Capítulo 13
En colaboración con Mariana Sánchez y Kissy Morales.
Después del encuentro que tuvo Mariana con Andrea, regresó a su compartimiento. Sentía algo extraño por haber recibido un pastel de alguien que la metió en problemas; sin embargo, no lo comió de inmediato. Entró de nuevo en el vagón con sus amigos; todavía sorprendida por el gesto de su compañera.
—Pensé que sólo irías al sanitario —dijo Adam apenas entró.
—Así fue.
—Entonces, ¿Por qué traes un pastelito en la mano? —intervino Holly.
—Me lo dieron —respondió sin importancia.
—¿Quién te lo dio?
—Green.
—¡¿Estás loca?! —De inmediato, Holly se abalanzó con intenciones de quitarle la golosina.
—¡¿Qué?!
—¡Podría haberle puesto veneno!
—Holly… no exageres —contestó Adam ya más tranquilo, él se metió una rana de chocolate a la boca.
—No estoy exagerando. —Se cruzó de brazos—. Piénsalo, Mariana. ¿Y si le puso alguna poción o algo?
—Eso no tiene sentido, Holl. La vi con buenas intenciones —respondió la niña, extrañada por la forma de reaccionar de su amiga—. No creo que sea de ese tipo de personas.
—No, sólo es esa clase de persona que hizo que te castigaran por hacer bromas estúpidas. ¿No recuerdas lo que le hizo a Weasley y Rookwood?
—¿Qué de todo? —Adam estaba bastante entretenido escuchando la conversación mientras comía golosinas.
—Cuando las llenaron de pelos. Si es capaz de eso, no dudo que ese gatito le haya puesto algo con tal de vengarse de los Slytherin. —Mariana a ese punto no sabía si reírse o qué.
—Pues yo opino que no se debe negar un pastelito de chocolate.
—Holly… agradezco tu preocupación, pero créeme y estoy casi segura que, el pastelito no tiene nada más que chocolate. —Realmente no se imaginaba que Andrea hiciera ese tipo de cosas, podía ser todo lo que quisiera, pero no era ese tipo de persona. En todo caso, quien debía vengarse sería ella y no al revés.
—Allá tú. Luego no digas que no te advertí.
El resto del viaje fue agradable; faltaba poco para llegar a King’s Cross. Debían estar, al menos, media hora de camino al juzgar por la ferocidad del paisaje que destellaba por las ventanas. Los corredores estaban vacíos; todos regresaron a los compartimientos para cambiarse las túnicas del colegio. El expreso de Hogwarts no tardó en acercarse al andén nueve y tres cuartos; aminoró la marcha y luego se detuvo. Mariana todavía llevaba en su mano el pastelito; no creía que estuviera envenenado, pero con el ajetreo de la llegada, quería comérselo con calma. El inspector del tren les señaló a ella y sus amigos que era seguro pasar entre las plataformas nueve y diez; atravesaron la verja al mundo muggle. No se sorprendió al no encontrarse con sus padres al otro lado, pero localizó enseguida a su padrino. Estaba de pie, a buena distancia de los demás que esperaban a sus hijos. El hombre tenía un aspecto serio, y estaba envuelto en una voluminosa capa de viaje.
—Hola, Mariana —saludó el hombre—. ¿Lista?
—¿Me das unos minutos? Me despediré de mis amigos.
—Claro, toma tu tiempo. Te esperaré aquí.
—No dejes de escribirme —susurró Adam al abrazar a su amiga.
—Si quieres, dos cartas por día —dijo Holly. Puso los ojos en blanco al escuchar la petición—. Cuídate. —Después de despedirse, volvió con su padrino. A lo lejos vio como Andrea Green saludaba a sus padres.
—¿Qué es eso? —preguntó el mago mirando el pastelito que la niña apretaba en la mano—. Espero que sea un obsequio para mí.
—Lo siento. No, es sólo una golosina que me dio… alguien —respondió sin desviar la vista de su compañera.
—Qué mal, ¿quién podría habértelo dado?
—¿No fuiste tú el que me dijo que la curiosidad mató al pobre gato? —preguntó alzando la ceja entre divertida.
—Suerte para nosotros que no somos pobres ni gatos. —Rio suavemente—. Lo sé, mal chiste —dijo al ver el gesto de su ahijada
Su padrino no dijo nada, aunque se percató de todo. Ambos se dirigieron a la salida de la estación; buscaron un sitio en el que pudieran desaparecer. Después de sentir la opresión, los pulmones de la joven se expandieron por fin. Había cerrado los ojos y al abrirlos, vio que se hallaba enfrente de un lugar familiar. Era una cabaña de piedra y ladrillos colorados, con un techo de paja, del mismo sobresalía una chimenea. Afuera estaba rodeado de arbustos verdes brillantes. Entró seguida de su padrino. Han Moody era un hombre robusto y con porte atemorizante. Una persona inteligente y habilidosa, paciente y quizás cariñosa, pero sobre todo muy correcta. Cuando su vida la dedicó a viajar y cerciorarse de que se cumplieran las leyes, conoció al matrimonio Somender. Una situación inusual en la que entabló una estrecha amistad con Morgan; a la larga se convirtió en padrino y posteriormente en tutor de su hija, Mariana.
—Bien, llegamos al fin. —Se quitó la capa de viaje—. Ah, Mariana. Tus padres…
—Ya sé, están ocupados. ¿Cuánto tiempo? —suspiró. Estaba acostumbrada, sin embargo, pensó que sería menos difícil ahora que estaba estudiando en Hogwarts.
—Un mes.
—¿Benjamín vendrá?
—No. Viajará a Egipto y pasará parte del verano con tus padres.
—Bien… —Creía que, al menos, su hermano iría a pasar unos días con ella.
—Anímate. Serán unas cuantas semanas. Y tenemos varias cosas que hacer. Pasar tiempo juntos sin tantas reglas ni protocolos. —La niña sonrió levemente—. ¿Qué te gustaría hacer ahora?
—Supongo que sí, no será malo.
Era muy común que la familia Somender estuviera ocupada y separada por miles de kilómetros. Los padres de la chica estaban en Egipto; hacían investigaciones. Benjamín, apenas dos años mayor que ella, estudiaba en Durmstrang. En vacaciones, al igual que Mariana, era enviado con su madrina de ser necesario. Podría ser peor, al menos los vería la mitad del verano, y su hermano siempre le mandaba lechuzas, aunque tardaba un poco en recibirla debido a la distancia que el pobre animal debía recorrer. La niña dejó de pensar en el asunto y se sentó en el sillón cerca de la chimenea. No esperaba menos de su situación deprimente. Le dio un mordisco al pastelito que recibió; estaba delicioso y reconfortante.
