Capítulo 15

Los estudiantes se acostumbraron a la vida en el castillo, sin embargo, la rivalidad no fue puesta a un lado. Los alumnos de Hogwarts respiraban la incertidumbre; seguía sin conocerse los seleccionados. La escuela anfitriona permitió que los equipos usaran el campo de quidditch para entrenar; en aquellos días, la curiosidad creció debido a la expectativa que causaba Viktor Krum. Después de la llegada de los invitados, al final de una clase de Transformaciones, se formó el habitual revuelo; la profesora Marel llamó por encima del alboroto:

          —Wood, por favor. Quiero hablar contigo. —Él se acercó a la mesa de la profesora con expresión sombría. La profesora esperó a que se hubiera ido el resto de la clase—. Esta noche, a las nueve en punto, tienes que ir a la sala de trofeos

            —¿Por qué? ¿Ahora qué hice?

            —Obedece, Wood. Son órdenes de la profesora McGonagall. 

            —¿Para qué?

            —Tendrás que descubrirlo cuando estés ahí. —Sin más que decir, la profesora salió dejando a un curioso chico. 

            —¿Qué quería la profesora? —preguntó Damien; él y otros dos de sus amigos lo esperaron afuera del aula de clases.

            —No sé.

            —¿Cómo que no sabes?

            —Pues no sé, Hunter.

            —¿Qué te dijo?

            —Eso mismo que dice Lorcan.

            —Quiere verme en la sala de trofeos en la noche. 

            —Uy, le gustas a la profesora Marel. 

            —Cállate, Murray.

            —A Wood le gusta Marel, a Wood le gusta Marel. Se quieren, se besan. —Cristian comenzó a sonrojarse por lo que decía. 

            —Te lo advierto. 

            —Se pasan el chicle. —El chico alzó el puño y se lo estrelló en el estómago—. Eres - un - idi - ota.

            —Te dije que me dejaras en paz.

            —¿Irás al rato? —Damien y Hunter siguieron caminando; ignoraron el pequeño percance que tuvo Lorcan con Cristian. 

            —Supongo, no quiero ser castigado.

            —¿Y si es eso? ¿Un castigo? 

            —Ni idea. 

            Esa noche, a las ocho y media, Cristian dejó a sus amigos en la torre de Gryffindor para acudir a la cita. Pasó por el gran comedor, luego se encontró en una sala más pequeña decorada con retratos de magos y brujas. Delante de él crepitaba un fuego acogedor. Gwenog Jones, Madame Hooch y la profesora McGonagall estaban junto a la chimenea con sus siluetas recortadas contra las llamas y aspecto imponente. Además, que había otros estudiantes más; algunos de otras casas.

            —¡Hey, Gavin! —saludó cuando lo vio al fondo de la sala. 

            —Wood. ¿Qué hay? —El chico pareció sorprendido al verlo allí.

            —¿Sabes qué hacemos aquí?

            —No, sinceramente no. La profesora Marel me pidió que viniera. 

            —Igual que a mí. 

            —Quizás tenga algo que ver con el torneo, pero no sé.

            —¿Tú crees?

            —No encuentro otra explicación, y menos cuando todos los que estamos aquí hemos jugado.

        Poco a poco empezaron a llegar más estudiantes. Algunos de ellos entablaron conversación preguntándose el motivo de su presencia, pero los únicos que se mantuvieron alejados del resto eran unos cuantos slytherins, a nadie les caía bien su peculiar estilo de juego o su actitud en general.

      —Creo que podemos iniciar, ¿no es así Gwenog? —habló la profesora McGonagall, interrumpiendo las conversaciones. 

            —Sí, iniciaremos ya. —Apenas dijo eso cuando la puerta se volvió abrir.

            —Lamento la tardanza.

            —¿Wallock? —Cristian estaba recargado en la pared, con los brazos cruzados, esperando a que diera inicio la reunión—. ¿Qué haces aquí?

            —Supongo que lo mismo que tú, Wood —respondió con una sonrisa falsa.

            —Bien, ya que estamos todos...

            —Profesora. —Comenzó un chico de Ravenclaw—. ¿Para qué nos citaron?

            —A eso voy, Turner —replicó con cierta irritación—. Gwenog. 

        —Claro, profesora. —Sacó un pergamino de la túnica—. Después de haberlos visto en sus pruebas y platicado con Madame Hooch, hemos acordado lo siguiente: 

Montague
Garcus
Cristian Wood
Gavin Harrison.
Nathan Turner.
Adam Joreen.
Alexander Mason. 
Leo Roth.
Sasha Werner.
Donald Sterling.
Bradley Sky.
Mark Wallock.
Taylor Douglas.
Belby.
Francy Wilder. 
Chambers.

            —Han sido seleccionados para representar al colegio Hogwarts en el torneo interescolar de quidditch. Felicidades. —El silencio reinó unos instantes en la sala. 

            —Espere... ¿Qué? —expresó Gavin con la emoción contenida.

            —Lo que oyó, Harrison —respondió la profesora McGonagall con una sonrisa—. Son parte del equipo que, espero, nos lleve a la copa.

            —Es broma, ¿verdad? 

            —No, señor. Hablamos muy en serio. —En esta ocasión fue Madame Hooch la que confirmó la noticia.

            —¿Voy a tener que compartir equipo con el idiota de Wood? —Después de haber digerido la noticia, Mark hizo un gesto desaprobatorio al saber que estaría en el equipo con un particular Gryffindor. 

            —No quieres conocerme, Wallock. —A Cristian tampoco le agradaba la idea, pero esta sería su oportunidad de comenzar su carrera como jugador. 

            —Lo mismo te digo.

        —Basta. —La profesora McGonagall intervino antes de que comenzara, lo que sería una discusión. 

            —Bueno, señores, a partir de mañana comenzarán los entrenamientos. Los respectivos jefes de casa ya lo saben. También les daré sus posiciones. Eso es todo por esta noche, los veo en el campo. 

