Capítulo 14
Los murmullos de emoción invadieron el Gran Comedor. Teorías se formularon. ¿Qué era ese evento tan importante que sucedería? ¿Otro torneo de los tres magos? Un intento de limar asperezas con las escuelas mágicas. La última vez no funcionó; aquellos infortunados sucesos que se dieron: la muerte de Cedric Diggory y el retorno de Lord Voldermort. Ahora en tiempos diferentes, la intriga y curiosidad generaba excitación en la mayoría. Mena, Andrea y Gus se juntaron, antes de ir a sus respectivas torres, para charlar del asunto.
—¿Qué creen que sea? —preguntó la castaña al salir del gran comedor junto con los demás en medio de tantos murmullos.
—No lo sé, dudo mucho que sea el torneo de los tres magos.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Mena. Estaba pensativa por todo.
—Piénselo bien. Andy y su padre fueron al sur de América. Yo estuve en el norte y en Asia, ¿no les dice algo?
—No… bueno, sólo que a lo mejor fue una búsqueda de magos importantes. No olvides que mi papá se dedica a eso.
—No me cuadra.
—Supongo que ya sabremos cuando mi abuela nos diga.
—Yupi.
Se despidieron en las escaleras, antes de que las chicas entraran por el retrato de la dama gorda, Mena se quedó unos instantes charlando con Gustav. Al término de su corta conversación, se metieron a la sala común de Gryffindor; él siguió su camino a la torre de Ravenclaw. Al entrar subió a su dormitorio, el banquete dejó a los estudiantes aturdidos. Eso hizo que se acordara de Gludy, y su encuentro del curso pasado con Somender. Todos esos detalles de su castigo y sobre su pequeño amigo era algo que no les había contado a los demás, por el momento tampoco tenía intenciones de hacerlo. Si sus dos mejores amigos tenían secretos, no veía el porqué ella no.
Cuando Andrea, Mena, Keisi y Alexander entraron en el gran comedor a desayunar, lo primero que vieron fue a Kissy Weasley y Lesma Rookwood juntas; cuchicheando sobre algo. La castaña se preguntó si estaban planeando algo en contra de ella y si debía estar más alerta. Ya estaba cansada de caer en sus bromas, salir castigada y perder puntos, por eso había jurado que ese curso se portaría bien.
—Sé lo que piensas —dijo Alexander, quien iba detrás de ella.
—¿Ah sí? ¿En qué pienso? —Desafió con una sonrisa.
—En que están buscando la forma de fastidiar.
—Eso es muy normal de ellas. —Se dejó caer en un asiento de la mesa de Gryffindor; a lado de Gavin.
—Los nuevos horarios de tercero —anunció pasándolos al resto de todos—. ¿Qué tal el verano?
—Muy bien, ¿y el tuyo? —Se acercó unas cuantas tostadas y la mermelada.
—Tranquilo, ya sabes. Ideé nuevas estrategias para ganar la copa de quidditch, pero este curso, por lo que veo, no habrá.
—Será por una buena causa... supongo. —Le llamó la atención que las Slytherins estuvieran hablando con las cabezas juntas; dejó su tostada a medio camino de su boca—. Algo traman.
—Si te sirve de consuelo, no es nada en contra tuya —dijo alguien más. Amshel tomó asiento al otro lado de su amiga.
—¿Por qué lo dices? —Antes de responderle, observó a Gavin.
—Oí por ahí que alguien de su misma casa la enfrentó.
—¿Cómo? ¿Qué pasó?
—¿Quien?
—Una tal Mariana Somender. —Le dio interés en saber más.
—¿Quién es esa chica?
—Fue mi compañera de castigo el curso pasado. Va en segundo. —Eso era algo que no les había comentado a los demás—. Pero… ¿sabes qué ocurrió?
—Sabe que tú no planeaste la broma y del castigo con MacMillan. Le reclamó a Weasley porque creo que las escuchó planeando algo.
—¡Guau!
—Lo que no tolera Weasley es que la sala común estaban todos. —Sin poder evitarlo, comenzaron a reír.
—Debería invitarle una cerveza de mantequilla —expresó Andrea. Vio a la slytherin sentada al otro extremo de la mesa. Hubiera dado lo que sea por ver semejante humillación.
Kissy Weasley seguía pensando en la noche anterior; le bastó poco tiempo para averiguar de qué familia provenía, y saber qué clase de persona era. Los Somender. Familia sangre pura, reconocidos en el mundo mágico y el respeto del ministerio. Todo era basura, sin embargo, eran personas ocupadas que tenían que dejar a su pequeñita princesa con un tutor. Le era inevitable reírse de ello, siempre pensó que Green era detestable haciéndose la víctima, pero quizás había encontrado a alguien peor. Somender pagaría por su indulgencia.
—¿En qué piensas, cabeza de zanahoria? —preguntó Lesma al notar que no probaba bocado de su desayuno.
—En lo de ayer.
—¿Piensas hacer algo?
—No se puede quedar impune.
—¡Claro que no! Te amenazó. —Se acercó más a ella para que pudiera decirle su plan—. ¡Brillante idea!
—¿Con quién crees que hablas?
—Pensé que esa sería para Green.
—Y lo era. Todavía no paga todas y cada una de las que me debe, pero ella puede esperar.
—Amo tu mente brillante.
—Yo también me amo.
—¿Este verano te dijeron algo? —La pelirroja asintió—. Tu hermano, de seguro.
—Mi padre.
—¿En serio? ¿Qué te dijo?
—Que dejara de hacer bromas estúpidas. Nadie se burla de mí.
La profesora Marel habló sobre los animagos: brujos que pueden transformarse a voluntad en animales. Hizo un breve repaso de los magos que han sido capaces de transformarse. Al terminar, se unieron a la multitud que se dirigía bulliciosamente al gran comedor para el almuerzo.
—Yo que tú, no iba ahí. —Amshel evitó que su amiga Andrea entrara. Alex y Keisi chocaron con ella al detenerse.
—¿Por?
—Hazme caso, espera unos minutos.
—¿Qué pasa? —preguntó Alexander confundido.
—Al parecer no eres la única enemiga de Weasley.
—¿Hablas por lo que nos contaste en la mañana? —El semihumano asintió—. ¿Qué harán?
—No te metas en ello, en serio. —Muy tarde. Había despertado su interés.
—¿Una broma?