—¿Quién era la jovencita que estaba cerca de ti? —Han tomó asiento enfrente de ella; pasó una mano por su espesa barba pelirroja.
—¿Holly? Ya la conoces.
—No, ella no.
—¿Quién?
—Los Green. Creo haber escuchado de la hija de Robert… Andrea ¿cierto? —Miró a su ahijada de una forma penetrante.
—Ah, ella… sí. Está en Gryffindor.
—Sabes de mis habilidades, Mariana —Se sirvió un vaso de whisky de fuego, luego le dio un sorbo y esperó una respuesta más concreta.
—¿Eso a que viene?
—Te ví mientras la observabas. ¿Ella te dio el pastel que te estás comiendo?
—Eh… sí. Fue ella. —A veces no le gustaba la habilidad que tenía Han para darse cuenta de tantos detalles. Lo atribuía a su experiencia.
—Cuéntame. ¿Qué tal fue el curso? —Le dio otro sorbo a su vaso—. Me llegaron tus notas. Y te felicito por mantener tu excelencia. Tus padres ya están enterados; supongo que en cualquier momento te mandarán una lechuza.
—Gracias. —Mariana creyó que sería prudente salir de ahí. No tenía intenciones de que su padrino se enterara de lo sucedido en la última semana, y menos su padre—. ¿Puedo ir a mi habitación?
—Claro. —La miró, todavía se agarraba la barba, pensativo—. Te avisaré cuando esté lista la cena.
Tomó su baúl y lo llevó arrastrando a su habitación. Tenía suerte de que la casa de Han no tuviera escaleras; el estudio y las recámaras estaban continúas, por lo que no le costó demasiado esfuerzo en llevar sus cosas. Las paredes de su habitación eran blancas, la cama estaba en el centro y su colcha era de un color verde claro. Tenía la fortuna de contar con una ventana, en donde podía admirar el hermoso paisaje que se cernía sobre la cabaña. Había un escritorio, en el que tenía rollos de pergaminos; el estante tenía libros, la mayoría obsequios de sus padres y su padrino. Al lado de la cama había una pequeña mesita de noche; reposaban marcos de fotografías.
La vida en Oban era muy diferente comparado con su primer año en Hogwarts, y muy tranquila como recordaba Mariana. Sus padres estaban empeñados en que aprendiera cosas que, quizás, en el colegio nunca le enseñarían; su padrino siempre tenía preparado una serie de deberes y libros que hacer y leer. Así se entretenía la mayor parte de su tiempo. Han también era muy bueno cocinero, se preocupaba bastante por ella; a ambos les gustaba las charlas que sostenían después de cada comida. A la chica le fascinaba escuchar sobre las experiencias en el Wizengamot y sobre las leyes mágicas. Le atraía mucho el tema. Una tarde soleada, cuando llevaba más o menos una semana después de haber llegado de Hogwarts, y mientras leía un libro, Han la interrumpió.
—Comino, ha llegado una carta de tu padre —dijo entregando un pergamino amarillento.
—¿Algo interesante?
—Tendrás que leerla para saber eso.
Leyó la carta en silencio. No decía gran cosa, sólo que estaban orgullosos por sus calificaciones y que pronto los vería. Algo diferente a las dos cartas que recibió de su hermano; le contó a medias sobre su curso porque prefería contarle todo cuando se vieran. Al terminar de leer la carta y procesar la información, una lechuza gris entró a la cabaña. Era la mascota de su amigo Adam; cada dos días recibía una carta donde le platicaba cómo le estaba yendo en sus vacaciones. Hasta cierto punto, era raro como estaban llevando su relación. Cuando Mariana pasaba tiempo en su casa con su familia, no tenía ningún inconveniente en convivir con su amigo, ambos vivían frente el uno del otro. Pero era diferente cuando ella estaba con Han.
Querida Mariana:
Espero que tus vacaciones vayan de maravilla, o menos aburridas de lo que a veces son. Ya sé, sin mí te dan ganas de querer destruir el mundo. Las mías son interesantes y algo entretenidas; mi padre ha estado teniendo mucho trabajo, en especial con algunas criaturas que quisieron meter de contrabando al país. Me fascina escuchar sus experiencias, me dan ganas de estudiar cuidado de criaturas mágicas; me he encontrado algunos libros al respecto y me están gustando mucho. Me he quedado anonadado de toda la información que hay. Creo que ha surgido un deseo incontenible de ser un zoomago, como Newt Scamander o incluso como Luna Lovegood… quizás James, el chico de Gryffindor no esté tan chiflado como creemos, aunque me alegra que Mark lo haya subestimado y le haya ido fatal en el trabajo con MacMillan. Ya sabes que no siempre me cae bien. Por cierto, ¿tus padres ya se enteraron del castigo que tuviste con Green? ¿Qué te dijeron? No me digas que tu padrino también te regañó y te hizo pasar un mal rato. Mándame una lechuza sin omitir detalles, quiero saber qué te dijeron.
Te quiero,
Adam.
Suspiró. La verdad es que prefería que nadie se enterara al respecto. Estuvo castigada, sí, pero no tenía tanto resentimiento con Andrea ni con nadie. Al final la había librado, de una forma que, sin duda, no se imaginó ni esperó. Mariana decidió responder de inmediato la carta de su amigo porque si lo dejaba para después, lo olvidaría por completo, así que comenzó a escribir:
Mi tan estimado amigo:
Gracias por tus buenos deseos. Respecto a que mis vacaciones se vuelvan aburridas, tienes parte de razón; tengo que admitir que Holl y tú me hacen falta, pero sólo un poco. Los días con Han siempre son memorables e interesantes, claro que me gustaría pasar el tiempo con mis padres, pero, en fin. Me alegra que Han haya pensado en pasar el verano aquí, y no haber corrido la misma suerte de Benjamín y su anticuada e irritable madrina. Me entusiasma saber que has encontrado algo que te interese, aunque se trate de criaturas. Espero que el gusto no sea igual de fugaz que la última vez.
Y no pienso que Mark sea malo, al menos no todo el tiempo. Aunque sí, se mereció lo que le pasó con MacMillan. Mis padres no se enteraron de nada aún, haré lo posible para que esto se mantenga así, y he pensado en decirle a Han, porque él se dará cuenta de todas formas. Será mejor que sea yo quien se lo diga, por el momento no hay detalles qué contar. Lo siento. ¿Te mencioné que eres más chismoso que una señora?
