Capítulo 9
En colaboración con Gustavo Torres.
Las cosas en Hogwarts estaban en una inusitada calma, después del incidente donde Kissy Weasley y Lesma Rookwood se libraron de tanto pelo, o más bien, Madame Pomfrey encontró una solución a ese problema, las bromas pesadas dejaron de ser diario; Andrea y Alexander no se sentían tranquilos, tampoco Mena, aunque esperaba que lo ocurrido fuera suficiente para que se mantuvieran en paz. Keisi era más optimista y pensaba que eso sólo era el fin de un año de pleitos estúpidos entre los leones y las serpientes.
—No es por las casas. —Andy miraba a la pelinegra con un gesto indefinido—. Es esa cara de papa que me odia por lo de... —Evitó deliberadamente decir el por qué, aún le costaba trabajo externar ese hecho en voz alta—, por lo de Ron Weasley. Ya sabes, su tonto ego inflado y por ser familiar de un héroe de guerra y el hecho de que su prima se haya casado con el elegido, lo que la hace emparentar con otro héroe de guerra, y eso la vuelve insufrible.
Keisi Anders torció la boca, pero no dijo nada más, al parecer, sus amigos seguían en esa línea de odio Slytherin-Gryffindor, no entendía las llamadas cicatrices de guerra y los prejuicios, incluso encontraba simpática a la pelirroja. A veces la oía en los pasillos con la chica del cabello multicolor cantando canciones bobas, que más de una vez le habían arrancado una sonrisa.
"Transformar, transmutar un objeto o ser vivo en uno inanimado requiere de práctica y el movimiento de varita adecuada, según los estudios de Abherey Cohen-Fo, la anatomía del objeto a transmutar influye en el resultado del hechizo en cuestión".
—Estuviste a punto de hablar —mencionó Amshel.
—Lo sé, me sigue costando todavía no poder hablar de ello —susurró Andy, en un extremo de la mesa trabajan sus amigos.
—¿Qué tanto susurran?
—De nada importante.
—Deberías hablar con ella, te fastidiara hasta que se lo digas.
—Deja de leer su mente.
—No lo hago, pero eso intuyo. —Dejó escapar un suspiro, al final tenía razón.
Mientras eso pasaba en la mente de Andy, en la de Mena estaban las vacaciones. Todavía no sabía por qué su abuela iría a Durmstrang, sin embargo, no se negaría en acompañarlas, realmente tenía muchas ganas de ver a Vladimir, aunque también estaba el asunto de Cristián y lo que le había prometido.
—Hola, Cris.
—Hola, Mena. ¿Qué tal te va?
—Excelente, por cierto, debo preguntarte algo.
—¿Qué pasa?
—Sobre mi propuesta…
—Por supuesto que quiero ir.
—Eso no lo dudo, pero necesito saber si tus padres te dieron autorización.
—Apenas les voy a enviar una lechuza —respondió con una sonrisa inocente y mostrándole la carta.
¡¡¡Papá!!!
¿Adivina qué? Mena McGonagall me invitó a pasar las navidades en su casa, ya sabes que su mamá es diseñadora de escobas y podré ver el nuevo prototipo del último modelo en el que está trabajando. ¿Verdad que es genial? Por favor, di que me dejan ir. Sería estupendo, después de que no pude entrar al equipo, Harrison se pierde de mi talento, pero quizás sea para el próximo año.
Los quiero.
Cris.
—Será mejor que la envíes de inmediato. —No estoy tan convencida de las palabras del chico.
Una melena castaña llegó a la mesa de Gryffindor, las chicas levantaron la mirada y vieron la cara de Jay Flint, un despistado chico de su curso, el clásico amigo de todo el mundo, sin complicaciones, él desayunaba, comía o cenaba en cualquier mesa del gran comedor y siempre tenía amigos con quien charlar.
—¿Vieron el reloj de las casas esta mañana? —El chico colocó los codos en su mesa y le guiñó un ojo a Keisi, quien resopló fastidiada—. Yo lo vi y no lo podía creer, pero si, es verdad.
—¿Qué sucede? —Una voz interesada detrás de ellas las sobresaltó, Andrea vio al dueño de la voz, sin saber por qué, se sonrojó escandalosamente, carraspeó y clavó la mirada en Jay.
—Disculpa, esta es una plática privada.
—Nada de lo que haga Jay Flint es privado, deberías saberlo, Green. —El chico rubio sonrió y fijó sus ojos grises en los castaños de ella—. Sí, sí sé quién eres. ¿Quién en este colegio no lo sabe? Eres la que pintó a las serpientes de colores. Soy Connor Reed y una vez hechas las presentaciones, ¡habla Flint!
—¡Que yo no fui! —Andy suspiró aliviada y sonrió con ganas ¡Por primera vez no era conocida por lo de Fenrir Greyback! Eso se sintió casi como volar.
—Lo que digas. Todos saben los problemas que tienes con ellas, sin mencionar la última broma.
—Bueno, si estuvieras bien informado, sabrías que ellas trataron de hacerme la broma a mí, sólo que no fui tan estúpida para caer, sino ahora mismo estaría llena de pelo. —Miró interesada a Jay, dispuesta a embarcarse en una plática sin dramas, para variar.
—Pues resulta que hoy Hogwarts se ha teñido de amarillo y negro.
—Yo lo sigo viendo color piedra. —Keisi miró a su alrededor, distraída lo que hizo que Jay, Connor y Andy ahogaran una carcajada.
—No, no me refiero al castillo, es negro y amarillo porque Hufflepuff va en primer lugar en la copa de las casas, seguidos de Ravenclaw, Slytherin en tercero y en cuarto nosotros, aunque por muy poco.
—Increíble. —Andrea bufó molesta—. Ya veremos cuando arranque la copa de Quidditch.
—Te recuerdo, Green, que muchos de los puntos que perdimos fue por tu vena artística, ya sabes, eso de andar pintando serpientes.
—¡Ya te dije que no fui yo!
—Lo que digas. —Connor volvió a su asiento, no sin antes dedicar una sonrisa enigmática a la castaña.
La temporada de Quidditch dio inicio, el primer partido fue Hufflepuff contra Ravenclaw, este último fue vencido, por lo que los tejones quedaron en primer lugar. Mena y Andrea jugarían después de semanas de entrenamiento: Gryffindor contra Slytherin, ya un clásico. Si ganaba pasarían a ser segundos, suficiente para alcanzar a las águilas en el campeonato de las casas. Aquella mañana amaneció brillante y fría. El gran comedor estaba inundado por el delicioso aroma de las salchichas fritas y las alegres charlas de todos los que esperaban con ansias el partido.
—Tienes que comer algo.
—No tengo ganas de nada.
—Una tostada —insistía Mena a su amiga.
—No tengo hambre.
—Deberías. —Pero ella tampoco tenía ganas de nada.
—¿Qué tal chicas?
—Hola, Gus —saludaron ambas
—Les deseo suerte en su primer partido. Las estaré apoyando.
A las once de la mañana, todo el colegio parecía estar reunido alrededor del campo de quidditch. Alex, Keisi y Gustav tomaron asiento arriba, en la última fila. Habían hecho una enorme pancarta para apoyar al equipo. Mientras tanto, en los vestuarios, las chicas y el resto del equipo estaban cambiándose para ponerse las túnicas escarlatas. Gavin se aclaró la garganta para pedir silencio
—Llegó el momento, este es el mejor equipo de Gryffindor que ha tenido desde que lo dirigió el gran Harry Potter y vamos a ganar. Nos hemos preparado duramente, ni siquiera un castigo injusto nos impidió dar lo mejor, así que a ganar. Ya es la hora. Buena suerte a todos.
Salieron todos en medio de vítores y aplausos. La señora Hooch hacía de árbitro. Estaba en el centro esperando a ambos equipos, con su escoba en mano.
—Quiero un partido limpio y sin problemas por parte de todos —dijo cuando estuvieron reunidos a su alrededor—. Monten en sus escobas, por favor. —La señora Hooch dio un largo pitido con su silbato. Andrea salió disparada hacia los arcos de gol. Había empezado el partido.