            Cada uno salió de la sala; los pasillos se hallaban desiertos. Gavin, Sasha, Taylor y Cristian iban delante; Alexander caminaba por detrás, en un estado confuso. Era inevitable hablar de lo sucedido, de lo que les esperaba en las próximas semanas, aunque eso incluía tener que llevarse bien con los de otras casas. 

            —Nunca creí ser seleccionado —expresó Wood con cierto tono de triunfo en su voz—. Mi padre no lo creerá. 

            —Imagino. Aunque debo admitir que esperaba algo diferente. 

            —¿Ah sí? ¿Cómo quiénes? 

        —En mi equipo hay buenos jugadores, Wood —respondió Gavin—. E incluso, algunos tantos ravenclaws son mejores que otros.

            —¡Qué importa! Estamos dentro. 

            —Garcus, por ejemplo —opinó Sasha—. Aunque supongo que servirá de algo, su brutalidad. 

            —Debe haber una estrategia de por medio.

            —No sabía que jugabas —preguntaron de pronto a Alexander, quien se mantuvo en silencio. 

            —Ehhh… sí.

            —¿Qué posición? 

            —Guardián.

        Al entrar en la sala común de Gryffindor, el jaleo estalló apenas se abrió el retrato; todos prorrumpieron en gritos y vítores. Al segundo siguiente, los chicos se vieron arrastrados por todos los integrantes que gritaban, aplaudían y silbaban. Alguien había sacado de algún lado un estandarte cuyo león rugía. 

            —¿Qué?

            —¡Estarán en el equipo!

            —¿Cómo se enteraron? —susurró Sasha impresionado.

            —No tengo idea… ¡Por favor! —Gavin pidió la palabra; todos guardaron silencio—. No tengo la menor idea de cómo se enteraron de esto, pero es verdad. Sasha, Taylor, Cristian, Alexander y yo formamos parte del equipo que representará Hogwarts. Y les prometo que pondremos en alto el nombre del colegio y el de nuestra casa. Dejaremos el corazón en la cancha; iremos por la victoria. La copa interescolar de quidditch llevará nuestro nombre. 

            Todos aplaudieron ante el discurso de Gavin; la fiesta para celebrar dicho logro comenzó. Había montones de pasteles, botellas grandes de zumo de calabaza y cerveza de mantequilla en cada mesa. Alguien encendió bengalas del doctor Filibuster, por lo que el aire estaba cargado de chispas y estrellitas. Cristian vio a sus amigos al fondo de la sala, se acercó a ellos sin dejar de sonreír; algunos lo palmeaban en la espalda al pasar.

            —Ya eres un héroe, amigo. —Hunter le dió un golpe en el brazo.

        —Vaya que sí. Tu padre se morirá al enterarse de la noticia. —Damien también se mostraba entusiasmado. 

            —Lo sé, después de todo lo que he hecho, por fin notaron lo excelente que soy. 

            —¿Y quién más está en el equipo? —preguntó Lorcan mientras le daba un sorbo a su cerveza de mantequilla. 

            —El tipo ese de Ravenclaw. El que golpearon con unas bludgers el curso pasado. 

            —¿Turner? 

            —Sí, ese mismo. Unos huffs que no conozco. Gavin, Sasha y Alexander. 

            —Los Ravenclaws no son malos —opinó Hunter algo pensativo—, igual sus estrategias podrían servir de mucho. 

            —¿Y Slytherins? 

            —Ah sí… ese idiota de Wallock.

            —¿Mark Wallock? —Lorcan casi se atraganta al escuchar el nombre.

            —¿Ese que siempre está pegado a Somender? 

            —¿El que te incomoda? 

            —Ese mismo —respondió Cristian con fastidio; los tres chicos comenzaron a reírse de él—. Son unos idiotas. 

            —Creo que tienes competencia.

            —Por supuesto que no, Lorcan. 

            —Sólo sé que será interesante que ambos estén en el equipo. 

            Alexander no sabía cómo sentirse por la bienvenida; tampoco estaba seguro de las reacciones de sus amigas. Algunos de sus compañeros le daban palmadas o golpes al pasar; recibió felicitaciones, no muy convencidas, ya que nunca lo habían visto jugar.

            —Hola —saludó al ver a Keisi, Mena y Andy sentadas en los sillones frente a la chimenea. 

            —Hola —saludaron las tres a coro.

            —Felicidades por estar en el equipo. 

            —Eh… gracias. —Se sentía nervioso. Sus manos comenzaron a sudar. 

        —Sí, muchas felicidades —expresó la castaña con un tono de voz que el chico no supo distinguir. 

            —Nunca nos comentaste que hiciste las pruebas. 

            —Sí, bueno… 

            —Tampoco mencionaste que jugabas. —Andrea no deseaba ser grosera, aunque tampoco podía dejar de sentir envidia—. ¿Y en qué posición juegas?

            —Guardián. 

            —Ah… —El ruido de la fiesta rompió el silencio que se formó—. Iré a dormir, hasta mañana. Y felicidades, de nuevo. —La chica subió a su dormitorio sin siquiera voltear, tampoco esperó a que alguien la siguiera. 

            —¿Está enojada conmigo? 

            —Tendrás que preguntárselo a ella —respondió Mena, sabiendo que quizás su amiga estuviera celosa. 

            En cada casa festejaron a sus propios jugadores; estallaron fiestas y felicitaciones. Aquella sala semi subterránea, con los muros y el techo de piedra basta, lámparas de color verdoso colgando del techo mediante cadenas: las mazmorras, no fue la excepción. Garcus y Montague fueron recibidos como héroes. Enfrente de ellos, debajo de la repisa labrada de la chimenea, crepitaba la hoguera, y contra ella se recortaban las siluetas de algunos miembros, ajenos al ajetreo, acomodados en las sillas. 

            —Admírenme. —Mark se acercó a ellos para hacerles de su conocimiento sobre su gran y reciente logro. 

            —¿Por qué lo haríamos? —preguntó Holly sin despegar los ojos de sus deberes. 

