Capítulo 8

Aquellas niñas que compartían amistad dejaron de dirigirse la palabra, el curso anterior pasó algo similar, aunque en esta ocasión el orgullo de ambas no iba a ceder. Mena estaba atareada con los deberes, mientras que trataba de resolver las cosas con su mejor amigo; le enviaba cartas una y otra vez a Gustav, pero todas se las regresaba sin siquiera haberlas leído. Por su parte, Andrea creyó que caería de nuevo en esas pesadillas, aunque Amshel Santino la animaba cada que podía. Le recordaba los buenos momentos del verano pasado. En la hora de la cena, Andrea vio a la pelirroja acercarse a la mesa de Ravenclaw. Observó discutir a Gustav, pero no pudo acercarse a ver qué pasaba, él sacó su varita y ella de inmediato hizo un gesto de disculpa. Lo que interrumpió eso fue que la profesora McGonagall se levantó de su asiento, todos los alumnos guardaron silencio. 

            —Buenas noches, alumnos. Durante toda la semana esperé al culpable para que se entregara. Y en vista del éxito no obtenido, los permisos se acabaron. Las visitas a Hogsmeade están canceladas, la regla, sobre los alumnos de primer curso, sean parte del equipo de Quidditch queda cancelada. No podrán participar. 

            —¡Ahora si es el colmo de la cobardía! 

            —¡Eso no es justo! —gritó enojado Cris—. Nosotros no tenemos la culpa de que alguien haga bromas. 

         —Era de esperarse, señor Wood —replicó la profesora irritada—. Le pido por favor que mantenga silencio. Las cosas seguirán así hasta que el culpable tenga el valor de enfrentar las consecuencias de sus actos. 

            —Espero que se caiga en vómito de dragón —exclamó Gavin molesto.

            —Sólo podrán participar diez jóvenes por casa en las pruebas para sus respectivos equipos de Quidditch. Los interesados deberán inscribirse con Madame Hooch.

            —Qué feo, ¿no? —opinó Mena al levantarse de su asiento—. Es una lástima que aún no haya salido el culpable. —Vio a Cris, que seguía anonadado por la noticia—. Lo siento Wood, tal vez el siguiente año.

            —Es tu abuela, tú podrías convencerla.

            —No, Cris, no lo hará. Para ella no somos más que tontos arriba de escobas. —replicó Andrea. 

            —Tiene razón, además seré un capitán estricto y la nena puede lastimarse. —Gavin la observó—. No tiene las agallas para jugar, por eso no le interesa nuestro deporte.

            La culpa estaba haciendo estragos en Andrea, que olvidó por completo anotarse con Madame Hooch, y cuando logró recordarlo, ya había sido demasiado tarde.

            —Lo siento mucho, Señorita Green. La casa de Gryffindor ya tiene a sus diez aspirantes.

            —¡Diantres! —dijo saliendo de la oficina. Iba caminando por los terrenos, demasiado cabizbaja.

            —¡Andy! —gritó Gavin mientras trataba de alcanzar a la chica—. Hooch me acaba de entregar la lista de los aspirantes. Pensé que querías estar en el equipo, ¿por qué no te inscribiste para las pruebas?

            —Quería.

            —Mena McGonagall está en esa lista.

            —¿En serio?

            —Sí. No sé qué intenta, pero veremos de que es capaz.

            —Gavin. —Interrumpió con culpa en su voz—. Lo siento. —Por unos instantes estuvo a punto de ser sincera con él y decirle que ella había sido la culpable sobre la broma hacia las Slytherins.

            —Será para la próxima, Green. Si es que a McGonagall se le quita el mal humor.

            Lo mejor que podía tener Andrea e    ra el Quidditch; se preguntaba si lo que hacía Mena por entrar al equipo era simplemente venganza, además que ya tenía tiempo que no hablaba con Gustav. A veces lo veía de reojo junto con Amshel, quien parecía que le estaba costando un poco adaptarse a las clases del día.

            —¡Green!

            —Hola, Santino —saludó sin mucho ánimo—. ¿Qué tal las clases?

            —Fáciles. Lo complicado es soportar las miradas de esos curiosos estudiantes.

            —Supongo.

            —Pero, ¿cómo estás tú?

          —¿Podemos hablar después? Tengo cosas que hacer. —La niña no espero a recibir una respuesta, siguió su camino.

            Las pesadillas comenzaron a ser, una vez más, recurrentes, pero eran diferentes a como solían ser. Ya no aparecía Dave, ahora era cada uno de sus amigos: Mena, Gustav, Alex, Keisi, cada uno muerto por culpa suya. Incluso lograba ver a Santino en ellas mismas. La culpa la absorbía lentamente, no sabía hasta qué punto soportaría todo eso. Amshel escuchaba cada sueño que tenía y eso le preocupaba.

            —¡McGonagall!

            —¿Se te ofrece algo?

            —Quiero hablar contigo.

            —Santino, ¿verdad? —respondió en tono amargo.

            —Sé lo que piensas de mí.

            —¿Ah sí?

            —Yo no te quité a tus amigos —mencionó tranquilamente—. Pero eso lo resolveremos otro día. Por lo pronto, me preocupa Andy Green.

            —¿Qué tiene que ver ella en esto?

