Capítulo 16

 El día siguiente después de Halloween, los alumnos se levantaron tarde. La mascarada tuvo bastante éxito entre los estudiantes; el aire misterioso y las coloridas vestimentas cautivaron a varios. Algunos otros tuvieron la fortuna de pasar un rato con los extranjeros. Los cotilleos entre las chicas estaban por todos lados, en especial, se daban en los baños. A veces era una docena de ellas quienes hablaban sobre los jugadores de quidditch y del resto de los magos en el castillo. Los que tuvieron la suerte de bailar, aunque fuera una pieza, con los invitados también dieron de qué hablar. Mena no fue la excepción; su amistad con Vladimir era parte de una serie de chismes. Andrea y Keisi querían conocer los detalles sobre la velada, sin embargo, una mirada de advertencia les bastó para no preguntar, en cambio, la castaña sí tuvo que contarles cómo fue salir con Connor Reed, pero se reservó el momento en que bailó con alguien más. Kissy Weasley no quería reconocer que la pasó bien en la mascarada, aunque del mismo modo se quedó intrigada ya que bailó con un chico desconocido; había un sentimiento de familiaridad en él, pero no fue suficiente para indagar de quién se trataba. La fiesta de Halloween fue el único tema en las salas comunes, se mantenía la esperanza de tener otra oportunidad como aquella noche. Se rumoreaba que habría un baile de navidad. 


—¿Y bien? ¿Qué tal te fue? —César dejó a un lado su lectura para mirar a Connor, quien estaba sentado arriba del respaldo de una silla—. ¿Salió cómo esperabas? 


—A medias —respondió después de unos segundos. Observaba un tablero de ajedrez. 


—Te la pasaste genial, ¿no? 


—¿Qué ves aquí? —Sostuvo entre sus dedos una pieza negra. 


—¿El rey?


—¿Cuál es la pieza más importante?


—El rey. 


—No. —Volvió a poner la pieza en el tablero.


—Claro que sí —replicó César—. Es como la snitch; si lo atrapas se termina el juego y ganamos. 


—Tienes mucho que aprender. —Hizo una pausa mientras observaba el tablero—. La reina es la pieza más poderosa en el juego por sus amplios movimientos. Se mueve en una línea recta vertical, horizontal, o diagonalmente. Puede ejecutar ataques dobles. Y…—Tomó entre sus dedos la pieza negra. La puso a contraluz como si fuera lo más hermoso que César vería—, está colocada en el centro de la primera fila al lado de su rey. 


—Ah… gracias por la lección de ajedrez.


—Eres un idiota. —Puso los ojos en blanco—. Si quiero que las cosas salgan como yo deseo. —Apuntó su reina hacia donde se encontraba Andrea—. Debo mover bien mis piezas. 


—¿Y eso qué quiere decir?


—Ya lo sabrás.


—Si tú lo dices. —César volvió a su lectura. A veces no comprendía a su amigo. 



El deporte mágico generaba expectativa; ninguna escuela conocía el estilo de juego de nadie. Los visitantes trataron de acoplarse a la vida en Hogwarts; los estudiantes de Uagadou, a pesar de haber jugado el partido inaugural, no pararon de entrenar. Dejaron una buena impresión en los aficionados y, no sólo llamó la atención su espectacular jugada, sino el nivel de magia. En lugar de estudiar en las aulas asignadas por la profesora McGonagall, preferían estar fuera en los terrenos, usualmente pasaban el tiempo en el patio. Eran grupos de cuatro o cinco estudiantes, y era muy raro ver a todos juntos. En aquella ocasión realizaban círculos con los brazos hasta que unos libros flotaron en el aire unos segundos, después cayeron estrepitosamente al suelo. Luego, una chica pasó al centro, separó los pies de una forma que estuvieran alineados con los hombros; al momento de pasar su peso de una pierna a otra, su mano emanó energía y uno de los libros salió expulsado. 


—¿Vieron eso? —Gustav había dejado sus apuntes para observar la práctica de los de Uagadou—. Es impresionante. 


—¿Qué cosa? —preguntó Megara distraída. 


—Gus está fascinado por los extranjeros —respondió Aida al notar lo que veía su amigo—, ya mejor diles que si puedes estudiar con ellos. 


—Eso es una buena idea. Podríamos aprender demasiado. —Leo era otro de los ravenclaws que estaban entusiasmados por ese nivel de magia mostrado.


—Pero mientras, deberíamos terminar los deberes para Sprout. —Aida revisó sus apuntes una vez más.

 

—Me falta un pergamino —dijo Meg con un suspiro—. Quizás debería ir a la biblioteca.

 

—Te acompaño. A mí también me falta información.


Ambas chicas cerraron sus apuntes y los guardaron en las mochilas. Leo hizo lo propio con sus cosas, pero Gustav se quedó estático, todavía con su libreta abierta, y sin dejar de mirar a los de Uagadou, quienes siguieron haciendo movimientos con sus manos; cada uno de ellos se turnaban para hacer el hechizo. 


—¿Vienes, Gus? —preguntó Leo con la mochila al hombro. 


—Sin duda, me serviría de mucho para las prácticas.

 

—¿Prácticas?

 

—Eh… nada. Vayan,  luego los alcanzo.

 

—¿Estás seguro?


—Sí, sí. 


No fue suficiente la insistencia, por lo que los ravenclaws no tuvieron otra opción que dejar a Gustav, él, en cambio, se quedó otro rato más mirando a los estudiantes de la otra escuela. Trató de memorizar cada movimiento, pero le era difícil; hizo algunas anotaciones en un pergamino que sacó rápidamente; no bastó, sólo eran garabatos sin sentido. Tampoco quería atreverse a preguntar sobre aquel tipo de magia. Sabía que las escuelas eran recelosas con sus secretos. Suspiró cuando notó que nada de lo que escribió en el papel era legible. Después de todo, quizás sí tendría que ir a la biblioteca.


—¿Notaron que alguien nos miraba? —preguntó Mara, una chica morena y cabello castaño rizado. 


—Supongo que les da curiosidad —respondió Zora, quien su cabello anaranjado estaba hecho en una coleta alta. 


—¿Están seguros de que debamos practicar a la vista de todos? —Aslan miró a sus compañeros. No sólo eran observados por algunos ravenclaws, sino por estudiantes de Hogwarts, y otros tantos de las escuelas. 


—No veo por qué no —dijo Charlie con indiferencia en su voz. 


—Vamos, Blackwood, estamos mostrando cosas que no deberían ver. Piensa que ellos no lo harían. 


—Es normal la curiosidad —Danika también pensaba que no tenía nada de malo aquello. 


—Pero el conocimiento a veces es peligroso —insistió Aslan. 

 

—Ya charlamos mucho. —Interrumpió Charlie la conversación; lo demás continuaron practicando—. Debemos tener dominado este hechizo. 




Gustav entró a la biblioteca, notó a sus amigos sentados en una mesa consultando varios libros de herbología, pero no sólo estaban Aida, Meg y Leo, sino también Viridiana y Amshel. Pasó de largo, y en uno de los pasillos se metió; buscó entre los estantes, pero no encontró algo que le sirviera. ¿De qué otra manera podía averiguar sobre la magia que practicaban en Uagadou? No estaba en El atlas mágico, ni en Grandes escuelas del siglo XXI. Y además, por supuesto, estaba el tamaño de la biblioteca, miles y miles de libros, miles de estantes, cientos de estrechas filas. 


—¿No has terminado los deberes? —preguntó Andrea al ver a su amigo ahí, sentado revisando diversas páginas—. Esto es un gran acontecimiento. 


—No es lo que crees, Green. 


—Dejame adivinar. Trabajo extracurricular dominado por la sed del conocimiento. —Ella se rió bajito de su propio chiste. En cambio él la vio feo—. En serio, ¿buscas algo en específico, Gus? 


—Sí, sobre la magia de Uagadou


—Imagino que no has encontrado nada interesante. —La castaña tomó asiento a lado de él.


—No —respondió decepcionado—. Debería haber algo. Al menos nosotros tenemos Historia de Hogwarts. Cualquiera puede saber sobre los secretos del castillo. 


—Tú muy bien sabes que ese libro no revela ningún secreto. 


—Pues debería haber algo.


—De seguro buscas sobre la magia que ellos practican, ¿cierto?

 

—¿Cómo sabes eso? —La miró sorprendido. 

 

—Fácil. No eres el único que encuentra interesante lo que hacen, y… —Hizo una pausa—, porque no eres el único curioso.


—Es fascinante.

 

—Lo sé. —Ella rebuscó entre su mochila, luego sacó un tomó de cubierta de cuero café—. Toma.


—¿Qué es esto?


—Un libro sobre África. —Él se mostró confuso—. Un libro muggle. Quizás te puedas dar una idea. Hay vudú y zombis.


—¿Vudú?


—Vaya, vaya. ¡Hay algo que no sabes! —Andrea comenzó a reír—. Creo que te gustará. 


—¿Crees? 


—Y... lo quiero de vuelta, Flitwick. Fue un regalo de mi papá.—Después de eso, lo dejó ahí solo. Gus tomó con delicadeza las primeras páginas, luego, comenzó a leer:


Los zombis y el vudú.


