Capítulo 14
En colaboración con Vilde Saetre.
Un goteo lejano retumbó entre las cuatro paredes heladas e incoloras de aquella habitación. Le dolían las muñecas a causa de los pesados grilletes que la mantenían presa. No estaba sola; su compañera, al otro lado de la celda, atravesaba por un dolor más intenso que el suyo. Heridas abiertas y sangrantes le surcaban la espalda; rendida, con la mejilla contra el suelo y las ropas completamente desgarradas. Sus gemidos eran sofocados, como el ave moribunda, tras el ataque del felino aburrido. Tardó en comprender dónde estaba y quién era aquella chica que sufría.
—¡Andy! —La llamó con la voz quebrada, sin llegar una respuesta—. Andy, por favor… —Quería decirle que despertara, pero tenía la garganta tan seca que las palabras no lograron articularse. Intentó moverse hacia ella, sin embargo, la distancia entre una pared y la otra era grande. Gritó de frustración antes de comenzar a llorar.
—Buen día, señorita Green. —La puerta se abrió; Connor Reed entró a la habitación luciendo una sonrisa malévola—. O debería decir, buena noche. El paso del tiempo puede olvidarse con facilidad entre estas paredes, ¿no es cierto? —Enunció sin siquiera mirarla, rondando como un cuervo alrededor del cuerpo de su hermana.
—¿Qué le has hecho? —Exigió saber, intentando sonar tranquila, aunque por dentro ardía de rabia y desesperación.
—Nada menos de lo que merecía, por supuesto. Le planteé mis términos con una claridad que ella decidió ignorar y esto fue lo que se ganó. —Se encogió de hombros, desinteresado. A Dayra le hervía la sangre de coraje—. Fue tan bueno mientras duró… —Se agachó para acariciarle la mejilla a Andrea, luego llevó un dedo por debajo de la nariz de la chica y esperó un momento—. Es una lástima. Jamás podrá volver a pasar. —Fingió tristeza—, ella se ha ido. —El corazón de la chica se paró en seco, el aire pareció abandonar sus pulmones y un frío avasallador le recorrió la columna vertebral.
—No, ella no… —Pero su hermana no se movía y los ojos cafés, que unos segundos antes estaban abiertos, se quedaron cerrados. Era innegable; había muerto—. No. Andy, despierta, ¡por favor!, ¡despierta! —Las lágrimas no tardaron en llegar. Forcejeó con sus ataduras, pero sólo logró hacerse más daño antes de que Connor soltara una risa.
—¿Sabes? aunque fue una egoísta en vida, antes de morir sí que tuvo un poco de empatía por el mundo —dijo mientras luchaba contra las patadas y manotazos que ella le soltaba—. Su último deseo fue que te dejara ir, lamentablemente no es posible. Por eso prefirió morir primero para no tener que verte sufrir. —Llamó a dos hombres para que lo auxiliaran; su plan era liberarla primero para proceder a atarla con los brazos a la espalda, los pies juntos y la boca encintada—. ¿Qué te hace sentir eso?, ¿era tu hermana la heroína que creías que era?
Se vio libre por unos instantes, pero las fuerzas para rebelarse la abandonaron, el dolor en su alma era intenso que ni siquiera estaba segura de seguir respirando. Andrea estaba muerta, la dejó sola, y todo eso se pudo evitar desde un principio; si no hubiera sido tan tonta como para creer aquella carta que la llevó a caer en la trampa de Hogsmeade. Era su culpa, aquello era su culpa.
—No podías quedarte en Hogwarts sabiendo que yo estaba en peligro. —El cuerpo de Andrea habló, aunque sus ojos seguían cerrados—. Fuiste débil; desobedeciste y por tu culpa pasó esto. —Cerró los ojos y los apretó con fuerza; sollozó mientras Reed y sus hombres terminaban de atarla de nuevo y la tumbaban contra el helado piso—. Morí primero porque no hubiera soportado ver el mayor de mis errores: tú. Salvarte, meter las manos al fuego por algo que está perdido, por un Slytherin. —El asco implicado en sus palabras terminó por romperle el corazón.
—¿Algunas últimas palabras? —Reed la apuntó con su varita, listo para dar el golpe final. Ella no pudo hacer nada más que quedarse viendo el cuerpo inerte de su hermana y musitar sus últimas palabras.
—Perdón… —Un rayo de luz verde inundó la habitación, luego se quedó en silencio.
Dayra despertó con el corazón desbocado por aquel terror de los últimos momentos antes de morir. La cama estaba empapada de sudor al igual que ella; Kirlly se revolvió incómodo a sus pies, mirándola. Lo acarició para indicarle que estaba bien y que podía volver a dormir. Las pesadillas eran cada vez más recurrentes, y aunque intentaba ocultar sus sentimientos, sabía que ni ella ni su hermana eran las mismas desde aquel incidente. El síndrome de estrés postraumático era palpable, sin embargo, es algo que las hermanas decidieron ignorar para seguir adelante.
Estaba mal e iba peor últimamente. El brillo en su cabello iba desapareciendo día con día, sus ojos naturales lucían más grises de lo usual; pesaba cinco kilos menos de lo que pesaba al comenzar el ciclo escolar (que apenas llevaba dos semanas). Concentrarse le costaba una barbaridad y aunque no podía, de ninguna manera permitirse, descuidar las calificaciones de aquel año, lo hacía con sus amigos. Se detestaba; la culpa crecía como un ente maligno en su interior arrebatándole el aliento con cada paso que daba, arrancándole la autoestima que nunca supo que tenía hasta ahora que la perdía. A veces cruzaba por su mente el agobiante pensamiento de no saber quién era y la necesidad vehemente de hacerse pagar, de alguna manera, por cada error que cometía, aunque los demás le dijeran que no lo era.
Después de lograr tranquilizarse tras la pesadilla, se levantó de la cama y salió de los dormitorios en dirección al cuarto de baño; lo hizo con cuidado de no despertar a sus compañeros (aunque lo dudaba, ya que la mayoría tenían el sueño de un tronco) ni de nuevo a Kirlly, quien volvía a reposar cómodamente al pie de la cama. Eran las seis de la mañana de un miércoles; dentro de media hora comenzarían sus rondas como perfecta. Suspiró. Pensó, por enésima vez, que patrullar a dichas horas de la mañana era absurdo, los alumnos no se despertaban sino hasta las ocho. ¿A quién se supone que atraparía haciendo fechorías a esas horas? ¿al señor Filch con su horrendo gato? Aún así, responsable como todos esperaban que fuera, se dio un baño, se lavó los dientes y después de vestirse y arreglarse la melena castaña, salió a los laberínticos pasillos de Hogwarts a realizar su trabajo. Pasaron las horas sin ningún problema aparte de Peeves, quien le dio por tirar bombas fétidas en el baño de chicas del segundo piso, pero de aquello no se enteró hasta que fue la hora del desayuno y los prefectos de todas las casas se reunieron en el Gran Salón para comer y ponerse al tanto de lo visto en sus rondas, como era habitual.
—Se supone que esas baratijas Weasley están prohibidas en el castillo, no hay manera posible de que Peeves las haya conseguido por su cuenta; será nuestra tarea investigar quién es el dueño —habló Marcus Fitzgerald, prefecto de Ravenclaw.
—Déjalo ya, Marcus. Un par de bombas fétidas no matarán a nadie. —Razonó Adahara Rasmond de Hufflepuff.
