Se calló al ver la mirada de basilisco que le lanzaba su amiga—. Me castigó.

            —¿Te restó puntos?

            —Quince. Lo positivo es que no estaré sola.

            —¿Por qué? —preguntó Alex, quien dejó de leer su libro.

            —Porque una chica de Slytherin, que al parecer iba pasando también, terminó en esto. 

            —¡Vaya! En serio Andy, tienes muy mala suerte. Siempre terminas en líos con las serpientes.

            —Ya sé.

          —Tengo que admitir que estaba a punto de darte un sermón —comenzó Mena, todavía con el ceño fruncido—, sin embargo, me basta con saber que estarás castigada. 

            —Debes estar bromeando.

            —No, no bromeo porque sabes que es cierto —replicó con tranquilidad—. Alégrate que todavía podemos ganar la copa.

            Todavía no sabía qué clase de castigo sería, aunque comenzaba a pensar que sería aburrido; es lo único que sabían hacer los profesores. No era placentero tener que pasar su última semana de clases castigada y mucho menos con una slytherin.

            Mariana llegó enfurecida a las mazmorras, tenía demasiadas ganas de torturar de mil formas a esa Gryffindor. La gran Andrea Green, que como siempre, se la pasaba fastidiando a los demás con sus tontas bromas; y en esta ocasión era ella la que estaba pagando sus tonterías. 

            —Pensé que no tardarías.

            —Ahora no, Adam —espetó entre dientes mientras se iba a los dormitorios de chicas.

            —¿Qué pasa? ¿Por qué estás enojada?

           —¿Enojada? —Estaba furiosa y con esos instintos natos para querer torturar a alguien—. ¿Sabes qué pasó? —bufó, sus deseos de asesinar a esa chica leona se estaban incrementado considerablemente.

          —No… por eso te pregunto —respondió Adam. Conocía perfectamente a su amiga y quizás fuera su imaginación, pero notó un brillo maligno en sus ojos.

            —¡Esa Gryffindor! ¡La causa de mis problemas! 

            —¿Quién de todas? 

            —¡Green! ¿Quién más va a ser? ¡¿Quién más se la pasa haciendo sus estúpidas bromas?!

            —Tranqui…

            —No me pidas que me tranquilice… —siseó, trataba de no perder los estribos.

            —De acuerdo, pero sólo dime qué te hizo por qué no entiendo nada.

            —¡Estoy castigada! 

            —¿Castigada? 

            —¿Estás sordo, Adam? —La joven puso los ojos en blanco, exasperada por la situación—. Si, estoy castigada por culpa de Green. 

            —¿Te hizo una de sus bromas? ¿Ya eres su enemiga o qué? 

            —Quizás sea la mía —susurró para sí misma—. No. Iba caminando cerca del aula del profesor MacMillan. No le encuentro sentido al jueguito que tiene Weasley y Green de estarse haciendo bromas por todos lados.

            —¿Kissy Weasley? —A estas alturas le surgieron también las ganas de golpear a su amigo. 

            —Mejor me retiro a mi habitación, sino voy a terminar matándote también a ti.

            —¿Yo? ¿Por qué?

            Lo único que necesitaba era estar sola y hacerse a la idea de que estaría castigada por el resto del curso escolar. Algo injusto. Por unos instantes, creyó que Green era otro tipo de persona; en ocasiones se topaba a Weasley y Rookwood y nunca hablaban nada bien de nadie. Comprobaba que eran inmaduras, y el hecho de que una de ellas haya luchado con un hombre lobo no definía nada. 

            En la tarde, a la hora de la comida, llegaron notas tanto para Andrea y Somender, cuyo apellido era lo único que se sabía. 

Su castigo tendrá lugar a partir de mañana a las ocho de la mañana. Ayudarán a limpiar y ordenar los libros de la biblioteca. La señora Pince las vigilara.

Prof. E. MacMillan 

            —Sólo tú te metes en problemas una semana antes de salir.

            —No fue mi culpa.

            —Deberías alegrarte que nada más te restaron pocos puntos.

        —Lo sé, tengo que admitir que Weasley fue bastante inteligente, pero… ¡Agg! Tendré que levantarme temprano el sábado.

            —Ni modos — dijo la pelirroja antes de levantarse de la mesa.

            —¿Por qué siempre cree que fue mi culpa? 

            —Técnicamente lo fue —respondió Alex terminando de comer.

            —¿De qué lado estás?

            —¿Del tuyo?

            A la mañana siguiente, se levantó temprano y somnolienta se cambió sin hacer demasiado ruido. Moría de sueño y prefería mil veces estar en su cama. Caminó por los pasillos solitarios hasta la biblioteca; llegó unos minutos antes de la hora. La señora Pince se encontraba esperándola, la otra chica se encontraba ahí con cara de pocos amigos. 