No esperó la respuesta de su amigo; buscó por todos lados hasta que su vista se detuvo en el marco de la puerta, arriba de esta. Apenas tuvo tiempo para asimilar lo sucedido; era simple: un globo, estratégicamente, colocado sobre Mariana Somender. Ella iba entrando al gran salón sin tener idea de nada; algo la impulsó para empujarla.
—¿Qué crees que haces, Green? —preguntó enfadada.
Uno... dos... tres... Weasley y Rookwood apuntaron con sus respectivas varitas mágicas por el resquicio que había en la puerta: Diffindo. El globo fue cortado por la mitad; una mezcla de una sustancia verdosa, acompañado por polvos picantes y harina, cayó sobre la Gryffindor. Los chillidos de sorpresa y asco no tardaron en inundar el corredor de piedra.
—Te dije que no te metieras.
—Ay cállate, Santino.
—Vaya sorpresa. ¿Acaso se encuentra de nuevo en problemas, señorita Green? —Al escuchar esa voz, sabía que estaba en aprietos.
—Yo... no… Todo tiene una explicación.
—Me temo que ya hemos tenido bastante de sus bromas. —El profesor Higgs la observó.
—Pero no fui yo.
—Es verdad profesor, yo puedo asegurarle lo que ocurrió... —Mariana no entendía lo sucedido, pero sabía que la noche anterior discutió con, probablemente, la mente maestra de dicha broma.
—Me gustaría pensar que no querrá que le quite valiosos puntos a su casa por entrometerse, ¿verdad, señorita Somender? ¿Cometerá ese error?
—Yo creo que usted… —Andrea negó con la cabeza—. No, profesor. —Suspiró resignada. En otro momento discutiría con Higgs, pero no le convenía tener problemas. No quería que a su padre le llegara una lechuza por la inadecuada conducta de su hija.
—Es que Andy no tuvo la culpa… —Los reclamos de sus amigos quedaron en el aire.
—Cinco puntos menos para Gryffindor.
—Profesor Higgs…
—Es mejor que se retiren de mi vista. —Los reclamos se quedaron ahogados—. Y usted Green... —El profesor Higgs hizo aparecer un pequeño rollo de pergamino y una pluma; comenzó a garabatear en él. Nadie habló. Después de un minuto, lo enrolló y lo golpeó con su varita; lo selló para que no lo pudiera abrir—. Dele esto a la Profesora Marel. Vaya a la oficina de su jefa de casa, ahora.
—Sí, profesor. —Lo cogió sin decir una palabra y se giró sobre sí misma. Anduvo muy deprisa por los pasillos, con la nota para Marel fuertemente agarrada con su mano. Tocó con suavidad la puerta del despacho.
—Adelante. —Escuchó—. Green, ¿qué hace aquí? ¿Qué le pasó? —Con un movimiento de varita, la limpió de toda la sustancia viscosa y verde.
—Me han mandado a verla.
—¿Mandado? ¿Qué quieres decir con que te han mandado? —Le tendió la nota del profesor Higgs. La profesora Marel la tomó frunciendo el ceño; la abrió con un golpe de varita y desenrolló para comenzar a leer.
—Toma asiento, Green. ¿Y bien?
La profesora Merlina Marel era una bruja irlandesa con sangre inglesa. Su cabello era largo y rojo zanahoria; ojos claros. Algunos decían que eran grises; otros, azules; y algunos más, violeta como Eo, su tía abuela. Sus padres desaparecieron en una redada contra mortífagos unos años después de la caída de Voldemort, en la Primera Guerra Mágica. Asistió a la escuela muggle donde se familiarizó con su tecnología y sus costumbres. Asistió a Hogwarts y perteneció a la casa de los leones; tiempo después de que la profesora McGonagall asumiera la dirección, ella se hizo cargo de impartir la asignatura de Transformaciones.
—¿Es esto cierto?
—¿Qué?
—¿Hiciste esa broma?
—Yo…
—Coge una galleta, Green. —Señaló una lata que estaba sobre uno de los montones de papeles de la mesa.
—Eh… gracias.
—Eres buena estudiante, inteligente y audaz, pero si sigues haciendo este tipo de bromas…
—Es que no fui yo, profesora.
—Entonces… ¿quién?
—Aunque se lo diga, no me creerá.
—Aquí dice que te ha castigado todas las tardes de esta semana a partir de mañana —dijo la profesora Marel mirando otra vez la nota.
—¡Todas las tardes de esta semana! —repitió Andrea horrorizada—. Pero profesora ¿usted no podría?
—No, yo no puedo —dijo rotundamente—. Él es tu profesor y tiene derecho a castigarte. Debes ir a su despacho mañana a las cinco en punto.
—Genial… —bufó cuando estuvo afuera—. Otro castigo. —Se retiró a su siguiente clase molesta por su mala suerte.
[***]
Mariana seguía sin comprender lo sucedido en el almuerzo; tenía en mente que Andrea Green se metió en problemas ¿por ella? Repasó cada una de sus posibles teorías al respecto. ¿Esa broma fue por lo ocurrido anoche? Ese numerito que le gastó Kissy Weasley a la joven Gryffindor estaba en boca de todos.
—¿Dónde estabas? —preguntó Adam cuando su amiga tomó asiento a lado de él, después de haberle dado, rápidamente, disculpas al profesor Flitwick por haber llegado tarde.
—Yo también quiero saber. ¿Dónde te metiste? —susurró Holly interesada.
—Estaba desayunado.
—¿Tanto tiempo? —insistió con intriga en su voz—. Vamos, Somender. ¡Dinos!
—Les estoy diciendo la verdad, ¿acaso no me creen? —Fingió estar interesada en sus anotaciones de lo que decía el profesor.
—Ay mi pequeña, Somender. Te conozco a la perfección para saber qué me estás ocultando algo. —Guardó silencio pensando cómo explicarles a sus amigos lo sucedido en el gran comedor.
—¿Y bien? —Adam también quería saber.
—Creo que Green me salvó de no estar verde.
—¿Verde? ¿En qué sentido?
—Llena de una gelatina.
—¿Estás tratando de decir que la broma que acaba de realizar Weasley y Rookwood, la que todo el mundo habla, era para ti? —Holly no podía creerse eso; después de mencionarlo se comenzó a reír.
—¿Y ahora de que te ríes? —Mariana no comprendía el motivo de su risa.
—¿Cómo puedes creer que un Gryffindor se metería en problemas por ti? —De nuevo comenzó a reír hasta que el profesor Flitwick les llamó la atención.
—¿Cuál fue el chiste? —susurró Adam sin entender nada.