            —Mucho.

            —No importa. La puedes acompañar en sus travesuras. 

            —Ojalá pudieran ver lo que yo. Sus pesadillas han cambiado. Quizás no se caiga de la torre de Astronomía, pero todo lo que sueña terminará por consumirla. —Desapareció a un paso lento.

            Mena entró al gran comedor para el almuerzo, reflexionó en las palabras que le dijo el chico ravenclaw; vio a lo lejos a la castaña, removía la cuchara de su plato. Sin evitarlo hizo un gesto reprobatorio, no le agradaba eso, no quería que descuidara su salud, pero fue una grata sorpresa cuando se llevó la cuchara a la boca. Quizás ese chico Santino no le traía confianza del todo, pero de cierta manera estaba de acuerdo con él. No le agradaba estar peleada con sus mejores amigos, eso no podía seguir.

            —¿Cómo estás?

            —Da igual —respondió alzando los hombros indiferentemente.

            —No puedes seguir así.

            —Así, ¿cómo Santino? —preguntó observando directamente a esos ojos azules—. Mena tiene razón. Me excedí con esto —dijo mientras lanzaba un par de piedras al lago—. Nadie me habla…

               —¿Y yo qué? ¿Soy invisible?

            —Sabes a lo que me refiero. —El chico dejó escapar un suspiro.

            —Es verdad que McGonagall tiene razón, pero no en todo. Debería relajarse un poco.

            —Yo no debería pertenecer a Gryffindor. Soy una cobarde. 

            —¿Acaso dudas de tus capacidades?

            —Ya ni sé. De cualquier forma, si me entrego será peor que el castigo que me pongan.

            —No asumas nada.

          —Amshel —dijo seriamente—. Los malditos retratos no saben lo que es tener algo de privacidad. Se correrá como pólvora que yo soy la culpable de que todos estén castigados.

            —Andy…

      —Ya no importa. —En aquella ocasión el ojiazul no la siguió con esa velocidad que lo caracterizaba.

            A pesar de las pesadillas y el cansancio que dejaba eso, Andrea se refugió prefirió en los estudios. Sus notas eran buenas, en muy raras ocasiones hablaba con Gavin o con Wood, pero ninguno lograba subirle el ánimo. Mientras tanto, Mena hacía todo lo posible y ponía su esfuerzo para tratar de arreglar las cosas con Gus, pero este seguía negándose a hablar con ella hasta que resolviera las cosas, aunque al menos la saludaba cada vez que la veía, dejando de ser tan hostil y frío. El día de las pruebas llegó, Andrea no quiso salir de la torre, no quería torturarse más de lo que se estaba haciendo daño.

            —Mena. —Estaba en la sala común, mientras que la mayoría salía, algunos para hacer deberes y otros para tomar un poco de aire.

            —¿Si?

            —Suerte hoy —dijo antes de subir a los dormitorios de las chicas. La pelirroja sonrió un poco ante ese gesto, mientras salía rumbo al campo de Quidditch.

            Una cuarta parte del colegio se encontraba en las gradas; Gavin estaba nervioso, y no por ser la primera vez que se presentaba como capitán, sino que le preocupaba el hecho de no poder armar un buen equipo debido al castigo impuesto. Mentalmente lanzaba maldiciones al culpable.

            —Les pondré una prueba sencilla. Después se presentarán para el puesto que desean ocupar en el equipo —dijo el chico algo irritado.

            Al ser pocos, fue más rápido todo; había hecho lo mismo que su antecesor, poner una prueba elemental. Los aspirantes a entrar en el equipo dieron una vuelta al campo montados en sus escobas, por fortuna volaban muy bien. Al finalizar las pruebas, Gavin estaba maravillado y enfadado por ciertos inconvenientes. Disponía de dos cazadores: Kelly Brooks, una chica hábil que evitó los obstáculos impuestos por el capitán y Mena McGonagall, quien había volado mejor que nadie, la más veloz de todos; marcó varios tantos, dio una muy buena exhibición. También contaba con su antiguo buscador, Taylor Douglas; un chico de estatura mediana, pero bastante veloz, y con su anterior golpeador Sasha Werner. Alguien bastante fornido que evitaba cualquier bludger.

            —Ahora los guardianes, por favor. —Pidió todavía con cierta irritación en su voz—. ¡Esto es imposible! ¡¿Cómo pretender armar un equipo con diez aspirantes?!

            —Quizás podríamos pedirle permiso a la profesora McGonagall. —Sugirió Sasha.

        —Ya veremos. —No acordaron nada del próximo entrenamiento, ya que les faltaban dos jugadores—. ¡Ey! ¡McGonagall!

           —¿Sucede algo?

            —Yo… bueno. —Pasó sus manos por su cabello—. Felicidades por entrar al equipo.

            —Gracias.

            Estaba feliz, no había podido dejar de dar saltitos de alegría. Mena iba rumbo a la sala común, esperaba encontrarse a sus amigos y darles la nueva noticia de que pertenecía al equipo. Después de tanto tiempo, sonreía realmente hasta que apareció un gato plateado. Un patronus que reconocería siempre: Te quiero ver en mi oficina. Sin tiempo a cambiarse la túnica de quidditch, fue directo al despacho de la directora. Dio la contraseña a la gárgola y subió; suavemente tocó la puerta.