—La quaffle es atrapada de inmediato por Forch de Slytherin. —Empezó el comentarista, un chico de Hufflepuff aunque no se comparaba con nada con los comentarios de Lee Jordan en sus tiempos.
»Va a toda máquina ahí arriba, un pase limpio a Graham... Se la pasa a Fillip... se acerca a los aros de Gryffindor y... la detiene el guardián: Andrea Green. Un gran descubrimiento de Gavin Harrison y Gryffindor recupera la quaffle... Aquí está la cazadora Kelly Brooks, rodea a Forch, vuelve a elevarse del terreno de juego y... aaaaaayyy eso ha tenido que doler, un golpe de bludger en la nuca... la quaffle en poder de Slytherin... Fillip coge velocidad hacia los postes de gol, pero lo bloquea otra bludger, enviada por Sasha Werner... bonita jugada del golpeador de Gryffindor, y de nuevo Brooks en posesión de la quaffle, el campo libre y allá va, vuela, se la pasa a su capitán, Harrison ve venir un bloqueo de Forch y la quaffle se la deja a Mena McGonagall otra gran sorpresa en su equipo, vuela, evita una bludger, los postes de gol están ahí... vamos, ahora, Mena... el guardián Gleen se lanza... no llega... ¡GOL DE GRYFFINDOR!
Los gritos de los de Gryffindor llenaron el aire frío, junto con los aullidos y gemidos de Slytherin.
—Slytherin tiene la quaffle. El cazador Fillip esquiva las dos bludgers de Sasha Werner y Lenin Darnell y al cazador Harrison, acelera... y atrapadón de Green.
»La quaffle de nuevo en posesión de Gryffindor, el capitán Gavin la toma, la pasa a Brooks y luego a McGonagall, se la regresa a Harrison de nuevo McGonagall tiraaaa... ¡GOL DE GRYFFINDOR!
»De nuevo Slytherin con la quaffle, la tiene Graham, la pasa a su compañero Fillip, evita la bludger lanzada por Sasha, acelera... esquiva y... ¡GOL DE SLYTHERIN! Slytherin en posesión... Forch con la quaffle... supera a Brooks, a McGonagall...una bludger le da con fuerza en la cara, Slytherin anota otro tanto…
Las serpientes vitoreaban. Pero cuando menos lo esperaban, Gryffindor anotó otros dos tantos y Andrea evitó otros espectacularmente.
—Gryffindor tiene la quaffle, el cazador Harrison esquiva a Graham, y una bludger lanzada por Garcus... esperen un momento... ¿no es la snitch?
Un murmullo recorrió la multitud, el buscador de Slytherin, Stewart también la había visto. A la par, se lanzaron hacia la snitch. Taylor Douglas era más veloz que Stewart, podía ver una pequeña pelota, agitando sus alas, volando hacia adelante. Aumentó su velocidad y…
—¡Douglas atrapó la snitch! ¡GRYFFINDOR GANA!
Gryffindor ganó por ciento setenta a veinte, estaban más que felices, en especial Mena y Andrea, ya que la pelirroja anotó un par de tantos mientras que la castaña hizo lo propio en detener la quaffle.
—Excelente chicos, bien jugado —expresó Gavin en los vestidores.
Una mañana de mediados de diciembre, Hogwarts apareció cubierto por nieve. El lago estaba sólidamente congelado. Los pocos búhos, que habían podido llegar a través del cielo tormentoso para dejar el correo, tuvieron que quedar al cuidado de Hagrid hasta recuperarse, y una de esas lechuzas era la que tenía la respuesta de la carta de Cristián.
—¡Mena! ¡Mena! ¡Mena! —gritaba lleno de emoción, trató de alcanzarla en uno de los pasillos.
—¿Qué pasa?
—¡Me dejaron ir! —Le mostró el pergamino un poco arrugado.
Hijo:
Espero que si no te quedaste en el equipo haya sido por una razón bastante convincente, te he dicho miles de veces que nunca debes dejar de entrenar. Estoy pensando seriamente en castigarte por ello, pero ya hablaremos después de eso. Quisiera estar en tu lugar para presenciar semejante acontecimiento, ver por tus propios ojos, antes que nadie, el prototipo de una escoba de carreras... dice tu madre que está de acuerdo en que vayas, aunque la hayas ignorado en tu última carta, pero que espera no recibir ninguna queja. Ver antes que salga al mercado una escoba... ni si quiera yo como jugador tuve semejante privilegio, así que no lo desaproveches y disfrutarlo.
—Genial, te diré bien después que día. Parece que saldré unos días antes de Navidad.
—Está bien. —Cristián salió corriendo de ahí bastante emocionado.
—Le acabas de alegrar el día.
—Vaya que si
—Veo que ya tienen planes —mencionó la castaña algo triste.
—¿No irás a casa? —preguntó Gustav captando el porqué de su tristeza.
—No tiene caso, estaré sola. Amshel irá a no sé dónde, así que no podré pasar las vacaciones con él.
—¿Y yo qué? ¿Soy invisible o qué?
—No que yo sepa, todavía te veo.
—Acabas de decirle a Cris…
—Pensaba invitarlos a que pasaran conmigo navidad, ya que la pasada fue un desastre.
—Y sí oí bien, creo que aparte tienes otros planes.
—Sí, iré con mi abuela a visitar a alguien, pero como me ignoran ambos... —Dio media vuelta y dejándolos a los dos confusos.
—No sé tú, pero a veces me preocupa su bipolaridad —dijo Andrea observándola como se alejaba.
—Lo sé, es tan…
—¿Trol?
—Sí, eso. —Y los dos sonrieron un poco.
Todos estaban impacientes a que empezaran las vacaciones. Las salas comunes y el gran comedor tenían las chimeneas encendidas; las corrientes de aire en los pasillos se volvieron helados, y un viento cruel golpeaba las ventanas de las aulas. En clase de pociones trataban de mantenerse cerca de sus calderos calientes.
—¿Sigues enojada? —susurró Andrea a su amiga.
—No.
—Eso me suena a un sí.
—No, Green. No estoy enojada.
—¿Te parece que hablemos más tarde?
—Yo…
—Por favor.
—De acuerdo.
Cuando abandonaron las mazmorras al finalizar la clase de pociones, fueron al Gran Comedor, donde el profesor Flitwick estaba ocupado en la decoración. El salón estaba quedando espectacular. Guirnaldas de muérdago y acebo colgaban de las paredes, y no menos de doce árboles de navidad estaban distribuidos por el lugar, algunos brillaban con pequeños carámbanos, otros con cientos de velas. Andrea buscó a Gustav, le hizo señas para que las acompañara.
—¿De qué quieres hablar, Green?
—Deberías saber que no te ignoramos es sólo…
—Invité a Cris a mi casa para que viera el prototipo de la escoba en la que está trabajando mi mamá, ya que…
—Te sentías culpable, lo sabemos.
—No pensamos que querías pasar las navidades con nosotros —dijo Gustav tranquilamente.
—La última fue algo para el olvido.
—A eso quería llegar —suspiro Andrea, comenzaba a ponerse nerviosa.
—¿A qué?
—A mis pesadillas.
—¿Qué tiene que ver eso con esto?
—Mucho, yo... bueno... quizás no me disculpé la navidad anterior por haberme ido sin avisar, pero no toleraba que no me hicieran mucho caso y…
—Lo entendemos, Andy —interrumpió Gustav—. También fue nuestra culpa, al menos debimos tratar de pasar más tiempo juntos.
—Temía que volvieran mis pesadillas y bueno, para mí también las fiestas fueron un desastre.
—Me perdí, ¿qué tiene que ver eso?
—¿Te has preguntado por qué en ocasiones no duermo? ¿Por qué quedarme sola me afecta tanto?
—Pues sí, a veces —respondió la pelirroja curiosa.
—A veces mis pesadillas son recurrentes, horribles, que me da miedo volver a dormir.
—¿Sobre qué son?