Generalmente Dayra no hablaba en esas reuniones matutinas, sino que se limitaba a escuchar y asentir cada vez que alguien, por casualidad, se acordaba de su existencia y la nombraba. Aquella vez, sin embargo, las emociones negativas dentro de ella eran tales que decidió bloquear sus voces, pareciéndole demasiado estúpido e inútil el tema de discusión como para siquiera gastar el tiempo escuchándolos. En el mundo estaban sucediendo cosas tan desastrosas que parecía absurdo preocuparse por quién llevó bombas fétidas a Hogwarts. Su enojo no hizo más que empeorar cuando Kirlly penetró en el comedor y le entregó el nuevo ejemplar de El Profeta. Después de agradecerle al perro, y darle un trozo de la panceta que no terminaría de comer, el animal salió del salón moviendo la cola con alegría mientras que ella apartó el plato a medio comer y se preparó para lo que fuera que encontrase escrito. Algo le decía que no serían buenas noticias, no estaba para nada preparada para aquel artículo de Mush Skeeter.
Locura en camino era el título de aquella porquería escrita por el peor y el menos profesional periodista jamás antes visto. Ni siquiera Rita Skeeter se atrevió a tanto en sus años mozos; este joven tergiversaba los hechos hasta límites inimaginables y sin la objetividad debida de un buen columnista. Sus noticias eran chismes baratos y aún con ello aparecía en primera plana la mayoría del tiempo. Conforme más leía, el rostro de la chica se tornaba más rojo a causa de la ira, además un nudo de preocupación crecía en su estómago. Nada estaba bien, tenía que saber de su hermana, y no por palabras de un hombre estúpido con delirios de farandulero barato.
—¡Pseudoperiodista de mierd..! —El tramo de mesa asignado a los prefectos calló al escuchar el golpe que propinó la joven sobre la mesa. Todos estuvieron discutiendo las noticias hasta aquel instante. Siete pares atónitos de ojos la miraron. Algunos deseaban preguntar qué ocurría, pero el deseo se quedó en eso y ella salió del comedor en un furioso silencio rumbo a la lechucería, esperando encontrar un ave disponible.
Afuera, el viento se había desbocado y grandes estruendos de luz cruzaban las congestionadas nubes. Las lluvias heladas de octubre no tardarían en llegar y aquel clima se asemejaba bastante a los sentimientos de la chica, furiosa y preocupada andaba por el camino de tierra hacia la torre más alta al oeste del castillo. ¿A quién llamaría? No lo sabía. Disponía de aproximadamente media hora para hacer sus diligencias y regresar corriendo (con o sin lluvia) al castillo para alcanzar a tomar la clase de Runas Antiguas con la profesora McGonagall. Afortunadamente, cuando sus pies pisaron los escalones de la torre, ya había llegado a la conclusión de que su hermana no le contestaría, si es que se encontraba mal, lo cual era muy probable, así que decidió escribir a Mariana, su mejor amiga y también la más cercana.
¿Es verdad lo que salió en El Profeta? Perdona que vaya directo al grano, pero me preocupa mi hermana. No sé a quién recurrir y tú eres mi oportunidad. Eres una de las mejores amigas de Andy, la más cercana, y podría apostar, a que eres la que más se preocupa por ella. Sé que algo pasó con Connor que no me quiere decir. Ella no está bien y tú puedes averiguarlo. Por favor, ayúdame a saber qué ocurre. La conozco, no quiero que termine haciendo una tontería y le pase algo o que termine en San Mungo.
Dayra G.
Se apresuró a enrollar la carta y oteó en busca de un ave libre. Su sorpresa fue grande cuando sus ojos se toparon con Hermes que se acicalaba con tranquilidad en la ventana del lado opuesto a donde se encontraba ella.
—No sé qué haces aquí, pequeño, pero necesito que me hagas un favor, ¿puedes? —dijo mientras acariciaba al animal y le ataba el papel en una pata—. Lleva esta carta a Mariana Somender. —El ave ululó en señal de reconocimiento y partió en seguida. Ella guardó sus cosas entonces y corrió escaleras abajo para llegar a clases. Esperaría la respuesta; ojalá no tardara en llegar. Al terminar la clase de Runas Antiguas tenía la intención de hablar con la profesora, en caso de que ella supiera algo y fuera capaz de ayudarla.
Llegó con el tiempo justo a clase. Olvidó, por un momento, que sus amigos decidieron no tomar aquella clase; los buscó sin éxito. Debía hablar con ellos sobre lo que estaba ocurriendo y el porqué de su distanciamiento; eran amistades de años que no se dejaban de lado a la primera de cambio y ella lo sabía. Decidió abordarlos en la clase de pociones. Mena McGonagall entró en el aula arreglándose la frondosa cabellera pelirroja, buscando lucir tan prolija e impecable como siempre. Al terminar la clase, cuando sólo quedaban un par de alumnos, Dayra terminó de redactar el ejercicio que le tomó más de lo esperado, y después de guardar sus cosas con premura en el portafolio, se acercó lentamente a la profesora.
—Profesora McGonagall, ¿tiene un momento para hablar? —La mujer alzó la mirada de los pergaminos que revisaba; miró, por encima de sus gafas de lectura rectangulares, a la joven. Si tuviera el cabello castaño, sería el retrato de su abuela en sus años de juventud.
—¿Qué se te ofrece, Green? —Dejó de lado los trabajos y se acomodó los lentes sobre el cabello.
—Es… —Dayra dudaba sobre cómo abordar un tema así, completamente extracurricular—. Sobre mi hermana.
—¿Qué hay con ella? —No había calidez en su gesto. Lucía contrariada, estresada o ambas, y definitivamente con carencia de ganas de hablar.
—Es que Andy se ha visto involucrada en tantas cosas últimamente, que me preocupa su bienestar emocional y… —La profesora suspiró cansada y se irguió en la silla, cruzando las manos sobre la mesa.
—Andrea siempre se ha metido en problemas, es lo único constante en su vida y todos lo sabemos.
—Lo sé, pero…
—¿Qué quieres que te diga? Es algo natural, algo que varios hemos intentado quitarle por su bien, pero ella simplemente se aferra a esa esencia que, lo único que le ha traído y le seguirá trayendo, es tragedia. —Sonaba molesta.
—La entiendo —respondió Dayra tratando de no perder la paciencia—. A lo mejor puede ayudarme.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Pues...
—No puedo hacer nada por ella, lo he intentado por años, y en el fondo, tenía la esperanza de que, algún día, dejara de ser tan cabeza dura y abandonara ese vehemente deseo de ser la heroína en todo. —Se calló negando con la cabeza como si no pudiera creer aquello—. Esta mañana, cuando leí El Profeta, logré ver a la misma chica impulsiva y tonta que se gastaba bromas con los Slytherin, bromas que siempre nos arrebataron las copas de las casas. Bromas que, a veces, pusieron su vida en riesgo y la de otros. Bromas que siempre me ganaban un regaño por parte de mi abuela. —Ésto último pareció decirlo con rencor.
—No entiendo, yo…
—Estoy diciendo que si se siente mal es porque lo merece. Y si tu plan era venir a mí para que te ayudara, te digo que eso no ocurrirá. Necesita darse cuenta de sus errores sola. Ya ha sido suficiente de que, siempre, paguemos los platos que rompe.