            —Toma asiento, por favor.

            —¿Sucede algo?

            —Nada en particular, sólo quería saber tu opinión respecto a lo sucedido. 

            —¿Me preguntas a mí, abu… profesora? 

            —Dejemos a un lado los formalismos. Dime que piensas al respecto.

            —Pues… —No sabía exactamente a lo que se refería.

            —¿Estoy exagerando?

        —¿Con el castigo? —Analizó unos minutos, tenían razón sus amigos, ella no era su abuela—. Quizás un poco, pero honestamente es innecesario.

            —Si lo dejo pasar, seguirán haciendo bromas y…

            —Abu, no todo es educación.

            —Lo sé, pero ya tuve bastante con James Potter y sus amigos.

            —Los merodeadores fueron grandes —expresó Mena con una sonrisa.

         —Los gemelos Weasley. —Enumeró la profesora—. Seguidos de ese trío, que siempre se metían en problemas—. ¡Y luego esto! ¿No crees que merezco un descanso?

            —Y déjame decirte Minerva, que faltan algunos más en tu lista.

            —¿A quién te refieres, Albus? 

            —Bueno, tengo entendido que el joven Potter está con la señorita Weasley, al igual que el señor Weasley está con la señorita Granger.

            —No estoy muy al pendiente de su vida privada.

            —Estoy seguro que el amor prevalece en ellos. Y no dudo que formarán una familia. Así que, esos pequeños, imagino que tendrán la vena bromista. —Explicó el retrato del profesor Dumbledore, mientras que los demás cuadros escuchaban interesados.

            —¡Olvídalo, Albus! No puedo.

            —Abuela. —Intervino la pelirroja, interrumpiendo el intercambio a los profesores—. ¿A qué viene todo esto?

            —El culpable vino a verme. Hace unos minutos.

            —¿En serio? 

            —La señorita Green se declaró culpable de la broma. 

            —No sabía. 

            —¿Qué? ¿Qué era culpable o que se haya entregado?

        —No negaré que tenía mis sospechas, en especial cuando esas chicas serpientes se la pasan molestándola.

            —Tenga mucho cuidado. —Una voz pausada habló. El retrato al lado del profesor Dumbledore, estaba un hombre con nariz ganchuda y una cortina de cabello negro le caía sobre su rostro.

            —Lo siento, profesor Snape. Pero es la verdad.

            —¿Pero por qué no vino a decirme algo?

            —¿Sabes por qué perdimos la pasada copa?

            —No hablemos de eso, como ex-jefa de la casa de Gryffindor me dolió bastante.

            —Lo sé, pero fue una broma de Weasley... El profesor Higgs no le importó la explicación de nadie y restó los puntos.

            —No permitiré que levanten falsos.

         —Tranquilo, Severus. Hablaré con el profesor Higgs al respecto. Mientras, pensaré bien las cosas. Al final tuvo el valor de asumir lo que hizo, a pesar de las represalias.

            —¿No entiendo? ¿A qué te refieres?

            —A todos ellos —respondió Minerva señalando a los cuadros. Algunos se sintieron ofendidos.

            —Estamos de acuerdo que la señorita Green tiene razón. No somos capaces de mantener la boca cerrada. —El profesor Dumbledore se expresó tranquilamente—. Así que, no compliquemos más esto.

            —¿Estará castigada?

        —Lo pensaré. Por lo pronto levantaré el castigo al resto. Y por cierto, ¿cómo te fue en las pruebas?

            —¡Conseguí el puesto!

            —Excelente. Te felicito.

            —Gracias, abu. Pero nadie se presentó para el puesto de guardián y nos falta un golpeador.

            —¿Qué? Así no podemos ganar la copa de quidditch.

            —Conozco a alguien capaz, pero no creo que te agrade la idea.

            —¿Pues de quién se trata?

            —Andrea.

            —Mena…

            —¡Por favor abuela! Ella es muy buena. 

            —Deberías darle una oportunidad, Minerva.

            —De acuerdo —suspiró rendida—. Pero tendrá un castigo y sólo por esta ocasión, no le restaré demasiados puntos.

            —¡Gracias!

            Después de salir del despacho de la directora, Andrea regresó a la torre de Gryffindor. No sabía cómo le fue al equipo, y tuvo que admitir, que ansiaba saber cómo le fue a su amiga. Olvidó por unos momentos el posible castigo que le impondría, se le cruzó por la cabeza la expulsión; sus amigos tenían razón: que en ocasiones era demasiado fatalista. Mena entró en los dormitorios de las chicas, esperó encontrar a su amiga, pero las cortinas de su cama estaban cerradas, por lo que no se encontraba ahí. La buscó por los pasillos, e incluso visitó a Hagrid. La buscó en la torre de astronomía, nada. Vio a lo lejos a Santino, tenía la leve esperanza de que estuvieran juntos, sin embargo, lo único que vio fue a una de sus compañeras, Viry; ya tendría que esperar a que apareciera.

        —Buenas noches, alumnos. Les informo que el castigo impuesto hace unos días, se levanta. Regresan las visitas a Hogsmeade y los permisos. —Hubo gritos de júbilo por parte de todos, por lo que la profesora, volvió a pedir silencio—. El culpable apareció.