—Antes era lo mismo. La muerte de Dave… Si no lo hubiera convencido de usar la chimenea y venir... siempre sueño eso, no me molesta que me den crédito por algo que no hice, eso me da igual. Me fastidia que me recuerden lo ocurrido esa noche. No sólo es saber que perdí a mi mejor amigo, sino... él... lo vi morir. Vi como Fenrir Greyback acababa con él, estuvo en mis brazos, su cuerpo destrozado y lleno de sangre.
—¿Por qué no nos habías dicho esto? —preguntó Mena en un susurro.
—No lo sé. Sueño con eso y después con la batalla con el hombre lobo. Quizás podría olvidar, pero tengo algo que siempre me lo recuerda. —Inconscientemente se tocó el hombro izquierdo.
—¿Saliste herida?
—Sí, con un pedazo de lo que era la estructura de una ventana. Greyback pensó que había acabado conmigo, sin embargo, Longbottom y Weasley siguieron luchando, hasta que pude levantarme.
—Y por eso todos piensan que tú lo acabaste.
—Yo los ayude nada más. Lo que pasó la navidad pasada, nuestro distanciamiento... me recordó ese día. Poco a poco mis pesadillas cambian, no sólo es Dave, son ustedes. Perderlos... —Se estremeció de sólo imaginarlo—. Me da miedo quedarme sola, ustedes son como mi amuleto para ahuyentar todo eso, claro al menos que meta la pata.
—¿Amshel sabe de esto? —preguntó Mena acordándose de aquella vez que hablaron.
—Él lo averiguó. Yo nunca le dije nada a nadie hasta ustedes.
—Lo siento mucho, Green. —La pelirroja la abrazó fuertemente—. Soy una tonta, perdón por haberme comportado así con ustedes.
—Qué... reveladora historia. —Gustav se había quedado mudo. Una cosa era escuchar todo eso de los labios de Amshel y otra de Andy—. No pensamos que te sintieras así. Ya entiendo porque no toleras a Weasley y compañía.
—No tengo nada en contra de los Slytherin, pero me fastidia cómo se comporta respecto a ese tema.
—Entonces… ¿vendrán conmigo a pasar navidad?
—Por mí, encantada. Y ¿a quién vas a visitar antes? —preguntó Andrea mientras salían del aula.
—Un amigo.
—Nos hemos metido en problemas últimamente, ¿tu mamá está segura de tenernos juntos a los cuatro? Digo, Cristián no es un angelito que digamos.
—Será divertido. —Decretó Mena, deseando que ya iniciaran las fiestas.
El viento era helado, algunos copos de nieve caían mientras los alumnos se protegían con sus túnicas y bufandas, esperaban a los carruajes. Eran unos cuantos magos y brujas que se encontraban afuera, en el pueblo de Hogsmeade, apresurándose a realizar las compras y entrando a la primera tienda para refugiarse del frío congelante. El expreso de Hogwarts aguardaba a que los alumnos subieran, en esta ocasión Alexander y Keisi se quedarían en el castillo. Mena, Andrea y Gustav buscaron un compartimiento vacío, esperaban entrar en calor muy pronto.
—Jamás pensé tener tanto frío.
—No vendría nada mal un chocolate caliente —susurró la pelirroja abrazándose un poco.
—Yo tengo unas cuantas ranas de chocolate.
Al primer mordisco que le dieron al chocolate, comenzaron a sentir como poco a poco el calor se extendía por su cuerpo, a la par que el expreso daba marcha. Cada uno se acurrucó en su asiento, y durante el trayecto hablaron sobre cosas que planeaban hacer en los próximos días, y cuando iban a mitad de camino apareció Cristián. El chico mostraba una enorme sonrisa, no pudo evitar ponerse un jersey del equipo al que pertenecía su padre, entabló conversación acerca del quidditch, hizo un análisis riguroso de los últimos partidos de la temporada inglesa.
Poco a poco el paisaje fue convirtiéndose en edificios, dejaron atrás las áreas verdes y granjas, lo que significaba que estaban por llegar. Apenas se detuvo el tren, tomaron sus pertenencias, era muy poca la gente que se encontraba, así que no habría mucho problema al atravesar la barrera. Los cuatro pasaron juntos a la estación, donde ya los esperaba la señora McGonagall. Mena sin demorar mucho, fue hacia donde se encontraba su mamá, quien la abrazó y la besó en las mejillas. La pelirroja se parecía demasiado a su madre, aunque ella no tenía el semblante severo que a veces adoptaba Mena.
—Ellos son mis amigos. Ya conoces a Gus.
—Hola, señora McGonagall —saludó el chico bastante cortés.
—¿Qué tal te va mi niño?
—Excelente.
—Y ella es Andrea.
—Es un gusto conocerte por fin.
—Y el amante de quidditch es Cristian.
—Es un gusto conocerla, en serio que le agradezco que me permita ver la última escoba en la que se encuentra trabajando, en serio que…
—Me da gusto que puedan pasar algunos días con nosotras. —Cortó el discurso que planeaba dar Cris—. Bueno, será mejor que no vayamos ya.
Condujeron sus respectivos carritos con sus baúles a la salida, donde de inmediato, se vieron empujados al frío aire invernal, por supuesto que cada uno trató de abrigarse lo mejor posible.
—¿Cómo llegaremos a casa? —preguntó Mena pensativa.
—Iremos en el autobús Noctámbulo.
—¿En verdad? —Ahora la que sonaba bastante entusiasmada era Andrea—. Nunca he ido en ese autobús.
—Creo que ninguno de nosotros ha viajado de esa manera.
—Esto será emocionante.
Caminaron por entre el gentío que iba y venía de King 's Cross, esperaban no llamar mucho la atención, hasta que se metieron en un callejón vacío. La señora McGonagall sacó su varita y apuntó al suelo; esperaron unos segundos cuando oyeron un ¡PUM! Apareció un autobús de tres pisos color morado intenso ante ellos. En el parabrisas llevaba la inscripción con letras doradas: AUTOBÚS NOCTÁMBULO; el cobrador, de uniforme rojo, saltó del autobús y dijo en voz alta sin mirar a nadie.
—Bienvenidos al autobús noctámbulo, transporte de emergencia para el brujo abandonado a su muerte. Alargue la varita, suba a bordo y lo llevaremos a donde quiera. Me llamo Jeff Werner y estaré a su disposición.
Los chicos subieron uno a uno, el cobrador ayudó a subir los baúles. El interior estaba lleno de sillas de diferentes formas, agrupadas desordenadamente junto a las ventanillas, las cuales varias estaban volcadas cuando el autobús había frenado bruscamente frente a King 's Cross. Unos cuantos magos y brujas todavía se estaban levantando del suelo. Cada uno de los chicos entregó once sickles mientras que el autobús se ponía en marcha y oscilando peligrosamente.
—¿Estaremos seguros? —preguntó Andy a nadie en particular.
—Tomando en cuenta que estuviste en la guerra, esto no será más que un viaje ajetreado —respondió con algo de humor Gustav.
Apenas dijo eso cuando el autobús dio una vuelta con gran estruendo, subió y bajó varias veces de la acera, invadió por un pelito la farola más cercana; y entonces con otro tremendo ¡PUM! salieron despedidos hacia adelante, como pudieron cada uno se agarró de algo que los ayudará a mantener el equilibrio y no caer de sus asientos. Iban a toda velocidad por lo que parecía la autopista. ¡PUM! Las sillas volvieron a resbalar hacia atrás y el autobús noctámbulo pasó de la autopista de Birmingham a una tranquila cerca rural llena de curvas muy cerradas, de allí pasaron a la calle principal de una ajetreada ciudad, luego a un viaducto rodeado de altas colinas.
—Por favor, díganme que ya casi llegamos. —La castaña no tenía una muy buena cara.
—Falta muy poquito.
Unos minutos más tarde, el autobús noctámbulo se detuvo con un fuerte chirrido de frenos frente a un pequeño pueblo.
—Llegamos, chicos.
—Ya era hora.
Cada uno bajó tambaleante por el viaje, caminaron hasta llegar frente a un garaje; la casa tenía tres pisos de altura con una enorme chimenea que coronaba el tejado, al lado se podía ver un cobertizo.