Dayra no supo qué decir inmediatamente; meditó acerca de esas crueles palabras. Se sintió enojada por aquella respuesta, cualquiera que supiera sobre la amistad de aquellas dos chicas habría esperado algo distinto. No podía creer que Mena McGonagall estuviera en contra de su hermana y de acuerdo con el sufrimiento que la achacaba. Desde pequeña, la joven había sentido que la relación de su hermana con Mena era una amistad extraña; muchas veces salían peleadas, pero nunca se preguntó qué tan mal estaba eso ni quién tenía la culpa, hasta aquel momento. Entonces comprendió que aquello era una especie de compañía por conveniencia y resignación, y si antes sintió una pizca de desconfianza de la profesora, ahora creció.
—Nadie merece sentirse mal, profesora. Sin importar sus actos —dijo después de un rato. Mena, quien retomó la revisión de los trabajos, volvió a levantar la mirada, harta de aquella discusión—, no cuando se actúa por valentía y en pos de defender a los seres amados y al mundo.
—Si la impulsividad e idiotez puede ser llamada valentía… Claro, ella siempre ha sido valiente. —Se burló. Dayra sintió ganas de decirle hasta de lo que se iba a morir, pero a final de cuentas, no la conocía lo suficiente para formar buenos argumentos, además era su profesora de Runas Antiguas y no podía perjudicar su nota por discutir algo que ya estaba claro: Mena McGonagall no era amiga de Andy; ahora lo sabía, pero, ¿lo sabría su hermana?
—Con permiso. —Masculló antes de retirarse.
Salió al patio para tomar un poco de aire fresco y serenarse tras lo ocurrido; si regresaba haría algo de lo que se arrepentiría. Hermes llegó volando y le entregó una nota. Tras quitársela y darle un trozo de fruta que se robó del gran comedor para botanear entre clases, el ave voló hacia quién sabe dónde, mientras que Dayra se sentó en el borde de la fuente central a leer lo que recibió.
Dayra:
Respondo a la brevedad tu carta, aunque quizá no con las palabras que esperas recibir. Como bien sabrás por el señor Skeeter, Andrea, efectivamente, se vio involucrada en un accidente en su pasado viaje a París. Nada de qué preocuparse, sin embargo, los medios suelen escandalizar y sacar de tono casi cualquier cosa. Tu hermana está bien, ella es fuerte y ha podido con cosas peores, confiamos en su capacidad para afrontar las adversidades y en su profesionalismo; deberías hacer lo mismo. Esto fue sólo un insignificante suceso, no te preocupes.
Mariana S.
De nuevo nada que la ayudara. ¿Por qué de pronto todo el mundo estaba actuando de esa manera? Ella tenía quince años, sí, pero no era idiota y sin duda, no era alguien en quien no confiar. Ya no era la niña inmadura y crédula que cayó en la trampa de Connor, ¿por qué nadie era capaz de ver aquello? ¿de ayudarla en algo tan sencillo como saber sobre su hermana? Las palabras de Somender eran mentira; no había manera posible en que Andrea estuviera bien mientras las cosas continuaban pasándole, Mariana era más inteligente que eso. Corrió por segunda vez en el día a la lechucería, y con indignación hirviendo en su sangre, redactó una nueva nota.
Mariana:
Ambas sabemos que Andrea no está bien. Eres su mejor amiga, y como su hermana, demando que me ayudes; tú podrás conocerla demasiado y ser su persona, pero yo crecí con ella. Sé cuándo no está bien, así que no puedes venir a decirme una mentira y que me calme, cuando sabemos perfectamente que no es así. Así que, por favor, ayúdame por lo menos a verla, a hablar con ella. Sé que si le envío una carta no la responderá, quizá ¿podrías convencerla de ir a Hogsmeade el viernes? No le digas que iré yo, por si pudiera negarse. Estaré en Las Tres Escobas.
Dayra.
—Es la última, Hermes, lo juro. —Rio apenada mientras le ataba el papel al ave, que enseguida alzó el vuelo. Luego salió corriendo a las mazmorras.
La lluvia se dejó caer con fuerza chocando violentamente contra los muros de piedra del antiguo castillo y retumbando en el cielo, como si el mismísimo fin del mundo estuviera a la vuelta de la esquina; se preguntó qué mariposa había agitado las alas para causar este tornado de malas noticias y emociones devastadoras. Al llegar al aula de pociones, con quince minutos restantes para el comienzo de la clase, no dejó de mirar la puerta ansiosa, esperando a que Matt y Charlize entraran por ella en cualquier momento. No pudo evitar pensar una y otra vez en la conversación que tuvo con la profesora McGonagall y en si su abuela reaccionaría de la misma manera ante su petición de ayuda. ¿Estaría la familia hecha de la misma madera? No pudo pensarlo y llegar a una conclusión porque en esos momentos entró su amigo llevando consigo un montón de libros; no eran necesarios para la clase, pero cargaba de todos modos. Miró el aula meditando dónde sentarse hasta que logró verla y, aunque no lució muy convencido, terminó sentándose a su lado. Dayra se revolvió incómoda en la silla, nerviosa ante la conversación que estaría a punto de sostener con él.
—Hola —dijo ella después de aclararse la garganta. Cuidadosa, lo miró de reojo, él terminó de acomodar sus libros sobre la mesa.
—Hace mucho que ni un saludo me das.
—No lo niego, he sido una terrible amiga últimamente. Entre los TIMOS, el futuro incierto y mi familia, siento que me estoy volviendo loca, aunque bueno, sé que no soy la única con estrés en estos días…
—Me alegra saber que sabes que no has sido buena amiga —respondió él, acomodando el último libro con un suspiro—, leí lo de Skeeter, ¿cómo estás tú?
—Siendo honesta, terrible. No sé qué hacer para calmarme, intenté hablar con Mariana, pero me respondió la carta con lo que parecía un proverbio chino. —Rodó los ojos—, así que le mandé otra carta y espero verla en Hogsmeade el viernes.
—Déjame entender, ¿quieres hablar de tu hermana a sus espaldas? —No sonó muy convencido del plan.
—No, es decir… —Agitó la cabeza, intentando organizar sus ideas—. Le dije que traiga a Andy, aunque no sé si realmente venga, en cuyo caso, y asumiendo que venga Mariana y no me mande otro mensaje motivacional sacado de Facebook, sí, sería hablar a sus espaldas —suspiró, rendida.
—¿Qué es Facebook? —preguntó confuso—. No sé si sea buena idea obligar a tu hermana a decirte algo que, evidentemente, no quiere contarle a nadie. Debes ser paciente, darle tiempo, y sí, sé que fue muy difícil lo que les ocurrió —aclaró antes de que lo interrumpiera—, pero quizá el quedarse callada es el mejor medio que tiene para afrontar lo que haya pasado.
—Facebook es… —No sabía cómo explicarlo sin tener que explicar también toda la historia del internet—, algo muggle, como un lugar donde la gente comparte sus pensamientos. —Le quitó importancia con un gesto de mano—. Pero, aunque tienes razón, Andrea no puede guardarse todo para ella misma, y mucho menos, cuando lo que se guarda le causa problemas serios que atentan contra su vida y futuro. Creo que su orgullo Gryffindor está yendo demasiado lejos y debe parar. Necesita ayuda.
—Sigo diciendo que no es muy buena idea que la presiones, pero sé que no te quedarás de brazos cruzados. Me sorprende que no hayas mandado un vociferador a Skeeter.
—Créeme que lo pensé seriamente —bufó—, ese niñato no da el ancho como escritor ni para aparecer en una revista de chismes, pero no puedo perder los estribos ahora que soy prefecta y que muchos esperan que sea una niña buena.
—Nada más te digo que vayas con cuidado, las personas no están listas para enfrentar sus miedos, y menos, si son obligadas. Lo hacen cuando creen que es el momento.