—No lo sé.
—Son unas ternuras.
En el resto de la clase se quedó pensando en lo dicho por Holly; una parte de ella no creía que, esa chica que la metió en problemas, ahora hubiera evitado los mismos resultados. Y mientras hacía sus deberes en la sala común, no paró de darle vueltas al asunto. Se enfrascó en los libros de encantamientos para comenzar su redacción, hasta que un ave pequeña y rojiza se posó en su brazo. Traía atada en sus patas un pergamino.
—Hola, Tarrant. —Acarició sus plumas y luego tomó con cuidado la carta. Reconoció al instante la pulcra caligrafía de su hermano.
Hola, hermanita:
Te tengo una noticia que te gustará. En compensación por haber pasado la mitad del verano contigo, te ganaste un pase para compartir tiempo de calidad con tu querido hermano. Será cerca de dos meses, el cómo y cuándo te lo diré pronto. Por el momento no te puedo decir mucho sino estaría en problemas. Tengo demasiado que contarte.
Te quiere,
Benjamín.
Aquellas palabras le hicieron sentirse más confundida de lo que ya estaba. Ya pensaría en la carta de su hermano eso después. A la hora de la cena, la profesora McGonagall se levantó dispuesta a dar un anuncio.
—Buenas noches queridos alumnos. Varios de ustedes se quedaron con la intriga de saber qué pasará en el castillo. —Un murmullo de asentimiento corrió—. Tendremos el honor de ser la sede de un emocionante evento que tendrá lugar durante los próximos meses. Un evento que será la primera vez que se realizará.
»Es un gran placer informarles de que este curso, Hogwarts será participe del Torneo Interescolar de Quidditch. —Otro gran murmullo recorrió el lugar—. Nuestros departamentos de Cooperación Mágica Internacional junto con el de Deportes y Juegos Mágicos han decidido apoyarnos en intentar esta idea. Hemos trabajado a fondo este verano para que todo salga de maravilla.
—¿Cómo será? —preguntó Andrea a sus amigos—. ¿No son pocas escuelas?
—Sí, es raro —respondió Alexander también intrigado.
—Pero será interesante.
—En pocos días llegarán los directores de Beauxbatons y Durmstrangs con su selección de jugadores. El torneo dará inicio en octubre; sé que tratarán a nuestros huéspedes extranjeros con extrema cortesía mientras están con nosotros.
»Para pertenecer al equipo harán las pruebas necesarias; recomiendo que se presenten con su actual capitán de casas. Aquel que no pertenezca al equipo de su correspondiente casa y quiera intentarlo podrá hacerlo.
—¿Qué les parece la noticia? —preguntó Dii Embers observando a McGonagall.
—Supongo que suena bien.
—Al menos podría ser mejor que las tontas bromas entre Green y Weasley.
—Como la de hoy en la mañana, ¿no?
—¿Cómo sabes que fue ella, eh Beth?
—¡Ay! ¡Por favor, Dii! ¿Quién se odia tanto en esta escuela?
—¿Los Gryffindor y los Slytherin?
—Piensa un poquito más. Pon a trabajar el poco cerebro que tienes.
—¿Por qué no mejor me lo dices tú?
—Hasta donde sé, Green de nuevo terminó castigada. El curso pasado, antes de irnos de vacaciones, lo estuvo.
—¿Por? —Gerard giró la cabeza a la mesa de las serpientes. No era tan difícil dar con una pelirroja.
—Weasley. Ha llevado la ventaja en esto de las bromas.
—¿Y eso qué tiene que ver con el quidditch? —preguntó de pronto Dii con un gesto.
—Green. Ella juega, supongo que querrá ser parte del equipo.
—Pues ojalá nuestro equipo sea parte. Hicieron muy buena temporada.
—Mínimo que sea Leo. Ese tipo tiene espíritu.
Todos los jugadores de las casas querían ser parte del equipo. El espíritu de competencia y el sentimiento de poderío comenzó a correr por las venas de cada uno. Cada capitán tenía en mente a sus propios postulantes, querían que la selección del colegio tuviera a los mejores.
—Ya me imagino a todos, practicando con sus escobitas —reprochó Holly haciendo un gesto de fastidio.
—Ese equipo debe estar a la altura. Debe tener jugadores como yo —exclamó Mark con una sonrisa arrogante.
—¿Tú? —preguntó la pelinegra sin creerlo—. ¿Sabes qué para eso debes jugar quidditch?
—Sé jugar.
—¿Ah sí? —Sonó incrédula—. No cuenta si es en tus sueños, Wallock.
—No puedo soñar algo que ya soy.
—¿En serio juegas, Mark? —preguntó Mariana con curiosidad.
—Y muy bien. Cuando sea parte del equipo, esperaré una disculpa —respondió el Slytherin con seguridad.
—Antes muerta que disculparme contigo.
—También me complace anunciarles que la gran Gwenog Jones, jugadora de las Arpías de Holyhead. —Una bruja morena que se encontraba al extremo opuesto de la mesa, se levantó e hizo un saludo—, ha aceptado a entrenar a la selección de Hogwarts. Así que, aquellos que sean seleccionados, tendrán entrenamientos arduos con ella.
Durante las dos semanas siguientes, los estudiantes se presentaron a las pruebas de quidditch. No eran aptas para aquellos que ni siquiera sabían volar. Andrea se presentó a la prueba como guardián. Para no generar un caos, Gwen propuso hacer las pruebas de cada posición en diferentes días. Cuando las otras escuelas estuvieran en el castillo, se daría a conocer a los seleccionados. Las clases dejaron de ser serias debido al entusiasmo que reinaba en el ambiente por parte de todos los aficionados al deporte mágico.
Mariana iba a su sala común; caminaba lentamente y con algunos libros en sus brazos. Esperó encontrar calma e iniciar sus deberes antes de que estos se acumularan; al doblar la esquina, vio salir de la oficina del profesor Higgs a Andrea Green. Se preguntaba qué hacía tan tarde. Cada una sumida en sus propios predicamentos chocaron; a la Slytherin se le cayeron los libros.
—Lo siento mucho... —Comenzó a disculparse—. Hola Mari… Somender. —Rectificó ruborizada al darse cuenta con quien chocó.
—Andrea… Green —dijo mientras veía los libros en el suelo.
—Perdón. No vi por dónde iba. —Se apresuró a recoger los libros—. En serio, discúlpame.
—Tal parece que es una costumbre tuya. No pasa nada, pero estaría que tuvieras más cuidado.