—Bienvenidos a mi casa —mencionó la pelirroja con una sonrisa—. Pónganse cómodos, encenderé la chimenea. —La señora McGonagall los dejó unos instantes en la sala de estar para ir a la cocina a preparar algo caliente.
—Honestamente prefiero aparecerme que viajar en ese autobús.
—Mejor la escoba.
La señora McGonagall entró en la sala de estar sosteniendo una bandeja con algunas tazas humeantes mientras que las llamas chispeantes de la chimenea los calentaban. Después de entrar en calor, Mena llevó a sus amigos a sus respectivas habitaciones, Gustav y Cristián compartirán habitación, mientras que Andrea dormiría con ella. Luego de descansar un rato, los chicos bajaron para ayudar a preparar la cena; disfrutaron de la comida y bastante somnolientos subieron a dormir para descansar. Al amanecer, apenas unos pequeños rayos de sol se lograron colar por la ventana, el paisaje era totalmente blanco.
—¿Qué vamos a hacer hoy? —preguntó Mena cuando tomaron asiento para desayunar.
—Con este clima quisiera salir a jugar en la nieve, ya saben una guerra —respondió Andy con una sonrisa traviesa.
—Suena divertido y más cuando te entusiasma que te pegue.
—Ya veremos eso.
—¿Y tú, Cris?
—Lo que quieran, para mí está bien.
Cada uno se abrigó bastante bien, y de inmediato comenzaron con una guerra de bolas de nieve, al principio Mena y Gustav estaban juntos lanzándoles bolas a Cris y a Andy, pero después se volvió todos contra todos. Siguieron jugando un rato más hasta que encontraron las forma de deslizarse en la colina. Bastante cansados y exhaustos regresaron a la casa para calentarse un poco.
—Hoy no he visto a tu mamá.
—Debe estar trabajando. ¿Quieren ir a ver?
—¡Sí! —Por supuesto que el más entusiasmado con la idea era Cristián.
Volvieron a salir al frío invernal, aunque ya no era tan congelante, para dirigirse al cobertizo. Cristian estaba más que emocionado por semejante acontecimiento que estaba a punto de presenciar, sus piernas se sentían como gelatina, era un sueño hecho realidad para cualquier aficionado al quidditch. Entraron al taller donde la señora McGonagall llevaba a cabo sus diseños. Tenía una mesa llena de pergaminos, y en una de las paredes algunos otros pegados con varios dibujos de escobas con anotaciones. En otra más, algunas herramientas que suponían utilizaba para fabricarlas.
—Hola, mamá. Traje a los chicos a ver.
—No queremos interrumpir.
—No, por supuesto que no interrumpen. Tengo entendido que querían echar un vistazo a mi último trabajo
—Sí, nos encantaría.
—Acérquense. —La señora McGonagall se levantó de su asiento, en una esquina se mostraba un bulto tapado. Los chicos obedecieron, con cierta lentitud quitó la sábana que la cubría dejando ver una hermosa escoba. El mango tenía varias tonalidades, le daba un toque de elegancia y cada ramita estaba finamente acomodada.
—¿Qué opinan?
—Se ve genial.
—¿A qué velocidad puede volar? —preguntó Gustav impresionado.
—Todavía es muy pronto para saber, apenas estoy afinando esos detalles, aunque superar la velocidad de la Saeta sería algo bastante difícil…
—Esto es…
—¡Vaya! Cristian se quedó mudo de la impresión.
—¿Es que...?
—¡Es fantástica! ¿Puedo montarla?
—Todavía es algo inestable.
—Por favor, asumiré el riesgo.
No sabían cómo, pero Cristián logró convencer a la señora McGonagall de que le permitiera montar el prototipo de escoba. De inmediato se elevó en el aire, logró dar una vuelta velozmente por las colinas cuando sin previo aviso se estrelló contra un árbol.
—¡Cristián!
—¿Te encuentras bien?
—¡Guau! Eso fue súper fantástico, jamás había sentido tanta velocidad y eso que ya tuve la oportunidad de subirme a una saeta de fuego.
—Piensas que…
—¡¡Si!! Su escoba es más veloz.
—Bueno, eso tendría que corroborarlo. Tengo que anotar estos datos. —Y de nuevo la señora McGonagall se metió a su cobertizo a trabajar.
—Te llevaste un buen golpe, Cris.
—Pero valió la pena —respondió el chico con una enorme sonrisa que intuían, no borraría en mucho tiempo.
Los planes que hicieron cada uno para las vacaciones estaban cambiando drásticamente; apenas pasaron unos cuantos días de llegar cuando el abuelo de Gustav, el profesor Flitwick apareció en la casa de los McGonagall para recoger a su nieto. Se despidió de cada uno de sus amigos, deseándoles que pasaran una feliz navidad. No tardó mucho que algo similar le ocurriera a Andrea, cuando Hermes apareció para informarle que saldría de viaje, y que sus padres irían por ella de inmediato.
—¿No dice por qué?
—No, sólo dice que saldremos. —Le mostró la carta a su amiga, también algo confundida por la tan repentina decisión.
Andy:
Lamento tener que decirte esto, y más cuando esperabas pasar las fiestas con tus amigos, pero surgió un inconveniente en el Ministerio. Tengo que viajar, y no me gustaría que se quedaran solas, por lo que decidí que vinieran conmigo a este viaje. Pasaremos por ti mañana temprano, en verdad lo siento. Dale de mi parte una disculpa a tus amigos.
Te quiere,
Papá.
—Esto es extraño.
—¿A qué te refieres?
—Igual son imaginaciones mías.
—¿Y eso es...?
—Nada.
Los Green pasaron por su hija, agradecieron a su amiga por su hospitalidad y partieron en el automóvil, sin tener exactamente un rumbo fijo. A Cristian le dieron permiso unos cuantos días, por lo que casi después de haber visto el prototipo de la escoba, sus padres fueron a recogerlo, además que su padre tenía unos asuntos que resolver antes de Navidad. A Mena no le quedaba de otra más que preparar sus cosas para el próximo viaje que haría con su abuela.
Era uno de los tantos aniversarios que recordaban el derramamiento de sangre mágica, de aquel día en que magos y brujas lucharon valientemente, de aquellos que perdieron a un amigo o familiar, una victoria que resultó demasiado cara. Hogwarts era un lugar hermoso y majestuoso, con cada estudiante que mostraba sus respetos a los caídos y cierta admiración a los sobrevivientes. La profesora McGonagall, como cada año, dio algunas palabras de consuelo a las familias presentes. El ministro de Magia y Harry Potter no fueron la excepción en decir algo, y algunas otras personas más también lo hicieron. Apenas terminó la ceremonia, Mena se levantó y comenzó a caminar rumbo a la cabaña de Hagrid, sabía que tardaría un poco en regresar, pero deseaba pasar un rato tomando un té.
—¿También huyes de todo eso?
—¿Quién eres? ¿De dónde sales?
—Lo siento. —Un niño salió entre algunos arbustos, parecía que se estaba ocultando de algo—. No me gusta estar entre tanta gente.
—¿Quién eres?
—Edward McMahon.
—¿Por qué tu nombre me suena tan familiar?
—Quizás porque mi padre fue un mortifago.
—¿Fue?
—Eres bastante curiosa. Mi padre fue un mortifago como hace unos segundos comenté, murió en la caída de Lord Voldemort, y en su momento, mi padrino fue Igor Karkarov.
—¿El director de Durmstrang?
—Sé lo que piensas, pero yo no soy así. No me interesó ser parte del lado del Señor Tenebroso. No importa, es por eso que estoy aquí, aunque me aburre tanta palabrería. Y dime, ¿tú cómo te llamas?
—Soy Mena McGonagall, y sí, mi abuela es la directora de Hogwarts.
—Supongo que estudiarás aquí.
—Todavía me faltan unos meses para cumplir los once, pero sí. ¿Y tú?
—¿Yo? No lo sé, tengo mi plaza en Durmstrang. Honestamente no me he imaginado estudiar en otro colegio.
—Créeme, Hogwarts está lleno de misterio.
—Al igual que Durmstrang.