Igual te quiero,
Mariana.
—¿Algo interesante?
—Es una carta de Adam —respondió. Las cartas de sus padres generalmente van dirigidas a Han con un breve mensaje a Mariana. Casi no le enviaban una carta propiamente para ella, al menos sólo lo hicieron cuando estuvo en Hogwarts—, dice que le está interesando la zoomagia.
—No sabía que le gustaban las criaturas.
—Ni yo. Muy pronto desertara de esa idea.
—¡Ja! Como con la música… ¿Todo bien?
— Sí, es que…
—¿Qué? ¿Pasó algo que deba saber? —Insistió. Han era muy intuitivo, tenía demasiada práctica. No estaba convencida de querer contarle lo sucedido. Ella no era de esas personas que le contaba al mundo sus problemas—. A ver, ¿qué pasa, Mariana? —Tomó asiento enfrente de ella y cruzó los brazos.
—Antes de salir de vacaciones, me castigaron —dijo la chica, quien de inmediato recibió una confusa y penetrante mirada de su padrino.
Y es que en cualquier otro momento y con cualquier otra persona, Mariana podía tener el control del monopolio de las miradas, pero soportar alguna, en especial si estás venían de Han Moody, requerían de una destreza que no cualquiera poseía. Se quedaron así, en silencio, mirándose fijamente; después de unos intensos segundos, los dos explotaron en estruendosas carcajadas.
—¿Por qué? Tú eres una niña muy bien portada.
—No fue mi culpa… —Guardó silencio—. Fue culpa de Green. Ella…
—Supongo que hablaste con alguno de tus profesores, ¿no? —Negó con la cabeza—. ¡Vaya! Si eres una jovencita extraña, tus razones habrás tenido. ¿Entonces?
—Alguien más la inculpó. Le hicieron una broma al profesor MacMillan y yo iba por ahí, caminando. Estuve en el momento y lugar equivocado. Al final, me ayudó para que me librara del castigo, pero no sé si fue buena idea que la dejara hacerlo.
—Fue tu culpa, directa o indirectamente —respondió de una forma muy seria.
—Pues sí, pero es una Gryffindor.
—¿Y qué? Creí que te había enseñado bien, Comino. —Ante eso último, Mariana se sorprendió. No esperaba una muestra de cariño cuando le estaba confesando que había sido castigada—, o... ¿Acaso yo trato mal a los del pueblo por ser muggles? —Han la miró de una forma indescriptible. A él nunca le interesó el color de la túnica cuando estuvo estudiando. Él era un Ravenclaw, sin embargo, tuvo bastantes buenos amigos de las otras casas.
—No… pero ya sabes cómo son mis padres. Siempre hablan sobre qué debo elegir bien mis amistades
—¿Y ella no sería una buena amiga? —Continuó ante el silencio que se formó— ¿Por qué la juzgas? ¿Acaso el color de su casa define si serán o no buenas amistades? —Decía mientras se acariciaba la barba—, no los conoces. Date esa oportunidad, no sabes lo que podría resultar de ahí.
—¿Qué opinaría Holly? ¿El resto de mis amigos?
—Ellos tienen sus opiniones y tú la tuya —respondió muy duramente—, ¿Qué harás, entonces?
—No lo sé…
—Tus padres me caen muy bien, tengo una gran amistad con Morgan, pero…
—¿Pero...?
—A veces no los soporto, y menos los entiendo. Son elitistas comportándose como idiotas, así que espero que tú no seas así. —El hombre se acercó a la joven y besó su frente. Y dio por finalizada la conversación.
[***]
Mark Wallock pertenecía a una familia de renombre en el mundo mágico; una sangre limpia. La mayor parte de su tiempo en casa consistía estar tumbado en cama, sin nada aparente que hacer. Tenía deberes que realizar, pero no se preocupaba por ellos. En ocasiones salía a volar sobre los jardines. Practicaba quidditch; él juraba, en innumerables veces, que era bueno, lo necesario para llevar al equipo de su casa a ganar la copa. Los primeros días de las vacaciones de verano, consistieron en rogarle a su padre que le regalara la mejor escoba de carreras, en pasar el tiempo tirado en la cama y en mandar lechuzas a sus amigos. Pero su monotonía se rompió cuando su familia decidió dar una fiesta. Un evento de gala en el que su padre festejaría su cumpleaños; los más íntimos amigos estarían presentes.
Tenemos el honor de informarle que está cordialmente invitado a la celebración, por motivo del cumpleaños, de Jasper Wallock. Esperamos contar con su agradable presencia y la de su familia.
A las ocho en punto de la noche; la familia Somender apareció. Era un sendero angosto, flanqueado por setos pulcramente recortados: la mansión Wallock. Los sonidos de risas, música, y conversaciones crecieron más fuerte con cada paso que tomaban. El amplio vestíbulo estaba iluminado y suntuosamente decorado. El salón era una sala grande con una hermosa chimenea de mármol trasmontada por una ventana dorada; el techo y las paredes habían sido adornadas con colgaduras verde esmeralda y plateado. Ya estaba abarrotado y con un ambiente cargado; bañado por la luz rojiza que proyectaba una barroca lámpara dorada colgada del centro del techo. Desde un rincón apartado llegaban cánticos acompañados por instrumentos que recordaban las mandolinas. Varios elfos domésticos intentaban abrirse paso entre tantas rodillas, pero quedaban ocultos por las pesadas bandejas de plata llenas de comida que transportaban; tenían el aspecto de mesitas móviles. Los Somender se acercaron a una pareja que estaba recibiendo a todos los recién llegados.
—¡Morgan! Qué gusto verte. —Saludó Jasper Wallock; traía una copa en su mano—. ¿Cómo estás?
—Muy bien.
—¡Amelia! querida. Es un gusto verlos, en verdad. —Depositó un beso en la bruja, quien sonrió amablemente—. Veo que tus hijos han crecido.
—Son el orgullo de la familia. —Benjamín y Mariana forzaron una sonrisa ante el comentario de su padre. Cada uno estrechó la mano de los señores Wallock.
—¿Y tu hijo, Jasper? Tengo entendido que son compañeros, ¿no?
—Oh si, Mark me contó eso. Debe estar con sus otros amigos. ¿Por qué no te les unes, pequeña? Anda, búscalos. —Jasper Wallock tomó dos copas de vino de una de las bandejas que llevaba un elfo, y se las entregó a sus invitados.