            —Están viendo al mejor jugador de la selección.

            —¿Selección? ¿De qué? —En esta ocasión fue Adam quien hizo la pregunta.

            —Voy a jugar en el torneo —respondió con aires de grandeza.

            —¿Juegas? 

            —Ya les dije que sí. 

            —¿Y qué quieres que te digamos? 

            —Lo genial que soy. 

            —Ajá… bien, eres genial. ¿Feliz?

            —Lo que dijo Holly —expresó Adam sin tanto entusiasmo. 

            —¿Y tú, Mariana? ¿No dirás nada?

            —¿Sobre qué? —preguntó apenas levantando la vista de su libro. 

            —Sobre que soy el mejor jugador de quidditch, y que voy a representar al colegio. 

            —No. No tengo mucho que decir. 

            —¿Por qué no? —Levantó a Adam de su silla; ignoró sus protestas y tomó asiento él, a lado de Mariana. La miró esperando una respuesta. 

            —Porque es algo irrelevante para mí —respondió ella retomando su lectura.

            —Tsss.

            —Eso ha de doler, Wallock. —Se mofó Holly ante el comentario de su amiga. 

        —Los veré disculpándose cuando ganemos la copa gracias a mí. —Dicho eso los dejó para integrarse a la fiesta junto con los demás.

            —Creo que le diste en el ego —comentó Adam como si nada.

            —Bueno, no fue precisamente mi intención.

            —No te disculpes, querida. Es necesario bajar de la nube al idiota de Mark. 

            —Aunque vamos a tener que soportar esto por un largo rato. —Los tres observaron al resto de los miembros de su casa, quienes estaban festejando a Montague y Gargus. 

            —Fiebre de quidditch. 

            —Más bien, idiotas de quidditch.

        El cielo, de un azul estimulante, estaba despejado para que los seleccionados de Hogwarts montaran sus escobas. Gwenog Jones citó a los jugadores en los vestuarios; sostenía un plano del campo de quidditch con líneas, flechas y cruces de diferentes colores. Sacó la varita mágica, dio con ella un golpe en la tabla y las flechas comenzaron a moverse. Le llevó casi veinte minutos explicar los esquemas de la primera tabla, pero a continuación hubo otra, y después una tercera. Trataron de prestar atención; algunos de los jugadores hacían sus propias anotaciones, como Gavin, que quizás en un futuro le pudiera servir de algo. 

            —¿Ha quedado claro? ¿Alguna pregunta? —dijo al final.

            —¿Quién será el capitán? —preguntó Montague—. Si somos honestos, yo puedo dirigir a este equipo. 

            —No digas tonterías, en todo caso que sea Gavin —comenzó Sasha observando a su amigo. 

            —Leo también es capaz —dijo uno de los chicos de Hufflepuff. 

            —Los ravenclaws somos mejores. 

            —¡Basta! —gritó la bruja cuando la discusión fue en aumento—. Veré su desempeño a lo largo de los entrenamientos, y así decidiré quien portará el gafete de capitán. Ahora, tomen sus escobas; es hora de poner en práctica las estrategias. 

        Cada uno salió al campo con la escoba al hombro; Gwenog agarró las pelotas de quidditch, guardadas en el armario de los vestidores. Sus intenciones era probar a cada uno en sus posiciones naturales y después probarlos en otras diferentes.

            —Haré dos equipos. 

            —¿Quién elegirá? 

            —Yo, señor…

            —Ruth… Leo Ruth. 

            —Bien. Empecemos.

            La bruja revisó la lista de seleccionados y sus notas para no perderse en las asignaciones; los equipos quedaron de la siguiente forma: Montague, Turner, Joreen, Wallock, Sterling, Maison, Wilder y Douglas eran el grupo A; mientras que el B era Wood, Gracus, Harrison, Sky, Werner, Ruth, Chambers y Belby. Movió su varita para que las túnicas cambiaran de color y se pudieran distinguir. 

            —Ambos equipos reúnanse. Vamos a empezar con unos cuantos pases, por favor. Sepárense. En sus posiciones.

            Alexander dio marcha atrás para alejarse de sus compañeros y colocarse en uno de los extremos del campo, lo mismo hizo Leo, pero a la portería opuesta. Montague levantó la quaffle con una mano y se la lanzó con fuerza a Joreen, quien se la pasó a Turner quien se la pasó a Wilder, quien se la pasó a Sterling, quien se la pasó a Werner. 

        —Pásala Wood. —Pidió Gavin en el otro extremo de la cancha. Cristian se la lanzó, quien Harrison se la pasó a Garcus, quien se la pasó a Ruth, quien se la pasó a Sky, quien se la pasó a Chambers.

        —Creo que podemos hacer un juego de práctica —dijo Gwenog después de un rato de estar haciendo sólo pases—. Golpeadores, vayan a buscar sus bates y las bludgers. Guardianes, suban a los postes. Buscadores, soltaré la snitch cuando yo diga. 

            Les dio unos minutos para que se pudieran organizar y tener una estrategia adecuada. Cuando Gwenog tocó su silbato, soltó la snitch y las bludgers; las veinticuatro escobas surcaron los cielos. Del equipo A, Turner y Joreen estaban haciendo una buena mancuerna, pero Ruth, del equipo B logró parar unos cuantos tiros. Gavin fue hábil; recuperó la pelota unas cuantas veces. Cristian era veloz, sin embargo, cuando se encaminaba a los aros que custodiaba Alexander, sin tener de por medio la quaffle en sus manos, una bludger lo golpeó.

            —¡Eres un imbécil, Wallock! —gritó enfurecido al aterrizar en el campo. 

            —¿Yo qué hice?

            —Sé que fuiste tú. —Su voz se escuchó amortiguada. 

            —Vamos, Wood. Esto es un juego para hombres. 

            —No traía la quaffle. 

            —Yo vi que sí.

            —Jugando sucio como todos los slytherins.