            —Tendrán que ordenar los libros y quitarles el polvo y ¡sin magia! —exclamó mientras les daba a ambas un plumero y un par de trapos—. Y mas les vale que tengan cuidado con los libros. ¿Entendido?

            —Sí. 

            —Pueden empezar. —La bibliotecaria salió de ahí y se metió en su oficina.

        —Yo empiezo limpiando este lado —dijo Mariana al señalar su lado derecho—. Tú puedes limpiar por allá. —Dio media vuelta e ignorándola por completo. 

           —De acuerdo. —Andrea comenzó su tarea, se sentía culpable y avergonzada, ya que ella debería estar sola cumpliendo el castigo. Después de un rato de silencio, consideró disculparse.

            —Oye… te apellidas Somender ¿cierto? ¿Cursas primero? Veo que eres de Slytherin. —La niña seguía ignorándola y no tenía intención de prestarle atención—. Bueno… soy Andrea Green y soy de Gryffindor. —Le ofreció su mano, pero la bajó de inmediato al ver que la presentación estaba resultando un asco. 

          —Sí, sé quién eres. La que siempre se la pasa haciendo bromitas que le salen mal —susurró entre dientes mientras seguía limpiando. 

           —Antes que nada, yo… te pido una disculpa. —Se pasó la mano por la melena castaña, un gesto de nerviosismo. Somender la observó, ella estaba molesta por lo ocurrido—. Toda la culpa fue de Weasley; en verdad, traté de que te quitaran el castigo, pero yo… No pretendía que estuvieras aquí.

            —¿Por qué crees que me puedes hablar? —interrumpió su discurso. 

            —Yo sólo trato de disculparme, en serio que no era mi intención. 

            —Tampoco la mía el estar aquí. No lo tenía planeado.

            —Es que Weasley…

         —No es mi problema el que tengas con ella. Ni con Weasley ni Rookwood, debería estar haciendo otra cosa en estos momentos que estar limpiando libros de miles de años con una Gyrffindor.

            —Lo siento mucho, quizás yo podría…

           —Mejor cállate y sigue limpiando, no quiero que me alarguen el castigo —respondió impaciente—. No quiero estar aquí contigo, quiero salir cuanto antes y dejar de limpiar libros. 

            —Sí, tienes razón, aunque debo admitir que el profesor MacMillan lleno de gelatina y harina fue divertido. —Sonrió burlonamente, pero al ver la mirada asesina de su compañera, se calló. 

            —¿Sabes qué es más divertido? —preguntó con algo de malicia en su voz—. Que Weasley y Rookwood se están riendo de ti por una broma que sería para ellas mientras tú estás limpiando. Sí, creo que para ellas es divertido que tus bromas siempre salgan mal.

            Eso le dolió, y aunque lo odiaba; la Slytherin tenía razón. Siempre debía estar pagando por cosas que ni siquiera eran su culpa. Tenía que haberles hecho caso a sus amigos, pero ya era tarde; ahora se encontraba atrapada en un castigo con una chica que la odiaba.

            —Yo… tienes razón. Mejor sigo limpiando… —Se enfrascó en la tarea que tenía por delante en completo silencio. 

            Cuando salieron de la biblioteca, ambas chicas se dieron cuenta de que era muy tarde; Mariana no podía creer que eso le estuviera pasando. Se le ocurrían mil formas de perder un sábado; sin duda esa era la más injusta y ridícula. La Slytherin, además de estar enojada, dentro de su cabeza se preguntaba varios asuntos; el castigo no era justo para alguien que no lo merecía, la habían privado de su día de descanso antes de iniciar la semana. ¿Debía quejarse con alguien que sí pudiera hacer algo? ¿Su padre, quizás? Él era un hombre correcto, nada paciente con este tipo de circunstancias y estricto. Mariana lo conocía lo suficiente para saber cómo iba a reaccionar, y al no ser que estuviera ocupado con el trabajo, él mismo vendría desde Egipto para hablar con la directora. 

        También estaba el asunto del honor y la reputación, en especial aquella advertencia que le hizo antes de iniciar el ciclo escolar: “No quiero nada de problemas. Compórtate cómo quién eres: una Somender. Tú sabes a lo que vas, concéntrate en lo importante y sobre todo, cuida bien las amistades que hagas. Son importantes, no compartas tu tiempo con quien no lo merece. Tu madre y yo confiamos en que sabrás diferenciarlos. Haz que me sienta... nos sintamos orgullosos, sabemos lo que vales y tú también, así que muéstraselos y aprovecha esta oportunidad. Te amamos”. No, era mala idea decirle. Sería mejor no mencionarlo y enfrentar este acontecimiento con madurez. Tampoco quería quedar como una niña mimada.

          —¿Qué tal tu primer castigo con la chica Gryffindor? —preguntó Adam al verla entrar, al parecer no tenía nada mejor que hacer y decidió esperar a que su amiga volviera.