No toda la magia es espiritualidad, curación, invocación ni ofrendas, cantos y danzas, mediumnidad y ceremonias religiosas. Cuando alguna persona, por ejemplo, quiere deshacerse de su enemigo, acude al boko o al hungan; lleva un muñeco expresamente fabricado al efecto y el boko, atraviesa al muñeco con una aguja, al tiempo que recita algunos conjuros, los que según sus creencias supersticiosas producirán la enfermedad o la muerte a distancia, mágicamente, por transferencia de la persona odiada, representada por el muñeco de cera. Si esta persona tiene un buen talismán o un protector fuerte, no caerá fulminada de inmediato o el hechizo no le hará efecto. Es por eso que los haitianos, ante la posibilidad de que alguien quiera hacerles un hechizo, se guardan a base de talismanes, contrahechizos y toda clase de protecciones mágicas pensando en los posibles ataques de personas que no los quieren bien. 


Otra de las prácticas vudús es la invocación de los muertos, la necromancia o nigromancia, magia negra también y diabólica, que permite la consulta a los espíritus de los muertos invocados o la manipulación al antojo de su poder de estos espíritus desencarnados. Los bokos son muy hábiles en la preparación de wangas, sortilegios que producen males menores. Wanga es cualquier objeto o substancia a la que el boko carga mágicamente de propiedades dañinas y que dirige a una o varias personas a las que quiere hacer la vida incómoda. En las encrucijadas de los caminos colocan diversos objetos, unos para embrujar y quizás otros para desembrujar, pues el poder maligno puede usarse contra otro poder del mismo signo efectuando un pulso a ver quién puede más. 


Uno de los hechizos más terribles que se practican en el vudú es la llamada expedición, este hechizo hará que el cuerpo de la víctima, la persona a quien va dirigido, se llene todo de gusanos. Los supersticiosos haitianos les atribuyen la cualidad de transformarse en animales a su antojo. Al pasar una botella bajo la nariz de un cadáver que contiene un espíritu capturado, el cadáver adquirirá una forma de vida automática que le hará esclavo dócil a las órdenes de su señor. Puede hablar a través de su boca y lo hace con una voz típicamente gangosa, nasal, inconfundible al escucharla. Con la palabra zombi en lengua ewé se designa al dios Pitón, ya que el vudú en África practicó el culto a la serpiente, que no representa una fuerza diabólica sino por el contrario, representa la fuerza vital. El zombi oye, incluso habla, pero no tiene recuerdos y no es consciente de su estado. Así se le puede utilizar como una bestia de carga a la que su amo explota sin piedad, obligándole a trabajar en las más duras tareas del campo, e incluso en tareas peores. Los zombis no son muertos, sino personas narcotizadas o intoxicadas con poderosas substancias, a los que equivocadamente se considera como muertos. El boko aprovechará la tranquilidad de la noche, desenterrará el supuesto cadáver y le reanimará con técnicas que él conoce dejándole en un estado letárgico.


—Guau. Green tiene razón, es interesante. Aunque...—Se quedó mirando a la nada, con un gesto pensativo.


Marcó la página en la que estaba leyendo, luego acomodó los libros en cada estante correspondiente, y buscó otros que necesitaba y, después, salió de la biblioteca. Necesitaba algo de tranquilidad y la encontraría en la torre de Ravenclaw.


[***]

—¿Qué tal tus clases? —preguntó Vladimir. Él estaba con Mena en el patio—. Te ves cansada. 


—Bien, sólo como algo de trabajo extracurricular —respondió ella con un bostezo. 


—Déjame adivinar, ¿acaso es con Gustav?


—Sí, él y sus prácticas. 


—Nunca me has contado de qué son esas prácticas. 


—Aprender magia, ya sabes. No sólo la teoría. —Mena trató de no decir nada que comprometiera a su amigo, al fin era algo que hacían a escondidas—. ¿Y... qué tal los entrenamientos?


—Súper.


—Debe ser genial tener como entrenador a Viktor Krum. 


—Sí, lo es. 


—¿Acaso no me quieres contar?


—No es importante —contestó con indiferencia—, además, quizás si tengo algo de suerte me verás jugar. Puedo ser banca. 


—Eso no es cierto, sé que juegas muy bien. 


—¿Cómo lo sabes? No me has visto montado en una escoba. —Mena iba a responder algo, sin embargo en ese momento apareció Gustav, quien le hizo una seña.


—Me encanta charlar contigo, pero…


—Te tienes que ir. Lo sé —respondió mientras observaba al Ravenclaw—. Nos vemos después, no te preocupes. 


Ella asintió y luego fue detrás de Gustav. Entraron en una aula vacía, él puso un hechizo silenciador y luego preparó las cosas que necesitarían para la práctica.

—Hoy estuve observando algo que nos puede servir a mejorar.


—¿Algo nuevo? —preguntó aterrorizada. 


—Sí, algo que elevará nuestro nivel.


—Debe ser una broma.

 

—He investigado un poco sobre la magia de Uagadou. Aunque en específico, sobre la magia muggle de África. Lo que conocemos como inferis, ellos lo llaman zombis. 


—Gus… 


—Aunque sé un poco. Sé que la magia transcurre y sale a través de las manos. Ellos no necesitan una varita, no del modo en como nosotros. 


—Gus… 


—Quizás si nosotros aprendemos esto…


—¡Gustav! —Calló de golpe—. Entiendo que quieras aprender, pero estoy llegando al límite con esto. Ya no estamos en primero, se acumulan los deberes. 


—Si estructuras tu tiempo…


—Ay, por favor, Flitwick. Ni siquiera tú vas al corriente. 


Ninguno dijo nada, después de unos minutos, Gustav tomó uno de los libros que llevaba y comenzó a practicar. Mena se quedó de pie, no sabía si salir o quedarse, pero decidió hacer lo mismo que su amigo; ambos estuvieron ocupados hasta la hora de la comida. Escucharon el bullicio que se hacía en los pasillos con la salida de los alumnos, guardaron sus cosas y pusieron orden en el salón. 


—¿Te veré al rato?


—No lo sé. Tengo deberes. —Dicho eso, la pelirroja salió y se perdió entre los demás, necesitaba descansar y comer algo antes de ir a la sala común a sepultarse en pergaminos.



Vladimir se quedó unos instantes observando cómo Mena iba detrás de su amigo. Presentía que algo le ocultaba, pero al final de cuentas no era algo que le incumbiera. No había una carta en la que ella no mencionara a Gustav Flitwick. Una parte de él entendía aquel vínculo formado, al final, ambos chicos se conocían desde niños, literalmente crecieron juntos, pero no pudo evitar sentir una punzada de irritabilidad cuando su tiempo con la pelirroja fue interrumpido. Apenas cruzó por su mente la idea de ir al campo de quidditch a volar un rato cuando Stefan apareció. 


—McMahon.


—¿Qué quieres, Stefan? —respondió de mal modo. Realmente no estaba de buen humor. 


—El director quiere hablar contigo. 


—¿Sabes para qué?


—No, sólo me pidió que te buscara. Es importante. 


—Bien, ahora voy. 


Se imaginaba el motivo de la conversación, suspiró y luego siguió a Stefan. Caminaron hacia el lago negro en donde se encontraba el barco. Vladimir alzó la vista y notó que el director lo miraba desde la cubierta. 


—Edward. —Lo saludó apenas subió. 


—¿Me mandó a llamar, señor? 


—Sí. —El hombre hizo una seña a Stefan, él asintió y luego le pidió a los alumnos que se encontraban cerca, se fueran—. Quería algo de privacidad —mencionó al notar el gesto del chico. 


—¿De qué quiere hablar?


—Siempre has sido un buen alumno, Edward. —Hizo una pausa mientras veía parte del castillo—. Es por ello que me preocupan tus lealtades. 


—¿Qué?


—Es necesario tener aliados, pero también es una estupidez fraternizar más de la cuenta.


—Sé a quien le debo mi lealtad, Marko. —El tono tranquilo con el que había hablado, cambió—. Están de más tus insinuaciones. Mi amistad con Mena McGonagall es sólo eso. Te sorprendería saber que en ningún momento hemos hablado de las escuelas. 


—Sería muy desagradable que conociera detalles. 


—Y supongo que también has tenido esta misma charla con Benjamín, ¿verdad? —Vladimir, desde el barco, pudo mirar a los hermanos Somender, quienes platicaban animadamente. El rojo de su túnica se lograba distinguir con facilidad del grupo de alumnos con la túnica negra. 

 

—Tenga cuidado, señor McMahon. Lo que hable con los otros alumnos no es de su incumbencia. —Recalcó con un tono molesto y una sonrisa fría—. Le recomiendo que regrese a sus actividades. 


—Sí, señor. —El chico entró dejó la cubierta para entrar a su camarote y cambiarse para el entrenamiento.



El siguiente partido del torneo generaba expectativa; ninguna escuela conocía el estilo de juego de nadie. Además que los visitantes trataban de acoplarse a la vida en Hogwarts; los estudiantes de Uagadou, algunos de ellos, ya eran conocidos en los pasillos como Zayn Oms, un chico alto y moreno, con el cabello rizado y café; o el golpeador Blackwood, que no habían visto a un jugador tan ágil como él. Sin dejar de mencionar a la cazadora que, por opiniones mayoritarias, Barbara Pope era la más hábil del equipo. Viktor Krum seguía causando sensación entre los aficionados, siendo él un campeón mundial y un jugador habilidoso arriba en la escoba. A pesar de que a sus jugadores no les causaba mucha gracia ser observados, debían practicar; antes de tomar el vuelo, Krum hizo que sus jugadores corrieran unas vueltas. En el equipo nada más habían tres mujeres y mantenían el ritmo junto con sus compañeros, hicieron algunos otros ejercicios y después de un rato montaron las escobas. Los guardianes se movían de un lado tras otro en los aros tratando de defenderlos de las pelotas, no había pausa entre los cazadores; después fue el turno de los golpeadores, que eran recibidos por un sinfín de pelotas parecidas a las bludgers aunque, menos feroces. 