—Puede que si tengas razón y esto se haga costumbre. —Rio levemente—. Lo siento, es que venía de pasar toda la tarde con Higgs y no importa.
—Aunque desconozco el motivo, creo que no muchos habrían querido pasar toda la tarde con el adorable profesor Higgs. —Trató de no reír, pero falló.
—Estoy castigada. —Suspiró con fastidio—. Y así será toda la semana. Así que no, no es para nada adorable.
—Algunas piensan que es lindo… ¿Si sabes a lo que me refiero?
—Sé a lo que te refieres.
—No suele ser empático con la mayoría de sus estudiantes, aunque creo que eso ya lo notaste. —Se apoyó en la pared—. Es por lo de la broma de mal gusto ¿verdad?
—No hay profesores empáticos. No puedo hacer mucho al respecto —respondió con un gesto—. Sí, me castigaron por ello. La profesora Marel no pudo hacer nada.
—Creo que no siente gran empatía hacia ustedes. —Observó el escudo del león—. Y bueno, además tampoco tu comportamiento se la deja fácil. —Hizo una pausa—. Yo… sé que no fue culpa tuya y que esto no es justo para ti. —Le costaba decir este tipo de cosas—. Es que… lamento que la profesora no pudiera hacer nada.
—Ajá.
—Lamento no haber podido hacer nada… por ti —exclamó. Jamás creyó decirle eso a alguien ajeno, pero Andrea Green ya no parecía ser una persona más en el castillo.
—¿Oí bien? —Se mofó, sin duda esto le divertía—. Una Slytherin, más aún, Mariana Somender, la niña poco amigable siente ¿pena? ¿por mí?
—¡No soy una niña poco amigable! —Se quejó, pero de igual manera rio—. Es muy común en el mundo en el que vivimos que, una Slytherin, sienta pena por los tuyos.
—Eres poco amigable. Apenas te dignaste en dirigirme la palabra cuando nos castigaron. No hay forma de defenderte. —Quizás si se dieran la oportunidad de conocerse mejor.
—Claro que puedo defenderme; no soy poco amigable. El dirigirte o no la palabra es un asunto completamente distinto. Además, no era mi intención terminar castigada.
—Golpe bajo.
—Sabes que tengo razón.
—¿Por qué es distinta la situación? Yo traté de disculparme por lo ocurrido y ni una palabra o mirada. Así que eso te convierte en poco amigable.
—¿Esperabas acaso que llegara al castigo con galletas? —Enarcó una ceja y en sus labios se formó una sonrisa—. ¡Cierto! debí de haberlo olvidado. —Sonrió aún más anchamente.
—No galletitas, pero si pastelitos. Son deliciosos —respondió al entender perfectamente el sarcasmo. No sabía por qué, pero le agradaba.
—Deliciosos, en especial cuando siempre tienes la razón.
—Touché. Aunque en esta ocasión no fue mi culpa. Yo no pretendía hacer nada en este curso.
—Yo sé que no mereces esto y, en mi muy particular opinión, no importa quién comenzó, sino como termina. Por el bien de todos, más el tuyo, espero que esto acabe de una vez —agregó con seriedad.
—Supe que te enfrentaste a Weasley. ¿Es cierto?
—¡Oh, vaya! Sí que corren rápido los rumores por aquí. Además, no fue un enfrentamiento, sólo hablamos.
—¿Puedo preguntarte cómo pasó? ¿o por qué hablaron?
—Realmente es curiosa la forma en la que te enteraste… —mencionó un poco intrigada—. Ya sabes; creo que a diferencia de lo que se dice por ahí, no hay mucho que contar. Escuché algo que ella decía y expresé mi opinión.
—Sabes que ya la tomó contra ti, ¿verdad? No creo que una breve y simple opinión haya provocado eso. La broma era para ti. Si no fuera porque me di cuenta… —suspiró—, y no te estoy echando esto en cara, hubieras acabado llena de esa sustancia viscosa. Que igual te hubiera ido muy bien con el color de la túnica.
—¿Una Gryffindor alardeando de haber salvado una vida? Qué extraño. —Se burló—. Y creo que tus sospechas son ciertas; el problema con ella es que tiene una vida aburrida y poca habilidad para comunicarse. Con su poco temperamento, no me extrañaría que la provoque un simple copo de nieve. Además, todo se ve bien con el color de esta túnica.
—Dudo que te vieras bien llena de polvos que pican. Yo que tú me andaría con cuidado. Weasley no se salió con la suya, al menos no del todo. Buscará la forma de humillarte.
—Si pudiera hablar con el profesor Higgs sobre esto, créeme que lo haría; Weasley le saldrán canas antes de que encuentre la forma de hacer que eso resulte. Ya lo verás, pero gracias de todos modos. Lo tomaré en cuenta.
—Tú sabrás. Ojalá en serio no caigas en sus bromas.
—No voy a jugar su juego. Si es inteligente también ella dejará de hacerlo.
—No va a jugar limpio.
—No esperaba que lo hiciera, ¿y tú? —Hizo una pausa. Observó a su compañera unos instantes—. ¿Qué más piensas hacer? además de pasar las tardes con Higgs.
—Nada. Ya he tenido suficiente.
—No es que no te crea, pero si es algo difícil de imaginar.
—¿Y tú? ¿Piensas hacer algo?
—No lo sé, pienso que esto no es de mi incumbencia. Si Weasley insiste, supongo tendré que aclararlo de nuevo.
—Buscará la forma para humillarte. Pensé que lo habías comprendido. No importa si hablas con ella.
—No creo que se atreva a salir de su zona de confort.
—Supongo que la obligue a salir de esa zona. Digo, jamás se imaginó que tendría de enemiga a alguien como yo… o como tú, quizás. Igual te estoy dando demasiado mérito.
—Tal vez eso sea lo que tenemos que hacer.
—Es posible... Es la hora de la cena. ¿Vienes?
—Necesito dejar estos libros, después iré al gran comedor. Quizá te vea por allá.
—De acuerdo, entonces nos vemos. De todas formas, seguiré todas las tardes por aquí. —Suspiró una vez más—. Hasta luego —dijo siguiendo su camino mientras pensaba en la comida.