            —¡Basta, Wood! —Ordenó Gavin; al ver lo que sucedía de inmediato, dejó el juego. El resto de los jugadores también bajaron al campo. La mayoría, entre ellos los tejones y las águilas, apoyaban al gryffindor. 

            —Si queremos ganar el torneo, hay que hacer a un lado nuestras diferencias —opinó Turner, el chico de ravenclaw. 

            —Es mejor que nos controlemos todos —dijo Ruth en un tono conciliador. 

            —Creo que podemos dejar el entrenamiento por hoy. —Gwenog estuvo al pendiente de la discusión; confiaba en cada uno para demostrar de qué estaban hechos—. Piensen que, como les acaban de mencionar, deben mejorar sus actitudes. Ya no son jugadores que representan sus propias casas, sino su colegio. 

            Ante esto último, la bruja les dió permiso de retirarse; cada uno se fue a los vestidores para cambiarse. Cristian todavía estaba molesto por lo sucedido con la bludger. Mark iba con una sonrisa que, muy probablemente, nadie podría borrar. Después de eso se fueron a sus respectivas salas comunes, otros pasaron al gran comedor. Alexander se sintió bien al estar en los aires, debía mejorar sus habilidades, pero estaba convencido que con algo de esfuerzo, podría ganarse la titularidad. Iba pensando en todo eso cuando, en la mesa de Gryffindor, se encontró con sus amigos. 

            —Hola.

            —Hola —saludaron a coro, menos Andrea.

            —¿Qué tal estuvo el entrenamiento? —preguntó Keisi antes de llevarse la cuchara a la boca. 

            —Interesante. Creo que nos va a costar trabajo que nos llevemos bien todos. 

            —Imagino.

            —Nos vemos después —dijo de pronto la castaña levantándose de su asiento. 

            —¿A dónde vas? 

            —Quedé con Amshel. Hasta luego. 

            —Espera. —Alexander también dejó su asiento para ir por ella. 

            —¿Qué?

            —Sé que estás molesta conmigo. Sé que pudiste haberte quedado con el puesto.

            —Sí, como otros. No soy la mejor, Alexander. Pero se supone que somos amigos. ¿Por qué no me contaste sobre las pruebas?

            —No sé.

            —Ni siquiera me contaste que jugabas.

            —No pensé que fuera tan relevante. 

            —Creo que mejor me voy. Tengo cosas que hacer. —La chica salió del gran comedor dejándolo solo. Eso mismo se preguntó él; ese motivo por el cual no le contó. 

            Gwenog los hizo entrenar diario, después de las clases; algunos estaban al tope con sus horarios. Los fines de semana, que era cuando tenían un descanso, los usaban para ponerse al corriente con los deberes. La exigencia crecía con cada día transcurrido; los incidentes en el primer entrenamiento no se volvieron a repetir. Algunos de ellos todavía tenían roces con otros de sus compañeros, sin embargo, cada uno se esforzaba para mejorar sus propias habilidades. Se oían rumores sobre el estilo de los demás equipos; las otras escuelas eran recelosos a la hora de entrenar, en especial cuando lo hacían en el campo rival. Eso bastó de motivación para cada uno, para demostrar el por qué fueron seleccionados. 

            El día del partido, todo el colegio y los visitantes se reunieron alrededor del campo de quidditch. Los asientos podían elevarse, pero incluso así, a veces era difícil ver lo que estaba sucediendo. En algunas gradas se veían pancartas con los cuatro colores de las casas; en otras sólo se veía el león, el tejón, la serpiente o el águila, cuya pintura brillaba. Mientras tanto, en los vestuarios, el equipo se cambiaba para ponerse la túnica; Gwenog tomó la palabra. 

            —Llegó el momento; recuerden todas las jugadas que practicamos. Manténganse concentrados, confíen en sus habilidades. Leo. —El chico Hufflepuff, Leo Ruth fue elegido, por la mayoría, para ser el capitán del equipo. Gavin era su co-capitán.

            —Bueno, chicos. Éste es el mejor equipo que el colegio puede tener. Cada uno ha demostrado su valor; como lo dijo Gwenog, confíen en sí mismos. Juguemos como lo que somos, un equipo. Vamos a ganar. 

            El equipo salió; parecían nerviosos. Las gradas esperaban emocionados por el comienzo del partido; unos minutos después, Lee Jordan llegó a la tribuna principal. La profesora McGonagall le lanzó una mirada de advertencia; luego intercambió unas palabras con el ministro, quien, complacido, asintió. Lee sacó la varita, se apuntó con ella a la garganta y dijo:

            —¡SONORUS! —Su voz se alzó por encima del estruendo de la multitud que abarrotaba ya el estadio y retumbó en cada rincón de las tribunas—. Damas y caballeros... ¡bienvenidos! ¡Bienvenidos a la primera edición de la Copa interescolar de quidditch! —Los espectadores gritaron y aplaudieron—. Ésta noche se enfrentará el colegio Uagadou contra el colegio anfitrión Hogwarts. 

            »¡Demos una calurosa bienvenida a la selección visitante! Con ustedes... ¡Oms! —Una figura vestida de naranja brillante entró tan rápido montada sobre el palo de su escoba, que sólo se pudo distinguir un borrón en el aire. La afición del equipo de Uagadou aplaudió como loca—. ¡Quigg! —Una nueva figura hizo su aparición zumbando en el aire, igualmente vestida con una túnica de color anaranjada—. ¡Pope!, ¡Causey!, ¡Webber!, ¡Abney! todos capitaneados por ¡Blackwood! y dirigidos por Rawya Zaghloul. 

            »Ahora con un cordial saludo ¡a la selección anfitriona! —bramó Lee—. Les presento a… ¡Garcus! ¡Turner! ¡Wallock! ¡Sky! ¡Harrison! ¡Chambers! capitaneados por ¡Ruth! y dirigidos por la gran Gwenog Jones. —Siete borrones de color negro rasgaron el aire al entrar en el campo de juego—. Y desde América viene nuestro árbitro, el aclamado Presimago de la Asociación Internacional de Quidditch: ¡Izan Buster! 