—¿Vino tu amiga a verte? —preguntó Halsten. Un chico rubio y atractivo que no dejaba de mirar a las gradas. 


—No, debe tener clases —respondió Vladimir observando los aros—. O quizás debe estar con su amigo. 


—Pasas demasiado tiempo con ella. 


—¿Qué? ¿Acaso piensas lo mismo que Marko? —Lo miró de muy mal modo—. ¿Crees que busca sonsacar información? ¿Qué? ¿No puedo ser su amigo por el simple hecho de que somos de diferentes escuelas?


—Tranquilo, sólo digo…


—Mejor no digas nada. Ya tengo suficiente con las advertencias del director. 


—¿Y es cierto?


—Por supuesto que no. 


—Te pusiste de mal humor al pensar en el amigo de tu amiga, ¿acaso te gusta? 


—¡McMahon! ¡Dresster! ¿No piensan entrenar? —gritó molesto un chico que estaba en medio del campo observando a todos.


Ambos volaron hacia él para recibir instrucciones mientras seguían siendo mirados por el público, del mismo modo que Krum hacía algunas anotaciones en un pergamino. Después de un rato, él también subió a su saeta de fuego, eso ocasionó algunas ovaciones entre el resto de los alumnos. Nadie creía que, siendo un jugador legendario de la selección de Bulgaria, tendría aún las habilidades que lo caracterizaron de joven. 


Aunque el castillo albergaba estudiantes extranjeros y el torneo deportivo causaba expectativas, las clases no se detuvieron, al contrario, los profesores fueron más exigentes y por lo tanto los deberes aumentaron. Algunos pensarían que sin el quidditch, Mena estaría menos ocupada, pero no fue el caso ya que no se daba abasto con las tareas, el proyecto que tenía con Gus le quitaba más tiempo de lo esperado. Alexander pasaba por algo similar, los entrenamientos eran tres veces por semana, por lo que era el último en irse a la cama; debido a ello, Andrea comenzó a pasar demasiado tiempo con Amshel, más de la cuenta. De vez en cuando se reunían con otros ravenclaws, pero siempre eran ellos dos, incluso cesaron las bromas con Kissy, sin embargo, Andrea no se confiaba y siempre estaba atenta. Una tarde, Amshel decidió cumplirle el capricho a la castaña de llevarla al prado que encontraron en el bosque prohibido; solía fastidiarlo entre clase y clase, él notó que su amiga se volvía irritable cada que se encontraba estresada con los deberes y un respiro les vendría muy bien a los dos. 


Aprovecharon la hora de comida para ir, aunque esa ocasión tendrían más cuidado que las otras veces ya que, había demasiada gente cerca de la cabaña de Hagrid; las criaturas que cuidaba, por órdenes de la profesora McGonagall, atraían la atención de los estudiantes. Andrea extrañaba la brisa en su rostro cada que volaba con Amshel, a pesar de que sintió el frío otoñal; era evidente que se acercaba el invierno. Caminaron un poco y cuando estuvieron a punto de llegar al prado, escucharon voces. Los dos se miraron, luego sacaron sus varitas y se acercaron con sigilo, sin embargo, las bajaron al notar a algunos alumnos de Castelobruxo. 


            —¡Isto é genial!

            —Eu li um pouco sobre essa floresta na História de Hogwarts.

            —¿A poco lees, Danilo?


—Por supuesto, lo suficiente para entender que esta gente no sabe los tesoros que hay aquí. —Andrea se adentró más para verlos mejor. Notó que no llevaban túnicas, sino camisas sin mangas de un color verde oscuro acompañado de un pantalón café. Se preguntó si no sentían algo de frío. 


            Eu sei, Bras. 


—Escuché que tienen acromántulas.


—Y espero no topármelas —susurró la castaña. Amshel hizo un gesto de terror.


—¡Oh, miren! —El chico que se llamaba Danilo señaló hacia una flor.


—¿Es lo que creo que es?


            Flor da paixão.


—No pensé que hubiera aquí.


—A lo mejor alguien la trajo. 


—¿Hagrid? 


—Puede ser o ¿Madame Sprout?

 

—Quizás podríamos pasar a los invernaderos.


—Es una buena idea. 

 

            —Eles notaram o pássaro-trovão de Ilvermorny.

 

Lentamente se fueron perdiendo las voces de los alumnos, mientras tanto, Andrea y Amshel salieron de su escondite. Ella se acercó más a donde estaban los demás, le dio curiosidad ver la planta a la que se referían. Era un arbusto trepador con flores que tenían numerosas y finos pétalos violetas que formaban una corona. 


—No pensé ver esta flor.  Passiflora caerulea.


—¿Cómo sabes?


—Santino, estuve en el Amazonas. 


—¡Oh!, ya veo —dijo al leer los recuerdos de su amiga. 


—Gus cree que es chiste, pero…


—No le diré. 


—Gracias...


—Ya se hizo tarde, creo que es mejor irnos.


—Fue divertido mientras duró. —Se quejó la chica con un suspiró, luego trepó a la espalda de su amigo para emprender el vuelo de vuelta.


[***]


Los entrenamientos de Castelobruxo y Durmstrang aumentaron, ninguna selección quería perder, aspiraban a la victoria. Ya se respiraba la emoción por el encuentro, los alumnos de Hogwarts ya tenían a su favorito. La mayoría apoyaba a la escuela sudamericana, aunque conocían mejor a los del norte, así que esperaban un gran espectáculo. El día anterior al partido, Vladimir y el resto de sus compañeros tuvieron una sesión agotadora, además de los ejercicios físicos tuvieron tiempo para estudiar las tácticas que usarían. Algunos Slytherins estaban juntos en el comedor, charlaban sobre los próximos planes de las vacaciones de invierno cuando Benjamín llegó y tomó asiento entre su hermana y Mark, a quien no le hizo mucha gracia. 


—Muero de hambre. —El chico bebió un vaso de jugo de calabaza con rapidez, luego se sirvió otro. 


—Más bien estás sediento —mencionó Mariana. Observó a su hermano e hizo un gesto. 


—He estado entrenando todo el día —respondió él, luego la abrazó. 


—¡Qué asco! estás sudoroso. ¿Por qué no te bañaste primero antes de venir?


—Porque tenía hambre. La comida de Hogwarts es realmente buena.


—Y… ¿qué tal te la estás pasando? —preguntó Holly tratando de contener la risa ante los gestos de asco que hacía su amiga. 


—Excelente, me agrada estar aquí. 


—Nunca he entendido por qué no estudiaron juntos —comentó Adam, solamente Mark Wallock y él habían convivido con toda la familia Somender. 


—Porque su irritante madrina así lo dispuso. —Mariana puso los ojos en blanco. Ese era un tema terriblemente sensible para ellos—. Y a todo esto, ¿jugarás mañana?


—No lo sé. Es lo más probable. Mañana lo sabremos. 


—¿Estás nervioso?


—Por supuesto que no. 


—Mark casi vomitaba el día del partido. —Él miró feo a los demás, quienes comenzaron a reír escandalosamente. 


—Ya quisieran. Quizás nos enfrentemos en la siguiente ronda —respondió con arrogancia. 


—Si fuera el caso. —Benjamín se tomó su tiempo para responder—, tendrían que entrenar lo doble para intentar ganarnos. —Se acercó un plato de estofado y comenzó a comer, ninguno dijo nada más.  —Sin ofender.


La noche siguiente todo estaba preparado para el juego. Los asistentes, incluso los mismos jugadores, se sorprendieron cuando entraron al campo. No lucía como siempre, había palcos especiales para las escuelas invitadas y sus directores; en los extremos del estadio ondeaban banderas con el emblema de Durmstrang, los asientos lucían de un color rojo sangre, e igual, se podían elevar cada que quisieran. En algunas gradas se veían pancartas ondulando con el aire. Lee Jordan llegó a la tribuna principal, intercambió unas palabras con la directora, quien asintió. Sacó la varita y se apuntó con ella a la garganta.


—¡SONORUS! —Su voz se alzó por encima del estruendo de la multitud que abarrotaba ya el estadio y retumbó en cada rincón de las tribunas—. Damas y caballeros... ¡bienvenidos! ¡Bienvenidos al segundo encuentro de la Copa interescolar de quidditch! —Los espectadores gritaron y aplaudieron—. En donde, el colegio anfitrión se lució al darnos una réplica del campo de quidditch de nuestros amigos del norte. —De nuevo se escucharon gritos de sorpresa ante esta revelación—.  Este día se enfrentará el instituto de Durmstrang contra el colegio de Castelobruxo.


»¡Demos una calurosa bienvenida a la selección de esta sede! Con ustedes... ¡Kästner! —Una figura vestida de rojo entró tan rápido montada sobre el palo de su escoba, que sólo se pudo distinguir un borrón en el aire. La afición del equipo de Dursmtrang aplaudió como loca—. ¡McMahon! —Una nueva figura hizo su aparición zumbando en el aire, igualmente vestida con una túnica de color roja—. ¡Glöckner! ¡Diefenbach! ¡Acker! ¡Somender! todos capitaneados por ¡Faerber! y dirigidos por Viktor Krum. 