[***]
Gustav saldría de viaje con sus padres y su abuelo, Andrea también, aunque ninguno de los dos sabía con exactitud a donde pasarían las fiestas. Era algo importante, el Ministerio de Magia les facilitó un traslador, al menos para poder acercarse a la región en donde se encontraba ya que, como cualquier otra escuela mágica, su ubicación era inexacta. El lugar era majestuoso, las montañas estaban completamente blancas por la nieve y el frío era más atenuante que en Londres; la pelirroja se aferraba más a su abrigo mientras esperaban cerca de una estación muggle. A lo lejos se pudo distinguir un carruaje jalado por algunos caballos. Se detuvo enfrente de ellas, un hombre con un gesto de sumo fastidio bajó del mismo, traía una gruesa capa de color rojo.
—¿Profesora McGonagall?
—Sí, soy yo.
—Permítame —dijo tomando sus pertenencias—. Soy Stefan, el director me ha enviado a por usted. —Se presentó observando atentamente a la pelirroja.
—Muchas gracias, ella es mi nieta Mena.
—¿Qué tal? —Hizo un leve movimiento de cabeza—. ¿Nos vamos?
—Por supuesto. —Cada una subió al carruaje, al igual que el hombre.
Anduvieron cerca de veinte minutos sin decir nada. Stefan mantenía la vista fija en la ventana, mientras que la profesora leía un pergamino. Conforme se iban acercando, Mena comenzaba a sentir cierto nerviosismo mezclado con algo de emoción; trataba de tranquilizarse, aunque era algo imposible. Respiró varias veces hasta que por fin el carruaje se detuvo.
El Instituto de Durmstrang era un castillo, aunque no tan grande como el de Hogwarts; se podía apreciar cuatro pisos de altura. Contaba con una enorme puerta de roble, que al instante en que se acercaron se abrió. Stefan sacó su varita, y por arte de magia desaparecieron sus pertenencias, al segundo las condujo por un enorme pasillo que conducía al primer piso. Mena sólo lograba ver un montón de aulas, algunos chicos estaban afuera, que no podían evitar observar mientras caminaba detrás de su abuela. Se preguntaba en dónde podría estar Vladimir, y mostrando con orgullo los colores de su casa, haciendo alusión a que pertenecía a Hogwarts. Dieron vuelta en otro pasillo, y subieron unas cuantas escaleras que conducían al segundo piso, en aquel momento se escuchaba el sonido de sus pasos, y cuando pensó que subirían al siguiente piso, Stefan las dejó en la puerta al final del enorme pasillo.
—El director las espera en su oficina. —Dicho esto tocó la puerta suavemente—. Y espero que gocen de su estadía en el Instituto.
Al entrar, un hombre apenas mayor que Stefan, levantó la vista de unos papeles que se encontraba leyendo. Sonrió con cierta frialdad, aunque un poco amable.
—Bienvenida, Profesora McGonagall. —Se levantó de su escritorio para poder estrechar la mano—. ¿Y quién es esta bella jovencita que la acompaña?
—Es mi nieta. Mena... te presento a Marko Zhivko, el director.
—Es un gusto, profesor.
—Supongo que es estudiante tuya ¿no? —mencionó con cierto tono que denotaba inconformidad.
—Sí, pero créeme que no viene a espiar —respondió tajantemente la profesora—. De hecho, viene a estrechar viejos lazos de amistad. Ya sabes, la cooperación mágica internacional.
—Me parece bien que reforcemos esos lazos... y dime Minerva, ¿Exactamente a qué se debe tu visita?
—Si no te importa, me encantaría que esto fuera en privado.
—Mena ¿cierto? —La pelirroja asintió, el director no le daba tan buena espina, o quizás hayan sido sus comentarios mal intencionados de que ella fuera estudiante de Hogwarts—. Mencionaste lazos de amistad... ¿Me podrías decir quién es?
—Edward Vladimir …
—Oh, un estudiante bastante prometedor. —Agitó su varita y un pergamino apareció en sus manos, en el cual escribió algo, al instante apareció Stefan—. Por favor, busca al joven McMahon.
Los tres estuvieron en un silencio incómodo, en algunas ocasiones, Mena no podía evitar observar al director, seguía sin agradarle el hecho de que ella fuera de Hogwarts. Stefan no tardó mucho en regresar a la oficina, pero no iba solo.
—¡Mena! —El chico abrazó fuertemente a la pelirroja.
—Señor McMahon.
—Lo siento, señor director. ¿Me mandó a llamar?
—Sí, como verá la profesora McGonagall y yo tenemos algunos asuntos de los cuales discutir. ¿Sería tan amable de mostrarle el castillo a su amiga? —Esto último lo dijo en un tono de advertencia—. Sus profesores están enterados de su ausencia, aunque le pediré que se ponga al corriente después.
—Sí, señor.
Mena miró a su abuela, ella asintió. Los dos salieron de la oficina del director un poco más relajados.
—¿Por qué no me dijiste que vendrías? —preguntó Vladimir entusiasmado.
—Quería que fuera sorpresa.
—Pues sí lo fue.
—Creo que a tu querido director no le agradó la idea de que estuviera aquí.
—¿Por qué lo dices?
—Quizás por su tono, yo lo sé, Vladimir. No le agrado. —El joven sólo se rió ante ese comentario.
—Marko es muy competitivo, y no le gusta que fisgoneen en el colegio.
—¿Qué me estás queriendo dar a entender eh, Edward?
—Nada —respondió con una sonrisa—. Ven, vayamos afuera.
—¿No podríamos mejor ir a un lugar caliente? —sugirió Mena al sentir una corriente de frío.
—Las chimeneas sólo se encienden con fines mágicos, además los jardines son bastantes amplios.
Vladimir condujo a Mena fuera, mostrándole los alrededores. No supieron cuánto tiempo estuvieron ahí hasta que el mismo Stefan los encontró para informarles que el director los estaba esperando. La noticia de que una alumna de Hogwarts andaba caminando por los pasillos de Durmstrang corrió rápidamente, por lo tanto, el director organizó un banquete para darles formalmente la bienvenida.
—Creo que nos veremos en la noche. —Vladimir se encargó de acompañar a Mena y a su abuela a sus respectivas habitaciones, y antes de separarse depositó un beso en la mejilla de la pelirroja. Sonrojada entró a la habitación, sus respectivos equipajes ya se encontraban ahí. La chica rebuscó un poco entre sus cosas hasta que encontró lo que buscaba, un pergamino, pluma y tintero.
Querido Gus:
Espero que te encuentres bien, sólo quería informarte que ya estoy en Durmstrang, en el frío norte. Honestamente no sé cómo es que no se mueren aquí, está mal eso de encender las chimeneas nada más con fines mágicos. Tuve el placer de conocer al director, y la verdad es que no le agradó en lo más mínimo que yo estuviera aquí. Como si me interesara robar sus secretos, según Vladimir es algo competitivo, pero en verdad siento que no le gustó para nada mi presencia. Igual me intriga saber el motivo por el cual mi abuela vino, tanto secretismo me da curiosidad. Por cierto, olvidé mencionarlo, Andy viajará con sus padres, espero que en estos días me mande una lechuza para contarme a donde fue. Tengo que irme, o llegaré tarde al banquete de bienvenida que nos darán.
Te escribo luego, cuídate.
Te quiere,
Mena.
En otro pergamino escribió un mensaje para su mamá avisando que ella y su abuela habían llegado, luego de terminar sus cartas las selló mágicamente. Las enviaría por la mañana, por lo pronto debían bajar al banquete. Vladimir ya las estaba esperando afuera de su habitación, llevaba su uniforme y encima una delgada capa roja. Los tres llegaron al gran salón, tenía casi la misma descripción que el de Hogwarts, sólo que este era más lúgubre y oscuro. Sentían que le faltaba el típico sonido de pláticas y risas, la mayoría de los estudiantes cenaban en silencio, y cuando los tres entraron se hizo aún más grande. El director Marko se levantó de su asiento esperando a que sus invitadas estuvieran en la mesa de los profesores, el chico sonrió un poco para darles algo de confianza y se fue a buscar un asiento vacío.