            —¿Quién es?

            —Eso, señorita Weasley, no le puedo decir. 

            —Fue…

            —Shhh. —Calló Mena a Alex—. Ahora no —respondió disimuladamente al ver que Weasley los observaba.

            —¿Dónde está Andy? —preguntó Keisi, también notando eso.

            —En la sala común. Ya sabes, muchos deberes.

       Después del anuncio, los alumnos terminaron de cenar, comenzando a salir rumbo a los respectivos dormitorios. En la entrada, Kissy y Lesma tomaron por el brazo a Mena.

            —¿Y tu amiga?

            —Eso no te incumbe.

            —Es raro que no haya estado en el gran comedor, justo cuando la profesora nos quitó el castigo.

            —No sé de qué hablas.

            —Sé que fue ella. 

        —Piensa lo que quieras. Si me disculpas… —Pero Kissy seguía sosteniéndola del brazo con fuerza; después de tanto tiempo de contenerse, el carácter de Mena salió a flote. Sacó su varita al mismo tiempo que la otra chica lo hacía.

            ¡Expelliarmus! 

            ¡Expulso!

        ¡Protego! —Mena era bastante rápida repeliendo los hechizos de su contrincante. Algunos alumnos se encontraron alrededor de ellas para ver—. ¡Colortus! —El cabello pelirrojo de Weasley ahora estaba, una vez más, de otro color. —Te queda bien.

            ¡Palalingua! —gritó Gustav.

            —¿Qué pasa aquí? 

            —Ella empezó, profesora —chilló Kissy.

            —De hecho, fue al revés. Ella me atacó y yo sólo me defendí. 

            —Quisieron atacar por la espalda, profesora.

            —Les acabo de levantar el castigo y aún así, siguen metiéndose en problemas.

            —Creo Minerva, que son varias veces que ellos se meten en problemas.

        —Le recuerdo profesor Higgs, que no debería haber preferencias por sus respectivas casas. He escuchado lo mismo que estas señoritas me han dicho. Al parecer sus alumnas han estado molestando.

            —¿Nosotras? —Ambas chicas se hicieron las inocentes.

            —No hicimos nada.

              —Admito que la ataque, pero yo no empecé. Ellas se la pasan molestando.

            —¡Basta ya! Treinta puntos menos para cada casa y diez para Ravenclaw —mencionó al ver a Gustav—. Todos a sus camas. ¡Ahora!

            Cada uno se fue por su lado para descansar, Lesma y Kissy estaban furiosas mientras que Mena seguía bastante sonriente. Alexander y Keisi no lo podían creer; fueron caminando a la torre. La pelirroja subió a la habitación, pero la castaña no se encontraba. Estuvieron un rato en la sala, calentándose con las llamas de la chimenea, cuando el hueco del retrato se abrió. Andrea traía el cabello alborotado y enredado con varias hojas. 

            —¿Dónde estabas?

            —Por ahí —respondió cansada. Mena la tomó de la mano.

            —Estás fría. —Ella alzó los hombros. La llevó al sillón para que entrara en calor.

            —¿Has comido algo?

            —No.

            —¿Y por qué? —Andrea cada vez se sentía extraña por el reciente comportamiento de su amiga.

            —No tenía hambre.

            —Ya nos enteramos de lo que pasó.

            —¿De qué?

            —Sobre… la broma.

            —¡Oh! eso. —Giró la cabeza para asegurarse de que no hubiera nadie—. Ya no tiene de qué preocuparse.

            —Lo sentimos. —Se disculpó Keisi.

            —¿Por?

            —Esas chicas se lo merecen.

            —Sí, pero mejor me comportaré de ahora en adelante.

            —Te perdiste el duelo.

            —¿Duelo? ¿Cuál?

            —Esa serpiente no se queda con las manos cruzadas. Ya no soporté más, así que saqué mi varita. Quiso hechizarme como una traidora, por la espalda. —Aclaró al ver la cara de confusión de la chica—. Tengo que admitir que le queda bonito el morado.

            —Gustav también entró en el duelo.

            —¿En serio?

            —Sí. No saben pelear limpio, por lo que entró a defenderme, pero bueno, mi abue no me dejo acabar con ella.

            —No te ves tan arrepentida.

            —Y no lo estoy. 

            —No esperaba que pasara algo así, en fin. Creo que me voy a dormir. —Andrea se despidió de sus amigos, lo único que quería era desaparecer bajo las sábanas de la cama. 

            —Andy, espera.

            —¿Pasó algo más?

            —Quiero disculparme. Tienes razón. No soy mi abuela, supongo que las expectativas que tiene de mí son demasiadas y debo de dar el ejemplo. 

            —Lo entiendo, no te preocupes. Y como dije, me comportaré. Adiós diversión, creo que será lo mejor.

            —No. No es lo mejor. No quiero que cambies nunca, quiero que seas la misma. 

            —¿La misma?

            —Sí, bromista y traviesa. —La pelirroja se acercó y la abrazó con cariño.

            —¿En serio le pateaste el trasero a Weasley?

            —Sí —respondió con una sonrisa—. Por cierto, logré entrar al equipo.