»Ahora con un cordial saludo ¡a la selección visitante! —bramó Lee—. Les presento a… ¡Ribeiro! ¡Sousa! ¡Lima! ¡Alves! ¡Barbosa! ¡Costa! capitaneados por ¡Freitas! y dirigidos por Joāo Coelho. —Siete borrones de color verde brillante rasgaron el aire al entrar en el campo de juego—. Y desde Oriente viene nuestra árbitro: ¡Aiko Wang!  


Caminando a zancadas, entró en el campo de juego una bruja vestida con una túnica plateada que hacía juego con el estadio. Era alta con cabello negro y de su boca sobresalía un silbato de plata; bajo un brazo llevaba una caja de madera, y bajo el otro, su escoba voladora. De inmediato, la montó y abrió la caja con una patada: cuatro bolas quedaron libres en ese momento; la quaffle, las dos bludgers negras, y la alada, dorada y minúscula snitch. Al soplar el silbato, Aiko emprendió el vuelo detrás de las bolas.


—¡Comieeeenzaaaa el partido! —gritó Lee—. Todos despegan en sus escobas y ¡Alves toma la quaffle! ¡Costa! ¡Alves! ¡Barbosa! Los tres cazadores del equipo de Castelobruxo se juntan. El golpeador Lima acaba de desviar una bludger. ¡Qué manera de golpear la pelota! 


La afición no dejó de gritar; el juego se tomó aún más rápido, los de verde eran sumamente más veloces que los rojos. Sousa y Lima aporreaban las bludgers con todas sus fuerzas al equipo contrario. Se vieron forzados a dispersarse y luego, por fin, en una jugada entre Barbosa y Alves, lograron romper la defensa, pasar al guardián Kästner y marcar el primer tanto del equipo de Castelobruxo. Fueron los primeros cinco minutos trepidantes; los jugadores de Durmstrang no podían con la velocidad de la escuela brasileña, por lo que les marcaron dos tantos más. Ganaban por treinta puntos a cero; Barbosa era el más peligroso de la escuadra verde, cuando salió disparado a los postes de gol aferrando la quaffle bajo el brazo, Somender salió a su encuentro. Para su fortuna, una bludger mandada por Glöckner golpeó al cazador contrincante; dejó caer la quaffle y fue recuperada por Faerber.


—Castelobruxo en posesión de la quaffle, Alves se la pasa a Costa, quien se la pasa a su vez a Barbosa, se acercan a los aros, gira para esquivar a Faerber, se la pasa de nuevo a Alves… ¡Cuidado!... ¡Aaaahhh! Esa bludger golpea y tira al jugador y Acker de Durmstrang recupera la bola, pasa a Costa... sí que es veloz ese chico, dribla al guardián en un elegante movimiento y ¡marca! El primer tanto para los rojos. Treinta a diez.


La defensa de los brasileños era muy buena, por lo que los de Durmstrang se vieron obligados a tener un juego rudo. Somender pasaba a sus compañeros y estos rápidamente le devolvían la pelota, así varias veces y los jugadores de Castelobruxo casi chocaban entre sí en varias ocasiones, tanto era su confusión que un golpeador le llegó a dar a su propio compañero.


        —Somender pasa a Acker con un pase elevado, Glöckner golpea la quaffle al cielo con un boleo y Faerber toma el bate de su compañero, y con un fuerte remate ¡marca! Treinta a veinte.


        Alves trató de entrar a la línea de gol, pero fue tacleado por el golpeador Diefenbach ocasionando que cayera de su escoba, por suerte uno de sus compañeros cazadores pudo sujetarlo antes de que cayera por completo, pero eso ocasionó que Durmstrang empatara el encuentro. Los golpeadores de ambos equipos jugaban con demasiada fuerza, tanto que Glöckner lanzó una bludger y golpeó a un jugador en la cabeza y haciéndolo caer de la escoba, en esta ocasión no hubo quien lo auxiliara y cayó estrepitosamente al campo. Aiko Wang pitó para dar tiempo muerto y pudieran revisar su estado. Después de checarlo, el equipo brasileño optó por hacer un cambio de jugador.


—Durmstrang en posesión de la pelota, salió como bólido en vertical. Esquiva a Almeida, por poco, va a tirar, pero ¡no!, una bludger lanzada por Sousa le da de lleno a la escoba de Somender y éste suelta la quaffle. Alves recupera la pelota y pasa a sus compañeros una y otra vez, tratan de marcar, el guardián la atrapa. Barbosa en posesión, Glöckner y Diefenbach tratan de derribar a los jugadores, lanzan ambas bludgers, no dan en el blanco, Barbosa pasa a Almeida que se la pasa a Alves, lanza y el guardián Kästner atajó.


»Glöckner lanza una bludger, es repelida por Sousa, pero la lanza en dirección a Lima, este arremete golpeándola de regreso y ¡aaaahhh! Apenas Diefenbach logra esquivar.. 


            Lo que antes se consideraban faltas por contacto, o agresión, ahora sólo era parte del juego. Durmstrang tenía un juego muy rudo, trataba de anotar un tanto más, pero los golpeadores impedían el paso con los asedios de sus bludger. Y sin previo aviso, Freitas y McMahon vieron la snitch, ambos volaron en dirección a la diminuta bola dorada, dando comienzo la lucha de buscadores. El chico brasileño bajó en picada al piso, siguió la veloz snitch, iba seguido del chico de Durmstrang, pero Freitas se lanzó de la escoba y arremetió aferrándose a la pelota dorada y cayendo al piso del campo; alzó la mano y Aiko Wang dio un pitido final indicando que el partido había terminado. 


—¡GANA CASTELOBRUXO! ¡Qué minutos tan cardiacos!

      

Un vitoreo estridente se escuchó en todo el estadio, ese tipo de exhibiciones no se lo esperaban en ese campeonato. El partido terminó en un sorpresivo marcador de 30 a 180 a favor de los brasileños. Algunos jugadores de Durmstrang salieron molestos por la derrota, otros estrecharon las manos de sus contrincantes. Los brasileños no festejaron, pero sí salieron eufóricos del estadio.


—Qué nivel de los sudamericanos —expresó Andrea sin dejar de mirar el campo—, por un instante creía que ganaría Durmstrang. 


—Yo también lo creí —respondió Mena—, Vladimir la tenía difícil. 


—Y Somender… creo que era el más veloz de todos y no lo supieron aprovechar. 


—Escuché que su hermana estudia aquí, qué familia tan rara… En fin, los nuestros tendrán que entrenar bastante, quizás se enfrenten a ellos. —Gustav también estaba impresionado por el estilo de juego. 


—Este torneo, sin duda, ha sido lo mejor que se les ha ocurrido. 


Los alumnos que estaban en el palco de un extremo del estadio, comenzaron a salir con cierta euforia. Aunque Mariana no era fanática del deporte mágico, era imposible perderse el partido de su hermano, y con la reciente derrota, quería verlo antes de irse a las mazmorras. Dejó que sus amigos se adelantaran, sólo a Adam le avisó a donde iría, y aunque él se ofreció acompañarla, ella se negó. Cruzó el campo para ir hacia los vestidores, en donde, desde afuera, incluso ella  podía escuchar el bullicio de los jugadores . Esperó cerca de diez minutos cuando los alumnos de Durmstrang comenzaron a salir; se hizo a un lado para dejarlos pasar, ninguno notó su presencia hasta que salió él. 


—Benjamín —susurró, pero lo suficiente alto para que escuchara. 


—¡Mariana! —Se detuvo—. Casi me da un susto. ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar ya en tu sala común?


—Debería pero no podía irme sin decirte que jugaste muy bien, incluso puse atención a todo el partido. Y aunque no ganaran le dejaron muy en claro a todos que son un rival demasiado fuerte. —Ambos comenzaron a caminar de vuelta al castillo. 


—Pero no bastó. Mi equipo se esforzó, los entrenamientos han sido muy duros. —Hizo una mueca de fastidio—. Krum… él nos repitió, incansablemente, que tuviéramos cuidado con la velocidad de los brasileños, pero el idiota de Casper cambió la estrategia. ¡Qué imbécil!


—Pero tienen oportunidad en el torneo, ¿no? —Él guardó silencio, luego hizo un gesto de dolor cuando movió su brazo derecho—. ¿Estás bien? —preguntó al notarlo. 


—Me golpearon mucho. Nada nuevo.


—Deberías ir con Madame Pomfrey. 


—Nah, son gajes del oficio. Suele pasar siempre que hay un cazador muy rápido como yo. 


—Bueno “señor soy increíble y a mí no me duele nada”. Oye, ¿le vas a contar a nuestros padres esto? 


—¿Para qué? ¿Para que me pongan un sermón sobre cómo un Somender perdió un juego importante internacionalmente frente a mi hermana pequeña? No lo creo.


—De todos modos, se van a enterar. 


—Pues, démosle tiempo a la naturalidad de las cosas. No importa. 


Llegaron a donde estaba aparcado el barco, sin embargo, Benjamín no subió, en cambio acompañó a su hermana hasta la sala común. Se dieron las buenas noches, y él regresó por donde vino. Se sentía muy cansado, y lo único que deseaba en esos momentos era llegar a su camarote y dormir.   