           —Qué cara traes. Anda, Mariana. Platícanos cómo fue convivir con un gatito, aunque no se necesita gran ciencia para descubrirlo. —a Holly le divertía la situación y ella no era del tipo de chicas que se privan de los placeres de disfrutar momentos como este.

           —Aburrido, obviamente... nada que no sepamos de los castigos y de los Gryffindor —respondió. Lo último lo dijo irritada. Seguía preguntándose por qué ella estaba castigada si no había hecho nada y por qué debía ser un castigo compartido.

            —Pobrecita. ¿Hasta cuando termina tu suplicio? 

            —Será cuando terminemos de limpiar toda la biblioteca.

            —Guau… Yo creí que sería hasta que nos vayamos de vacaciones.

        —Adam, cariño. Pensé que el tonto aquí era el gorila sin cerebro que acompaña a Mark —respondió Holly dándole una palmadita en su hombro—. Está claro que hablamos de la señora Pince, y puedo apostar a que el profesor MacMillan las dejaría castigadas, incluso en el siguiente curso.

            —Espero que no. 

            —Ni yo. No me agradaría que pasaras más tiempo con ella y se te pegaran las malas mañas de los Gryffindor… o su olor —comentó mientras olfateaba a su amiga dramáticamente.

            —Déjame. —La joven alejó a Holly—. ¿Cómo cuáles? 

            —Pues ya sabes… son impulsivos y poseen una arrogancia que no merecen. Créeme que me basta con ver al idiota de Wood. Me dan ganas de pedirle que se retire y nos deje vomitar en paz o a Lovegood. De verdad tener que estar con ellos en clase es bastante indeseable.

            —Tienes razón, deberían de darnos una medalla o algo. Aunque no fue tan malo trabajar con Jessica.

            —Al final ella quería hacer el trabajo sola. Tú eres una tonta por intervenir; si no lo hubieras hecho tal vez no hubieran obtenido tan buena nota. Son salvajes y no son los más listos. Ella tenía la creencia de que los Slytherins matamos con la mirada o algo así —dijo recargada en el brazo del sillón esmeralda. 

            —¿Y no lo hacen ustedes dos? —Ambas chicas le lanzaron una mirada basilisco a su amigo; instintivamente retrocedió—. Son preciosas, y no me malinterpreten, tienen unos ojos divinos, pero siento que estamos cayendo en esa situación de odio entre Gryffindor y Slytherin. Y solamente por los indeseables compañeros que tenemos de esa casa… creo que ya es muy tarde y deberíamos dormir a menos que quieran hacer algo.

            —¿Algo como peinar o trenzar nuestro cabello mientras te pinto las uñas y hablamos sobre los niños que nos gustan? ¿o quién es el niño más atractivo del castillo? —sugirió Mariana a su amigo recuperando su estabilidad y sarcasmo usual.

            —El más guapo es, obviamente, el jugador estrella de nuestro equipo de quidditch —comentó Holly como si nada.

            —Podría acceder a darte un masaje por el día agotador que tuviste, pero realmente no es mi intención entrometerme en su noche de chicas, así que me voy. Tengan una entretenida y femenina noche —dijo Adam abandonando el lugar.


            Después del primer castigo con la niña Somender, Andrea no sabía qué pensar o qué sentir. Aquel día, un jueves espléndido que pedía salir a dar un paseo y disfrutar del sol, y que ella estaba desperdiciando al estar metida en la biblioteca. No quería pasar otro día así, en un incómodo silencio, y menos al sentir antipatía de la niña serpiente. Habían pasado cuatro días limpiando tan exhaustivamente; cada una por su lado. Recordaba, vagamente, una clase que le dio Gustav sobre cómo confundir a los demás; si pudiera confundir a madame Pince y hacerle creer que ya todo estaba limpio… no, no, no. Era demasiado complicado, quizás un hechizo de limpieza… se pegó la frente con su mano, se estaba complicando más la existencia cuando la solución le vino a su mente de inmediato.

            Salió precipitadamente de la sala común para ir al gran comedor, pero en lugar de entrar ahí, entró en el pasillo de al lado donde se topó con una pintura de un frutero. Le hizo cosquillas a la pera, y de inmediato se transformó en una puerta. De inmediato, varios elfos se acercaron a ella ofreciéndole pastelitos; no pudo negarse a ello, era bastante temprano y no tendría tiempo de ir a desayunar. Después de un rato, salió disparada a la biblioteca.

            —Llega tarde, señorita Green.

            —Lo siento.

            —Bueno, ya saben la rutina. Las dejo para que continúen su trabajo. 

        —Oye niña serpiente… Mariana… —Carraspeó al recibir esa mirada de que no le estaba permitido hablarle como un igual—, Somender… ¿Quieres salir de aquí?

            —No lo estarás diciendo en serio ¿verdad? —dijo sin siquiera voltear a ver y sin dejar de limpiar.