            Caminando a zancadas, entró en el campo de juego, un mago vestido con una túnica blanca que hacía juego con el estadio. Era alto con cabello rubio y un gran bigote de donde sobresalía un silbato de plata; bajo un brazo llevaba una caja de madera, y bajo el otro, su escoba voladora. De inmediato, la montó y abrió la caja con una patada: cuatro bolas quedaron libres en ese momento; la quaffle, las dos bludgers negras, y la alada, dorada y minúscula snitch. Al soplar el silbato, Izan emprendió el vuelo detrás de las bolas. 

            —¡Comieeenza el partido! —gritó Lee—. Todos despegan en sus escobas y ¡Quigg tiene la quaffle! ¡Oms! ¡Quigg! ¡Pope! ¡Oms de nuevo! ¡Pope! Los tres cazadores del equipo Ugadou se juntan con Oms en el centro y ligeramente por delante de Quigg y Pope. —Cuando esta última hizo que se lanzara hacia arriba con la quaffle, apartó a Turner, uno de los golpeadores de Hogwarts; Sky pegó con su pequeño bate y con todas sus fuerzas a una bludger que pasaba cerca, lanzándola hacia Pope. Se apartó para evitar la bludger y la quaffle se le cayó—. Oms la toma y se la lanza a Quigg, está solo frente a Ruth… paralaaa ¡QUIGG MARCA! —bramó Jordan. Un tercio del estadio vibró entre vítores y aplausos, mientras que el resto abucheó—. ¡Diez a cero a favor de Uagadou! 

            El resto de los estudiantes de Hogwarts no dejaron de gritar; en un lado del estadio se escuchó un rugido, era una pancarta de los gryffindors para alentar al equipo. El juego se tomó aún más rápido, los de negro trataban de retener la velocidad de los anaranjados; Wallock y Sky aporreaban las bludgers, con todas sus fuerzas, para pegar con ellas a los cazadores del equipo contrario. Se vieron forzados a dispersarse y luego, por fin, en una jugada triangular entre Garcus y Turner, Harrison logró romper la defensa, pasar al guardián Webber y marcar el primer tanto del equipo de Hogwarts.

            —Pope tiene la quaffle, se la pasa a Quigg, él se la regresa, están haciendo pases entre ellos dos; los cazadores de Hogwarts están detrás defendiendo. Nunca había visto algo similar… ¡Quigg! ¡Pope! ¡Quigg! se atraviesa Turner en su camino, luego Garcus, que lanza un golpe… ¿Ese es Oms? ¡Sí! sale disparado hacia los postes de gol mientras la quaffle está en el aire… está cerca… la recibe… y… ¡GOOOL DE UAGADOU! ¡OMS HA ANOTADO! —La mitad del estadio se quedó en silencio por aquella jugada sorpresa—. El “ataque del guepardo” es lo que acabamos de ver. Impresionante, esperemos que los chicos de Hogwarts logren recuperar la quaffle. 

            »Ruth se la pasa a Harrison, quien se la pasa a Garcus, y él a Turner, diblea a Oms, una bludger pasa zumbando cerca, pero Hogwarts mantiene la quaffle. El chico Wallock, sale disparado hacia ella para mandarla contra Pope. ¡Harrison! ¡Turner! Sigue derecho… trata de desmarcarse, pero Garcus decide hacerle un hueco y se lanza contra ellos… la quaffle la tiene Harrison, Webber se lanzaaa… ¡ANOTACIÓN DE HOGWARTS! ¡ESTO ESTÁ EMPATADO!

            Los cazadores de cada equipo jugaron con mucha destreza en quince minutos trepidantes; los jugadores de Hogwarts no podían con la velocidad de la escuela africana, por lo que les marcaron cinco tantos más. Ganaban por setenta puntos a veinte; Oms era el más peligroso de la escuadra naranja, cuando salió disparado a los postes de gol aferrando la quaffle bajo el brazo, Ruth salió a su encuentro. Para su fortuna, una bludger mandada por Wallock golpeó al cazador contrincante; dejó caer la quaffle y fue recuperada por Turner. Los ojos de todos los asistentes se movían de un lado a otro sin parar; la pelota cambiaba de manos a la velocidad de una bala. 

            —Oms… Pope… Turner… Garcus… Harrison… de nuevo Turner… Turner… ¡Y TURNER CONSIGUE MARCAR! De nuevo Harrison se hace con la quaffle, luego Garcus… Blackwood, el golpeador de Uagadou le da con fuerza a una bludger que pasaba a su lado, y la lanza con todas sus fuerzas contra Chambers, quien no consigue esquivar a tiempo: le pegó de lleno en el estómago. —La multitud lanzó un gruñido ensordecedor, mientras que el buscador de Uagadou, Abney, había empezado a caer repentinamente. La afición se levantó como una ola naranja gritando a su buscador... pero Chambers estaba detrás. Iba tras él, al parecer, sin aliento, pero logró ponerse a la par de Abney, y ambos se lanzaron de nuevo al suelo... 

            —¡La tiene...! —gritó Lee bastante emocionado—. Chambers la tiene. ¡Ha terminado! —El jugador se elevaba suavemente en el aire, con el puño en alto y un destello de oro dentro de la mano. El tablero anunció «HOGWARTS: 180; UAGADOU: 70» un bramido se alzó entre la afición del equipo de Hogwarts y fue creciendo más y más hasta convertirse en gritos de alegría—. ¡HOGWARTS HA GANADO! 

            —¡No puedo creerlo! —dijo Andrea sin dejar de ver a sus compañeros y los contrincantes—, los de Ugadou son realmente veloces.

            —Lo sé —comentó Gustav—, son muy hábiles.

            —Pero no le quitemos mérito a Chambers. —Las gryffindor se reunieron junto con Gus y Amshel para ver el partido en la misma grada; esperaron que Alexander tuviera oportunidad de jugar, se desilusionaron un poco al ver que se quedó en la banca.