            —¡Felicidades! Sinceramente no sabía que jugaras Quidditch. —A pesar de que su felicitación era sincera, no podía evitar sentirse mal por perderse las pruebas—. Me hubiera gustado ser parte del equipo.

            —Pues hay algo que debes saber. 

            —¿Gavin y tú se besaron?

            —¡No! ¡Qué asco! Nunca besaría a ese idiota.

            —Bueno, entonces ¿qué es?

            —El equipo de Gryffindor todavía no tiene guardián, además que falta un golpeador.

            —¿Y eso es...?

            —Ay Green. Pues que mi abuela nos quitó el castigo. Supongo que Gavin hará las pruebas necesarias.

            —Eso sería genial.

            Todos estaban felices porque les quitaron el castigo, ahora los alumnos mayores esperaban que pasaran los días para ir a Hogsmeade. Y como predijo Mena, el capitán convocó a su equipo para hablar sobre las pruebas. Cristian Wood estaba de mal genio, y más cuando se enteró de las intenciones de Gavin: sólo había dos vacantes en el equipo. Él aseguraba que era mucho mejor que varios de los jugadores presentes, por lo que el día de la prueba, el capitán no paró de discutir.

            —Wood, por favor. Retírate del campo.

            —Lo sabes bien, Gavin. Ni siquiera me has visto jugar.

        —Yo no tuve culpa al respecto. Si alguno de mis jugadores no está a la altura, tendrán la oportunidad.

            —Cris… —Andy trató de hacerlo entrar en razón antes de presentar la prueba—. Siempre tendrás algún chance, y no dudamos de tus habilidades.

            —Mejor sal del campo, amigo. —A regañadientes salió rumbo a las gradas—. Bien, comenzaré de nuevo con algo sencillo.

            Los aspirantes dieron una vuelta al campo, unos cuantos no la pasaron, por lo que tuvieron que retirarse. Gavin prefería probar a los golpeadores, soltó unas cuantas veces la bludger, probó a cada uno hasta que se convenció de quien debía elegir. Por último, pasaron los aspirantes al puesto de guardián; Andy se encontraba nerviosa, apenas entrenó un poco. Sentía que en cualquier momento se caería de su escoba. Su amiga pelirroja le sonrió con confianza, esperando que eso lo ayudará a tranquilizarse. Pasaron al menos tres chicos, los cuales no pararon más de dos tiros, cuando fue el turno de ella, miró a las gradas donde estaban sus amigos: Alexander, Keisi y sí, Gustav. Se posicionó enfrente del aro, esperaba no sentirse mal como en la anterior ocasión. La chica nueva, Kelly Brooks se encargó de lanzar la quaffle; como pudo todos los desvió. En el último tiro se lanzó al lado izquierdo, pero la quaffle iba hacía el aro central, no supo con exactitud cómo, sólo que logró evitar que la pelota entrara. Se escucharon varios vítores, aunque la castaña no podía dar por hecho que tenía el puesto asegurado. Todavía faltaban un par de aspirantes más, por fortuna ninguno logró parar los cinco penales.

            Ahora sí, el equipo de Gryffindor estaba completo; contaban con tres extraordinarios cazadores: Gavin Harrison, Kelly Brooks y Mena McGonagall. Dos golpeadores que no dejarían pasar las buldgers: Sasha Werner y Lenin Darnell. Un buscador veloz y hábil: Taylor Douglas y finalmente una guardiana excelente que los aros estarían bien protegidos: Andea Green. 

            —Muchas felicidades. —Felicitó Gustav con una sonrisa radiante.

            —Gracias.

            —¿Me permiten hablar con Andy a solas, por favor?

        —Claro. —La pelirroja se alejó un poquito, dándoles el espacio para que pudieran charlar tranquilos.

        —Lo siento mucho Gus, no debí de portarme de esa manera. —Comenzó ella a parlotear—. Primero fue con todo eso de las insinuaciones y luego esto. Lamento hartarte hasta el punto que dejaras de hablarnos, y voy a comprender que quieras dejar de ser mi amigo.

            —Andy, tranquila. Lo entiendo, en parte nosotros te dimos razones para pensar cosas que no eran ni son. Como te dije, ustedes par de cabezas de trol, son más que mis mejores amigas, son mis hermanas.

            —En verdad, lo siento.

            —No lo sientas. Tuve la oportunidad de hablar con Amshel.

            —¿Qué tiene que ver él?

         —Entiendo que seas reservada con respecto a tu pasado. —Agregó ante el semblante de confusión de la chica—. Y sé que no a cualquiera le contarías.

            —¿A qué viene esto?

            —Amshel me contó que tan mal te ponen esos sueños; sabía de qué trataban, pero… —Suspiró esperando una reacción—. No quiero que te enfades, no pretendía ser indiscreto.

           —Ni siquiera Mena sabe los detalles. Aunque ella fue la primera en saber sobre Dave. Y Santino lo escuchó, yo jamás le dije nada. Tuve que aclararle las cosas, no es que ustedes fueran a juzgarme o algo así, pero con él, no sé… fue fácil contarle.

            —No me gustaría que nos ocultaras nada.

            —Lo mismo digo.

           —Sabes que nos tienes a nosotros, y aquí estaremos si algún día quieres hablar sobre ese pasado.

            —¡Pero si ya lo sabes!