            —Sí, lo digo muy en serio. Tengo la solución perfecta para poder salir de aquí —comentó alegremente la castaña—. Bueno, al menos para que tú salgas y te vayas a hacer tus cosas —dijo muy segura, necesitaba convencerla y sobre todo asegurarse de que no la delataría; al final era para un bien de ambas, pero no quería ni deseaba más problemas—. Vamos Somender, al menos dígnate en verme. No muerdo.

            —Tal vez yo sí —susurró antes de voltear a verla de mala gana—. ¿En qué consiste tu solución perfecta? —La niña dijo esto último en un tono de burla—, claro que me gustaría ir a hacer mis cosas en lugar de estar aquí contra mi voluntad con una Gryffindor, que, sin siquiera conocerla, me metió en problemas.

            —Eres cruel, como todas las serpientes. No es como que me guste juzgarlos. 

        —El que sea o no cruel no viene al caso, ustedes dicen que no juzgan, pero aún así lo hacen siempre.

            —Digo, no te voy a obligar a que quieras aceptar mi propuesta para salir. —Se volteó y le dio la espalda—. Creí que podías confiar un poco en la idea de salir de aquí; disfrutar del bellísimo día que se asoma por las ventanas, pero si no quieres, pues no. Sin problema. Yo sigo por este lado —dijo señalando su lado izquierdo—, y tú en el tuyo, cada una en sus cosas. —Comenzó a alejarse e internándose más en el pasillo.

          —No me chantajees… ¿cuál es tu maravillosa idea para salir de aquí? —Le fastidiaba que hablara y nada de acción. Se detuvo y no limpió más esperando; al no obtener respuesta carraspeó un poco la garganta y la observó.

            Andrea, al ver ese semblante, no pudo evitar que sus labios formaran una enorme sonrisa. Lo sabía, su compañera de castigo se estaba exasperando. Hacía el mismo gesto que Mena cuando comenzaba a perder la paciencia, y eso era digno de ver. Quizás si tenía tendencias a buscar problemas.

            —No hay ningún chantaje de por medio, sólo se trata de que si confías en mí o no —dijo dándose cierta importancia—. Como te dije, no te voy a obligar a que me escuches, así que si no confías en un inofensivo león; menos confiaras en poder salir de aquí. 

            —Algo me dice que me necesitas para esto de una forma u otra. —Alzó la ceja—. Si quieres te puedes arriesgar, pero está claro que yo no me arriesgaría por ti; ni para salvarte la vida ni nada. A diferencia de ti, sé respetar y si decidí escucharte fue porque, por un minuto, en verdad creí que tenías un buen plan.

            Dio por finalizada la charla, era mejor seguir limpiando a lado de su compañera de castigo. Antes que Andrea revelara su plan, se aseguró de que Madame Pince no estuviera cerca; al ver que no había nadie por ahí, ni siquiera Peeves, chasqueó los dedos y apareció un elfo doméstico. Era bajito y regordete y llevaba uniforme: un paño de cocina estampado con el blasón de Hogwarts y atado a modo de toga. Tenía un inusual mechón de pelos esponjosos, que parecía algodón de azúcar. Era de un tono rosáceo, lo que le hacía parecer que no tenía orejas.

            —¿Me llamó, señorita?

            —¿Recuerdas lo que hablamos en la mañana?

            —Sí, señorita. ¿Quiere que lo realice ahora?

            —Serías tan amable…

        —Lo haré en unos segundos. —Y con un crack, el elfo desapareció ante la mirada atónita y curiosa de su compañera.

        —¿Entonces…? ¿Esta es la parte donde salimos corriendo? ¿O debería de llamar a Madame Pince? O, espera, ya sé ¿cerramos los ojos y contamos hasta mil y cuando los abramos todo esto habrá terminado? —dijo en un tono de burla, pero aún así con curiosidad y si, con algo de complicidad.

            —Ustedes sí tienen sentido del humor. —Espetó con sarcasmo. Antes de que pudiera decir algo más, de nuevo se escuchó un sonoro crack.

            —Ya está, señorita Green. —Al escuchar su apellido hizo una mueca. 

            —¿Cómo te pedí que me dijeras?

            —Andy, señorita. —el elfo se ruborizó.

            —Muy bien, entonces ¿ya quedó?

            —Sí, señorita —respondió luego hizo una reverencia.

            —De acuerdo. Si quieres puedes llamar a Madame Pince y al profesor MacMillan y decirles que ya terminamos.

            —¿En serio? 

        —Verás. —Comenzó al ver la cara de sorpresa y confusión de su compañera—. tendrás el privilegio de que un ingenuo león te cuente un secreto. Uno que ni siquiera sus amigos saben. Espero que, en un futuro, una serpiente como tú, Somender, valore este voto de confianza que estoy por darte.