HOGWARTS CONTRA UAGADOU 
Informa Ginny Potter, corresponsal de El Profeta.

Hogwarts 180 - Uagadou 70

El partido inaugural del primer torneo interescolar de quidditch ha dejado muy buenas impresiones; un encuentro reñido y bien luchado entre los jóvenes, donde terminó con la merecida victoria de Hogwarts por ciento ochenta puntos frente a los setenta de Uagadou. Sin embargo, el resultado final reflejó el juego dinámico de la escuela africana, la energía que demostraron sus tres cazadores con una excelente jugada de rapidez: el ataque de guepardo. La sorpresa fueron las habilidades demostradas por Mark Wallock, un chico que supo compaginar ante la experiencia de su compañero. Aunque el jugador del encuentro, diría que fue el cazador Oms, evitó bastante bien cada bludger lanzada por los contrarios. No hay que perder de pista al buscador inglés Chambers, que logró recuperar el vuelo y atrapar la snitch para dar por finalizado el partido y otorgarle la victoria a su equipo.

[***]

En el castillo se sentía euforia por la primera victoria del torneo; los jugadores eran tratados como héroes. Adquirieron fama, en especial después de la nota que apareció en el Profeta, el pensar que Ginny Weasley estuvo presenciando el encuentro causó sensación. Los entrenamientos no pararon para ningún equipo, en especial los de Hogwarts; debían preparar nuevas estrategias y corregir los errores cometidos en el partido inaugural. 

            —Antes de que se retiren, tengo que deciros algo a todos —comenzó la profesora Marel al término de su clase—. Con motivo del torneo y la oportunidad para relacionarnos con nuestros invitados extranjeros, se realizará una mascarada. 

            —¿Una mascarada? ¿Qué es eso? —preguntó un chico de Ravenclaw.

        —Una fiesta donde los asistentes se disfrazan y usan máscaras —respondió una chica de Hufflepuff.

            —Gracias, señorita Prewett. Podrán asistir todos los alumnos, no es necesario que usen la túnica de gala, pero sí, como ya lo mencionaron, una máscara. El baile tendrá lugar en el gran comedor; comenzará a las ocho en punto del día de Halloween y terminará a medianoche. Ahora bien... —La profesora Marel recorrió la clase muy despacio con la mirada—. Esperamos que los alumnos de Hogwarts se comporten. Me disgustaré si algún alumno de Gryffindor deja en mal lugar al colegio. —Sonó la campana, y se formó el habitual revuelo mientras recogían las cosas y se echaban las mochilas al hombro. 

            —Nunca imaginé ir a un carnaval —comentó Dii Embers, al salir junto con sus amigos. 

            —Tenemos poco tiempo para encontrar el disfraz adecuado —opinó Beth, quien, en ésta ocasión, llevaba su cabello de color rosa. 

            —Yo no entiendo cómo es eso. —Gerard se sentía algo confundido por lo que estaba por venir. 

            —Es algo sencillo. —Dii le pasó su brazo por los hombros—. Es una fiesta en la que te disfrazas y usas una máscara para que nadie sepa que eres tú. 

            —¿Y cuál es el propósito?

            —Guardar cierto misterio, además es divertido. 

            —Es verdad —comentó Beth algo pensativa—. Será emocionante, así igual te evitas todo ese rollo de que alguien te invite. 

            —Es cierto —dijo Dii dándose un golpe en la frente con la palma de su mano—. Igual tendremos suerte y saldremos con algún Durmstrang.

            —A mí no me importaría ir con alguien de Hogwarts. —Por alguna razón, Gerard le vino a la mente una Slytherin. 

            —Deberías ampliar tus horizontes, amigo mío. 

        —Al menos nos evitará la vergüenza de invitar a alguien —opinó Andrea cuando ella y sus amigos salieron de la clase. 

            —¿Por qué piensas eso? —respondió Gustav—. Hasta en las mascaradas hay etiqueta. 

            —Eso lo sé, pero al menos no te obligan a ir con alguien.

            —Aunque al final es lindo que alguien te invite, ¿no? —Keisi se quedó pensativa ante esa idea. 

            —Supongo. 

            —¿Alguien en mente, Green?

            —Tú dímelo, Santino. ¿Tengo buenas opciones? —Los dos se quedaron observando a un grupo de estudiantes de Ilvermorny—. Al menos Mena tiene ventaja. 

            —¿Que yo qué?

            —Sí, podrás ir con tu amigo, Vladimir. 

        —Eso no les incumbe. —Un ligero rubor apareció en sus mejillas mientras comenzaba a caminar con más rapidez. 

            Entre las chicas surgieron los típicos cuchicheos cada vez que algún chico pasaba; mantenían la esperanza de que alguno de ellos las invitara. Sin embargo, uno que otro alumno comenzó a preocuparse por su atuendo; Andrea recurrió a su madre para pedirle ayuda, aunque no le gustaban mucho los vestidos y menos de gala. Cuando vio a Hermes con un enorme paquete, se emocionó bastante. 

            —¿Qué es? —preguntó Alexander cuando ella comenzó a abrir la caja. 

            —Mi vestido para el carnaval —respondió entretenida—. Le dije a mi mamá si podía diseñarme algo. Así que aquí está —dijo, pero antes de que sacara el vestido de su caja, alguien los interrumpió. 

            —Creo que la profesora Marel se equivoca. —Era Connor, quien se acercó a donde estaban ellos. 

            —¿En qué?

            —Que mantengamos la compostura, creo que eso no se va a poder. 

            —¿A qué te refieres? 

            —Andy, quisiera tener el placer de ir a la mascarada contigo. —Sus ojos estuvieron puestos en la castaña, quien se quedó sin palabras. 

            —¿Qué?

            —Sí, ¿Qué? —Su amigo también se quedó mudo por la proposición. 