[***]


El mes de noviembre cerró con la victoria de Castelobruxo y la fría llovizna persistió durante todo el mes de diciembre. Dos semanas antes de que terminara el trimestre, el cielo se aclaró de repente, volviéndose de un deslumbrante blanco opalino, y los terrenos embarrados aparecieron una mañana cubiertos de escarcha. Dentro del castillo había un ambiente navideño. El profesor Flitwick ya había decorado su aula con luces brillantes. Los alumnos comentaban entusiasmados sus planes para las vacaciones, además que estaba programada otra salida a Hogsmeade para el último fin de semana del trimestre, y no sólo eso, sino que habían anunciado un baile de navidad con el resto de las escuelas. 


—¡Podemos hacer allí todas las compras de Navidad! —dijo Andrea entusiasmada al ver el anuncio en la sala común. 


—Sí, sería algo genial —respondió Keisi con emoción—. Creo que la primera vez no la disfrutamos como debía. Y quizás podríamos comprarnos un vestido. 


—La bonita fiebre de quidditch. 


—Yo necesito un descanso de eso. —Bostezó Alexander. La noche anterior se había acostado demasiado tarde y todo para terminar sus últimos deberes antes de las vacaciones—. Me duelen los brazos, además. 


—Espero que sean campeones, Maison. 


—Yo también lo espero. —Bostezó de nuevo. 


La mañana del sábado de la excursión, Andrea, Mena, Keisi, Alexander, Amshel y Gustav, envueltos en capas y bufandas, salieron rumbo al pueblo. Había empezado a nevar y el castillo estaba muy tranquilo y silencioso. Hogsmeade era como una postal de Navidad. Las tiendas y casitas con techumbre de paja estaban cubiertas por una capa de nieve crujiente. En las puertas había adornos navideños y filas de velas embrujadas colgaban de los árboles. 


—¿A dónde vamos primero? —preguntó Keisi viendo por todos lados.


—¡Honeydukes! —gritaron al unísono Alexander y Andrea, ambos se miraron con complicidad. 


—Mis galeones necesitan gastarse. 

—No sé por qué no me sorprendes, Green —dijo Gustav mientras iban hacia el local. 


—Me gusta la comida. 


—Lo sé.


Entraron a la tienda, el aroma dulce impregnó sus narices y aunque Gustav puso objeción por ir a aquel lugar, se dejó embriagar por el olor. Cada uno fue por su propio lado, buscando los dulces que más les gustaran. Andrea estaba en la parte de chocolates pensando qué comprar cuando un chico se acercó a ella. Llevaba una túnica naranja que parecía lo abrigaba bastante bien. 


—Hola.


—¿Hola?


—Lo siento, déjame presentarme. Soy Charlie. 


—De Uagadou, ¿verdad? —Él asintió—. Te ví jugar. Eres bueno, eh. —Siguió mirando lo que había; no se decidía qué comprar. 


—Gracias. ¿Tú juegas? 


—Sí, soy la guardiana en el equipo de mi casa —respondió mientras observaba una muestra de bombones con chocolate. 


—¿Te puedo invitar algo de beber? —La castaña se sonrojó por la invitación, eso era algo que, evidentemente, no esperaba.  


—Es que vengo con mis amigos. 


—Creo que pueden prescindir sin ti un rato —dijo él sonriéndole.


—Yo… este… no sé.


—Por favor. 


—Quizás… sólo un rato.  


Andrea esperó a que sus amigos salieran de la tienda para decirles que iría con el chico de Uagadou; Keisi y Mena hicieron un gesto que no supo cómo interpretar, Alexander no dijo nada. Ambos subieron por la calle, inclinando la cabeza contra el viento, a la castaña le pareció buena idea haber aceptado la invitación ya que, el viento era horrible y tenía las manos congeladas. Cruzaron la calle y a los pocos minutos entraron en el bar: Las Tres Escobas. Estaba calentito y lleno de gente, de bullicio y de humo. Se dirigieron a la parte trasera del lugar donde quedaba libre una mesa pequeña, entre la ventana y un bonito árbol navideño, al lado de la chimenea. De inmediato una mujer se acercó a ellos para tomar su orden. 


—¿Qué les ofrezco?


—¿Qué se te antoja? —preguntó Charlie con amabilidad. 


—Una cerveza de mantequilla, por favor. 


—Que sean dos, gracias. —Cinco minutos más tarde, la mujer regresó con dos jarras de caliente y espumosa cerveza de mantequilla—. Cuéntame algo de ti que no sea la famosa hazaña del hombre lobo. 


—¿Cómo sabes eso?


—Hice mis investigaciones —respondió él antes de darle un sorbo a su cerveza. 


—Tengo una hermana, me gusta el quidditch, amo los pastelitos de chocolate y alguna vez tuve un dragón de mascota. 


—¿En serio? ¿Cómo es eso? 


—Es una larga historia —dijo antes de beber de su jarra, eso le reconfortó bastante. 


—Tenemos tiempo —sonrió amablemente. 


—No, mejor cuéntame algo tú. 


—Bueno, no soy africano. Eso es evidente, soy belga, pero mi papá me convenció de estudiar bastante lejos de casa. Así que terminé en Uagadou, tengo dos hermanos y una hermana. —Hizo una pausa pensando en qué más decir—. Y quiero que vayas conmigo al baile de navidad. 


Andrea se atragantó, por lo que tosió un poco. Avergonzada y sonrojada terminó de beber lo que le quedaba de su cerveza de mantequilla. No sabía qué responderle. Una repentina corriente de aire le vino bien a sus mejillas, que sentía calientes. Se había vuelto a abrir la puerta del bar. Ella echó un vistazo y Connor junto con César acababan de entrar. 


—Necesito ir al tocador un momento.  


—Claro, aquí te espero. 


Ella se levantó rápidamente, sin embargo cuando tocó el pomo de la puerta fue interceptada por el chico, que recién acababa de llegar. Connor recargó su brazo impidiendo que la chica entrara; la miró con una sonrisa arrogante. 


—Qué gusto verte por aquí. ¿Te invito algo?


—Ahora no, si me disculpas. 


—¿Por qué la prisa? —Volvió a sonreírle—. Tomemos una cerveza de mantequilla.

 

—En serio, no puedo.


—Anda, vamos. ¿No quisieras repetir la emoción de la mascarada? —Él se acercó demasiado a ella—. Ven conmigo al baile de navidad. —Ya estaba a un palmo de ella, casi podía sentir el aroma de su colonia, algo que le picaba la nariz a la chica. 


—Creo que… 


—Espero que no vayas con el idiota de Maison. Realmente no es lo que tú mereces. —Ese comentario fue suficiente para que Andrea se enojara. 


—Alexander es mi mejor amigo, y si me lo pidiera, iría con él. 


—Entonces si él no te lo ha pedido, ven conmigo. 


—No. 


—¿No?


—¿Acaso no te lavas bien las orejas, Connor? Ya te dije que no. 


—¿Qué? ¿Irás con Maison por lástima? —rió un poco ante su comentario—. Aunque es algo cruel de tu parte que vayas conmigo aunque les digas que sí a él.


—Ya basta. Ni con él, ni contigo. Iré con Charlie Blackwood. —Una vez más se sonrojó un poco—. Ahora, si me disculpas… —Andrea sólo lo dejó ahí, de pie junto a la puerta del baño de mujeres y regresó a la mesa con el chico de Uagadou—. Lamento la tardanza. 


—No te preocupes. Te pedí otra cerveza de mantequilla. 


—Gracias. 


—Estábamos en que…


—Sí quiero ir contigo al baile. —No pudo evitar buscar con la mirada a Connor; ambos tuvieron un contacto visual, pero él se notaba molesto. 


—Excelente. —Charlie sonrió ante la gran noticia, ella sintió arder sus mejillas. 


Mientras tanto, Connor no daba crédito a lo que había escuchado, ¿quién era ese tipo? y ¿por qué iba con su chica? Pudo sentir la furia correr por sus venas, no le gustaba que nadie lo humillara de tal forma. 


—Traje las bebidas. —César apareció con dos botellas de cerveza de mantequilla—. ¿Qué pasa? 


—¿Puedes creer que Andrea me dijo que no?


—No entiendo. 


—Le pedí que fuera conmigo al baile. 


—¿Se negó? —preguntó incrédulo—. No creí que lo hiciera. 


—Yo tampoco. Ese tipo no me agrada para nada. —César volteó hacia donde su amigo estaba mirando y notó a la castaña con el chico de Uagadou. 


—¿Qué harás? 


—Nada, esperar. —Su mirada era penetrante y calculadora, después se relajó y bebió de su botella—. Ella saldrá conmigo. 


La puerta del bar se volvió a abrir, los amigos de Andrea entraron y tomaron asiento con ellos, estuvieron unos minutos y después todos salieron de vuelta al castillo. 

 



Los últimos días de la última semana del trimestre fueron más bulliciosos que los anteriores. Por todas partes corrían rumores sobre el baile de Navidad, pero lo que no se calmó fue el cotilleo entre las chicas; cada una mantenía la esperanza de ser invitadas por algún chico, y no veían mal que fuera algún extranjero. Algunos profesores desistieron de intentar enseñarles gran cosa al ver que sus mentes estaban situadas en otro lugar, aunque otros no fueron tan generosos. Los de Hogwarts estaban deseosos de impresionar a los visitantes, por lo que parecían determinados a engalanar el castillo lo mejor posible. A las barandillas de la escalinata de mármol les añadieron carámbanos perennes; los acostumbrados doce árboles de Navidad del Gran Comedor estaban adornados con todo lo imaginable, desde luminosas bayas de acebo hasta búhos auténticos, dorados, que ululaban; y habían embrujado las armaduras para que entonaran villancicos cada vez que alguien pasaba por su lado. Era impresionante oír Adeste fideles cantado por un yelmo vacío que no sabía más que la mitad de la letra. A pesar del sinfín de deberes que les habían puesto a los alumnos no les apetecía ponerse a trabajar; la torre de Gryffindor seguía casi tan llena como durante el trimestre, sin embargo con todo y nieve, la selección de Hogwarts no detuvo los entrenamientos. Desde la última visita en Hogsmeade, Alexander había estado de muy mal humor, algo que no entendían sus amigas. 