            —Yo quiero que me tengas la confianza de que me lo cuentes tú. Escucharlo de tus propios labios.

            —De acuerdo. Algún día se los contaré a ambos. Al final, ustedes son mis mejores amigos, los cuales les confiaría mi vida.


            La temporada de Quidditch se acercaba, cada equipo practicaba arduamente. Después de haber obtenido el puesto, Mena pasaba el tiempo en la biblioteca, un hábito inusual en ella a pesar de que su mejor amigo vivía en ese lugar, lo único que quería era evitar a Cristián Wood. Sentía que le arrebató el puesto de cazador y por lo tanto la culpa la carcomía por dentro, aunque el puesto se lo ganó por méritos propios. En esos instantes, la pelirroja compartía mesa con otros alumnos, trataba de concentrarse, después de unos segundos se dio cuenta de que llevaba leyendo las mismas líneas, no entendió nada y menos con tanto alboroto. Las voces se escuchaban desde afuera de la biblioteca, era una conversación acalorada. Pudo distinguir a Cristián y Gavin. El primero quería que las pruebas de quidditch se repitieran, sentía tener el derecho a formar parte de dicho equipo, todavía le costaba aceptar que no podría jugar esta temporada.

            —¡Debes de repetir las pruebas!

            —¿Por qué debería de hacerlo? —Gavin de alguna u otra manera estaba controlando su carácter—. Mi equipo está completo.

            —Te estás engañando.

            —Claro que no.

            —No sabes reconocer el talento, no tienes idea de nada.

            —¡Wood! —La paciencia se le acabó a Gavin, tomó de la túnica al chico, que, a pesar de ser de primer curso, era alto—. No voy a permitir que dudes de mi puesto. Soy el capitán, por si no te habías dado cuenta —dijo mientras señalaba la insignia—. Yo decido quien está a la altura de pertenecer al equipo o no, y aunque lo dudes Wood, sé distinguir el talento en mis jugadores. Ahora te pido que dejes de darme lata con lo mismo.

            Cada estudiante escuchó toda la conversación, Mena tomó sus libros y se levantó de la mesa, era la única que no se había asomado a ver de qué se trataba el asunto. No quería oír más quejas ni reproches, ni mucho menos amenazas, y con tanto ruido era imposible que pudiera concentrarse. Santino se detuvo de inmediato después de haberla visto, observándola muy atentamente con sus ojos azules penetrantes.

       —Hola, McGonagall —saludó el chico sin recibir una respuesta—. Vaya, sí que eres más amargada que tu abuela.

            —No tengo tiempo para ti. Hazte a un lado.

            —¿Puedo llamarte por tu nombre? 

            —No, no puedes.

            —De acuerdo, Mena —respondió Amshel recalcando su nombre y con una sonrisa en su rostro—. Así como vas, no tendrás tiempo ni de respirar.

            —No tengo tiempo para tus bromas.

            —Al final, me alegro que hayas hecho lo correcto. Créeme que Andrea Green necesita el apoyo de sus amigos, aunque no lo parezca.

            —Gracias por el consejo. Ahora si me disculpas, tengo cosas que hacer. —Dio media vuelta para ir a la torre de Gryffindor.

        —¡Mena! ¡Mena! —Cristián gritaba, mientras corría para alcanzarla—. ¡McGonagall! no me ignores. Ella suspiró. 

            —¿Qué se te ofrece?

            —Quisiera que me ayudaras.

            —¿A qué?

            —Quiero que se repitan las pruebas.

            —Eso lo sé, pero yo no tengo nada que ver. Gavin es el capitán.

            —¿Podrías hablar con tu abuela?

            —No.

            —Por favor.

            —Eso es abusar de su poder y de mi apellido. Así que no, lo siento. Tendrás que vivir con ello.

            —¡Esto es una injusticia! —exclamó el chico frustrado—. Yo debería pertenecer al equipo.

            —Lo siento mucho, ya tendrás tu oportunidad. 

            Siguió su camino hacia la torre con sus pensamientos llenos de culpa. Seguía sin terminar los deberes, tomó asiento en uno de los sillones vacíos cerca de la chimenea. Por unos instantes el asunto del equipo quedó atrás, se dispuso a terminar la redacción que tenía para pociones. Le estaba dando las últimas conclusiones cuando Andy y los demás entraron en la sala.

            —¿Dónde estabas? llevo todo el día buscándote.

            —En la biblioteca. ¿Para qué me querías?

            —¿Podrías ayudarme con mis deberes de encantamientos? —Ella accedió, sacaron los libros y se dispusieron a trabajar en un silencio incómodo—. ¿Te encuentras bien? 

            —¿Por qué lo preguntas?

           —Porque usualmente me regañas por dejar mis deberes al último momento. Y porque no te gusta el silencio. ¿Sigues enojada conmigo?

            —¿Qué? —Toda la explicación que le dio Andrea no le prestó la menor atención posible

            —¿Lo tomo como un sí?

            —Sí, ¿qué?

            —¡McGonagall! ¿qué sucede? en verdad estas muy distraída

            —No es nada, Green. Sólo que me siento mal por Cris. 

            —Oí que volvió a discutir con Gavin.

            —Todos los que estábamos cerca pudimos enterarnos del asunto.