—Vale, lo tomaré en cuenta. En fin. —Se acomodó en la silla—, ¿dónde está Charlize?
—Ah, amaneció enferma. Ayer se mojó en la lluvia por culpa de una Ravenclaw. Si vas con ella, te advierto que estará bastante enojada por la gripe y por tu alejamiento.
—Gracias por la advertencia. —En aquel momento entró el profesor Higgs y tuvieron que aplazar su charla hasta la hora de las prácticas, en donde terminaron de ponerse al tanto sobre la calidad de las dos semanas transcurridas del ciclo: estrés, estudio, estrés, trabajo, incertidumbre y más estrés. El sentimiento era colectivo para todos los alumnos de quinto año.
Al salir de clases, Matt tuvo que marcharse a la biblioteca y Dayra aprovechó el receso para enfrentarse a Charlize. Sin embargo, la joven no era tonta, así que para aligerar los reclamos se inmiscuyó en las cocinas y pidió a los elfos una tanda de panqués de calabaza que serviría como oferta de paz. Una vez armada contra la guerra, bajó a las mazmorras y abrió lentamente la puerta del dormitorio. Dentro se encontraba ella, acostada de lado mirando con resentimiento el fondo del alebrestado lago a través de la ventana.
—Hola —saludó Dayra mientras cerraba con cuidado la puerta. Su amiga no respondió—. Supe que estabas enferma y quise traerte un regalo —musitó. Se acercó a la cama y colocó los panqués sobre la mesa de noche, sólo entonces Charlize alzó la mirada.
—Casi medio día y apenas te enteras. Claro, como apenas nos has dirigido la palabra a Matt y a mí… Eso de ser prefecta debe tenerte ocupada —dijo con reproche. Rodó los ojos antes de girarse para darle la espalda.
—Vengo de con Matt —prosiguió de todas formas—, he hablado ya con él. Te diré lo mismo: admito mi culpa, he sido una amiga terrible, pero entre los TIMOS, el futuro, mi familia y la prefectura estoy perdiendo la cabeza. A la hora del desayuno recibí El Profeta, Skeeter escribió cosas horribles de mi hermana y he estado intentando hacer algo para saber cómo está, pero nada parece dar frutos. En fin, supongo que es lo que me merezco por mala amiga.
—Lo mereces —dijo cediendo y girándose de nuevo—. No te culpo, en realidad; todos estamos estresados, pero al menos nos hubieras dicho, Day. Alejarse no es bueno, y lo sabes.
—Lo sé, Liz. Lo siento. —Su amiga sonrió y la invitó a sentarse en la cama junto a ella.
—Está bien, de cualquier manera, estoy demasiado enferma para estar enojada contigo.
—Pensé que lo estarías, Matt me contó sobre lo que pasó y el porqué de tu enfermedad.
—No me lo recuerdes. Esa insufrible Ravenclaw se salió con la suya al retarme a un duelo de Goblings en plena lluvia. Tenemos rivalidad en clase, ya sabes, no soporta que yo sea mejor que ella.
»Me dijo que ni siquiera un juego tan sencillo podría ganarlo porque, para todo lo demás que no fuera esa clase, era un trol. Lo de retarme a jugar en la lluvia fue sólo maldad y ahí voy yo de impulsiva a aceptar su reto. —Rodó los ojos—. Nunca aprendo. —Se reprendió mientras se sonaba la nariz.
—Estoy segura de que ella también está enferma: la lluvia de ayer fue atroz. —Buscó tranquilizarla; tomó un panqué y la alimentó con él.
—Lluvia atroz la de hoy, parece que se va a caer el cielo. —Miró asustada hacia el exterior justo cuando un estruendoso trueno se dejaba oír en la superficie—, ¿no será que…? —Miró a Dayra, pensativa.
—¿Qué?
—Nada. —Se encogió de hombros mientras daba otro bocado a su pastelito—, sólo recordé las cosas que te pasan, eso de que el clima cambia con tus estados de ánimo. —La miraba de arriba abajo mientras comía, analizándola.
—¿Controlar el clima?, ¿yo? Estás de broma. Somos brujas, tenemos magia, pero eso es demasiado.
—Hmm no, de hecho, la climagia es real. Hay pocos casos en el mundo; la mayoría comenzaron a experimentar sus efectos alrededor de los quince años. Sólo digo que intentes comprobarlo, no es como si tuvieras una enfermedad congénita terminal o algo así, la climagia no afecta en nada siempre y cuando se controle a tiempo.
—Sí, pues tus argumentos no suenan muy alentadores. Causar un tornado que destruya la ciudad, a causa de un berrinche, sería un verdadero problema. —Bromeó, acercándose a la ventana.
Se sentía bien haber arreglado las cosas con sus dos amigos y poder hablar como si nada. Sin embargo, su sonrisa se tornó en confusión al notar que, al sentirse bien, la lluvia había calmado al igual que las aguas del lago. Colocó una mano sobre el cristal, meditabunda. Al día siguiente, el sol volvió a brillar con fuerza en medio de un cielo despejado y profundamente azul, como si no hubiera estado lloviendo a mares apenas unas horas atrás. Dayra asistió a sus clases, al término de éstas visitó a Charlize en la enfermería (había tenido que irse de los dormitorios para evitar que más alumnos se enfermaran), estuvo un rato con ella y luego se marchó a estudiar con Matt.
—Tengo hambre —exclamó apartando la vista del libro y recargándose en el respaldo de la silla como si estuviera extremadamente cansada y harta de leer, aunque no lo estaba. Matt la analizó.
—No, no tienes hambre. Apostaría a que tienes más agobio que hambre. —Entrecerró los ojos clavándolos en los de ella—. Te conozco, estás preocupada por algo o por muchas cosas, así que anda, dime qué tienes. —Puso el marcapáginas antes de cerrar el libro que estaba leyendo y se dispuso a prestarle completa atención.
—Tengo quince años, naturalmente no sé qué haré con mi vida, así que no sé qué TIMOS escoger. Y mi hermana, la única que conozco que ya pasó por ese proceso y que podría ayudarme a esclarecer mis ideas, está metida en aprietos y con la mente demasiado dispersa para echarme la mano con problemas tan triviales. —Alzó la mirada al techo y cerró los ojos tras un segundo, cansada.
—No seré una persona experimentada, ni tu hermano, pero soy tu mejor amigo y creo que podría servir de algo si te digo que hagas una lista con las cosas que te gustan y escojas la que más te llame. —Dayra lo miró, frustrada—, y sobre todo, no te estreses. Al final de cuentas, en la vida hay más tiempo del que creemos. Puedes estudiar lo que quieras. —Se encogió de hombros.
—No lo sé, Matt. Desearía tener la mitad de las cosas claras de lo que tú y Charlize las tienen. Son asombrosos, ¿lo sabían? —suspiró y sacudió la cabeza para quitarse la negatividad de encima. Ya no quería saber de estudios y exámenes aquella tarde, así que tras guardar sus libros y despedirse, se marchó a la torre de astronomía para pensar un poco, y quizá, escribir en su diario hasta que llegara la hora de la cena.