[***]
Habría otro banquete. Los estudiantes, sin conocer el motivo, tenían que acudir. Cuando los ruidos de las charlas se incrementaron; la profesora pidió silencio para darle la bienvenida a los seleccionados de la Academia de Magia Beauxbatons y su directora Madame Maxime. Dieciséis alumnos, chicos y chicas entraron al gran comedor. Todos ellos iban acompañados de un mago. Estaban tiritando, su uniforme parecía de seda fina y ninguno de ellos tenía capa. Algunos se habían puesto bufandas y miraban el castillo de Hogwarts con aprensión. Cuando entró Madame Maxime, McGonagall comenzó a aplaudir.
—Mi querida Madame Maxime. Bienvenida a Hogwarts.
—Minegva —repuso Maxime con una voz profunda—. Espego que estés bien. Mis alumnos —Señaló tras ella con gesto lánguido. Hicieron una pequeña reverencia—. Nuestgo entgenadog, Vasco Santini.
—Profesora McGonagall. —Aquel mago, quien tenía la túnica más abrigadora, tomó su mano y la estrechó con entusiasmo—. Vos es muy hermosa. Encantado de conocerla.
—Bienvenidos.
—Mis caballos…
—Nuestro profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas se encargará encantado. —Señaló a Hagrid, quien ruborizado asintió; tenían demasiado tiempo que no intercambiaban palabras.
—Oh sí, pgofesog Haggid. —Dejó que le besara la mano—. Allons-y! —Les dijo imperiosamente a sus estudiantes.
—Excelente… ahora a nuestros amigos del norte. Recibamos a los estudiantes de Durmstrang y su director Marko Zhivko.
Entraron más o menos el mismo número de alumnos que los de Beaxubatons, sólo que ellos tenían una complexión amplia. Se debía, en realidad, a que todos llevaban puestas unas capas de algún tipo de piel muy tupida: el que iba delante llevaba una piel de distinto tipo.
—¡Minerva! —gritó efusivamente mientras subía la ladera—. ¿Cómo estás?
—¡Estupendamente, gracias, profesor Marko! —Era alto y delgado, pero llevaba corto el oscuro cabello al igual que la barba.
—Hogwarts —dijo sonriente, aunque mantenía una expresión astuta y fría—. Es estupendo estar aquí. —De la misma manera que Madame Maxime, iba acompañado de otro mago. Los verdaderos aficionados al deporte mágico reconocerían aquel perfil: nariz prominente y curva, espesas cejas negras. —Quizás ya tengas el gusto de conocer a quién me ayudará con el equipo.
—Por supuesto, señor Krum.
—Es un gusto verla de nuevo, profesora McGonagall.
—¿Ese es Krum? ¿Qué hace aquí? —Varios murmullos recorrieron las mesas.
—¿Vino tu amigo, Mena? —preguntó Andrea al notar su interés en los visitantes.
—Sí, no sabía que jugaba quidditch.
—Señorita Somender. Si adivina quién soy se ganará un premio. —Un chico se acercó, sigilosamente, al lugar en donde se encontraba Mariana; le tapó los ojos con las manos.
—Depende cual sea el premio.
—Vencer el aburrimiento.
—Suena tentador… ¿me das una pista? —respondió ella siguiendo el juego.
—Soy inteligente, extremadamente guapo e increíble. Y un gran hermano.
—No, no me suena.
—Es una pena. —La joven se deshizo del agarre del chico y lo abrazó.
—Te preguntaría qué haces aquí, pero es obvio.
—Soy uno de sus mejores jugadores —respondió Benjamín con una sonrisa amplia—. Además, así te podría ver.
—Qué considerado.
—Ya… hazme espacio.
—¿No se enojará tu director?
—No. Ya, hazte para allá.
Mariana le hizo un huequito para que tomara asiento a lado de ella. Él saludó a sus amigos. El resto de los Durmstrang se colocaron en la mesa de Slytherin. En la mesa de los profesores, Filch estaba añadiendo sillas, y como la ocasión lo merecía, llevaba puesto su frac viejo y enmohecido. Una vez sentados, los profesores también ocuparon sus asientos. McGonagall permaneció en pie; el silencio cayó de nuevo.
—Buenas noches damas, caballeros, muy especialmente, a nuestros huéspedes —dijo dirigiendo una sonrisa a los estudiantes extranjeros—. Es para mí, un placer daros la bienvenida a Hogwarts. Desearles que vuestra estancia aquí les resulte, al mismo tiempo, confortable y placentera. ¡Ahora los invito a todos a comer, a beber y a disfrutar como si estuvieran en nuestra casa!
Ante ellos aparecieron una gran variedad de platos que nadie había visto nunca. El gran comedor parecía más lleno de lo usual. Una vez desprendidos de sus pieles, los alumnos de Durmstrang mostraban túnicas de color rojo sangre. Después de que los platos de oro estuvieran limpios, la directora mandó a dormir a todos. Benjamín pasó unos minutos con su hermana; discretamente ella se dejó abrazar por él, no quería que nadie más viera esa faceta suya.
Aquellos que sabían sobre la liga inglesa de Quidditch, o estaban al pendiente de otras ligas, sabían que los entrenadores eran (o son) jugadores profesionales que accedieron a ayudar a cada escuela. Llamaba la atención las estrategias que pudieran usar cada uno. Mena no esperó ver a su amigo, pero después de su llegada, tuvo la oportunidad de intercambiar unas cuantas palabras.
—Hola, chicos —saludó después de la clase de Cuidado de Criaturas Mágicas—. ¿Qué tal las clases?
—Interesante si no fuera porque un hipogrifo me mordió —respondió Andrea irritada.
—¿Qué le hiciste?
—Nada, estaba demasiado entusiasmado con la comida que me mordió.
—No es para tanto, Andy —Los únicos que tomaban la asignatura con ella, era Gustav y Amshel; el resto decidió tomar Aritmancia.
—Por fortuna no perdí el dedo.
—Quería aprovechar la ocasión para presentarles a Edward. —Un rubor apareció en sus mejillas.
—Es un gusto, Gustav Flitwick.
—Un placer.
—Yo soy Andrea Green.
—La joven que se coló en una batalla.
—Eh sí, la misma.
—No le gusta tocar el tema —respondió Mena. Trató de evitar que la chica se pusiera de mal humor.
—Lo siento, mi intención no era ofenderte.
—Ah, no importa.
—Y él es Amshel.
—Hola.
—Mena me ha platicado mucho de ustedes. Es un gusto conocerlos por fin.
—Bueno, ella casi no nos cuenta sobre sus relaciones internacionales. —Andrea sonrió de una forma traviesa—. Pero también nos da gusto conocerte, Edward.