—¿Estás molesto conmigo? —preguntó Andrea, un día cuando los dos regresaban del gran comedor. 


—No.


—¿Entonces? 


—Nada


—Alex… —Ella se detuvo y luego tomó su mano para que él también se detuviera—. Eres mi mejor amigo, dime qué pasa. —Se miraron a los ojos por unos instantes, sin decir nada hasta que ella lo soltó. Supo interpretar su silencio. 



—No entiendo qué pasa con él. —Se quejó la castaña cuando estuvo a solas con Amshel—. Tú sabes, ¿cierto?


—¿Qué te hace creer eso?


—Es fácil. Tus habilidades te hacen ser un chismoso. 


—No es así… 


—Vamos, Santino. Dime. —El chico suspiró. Sabía que no lo dejaría en paz hasta decirle. 


—Está molesto porque irás con ese chico de Uagadou al baile. 


—¿Qué?


—Sí, y créeme que no fue necesario usar mis habilidades para saberlo. 


—Pero él me invitó… 


—Y tú dijiste que sí. 


—Pues era él o Connor.


Nevaba copiosamente en el castillo y sus alrededores. El carruaje de las escuelas visitantes, parecían calabazas enormes, heladas y cubiertas de escarcha; el barco de Durmstrang tenía las portillas heladas y los mástiles cubiertos de hielo. Abajo, en las cocinas, los elfos domésticos se superaban a sí mismos con guisos calientes y sabrosos, y postres muy ricos. A veces el aroma corría por los pasillos del castillo. La pequeña Somender regresaba de la lechucería, después de haber enviado a Tarrant con una nota a su padrino. Estaba segura que él le escribiría a sus padres para contarle que todo marchaba bien, en especial con la visita de Benjamín al castillo.


—¡Hey! ¡Mariana! —Al escuchar su nombre se detuvo.  


—Theo. Hola. 


—Te he estado buscando por todos lados. —El chico tomó un poco de aire antes de seguir hablando. 


—Tenía que mandar una carta —mencionó mientras guardaba el resto de pergamino en la bolsa de su túnica. 


—¿Te parece que hablemos en otro lado? 


—Iba a las mazmorras. 


—Genial, te acompaño. —Ambos comenzaron a caminar.


—¿Qué es lo que me quieres decir? 


—Yo me he estado preguntando si… —Inhaló y exhaló. Hizo una pausa ante la mirada penetrante de la Slytherin—. Bueno, solamente si nadie te lo ha pedido, aunque creo que ya, basado en mi mala experiencia de la mascarada, pero en caso de que no... ¿Quieres ir al baile conmigo? —Ella se sorprendió ante la repentina invitación; sintió caliente las mejillas. 


—Claro, me encantaría. —Sonrió. 


El gesto nervioso que se reflejó en la cara del chico, se fue relajando hasta que formó una sonrisa en sus labios. Pero antes de que pudieran decirse algo más entraron a su sala común, la cual estaba casi vacía. Vieron a sus amigos sentados en el sillón negro enfrente de las llamas esmeraldas de la chimenea. 


—No tengo idea de con quién ir al baile. —Adam suspiró. 


—Te quedarás aquí, solo. —Se burló Holly sin dejar de leer su revista. 


—¿Bromeas, Heather? —dijo Mark apareciendo en la sala común—. Es de perdedores no tener pareja. 


—¿Ah sí? ¿Y tú? ¿Con quién irás? Nadie anda por ahí alardeando ser tu pareja. —Lo miró desafiante. 


—Fácil, obviamente yo tendré pareja. Como debe ser, y naturalmente, iré con Mariana. 


—¿Yo qué?  —preguntó ella sin saber nada de la conversación. 


—Solamente les estaba diciendo que irás al baile conmigo, ¿verdad que sí? —Mariana guardó silencio mientras se sentaba a lado de Holly, quien miraba expectante la reacción de su amiga. 


—Creo que su respuesta es muy clara —respondió la pelinegra después de un silencio incómodo—. Ahí lo tienes, Mark. —Por fin hizo a un lado su lectura—. Es obvio que ella ya tiene pareja. 


—Eso no es cierto. —Mark dejó de sonreír. 


—Oh, por supuesto que sí, cariño. Alguien ya se te adelantó.


—Que no. 


—Holly tiene razón, ya tiene pareja. —Secundó Adam al observar el comportamiento de Mariana.  


—¿Ves? 


—Ustedes no saben nada. Ella no ha dicho que la tiene. 


—Sopenco, somos sus mejores amigos. Lo sabemos todo. Además, tampoco lo ha negado.


—¿Mariana? —La miró, esperando que negara lo que decían los demás—. Diles, ¿irás conmigo al baile, verdad? —preguntó Wallock con cierta angustia disimulada.


—Lo siento mucho, Mark. —En su voz había un tono de disculpa—. Pero sí, alguien ya me preguntó. Ya tengo pareja. 


—¿Con quién? —La sonrisa arrogante se desvaneció por completo de su cara.


—Conmigo, Mark. Justo se lo acabo de pedir de camino para acá y me dijo que sí. —respondió Theo, quien se encontraba recargado en uno de los laterales de la gran chimenea; hasta ese momento se había mantenido escuchando atentamente la conversación, esperando el momento oportuno para hacer, del conocimiento de todos, que irían juntos—. Supongo que encontrarás a alguien más con quien ir. 


—¿Qué decías, Wallock? ¿Que es de perdedores ir solo al baile? Quizá puedan ir todos juntos al baile. —Adam no perdió la oportunidad de mofarse.


—Esto, mi querido amigo Adam, es solamente un pequeño inconveniente en esta ocasión ya que, yo consigo a quien quiero. —Volvió a sonreír de una forma arrogante, sin embargo no fue suficiente. Su mirada se tornó triste, un brillo apagado que nadie más notó—. Ya tendremos otra oportunidad de salir tú y yo, cariño. —Miró a Mariana con decepción—. Debo felicitarte, Theo. No todos los días alguien como tú, puede tener compañía como la de ella; disfruten el baile. —Hizo puños las manos, como si quisiera golpear algo, sin embargo sólo se fue a su habitación ignorando los comentarios de burla de los demás. 


—No esperaba que reaccionara así —dijo Theo ante el comentario de su amigo—. No sabía que tenía interés en ti, como sea. Qué pena para él.


—No te preocupes, Theo. Ya se le pasará. —Ella realmente no entendía que acababa de ocurrir, así que, sólo le restó importancia.


—En fin, me alegro que vayas conmigo. —Miró a la pequeña Somender con alegría y una sonrisa se asomó en su rostro. Luego se retiró a su dormitorio.


—¿Debería hablar con Mark? —preguntó Mariana a Holly, apenas Theo se marchó. Se sentía un poco mal y ciertamente desconcertada por la reacción del chico. 


—¿Para qué?


—No sé, no es como que le deba nada, pero creo que quizá se sintió… —Hizo una pausa buscando las palabras para explicarse—, ya saben... mal. Molesto. 


—Ya sabes cómo es él, Mar. Quiere que todo salga como dice, aunque esta vez su arrogancia no le sirvió de nada —comentó Adam al escuchar la conversación. 


—Él sabía que, obviamente, alguien más querría invitarte. Fue su culpa no adelantarse, ahora debe lidiar con su mal humor… él y la chica con la que quiera ocupar tu lugar —agregó Holly volviendo a hojear su revista.


—Supongo. 


[***]


La sala común de Gryffindor tenía un aspecto extraño, estaba llena de gente vestida de diferentes colores en lugar del usual monocromatismo negro. A pesar de que Andrea iría con un chico de Uagadou, Alexander la esperó al pie de la escalera y no pudo evitar sorprenderse al verla; estaba realmente muy hermosa con su vestido azul marino oscuro, y el cabello lo llevaba suelto, aunque esta vez, demasiado ondulado. Él, en cambio, llevaba una tradicional túnica negra con pliegues de color vino. 


—Estás muy bonita. —La castaña se sonrojó levemente. 


—Gracias. Es sorprendente usar vestido dos veces en un año. 


—Alabado sea Merlín por eso. 

—Tú no estás tan mal. —Él sólo sonrió a modo de respuesta. 


—¿Nos vamos? —Ambos caminaron hacia la salida de la sala común. 


—Ya no me dijiste con quién irás. 


—¿Importa? 


—Pues sí, eres mi mejor amigo.


—Con nadie —respondió con un suspiro. 


—Oh, por favor. Eres un jugador de quidditch.


—¿Y?


—Que habrá muchas chicas que quisieran salir contigo. 

—¿Cómo quién?


—Como… ¡Charlie! —Ambos se detuvieron en el retrato de la Dama Gorda al ver al chico afuera, esperando. 