Al llegar a su destino, se percató de que el sitio no estaba desocupado como solía estarlo a aquellas horas de la tarde. Un chico, sentado en un banquito junto a la ventana, miraba concentrado unas hojas; sostenía un hermoso chelo blanco entre sus piernas. Azul y bronce se dejaban ver en su túnica: un Ravenclaw. Dayra permaneció en silencio, parada en el umbral, sin esperar que él notara su presencia, pero esperando escucharlo tocar. Uno de los instrumentos favoritos de ella era el chelo, aunque, a decir verdad, no podía imaginarse tocando uno ya que se consideraba demasiado torpe. Lo escuchó tocar y con cada nota bien ejecutada podía sentir la paz y la esperanza fluir a través de ella. El arco sobre el mástil y las cuerdas era exquisitamente acertado. Jamás había escuchado tanto talento y tan cerca, estaba maravillada. El joven paró y maldijo por lo alto, alegando que las notas no eran correctas. Dayra aprovechó ese momento para hacer su entrada, sin miedo a la reacción del chico al descubrir que lo estaba espiando.
—A mí me pareció que tienes mucho talento —dijo, el joven alzó la mirada de las partituras para verla—. Perdona si te incomodo, venía a la torre a meditar un rato, pero tú le das un mejor uso y no pude evitar escucharte tocar. Tienes mucho talento. —Él sonrió con tristeza.
—Ojalá mis padres pensaran lo mismo —murmuró cabizbajo, acto seguido se puso en pie y se dispuso a guardar el instrumento en su funda.
—Pues entonces tus padres son sordos o idiotas. Perdón que lo diga.
—Me agradas. —Rio un poco más alegre—, bastante rebelde para ser prefecta. —Apuntó a la insignia que llevaba en el pecho.
—Ah, esto… A veces, los prefectos tenemos crisis de descontrol, ya sabes. —Bromeó—. En fin, si quieres voy a meditar a otro lado, no me gusta haberte interrumpido… —Dudó, ya que aún no sabía el nombre de aquel chico.
—Jonathan Kahnwald.
—Yo soy Dayra Green.
—Hermana de Andrea Green, la auror, supongo. —Ella asintió—. Menudo lío se ha armado en el Ministerio, ¿no es así? —Volvió a asentir, esta vez con una mueca.
—Bueno, yo… No me gusta hablar de ello, lo siento. Te dejo solo para que sigas practicando. —Dio media vuelta, pero él la detuvo.
—No, no… quédate. Yo tengo que ir a terminar la tarea, de cualquier manera. —Se encogió de hombros y sonrió amistoso—. Lo siento si te ofendí por lo dicho sobre el Ministerio, es sólo que yo también tengo una hermana ahí, auror, de igual manera. Uno como familiar no puede evitar verse involucrado más de lo que desearíamos. —Él también hizo una mueca—. En fin. De verdad, quédate.
—¿Estás seguro?
—Nos vemos luego, espero. Suerte con la meditación. —Tomó sus cosas, y tras colgarse el instrumento a la espalda, comenzó a descender dejando a Dayra sola con sus pensamientos.
Acercándose la hora de la cena, decidió bajar hasta las mazmorras y platicar un poco con sus amigos antes de dirigirse al Gran Comedor. Iba cruzando el segundo piso, cuando se encontró con la directora, quien la detuvo ipso facto.
—Señorita Green —saludó de tal manera que Dayra supo que no se limitaría a serlo.
—Directora. —Le devolvió el saludo respetuosamente.
—Acompáñeme a mi oficina, por favor. Hay unos asuntos que debo tratar con usted. —La joven se extrañó por aquella declaración, se preguntó qué asuntos ameritaban una conversación en el despacho de la directora.
Se preocupó, quizá hizo algo malo y le esperaba una buena riña, pero en realidad su comportamiento nunca fue tan impecable como en esos meses, así que no comprendía. No obstante, logró mantener la incertidumbre a raya y siguió a la mujer hasta la oficina que, decenas de magos a cargo de Hogwarts, habían pisado antes que ella y tomó asiento en la butaca frente al escritorio cuando su anfitriona se lo ofreció.
—¿Té? —Ofreció mientras conjuraba con su varita un juego de té de porcelana blanca con estampado de amapolas. La chica rechazó la oferta: no era fanática del té.
Se quedó mirando la estancia en silencio mientras la profesora preparaba la bebida con parsimonia; la joven no quiso verse impertinente o desesperada, así que permaneció en silencio.
—El motivo de esta pequeña reunión es tan sólo un chequeo de rutina. —Comenzó diciendo con ánimo de tranquilizarla—. El día de ayer no pude evitar ver el pequeño arranque de ira que tuvo a la hora del desayuno. La observé salir del gran comedor contrariada y supongo que algo tuvo que ver el artículo publicado por el señor Skeeter. —Hizo una pausa para beber de su té—. Aunado a esto, algunos profesores me han comentado que sienten inquietud respecto a su desempeño en clases, sus compañeros prefectos también comunicaron que ha estado ausente durante los consejos de rutina.
Señaló, Dayra se preguntaba, confusa, en qué momento comenzaron a notar un descenso en su estado de ánimo cuando, ella ni siquiera, se permitía mostrar sus emociones. ¿Le habría contado su nieta sobre la plática que tuvieron aquella mañana?
—Mi intención no es reñirla, ni mucho menos, sino preguntarle qué ocurre o si hay algo que la escuela o yo podamos hacer por usted. —Volvió a tomar la taza esperando la respuesta de su alumna.
—Admito que mi familia no está atravesando precisamente el mejor de los momentos —Comenzó ella después de un rato—, no creo que esté afectando mi desempeño escolar. Lamento el arranque que tuve ayer, fue algo espontáneo que, prometo, no volverá a ocurrir.
»Sé muy bien la imagen que debo dar ahora que soy prefecta. —Aseguró, esperando que eso bastara para dar por terminada la plática. No conocía lo suficiente a Minerva McGonagall, pero suponía que Mena McGonagall, de algún lado, había sacado su forma de pensar, y aunque no desconfiaba de la directora, no quería discutir con ella sobre su familia.
—Me agrada que sea consciente de ello, señorita Green. —Se recargó en el respaldo de su butaca—. Su hermana solía meterse en muchos problemas cuando era estudiante, ¿sabía? Suponíamos que su comportamiento cambiaría conforme los años pasaran, pero...
—Sigue siendo la misma persona con complejo de héroe, lo sé. —Interrumpió la chica—. Esta mañana he hablado con la profesora Mena. Me dejó muy en claro que lo que ocurría con mi hermana eran sólo consecuencias de ese comportamiento, que no debería complicarme la vida por ello y que no era asunto de la administración escolar. —Apostilló—. Le agradezco su interés, profesora, pero su nieta tiene razón. Nadie en Hogwarts puede ayudar a mi hermana, ¿o sí?
La bruja se quedó callada y mirándola con pena, demostró, de alguna manera, que apoyaba la opinión de su nieta; esa charla no era nada más que un chequeo de rutina, como había dicho, para asegurarse de que Dayra seguiría teniendo un comportamiento impoluto y decente
—Si me disculpa, debo asistir al consejo de prefectos nocturno. Además, tengo un poco de hambre. —Rio intentando disimular su descontento—, ¿viene? —La profesora negó con la cabeza.
—Iré en un momento, debo revisar unos pergaminos antes. Pero vaya, le agradezco su tiempo y su comprensión. Lamento también la manera en la que mi nieta haya podido decir las cosas. —Su disculpa parecía sincera y con este gesto, Dayra confirmó que la directora sabía de aquel encuentro con su nieta y que, aunque apoyaba su postura, renegaba en contra de su actitud, lo cual la hacía una persona buena, pero impotente.
Cuando llegó a los dormitorios se encontró a Matt tirado en su cama, jugando con Kirlly, parecía un remolino de pelo blanco enredado en tela esmeralda y plata.