            —Quiero que vayas conmigo al carnaval. Dime que sí, por favor. —Su sonrisa encantadora hizo que la chica se sonrojara. 

            —Yo… este… Sí, claro. Me encantaría. 

            —Era lo que esperaba. —Volvió a darle una sonrisa y luego se marchó. 

            —¿Qué acaba de pasar? —Mena llegó en compañía de Gustav.

            —Que Connor acaba de invitar a Andrea a la mascarada —respondió Alex irritado. 

            —¿En serio? —La pelirroja pareció sorprendida por la noticia—. ¿Aceptaste?

            —Sí. ¿Tú con quién irás?

            —Ya te dije que eso no es de tu incumbencia. 

            En la mañana de Halloween, los alumnos se despertaron con el delicioso aroma de calabaza asada flotando por todos los pasillos; la emoción de un carnaval era palpable, en especial por los invitados. El resto del colegio estaba preparando la fiesta; la sala común tenía un aspecto muy extraño, llena de gente vestida de diferentes colores en lugar del usual monocromatismo negro. Connor aguardaba a Andrea al pie de la escalera; se veía muy guapo, con un traje de color vino y una capa negra, en su mano llevaba un antifaz smoking rojo con plata. 

            —Estás hermosa. El vestido te sienta bien.

            —Gracias —Sintió como la sangre teñía sus mejillas—. Ya sabes, mi mamá lo diseñó, aunque yo le di algunas ideas. —Llevaba un vestido largo y de color azul marino con algunos detalles plateados. 

            —¿Tu máscara?

            —Aquí. —La sacó de una bolsa. Era de plata con plumas azul cobalto en un penacho que coronaba la parte superior. Una cinta rodeaba los bordes plateados y una filigrana estaba grabada alrededor de los ojos.

            —¿Quieres que bajemos? 

            —Vale.

            Ambos se pusieron sus respectivas máscaras y salieron por el hueco del retrato. A las siete en punto, el vestíbulo se encontró lleno a rebosar, con los alumnos arremolinándose en espera de poder entrar. Llegaron los alumnos de cada escuela, todos juntos con sus respectivos directores y entrenadores; era sencillo diferenciarlos por el color de sus capas, o por llevar las mismas máscaras o antifaces. Cuando dieron las ocho en punto, dos hombres, cuyos trajes azules y pomposos con antifaces blancos y relucientes, abrieron las puertas principales de roble. Los invitados siguieron una alfombra de color dorado con el flujo constante de la élite de la magia, vestida con sus mejores galas y toda clase de máscaras iluminadas. Al entrar en el gran comedor, el sonido de los violines invadió los oídos de los presentes; otras dos personas, cada una de pie en bases cuadradas, les dieron la bienvenida con listones de colores. Había dos elaboradas esculturas de hielo en forma de cisnes en cada lado.

        El interior era impresionante. Tres enormes candelabros arrojaban destellos multicolores sobre el forro de seda de marfil que reviste el techo y paredes. Las mesas estaban distribuidas alrededor del gran comedor, con vasos de cristal, telas de lino blanco que cubrían las mesas y sillas; en el centro una mesa larga, en donde una mujer, con el rostro cubierto por una máscara veneciana blanca como la porcelana, hacía movimientos acrobáticos. Los servidores vestidos de color dorado y en monociclos sostenían bandejas llenas de copas desde vino hasta whisky de fuego. En donde debía estar la mesa de los profesores, se encontraba un escenario en el que un cuarteto de cuerdas tocaba, incluyendo a un violinista que mantenía el equilibrio en una enorme bola oscura. Los alumnos quedaron sorprendidos cuando notaron a los trapecistas ir y venir por todo el gran salón, sin mencionar al tragafuegos que escupía unas llamas anaranjadas. Varios iban vestidos con trajes sencillos y capas de diferentes colores, algunos llevaban sombreros de copa o sombreros de tres puntas con cascabeles que hacían ruido cada que se movían. Los vestidos de cada chica eran pomposos y de colores luminosos; con máscaras o antifaces elegantes, con penachos o sin plumas. Mientras unos estaban sentados en las mesas cenando, la pista de baile se encontraba en sincronía con las parejas que daban vueltas al son de la música.

            —Ven, bailemos. —Connor puso su brazo en la cintura de Andrea y le agarró la otra con fuerza. Comenzaron a dar vueltas casi sin desplazarse—. Me alegra que hayas venido conmigo.

            —¿Por qué te iba a decir que no? 

            —Pensé que alguien más te lo había propuesto. 

            —¿Quién? —Giró sobre sí misma; un movimiento que la hizo pegarse más a él. 

            —Tu amiguito, Mason. 

        —Tú lo has dicho, somos amigos nada más. —Escuchó, con alivio, que la música cesó; los aplausos retumbaron y soltó inmediatamente a Connor. 

        —¿Ya no quieres bailar? —preguntó al momento cuando la banda empezó a tocar una nueva pieza. 

            —Sí, pero vamos a sentarnos un rato. Por favor. 

            —Bueno, ¿quieres que te traiga algo de beber?

            —Por favor. 

            —Ahora vuelvo. —El chico desapareció entre el gentío. 

        La castaña buscó a sus amigos, y sonrió de satisfacción, cuando encontró a Mena; era inconfundible su cabellera roja. Llevaba un vestido morado y un antifaz negro. Estaba muy convencida que bailaba con Vladimir, en especial porque los de Durmstrang llevaban una capa color rojo sangre encima de sus trajes. A unas mesas donde se encontraba ella, vio a Amshel; su cara sin su máscara denotaba aburrimiento, aunque en la cabeza tenía unos de esos sombreros de tres puntas, los que solían usar los bufones. Al parecer no le causaba ninguna, ni mucho menos traer cascabeles. Siguió mirando al resto de los invitados, no pudo ubicar a su amigo Alexander; no tuvo la menor idea de si fue solo o acompañado, aun así dejó de darle importancia. Al cabo de unos minutos movía un pie al compás de la música, le daba ganas de quitarse el antifaz por un rato, y cuando pensó hacerlo, se le acercó un chico para preguntarle si quería bailar con él.