—Vladimir. Prefiero que me llamen por mi segundo nombre. —Le hizo mucha gracia el anterior comentario—. Creo que será mejor que me retire. Tengo algunos asuntos pendientes con mi entrenador.
—Abusando de la confianza… ¿Puedo pedirte que me consigas un autógrafo de Krum?
—¡Andy!
—¿Qué? —El chico sonrió, asintió y dejó que Mena lo acompañara al barco.
—¿Ya vieron? —preguntó Holly al observar el intercambio de palabras entre Vladimir y los demás.
—No. ¿Qué?
—Eso… —Señaló hacia donde se encontraban; le intrigaba la relación que estaban teniendo con los visitantes—. ¿Por qué McGonagall le habla a ese chico de Durmstrang?
—No lo sé.
—Seguro tu hermano sabe algo.
—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó Mariana. Despegó la vista del libro que estaba revisando.
—Pertenecen al mismo equipo y a la misma escuela.
—¿Y?
—Me intriga saber.
—Saber ¿qué? —Mark interrumpió su conversación.
—Nada que te incumba.
—Estuve paseando por el colegio —dijo tomando asiento al lado de Holly—. Ya saben, para ver al resto de los jugadores.
—¿Y ya te dio miedo? —Adam sabía aprovechar ese tipo de ocasiones para burlarse de él.
—Para nada. Verás que seré parte del equipo.
—Nunca te hemos visto jugar.
—Quedarán impactados por mi talento.
—¿Tan seguro estás?
—¡Claro que sí, Marianita! —Puso los ojos en blanco al escucharlo—. Le daré una paliza a tu hermano cuando me enfrente a él.
—Benjamín es muy bueno.
—Y yo también.
Los alumnos de Durmstrang y Beauxbatons aprovechaban el tiempo para conocer el castillo. La profesora McGonagall fue accesible al respecto; no compartía el pensamiento de guardar celosamente el colegio. El propósito del torneo, aparte de ser deportivo, era crear lazos nuevos y reforzar otros.
—¿Creen que tengamos oportunidad? —preguntó Adam al ver a un grupo de estudiantes de Zhivko.
—Todavía no sabemos quiénes jugarán por parte de Hogwarts.
—Les garantizo que yo seré quien lleve a Hogwarts a la gloria. —Parecía que Mark tenía un hechizo convocador.
—Me parece Mark, que tienes un ego bastante inflado.
—Ay mi querida Holly. Te disculparás cuando mi nombre aparezca en esa lista de convocados.
—Sea quien sea parte del equipo, ojalá Hogwarts gane el torneo.
El día viernes 23 de septiembre las clases se interrumpirán media hora antes. Los estudiantes deberán llevar sus libros y mochilas a los dormitorios para reunirse a la salida del castillo.
Era el aviso que leyeron los estudiantes. Cuando acudieron a desayunar la mañana del 23 de septiembre, descubrieron que, durante la noche, habían engalanado el gran comedor. De los muros colgaban estandartes de seda que representaban las diferentes casas de Hogwarts: rojos con un león dorado los de Gryffindor; azules con un águila de color bronce los de Ravenclaw; amarillos con un tejón negro los de Hufflepuff, y verdes con una serpiente plateada los de Slytherin. Detrás de la mesa de los profesores, un estandarte más grande mostraba el escudo de Hogwarts: el león, el águila, el tejón y la serpiente se unían en torno a una enorme hache. Nadie estuvo atento a las clases, hasta la de Herbología fue más llevadera de lo usual porque duró media hora menos.
—¿Para qué nos habrá citado?
—Ni idea, supongo que miembros del ministerio o algo vendrán.
—¿Cómo llegarán?
—Quizás se aparezcan.
—Es claro que no pueden aparecerse.
—Vas aprendiendo, Green. —Se mofó Gus, quien llegó unos minutos después.
—Historia de Hogwarts, mi estimado amigo.
Nerviosos escudriñaron los terrenos del colegio que se oscurecían cada vez más. No se movía nada por allí; todo estaba en calma, silencioso y exactamente igual que siempre. Hasta que una cosa larga que salía del bosque, mucho más larga que una escoba, se acercaba al castillo por el cielo azul oscuro.
—¡Es un carruaje! —La gigantesca forma negra pasó por encima de las copas de los árboles del bosque prohibido.
Vieron que se trataba de un carruaje colosal de color negro y blanco que volaba hacia ellos. Era tirado por un cuarteto de caballos grises alados. Las tres filas delanteras de alumnos se echaron para atrás cuando descendió precipitadamente y aterrizó a tremenda velocidad. Entonces golpearon el suelo los cascos de los caballos, un segundo más tarde, el carruaje se posó en tierra rebotando sobre las enormes ruedas. El escudo eran dos gatos negros y un sombrero de bruja, en medio, una enorme ese verde decorada con detalles plateados. Un mago vestido con túnica de color negra saltó del carruaje; hizo una inclinación y abrió la puerta. Una bruja alta bajó seguida de un grupo de chicas.
—Ivy Knightred —saludó McGonagall—. Bienvenida a Hogwarts.
—Minerva. Por fin nos conocemos.
—El placer es mío.
—Mis queridas alumnas —dijo la bruja señalando tras ella.
Andrea no se fijó en otra cosa que en el emblema del carruaje; notó que unos dieciséis alumnos, todas chicas, habían salido de él. Llevaban túnicas de color gris, algunas de ellas, llevaban corbata negra y otras blancas; miraban el castillo de Hogwarts con sorpresa.
—Nos acompaña nuestro querido Troy Duvall. —El hombre era alto, llevaba el cabello casi a rape. Saludó a la profesora, ella hizo lo propio—. ¿Han llegado los demás?
—Madame Maxime y Marko ya están aquí.
—¡Oh! Excelente.
—¿Prefieren esperar aquí o pasar a calentarse un poco?
—Lo segundo, me parece.
—Nuestro profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas se encargará de ellos encantado —señaló a Hagrid. Respondió rápidamente a la pregunta no formulada sobre quién cuidaría a sus caballos. Los alumnos de Hogwarts se apartaron para dejarlos pasar y subir la escalinata de piedra.
—¿Qué escuela era?
—Ni idea, la verdad es que tengo muy pocos conocimientos al respecto —respondió Andrea a sus amigos. Al parecer nadie sabía nada.
—Pensé que sólo serían Durmstrang y Beauxbatons.
—Ya viste que no.
—Se lo tenían bien guardado.
—También tu papá.