        »Hace años, la familia de mi mejor amigo tuvo un elfo doméstico. —Carraspeó un poco para evitar que las lágrimas llenaran sus ojos, porque no lloraría enfrente de un Slytherin—. Por ciertas circunstancias. —De nuevo se aclaró la garganta—. Decidieron darle la libertad, sin embargo, tampoco querían abandonarlo y dejarlo a su suerte, significaba mucho para ellos; así que quisieron que nos sirviera a mi familia y a mí. Yo no podía. —Le estaba costando mucho poder hablar sobre eso.

        »Decidimos que lo mejor que podíamos hacer era mandarlo a Hogwarts; al fin que el castillo siempre requiere de ayuda, y accedió a venir aquí. Este elfo doméstico, este —dijo tomándole la mano con cariño—, se llama Gludy, y accedió a ayudarnos a limpiar todos los libros restantes con magia, y está dispuesto a confundir a Madame Pince y al profesor, en caso de ser necesario, aunque no le pediría eso —añadió rápidamente—. No quiero que se meta en problemas por mí y menos que se aleje… yo… casi siempre que puedo lo visito.

            »Así que esa es mi brillante idea.

            Mariana quedó en silencio después de escuchar la historia de Andy y agregó:

            —Algo peculiar nuestro sentido del humor, diría yo. Los Gryffindor no son sólo unos narcisistas por lo que veo. —Hizo una pausa para observar a la criatura que se suponía les había ayudado—. Entonces… ¿quieres que los llame?

            —Hazlo.

            —¿Segura?

            —Entre más pronto vean que terminamos; más rápido estarás lejos del alcance de alguien que te metió en problemas. Así podrás hacer tus cosas.

            —De acuerdo, voy por ellos. Y, por cierto —dijo antes de salir a buscarlos—, fue muy generoso, de parte de los padres de tu amigo, dejarte conservar a su elfo; una criatura bastante noble y talentosa —dijo mientras miraba al pequeño Gludy.

            —Lo sé. —Volteó su rostro. No quería que las lágrimas salieran de sus ojos, no le gustaba para nada perderse en los recuerdos. 

            Tenía que desviar sus pensamientos si no quería ponerse mal. Gludy sabía todo lo ocurrido, no existían secretos y sabía lo que la castaña estaba pensando, por lo que hizo aparecer discretamente un pañuelo.

            —Gracias, Gludy. —Carraspeó de nuevo, ya que su voz sonaba algo ronca—. Te puedes retirar, pronto iré a verte o ya sabes, puedes verme cuando quieras.

            —Gracias, señorita.

            —Gludy —llamó Mariana al elfo antes de que este pudiera desaparecer—. Gracias por ayudar.             —El elfo le sonrió a modo de respuesta, luego desapareció con un crack. La niña podría ser todo, pero jamás sería descortés o mal educada, mucho menos con alguien que la estaba ayudando—. Bueno, Green. Veamos si tu maravilloso plan funcionó. 

            —Ten un poco de fe, Somender.

         —Pues espero que ese plan logre sacarnos rápidamente a las dos de aquí… me gusta la biblioteca, pero no así —comentó en tono neutro al darse cuenta de la actitud de la leona.

            Ella fue directamente a la oficina de la bibliotecaria, a su vez, llamó al profesor mediante polvos flú; de inmediato se apareció. Ambos quedaron sorprendidos por cómo se veía la biblioteca. Por unos instantes, el profesor MacMillan dudó.

            —¿Las dos lo hicieron? 

            —Sí, profesor —respondió Andy, por fortuna había logrado controlarse lo necesario para que todo fuera creíble—, tuvimos que hacer a un lado la rivalidad —comentó observando a su compañera—. Si cree que hicimos magia, puede comprobar las varitas.

            —Dijo sin magia y nosotras le hicimos caso.

            —Está bien —dijo alzando las palmas de la mano para pedir calma—, al parecer trabajaron muy duro. Se pueden ir. Para la próxima tengan más cuidado en quien hacer sus bromas.

            —No se preocupe, no volverá a suceder.

        —De acuerdo, ahora retírense. —Ambas comenzaron a caminar ante la mirada atónita de la bibliotecaria, sus libros estaban impecables—. Y Green, Somender… —Ambas voltearon—. Buen trabajo.

            Dicho esto, salieron de la biblioteca, y lo único que pensaba Andea era que debía darle un regalo a Gludy por su ayuda, al final todo resultó bien.

           —Te libré del castigo —mencionó como si nada— lamento mucho haberte metido en problemas.

            —Igual no fue tan malo… —respondió algo indiferente—, seguiríamos limpiando sino fuera por tu amigo, así que… no estuvo mal —comentó Mariana. No tenía ningún tipo de resentimiento hacía ella—. Supongo que también tendrás cosas que hacer ¿no? 

            —Sí, algunas cosas —suspiró, seguía preguntándose por qué tenía que afectarle tanto hablar de Dave—. Espero que disfrutes del día, Somender. 

            Mariana notó que Andrea se puso rara, pero recordó que no era nadie para meterse en eso, así que trató de ser breve.