            —Yo… mi pareja no tarda en venir. —respondió ella, por alguna razón, sentía su cara caliente. 

            —Sólo será una pieza. 

            —En verdad, creo que… 

            —Por favor. —Insistió él—. Te prometo que tu pareja no lo notará. 

            —De acuerdo. —La banda comenzó con otra canción; el chico la empujó a sus brazos, no podía ver mucho su rostro, debido a que llevaba una media máscara dorada tal cual fantasma de la ópera—. ¿Te conozco? —preguntó para romper el hielo. 

            —Tú a mí, no. Pero yo te he visto unas cuantas veces. 

            —¿En verdad? 

            —Sé que eres una gryffindor muy valiente. —Guardó silencio unos instantes—. Y con cierta fama por matar hombres lobos. 

            —Yo no lo maté.

            —Y veo que eso te irrita. —Dio una carcajada—. Tranquila, vengo en son de paz. 

            —Mejor dime quién eres tú. 

            —Un invitado. —Ambos siguieron dando vueltas en la pista de baile—. Soy de Uagadou. 

            —Tu nombre. 

            —Charlie. 

            —Andrea. 

            —Lo sé. —Volvió a sonreír—. Creo que se me agotó mi tiempo —dijo cuándo se dejó de escuchar la música—. Realmente la estaba pasando bien. 

            —Sí, bueno… ahí viene mi pareja y… 

            —Lo comprendo, quizás después nos podamos ver. —El chico le regaló una última sonrisa antes de desaparecer entre las parejas que estaban en la pista de baile; Connor hizo acto de presencia. En su mano llevaba dos botellas de cerveza.

            —Lamento la tardanza. 

            —No te preocupes. —Su mirada se perdió entre los que bailaban, aquel chico en verdad le agradó. 

            Benjamin y Mariana Somender tenían mucha experiencia en eventos públicos, fiestas en donde debían convivir con magos y brujas, quienes presumían su gran árbol genealógico y las bóvedas en Gringotts que rebosaban de galeones. Sin embargo, estar presentes en un carnaval les hizo tener sus expectativas muy altas, en especial cuando ambos hermanos eran rivales académicos. El traje del chico era negro, escogió un antifaz sencillo del mismo color y su característica capa roja, el color de Durmstrang. Como muchos, no le dio importancia de ir acompañado, lo único que deseaba era disfrutar la velada, en especial cuando su equipo había tenido entrenamientos arduos. Por otro lado, Mariana llevaba un elegante vestido verde oscuro con una máscara de gala negra con detalles de piedras y una pluma del lado derecho. Holly se había decidido por un vestido negro y una máscara plateada, ella realmente quería mantener el misterio. 

            —Entonces… ¿mi pequeña hermana me va a complacer esta noche? —Benjamín se acercó a donde estaban las slytherins y ofreció su brazo para sacar a bailar a la chica. 

            —Si no le importa a mi pareja. —Observó al chico con el que había bailado un rato; era un compañero de casa, un curso superior al de ella. Blake Landers, un chico alto y rubio, un poco egocéntrico, pero se había comportado muy amable toda la noche. 

            —No, claro que no. Adelante. 

            —Gracias. —Mariana se dejó guiar por los dotes de danza de su hermano; no era malo. Dieron vueltas como todas las parejas en la pista de baile—. Supongo que no me puedo quejar de mi estadía aquí. 

            —Estás en el bando perdedor, hermanito. 

        —Ja ja ja. —Hizo un gesto desaprobatorio—, debo admitir que el castillo es mejor que el nuestro, es más grande y confortable. 

            —¿Y Dursmtrang es tétrico o qué?

            —No, no tan así. 

            —Supongo que te acostumbras, en especial cuando pasas tiempo con tu madrina. 

            —Nunca he entendido por qué no te cae bien. 

            —Es… irritablemente buena. 

            —Bueno, Han es… 

            —¿Qué? —Mariana enarcó una ceja cuando su hermano guardó silencio buscando el adjetivo correcto que describiera a su padrino. 

            —¿Interesante?

            —¿Me estás preguntando? 

            —Uff, se terminó la pieza. Mi pareja debe estar… preocupada por mí. 

            Mariana no pudo evitar reírse de él; apenas se quedó unos segundos sola esperando a que su propia pareja volviera, cuando alguien más la tomó de la mano, al momento en que una canción nueva comenzaba. 

            —Pudiste haber venido conmigo, con un ganador. 

            —Si me lo hubieras pedido… 

            Reconoció a su amigo al instante, aunque no lo había visto prepararse en las mazmorras. En algún momento creyó que no iría al carnaval. Mark hizo una mueca, iba vestido con un traje negro y un antifaz veneciano capitano de color verde brillante, con detalles y nariz larga. Se movía con delicadeza y elegancia; él también estaba acostumbrado a ese tipo de eventos.

            —¿Hubieras venido si te lo hubiera pedido?

            —Quizás. 

            —Por el bien de nuestro linaje. 

            —¿A qué te refieres, Mark?

            —No todos son dignos de estar con alguien como tú o como yo. —Ese comentario no le pareció para nada a Mariana. Ella dejó de bailar y se soltó de la mano de Mark. 

            —Tienes razón. 

            —¡Mariana! —Un chico alto apareció en donde estaban ellos—. ¿Interrumpo algo? 

            —No. —Un silencio incómodo se formó entre los tres—. Él es Mark, un compañero de curso. 

            —¿Y tú eres? —Mark observó al recién llegado con un gesto de irritación. 

            —Blake Landers —respondió ella por él—. Es mi pareja. Si nos disculpas.

            Mariana tomó de la mano a Blake y se perdieron entre el gentío de la pista de baile. Mark se quedó de pie; no supo qué dijo para que ella se portara de una forma tan cortante. No cualquiera merece, siquiera, conocer a un renombrado Slytherin como ellos.



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