De inmediato, los Wallock y los Somender entablaron conversación. Los primeros comenzaron a preguntarles cómo les estaba yendo con el trabajo en Egipto. Después de eso, hablaron de negocios. Mariana deambuló un rato; su hermano andaba en los jardines tomando aire. Al igual que ella, no le gustaba ese tipo de eventos aburridos. Toda esa gente que estaban ahí no eran de su agrado, sin embargo, sabía que era necesario socializar; serían de ayuda para su futuro. Buscó entre el gentío a Mark. Mantuvo la esperanza de encontrar a Holly; ella misma le mandó una lechuza diciéndole que estaría ahí. Quizás sólo así podría tener una buena velada. Siguió dando vueltas en el salón; se sentó en las escaleras mientras observaba a las familias sangre pura. Imaginaba los temas de conversación; presumir cuantos galeones tenían en sus respectivas cámaras en Gringotts. O quizás, criticar a alguien que estaba presente en la fiesta. Estaba tan sumergida en sus observaciones que no notó cuando alguien bajaba. El anfitrión de la fiesta, Mark Wallock y su fiel gorila, Vincent Pierce. Su amigo llevaba una túnica negra de terciopelo que le sentaba bastante bien.
—¡Hey! Hola, Mariana.
—Hola.
—Te ves muy bonita.
—Gracias Mark; también tú te ves bien.
—Lo sé —respondió con una sonrisa arrogante—. Bienvenida a mi casa. No pensé que fueras a venir. Jamás respondiste a mis anteriores invitaciones; eso me hizo creer que viajabas con tu familia.
—Vine con mis padres y mi hermano.
—Me alegra que estés aquí. ¿Quieres que te traiga algo? —Chascó los dedos para que un elfo apareciera.
—No, estoy bien. Gracias. ¿Has visto a Holly?
—No, pero dime ¿te estás divirtiendo? —preguntó mientras le entregaba un vaso de agua que un elfo hizo aparecer.
—No mucho, en realidad.
—Hasta apenas me viste —dijo pasando un brazo por su hombro. La llevó al salón.
Caminaron entre los magos y brujas; todos eran adultos que estaban sumergidos en sus propias conversaciones. Mariana logró captar algunas frases al pasar cerca; en la mayoría, como ella supuso, hablaban acerca de negocios y el poder que tenían. Otros hablaban acerca del ministerio y política, aunque quería pararse a escuchar más, Mark no se lo permitía. Cruzaron el gran salón y luego salieron a los jardines; el chico tomó un par de vasos de jugo de calabaza.
—Aquí podremos charlar.
—¿Sobre qué?
—¿Cómo te ha ido en el verano?
—Bien. ¿Y el tuyo?
—¡Theo! —gritó Mark al ver pasar a un chico.
—Hola. Tus padres me dijeron que estabas por aquí. ¡Mariana! —exclamó sorprendido—, qué bella estás hoy. Mark no me comentó que vendrías.
—Tampoco me dijo que estabas por aquí —respondió ella recobrando la compostura. Se ruborizó ante su halago—. No pensé que te vería vestido con una túnica de gala. —Estaba guapo. Theo llevaba una túnica verde olivo que le sentaba bastante bien con sus ojos. Él sonrió al escucharla.
—Deberías salir más seguido, Somender. Mis padres suelen ir muy seguido a eventos de este tipo.
—Sabemos que Marianita siempre está ocupada —mencionó Mark. La niña puso los ojos en blanco. Además, no le gustaba que le dijera así—. Tiene suerte de estar en Londres.
—¿Por?
—Mis padres viajan bastante. Últimamente han estado en Egipto.
—¡Oh!! interesante... ¿Qué hacen?; la verdad es que casi nunca hablas de ellos.
—Trabajan para el ministerio. Investigan esfinges y algunos otros artilugios. Así que paso mi tiempo con mi padrino.
—Señor… —interrumpió un elfo doméstico—, su padre lo busca.
—¿Para qué?
—No sé, señor. Me ordenó que lo buscara.
—Bien, ahora vuelvo. —Mark se fue detrás del elfo.
—Ahora sé más de ti. —Theo sonrió—. ¿Quién es tu padrino? El mío es un viejo amigo de la familia y casi no lo veo.
—Yo veo al mío más de la cuenta. Es Han Moody.
—¿Moody? ¿Tiene algo que ver con Alastor, el auror?
—Es su tío.
—¡Guau! eso no sabía y ¿qué tal es? ¿Es igual de paranoico?
—No, es increíble. No es un auror propiamente dicho, pero sí estuvo en el departamento de leyes mágicas y también perteneció al Wizengamot. Viajó por muchos lugares, en especial por América.
—Eso suena increíble. Creo que este año pasará algo.
—¿Por qué lo dices?
—Porque mi padre ha estado raro. Ha mencionado algo sobre las academias de otros continentes. En especial, las de América.
—¿Ilvermorny?
—¡Por fin los encuentro! —Era Holly, quien parecía malhumorada—. ¿Dónde estaban? llevo horas buscándolos.
—Aquí estamos.
—Ya lo noté.
—Esto está aburrido. —Mark regresó después de que el elfo lo hubiera buscado por órdenes de sus padres—, deberíamos poner algo de ambiente. —Chasqueo los dedos y un par de elfos más aparecieron con una bandeja de cervezas de mantequilla—. Esto está mejor o ¿prefieren algo más fuerte?
—Al menos que quieras que mis padres me asesinen —dijo Holly, aunque en el fondo le encantaría probar esas bebidas.
—Deberías aprender del mejor. —Se mofó Mark—. Brindemos. —Alzó la botella.
—¿Por qué brindaremos?
—Por lo que sea; que este año en Hogwarts, Slytherin recupere la gloria y aplaste a los ridículos gatitos como siempre debió haber sido.
—¡Salud! —Corearon todos al chocar las botellas.
—¿Qué piensan de una amistad con alguien que no sea de su casa? —preguntó Mariana al recordar la conversación con su padrino.
—Depende... ¿con quiénes? No me imagino siendo amigo de un estúpido león; me bastó lo que me pasó con el idiota de Lovegood.
—Técnicamente fue tu culpa, Mark —respondió Theo—, debiste haber hecho la parte del trabajo.
—Para eso estaba él.
—¿Por qué la pregunta? —Se acercó Holly a ella. Aprovechó el momento en que sus otros amigos iniciaron una discusión—, ¿tiene que ver con lo sucedido en el expreso?