—¿Creen que tarden mucho en llegar los otros? —preguntó Alexander. Observó el cielo impaciente.
—¿Asumes que llegarán más?
—Pues sí, sino ya estaríamos dentro.
—Cierto.
—¿Por qué no aparecerse y ya? —expresó Keisi. Ella, al igual que otros, se notaba aburrida.
—Porque no es correcto —respondió Gus—. Aunque igual podrían usar un traslador.
—O un avión.
—¿Un qué?
—El transporte muggle.
Para entonces ya tiritaban de frío en la espera de los demás. Durante unos minutos, el silencio fue roto por los bufidos y el piafar de los enormes caballos de la profesora Knightred. Pero entonces de nuevo una sombra se fue formando.
—¡Es otro carruaje! —Vieron que se trataba, ahora, de un color azul oscuro muy diferente al de Beauxbatons.
—¡No lo creo!
—¡Un ave del trueno! —Los alumnos estaban excitados por la hermosísima bestia. El carruaje descendió y aterrizó.
La pequeña carroza llevaba un escudo conformado por cuatro criaturas: un gato Wampus, una serpiente cornuda, un pukwudgie y finalmente, el ave del trueno. Un mago vestido con una túnica azul saltó del carruaje; hizo una inclinación y abrió la puerta. Un hombre viejo bajó de él. Mostraba una calvicie; el poco cabello que tenía, era blanco al igual que su barba.
—Bienvenido a Hogwarts, profesor Fontaine. —La profesora McGonagall se acercó al mago para estrechar su mano.
—Minerva, es un gusto estar aquí. Permítame presentarle a Quentin Kowalski. Un orgullo nacional del quidditch. —Presentó el anciano profesor. El mago, al escuchar su nombre, se acercó a ellos. Era una persona de complexión angosta y atlética. De cabello oscuro y con un pequeño bigote—. Y mis alumnos —dijo mientras varios chicos y chicas bajaron del carruaje
—Sean bienvenidos todos.
—¿No será mucho trabajo para Hagrid? —preguntó Alexander al ver a la criatura—. Tiene que cuidar los caballos de Beauxbatons, los de esa escuela que no sabemos su nombre y ahora un ave del trueno.
—Supongo que ya lo habrá pensado mi abuela —respondió Mena nada convencida.
—Ojalá.
Esperaban recibir la señal de la profesora McGonagall para entrar al castillo, sin embargo, eso no sucedió; parecía que el profesor Fontaine y sus estudiantes no eran los últimos en llegar La luna ya brillaba y por ella, vieron cómo se formaba una sombra alada que iba descendiendo a una velocidad vertiginosa.
—¡Un dragón!
—¿Dónde?
—¡Allí!
—Y viene con otro carruaje.
—Todos tuvieron la misma idea. —Otra gigantesca forma pasó por encima de las copas de los árboles. Un carruaje colosal, de color verde,volaba hacia ellos. Iba tirado por una criatura rara.
—¿Qué es eso?
—Es un snallygaster —respondió un chico Hufflepuff de séptimo año. Era una criatura parecida a un dragón, aunque mitad ave, su parte reptil es un pariente lejano del Occamy.
Los alumnos se echaron para atrás cuando el carruaje descendió. Un segundo más tarde el carruaje se posó en tierra; la casa pequeña llevaba un escudo: una ce grande de color verde. La puerta se abrió sola y de inmediato bajaron chicos y chicas que fueron formando una línea. Por último, bajó un hombre; un mago joven, alto, atlético y bronceado.
—Con qué esto es Hogwarts.
—Bienvenidos profesor Saudade.
—McGonagall. Gracias por esta bienvenida tan calurosa.
—Es un placer tenerlos aquí.
—Mis alumnos y João Coelho.
—É um prazer conhecê-la, professora McGonagall. Obrigado pelo convite. Será un honor ser parte de esto.
—Será mejor que entren. En breve comenzará el banquete
—Obrigado Entrar. —Ordenó el profesor a sus estudiantes. La mayoría con una complexión más atlética que todos.
Por fin, la profesora McGonagall les indicó a sus estudiantes que entraran. Los recién llegados se acomodaron en las mesas de Gryffindor y Ravenclaw. Los alumnos de Beauxbatons y Durmstrang ya se encontraban en sus respectivos sitios. Los nuevos directores y directoras tomaron asiento en la mesa de profesores.
—Buenas noches, muy especialmente, a nuestros huéspedes. Es un placer darles la bienvenida a las bellas señoritas del Instituto de las Brujas de Salem. —Señaló a las chicas que se sentaron en la mesa de los leones. Era muy fácil distinguirlas, ya que hacían un contraste con su uniforme gris del negro de Hogwarts.
»A los jóvenes del Colegio Ilvermorny de Magia. —Ellos decidieron tomar asiento en la mesa de Ravenclaw; llevaban túnicas de color azul oscuro—. Y, por último, a los jóvenes de Castelobruxo. —Ellos tomaron asiento en la mesa de Slytherin, que ya de por sí, la mesa estaba completa. Era muy extraño ver las túnicas negras, seguidas de las rojas y finalmente de las verdes brillantes. —Bienvenidos a Hogwarts.
Las fuentes se llenaron de comida. Tenían una gran variedad de platos extranjeros; algunos eran franceses. Andrea recordó sus vacaciones de invierno y el lugar que visitaron.
—¡Son brasileños!
—¿Quienes? —preguntó Alexander que había preferido servirse lo habitual.
—Castelobruxo. No sé cómo no me di cuenta. Yo fui con mi papá a su escuela, y también a Ilvermorny.
—¿Cómo es?
—No les puedo decir mucho.
Vieron un platillo lleno de bollos de pan grueso hecho de frijoles y cebolla que son conocidos como Acarayé. También había una bebida gaseosa, que era de guaraná y una de color blanca, que ninguno quiso probar hasta que Andy lo hizo.
—Es un simple batido de coco —dijo relamiéndose la boca, pero donde su fuerza de voluntad se puso a prueba fue en los postres. Había beijinho de coco, mejor conocidos como besistos, un postre muy típico de Brasil. Pero sin duda su paladar explotó cuando probó las bolitas de chocolate, los brigadeiros y todavía se sirvió una rebanada de pastel de chocolate. Lo más tradicional de los banquetes del castillo.