—Hola. —El chico estaba de pie y con una sonrisa en su rostro—. Vine por ti para irnos juntos. 


—Qué considerado —bufó Alex de mala gana. 


—Qué lindo —respondió Andrea haciéndole un gesto a su amigo para que se comportara—. ¿Cómo supiste dónde estaba mi sala común?


—Pregunté. —Su sonrisa era amplia y alegre—. Estás linda, por cierto. 


—Gracias. —Una vez más, la chica se sonrojó. 


—Creo que aquí sobro. Nos vemos luego. 


Sin despedirse, Alexander se marchó solo al baile, se notaba de muy mal humor. Andrea lo miró alejarse, no lograba entender el motivo de su molestia; Charlie no se dió cuenta de nada, le ofreció su mano y ella, con las mejillas teñidas de rojo, la tomó. Anduvieron por los pasillos, en el camino se toparon con algunos otros estudiantes.


El baño de las chicas de la sala común de Slytherin parecía abarrotado, cada una arreglándose y tratando de lucir bien para sus respectivas parejas. En el dormitorio de segundo, Mariana y Holly terminaban de darse los últimos retoques; la pequeña Somender se vio en el espejo: su largo vestido de tul color vino con los hombros descubiertos y un listón de encaje que formaban unos delicados moños, le sentaba muy bien, la hacía ver distinta. En cuanto al cabello, lo acomodó detrás de sus orejas y lo dejó suelto, ligeramente más ondulado de lo normal. Cuando ambas chicas estuvieron listas, salieron; Theo ya la esperaba, él llevaba una túnica negra de terciopelo negro azulado. 


—Guau, Mariana. Luces realmente increíble. —Halagó el chico sin dejar de mirarla—. En serio, estás hermosa. —El calor subió a sus mejillas que se tornaron ligeramente rojas. 


—Tú también luces genial.  —El chico sólo sonrió. También se notaba  algo cohibido por ese intercambio de palabras. 


—¿Ya terminaron de halagarse? No quisiera interrumpir, todo esto es tan, pero tan bonito, aunque, ya saben, hay un baile que está a punto de comenzar . —Holly hizo un gesto de asco al escucharlos. Ambos se rieron. 


—¿Te vas con nosotros? —preguntó Mariana tomando de la mano a Theo. 


—Le dije a mi pareja que viniera —mencionó con obviedad—. No esperará que yo haga todo, ¿verdad? Quiero pensar que es un chico listo. Por algo es un Ravenclaw. 


—Ya sabes lo que dicen de los Ravenclaw, Rayner. 


—¿Lista? —Ella asintió ante la pregunta de Theo. A lo lejos notó a Mark, quién no llevaba túnica, pero sí un traje completamente de negro, las solapas y los bordes de su saco eran de un color plateado. No se sorprendió al encontrarlo mirándola de vuelta, por unos instantes se miraron fijamente, hasta que Theo la guió hasta la salida. 


Cuando llegaron al vestíbulo, notaron que estaba abarrotado de estudiantes quienes se arremolinaban en espera de que dieran las ocho en punto, hora a la que se abrirían las puertas del Gran Comedor. Los que quedaron con parejas pertenecientes a diferentes casas las buscaban entre la multitud; llegaron unos cuantos de Durmstrang, llevaban una túnica roja de terciopelo encima de sus túnicas. El profesor Flitwick les pidió a los visitantes que se formaran, y en cuanto se abrieron las puertas principales de roble, todo el mundo se volvió para ver entrar a los extranjeros. 


Los primeros en entrar fueron los de la selección de Ilvermorny, los encabezaba Agilbert Fontaine; quien llevaba una túnica azul oscuro y destellos dorados, iba seguido de Quentin Kowalski. Luego entraron los alumnos de Beauxbatons; Madame Maxime llevaba un vestido de seda suelto de color negro, de su mano iba el entrenador, Vasco Santino. Detrás de ellos entraron las brujas de Salem, ellas también dejaron a un lado su clásico uniforme gris para vestir de diferente color. Su directora, Ivy Knightred llevaba un vestido con mangas de volante, elegante y elástico plateado; Troy Duvall caminó a lado de ella. Los siguientes en entrar fueron los alumnos de Durmstrang, a pesar de la conversación que tuvo con el director, Vladimir invitó a Mena; el vestido que se compró en Hogsmeade, uno largo de color morado con los hombros descubiertos con volantes, y se había recogido el cabello en una coleta. 


Marko iba a la cabeza de sus estudiantes, y Krum, iba detrás de él, le siguieron la escuela brasileña, Castelobruxo, las mujeres llevaban vestidos largos y coloridos y, blusas de encaje con bordados. Los hombres llevaban pantalones ajustados y saco hasta la rodilla de tres botones; Antar Saudade y João Coelho eran los únicos que iban vestidos de un color verde brillante. Los estudiantes de Mahoutokoro optaron por vestir el tradicional kimono, aunque en esta ocasión era de un color negro con flores doradas y plateadas. Hikari Yoshu iba al frente, seguido de Yoshihiro Souki; los penúltimos en entrar fueron los estudiantes de Uagadou, Charlie se notaba radiante junto con Andrea, quien se notaba nerviosa por ser parte del centro de atención, ya que el chico era el capitán del equipo. Finalmente entraron los de Hogwarts, cada uno con diferentes tipos de túnicas, fue cuando los aplausos se intensificaron. Parte de la explanada que había delante del castillo la transformaron en una gruta llena de luces de colores. Sin dejar de hablar, la multitud se apartó para dejarlos pasar a todos. Aplaudieron mientras cruzaban la entrada y se dirigían a las amplias mesas redondas situadas en un extremo del salón. Habían recubierto los muros del Gran Comedor de escarcha con destellos de plata, y cientos de guirnaldas de muérdago y hiedra cruzaban el techo negro lleno de estrellas. En lugar de las habituales mesas de las casas había un centenar de mesas más pequeñas, alumbradas con farolillos, cada una con capacidad para unas doce personas.


Charlie no tuvo ningún inconveniente en sentarse con los amigos de Andrea, sin embargo ella notó la molestia en la cara de Alexander, que a pesar de todo, sí iba acompañado por Keisi. Eso le dio alivio a la castaña. Vladimir se notaba a gusto con ellos y con Mena, increíblemente entabló conversación con Blackwood; ambos opinaban sobre su estancia en el castillo. Aún no había comida en los brillantes platos de oro, sólo unas pequeñas minutas delante de cada uno de ellos. No había camareros. Sin embargo todos entendieron lo que debían hacer; en el menú había los platillos típicos de cada país a donde pertenecían las escuelas. Cuando se acabó la cena, McGonagall se levantó y pidió a los alumnos que hicieran lo mismo. Entonces, con un movimiento suyo de varita, las mesas se retiraron y alinearon junto a los muros, dejando el suelo despejado, y luego hizo aparecer, por encantamiento, a lo largo del muro derecho un tablado. Sobre él aparecieron una batería, varias guitarras, varios teclados, un violín, un bajo, una flauta y algunas gaitas. Morgana y los merlinianos subieron al escenario entre aplausos entusiastas. Sólo había una mujer en la agrupación, los demás eran hombres y todos iban vestidos con túnicas negras llenas de desgarrones y aberturas. 


Tomaron sus instrumentos, los farolillos de las mesas se apagaron, los alumnos visitantes ya estaban de pie. Morgana y los merlinianos empezaron a tocar una melodía lenta, triste. Charlie le colocó una mano en la cintura de Andrea y le agarró la otra fuertemente; dieron vueltas lentamente casi sin desplazarse, pronto, los demás empezaron a unirse al baile, de forma que ellos dejaron de ser el centro de atención. Morgana y los merlinianos dejaron de tocar, los aplausos volvieron a retumbar en el Gran Comedor, pero de inmediato empezaron a tocar una nueva pieza, mucho más rápida que la anterior.


—¿Quieres bailar esta pieza? —preguntó Charlie sonriente—. ¿O quieres que descansemos un poco? 


—¿Harías eso por mí? 


—Quiero que la pases bien —respondió sin darle tanta importancia. 


—Creo que puedo bailar un poquito más. 


—Excelente. 


Cerca de ellos se encontraban Alexander y Keisi bailando de una forma muy entusiasta, aunque de vez en cuando, el chico no dejaba de ver a los otros dos divertirse. Al otro lado del salón, Mariana y Theo bailaban, Mark no les quitaba el ojo de encima; él se encontraba sentado con las piernas y los brazos cruzados, moviendo un pie al compás de la música aunque claramente no era así cómo le gustaría estar bailando. April Donovan, con un vestido corto verde oliva y, el cabello pelirrojo suelto, se acercó a él con dos cervezas de mantequilla.


—¿Te hice esperar mucho?  —preguntó con una sonrisa muy coqueta. 


—No, para nada. —Del mismo modo, él sonrió aunque con ese toque de arrogancia. 


—¿Quieres bailar?


—Sí, ¿por qué no? —Sonrió aún más ampliamente. 


De inmediato, Mark se levantó y tomó la mano de la chica para llevarla a donde estaban los otros slytherins. En ningún momento soltó su mano, y cuando hablaba con los demás, siempre la mantuvo cerca de él. Algo que April, sin duda, disfrutaba; sabía que su acompañante era el chico más cotizado de su curso, además de que el quidditch estaba dejando muy buenos resultados. A la medianoche terminaron de tocar Morgana y los merlinianos, todo el mundo les dedicó un fuerte aplauso antes de emprender el camino hacia el vestíbulo. Vladimir se despidió de Mena con un beso en la mejilla. 