—Curiosidad.
—A mí no me engañas, Somender.
—No te engaño, Rayner.
—Espero que no me vayas a cambiar por un estúpido gatito. —Eso la hizo reír.
—¿Con cuál gato? quizás por una lechuza, son más útiles. —Ambas comenzaron a reír, aunque eso le había confirmado la sospecha que tenía al respecto. Sus amigos no aprobarían una relación de amistad con nadie que no fuera digno.
Avanzada la noche, los Somender abandonaron la mansión de los Wallock. Benjamín y Mariana estaban cansados; odiaban ese tipo de eventos, pero la mayoría de las veces, tenían que ir porque sus padres se los pedían. Apenas se cambió de ropa, se recostó y se quedó profundamente dormida.
El mercado Camden Market estaba abarrotado de personas. Wallace Heather se detuvo en uno de los puestos; fingió atención en uno de los artilugios antiguos. Intercambió una mirada con su compañero. Él asintió. Ambos caminaron sin dejar de observar los puestos. Hasta que se detuvieron en uno, donde había jaulas pequeñas y grandes, una encima sobre la otra. Bufidos, graznidos o maullidos salían de ellas.
—Qué bonito gato.
—Es un gato exótico —respondió el dependiente—. También tengo otros animales. Lo que quiera.
—¿Qué hay en esa jaula grande? —preguntó Wallace al escuchar un rugido.
—Depende de cuánto oro quiera gastar.
—Espero que tenga el permiso para ese dragón.
El dependiente se puso nervioso; Wallace lo notó. Él y su compañero sacaron la varita de entre la ropa. Otros magos rodearon el sitio. La discreción se rompió cuando fueron recibidos por haces de luces. Muggles corrieron ante el espectáculo de chispas brillantes. Después de un rato de caos: mesas destruidas, fuego y un sin fin de artilugios hechos añicos, todo estaba bajo control. Wallace notificó al departamento de Regularización y Control de criaturas mágicas. Varios magos aparecieron para llevarse las jaulas, también llegó un escuadrón de desmemorizadores. En los últimos días, el departamento recibió reportes de tráfico de dragones en el país.
Aquella redada dio como resultado el rescate de varios hipogrifos, acromantulas augurey, kneazle, dragones y otras más que se encontraban. Tuvieron que hacer una búsqueda de muggles que compraron alguna criatura. Heather se quedó inspeccionando los arreglos del mercado; escuchó un graznido de entre los pocos escombros que quedaron. Vio un pequeño bulto lleno de cenizas; era un ave fea, rosada y sin plumas. Lo reconoció de inmediato, era un fénix; quizás llevaba días de haber renacido. Lo tomó con sumo cuidado y desapareció; el departamento era un caos, eran bastantes criaturas los que se tenían que ocultar y trasladar a lugares apropiados para ellos. El mago no estaba convencido de dejarlo ahí, así que tomó sus cosas y se metió a la chimenea; después haría el papeleo correspondiente.
—Hola, papá. —Escuchó apenas llegó a casa.
—Hola, hijo. —Dejó su portafolio en la mesita del centro.
—¿Qué traes ahí?
—En la redada rescaté a este fénix.
—Guau. ¿Lo vas a cuidar?
—Eso quisiera, pero hay mucho trabajo.
—Puedo cuidarlo yo.
—No lo sé. No es cualquier criatura que puedas tomar como mascota.
—Créeme que puedo, papá.
—¿Estás seguro que puedes criarlo y cuidarlo?
—Muy seguro.
—De acuerdo. Confiaré en ti.
Adam se llevó la pequeña ave a su habitación. No tenía idea de cómo cuidar al fénix; buscó su tomo de Animales fantásticos y dónde encontrarlos. Encontró bastante información al respecto, pero no la necesaria para lo que él necesitaba. Tuvo que recurrir a su padre para recibir algo de ayuda. Cuando menos se dio cuenta, la idea de ser zoomago le entusiasmó. Resultó ser un fénix muy travieso y la paciencia de Adam se agotaba. Le costó que comiera y cada día que pasaba, perdía la esperanza de verlo en todo su esplendor. Aun así, no se dio por vencido, se mantuvo sereno y ocupado durante un mes. Incluso olvidó mandar tantas cartas a su amiga; apenas fue consciente de que ella estaba de vuelta. Quiso darle la sorpresa de su nuevo amigo. Aquel día se levantó temprano; Adam no había dormido, aunque su perseverancia dio frutos. Tomó a la pequeña ave y cruzó la calle.
—Adam, ¿cómo estás? —saludó alguien apenas abrieron la puerta al primer timbrazo.
—Hola, señor Moody.
—¿A qué se debe tu visita tan tempranera?
—Mariana me avisó que estaba de vuelta y vine a verla.
—Sin duda, es imposible separarlos a ustedes dos —comentó Han con gusto—. Pasa. Estás en tu casa.
—Gracias. ¿Y los señores Somender? —preguntó antes de subir a la habitación.
—Tuvieron que ir al Ministerio. Supongo que no fue suficiente regodearse anoche en aquella fiesta.
—El ego, señor Moody. Aunque no le encuentro sentido engrandecerlo.
—Me agradas, muchacho. —Adam se ruborizó ante el comentario del mago—. No dejes que mi ahijada sea así.
—No se preocupe. —Eso le bastó a Han; el chico siguió su camino.
Él entró en la habitación sin hacer ruido. Sin embargo, la pequeña ave graznaba en sus manos. Mariana dormía plácidamente; sin despertarla, puso la criatura en la cama. El fénix se acurrucó en su regazo, ella inconscientemente lo abrazó con ternura.
—Increíble —susurró, aunque lo suficiente audible para que su amiga despertara—. ¡Ups!
—¿Adam? —preguntó somnolienta—. ¿Qué haces en mi habitación? ¿Qué hora es?
—Son las nueve de la mañana.
—¿Sí sabes que llegamos muy tarde de la fiesta? —Se tapó la cabeza con las sábanas.
—Es que… ¡Feliz cumpleaños!
—Faltan meses para mi cumpleaños. ¿Qué haces aquí?
—¿Acaso no puedo verte? Y yo que tú, tendría cuidado.
—¿En qué? —El niño señaló su regazo; ella vio el fénix. Estaba dormido, sus plumas rojizas destellaban con brillos dorados.
—¡Guau! no tenía idea de que hicieran eso.