[***]
Con los extranjeros de visita las clases no pararon. Los que aprovecharon la oportunidad de compartir tiempo fueron los hermanos Somender. Benjamín entrenaba y estudiaba, pero se tomaba unos minutos para estar con Mariana; comían juntos y charlaban de cualquier cosa. No siempre tenían ese chance de conversar, debido a que casi siempre se la pasaban separados en sus vacaciones.
—Tengo que admitir que tu escuela es impresionante.
—Lo sé, hermanito. De lo que te perdiste.
—El paisaje es hermoso en invierno.
—Aquí también se pone hermoso.
—Aunque el campo de quidditch…
—¿Qué tiene?
—No sé… el nuestro es mejor.
—Ahí vas de fanfarrón. —Puso los ojos en blanco lo que hizo reír a su hermano—. ¿Mis papás saben que estás aquí?
—Sabes que sí, de todo se enteran.
—¿Y tu querida madrina?
—También. ¿Cómo está Han?
—Bien, ya sabes. Viviendo su jubilación.
—Al menos no es paranoico como Ojoloco.
—No te puedo asegurar nada. —Mariana dejó de escuchar a su hermano. La mirada estaba puesta en Weasley y Green; parecía que discutían.
—No me estás escuchando…
—¿Eh?
—¿Qué pasa? —preguntó Benjamín con un gesto
—Nada, ¿qué me decías?
—Te estaba diciendo que si te gustaría pasar unos días conmigo y Han.
—Ah sí, estaría bien.
—¿A quién miras? —Trató de seguir su mirada, pero la discusión pasó sin ocasionar algún problema mayor.
—A nadie. Tengo que volver a las mazmorras. ¿Te veo en la cena?
—Sí, pero… —Se despidió de él con un beso en la mejilla y lo dejó ahí, confundido.
Luego de la extenuante clase de Runas Antiguas, Andrea sentía que le iba a explotar la cabeza con tanta teoría. Además, la excesiva carga de deberes que se le estaban acumulando. Imaginaba que los profesores querían probar su nivel académico. Al regresar de clases, se encontraron con otro anuncio en el tablero. Hicieron lo que se les pidió, dejaron sus cosas en las salas comunes y acudieron al vestíbulo preguntándose qué ocurriría. Estaba pensando de qué color, o de qué forma, sería el carruaje de la siguiente escuela.
—¿No oyen algo? —preguntó Keisi repentinamente. Un ruido misterioso, fuerte y extraño llegaba a ellos desde las tinieblas. Era un rumor amortiguado y un sonido de succión, como si una inmensa aspiradora pasara por el lecho de un río.
—¡El lago! —gritó alguien señalando hacia él—. ¡Miren el lago!
Algo se agitaba bajo el centro del lago. Aparecieron grandes burbujas y luego se formaron unas olas que iban a morir a las embarradas orillas. Surgió en medio del lago un remolino, como si al fondo le hubieran quitado un tapón gigante. Del centro comenzó a salir muy despacio lo que parecía una asta negra.
—¡Un mástil!
Lenta y majestuosamente, el barco fue surgiendo del agua. Producía una extraña impresión de cadáver, como si fuera un barco hundido y resucitado; las pálidas luces que relucían en las portillas daban la impresión de ojos fantasmales. Con un sonoro chapoteo, el barco emergió en su totalidad balanceándose en las aguas turbulentas; comenzó a surcar el lago hacia tierra. Un momento después oyeron la caída de un ancla arrojada al bajío y el sordo ruido de una tabla tendida hasta la orilla. A la luz de las portillas del barco, vieron las siluetas de la gente que desembarcaba.
—¡Minerva! —gritó efusivamente un mago con rasgos orientales—. ¿Cómo estás? 小さな教授はどこですか?¡Flitwick!
—Oh sí, el profesor Flitwick está adentro. Supervisando a todos en el gran salón.
—もっと近づいて —Cada estudiante iba vestido con túnicas de diferentes colores; se acercaron a la profesora McGonagall e hicieron una reverencia—. Mis alumnos, profesora.
—Sean bienvenidos. Igual usted profesor, Yoshu.
—Hogwarts —dijo levantando la vista al castillo—. Le presentó a Yoshihiro Susuki. Estará al frente de los estudiantes.
—Si gustan pasar… Deben estar cansados del viaje.
—Un poco, gracias.
Los estudiantes, ordenados, entraron. De la nada, en medio de la oscuridad de la noche, una enorme flama brilló hasta tomar forma corpórea de un fénix. Dejó entre ver a un grupo de estudiantes, algunas mujeres que iban vestidas con túnicas, tipo kanga africanos; los hombres iban vestidos con swag y discretos estampados dashiki. No hicieron tanto barullo a la hora de presentarse, sólo entraron al castillo. Necesitaban aclimatarse, además que ya daría comienzo al siguiente banquete para presentar a las dos restantes escuelas que acababan de llegar.
—Les doy la bienvenida a los jóvenes estudiantes de la Escuela de Magia Mahoutokoro. —Ellos se sentaron en las mesas que todavía había lugares, en este caso en Hufflepuff. Eran los que más resaltaban porque no se distinguían por un color en específico de túnica.
»Y finalmente los jóvenes de la Escuela de Magia Uagadou. —Era un uniforme de un tono dorado, algo muy tradicional y diferente a las tonalidades que usaban los japoneses. —Bienvenidos a Hogwarts.
Había comida francesa, brasileña, japonesa y africana. Entre ellos encontraron el tradicional plato de arroz, el sashimi, mariscos crudos servidos con salsa de soja y wasabi, yakizana, pescado grillado, y sushi, plato con arroz y pescado crudo envueltos en algas nori y presentados en rodajas. Los Cuscús, el plato más típico de África, era sémola de trigo acompañado de aceitunas, azafrán, nuez moscada, aceite de oliva, canela, clavo de olor, jengibre y diversas especias típicas de cada zona. El Maafe, un estofado de carne, vegetales y maní sirviéndose acompañado con arroz y huevo. Matoke o estofado de plátanos con pollo, muy popular sobre todo en Uganda. Cuando llegaron los postres, vieron dulces extraños como los wagashis, panecitos de distintos colores y sabores. El dorayaki, una masa rellena de anko, una pasta dulce de judías rojas. Y la bambara, una granola de arroz, azúcar y mantequilla de maní. Una vez limpios los platos de oro, la profesora McGonagall volvió a levantarse. Todos en el gran comedor parecían emocionados y nerviosos.
—Ha llegado el momento. —Anunció sonriendo a la multitud de rostros levantados hacia ella—. El Torneo Interescolar de Quidditch da inicio oficialmente.
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