            —Ah sí, te lo aseguro. También espero que lo aproveches, Green. Hasta luego. —Se dirigió a las mazmorras; volteó para mirar a la chica, que se había quedado ahí. 

               Comenzaba a ponerse ansiosa; era el resultado de pensar en recuerdos dolorosos. Sentía que le faltaba un poco el aire, no podía llegar así a la sala común ni siquiera ir a otro lado en donde estuvieran sus amigos. Amshel se enteraría de inmediato, al final con él no existían los secretos. Respiró varias veces para tratar de calmarse, estuvo tentada en llamar de nuevo a Gludy, pero no quería ni deseaba meterlo en problemas, tampoco era como si se llevara tan bien con los demás elfos. Trató de serenarse y así poder largarse de ahí antes de que Filch o la señora Norris apareciera y la castigara por respirar.

        Mariana no sabía qué pensar; lo recién ocurrido fue bastante peculiar. Tampoco quería entrometerse en nada que no fueran sus asuntos, y menos con una persona como Andrea Green, quien después de todo, era una simple compañera de castigo y con quién no compartía absolutamente nada más. Pero era raro. No podía negarlo, del mismo modo que no podía afirmar nada, apenas la conoció bajo desafortunadas circunstancias y sólo la dejaban ahí parada con un extraño sentimiento. Debía alegrarse de que se libró del castigo y de que cumplió su promesa; ella la metió en ese lío y de igual forma la sacó de él.

            —¡Vaya! sí que llegaste temprano el día de hoy —dijo Adam bajando las piernas de la mesa de centro. 

            —Terminamos el castigo de una vez por todas —respondió con una sonrisa que de inmediato se borró.

            —¿De verdad? No te ves muy feliz; ¿pasó algo?

           —Por supuesto que está feliz, sólo es que igual está cansada por todos estos días de agonía. Pagó un castigo con una compañía que no la merecía —respondió Holly mientras se levantaba del sillón y caminaba hacia su amiga para abrazarla—. No es que dude de tu capacidad, y de verdad que siempre me sorprendes, pero ya dime ¿cómo hiciste para convencer a la niña felina de hacer el trabajo por ti?

          —Creo que lo correcto sería decir que fue ella quien lo solucionó —confesó Mariana rascándose nerviosamente el codo. 

         —¡Por los calzones de Merlín! No me digas que ella, además de meterte en ese problema, también te... ¿te obligó? 

            —¿Qué? No, claro que no… ¿por quién me tomas?

            —Sí, amigo. ¿Con quiénes crees que estás tratando? 

            —A veces me sorprende lo que puedas pensar de mí en esa cabecita tuya. —Mariana lo miró con una fingida decepción y caminó al fondo de la sala—. Muy lejano a lo que se les ocurre, y créanme que no lo esperaba, Green hizo algo brillante. No me miren así. —Dejó de observar a sus incrédulos amigos y caminó recordando el motivo por el cual se sentía curiosa e intrigada—, simplemente ella sugirió algo para que termináramos de una forma rápida y eficaz. —Aunque no habían quedado en nada ni se debían nada. No sabía si se agradaban o no, ella decidió que no les diría, ni siquiera a sus amigos, sobre Gludy y su extraña aparición o el favor que les hizo. 

            —Mariana, no es que no te crea, pero ¿de verdad estás segura que no la mataste o algo?

        —Aunque Adam lo haga sonar como algo malo, créeme que nadie aquí te juzgaría. Tal vez te admiraran. Entonces cuéntanos.

            —Eso sería cumplir con la fantasía de varios compañeros de nuestra amada casa. Pero no. No lo hice y sigo sin saber por qué siempre piensan lo peor de mí —respondió Mariana entre divertida y haciendo su característico gesto.

            —Bueno, al menos ya no estás castigada.

        —No, ya no. Es realmente genial y me lo merezco. —Y eso le alegraba por completo, pero todavía tenía sus dudas con respecto a su compañera. Quizás debería no darle importancia a eso. —¿No tienen hambre? 


            La última semana transcurrió bajo un sol radiante y abrasador, Andrea bajó sola a la fiesta de fin de curso, a pesar de que siempre le alegraba ver a Gludy, no podía evitar sentir nostalgia por recordar a Dave. Sus amigos ya habían bajado a la cena y cuando llegó, el Gran Comedor ya estaba lleno. Estaba decorado con los colores de Gryffindor, de escarlata y dorado y el gran estandarte que cubría la pared de la mesa alta, mostraba un león.

            —¡Otro año se va! —dijo alegre la profesora McGonagall—. Esperamos que hayan aprendido mucho este curso, y que este verano sirva para que descansen y regresen con las ganas de seguir aprendiendo más. 

            »Hay que entregar la copa de la casa y los puntos ganados son: en cuarto lugar, Hufflepuff, con trescientos cincuenta puntos; en tercer lugar, Slytherin con trescientos ochenta y dos; Ravenclaw tiene cuatrocientos cuarenta, y Gryffindor, cuatrocientos ochenta. Por lo tanto, la copa de la casa le pertenece a… ¡Gryffindor!