—Es hermoso. —Con mucho cuidado tocó suavemente sus plumas con las yemas de los dedos.
—Mi papá lo rescató. Llevo cuidándolo hace un mes. Pero veo que le agradas más que yo. A lo mejor te lo puedes quedar —mencionó emocionado con la idea.
—¿Qué? No, es tuyo.
—Pues ni tanto. No tiene nombre, y conmigo es muy inquieto. Bastó unos segundos, a tu lado, para que esté tranquilo.
—No es suficiente para que me lo quede.
—Bueno, te lo regalo.
—Ah no. ¿Qué tal que no soy buena para cuidarlo?
—Eres responsable e igual te puede traer el correo cuando regresemos a Hogwarts.
—No puedo aceptarlo.
—¿Cuánto más vamos a fingir que ya lo aceptaste?
—Adam...
—Mariana, ambos sabemos que ese fénix...
—Tarrant.
—¿Qué?
—Se llama Tarrant. —En ese momento, el ave graznó fuerte. Aleteó emocionado al escuchar su nombre.
—Creo que le gustó su nombre. Es un hecho que este pequeñín y tú serán muy buenos amigos.
—De acuerdo. Tú ganas. Es el mejor regalo que alguien me puede dar.
—Lo sé. —Adam sonrió con satisfacción—. ¿Y qué tal la fiesta de Mark?
[***]
En la madriguera se respiraba un ambiente de felicidad; la familia Potter-Weasley estaba por recibir a su primer hijo. En unos meses se uniría al pequeño Teddy Lupin y Victorie Weasley. Sin duda, la familia estaba creciendo. Con la noticia, los Potter salieron en las primeras planas del Profeta. Se hizo un alboroto cuando Ginny Potter anunció su retiro del equipo de quidditch: las Holyhead Harpies. Quería dedicarse por completo a su primogénito.
Ha surgido el rumor de que el primer hijo de Harry Potter ha nacido; se les vio entrar al hospital de San Mungo. Aunque nuestras fuentes nos informan que sólo fue una revisión de rutina, por lo que todavía estamos a la espera de que nazca el pequeño. Sabemos que el clan Weasley está emocionado, en especial la futura abuela Molly, que espera que todo salga bien para su hija y su nieto. Aún no se ha revelado el nombre que tendrá, pero ya hay varias sugerencias.
Varias veces, Kissy Weasley se preguntó el por qué su familia no era invitada a la madriguera ni a las festividades que hacían ahí. No sabía si era la sangre de su madre; sin embargo, no le importaba en lo absoluto. Podría decirse que se la pasaba bien en su propia casa, aunque no tanto cuando su hermano mayor metía sus narices. Creía que tenía el derecho a reñirla por cualquier tontería. A veces era insoportable. Parte del tiempo se lo dedicó a imaginar las formas de vengarse de las Gryffindors y de ese par de Ravenclaws. Estaba harta de que fueran los consentidos: "Green es fabulosa; McGonagall vuela de maravilla. Flitwick es el mejor”. Logró hacerle una broma, pero no esperaba que se librara tan pronto. Mantuvo la esperanza de que MacMillan le bajara puntos para que al menos, los leones volvieran a perder la copa de las casas, pero eso no sucedió.
Pasar las vacaciones en casa significaba soportar a su hermano Freddie, el perfecto prefecto Ravenclaw. Venía de una familia traidora a la sangre; su padre Alfred perteneció a Gryffindor y su madre era una digna Slytherin, igual que ella. Sus padres estaban cansados de recibir lechuzas con advertencias de su conducta, pero ella no se dejaría seguir haciendo bromas tontas. Alfred Weasley era jefe de aurores, estaba viejo y no dudaba que, en cualquier momento, cedería su puesto a alguien más joven. Corrió el rumor de que el cargo sería para Harry Potter, cuando estuviera listo para asumir las responsabilidades. Aun así, era muy buen auror. El plan del señor Weasley era llevar a su pequeña hija al ministerio para que conociera el trabajo. Cuando se lo notificó, Kissy se entusiasmó demasiado, tenía deseos de aprender. Llegaron por las chimeneas para acceder al ministerio. Se unieron a la muchedumbre, abriéndose paso entre los trabajadores.
—Nivel dos. Sección de Entrada en vigor de Leyes Mágicas, incluyendo la Oficina del Uso Incorrecto de la Magia, Cuartel General de los Aurores. —Indicó el Señor Weasley; salió del ascensor al pasillo con una hilera de puertas—. Mi oficina está en el otro extremo.
Torcieron una esquina; atravesaron un par de pesadas puertas de roble y aparecieron en un área abierta, dividida en cubículos. Los Memorándums entraban y salían verticalmente de los cubículos, como cohetes en miniatura. En un cartel desvencijado en el cubículo más cercano se leía: Cuartel General de los Aurores. Cubrieron las paredes con todo tipo de cuadros de magos queridos y fotografías de sus familias, carteles de sus equipos favoritos de Quidditch y artículos de El Profeta.
—Buenos días, Weasley —saludó un mago despreocupadamente cuando ellos se acercaron.
—Espera aquí. Tengo una reunión —dijo el hombre dejando a la pelirroja en su oficina y tomando algunos papeles.
—Sí, papá. —Kissy se sentó en su silla detrás del escritorio; en la mesa había varios expedientes que, al parecer, estaba revisando. Por pura curiosidad, se puso a leer los nombres; entre ellos le saltó uno en particular: Rookwood.
Era el apellido de su amiga Lesma. Debía comportarse y no meter sus narices en donde no la llamaban, pero su curiosidad fue más fuerte; abrió el expediente y comenzó a leer. No había mucha información. Volvió a cerrarlo, aunque era obvio que tenía que contarle a su amiga sobre lo ocurrido. Casi a los diez minutos, llegó su padre de nuevo a su oficina.
—Acompáñame.
—¿A dónde?
—Vendrás a ver como entrenan los aurores —respondió mientras tomaba algunos pergaminos—, quizás aprendas algo.
—¿Me dejarás batirme a duelo con algunos?
—Eres muy joven aún.
—Papá…
—Vamos. Se hace tarde para que inicie la práctica.