—Es bueno saber que Kirlly no se aburre cuando no estoy, pero no deberías estar aquí de acuerdo a las reglas.
—Por ese tipo de cosas me aseguré de tener una amiga en la prefectura.
—Mira qué convenenciero resultaste ser. —Alzó una ceja y se sentó en el borde de la cama; el perro dejó de jugar con las mantas y ahora se encontraba apoyando la cabeza en el regazo de la chica, sacando la lengua, agitado, pero alegre.
Platicaron sobre lo que habían hecho después de la biblioteca y Dayra le contó también sobre el incidente con Minerva McGonagall y su nieta. Matt le repitió que debía serenarse y darle tiempo a Andy, pero de nuevo se mostró renuente a aceptarlo. Con cada segundo transcurrido sentía que algo estaba mal y se pondría peor, sin embargo, no tenía ni idea de qué hacer o a quién más recurrir: decirle a sus padres sería como hablar con la pared y la respuesta de Mariana se había quedado en un “veremos”. Ni siquiera era seguro que se verían al día siguiente, no recibió alguna nota al respecto. ¿Por qué de pronto nadie parecía entender?
La cena pasó sin relevancia y a la hora de acostarse, el sueño la abandonó. Tuvo que escabullirse entre los pasillos rumbo a la enfermería para pedirle a Madame Pomfrey un filtro somnífero. Cuando lo obtuvo, regresó a las mazmorras, lo bebió y se acostó esperando a Morfeo.
—Despierta. —Alguien la sacudía con desesperación—. Dayra, despierta. Algo terrible ha ocurrido. —La chica abrió los ojos, encontrándose con su hermana.
—¿Andrea?, ¿qué haces aquí? —preguntó confundida, quitándose de encima las sábanas con cuidado. Se sentía débil, como si el sueño, en lugar de repararla, la hubiera destruido diez veces más. Sus músculos dolían con atrocidad.
—No importa, tienes que venir, es algo… —Un sollozo escapó por sus labios y supo entonces que no era ninguna broma: algo realmente malo había ocurrido.
—De acuerdo, déjame ponerme la túnica y…
—¡No! Tenemos que irnos ya, ha pasado algo en casa. Nuestros padres nos necesitan, tenemos que desaparecernos, llegaremos más rápido. —Tomó a su hermana del brazo con tal fuerza que le hizo daño.
—Pero no puedo desaparecerme, así como si nada, tengo que…
Una fuerza centrífuga revolvió sus entrañas, llenando los ojos con estallidos de luz azul violeta hasta que divisó su casa. Una tormenta eléctrica empapó las ropas al instante, un rayo cayó en la lejanía, pero resonó con tal intensidad que sus tímpanos dolieron. Encogida por el dolor, miró la casa, completamente a oscuras salvo por un foco encendido en la segunda planta: el cuarto de Andrea. Miró alrededor buscando a la joven sin éxito, el vello se le erizó en señal de alerta. Aquello no pintaba para nada bien.
—¿Mamá?, ¿papá? —Entró a la casa con cautela. La puerta rechinó haciendo eco por toda la vivienda.
La joven se apresuró a sacar su varita y a inspeccionar la sala, luego la cocina, el estudio y finalmente, el baño del primer piso. No encontró algo que le ayudara. Temblando subió escalón por escalón mientras un leve sonido crecía. Un sollozo proveniente del último cuarto a la derecha, el único iluminado. Petrificada, se detuvo en la cima de la escalera. El miedo que sentía era insoportable. ¿Qué estaba ocurriendo? Avanzó con la varita en alto, en caso de que fuera una trampa. La ventana al fondo del pasillo, abierta, dejó entrar una ventisca cargada de lluvia tal que tuvo que colocarse el antebrazo libre a modo de visera para lograr ver el camino. Revisó primero los cuartos asegurándose de que estaban vacíos, luego se dirigió por fin al último. Los sollozos eran más fuertes y desgarradores; la preocupación de la joven era tanta que sentía la necesidad de unirse al llanto. Se encontró en el umbral, mirando a su padre abrazar a su madre; ella sujetaba algo en brazos, pero sin ver qué era.
—¿Mamá?, ¿papá?, ¿qué ha pasa...? —En ese momento, su madre giró para mirarla con el rostro empapado en lágrimas y los ojos hinchados. Pudo ver entonces aquello que sostenía.
—¿Andy? —El nombre salió trémulo de sus labios. Se percató de la cuerda que pendía del techo y el banquito tirado a un lado de la habitación.
Se despertó gritando y bañada en lágrimas. Sintió unos brazos cerrándose en torno a ella para consolarla y se permitió llorar para sacar el tremendo dolor que aquel sueño le causó. Había visto de nuevo a su hermana, muerta, esta vez a causa del suicidio. ¿Cómo se suponía que se calmara después de eso? Matt la abrazó, el cuarto estaba vacío a excepción de ellos dos, y a través de las vidrieras el agua se veía clara como cuando era de día.
—Son las diez de la mañana. No tienes rondas, ni clases hasta las cuatro. Vine a buscarte porque en media hora nos vamos a Hogsmeade. —Explicó su amigo, percatándose de su confusión.
—Gracias, Matt. —Suspiró aliviada. Kirlly, que estaba de pie junto a la cama, puso las patas delanteras sobre el colchón para lamerle la cara con un gemido preocupado—. Tranquilo, pequeño. Estoy bien. —Le aseguró al can acariciándole el frondoso pelaje.
—¿Qué ha pasado en tus sueños? Claro, si puedo saber. —Sacó dos pastelillos de elote de su túnica y le entregó uno.
—Otra vez Andy. —Suspiró mientras tomaba el pan y le daba una mordida. Se moría de hambre—. Soñé con su muerte, pero esta vez ella… —Se le quebró la voz. Matt asintió, entendiendo que sólo había una manera en la que la muerte sonaba peor de lo que ya era.
—Andrea Green jamás haría algo así, creo que tú más que nadie lo sabes. Ella es fuerte como un caballo terco. —Eso hizo reír un poco a la joven, no obstante, el momento pronto se esfumó.
—¿Realmente estamos seguros, Matt? El ser humano y la mente son endebles, se pueden romper y reconstruirse una y otra vez, pero incluso el ave Fénix tiene un límite de resurrecciones.
—Créeme cuando te digo que un Gryffindor siempre falla al seguir las normas de la naturaleza. —La tranquilizó—. Ella estará bien. Ahora vamos a las cocinas a que piques algo antes de salir a Hogsmeade, al parecer alguien se despertó con hambre. —Alzó las cejas al notar que su amiga ya se había terminado el pastel de elote.
Fueron a las cocinas para que la chica comiera algo y luego emprendieron el camino hacia el único poblado íntegramente mágico que estaba en Gran Bretaña. Iban acompañados por un par de alumnos de su casa. Mientras caminaban, a la joven le dio curiosidad y oteó en busca del Ravenclaw que se topó en la torre de astronomía. Dio con él en seguida y sintió cómo un rubor, inexplicable, ascendía por sus mejillas al segundo antes de que el joven reparara en ella y le sonriera.
—Creo que alguien parece interesado en ti —murmuró Matt por lo bajo. Ambos observaron cómo el joven se separaba de sus amigos y se dirigía hacia ellos—, y viene para acá. ¿Algo que debas contarme?
—Él… —Pero la explicación tendría que esperar, Jonathan los alcanzó demasiado rápido.