—Buenas noches, alumnos. Como notarán tenemos dos invitadas esta noche. Para los que no tienen el placer, ella es la profesora Minerva McGonagall —dijo señalando con la mano a la par de que ella hacía una reverencia respetuosa a modo de saludo—, directora del Colegio de Magia y Hechicería Hogwarts. —De nuevo esto último lo dijo en un tono sombrío y frío—, y la bella joven es su nieta Mena McGonagall, por supuesto una de sus estudiantes. Ahora les pido a todos que le den la bienvenida, y que su estancia aquí sea acogedora.
Esperaron a que terminara el director para aplaudir, no se pudieron evitar los murmullos, preguntándose qué hacía la directora de Hogwarts ahí, en especial después de lo ocurrido con el Torneo de los tres magos y la batalla dada. El banquete transcurrió tranquilamente sin sorpresas hasta que llegó la hora de ir a descansar. A la mañana siguiente, Vladimir acompañó a su amiga para mandar sus cartas, el chico le había prestado su lechuza. Esperaron a que el ave se perdiera en el horizonte, todavía hacía bastante frío afuera.
—¿Qué quieres hacer?
—No sé.
—Ayer no terminé de mostrarte el castillo.
—Seguiré ganándome el odio de tu director.
—Claro que no.
Ambos directores se encontraban encerrados en la oficina de Marko, tenían mucho que discutir y arreglar. A pesar de que Vladimir era un excelente estudiante permitía que Mena le ayudará con los pocos deberes que tenía. De cierta manera, ambos aprendían cosas nuevas. Y en víspera de navidad, una vez más, el Instituto de Durmstrang ofrecería un banquete. Apenas estaba adornada con un par de árboles, aunque en esta ocasión el entusiasmo y la alegría reinaba. Mena optó por ponerse un vestido rojo para la ocasión y sin dejar a un lado los colores de su casa, acompañado de una túnica con el escudo de Hogwarts. Ella y su abuela tomaron asiento al lado del director Marko, los platos se llenaban de comida bastante buena.
Lentamente se fue apagando las charlas y las risas, cada uno se fue a su respectivo dormitorio, Mena y su abuela fueron al suyo y sin más sueño acudió. Un ligero piquete en una de las ventanas de su habitación hizo que Mena despertara; una lechuza oscura que reconoció como Noctowl era la causante de tanto ruido. Se levantó de su cama un poco somnolienta para abrir la ventana dejándola pasar. El ave llevaba en su pata atados dos paquetes, cada uno con un pergamino. El primero provenía de Andy, el paquete contenía una dotación de dulces y chocolates de Honeydukes y algunos otros extraños dulces que no reconocía junto con algunos pastelillos. Abrió su carta y comenzó a leerla.
Querida Mena:
¡Feliz Navidad! Espero que estés pasando unas excelentes fiestas, Gustav me dijo que estabas en el norte y en el congelante frío, recuerdo que pensabas ir a visitar a un amigo, deduzco que debes de estar en Durmstrang. Gustav ha tenido unos días bastantes movidos, anda de un lugar a otro, sin mencionar su forma tan secreta de hacerme llegar sus mensajes. Ya que estaba de paso le pedí de por favor que te hiciera llegar mi regalo, dudaba que Hermes estuviera dispuesto a hacer el viaje, además que lleva viajando mucho. Yo me encuentro en América, a mi padre lo enviaron al ministerio de Estados Unidos, necesitaba resolver un asunto, que no me ha querido decir, sólo que es confidencial y que más adelante me enteraré. Ya nos veremos pronto, envíale saludos a tu abuela y a tu mamá de mi parte.
Te quiere,
Andy.
P.D. Espero que te gusten los dulces, son algunos que tienen aquí en América.
La pelirroja probó uno de los panecillos, era de chocolate, su favorito, estaba delicioso. Hizo a un lado los dulces y abrió el paquete que le pertenecía a Gustav. Era una especie de vestido bastante hermoso, con varios diseños de flores de colores que, de alguna manera representaban los colores de Hogwarts; por último, abrió la carta de su amigo.
Mena:
¡Feliz Navidad! ¿Qué tal van las cosas por allá en el frío congelante? Ojalá y no se te vayan a pegar las costumbres de los de Durmstrang. Yo estoy teniendo un genial viaje, conociendo demasiados lugares y sobretodo aprendiendo mucha magia. Es increíble todo lo que me han enseñado sobre ciertas culturas y.... ¡uff! Ha sido tanto que me llevaría mucho explicártelo. Sé que Andy anda por el sur de América, aunque a su padre lo enviaron a Estados Unidos. Hasta donde me dijo creo que esa será su última parada, igual que la mía. Trataré de que nos reunamos en algún punto. Recibí su carta por medio de Hermes, pero creo que estaba bastante cansado, por eso me pidió que te enviara su regalo y espero que haya llegado bien. El mío es un kimono, un vestido tradicional que usan en Japón y que pensé que te gustaría, ojalá y no me equivoque. Tengo que irme, manda saludos a tu abuela y de paso a Vladimir, aunque claro todavía no tengo el gusto de conocerlo. Dile a la profesora que mi abuelo le envía recuerdos.
Cuídate,
Gus.
La pelirroja no podía estar más que feliz por los obsequios que le mandaron sus amigos, suponía que Alexander y Keisi también habían enviado algo, sólo que se imaginaba que estaba en casa, después de todo ellos no sabían que estaría visitando otro colegio. Eso le hizo acordarse que tenía un presente para Vladimir. Se puso su capa y salió a buscarlo, todavía le costaba un poco recordar el camino para llegar a los jardines, el lugar donde siempre se veían. No tardó mucho cuando apareció el chico con una sonrisa.
—Llegas bastante temprano.
—La lechuza de Gustav me despertó —respondió Mena devolviéndole la sonrisa.
—Tu mejor amigo ¿no?
—Sí, él. Por cierto, te manda a saludar.
—Qué gentil de su parte.
—Te traje algo. —Le entregó un paquete en sus manos.
—¿Qué es?
—Tendrás que abrirlo. —Vladimir sonrió mientras abría el paquete, topándose con un libro.
—¿Historia de Hogwarts?
—Así te darás cuenta del por qué debiste estudiar ahí. —A Vladimir no le quedó otra más que reírse.
—Gracias. El mío es algo pequeño. —El chico sacó una pequeña rosa—. Es una rosa mágica, durará... algún tiempo.
—Es hermosa, gracias Vladi. —La pelirroja se acercó a él y lo abrazó—. Feliz Navidad.
—Feliz navidad, Mena.
[***]
Le agradaba conocer lugares nuevos y aprender sobre la magia, la cultura y secretos de aquellos sitios. No era común que su abuelo viajara con ellos, y después de que él lo recogiera en la casa de las McGonagall, Gustav y sus padres tomaron, de inmediato, un traslador. Ninguno quiso decirle nada hasta que aparecieron cerca de la Torre Eiffel.
—¡Estamos en Francia! ¿Por qué París? —preguntó Gustav emocionado.
—Porque nos queda de paso —respondió su abuelo—. Tengo que ir a Beauxbatons.
—¿La Academia de Magia?
—Necesito arreglar unos asuntos. ¿Te encantaría acompañarme?
—Por supuesto que sí.
Beauxbatons no era la excepción, ocultaba la ubicación exacta de su Academia, aunque se sabe que está al sur de Francia. Aparecieron en el pueblo más cercano; un pequeño carruaje de azul pálido con un par de caballos alados descendió de los cielos, cuando se detuvo bajó un joven vestido con túnica del mismo color que el carruaje. Al poco tiempo de vuelo, se distinguió un hermoso castillo rodeado por jardines y fuentes. Se encontraba en medio de montañas, lo que el paisaje resultaba digno de ver. Una mujer alta aguardaba a la entrada del palacio, esperó a que sus invitados llegaran.
—"Pgofesog Flitwick". Bienvenido.
—Gracias, este es mi nieto Gustav.
—Il est un honneur d'être ici.
—"Impgsionante". Qué chico tan inteligente.
—Sí, lo és.