—No tenías por qué acompañarme hasta acá —mencionó Andrea con rubor en las mejillas. Charlie la llevó hasta donde estaba la dama gorda. 


—Sí debía. 


—Bueno, pues… gracias. Me la pasé genial. 


—El placer es mío. 


—Supongo que te veré después. 


—Eso me encantaría. —Charlie sonrió anchamente, luego besó su mejilla antes de dar media vuelta y regresar a su carruaje. 


Mientras tanto, en el vestíbulo, Mariana notó que los de Durmstrang todavía no se iban a descansar, por lo que esperó a que Benjamín se despidiera de su pareja, una chica bastante linda, aunque no supo si era de Hogwarts o de otra escuela. 


—¿Te molestaría esperar un poco? —preguntó Mariana a Theo—. Quisiera  hablar con mi hermano. 


—No, para nada, ve. Yo te espero. 


—Gracias. —Theo tuvo suficiente paciencia cuando ella charló brevemente con su hermano antes de que volviera al barco, después de eso se tomaron de la mano mientras caminaban  a las mazmorras. 


—¿Y…? ¿Cómo te la pasaste? —Se notaba un poco la preocupación y el nerviosismo en su voz. 


—Me la pasé genial. Muchas gracias… ¿Y tú? —Ella sonrió para darle un poco de confianza. 


—Fue increíble y divertido, la banda si que fue un éxito, he pensado que deberíamos salir en otra ocasión. 


—Me gusta la idea. 


Ambos llegaron a la sala común, que poco a poco comenzó a llenarse de la gente que regresaba del baile. Ella había visto brevemente a sus amigos, y a… Mark, pero en las últimas dos horas desapareció. Theo la acompañó hasta la puerta de su dormitorio y luego besó su mano, le deseó las buenas noches antes de que él entrara al suyo. Mariana sonrió ante este gesto, luego entró a su habitación y notó que sus compañeras ya estaban dormidas, pero la cama de Holly estaba vacía; no tardaría en llegar. Se cambió, se puso el pijama y cerró las cortinas de dosel, se acostó; casi de inmediato, se quedó dormida. 


Cerca del mediodía, Mariana despertó con el ulular de una lechuza; notó que tenía un pergamino atado a la pata, y en él logró distinguir la pulcra caligrafía de sus padres. Ninguna de sus compañeras estaba despierta, era imposible volver a dormir, por lo que se puso su bata verde y se guardó la carta en ella, luego salió hacia la sala común. Supuso que la mayoría seguiría descansando del baile de anoche, y así fue, no había nadie, excepto una persona. Mark estaba sentado en el sillón negro, observando los restos de cenizas en la chimenea. 


—¿Mark? 


—Ah, eres tú. Hola. —Saludó de una manera fría y distante.


—¿Esperabas a alguien más? —Por alguna extraña razón, a Mariana le molestaba su indiferencia—. Sigues molesto conmigo, ¿no es así? Lo irónico de todo esto es que ni siquiera sé qué es lo que te ocurre. —Hizo un gesto que ella interpretó como un sí. Guardaron silencio unos instantes. El chico no dio explicación alguna.


—¿Quieres sentarte? —Ella aceptó y tomó asiento a lado de él. 


—¿Estás bien? 


—Sí, ¿por qué la pregunta? 


—Te ves cansado. ¿Llegaste muy tarde anoche?


—¿Qué tal te fue a ti? —dijo ignorando su anterior pregunta. Trató de componer una sonrisa, pero sólo fue un gesto. 


—Bien —respondió ella esperando una respuesta concreta por parte de él—. ¿Me vas a contar algo? Sé que fuiste con April, te ví con ella anoche. —Puso los ojos en blanco al mencionarla, no creía que Mark fuera con una chica así. 


—Nada mal, ella es… increíble. 


—Uy, sí. ¿Hago como que te creo? —Volvieron a guardar silencio. 


—¿Y qué tal tú y Theo? ¿La pasaron bien?


—Sí, quizás volvamos a salir —mencionó ella. Esperó la reacción de su amigo, en cambió, el rostro del chico no se inmutó. 


—Qué bien. 


—¿Nada más me vas a decir eso? 


—Hay algo que quiero  darte. —Evadió su pregunta—. Espera aquí. —Se levantó y fue hacia su dormitorio, unos minutos después volvió con un paquete pequeño—. Hasta hace un momento no sabía si debía darte esto. 


—¿Qué es?


—Un obsequio —respondió con obviedad—. Feliz navidad. 

 

—Pero navidad fue ayer. 


—Lo sé. 


—¿Y por qué no me lo diste?


—Porque pensé que irías al baile conmigo, tenía esa confianza —dijo con una sonrisa amarga. 


—Hubiera ido contigo si me lo hubieras pedido en lugar de asumir que lo haría y dejar que alguien más me lo pidiera antes que tú.


—Ya no importa. Fuiste con otro. 


—Lo siento de verdad, Mark.  —Él se levantó; quería cambiarse para salir. 


—Feliz navidad… Somender. —Apenas dijo eso cuando regresó a su dormitorio sin esperar una respuesta por parte de ella. 


Mariana se sentía mal, aún así abrió el pequeño paquete; era una cajita donde encontró un anillo en forma de serpiente. Era de color dorado y brillaba, incluso con la luz verdosa que entraba por las ventanas de las mazmorras. Suspiró ante el detalle. 


—Feliz navidad, Mark Wallock. 


[***]


El bosque se encontraba en soledad, la hierba estaba crecida, y los arbustos ocultaron mejor la choza; Las piedras crujieron con las pequeñas ondas que hacían los ríos Lea y Roding. Un hombre apareció sin hacer ruido, se acercó para beber. Tomó un poco, y luego escupió; se limpió con el torso de la mano, las nubes soplaron y él olisqueó como si encontrara algo que tanto esperaba. Entró a la choza, no había ningún cambio; estaba igual de desordenada que la última vez, aunque los pocos muebles terminaron por reducirse a pedazos de madera. La oscuridad era casi total, aún así recordaba dónde se hallaba la puerta que daba al vestíbulo; percibió un olor fétido y aguzó el oído para captar cualquier sonido que viniera de afuera. La espesa capa de polvo cubría el piso y eso amortiguaba el ruido de los pies. Encendió el fuego de la chimenea, se quedó inmovil esperando hasta que una silueta se hizo presente; la madera podrida crujió antes los pasos de su invitado. 


—¿Qué noticias me traes, Avery? —El ruido sordo que hacía un mueble pesado al ser arrastrado por el suelo inundó los oídos del mago. Vestía una capa larga y negra. Hubo una pausa, y tras ella volvió a hablar—. ¿Y bien?


—¿Puedo preguntarte cuánto tiempo harás que venga aquí? 


—No lo sé —contestó con voz fría—. Este lugar es cómodo dentro de lo que cabe. 


—Esto es una pocilga —respondió con odio, a pesar de eso, tomó asiento—. Todos los partidos del torneo serán en Hogwarts. 


—Creí que habría cedes. O eso me dijiste. 


—El ministro se negó a ello. Al parecer no lo creyó prudente en cuanto a la seguridad de los alumnos. 


—¿Cómo te enteraste de esto si ya no eres parte de la alta sociedad? —Se mofó. Sonrió con arrogancia mostrando sus amarillentos colmillos,  mientras acariciaba la varita. 


—Sé moverme. 


—Por eso te elegí, Avery. Después de todo no eres un inútil. —Se levantó de la silla en donde estaba sentado—. Aunque todavía no podemos llevar a cabo el plan. Sería una locura hacer algo antes de que acabe el torneo. 


—No comprendo. ¿Por qué tenemos que esperar? Usar las diferentes escuelas como distracción…


—Porque, precisamente son magos del mundo entero, idiota, y todos los mangoneadores del Ministerio de Magia de cada país estarán al acecho de cualquier signo de actividad anormal, comprobando y volviendo a comprobar la identidad de todo el mundo. 


            »Estarán obsesionados con la seguridad para evitar que los muggles se den cuenta de algo. Por eso tenemos que esperar. 


 —¿Entonces qué quieres que haga ahora?


—Esperar y vigilar. 


—Bien. Como quieras. 


—¿Acaso percibo desprecio en tu voz?


—Querías mi lealtad, ¿no? Ya la tienes. —El mago no mostró ningún gesto, sólo un poco de reproche antes los constantes llamados.


—No quieras engañarme, Avery. Muestras una devoción que no sientes. —Por primera vez, el hombre sonrió. 


—No te debo nada. 


—No estarías aquí si tuvieras otro lugar al que ir. —Durante unos segundos, sólo se oía el crepitar de la hoguera—. Es verdad, no soy el Señor Tenebroso, no pretendo serlo. Pero créeme cuando te digo que yo tengo la solución a tus problemas. —Él se acercó al mago, pudo olerlo. Era un aroma a mugre con sudor y tabaco—. Sé que quieres venganza y eso te lo voy a dar.  Estoy convencido de que mi plan dará resultado. 


            »Necesito a alguien con cerebro, alguien cuya lealtad no flaquee. 


—Seguiré buscando a los demás. 


Él sonrió, luego dejó que Avery se marchara. Instantes después salió de la choza, miró a la luna blanca y brillante, sin embargo no era su favorita, pero aún así dejó correr por sus venas el gen licantropo. Tenía hambre, era momento de la caza. 




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