—Buenos días, señorita Green —saludó con una sonrisa deslumbrante.
—Llámame sólo Dayra, por favor. Y hola, Jonathan —saludó ella mientras seguían caminando, respondiendo a su sonrisa—. Te presento a mi amigo, Matt Rice.
—Jonathan Kahnwald. —Se presentó, tendiéndole una mano a Matt, quien la tomó con un poco de recelo—. La conocí ayer en la torre de astronomía, por si te preguntabas —explicó—, por cierto, ¿cómo terminó tu meditación?
—Bastante bien, creo, aunque al final he tenido que tomar un filtro somnífero para poder dormir.
—¿Todo bien?
—No exactamente. Pero, en fin, ¿qué te trae a Hogsmeade?
—Me encontraré con mi hermana Liesa ahí.
—Ah, ¿tú hermana la que está en el Ministerio? Curiosamente yo voy a ver a la mía también, quizá se conozcan.
—No lo creo, en realidad, ella está en el Ministerio sueco, bastante lejos. —Rio ligeramente incómodo.
—¿Ustedes son de Suiza? —Matt le ganó la pregunta a su amiga.
—Así es.
—¿No serás familiar de Frenk Kahnwald el famoso científico muggle que colaboró en la creación del colisionador de hadrones, ¿no?
—Es mi padre, en realidad. —Afirmó con una risita. Al parecer, Jonathan ya se había ganado la confianza de Matt, a quien, si algo le apasionaba del mundo mágico, era la ciencia.
Platicaron un poco, comparando la ciencia con la alquimia, pero llegaron a la conclusión de que en realidad unos eran complemento de los otros. Resultó que Jonathan le cayó muy bien a Matt y la plática fue tan amena entre los tres, que apenas y se percataron de que ya habían llegado al pueblo.
—Bueno, chicos —dijo Jonathan, deteniéndose en una bifurcación—, los veré luego, debo irme o si no Leisa me matará por hacerla esperar. —Ambos chicos asintieron y despidieron a su nuevo amigo mientras emprendían el camino opuesto, rumbo a las Tres Escobas.
—¿Qué crees que ocurra hoy?, ¿estás preocupada?, ¿nerviosa?
—Me gustaría no estarlo, pero realmente no sé qué rumbo vayan a tomar las cosas. Comienzo a tener el terrible presentimiento de que el resto de mi vida dependerá de lo que pase hoy.
—No, sólo estás hiperdramatizando. —Matt rodó los ojos—, ven, entremos. Te invito una cerveza de mantequilla, la necesitas.
—Ew, no. —Realmente detestaba el sabor de la cerveza de mantequilla desde que un día había tomado tanta que le provocó una intoxicación—, prefiero un jarabe de cereza, gracias.
—Lo que usted diga, señorita. Ahora vamos.
Dicho esto, entraron al establecimiento siendo recibidos por un denso humo especiado. Tosieron mientras se abrían paso entre la neblina hasta una mesa junto a la barra, en donde se sentaron y esperaron a que alguien les tomara la orden.
—¿Crees que venga? —No hacía ni un minuto desde que les llevaron sus bebidas cuando la chica comenzó a mover las piernas, impaciente.
—No lo sé, todo puede pasar. Mejor cuéntame acerca de Jonathan.
—¿Qué hay de él? Pensé que te había caído bien.
—Y lo hizo, sí, pero parece que a ti te cayó más que bien. —Alzó una ceja, inquisitivo—, ¿debería preocuparme por perder a mi mejor amiga a causa de los encantos de un hombre? —Ella rio con ganas, era absurdo.
—Tenemos quince años, Matt, no estamos para romances. Yo no lo estoy.
—Qué bien que seas consciente. Además, ¿no te parece que ese chico es mayor que nosotros?
—Hmm, en realidad no lo sé. Parece de nuestra edad, según yo.
—Pues no, es de séptimo grado y no sé si sabían, pero su madre fue partidaria de quien-ustedes-saben. —Una nueva voz los desconcertó. Alzaron la mirada y se encontraron con Andrea Green, quien iba acompañada por Mariana Somender, ambas con mirada de pocos amigos.
La emoción de la hija menor de los Green fue tal que pasó completamente por alto el comentario sobre Jonathan, o cómo es que su hermana había sabido de quién estaban hablando. Matt, sin embargo, sí se percató de ello, pero lo dejó para más tarde.
—¡Andy! —Dayra se levantó para abrazar a su hermana; miró a Mariana con agradecimiento, ella asintió.
—Yo… Debo ir a recoger unas cosas a la oficina de correos, si no te importa. Nos vemos en la estación cuando estés lista —dijo la joven Somender a su amiga antes de marcharse. Matt también se retiró después de unos momentos, argumentando que debía ir a La Casa de las Plumas por repuestos nuevos.
Las hermanas Green se quedaron viendo la puerta de salida con el ceño fruncido, ligeramente nerviosas y resentidas por el abandono de sus amigos. ¿Qué más daba? Andrea tenía el agua hasta el cuello y sin posibilidad de rescate, lo que pasara en aquella taberna no haría diferencia alguna. Así que encaró a su hermana y maldijo mentalmente a Somender por haberla presionado en aceptar el viaje a Hogsmeade, y pese a todo lo malo que estaba pasando, su familia aún merecía una explicación.
—¿Cómo estás? —preguntó Dayra mientras llamaba a la camarera para que le tomara la orden a su hermana.
—Supuse que ya lo sabías. Dos misivas, en un día a Mariana para rogarle saber acerca de mí, y justo después del artículo de Skeeter, lo dejaron muy claro. —No estaba molesta, pero ese comportamiento, por parte de su hermana pequeña, le resultó exagerado y hasta comprometedor con su amiga—. Puedo cuidarme sola, ¿sabes? —Hizo una pausa para pedir una cerveza de mantequilla y luego se recargó en el respaldo de la silla, cansada—. Agradezco tu preocupación, pero al final sólo estoy haciendo mi trabajo y siempre puedes mandarme una lechuza directamente a mí para saber cómo estoy.
—Si las respondieras, claro que lo haría.
—¿Cuántas veces tengo que repetírtelo? Cualquier cosa que me ocurra es sólo parte de mi oficio. —Suspiró cansada—. Siempre estaré bien, ya basta de tratarme como si fuera una niña. Todo esto me distrae de hacer las cosas como debo hacerlas.
—Pues hará falta que me lo digas hasta que te des cuenta de que, lo que te pasa, no son gajes del oficio sino consecuencias de tu irreparable complejo de héroe.
—¿De nuevo vas a atacar con eso? Después de tantos años, ¿sigue siendo tu único argumento? —Estaba enojada, no obstante, demasiado cansada para demostrar emoción alguna. Quería terminar aquella conversación lo antes posible y regresar a Londres para intentar enmendar lo que había causado, si es que aún había salvación.
—¡Es que es lo único que veo! —gritó en un susurro para mantener la conversación en secreto, después de que la camarera dejó la cerveza de mantequilla sobre la mesa—. Sólo veo a una mujer imprudente, en un esfuerzo por ser el héroe, de su familia, amigos y del mundo entero, se consigue problemas mientras se destruye a pasos agigantados.
—Siempre es la misma discusión contigo, Dayra. Parece que jamás lograrás ver que lo hago por nuestra familia, por ti, por mantener este mundo un poco más decente y justo. ¡Lucho por el bien común!, ¿por qué te es tan complicado entender eso?
—Ah, sí, porque seguro que plantarle un puñetazo al mayor chismoso del mundo mágico fue en pos de la justicia, ¿no?