—La "pgofesora Minerva" me avisó que "vendgia" ¿Cuál "egs" el motivo?
—Preferiría que fuera en privado, por favor.
—"Clago". Adelante, vamos a mi oficina.
—Gus, no te vayas a meter en problemas. —Advirtió su abuelo antes de entrar
—Por supuesto que no, abuelo.
Algunos alumnos pasaron a su lado, logró captar un poco de francés, quizás aprendería el idioma. Gustav no quiso quedarse en los jardines, por lo que entró y buscó la biblioteca. Iba caminando por los pasillos, admiró la belleza de las aulas, que no se percató de nada hasta que terminó por estrellarse con alguien.
—Lo siento. —Se disculpó el chico acomodándose sus gafas.
—¿Qui es-tu?
—Disculpa, no entiendo del todo lo que me dices.
—"¿Exgangero?"
—Sí, yo soy Gustav Flitwick. ¿Me podrías decir dónde está la biblioteca?
—Al final de "egste"pasillo.
—Merci.
La biblioteca era similar a la de Hogwarts, aunque sentía que era más amplia. Se enfrascó en libros de Defensa y de Transformaciones, que perdió la noción del tiempo, hasta que su abuelo apareció junto con la directora.
—¿Ya nos vamos? —preguntó al levantar la vista del libro.
—No, todavía quedan algunos detalles que debemos discutir.
—Los acompaño a sus habitaciones. "Pogan" quedarse todo el tiempo que "quiegan".
—Gracias.
La directora haría un banquete en honor a sus visitantes, algunos se sorprendieron al enterarse que el subdirector de Hogwarts estaba ahí. En algunas ocasiones, Gustav salía a explorar por los alrededores, su curiosidad era fuerte, esas ansias de aprender. Ese día en particular tuvo una grandiosa aventura, por fortuna no pasó a mayores; todavía con la adrenalina a tope decidió escribirles a sus amigas. Estuvieron un par de días más, luego agradecieron la estancia en la Academia y regresaron a París antes de irse de nuevo al próximo lugar que visitarían. La familia Flitwick aprovechó para ir al palacio de Versalles, por la noche subieron a un tour por París, un crucero por el Sena en la entrada a la torre Eiffel. Antes de tomar un traslador, Noctowl regresó de su viaje con la respuesta de Andy.
Hola, Gus:
¿Cómo va todo por allá? Espero que bien, recibí tu carta, apenas llegué; tuve un día ajetreado, y vaya que te aseguraste de recibir una respuesta. Tengo que admitir que el nuevo sobrenombre que me diste me agrada, pero no soy tan perezosa como dices. No sé qué sentir con respecto a tus vacaciones, si envidia o qué, aunque eso de que una bestia te iba a devorar pudo haber sido algo bueno, lástima que no lo logró.
Santino no sé qué ha estado haciendo, yo también salí de vacaciones con mi familia, pensé que eso te lo había comentado Mena. A mi padre lo enviaron a resolver un asunto casi al otro lado del mundo, ya sabes cosas del Ministerio, y no tengo la menor idea de que se trate. He conocido algunos buenos lugares e interesantes, que de cierta manera me sorprenden su magia, aunque no he visto bestias ni criaturas. Ya les contaré los detalles cuando los vea, espero que todo esté en orden.
Salúdame a tu abuelo de mi parte.
Con cariño,
Andy.
Sonrió al leer la respuesta de su amiga, metió a su lechuza en su jaula y listo para viajar, tomaron otro traslador. Todavía le quedaban tres lugares por visitar y mucha magia que aprender.
[***]
Andrea se encontraba desconcertada por el tan repentino viaje que estaba por iniciar con sus padres. No tenía idea a donde irían, según su padre, era por asuntos del Ministerio, sin embargo, no desaprovecharían la oportunidad de comportarse como muggles y viajar en avión. Estaba cansada y aburrida, no tenía idea de cuántas horas llevaba volando. Aterrizó en una ciudad pintoresca, a pesar de ser invierno sentía calor. Su padre rentó una pequeña casa en medio de la ciudad, todos se encontraban cansados por el viaje, sin mencionar que les afectó el cambio de horario.
—Es mejor que vayamos a descansar. Mañana nos espera un gran día.
—Preferiría haberme quedado con mis amigos.
—Será emocionante, ya lo verás.
—Eso dices.
Andrea se vio obligada a dormir, no sabía con exactitud qué era lo que planeaba su padre, pero logró quedarse dormida. Los primeros rayos del sol no fueron los que despertaron a la chica, sino el señor Green, quien irrumpió su sueño.
—¡Arriba! Vamos, que se hace tarde.
—¿Qué traes puesto? —preguntó al observar a su padre. Iba vestido con una camisa y un short de color crema y sombrero.
—Nos vamos de expedición, así que apresúrate.
—¿Expedición? ¿A dónde?
No tuvo de otra más que levantarse y vestirse. Su instinto aventurero estaba apagado, al menos por el momento, esperaba que valiera la pena. Sus conocimientos sobre geografía no eran buenos, sabía que se encontraban en Sudamérica, y en Brasil. Para facilitar más el viaje, en esta ocasión pudieron usar la magia. Antes de hacer la aparición conjunta, cerró los ojos, al abrirlos, todo absolutamente todo era verde. Caminaron por entre tantas ramas y hierba, en algunas ocasiones, lograban ver animales exóticos hasta que llegaron a unas ruinas. Se adentraron, después de horas regresaron y apenas llegaron a la casita, Andrea se tumbó en la cama. Esperaba tomarse una siesta cuando una lechuza pequeña apareció volando como bólido, posándose a un lado de ella. En su pata tenía una carta, se le notaba un sello de Ravenclaw hecho con cera azul; de algún modo comenzó a sacar chispas, tintineó en su interior.
—Tranquila. —Mientras le daba una chuchería, el ave estaba más que impaciente porque le quitara la carta—. Lo siento —susurró, al instante en que pensaba retirarle la carga, esta comenzó a calentarse quemándole la mano, cayó al piso y comenzó a estallar en chispas y destellos de colores.
Hola, Panda:
Bueno Andy, aunque me gusta más el nuevo apodo que te di, honestamente creo que eres un oso perezoso. Ya que terminé de divagar... espero que te encuentres muy bien; no te imaginas qué vacaciones he estado teniendo. Esta carta viene desde uno de los ríos más grandes del mundo. Existe magia muy peculiar, pero vistosa y si soy realista dudo que un patronus pudiera llegar tan lejos, además que mi abuelo me pidió que no entregará cartas materiales, ya sabes, para evitar que las interceptaran, por eso estas llamas parlantes.
Te comento que casi muero devorado por una bestia horrorosa, pero al final salí librado. Ojalá que tus vacaciones sean tan magníficas con Santino. Te traeré algunas cosas de fuera, la verdad te quedarías con el ojo cuadrado. Las llamas no pueden ser eternas y sólo te puedo adelantar que ese ojo cuadrado que tendrás será por un mega golpe de una bludger que recibas en tu próximo partido. Me tengo que ir, la directora recibió en este momento un patronus de mi abuelo. No sé cómo esos magos pueden ser tan poderosos, me asombra de tan sólo pensarlo, pero, en fin, espero verte pronto. ¡Adiós!
Espero una lechuza de vuelta, ahí tienes a Noctowl.
La última chispa eclipsó dejando un tenue humo plateado con olor a hierba fresca.
—Se aseguró de que le respondiera, ¿verdad Noctowl? —dijo mientras acariciaba suavemente a la lechuza—. Será para la próxima, Hermes —mencionó a su lechuza, sólo uluo, tomó un pergamino nuevo y comenzó a escribir.
Al parecer se quedarían unos días más en Brasil antes de partir al norte; Andrea no tuvo tantas aventuras como Gustav, pero debía admitir que estaba impresionada por todo lo que, hasta el momento, había visto. Salía a conocer, junto con sus padres, los alrededores, su hermanita era la que parecía disfrutaba de todo; compraron algunos souvenirs y en las noches llegaban demasiado cansados.