Entraron a una sala amplia, donde había varios magos y brujas sosteniendo su varita; esperaban a que les dieran órdenes. El instructor les estaba enseñando la mejor forma de lanzar por los aires a sus enemigos, y ganar tiempo en caso de ser necesario. Tomó como voluntario a un joven; Kissy observó cada detalle y cada movimiento para, quizás en un futuro, pudiera utilizar. El pobre novato no pudo repeler la agresión, así que salió volando y se estrelló con uno de los muros. Después de eso, cada uno se puso en pareja para practicar. La pelirroja quiso intentarlo, pero su padre no se lo permitió; además le recordó que era menor y no tenía permiso de usar la magia fuera del colegio.
—Pero estamos en el ministerio, podrías autorizarme.
—Por eso, Kissy. Debo dar el ejemplo de que se cumplan las reglas.
—Quiero practicar.
—Observa a los novatos. Te traje para que aprendieras un poco de disciplina.
—¿Eso qué quiere decir?
—Ya no quiero seguir recibiendo lechuzas de tus profesores. No más bromas estúpidas.
—Pero papá…
—Estás advertida, Kissy. Freddie se encargará de informarme.
—¿Y ellas? ¿qué? esas Gryffindor son las consentidas.
—Si así fuera debes aprender a controlarte. Les das más poder sobre ti.
—Tú no los conoces.
—Tendré cero tolerancia contigo.
Kissy no se dejaría las cosas así, aunque sus padres se enojaran. Ella se vengaría de cada una de las bromas que le hizo Andrea Green.
[***]
Las cartas para asistir a Hogwarts llegaron y cada una con la respectiva lista de libros para comenzar el siguiente curso. Cada familia se preparó para ir a comprar el material necesario al callejón Diagon. Después de pasar el día entre tiendas y estanterías, al regresar a casa, una pila de paquetes caía sobre la cama; listos para desenvolverse. Además de los libros reglamentarios de hechizos y de otras asignaturas, había un puñado de plumas nuevas, una docena de rollos de pergamino y recambios para el equipo de preparar pociones. Aún exhaustos, cada padre o madre mandaba a sus hijos a realizar su equipaje, por lo que guardaban todas las cosas necesarias en su baúl, listos para comenzar una nueva aventura.
El expreso de Hogwarts, una reluciente máquina de vapor de color escarlata, era lo primero que se veía al traspasar la barrera entre el andén nueve y diez; de él salían nubes de vapor que convertían en oscuros fantasmas a los numerosos alumnos de Hogwarts y sus padres. Mariana, Adam y Holly entraron a coger sitio, colocaron su equipaje en un compartimiento de uno de los vagones centrales del tren. Luego bajaron de un salto para despedirse de sus respectivas familias. No tardaron mucho, ya que un pitido les avisó que el tren estaba por partir. La lluvia se hacía aún más y más intensa conforme el tren avanzaba al norte. El cielo estaba oscuro y las ventanillas empañadas que al mediodía ya habían encendido las luces. El carrito de la comida llegó traqueteando por el pasillo, y Adam compró un montón de pasteles en forma de caldero para compartirlos con sus amigas. Mariana se iba a meter un pastel a la boca cuando, por la ventana vio pasar a Andrea Green por el pasillo. Y también Kissy Weasley.
—… y por eso digo que deberíamos llegar a tiempo. ¿Qué ves, Mariana? —preguntó Adam al verla distraída.
—¿Tan pronto habrá problemas? —mencionó Holly al darse cuenta de lo que estaba viendo.
—¿Creen que peleen?
—Quisiera ver eso. —Antes de que ambas chicas hicieran algo, un perfecto pasó por su lado.
—Creo que no habrá nada.
—Qué aguafiestas.
—Tierra llamando a Mariana.
Lo que le dijo Han apareció en su mente. Andrea fue la culpable de su castigo, sí, hasta cierto punto. Todo tenía que ver con su estúpida rivalidad y las bromitas que, al parecer, no cesarán. El expreso continuó su avance sin ningún percance hasta que llegaron a la estación de Hogsmeade, donde ya estaban esperándolos los carruajes para llevarlos al castillo. Los tres subieron a uno; atravesaron las verjas flanqueadas por estatuas de cerdos alados y luego avanzaron por el ancho camino. Por la ventanilla se veía el castillo de Hogwarts, con sus numerosos ventanales iluminados reluciendo borrosamente tras la cortina de lluvia. Los rayos cruzaron el cielo cuando su carruaje se detuvo ante la gran puerta principal de roble. Los que ocupaban los carruajes de delante corrían; ya subían los escalones para entrar en el castillo. Saltaron del carruaje y subieron la escalinata a toda prisa, levantaron la vista cuando se hallaron a cubierto en el interior del cavernoso vestíbulo alumbrado con antorchas y ante la majestuosa escalinata de mármol.
El Gran Comedor, decorado para el banquete de comienzo de curso, tenía un aspecto tan espléndido como de costumbre, y el ambiente era mucho más cálido que en el vestíbulo. A la luz de cientos y cientos de velas que flotaban en el aire sobre las mesas, brillaban las copas y los platos de oro. Las cuatro largas mesas estaban abarrotadas de alumnos que charlaban; los profesores se hallaban sentados a lo largo de una quinta mesa. Mariana, Adam y Holly se sentaron con los demás estudiantes de Slytherin.
—Espero que se den prisa con la ceremonia de selección, porque me muero de hambre. —Adam a veces podía ser un comelón.
—Qué alegría me da verlos. —Mark acaba de llegar; a su lado venía el chicle de Vincent y Theo, que, a vista de Mariana, se veía bastante bien.
—A nosotros igual.
—¿Cómo estás, Mariana?
—Muy bien, Theo. ¿Y tú?
En la mesa de los profesores no podía faltar a Sprout; que seguía impartiendo Herbología y hablaba con el profesor MacMillan; quien impartía Defensa contra las artes oscuras. Al otro lado del profesor, se encontraba Higgs; quien daba pociones y era jefe de la casa de Slytherin. A su lado había un asiento vacío. En la silla contigua, y en el mismo centro de la mesa, estaba sentada la profesora McGonagall; la directora. De pronto, se abrieron las puertas del gran comedor y se hizo el silencio. El pequeño profesor Flitwick marchaba a la cabeza de una larga fila de alumnos de primero, a los que condujo hasta la parte superior. El profesor colocó un taburete de cuatro patas en el suelo ante los alumnos de primero y encima de él, un sombrero extremadamente viejo, sucio y remendado. Los de primero lo miraban, y también el resto de los alumnos
Cuando pasó el último estudiante, el profesor Flitwick enrolló el pergamino y se llevó el taburete junto con el sombrero. De inmediato, la profesora McGonagall dio por iniciado el banquete. Una vez terminados los postres y cuando los últimos restos desaparecieron de los platos, Minerva McGonagall volvió a levantarse. El rumor de charla que llenaba el gran comedor se apagó al instante, y sólo se oyó el silbido del viento y la lluvia golpeando contra los ventanales.