            Una tormenta de vivas y aplausos estalló en la mesa de los leones, y alguien habría creído que se produjo una explosión, tan fuerte eran los gritos que salieron de la mesa de Gryffindor. Nunca, jamás, olvidaría aquella noche. Era el turno de Andrea de fastidiar un poco a su amigo Gustav por haber ganado la copa; aunque no recordaba que tenían que recibir los resultados de los exámenes, pero estos llegaron. Por fortuna pasó, al igual que sus amigos con buenas notas. Muy pronto llegó el momento de volver a casa en el expreso de Hogwarts; y de pronto, sus armarios se vaciaron, sus equipajes estuvieron listos. Todos los alumnos, sin excepción, recibieron notas en las que los prevenían para que no utilizaran la magia durante las vacaciones. Al siguiente día, Hagrid los esperaba para llevarlos en los botes que cruzaban el lago. Subieron al expreso de Hogwarts, charlando y riendo, mientras el paisaje se volvía más verde y menos agreste.

        Mena, Andrea, Gus, Alex, Keisi y Amshel tuvieron todo un compartimiento para ellos. Aprovecharon al máximo las últimas horas en que les estaba permitido hacer magia antes de que comenzaran las vacaciones. La castaña reía y disfrutaba, y más cuando le recordaba la copa recién ganada a su amigo, aunque él argumentaba que había ganado su primera copa en su primer año como jugador de quidditch, pero eso no le importaba, consideraba que ella era una buena guardiana. Ya tendría la oportunidad de ser campeona con su equipo. El compartimiento estaba lleno de risas, disfrutaron de las golosinas; apenas se iba a llevar un pastelito de chocolate a la boca, cuando vio pasar a su excompañera de castigo. Tenía el impulso de salir y saludarla, no sabía por qué, así que se guardó el panecillo y salió excusándose con sus amigos.

            —¡Hey! Mariana… Somender —rectificó al recordar que no le agradaba.

        —Hola, Green —saludó amablemente al percatarse quien le estaba hablando—. ¿Se te ofrece algo?

           —Ehhh… bueno, yo sólo quería saludarte… —respondió nerviosamente—. Sé que no te llevaste buena impresión de mí por lo del castigo.

            —¿Cómo está Gludy? —interrumpió con una pequeña sonrisa.

           —Bien, creo… No siempre tengo oportunidad de despedirme de él, ya sabes, por lo del banquete de despedida y esas cosas.

            —Espero que se encuentre bien, al final fue él quien nos ayudó. 

            —Lo sé. Será mejor que regrese con mis amigos.

            —Sí, yo también.

            —Espero que tengas unas excelentes vacaciones.

            —Igual tú.

        —Toma —dijo Andrea sacando de su bolsillo el panecillo—. Un gesto de disculpa por haberte metido en problemas este curso y créeme que no está envenenado.

            —No lo creo, gracias. 

            —Supongo que nos veremos después. Que tengas un excelente verano.

            —De igual manera te deseo lo mismo. —La castaña sonrió y dio media vuelta—. Y Green…

            —¿Sí?

            —Felicidades por haber ganado la copa de las casas.

            —Gracias. —Sonrió ampliamente—. Nos vemos. 

            Andrea entró en su compartimiento; Mariana en el suyo. Durante el resto del viaje comieron las grageas de todos los sabores, pasaron a toda velocidad por las ciudades de los muggles; se quitaron la ropa de magos y se pusieron camisas y abrigos. Bajaron en el andén nueve y tres cuartos de la estación de King Cross. Tardaron un poco en salir; un viejo guarda estaba al otro lado de la taquilla, dejándolos pasar de dos en dos o de tres en tres para que no llamaran la atención. No tardaron en detectar a sus respectivas familias; esperaban que fuera un buen verano y que no fuera aburrido, después de todo, todavía quedaba una incógnita sobre lo que pasaría el siguiente curso.

[***]

A muchas millas de distancia, la fresca neblina presionaba contra la ventana de las casas, y apenas con un imperceptible pop, una delgada y encapuchada figura, se apareció de la nada en la orilla del río. Pareció estar orientándose, luego se alejó con zancadas rápidas y ligeras, con su capa remendada y crujiendo contra el pasto. El bosque de Epping era el lugar perfecto para ocultarse; aquella zona boscosa que se encontraba al sureste de Inglaterra. Sobre una cordillera baja entre los valles que formaba los ríos Lea y Roding, había una pequeña choza; tenía cegadas con tablas algunas ventanas, al tejado le faltaban tejas y la hiedra se extendía a sus anchas. Con un segundo y más fuerte pop, otra nueva figura encapuchada se materializó.

            —¡Espera! —Su chillido sobresaltó a un pequeño zorro que salió corriendo.

            —¿Qué?

            —Por un momento creía que era alguien más, quizás un auror.