—¿Has leído lo que ese idiota escribe sobre cada persona que se descuida?, ¿realmente me estás reclamando por haber hecho algo que, media Inglaterra mágica, quisiera hacer? —Hizo una pausa, un gesto cruzó por su rostro. Sacó un frasco de pastillas y tragó un par. Fue la primera vez que le hizo caso a su bebida—, no me culpes de la cobardía del mundo.
—¿Y por quién crees que me entero siempre de las cosas que te pasan? Mush Skeeter me cuenta más sobre tu vida que tú misma. —Espetó con rencor—. Dices que lo que haces es con el fin de protegernos, pero ¿de qué? ¡Todos los problemas que han llegado a la familia siempre son tu culpa porque eres tan jodidamente imprudente que allá donde vas acumulas enemigos!
Se calló en seco al darse cuenta de lo hiriente que sonó eso. Media taberna volteo a mirarlas. Andrea permaneció inmutable; Dayra casi estaba al borde del llanto.
—Y sin embargo, mírate. Estás aquí como si nada te importara, como si la mitad de las personas a las que consulté para saber de ti, no me hubieran dicho que te merecías lo que te pasa por tu impulsividad. Estoy segura de que tus amigos piensan lo mismo —continuó, importándole poco la crueldad—. Cada noche sueño con Connor Reed y tu muerte. Todas las malditas noches. —Recalcó cada palabra—. ¿Qué te hace pensar que eres la única que sufre lo suficiente?, ¿qué te hace creer que eres lo suficientemente fuerte?, ¿para ignorar lo que sientes y seguir con tu vida? aun cuando eso sólo te está causando problemas ¡Tu maldito orgullo Gryffindor!
—Mi maldito orgullo Gryffindor te mantiene a ti, a mamá y a papá a salvo, quieras o no —Comenzó, después de estar callada y con gesto de desinterés. Por fin, la furia había invadido sus facciones—. Mi maldito orgullo Gryffindor es lo que me da para comer y me da razones para creer en la humanidad. Mi maldito orgullo Gryffindor es lo que me mantiene fuerte después de lo que pasó en el secuestro.
—Y tu maldito orgullo Gryffindor es lo que te llevó a provocar el accidente en el que dos muggles inocentes murieron. —Replicó con lástima. Quizá lo que había dicho Mena McGonagall era cierto, después de todo.
—Perdóname por no ser lo que quieres que sea, pero no voy a discutir contigo mis razones, no tengo por qué. Si tú quieres creer que no me importa nada más que mi complejo de héroe, allá tú. Honestamente, estoy cansada de repetirte una y otra vez lo mismo. —Dayra se levantó, sacó un poco de dinero para pagar su bebida y miró a su hermana.
—No, tú perdóname a mí, y a todos por ver tus errores y advertirte de ellos. Y no te preocupes, no volveré a molestarte.
Dayra dejó a su hermana en la taberna y salió en busca de su amigo Matt; lloraba desconsolada. Estaba cansada de aquello, era la gota que colmó el vaso. Supo entonces que su presentimiento se había realizado: de aquel día dependería el resto de su vida. Andrea se quedó unos instantes más dentro del local, le dio un último sorbo a su bebida e hizo lo mismo que la chica; sacó unas monedas y las dejó en la mesa. No pudo evitar las miradas curiosas de los magos y brujas que estaban ahí, ni la de los estudiantes. Supuso que leyeron el artículo de Skeeter. No tuvo la necesidad de buscar a su amiga, Mariana la esperaba afuera.
—Vi pasar a Dayra; estaba llorando. ¿Qué ocurrió?
—¿En serio? —La miró molesta. Trató de mantener el tono de voz bajo.
—En serio, ¿qué?
—¿Cómo te convenció?
—No le respondes las cartas, está preocupada por ti. ¿Qué esperabas?
—Ya me cansé de repetir lo mismo, sé cuidarme sola.
—Eso también lo sé, pero no siempre debes hacerlo tú sola.
—Estás actuando como una niñera y no la necesito. —La chica le dio la espalda, caminó de vuelta a la estación.
—Soy tu amiga, Andrea. —Mariana la detuvo, no podía dejar las cosas así—. Me importas. Deja de pretender que no es así.
—¿Podemos irnos ya? ¿O también le tienes que informar al ministerio? —Mariana la observó, quiso responderle, pero no era el lugar para hacer un drama y ventilar los problemas que había en el departamento.
—¡Hey, Andy!
—Matt.
—¿Y Dayra?
—No lo sé, creo que regresó al castillo.
—¿Todo bien?
—Es algo que no te incumbe.
—Me incumbe, porque ella es mi mejor amiga. Ustedes me importan; no ha estado bien desde lo que les pasó.
—Ya me lo dejó muy en claro. Ahora si nos disculpas… —Andrea le dio la espalda al joven, ya no quería seguir en ese sitio.
—Dayra tuvo una discusión con la profesora Mena, y sólo porque buscaba una forma de ayudarte.
—¿Qué? —Eso la hizo detenerse. Intercambió una mirada con su amiga—. ¿Qué tiene que ver en esto?
—Recurrió a ella, buscó su apoyo. Pero la profesora se negó y discutieron.
—¿Dayra peleó con Mena?
—Quizás debas ser menos dura con ella… —Hizo una pausa—, y contigo. —Matt dio media vuelta y se encaminó al castillo. Con un poco de suerte la alcanzaría.
—Mena...
—No es ético usar la legeremancia, lo sabes.
—Escuché un poco de la conversación. No puedo dejar las cosas así. —Andrea cerró los puños, ahora se sentía enojada.
—Creo que ya tienes suficientes problemas para agregarte uno más—. Andrea aceptó a regañadientes, aunque le inquietó lo que Matt le dijo. Ambas brujas se marcharon de vuelta a Londres.
El dolor en el hombro no cedió, las pesadillas aumentaron y las visitas de Mariana no faltaron. Era lo mismo todos los días; ella la visitaba temprano, a veces después del trabajo. Andrea no quería niñeras, una parte sí pensó en mandarle una lechuza a su hermana, pero no se iba a disculpar por algo que no hizo. Aunque, una parte de ella, le importaba la supuesta discusión con Mena. Sólo quería que todo se terminara, pero ese constante miedo de ir a prisión no desapareció. Alexander también aparentó preocupación por ella, quizás sí cambió y era otro.
Lo mejor era alejarse, irse lo más lejos posible. Metió ropa en una mochila y dinero muggle, luego salió por la ventana en su escoba. Aterrizó en el estacionamiento del aeropuerto de Londres; estaba vacío. Compró un boleto para Bruselas, y mientras salía el vuelo, tomó asiento en la sala de espera. De su chaqueta sacó un trozo de pergamino; el emblema del Ministerio de Magia brillaba. Era una notificación; no podía salir del país durante la investigación. Ella era inteligente, no utilizaría la magia para nada. Una voz se escuchó por las bocinas, era hora de partir.
El traslado fue rápido, tomó un taxi y al conductor le mostró un papel. El hombre asintió y arrancó. Cerca de una hora después, Andrea estaba frente a una casa grande de color rojo. Tocó la puerta cuadrada con seguridad; escuchó unos pasos acercarse, el corazón comenzó a palpitar velozmente.
—¡Andrea! ¿Qué haces aquí? —Ella no dijo nada, sólo abrazó a Charlie—. ¿Estás bien? ¿Qué pasó?
—Estoy rota.
Comentarios
Publicar un comentario