—Ahora que todos estamos bien comidos, les comunico algunas noticias: Como cada año, quiero recordaros que el bosque que está dentro de los terrenos del castillo es una zona prohibida a los estudiantes. Otro tanto ocurre con el pueblo de Hogsmeade para todos los alumnos de primero y de segundo. Es también mi doloroso deber informarles que la copa de quidditch no se celebrará este curso.
—¡¿Qué?!
—Esto se debe a un acontecimiento que dará comienzo en octubre y continuará a lo largo de todo el curso; acapara una gran parte del tiempo y la energía de los profesores. Estoy segura de que lo disfrutarán enormemente. En su momento les anunciaré de dicho evento, donde nuestro departamento de Cooperación Mágica Internacional ha decidido que este es un buen momento para lo que nos espera. Hemos trabajado a fondo este verano para asegurarnos de que sea posible. Por lo pronto es momento de que se vayan a sus respectivas salas comunes y que descansen. Buenas noches.
Los murmullos no se hicieron esperar después del discurso de la profesora. Estaban emocionados, algunos pensaban que quizás era posible un nuevo intento del Torneo de los tres magos. La sala común de Slytherin era una sala larga, semisubterránea, con los muros y el techo de piedra. Colgaban lámparas de color verdoso mediante cadenas. Debajo de la repisa labrada de la chimenea donde crepitaba la higuera.
—Bueno, miren quienes están ahí —dijo Mark con su habitual manera de hablar. Iba acompañado de su gorila Vincent—. ¿Qué tal el verano?
—Nos acabamos de ver —dijo Holly poniendo los ojos en blanco—. Y nos vimos en el verano. A veces no sé si eres un idiota o sólo es para matar el aburrimiento.
—Nos vimos, pero no a solas. —Puso un brazo en el hombro de su amiga Mariana.
—Vete a fastidiar a otro lado, Mark.
—¿Están de malas? —preguntó sin borrar su sonrisa—. Yo no tengo la culpa de que McGonagall no haya dicho nada.
—Como si tú no tuvieras ganas de saber.
Muy cerca de ellos, estaban algunos alumnos de tercero. La mayoría comenzó a entrar en su habitación, el banquete siempre los dejaba somnolientos. Kissy y Lesma les hablaban a sus amigos, quienes reían por sus ocurrencias.
—Entonces… ¿Qué les parece?
—La forma ideal de vengarse de esos Gryffindor.
—Ya sé. —Se carcajeó la pelirroja—. Green me va a pagar todas las que me debe.
—Será divertido verlo.
—Es una cobarde. Siempre anda llorando por los rincones del castillo. ¡Bah! Quedarán humillados después de mi broma suprema.
La conversación llegó a oídos de Mariana y compañía. A simple vista no les importaba, también les divertía el pleito que se traían ambas chicas.
—¿Qué haces? —preguntó Holly al ver a su amiga yendo a su encuentro.
—Ya me imagino a Green…
—¿Sabes qué pienso? —Mariana interrumpió su conversación.
—¿Disculpa?
—No hay mejor forma de perder el tiempo que haciéndose bromas estúpidas.
—¿Tú quién eres? —Lesma intervino.
—Tú sabes perfectamente quién soy. Además de ser la chica a la que por su culpa. —Señaló a la pelirroja—, castigaron.
—¿Mi culpa? Niña, no sé de qué estás hablando.
—¿Ah no? Yo creo que sí. ¿Olvidaste la última broma con MacMillan?
—Ah esa. Fue muy divertido.
—No, no lo fue —espetó molesta—. Este año no me la vuelven hacer tú ni Andrea, ni nadie. El problema que tengas con ella o con quién sea, me da igual, pero déjenme fuera.
—¿Sabes con quién estás hablando niña?
—¿Y tú? Fue la primera y última vez, Weasley. Tus problemas con Green o con cualquiera que tengas son asuntos tuyos y te pido, no, no te pido te exijo que me dejes fuera de ellos. ¿Entendiste?
—¿Me hablas en serio?
—Tú no eres capaz de saber lo que es hablar en serio, pero lo que sí deberías saber Weasley, es que a nadie le interesan tus estúpidas bromas. Deberías entender que Green siempre va un paso adelante y deberías admitir que es mejor que tú.
—Deberías callarte —susurró, en esos momentos la sala común estaba en silencio.
—Qué humillante es saber que una Gryffindor, una simple gatita, te gana todas las jugadas.
—No hables.
—Yo decido cuándo hablar. Estás advertida Weasley, es mejor que me dejes fuera de tus asuntos; o sino conocerás realmente a Mariana Somender.
No tuvo más que agregar; dio media vuelta y se fue derecho a la habitación de las niñas, donde fue seguida por su amiga Holly.
—¿Qué fue eso? —preguntó impresionada por la actitud de su amiga.
—¿Qué fue qué?
—Lo que acabas de hacer.
—¿Qué?
—Te acabas de enfrentar a Kissy Weasley.
—¿Y luego?
—Acabaste con ella. Le dijiste sus verdades, en medio de toda la sala común. ¡Por Morgana! Jamás te creería capaz de semejante hazaña.
—No exageres. —Mariana entró al baño para cepillarse los dientes.
—No exagero. Hasta donde sé, nunca nadie le había dicho nada.
—Green no tuvo toda la culpa en el castigo —respondió mientras se quitaba la túnica—, digamos que la verdadera culpable en ese asunto fue Weasley, ella fue la que hizo todo un espectáculo.
—Tú acabas de hacerlo.
—No es para tanto, Holly.
—Cada día me enorgullezco más de ti —Fingió limpiarse una lágrima imaginaria; su amiga puso los ojos en blanco.
—Más vale que ya no me metan en sus problemas.
—¿Qué harás?
—Irme a dormir.
—No. Me refiero a Weasley.
—Pues nada. Creo que le quedaron claro las cosas. —A este punto ya se había cambiado y puesto su pijama.
—¿Serías capaz de hacerle algo?
—¿Tú que crees?
—Nunca dude de que seas mi niña. —Mariana rió ante sus ocurrencias.
—Buenas noches, Holly.
—Descansa. Que esta gran hazaña, de poner en su lugar a Kissy Weasley y a Lesma Rookwood, no caiga en el olvido.
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