            —¿Entonces estuvo interesante la discusión?

            —No me interesan los chismes.

            —¿Pero por qué te sientes mal por él?

            —Siento que le quite el puesto.

            —Gavin no es tonto. —Interrumpió—. Al menos dentro del campo, y lleva cierto tiempo en el equipo. Sabe lo que hace y conociéndolo diría que, si no hubiera estado de acuerdo con los pocos aspirantes, le hubiera hecho un drama a tu abuela con tal de tener más oportunidad de elegir mejor a sus jugadores. Te ganaste el puesto por tu esfuerzo y talento, deja de darle vueltas al asunto.

            —¿Y si tiene razón Cris? ¿y si es mejor que yo?

        —Es un Wood, quiere destacar más que sus propios padres, pero tendrá que esperar hasta que llegue su oportunidad. Si quieres calmar tu culpa, dale un detalle. No sé, haz algo lindo por él y se acabó.

          Mena estuvo pensando en la idea de Andy, darle algún regalo o algo así; incluso cuando se reunió con Gustav para seguir con su secreto, seguía bastante distraída, fue reprendida por su amigo por no prestar atención a lo que debía.

            —Lo siento, Gus.

            —Un lo siento no te servirá de nada.

            —Ya sé, es sólo que no sé qué hacer con Cristián.

            —¿Cuál Cristián?

            —Wood, Cristian Wood.

            —¿El chico que habla todo el tiempo de quidditch?

        —Sí, ese. Siento que le quite el puesto y Andy piensa que debo dejar de darle tantas vueltas al asunto. 

          —¿Apoco Andy piensa? —Sonrió al imaginarse la cara que pondría su amiga con ese comentario—. Por primera vez, le doy la razón. Y espero que ese problema ya no te distraiga de lo que estamos haciendo.

            —No volverá a pasar.

            —Y hablando de quidditch ¿cómo va ese prototipo de escoba?

        —¡Eso es! —exclamó Mena entusiasmada. Una gran idea se le ocurrió para subirle el ánimo al chico—. Eres un genio Gus.

Mena:

¿Cómo estás? Espero que te estés comportando como se debe, y no importa que tu abuela te castigue por mal comportamiento, yo igual lo haré. Te felicito por haber quedado en el equipo, no me dijiste que querías intentarlo, pero estoy muy orgullosa por ese logro tuyo. Sabes que siempre estoy encantada de que estés en casa, y más en las fiestas navideñas. No me importaría que vinieras con tus amigos, por cierto ¿cómo está Gustav? Sería genial que un aficionado al Quidditch, y en especial siendo hijo de un jugador profesional, me diera su opinión sobre el prototipo. 

Envíame la respuesta con tiempo si vendrás a casa, y también con quien. Cuidate y no te metas en problemas.

Te quiero. Mamá.

            Fue una buena noticia de que su mamá le haya dicho que si a esa estupenda idea, simplificaba un poco las cosas, aunque de cierta manera, le faltaba decirle a Cristián. Quizás no se negaría, ya que, como muchos lo mencionaban, era un gran aficionado al quidditch. Ya les diría a sus amigos si querían ir a pasar con ella las fiestas, lo que más le preocupaba era cómo decirle al chico Wood. No tardó mucho en encontrar el momento adecuado, tal como se lo imaginó, él no se negó. Los profesores comenzaron a dejar demasiados deberes antes de que se fueran a casa, Andy y Mena tuvieron entrenamientos de quidditch y siempre acaban demasiado cansadas. 

Hola, Mena:

Espero que te encuentres bien. Disculpa que no te haya respondido tu carta de inmediato, pero la escuela me tiene bastante ocupado. Cuéntame ¿qué tal va el colegio? Imagino que ha de ser muy difícil, en especial llevando el mismo apellido que la directora, supongo que te exige de más, debes ser un ejemplo para los demás estudiantes. Ojalá no te estés olvidando de divertirte. Por cierto, me enteré de que para navidad tendremos la visita de tu abuela en el Instituto. Me intriga saber el por qué, pero supongo que ya me enteraré a su debido tiempo. Me agradaría mucho poder verte, ojalá pueda tener la suerte de deleitar mis ojos con tu belleza.

Tengo que irme, espero tu pronta respuesta.

Con cariño,
Vladimir.

         Mena leyó la carta, le encantó mucho recibir aquellas palabras de su amigo. Le daba mucha nostalgia recordar, sacó un pedazo de pergamino de entre sus cosas para escribir una respuesta rápida.

Hola Vladimir:

Estoy muy bien, gracias. El colegio y hasta el momento todo es normal. No sé mucho, pero sí; algo supe de que mi abuela iría para navidad al Instituto. Espero poder acompañarla para verte; te comento que logré entrar al equipo de quidditch de mi casa, en el puesto de cazadora. ¿Y tú, cuéntame? ¿Qué tal el Instituto? (¿Ya vas a recapacitar y pedir el cambio?), Bueno espero estés de maravilla.

Saludos,
Mena.