        —¿Un auror? Estamos solos, nadie conoce este lugar —respondió entrecerrando los ojos y con cierta obviedad.

        —¿Para qué me hiciste venir? —El hombre abrió la puerta de la cabaña, el otro individuo no estaba seguro de entrar y más aún, permanecer a solas con él—. ¿Aquí vives? —preguntó con voz despreciable—. Es un chiquero. 

            —Pero bastante seguro —respondió con un gruñido.

            —¿Para qué me llamaste? 

            —Sabes muy bien para que te llamé.

            —No estoy seguro de poder confiar en ti. Los tipos como tú suelen estar equivocados —Jadeó, sus ojos brillaron momentáneamente bajo la capucha. Seguía mirando alrededor para verificar que realmente estuviesen solos.

        —¿Acaso me temes, Avery? —De nuevo una risotada, en forma de gruñido, se escapó de su garganta—, cuéntame ¿qué tan fabulosa es tu vida? —El hombre esperó a que su invitado dijera algo, sin embargo, no lo hizo—. ¡Es cierto! ¿cómo lo pude olvidar? Vives escondiéndote; ¿qué tal son los muggles?

            —Cállate —gruñó Avery. Sacó su varita debajo de su capa, sosteniéndola amenazadoramente en la cara del otro.

            —Vamos, hazlo —El hombre se acercó más a él—, me encantaría ver cómo te pudres en Azkaban. —Respiró el nauseabundo olor que desprendía aquel hombre; bajó su varita como si fuese una navaja.

            —¿Qué es lo que quieres de mí? 

            —Así me gusta. —Dibujó una sonrisa burlona, se veía por debajo de la capucha. Cerró por completo la puerta con un chasquido detrás de ellos—. Tú sabes lo que quiero.

            —¿Mis servicios? —Avery trató de mofarse, pero la seguridad que adquirió se esfumó de inmediato.

                —No confías en mí. —Puso las manos sobre el mango de una silla—. Te doy la oportunidad de que me digas lo que piensas. ¿A qué se debe tu desconfianza?

            —Por varios motivos —dijo él en voz alta, anduvo por detrás del sofá arruinado—. Según los de tu comunidad apoyaba al señor oscuro… no recuerdo haberte visto en la batalla. ¿Por qué no peleaste a su lado? ¿Qué has estado haciendo estos años? Tu hermano ya era parte de nosotros. ¿Por qué nunca tuvo intención de buscar al Señor Oscuro cuando este cayó? —Hizo una pausa, su pecho se desinfló rápidamente mientras que su acompañante sonrió.

            —Antes de que yo te responda… oh claro que te responderé, puedes llevar mis palabras a los otros. Sé que susurran a mis espaldas, y me maldicen por lo bajo, por no acompañarlos en su terrible vida. —Avery se quedó en silencio esperando una respuesta—. Preguntas del por qué yo no estaba peleando a su lado, pues déjame desmentirte. 

            »Yo estuve ahí, cumpliendo mis órdenes, o caso ¿no recuerdas quien te salvó, de último momento, de una maldición asesina? —Asintió con la cabeza imperceptiblemente y luego abrió su boca—. Preguntas por qué mi hermano no hizo nada para encontrarlo cuando desapareció. Por la misma razón que tú no lo hiciste. Creyó que estaba acabado; así que sólo estábamos viendo por nuestros propios intereses. Debo admitir que no era gran cosa hasta que el mismo Señor Oscuro nos ofreció más. 

            —Sigo sin ver la gran lealtad de la que te mofas. 

            —¡Piensa, Avery! Usa un poco el cerebro —respondió impaciente—. ¡Piensa! Nunca nadie me había visto, ni siquiera sabían que mi hermano tenía familia. Era una ventaja permanecer en las sombras, actuar en silencio y sin que nadie se interpusiera en nuestro camino.

            —¿De qué ha servido? 

            —He sabido jugar bien mis cartas —dijo tranquilamente— Entre menos sepan que existo mejor sabré moverme. Para vencer a tu enemigo no necesitas que todo el mundo lo sepa, ni mucho menos que sea gran cosa. Si algo aprendí del Señor Tenebroso fue a manipular las cosas a su antojo, y eso haré.

            »Atacaré de una forma que ni ellos mismo sabrán de nada, hasta que estén suplicando piedad; y eso quiero antes de matarlos. Quiero hacer sufrir a cada uno; quizás eso te motive a ti también. Que paguen la miserable vida que llevas entre los muggles, ¿o no? Allí descansa mi gran valor y lealtad al Señor Oscuro.

            —¿Qué quieres que haga? 

            —Así me gusta. Primero reúne a todos, lo más discreto posible. Búscalos y encuéntralos, así sea de la forma más muggle, no quiero que tan pronto el Ministerio meta sus narices. 

            —¿Y tú? ¿Qué harás? —Avery recibió una sonrisa a modo de respuesta.

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