Todo estaba en calma hasta que un estallido en la ventana interrumpió el silencio; una sombra horrorosa golpeó de nuevo, una especie de reptil con enorme cara y plumas, pelos y garras. Tocó de nuevo, o más bien se estrelló con ella al no recibir una respuesta, la criatura lanzó una llamarada y media ventana estalló en miles de añicos. Andrea al escuchar eso se levantó rápidamente, tomó su varita de la mesita de noche, el reptil ferozmente se acercó a ella, lanzándole unas llamas azules que serpentearon y clavándose en el escritorio de madera cercano. Las lenguas de fuego escribieron un pulcro mensaje. Las llamas se extinguieron y el reptil salió volando de la habitación, convirtiéndose en una estrella fugaz, el escritorio comenzó a vibrar por el mensaje. Algo desconcertada se acercó para ver lo que esa criatura había hecho.
Hola, Andy:
Espero que esta especie rara y espeluznante de dragón no te haya sacado un grito. Soy Gus, creo que esta magia es más rápida que de la otra región. Siendo sincero quedé más maravillado con este lugar, posiblemente puede que me quede un tiempo aunque el abuelo me lo prohibió. Ando vestido de una forma ridícula, parezco muñeco de aparador; me indignó un poco la forma de recibirme, pero a mi abuelo le pareció algo gracioso someterme a una prueba para ver si soy digno. Terminé siendo un arcoiris y después una manzana dorada. ¿Puedes creerlo? Casi muero de la vergüenza, aunque las personas al verme así no se rieron, más bien me dieron cierto respeto, no entendí mucho, el abuelo me lo explicara camino a casa.
Aún nos falta ir a otros dos lugares, creo que estaremos un día más acá. Espero que Mena te haya mandado una lechuza. Ella está en el frío gélido y yo aquí en el bello sol adornado con flores de loto que me causan alergia. Bueno, pronto iremos al calor extremo, no quería perderme la oportunidad de presumir que ando por acá, aunque no se necesita ser muy inteligente para intuir, ya que el abuelo me prohíbe decir nombres al menos a mí. Sólo les había contado que iría Francia, por cierto, un grato recibimiento y creo más por mis túnicas azules. No imagino si Mena hubiera venido, le hubieran hecho el feo ya que su túnica es roja, le recuerda a su competencia.
Me tengo que ir, no sin antes decirte que con gusto pagaré los destrozos de esta salvaje bestia, espero tus padres no se molesten.
Cuídate y pronto recibirás mensajes míos.
¡Sayonara!
—Oh sí, por supuesto que tú pagarás los destrozos —dijo todavía observando los restos de la ventana.
Preferiría pensar mejor en la mañana qué era lo que les diría a sus padres, por lo pronto se recostó de nuevo. Pasaron tres días para volver a tener noticias de su amigo; se encontraba terminando de arreglar sus cosas. Su padre tenía algunos asuntos que arreglar en Estados Unidos, y de nuevo viajarán en avión. Metió en su mochila algunos libros, dejó afuera un par de pergaminos, pensaba escribir algunas cartas cuando Noctowl entró por la ventana, uluando para avisar de su llegada. Le entregó a Andy una moneda de oro grande, incluso más que un simple galeón con unas raras y extrañas runas en ella. Uluo de nuevo, comenzó a verse demasiado cansado, agachó su cabeza, un débil uluar antes de que comenzará a desmoronarse quedando rastros de arena.
—¡NOCTOWL! —gritó la chica asustada.
La moneda empezó a calentarse por un lado mientras que por el otro era gélido. Andy comenzó a marearse mucho, sintiéndose somnolienta. Se movió de su silla y con un golpe seco cayó al piso dormida.
—Hola, panda torpe.
—¿Gustav? —De cierta manera podía verlo, aunque no estaba segura.
—¿Te asustó lo de Noctowl? Me destornillo de la risa.
—¿Qué es todo esto?
—Magia Antigua y muy intrigante.
—Sería de gran ayuda que me explicaras.
—Ahora sí que ammm... soy parte de tus sueños.
—¿O mis pesadillas?
—Calma. Son sólo tus sueños, es una forma de poder hacerte llegar el mensaje. No te preocupes, al despertar recordarás todo.
—Pues déjame decirte que fue de muy mal gusto lo de Noctowl.
—Transmutación de arena, formidable. Mi abuelo dice que ni siquiera McGonagall puede hacerlo.
—O sea que tu lechuza está bien.
—Sí, al menos fue más impactante que el dragón.
—Espero poder verte pronto y patearte. Pensé que te debía una lechuza nueva.
—Fue una forma formidable de llevar el mensaje, viajan por el viento, como arena. Se transmutan en un animal mensajero que uno haya elegido, bueno ese es el transporte para llevarte la moneda que contiene el mensaje. Quedé atónito con este lugar, la verdad. Cosas que nunca había creído que existieran. Casi muero también, pero por querer aprender cosas que estaban prohibidas por los residentes. Ya sabes, curiosidad Ravenclaw. No pensé que en este lugar existiera tanta magia.
»Se dice que aquí la vio nacer, es tan rudimentaria, no lo puedo creer, ¡no usan varita! ¿Puedes creerlo? Me quedé tan sorprendido, yo intento hacerlo, pero lo más que puedo hacer mi dedo es sacarme un moco y señalar a los torpes tejones, creo.
—Por supuesto, un moco de trol.
—Eso es a Mena o a ti, no se confundan. Y qué asco, nunca me pidan sacarles uno…
—Perdón don inteligente.
—Pero bueno, estamos en una zona muy poco habitable. Muy calurosa y a la vez acogedora. Hoy es mi último día, iremos a un lugar donde remonta el origen de la magia misma, no quepo de la emoción. Un lugar tan sagrado que, si uso la magia término sin ella, entonces iré en modo muggle.
—Tú no sabes ser un muggle
—Lo intentaré.
—Pagaría por ver eso.
—Serían unos cincuenta mil galeones ¿Te parece? ¡Ah y una lechuza!
—No te debo nada, además ¿para qué me asustas?
—Traigo unos ropajes muy frescos y una gorra igual a la de Kingsley, algo así me siento que veo a él en todos lados.
—¿Te da aire en todos lados?
—No. Me golpeara al enterarse que digo esto, creo y espero no romper un estatuto por bromear a costa del Ministro.
—Te llevarán a Azkaban.
—¡Cállate! Mejor que te dé un beso Argus Filch.
—¡Qué asco!
—¡Ops! Creo que pronto te despertarás. Te veo borrosa, debo irme. Espero verte pronto, me falta un lugar para visitar. Te mando un mensaje. Cuídate. Adiós.
Andy despertó, ya que su padre le andaba gritando.
—¿Qué pasa, papá? —preguntó adormilada.
—Estabas desmayada sujetando esa moneda. Creía que era magia tenebrosa; no podía despertarte y dijiste algo de moco de trol o algo así.
—¿Ah?
—Sí, me dijiste moco de trol.
—El moco de Gustav. —Rio entre dientes. Observó bien la moneda, ya no tenía runas y estaba lisa de un color gris como la piedra—. No te preocupes, papá. Sólo fue magia antigua.
—¡Espero no estés haciendo tus locuras, eh! ¿Segura te encuentras bien?
—Sí.
—Dame eso, lo analizaré. No quiero quedarme con la mitad de mi hija.
—¡Papá! No pasa nada, además cuando conocí a Santino no dijiste nada, estoy en perfecto estado. —Le quitó la piedra de las manos.
—La examinaré y si no veo algo raro te la devuelvo. Por cierto, espero que arregles esa ventana antes de irnos jovencita, no es para practicar con bludgers.
—Mamá tiene razón, a veces eres nefasto. Y no fui yo, fue Gus. —Pero su padre ya había salido de su habitación.
Algo intrigada por lo sucedido terminó de guardar sus cosas, esperaba no meterse en problemas, tomó su varita y con un simple hechizo arregló la ventana. Se preguntaba una y otra vez por qué tanto secreto en sus mensajes, y pensaba que el viaje tenía un propósito, ató los cabos. Su padre tendría que ir al ministerio de magia en Estados Unidos. Algo muy grande estaba por pasar.
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