[***]

Aquel duelo con McGonagall y Flitwick pesaba bastante en el orgullo, el salir impunes y sin ningún castigo, le fastidiaba. Kissy no olvidaba, por lo que estaba más empeñada en vengarse, no sólo de Green, sino esta vez de sus amigos asquerosos. Estuvo unos días dándole vueltas a todas y cada una de sus posibles ideas, hasta que encontró la adecuada. De inmediato, mandó una lechuza y fue sorprendente la rapidez con la que la atendieron. Una bonita lechuza parda con un paquete de Sortilegios Weasley se acercó a ella, y con una enorme sonrisa sacó varias botellitas que le serían muy útiles.

            —¿A dónde vas, Kissy?

            —Me vengaré de Green y sus amigos.

            —Yo te ayudo. —Lesma se emocionó bastante con esa nueva novedad.

            —Bien, ve a la Torre de Ravenclaw e ingéniatelas como puedas para vaciar esta botellita.

            —De acuerdo, pero... ¿qué hace?

            —Ya lo verás.

          Caminaba de puntitas con cierto nerviosismo, quizás asustada y temerosa. Subió por las escaleras con cuidado, estando cerca del retrato de la Dama Gorda y esperando a que alguien saliera de la misma, y así fue, por fin habían mordido el anzuelo.

        —Espero que no te moleste. —Su voz se escuchó alto con una risa malévola que le helaría la sangre a cualquiera.

            —¿Qué rayos...?

            —Estaremos a mano después de esto.

          —¡GREEN! —De la nada apareció una mota de pelo rojo soltando chillidos de dolor. Una sonora carcajada se escuchó muy cerca.

            —Te jodes, Weasley. Te lo mereces. —Andrea no paraba de reír al ver a Kissy cubierta de pelo.

            —¿Qué pasó, Andy? —Mena llegó a la sala común, cuando vio a la chica comenzó a reír—. Te ves bien.

            —¿Has visto a Gustav?

        —Aquí estoy —respondió su amigo llevando consigo a otra mota de pelo pelinegro—. Tenías razón, pensó que podía hacerme esto.

            —Me estoy perdiendo de algo.

            —Pasa Mena, que estas cosas peludas pretendían hacernos una bromita.

            —Y les salió mal.

           —Me las pagaras, Green —refunfuñó la mota pelirroja, aunque no podía ver nada con tanto pelo.

            —Supongo que hay que llevarlas a la enfermería.

            —¿Podríamos dejarlas aquí? —Sugirió la castaña sin dejar de reír. 

            —No, llevémoslas a la enfermería.

            Entre Mena y Andrea tomaron por los brazos a Kissy, o más bien, la mota pelirroja mientras que Gustav llevaba a Lesma. Por supuesto que Madame Pomfrey no le agradó para nada el estado de ambas chicas, y por más que movía la varita no ocurría nada.

            —¿Cómo ocurrió esto?

            —Ni idea. —Se adelantó la castaña al responder—. Íbamos rumbo a nuestra sala común cuando las encontramos.

            —Pues no sé qué fue, nada funciona —respondió Madame Pomfrey con preocupación.

            —Esperemos que se resuelva. Tenemos que irnos. —Los tres salieron de la enfermería sin dejar de reír por lo ocurrido—. No encontrará la solución.

            —¿Se quedarán así?

            —No, pero si Kissy hubiera leído la etiqueta se hubiera librado de inmediato de ese pelo.

            —¿Cómo lo sabes, Andy?

        —Fácil, poción crecepelo. Durará quizás más de tres días. Irónico es que lo haya conseguido a través de su tío y no haya sabido nada.

            —¿Y eso es...?

        —Sortilegios Weasley. Si no mal recuerdo, tiene que decir cierta palabra tantas veces como botellitas fueron usadas. Sólo eso.

            —¿Qué palabra es? —preguntó Gustav curioso, la castaña giró la cabeza cuidando que no hubiera nadie que pudiera oírla

            —Fácil, Olepecerc. 

            Y sin poder seguir conteniendo la risa, los tres estallaron en una carcajada.


            Los tejones seguían felices por los puntos obtenidos durante las clases, aunque beneficiaba las bromas constantes entre serpientes y leones, y por ende que les restaban puntos. Aprovecharián el buen momento en que se encontraban, y en especial por el deporte mágico, la sensación del quidditch y su nuevo capitán, Leo Roth. Un chico alto de ojos azules y cabello negro, prefecto, que los instaba a dar lo mejor de sí en todo lo que hacían. Sam burlonamente lo llamaba el rey tejón, cosa que a Dii le hacía mucha gracia y a Beth le desagradaba.

            —Creo que podremos ganar esta temporada —mencionó Dii después de regresar del campo y ver las pruebas.

            —Esperemos, hasta donde sé, Gryffindor ya tiene su equipo y se presume que es bueno.

            —Ya veremos eso.

            —¡¡¡Chicos!!!

            —¿Qué pasa, Tonks?

            —¿Ya se enteraron?

            —¿De qué? 

            —Weasley y Rookwood están en la enfermería.

            —¿Por qué? ¿Otra broma de Green?

            —No sólo de Green, sino también de sus eternos amigos.

            —¿Flitwick y McGonagall? no lo creo.

            —De hecho, la broma era para ellos y les salió mal a las serpientes.

            —¿Qué fue lo que les pasó? —preguntó interesado Gerard.

         —Están llenas de pelo. —Y sin más los cuatro estallaron en carcajadas divertidos por la situación.

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